Los personajes de OUAT no me pertenecen
(Adaptación)
Como soy buena he subido un capi nuevo ¬_¬ pero quiero mas RWs
Así que ya saben chicas entre mas RWs mas rápido subo capi nuevo.
Gracias a las que siempre leen y comentan son un amor enserio, también a las que leen en el anonimato jaja
este capi va dedicado a Mushu y Gen disfruten
Las dejo leer no sin antes recomendarles algunas muy buenas escritoras por acá fanclere con historias muy originales, franchiulla con muy buenas traducciones y se ha animado ha publicar una historia de su autoría muy buena , The Little Phoenix para aquellas que le gusta lo sexoso y MaryMontoya17 buena amiga y autora de una muy buena historia en proceso
Disculpen los errores
DISFRUTEN DEL CAPITULO
Capítulo quince
La llamada de Regina el miércoles por la noche no contribuyó a mejorar el estado de ánimo de Emma, cuya tristeza sin embargo procuró disimular.
—Lo siento muchísimo, cariño, pero no podré volver hasta el viernes. Intenté arreglarlo todo hoy para regresar mañana, pero ha surgido un problema con las vigas del tejado. Lo solucionaré mañana y saldré corriendo el viernes. ¿Estás enfadada conmigo?
—¡Oh, Regina! ¿Cómo podría enfadarme contigo?... Es el destino el que me solivianta. Tengo muchas ganas de verte y abrazarte de nuevo. Y no debes volver con tanta prisa. Conduce con cuidado; te quiero enterita.
—Trabajas el viernes, ¿verdad? — preguntó Regina.
—Por desgracia sí.
—El viernes tengo que ir a la oficina, ¿qué te parece si te pasas después del trabajo? Te enseñaré mi oficina, y luego podríamos ir a comer algo antes de volver a casa. Di que sí, te llevas las cosas de dormir y te quedas, así no tendrás que apresurarte. ¿Qué te parece?
El corazón de Emma dio un brinco de alegría. Una sonrisa recorrió todo su cuerpo antes de plasmarse en sus labios.
—¡Regina, amor mío, eso sería maravilloso!
De pronto una noticia lo cambia todo; atrás quedaba la preocupación que nublaba el sentido común y que había sido sustituida por una desenfrenada felicidad y por la necesidad de prepararse. Para su regocijo, el jueves por la mañana llegó otro pálido sobre malva. Emma abrió la carta con cuidado, desplegando la hoja, que decía:
Dame un beso, y luego veinte más. A esos
veinte añade cien y después mil; sigue besándome hasta que esos
mil se conviertan en un millón. Triplica el millón y vuelve a empezar, como al principio.
Tenemos mucho que recuperar,
Tu amor,
Regina.
Besos.
La noche del jueves se hizo esperar.
Por una vez, Emma no se quejó de las tareas domésticas; recorrió el piso limpiando el polvo, luego puso la lavadora y planchó. La canción Loca, de Patsy Cline, la acompañó mientras seleccionaba minuciosamente la ropa que se pondría, pensando en el mal tiempo y en agradar a Regina. El viernes llevaría al trabajo un traje pantalón en tono oro viejo, pero en el equipaje guardó pantalones entallados y blusas de algodón afelpado más informales. Emma no olvidó las briznas de lila y el encaje de Chantilly, junto con los calcetines cómodos, los jerséis gruesos y los zapatos de tacón bajo. Al día siguiente metería también en la bolsa los cosméticos y el maquillaje. Las prendas para dormir constituían un problema, pues solía dormir sin nada que la constriñese; sin embargo, tenía un pijama con dibujos de nomeolvides azules. Bastaría con eso. Sus ojos se posaron en el pijama mientras pensaba qué se pondría Regina para dormir.
Como vivía sola, no creía que optase por un camisón transparente y sensual, aunque sí se la imaginaba con una larga prenda de satén; con sus maravillosos cabellos negros y la elegante figura flotando bajo las luces tenues parecería un ángel de Navidad. La imagen indujo a Emma a abrazarse, anticipando gloriosos momentos: su ángel de Navidad... su ángel guardián, su ángel.
¿Cómo pasaría la noche en la torre?¿Tendría que dormir en un sofá del salón o Regina la llevaría a su propia cama?¿Y luego qué? Emma no dudaba de que quería a Regina como no había querido a nadie, que la deseaba y que pensar en tocarla y acariciar su desnudez resultaba tan electrizante que se sentía desfallecer. Recordó sus fantasías en la ducha después de ver a Regina por primera vez y el impacto que había suscitado en ella. Habían estado a punto de doblársele las rodillas de tanto como le temblaban las piernas. Si Regina la invitaba a su cama, ¿sabría qué hacer? Haría lo que a ella le resultaba excitante, esperando que a Regina le produjese el mismo efecto.
Las dos estaban en fase experimental, así que tendrían que ayudarse mutuamente. La inquietud no sería distinta a la de una pareja que hiciera el amor por primera vez.
El viernes tuvo mucho trabajo, cosa que agradeció, pues se sentía por dentro como una bombilla encendida. Se daba cuenta de que resplandecía y, por las miradas que le lanzaban sus colegas, estaba claro que veían un cambio drástico en ella. Por suerte, eran demasiado educados para preguntar el motivo. Había decidido que, si el fin de semana iba bien, le contaría a Mary lo suyo con Rergina. Se sintió culpable por no haber hablado con Mary en toda la semana y la llamó:
—Hola, Mary, ¿cómo te va? Lamento no haberte visto el fin de semana pasado, pero visité a una amistad y no regresé hasta tarde.
—No hay problema, Emm. No habíamos quedado en nada. Ya sabes que sólo tienes que llamar y siempre serás bien recibida en nuestra casa. Me disgusta que estés sola todo el tiempo, pero, si estuviste con alguien, estupendo. —Emma percibió la pregunta no formulada en la voz de su hermana.
—¡Sí, Mary, sé lo que estás pensando! —se rió Emma—. En parte tienes razón. He conocido a alguien especial y este fin de semana voy a su casa otra vez. Espero que quedemos para comer la semana que viene y entonces te contaré, pero necesito que me prometas una cosa.
—Suena de lo más interesante — comentó Mary—. ¿Qué debo prometer?
—Que no dirás nada hasta que nos veamos, sobre todo a mamá. No me dejará en paz si nota el más leve atisbo de romance en el aire.
—¿Y lo hay? —preguntó Mary con descaro.
—Espera hasta la semana que viene. ¿Te parece bien que comamos juntas el lunes? Podemos ir al restaurante tailandés que está aquí cerca.
—A ver... El lunes me va bien. Y no temas, Emm, mis labios estarán firmemente sellados hasta entonces, aunque me muero de ganas de conocer más detalles.
—Mary, eres una joya. ¿Cómo marchan tus planes? ¿Has ultimado ya la luna de miel?
—Hasta el momento todo va a las mil maravillas. David dice que ha hecho la reserva en un lugar cálido y lujoso con playas y preciosas vistas; ya ves que se ocupa de todas mis necesidades. Sé lo que debo llevar, pero se trata de una sorpresa.
—Sabiendo lo sensible que es David, seguro que se trata de un lugar divino.
Emma se alegraba de haber quedado con Mary para hablar, pues no tenían muchas oportunidades para aclarar las cosas y quería compartir aquello con su hermana. Sabía que Mary se sentiría muy feliz por ella, sobre todo porque ella misma estaba exultante y querría que Emma compartiese aquel estado de dicha absoluta. Emma sólo esperaba pensar el lunes lo mismo que pensaba en aquel momento.
Esa tarde, Emma salió de la oficina excepcionalmente a las cinco, provocando la sorpresa y los comentarios de sus colegas más críticos.
Como el día no era muy bueno y además llevaba una bolsa de viaje, se permitió el lujo de coger un taxi.
—Portland Place —indicó antes de reclinarse en el asiento con un escalofrío de emoción. Había contado los segundos para volver a ver a Regina, y en aquel momento en que casi estaba a punto, se dejaba llevar por la euforia.
Emma señaló al taxista un grandioso edificio recientemente restaurado, decorado con columnas y tallas de piedra, al estilo del período victoriano.
La etapa favorita de Emma era la Regencia, pero comprendía que aquel imponente edificio constituía una noble envoltura para una importante empresa de diseño arquitectónico. Al franquear las puertas la maravilló verse transportada a un vestíbulo Art Decó, con largas y airosas líneas de piedra y metal brillante, relojes rectangulares y una amplia escalera en cuya base montaban guardia dos panteras de mármol negro. La deslumbró, sobre todo porque no lo esperaba, pero al mismo tiempo no pudo evitar que le diesen muchísima pena las pobres limpiadoras que tenían que dedicarse a arrancar destellos a los metros y metros de metal.
Avanzó tímidamente sobre la envoltura de mármol hasta el diseño geométrico oriental de la recepción, donde cuatro recepcionistas se veían muy menguadas por las proporciones de una larga y estrecha mesa de madera y cromo.
—Hola —saludó—. He venido a ver a Regina Mills.
—¡Ah, sí! —respondió la recepcionista, una señora eficiente, de mediana edad, vestida a tono con el vestíbulo. Emma se fijó en que las otras llevaban prendas similares, sin duda un uniforme—. Debe de ser usted la señorita Swan —continuó la mujer con una amable sonrisa—. La señorita Mills nos dijo que la atendiésemos. Si tiene la bondad de tomar asiento, le comunicaremos que ha llegado. — Señaló unas sillas curvas y tan grandes que sin duda habían sido fabricadas ex profeso—. ¿Quiere tomar algo mientras espera?
A Emma le apetecía mucho un café, pero se daba cuenta de que Regina había tenido un detalle con ella al invitarla a su oficina y quería que se sintiese orgullosa de la confianza que había depositado en ella. Lo último que deseaba era arriesgarse a echarse el café por encima, dando lugar a una situación embarazosa. Siempre recordaba la ocasión en que unos inspectores de impuestos habían visitado su oficina y, después de ir al cuarto de baño, uno de ellos se había paseado por todo el edificio con un pedazo de papel higiénico pegado a los pantalones. Todos se habían muerto de risa, también ella, pero al mismo tiempo le daba vergüenza haberse divertido a expensas del pobre inspector, pues lo mismo le podía ocurrir a cualquiera y era una lástima que quedase una impresión permanente por algo así.
Estaba tan ensimismada que no reparó en que la recepcionista había vuelto y que llamaba su atención con una discreta tos.— Oh, lo siento. Me encontraba a kilómetros de aquí —se disculpó con una sonrisa.
—No pasa nada —replicó la mujer —. La señorita Mills le ruega que suba a reunirse con ella. Tome uno de los ascensores hasta la cuarta planta, y ella la esperará. Si no le apetece llevar su bolsa, yo puedo cuidársela en recepción.
—Muy amable de su parte, pero, para ser sincera, no sé cuánto tiempo me quedaré. Además, no pesa mucho, así que la llevaré, si no le importa.
—Lo entiendo perfectamente. —Le ofreció a Emma un pase plastificado con un sujetapapeles—. Es por seguridad, me temo. ¿Le importaría firmar?
Emma subió en un ascensor forrado de espejos, casi sin reparar en el movimiento ascendente. Antes de que se diera cuenta, las puertas se abrieron en un gran vestíbulo de tonos cromados y azul ultramarino. Había pasillos a cada lado y Regina se encontraba en el de la derecha, absolutamente radiante. A Emma casi se le paró el corazón; Emma le pareció maravillosa, tanto que superó todas las imágenes que conservaba en su memoria.
—Emma —saludó Regina, adelantándose a recibirla. Posó las manos en los hombros de Emma y la besó en las mejillas, susurrando—: Rápido, ven a mi despacho. ¡Me muero por besarte, belleza de preciosos cabellos!
El perfume de Regina, mezclado con el olor a manzanas de su cabello, embriagó a Emma, que caminó casi en trance hasta el despacho de su amiga. En cuanto Regina cerró la puerta, tomó la cara de Emma entre sus frías manos y la acercó a la suya. En un primer momento, Emma creyó que Regina iba a besarla al fin y cerró los ojos. Pero al cabo de unos segundos los abrió y vio cómo Regina escudriñaba cada rasgo de su rostro mientras sus pulgares acariciaban con ternura las mejillas de Emma.
—¡Oh, Emma! —exclamó—. ¡Cómo he echado de menos esta cara, estos ojos, este precioso pelo y tus maravillosos labios! —Mientras hablaba, alzó la mano y sus dedos se deslizaron sobre el rostro y se posaron después en la boca, enviando corrientes a través de aquella piel tan sensible. Emma sacó la lengua y lamió el dedo de Regina sin dejar de mirar sus ojos chocolates, ojos vidriosos que proclamaban el deseo que les inspiraba Emma.
«¡Qué tonta fui al preocuparme cuando ella estaba en Derby! —pensó Emma
—. Estos ojos transmiten amor claramente. No volveré a dudar.» Emma, dominada por la ternura, se adelantó y se acercó a los labios de Regina, acariciando con delicadeza el labio inferior antes de besarla con descaro, dibujando con la lengua los labios de Regina y buscando su lengua húmeda. Saboreó a Regina, pero quería más; a Emma le latían los labios.
Sintió un hormigueo en la piel del rostro, un deleite que se prolongó por la nuca y bajó por su espalda. Se encontraba en estado de efervescencia.
La sangre vibraba en su cabeza hasta el punto de aturdirla.
—Regina —gimió—, no sabes cómo me siento por dentro. —Regina esbozó una sonrisa perezosa con la frente apoyada en la de Emma y sus narices casi tocándose.
—Creo que sí, cariño, porque a mí me ocurre algo parecido.
—Me alegro de que hayas vuelto. Todo mi ser clamaba por volver a verte. ¿Tienes mucho que hacer aquí?
Apenas unos centímetros separaban los ojos de ambas, y Emma absorbió el cálido aliento de Regina cuando ésta respondió:
—No, cariño, casi he terminado. Sólo me queda darle unos papeles a mi jefa y comentarle rápidamente lo que he hecho durante la semana. ¿Te apetece tomar algo mientras esperas?
Emma sonrió para sí al recordar sus pensamientos anteriores sobre lo incómoda que se sentiría si derramaba el café. En aquel momento se hallaba en la cumbre del mundo, llena de confianza.
—Sí, tesoro, ¿tienes algo frío?
Regina señaló unos armarios.
—Si miras en ese armario, hay un minibar. Sírvete lo que quieras, por favor. Volveré lo antes posible y, luego, el fin de semana es nuestro. —Le dedicó una sonrisa tan seductora a Emma que ésta a punto estuvo de retenerla. No lo hizo porque sabía que la demora significaría menos tiempo juntas en la torre, un lugar mucho más íntimo que la oficina. Se sirvió un refrescante zumo de naranja y se llevó el vaso frío a su frente enfebrecida. Mientras tanto, Regina cogió un expediente y fue hacia la puerta sin apartar los ojos de Emma. Con un gesto de duda, se acercó a Emma y le quitó el vaso. Sin dejar de mirarla, acercó el vaso a sus labios rojos y dejó una marca de carmín en el borde.
—Ponte cómoda —dijo con una sonrisa—. Vuelvo enseguida.
Emma llevó el vaso al sillón de dirección de Regina, se acomodó y giró, contemplando el despacho. Como hasta el momento casi no había visto nada, tenía mucho en que ocupar la atención.
El diseño del despacho, en cuestión de elementos fijos, seguía el estilo del resto del edificio con su aire dinámico y laborioso. Sin embargo, Emma reparó en que Regina le había dado sus propios toques, como un par de reproducciones de Vermeer bien enmarcadas y unas cuantas butacas que parecían demasiado cómodas para ser Art Decó. Supuso que Regina no pasaba mucho tiempo en aquel despacho, porque había visto una mesa de arquitecto de madera de caoba en la torre e imaginaba que hacía gran parte del trabajo de diseño en casa.
Detrás de ella había grandes ventanas que ofrecían una vista panorámica de Londres: la ciudad resultaba mucho más sugerente que a nivel del suelo debido a la amplitud del cielo. Emma se fijó luego en los objetos que cubrían la mesa de Regina: no había fotografías, pero no sabía muy bien qué relación tenía con sus padres. Mientras lo pensaba, reparó de pronto en los garabatos de una agenda de teléfonos... con un estremecimiento vio que en el centro del dibujo estaba su nombre y de él salían un montón de corazoncitos. Aquella palpable exhibición de un momento privado la llenó de afecto hacia Regina.
Se sentía segura y a salvo con su amor al ver que la separación no había disminuido el cariño de Regina. Sonrió y se abrazó con regocijo, mientras una oleada de felicidad recorría su cuerpo.
Antes de que se diera cuenta, Regina regresó al despacho y puso un grueso expediente sobre la mesa. Se acercó por detrás al sillón en el que estaba sentada Emma y empezó a jugar con su pelo, deslizando los dedos sobre los finos mechones rubios. Luego, se inclinó y le dio un beso a Emma en la oreja.
—¿Estás lista para marcharte, jovencita? —preguntó en voz baja—. Porque quiero llevarte a casa.
