Los personajes de OUAT no me pertenecen

(Adaptación)

Como soy buena he subido un capi nuevo ¬_¬ pero quiero mas RWs

Así que ya saben chicas entre mas RWs mas rápido subo capi nuevo.

Gracias a las que siempre leen y comentan son un amor enserio, también a las que leen en el anonimato jaja

Este capi va dedicado a Mushu y Gen disfruten más tarde subo el otro

Las dejo leer no sin antes recomendarles algunas muy buenas escritoras por acá fanclere con historias muy originales, franchiulla con muy buenas traducciones y se ha animado ha publicar una historia de su autoría muy buena , The Little Phoenix para aquellas que le gusta lo sexoso y MaryMontoya17 buena amiga y autora de una muy buena historia en proceso

Disculpen los errores

DISFRUTEN DEL CAPITULO


Capítulo catorce

Vivimos justificándonos, y Emma sabía que tendría que justificar sus acciones las semanas siguientes, pero la cuestión era cuándo iba a rendir cuentas.

Hasta cierto punto contaba con el elemento tiempo, pues todos considerarían su relación como de dos buenas amigas. Sin embargo, era de naturaleza táctil, así que quedaba descartada la idea de evitar las miradas que transmitiesen mensajes de amor y de desistir de caricias cariñosas. Sus síntomas y comportamiento la hacían ver sin duda que se había enamorado de una mujer y que debía aceptarlo y aceptar sus consecuencias, al igual que su familia, amigos y conocidos. Por supuesto, no resultaba fácil, puesto que había claros elementos de homofobia en la sociedad, pero sabía que por suerte la sociedad estaba aprendiendo a ser mucho más tolerante.

Lo que más la preocupaba era la aceptación de su familia, sobre todo de Mary, así que tendría que encargarse de la revelación con guantes de seda. La atemorizaba pensar que a Mary la disgustase o la molestase su relación, hasta el punto de que trataba de no imaginárselo. Si ocurría, no podría hacer gran cosa, salvo lamentar la pérdida del estrecho vínculo que tenía con Mary. Aquella sería la consecuencia, puesto que no estaba dispuesta a prescindir de un amor tan intenso y real como el que sentía para proteger los conceptos de otros sobre sus propios valores morales. Sin embargo, conociendo a Mary como la conocía, no preveía ningún rechazo.

Como mucho, intentaría disuadirla haciéndole ver los impedimentos que suscitaría tal emparejamiento. Aun así, la perspectiva de contárselo la intimidaba. El momento adecuado para hablar con su hermana dependería del compromiso que alcanzasen Regina y ella. Ninguna de las dos había experimentado antes una afinidad así, por tanto las experiencias serían nuevas y las reacciones probablemente más variadas y diversas que las de una relación convencional. Emma no tenía duda de la profundidad de su fervor hacia Regina y estaba convencida de que la pasión era recíproca. Sin embargo, tendrían que soportar cualquier posible hostilidad o rechazo, catalizadores que sacudirían y enturbiarían la misma esencia de su nuevo amor. Aunque le parecía inconcebible, podían surgir dudas y arrepentimientos.

Cuando ya le hubiesen comunicado su respectivo amor a sus familias, imaginaba los petulantes comentarios del tipo «Ya lo decía yo» que acompañarían a las palabras de conmiseración: «Una relación así no puede durar», «Debe de ser una fase por la que está pasando», y tópicos por el estilo. A continuación, una triste e incómoda separación con «Seamos adultas y sigamos siendo amigas», seguida por cenas con hombres elegibles y el firme propósito de reintegrarse al camino recto y estrecho. Un futuro así le resultaba insoportable, y decidió hacer todo lo que estuviese en sus manos para retener el amor de Regina.

Su madre utilizaría sin duda la cuestión de los hijos como un obstáculo potencial; al fin y al cabo, ¿cómo iban a tener hijos dos mujeres y qué pasaba con el instinto maternal? Hasta cierto punto

Mary le sería de mucha ayuda, pues, una vez casada, la presión de tener un nieto descansaría sobre sus hombros y los de David. En aquel momento, Emma no sentía inclinación hacia los niños, aunque tampoco la disgustaban. Suponía que sus hormonas aún no eran receptivas. Si se presentaba la ocasión, estaba segura de que había formas y medios de que las lesbianas tuviesen hijos mediante la inseminación o la adopción. Siempre que la relación fuese estable y firme, no veía motivos para las objeciones. Era algo que tendría que hablar con Regina en el futuro.

La reflexión sobre la palabra «lesbiana» la llevó a considerar qué esperaba de un futuro juntas. Quería a Regina sin la menor sombra de duda.

Adoraba su potencia y su aparente actitud distante. Le encantaba tener la certeza de que vivirían bien unidas, pues se mostrarían comprensivas con las fuerzas y debilidades respectivas, aunque sin asumir comportamientos autoritarios. En Regina había una calma, una tranquilidad que se reflejaba en su actitud.

«Tengo mucha suerte por haberla conocido —pensó Emma—. Sé que mi vida se enriquecerá estando junto a ella.» Más aún, Emma tenía mucho que dar a su vez. Apenas estaba familiarizada con el mundo del lesbianismo, pero suponía que debía de haber clubes, bares y lugares de reunión específicos, y tal vez también información en Internet. Sin embargo, de momento no quería frecuentar esos lugares y prefería mantener cierto nivel de normalidad. Al margen de lo injusto que le parecía, las relaciones entre mujeres que iban más allá de los límites de la amistad no se consideraban normales, aunque la sociedad avanzaba hacia una mayor tolerancia. Incluso ella tenía sus restricciones y reconocía que sentía cierta aprensión ante las relaciones entre una mujer masculina y otra de aspecto femenino. Regina era muy bella y le parecía natural que le atrajese la belleza. Por tanto, como más cómoda se sentía era no proclamando su lesbianismo a base de mezclarse exclusivamente con grupos de lesbianas, sino admitiéndolo y esperando que sus vidas no se viesen alteradas. No quería que las catalogasen de diferentes, sino que las aceptasen como lo que eran, es decir dos mujeres con mucho que ofrecer. Suponía que su punto de vista podía muy bien ser calificado de ingenuo y, sin duda, numerosas lesbianas antes que ella lo habían defendido, pero así iba a ser su camino a partir de entonces y confiaba en que Regina y ella pudiesen recorrerlo. Aquello no significaba que no respetase las tribulaciones que lesbianas anteriores habían sufrido para construir una sociedad más tolerante, las de la generación Stonewall; pero por eso mismo Emma deseaba enfocar su relación con la mayor naturalidad posible. Aquellas lesbianas habían luchado por eso: por el derecho a decidir su elección de pareja y a no ser excluidas de la sociedad por no ajustarse a las convenciones.

A medida que transcurría la semana, el tiempo se tornó más gris y frío; la seguridad de Emma se tambaleó cuando los rugientes vientos y las fuertes tormentas arrasaron las filigranas de flores amontonándolas de cualquier manera en las alcantarillas. Los que no han sufrido la ausencia acostumbran a decir: «La ausencia hace que el corazón se fortalezca». Pero los amantes saben otra cosa, que la ausencia, cuando se está construyendo una relación, resulta en realidad extremadamente desasosegante. Las emociones juegan al ping-pong; son momentos en que hay mucho por descubrir, antes de que se forjen los criterios de la relación, antes de que el amor se selle y sea reconocido por otros. Cualquier ruptura en el proceso conduce a la mente a especulaciones ociosas, a la incómoda pregunta «¿Qué pasaría si...?», al reproche de cosas silenciadas y al miedo infernal a un cambio de pareceres o a un desistimiento.

Emma vivía sobre la firme roca de confirmación de las llamadas de Regina cada noche, después de las cuales se torturaba con erróneas interpretaciones de palabras o de matices de tono.

¿Acaso no podía abordar a Regina alguien más hermosa y mundana que ella? ¿Y entonces qué? Como si quisiera atormentarse aún más, escuchaba baladas sobre corazones deshechos y desesperada angustia; pasaba las noches encogida en un sillón, compartiendo las lágrimas que Connie Francis derramaba e n Quién lo siente ahora y Luna de

Carolina. Y mientras, el estómago le daba vueltas, perturbado por su tristeza, y de vez en cuando tenía que ir corriendo al cuarto de baño.

El miércoles por la mañana recibió un pálido sobre malva con un mensaje:

Seguro que soñamos con no tener que

separarnos tanto tiempo. Si cada una está en

los sueños de la otra, permaneceremos

juntas todo el tiempo.

Te veré pronto, cariño mío.

Con amor, Regina.

Besos.

El sobre malva resultaba casi irreconocible de tanto como había leído la carta, una y otra vez. La sujetó con firmeza entre las manos y la mojó con lágrimas saladas, pero cada nueva lectura acentuaba el dolor que sentía bajo las costillas. Sin embargo era como un narcótico, pues no podía pasar una hora sin leer aquellas palabras, como si entretanto pudiesen enredarse y cambiar para expresar las infundadas preocupaciones que acuciaban su conciencia. Se daba perfecta cuenta de que no había racionalidad en aquellas preocupaciones y de que en aquel estado de cosas la ausencia de Regina era fugaz, pero la embriagadora mezcla de amor, deseo, añoranza y hastío no dejaba lugar a la razón y al buen sentido.

No, volcaba las sillas, derramaba una taza de café, fundía las bombillas.

Hundía sus garras en ella y la llenaba de preocupación, convirtiendo cuatro días en una retorcida eternidad.