Los personajes de OUAT no me pertenecen
(Adaptación)
Como soy buena he subido un capi nuevo ¬_¬ pero quiero más RWs
Así que ya saben chicas entre mas RWs mas rápido subo capi nuevo.
Gracias a las que siempre leen y comentan son un amor en serio, también a las que leen en el anonimato jaja
Este capi va dedicado a Mushu y Gen disfruten.
Love! Se acerca tu capi
Las dejo leer no sin antes recomendarles algunas muy buenas escritoras por acá fanclere con historias muy originales, franchiulla con muy buenas traducciones y se ha animado ha publicar una historia de su autoría muy buena , The Little Phoenix para aquellas que le gusta lo sexoso y MaryMontoya17 buena amiga y autora de una muy buena historia en proceso
Disculpen los errores
DISFRUTEN DEL CAPITULO
—¿Estás lista para marcharte, jovencita? —preguntó en voz baja—.Porque quiero llevarte a casa.
Capítulo dieciséis
Viajar cómodamente en el Land Cruiser, en comparación con el tren, era un lujo, y hacerlo sentada al lado de alguien tan maravillosa como Regina constituía la felicidad absoluta. Al principio, las dos se mostraron tímidas y hablaron del trabajo y de cómo había sido la semana. El tiempo era su tema de conversación hasta que Emma preguntó:
—¿Te molesta si pongo música?
—En absoluto. Creo que somos como esos juguetes de cuerda, esperando a soltar la melodía. Tal vez la música nos serene. ¿Te gusta algo en especial?
Emma repasó la colección de CD y se sorprendió al ver que sus gustos coincidían.
—Somos almas gemelas —comentó.
Escogió una selección de bandas célticas, se hundió en el asiento y se dedicó a observar perezosamente a Regina, que conducía concentrada a través del tráfico del norte de Londres.
Era preciosa; estaba con su ángel moreno.
A veces le parecía que la quería tanto que deseaba convertirse en ella y absorber sus pensamientos. Pero entonces no podría disfrutar del increíble placer de besar aquel cuerpo celestial. Instintivamente estiró la mano, la posó en la pierna de Regina y notó la frialdad de la tela del vestido bajo la palma. Regina se volvió hacia ella y le dedicó la sonrisa de una rendida colegiala. Sonó una canción que a Emma le gustaba de forma especial y no pudo evitar corearla. Tras unos segundos, Regina se unió a ella y no tardaron mucho en cantar a viva voz mientras el vehículo adquiría velocidad en la carretera de salida de la ciudad.
Cuando el campo se desplegó a su alrededor, se sumieron en un respetuoso silencio, impregnándose del atuendo primaveral de la naturaleza bajo la luz de aquellos días cada vez más largos. El invierno resulta a veces agotador en Inglaterra: ir y volver del trabajo en perpetua oscuridad ensombrece el espíritu; por eso los días luminosos propician que la gente se deslice al exterior como los lagartos, para disfrutar de los rayos del sol y revitalizarse.
—Adoro tu presencia, tesoro, aunque no hablemos. Me siento muy cómoda y, curiosamente, protegida. ¿Has tenido tiempo para pensar en nosotras y en el futuro mientras estuviste en Derby? —se atrevió a preguntar Emma, temiendo una respuesta inesperada.
—Me costó mucho más pensar en la reconversión del granero —se rió Regina—. En serio, pasé las noches reflexionando sobre el futuro. Sé que encontraremos dificultades y que será un desastre si tu familia, a la que estás tan unida, te convierte en una paria. Pero tanto mi corazón como mi cabeza coinciden en querer construir una vida contigo. Jamás había experimentado las intensas emociones que tú me provocas y no quiero perderte, de verdad. Sé que juntas podemos superar casi todas las adversidades si nos apoyamos. ¿Qué opinas, cariño?
Emma respiró al fin, tras haber contenido el aliento, expectante.
—¡Que eso dice mucho! Temía que hubieras reconsiderado las cosas. También a mí me pone nerviosa mi familia, pero soy mayor y debo pensar en mi propio futuro. Sé que se preocuparán por mí, pero soy optimista y creo que nos aceptarán cuando se den cuenta de que vamos en serio. En caso contrario, lo sentiré, pero es tu amor lo que me hace vivir.
Regina apartó la mano del volante y apretó la mano de Emma a modo de respuesta. Tras unos momentos, Emma preguntó:
—Regina, ¿y a tu familia? ¿Qué les dirás?
Regina no dio muestras de haber oído la pregunta. Cuando Emma iba a olvidarla, respondió:
—Lo haré en su momento. Tal vez podamos ir a Irlanda juntas, pero aún no. Mis padres y yo nunca hemos estado muy unidos. La ironía es que mi jefa de línea en el trabajo, Eugenia Jessup, ha sido para mí lo más parecido a una madre.
Cuando sufrí los problemas de Manchester, necesitaba confiar en ellos, pero como estaban tan obsesionados con las aventuras amorosas de mi padre, nunca tenían tiempo para mí. La última vez que estuve en casa fue hace dos meses, y me recibieron más como a una invitada que como a una hija. Son de una generación educada para no demostrar afecto y para esconder las debilidades y los escándalos debajo de la alfombra, en vez de afrontarlos. En cierto sentido, me han defraudado. Si les hablase de lo nuestro, fingirían no haber oído nada.
Me preguntarían por los hombres que conozco, si tú tienes novio y ese tipo de cosas.
—Bueno, no te preocupes, amor mío. —Emma la consoló dándole palmaditas en la pierna—. No pensemos en nada que nos estropee el fin de semana.
—Me parece bien —dijo Regina con una valiente sonrisa.
En las obras isabelinas, las Parcas tienen su papel, casi siempre travieso, y conducen al héroe o a la heroína a situaciones difíciles o los envían a lugares equivocados para confundirlos o engañarlos. Pero no son malas: hay método en sus trapacerías y en la conclusión de las mismas, todo se hace correctamente. Los amantes acaban uniéndose y el telón cae mientras se besan. Desde aquella lejana época han cambiado las Isabeles que ocupan el trono, pero ¿qué pasa con las Parcas que han estado esperando su pie detrás del escenario y deciden que es hora de hacer su entrada?
El fin de semana adquirió otro color cuando Emma y Regina se acercaron a la casa de ésta. La torre había sufrido visibles daños: varias de las grandes ventanas estaban rotas y se veían enormes trozos de vidrio esparcidos por el suelo. Emma miró a Regina y reparó en que se ponía pálida.
—¡Oh, no! —se quejó—. ¡No me digas que ha vuelto a empezar!
—¿Crees que es ese tal Robin? ¿Sería capaz de algo así?
—Me parece que haría cualquier cosa —respondió con amargura Regina—. Entremos. Voy a llamar a la policía.
Recorrieron las habitaciones con cautela; Emma iba delante y le daba la mano a Regina. No creían que hubiese nadie, pues la puerta estaba bien cerrada, pero tenían tanto miedo que no querían cometer ninguna insensatez.
—Hasta el momento todo parece en orden —afirmó Regina. Emma se dio cuenta de que la seguridad de Regina había desaparecido, dejando paso a una niña asustada. Le apretó la mano con fuerza para que supiera que ya no tenía que enfrentarse sola a aquello.
—Vamos, corazón —la animó—, sólo queda el salón. Afrontemos lo peor de una vez.
Uno de los mayores misterios del cristal es que, cuando se rompe, su volumen crece de forma considerable.
Daba la impresión de que un toro enorme había irrumpido en el salón de Regina como en una cacharrería, pues había fragmentos de cristal por todas partes. Las ventanas de la estancia eran muy grandes y dos de ellas estaban rotas, pero la gran cantidad de pedazos multiplicaba su tamaño y su número: se hallaban sobre los sofás, los muebles y el suelo.
—¿Cómo crees que lo hizo? — preguntó Regina en voz baja, con una expresión como de trance en la cara.
—Me parece que eso es parte del motivo —respondió Emma señalando un pedrusco que había junto a la mesa del comedor—. Da la impresión de que lo envolvió con algo. Vamos a echar un vistazo.
—No, debo llamar a la policía. Tengo la tarjeta del detective Humbert en el bolso... Voy a llamarlo. —Parecía muy confundida con la supuesta intrusión del maníaco de Robin en su vida, así que Emma decidió mostrarse fuerte y ayudar a Regina en aquel momento. La llevó a la cocina y buscaron la tarjeta del detective Humbert. Luego, llamó por su móvil, rezando para que el policía no estuviese de vacaciones o demasiado ocupado para responder. Por suerte, atendió la llamada rápidamente; la voz serena y autoritaria la reconfortó en aquellas circunstancias.
—Hola, me llamo Emma Swan y soy muy amiga de Regina Mills —se presentó.
—Sí, conozco a Regina, ¿se encuentra bien? —Se notaba una sincera preocupación en la voz.
—Esta tarde, cuando llegamos a la torre, encontramos dos ventanales rotos. Parece como si lo hubieran hecho a propósito, y creemos que hay un mensaje en una piedra. No hemos tocado nada, así que a menos que quiera usted que lo compruebe, no sé lo que dice.
—No, déjelo todo como está. Estoy a una hora de ahí, pero llamaré a la policía local y me reuniré con ellos en la casa. ¿Cómo se lo ha tomado Regina?
Emma miró a Regina, sentada ante la mesa de la cocina, pálida, sin apartar los ojos de la superficie.
—Me parece que no muy bien. Creo que había dejado atrás esta pesadilla hace mucho tiempo. Le prepararé un poco de té con azúcar y me ocuparé de ella.
—Estupendo, es una buena idea. Las veo dentro de una hora, aunque la policía local seguramente llegará antes.
En cuanto Emma apagó el teléfono, se arrodilló ante Regina y la abrazó. Al principio, Regina se comportó como una autómata, pero el cálido abrazo de Emma deshizo su impresión y respondió acariciándola mientras los sollozos sacudían su cuerpo.
—¿Por qué no me deja en paz? — preguntó entre lágrimas—. Nunca hice nada para alentarlo; no me gustaba. ¡Oh, Dios! ¿Por qué no me deja tranquila?
Emma permitió que llorase durante un rato, abrazándola de vez en cuando para infundirle confianza; luego, se levantó y le preparó un té con mucho azúcar.
—Bébetelo todo, corazón. Te sentirás mejor. —Mientras Regina bebía el té, Emma se dio cuenta de que había encontrado una forma cariñosa de dirigirse a ella sin pensarlo, pero el momento resultaba muy inoportuno.
Sintió una breve punzada de culpa, aunque no duró mucho, pues comprendió que lo que más necesitaba Regina en aquellos instantes eran manifestaciones de apoyo y afecto.
—Siento mucho haberte arrastrado a esto —susurró Regina con las lágrimas rodando por sus húmedas mejillas.
—Por favor, no digas esas cosas, amor mío. Me alegro de estar aquí contigo y procuraré ayudarte. Te quiero, ¿no lo entiendes? ¿Qué clase de persona sería si alzase el vuelo a la primera adversidad? —Emma se acercó a Regina, se inclinó y lamió sus lágrimas con delicadeza, besando los surcos hasta los ojos marrones. Luego dijo:
—Hay una unidad tal entre nosotras que, cuando una llora, la otra saborea sal. Cuando era pequeña, a mi madre le encantaba su jardín y se empeñaba en enseñarme cosas de las flores que cultivaba. Como vivíamos en Oriente
Medio, muchas eran exóticas, como el sensual hibisco (mi favorito), con su forma que sólo puede ser femenina; el franchipaniero, con su nombre lleno de pasión; y la lantana danzante, con sus florecillas de colores diferentes que contrastan con los fríos tonos blancos de los edificios. Quería tenerlas en mi propio jardín, pero no podía permitirme una casa con jardín. Sin embargo, un día estaba en un centro de jardinería, vi las semillas de una flor que me fascinó con sus colores y me di cuenta de que podría cultivarla en un macetero en la ventana.
Era una gloria de la mañana: cuando florecía, no había otro color más hermoso como el de sus pétalos. Es decir, hasta que vi tus ojos. Tienes ese tono marrón intenso y elegante que al borde de tu iris se convierte en un sutil rosa malva. Lo triste de las glorias de la mañana es que apenas sobreviven a la mañana, se ponen mustias y mueren.
Mientras que en tus ojos veo vida y amor eternos.
Lanzó una risita con la cara casi pegada a la de Regina.
—¡Te regaré todos los días y me aseguraré de que crezcas fuerte y sana!
—Háblame de tu madre —pidió Regina, que ya no temblaba tanto.
—Lo haré, pero primero deja que te lleve a tu habitación, así podrás acostarte y yo te abrazaré. —Emma condujo a Regina hasta la cama; se quitó los zapatos y se acostó junto a ella, ciñéndola contra su cuerpo.
—Creo que mi madre estaba destinada a otra vida: era muy hermosa e inteligente y tenía una cualidad etérea, como si el mundo le resbalase. Resistió sin embargo los pioneros años cincuenta, cuando los expatriados vivían en enormes casas con doncellas, niñeras y jardineros. Aunque no era muy corpulenta, poseía una fuerza que le permitió afrontar destinos en África occidental y Oriente Medio, organizándolo todo, desde los equipajes a la selección de escuelas para nosotros.
Lo que más me sorprendía de ella era lo mucho que le costaba entender que existiese el mal en el mundo. Tendía a desconectar cuando los problemas sobrepasaban cierto punto.
—¿Y eso? —preguntó Regina, intrigada.
—Por poner un ejemplo... a ver. ¡Oh, sí! A mi madre la volvían loca los gatos.
Iba por ahí como el flautista encantado, recogiendo a todos los gatos callejeros y abandonados: les daba comida, los desparasitaba, les curaba las heridas, se ocupaba de los gatitos recién nacidos... nada era suficiente. Durante unas vacaciones escolares mostré mi horror tras mi reciente incursión en el mundo del maltrato a los animales y las vivisecciones. La obsequié con diatribas sobre lo mal que los seres humanos se comportaban con los animales, poniendo ante sus narices situaciones espantosas.
Yo creía que, como mi madre quería tanto a los gatos callejeros, comprendería mi aversión a esos terribles abusos y mi conversión en vegetariana. Pero, por mucho que me esforcé, acabé por reconocer el velo que cubría sus retinas y que significaba que ella estaba en otra parte. Mi madre no entendía que la gente tratase con crueldad a los animales, y antes de asumirlo cambió los cables en su mente.
Eso fue un ejemplo, pero hubo muchos más con temas como las guerras, los tiroteos en las escuelas y cosas por el estilo.
—Casi la envidio —dijo Regina—, sobre todo con respecto a ese horrible individuo. ¡Ojalá pudiese cambiar los cables acerca de él!
—Sí. Aunque eso signifique que los que están a tu alrededor tengan que hacer las cosas por ti. La ignorancia es a veces una bendición, pero piensa en todas las injusticias que nunca se acabarían si no fuera por los espíritus valientes que luchan por una idea. Somos lesbianas y tenemos unos derechos porque otras, antes de nosotras, no cedieron. Odio a ese Robin De Locksley tanto como tú, principalmente por el daño que te ha hecho, y voy a apoyarte y a hacer todo lo posible para que no siga persiguiéndote.
Mientras Emma hablaba, oyeron a cierta distancia el ruido de las sirenas de la policía, cada vez más intenso a medida que los vehículos se acercaban.
Resultó reconfortante, aunque también un poco turbador, pues comprendieron que durante las horas siguientes sus vidas no les pertenecerían. Emma abandonó la cama y vio cómo dos coches patrulla se acercaban a la casa.
Se alegró al comprobar que, de los cuatro policías que salían de ellos, dos eran mujeres. Sabía que seguramente serían igual de cerriles en los interrogatorios, pero apostaba lo que fuera a que se mostrarían más sensibles al trauma. Mientras observaba cómo se dirigían a la puerta principal, surgieron en su cabeza los versos de Spenser:
«¡Ah! ¿Cuándo acabará este largo y hastiado día, y me dejará libre para reunirme con mi amor?».
—Bajaré a abrir la puerta —dijo Emma cogiendo la mano de Regina—.¿Podrás afrontar las preguntas? Responderé a todas las que pueda por ti, pero tal vez necesiten información directa.
—Estaré perfectamente —repuso Regina intentando sonreír—. Emma... gracias por darme fuerza.
—Eso es el amor, al fin y al cabo — afirmó Emma dirigiéndose a la escalera.
—Hola, soy la detective Jan Davis y ésta es mi colega, la sargento Robson.
Nos ha llamado el detective Humbert y nos ha puesto al corriente de la situación de la señorita Mills. ¿Es usted la señorita Mills o su amiga? — preguntó una de las mujeres, bajita pero robusta.
—Soy la amiga de Regina, Emma Swan. Yo llamé al detective Humbert, porque Regina estaba muy alterada.
—Es comprensible si se trata del acosador. Le agradecería que nos indicase los daños. Si no le importa, estos dos echarán un vistazo por fuera.
—Señaló a la otra mujer policía y a un hombre que estaban detrás de ella.
—En absoluto —dijo Emma—. ¿Me sigue, por favor?
La llevó primero al dormitorio, donde le presentó a Regina, antes de enseñarle el salón y los desperfectos. Ni la detective ni su colega entraron en la estancia, pues les habían advertido que esperasen a la llegada del detective Humbert. Mientras hablaban, oyeron un coche en la entrada. Poco después, percibieron voces en las escaleras y el ruido que hacía alguien al subir a paso atlético los peldaños circulares hasta el descansillo donde ellas estaban.
—Espero que no le importe que haya subido sin avisar, pero pensé que preferiría usted no tener que subir y bajar las escaleras continuamente. —
Saludó con una sonrisa juvenil. Era un hombre de mediana edad, pero de los que se pasaban el día luchando, pues tenía una figura que denotaba muchas horas de gimnasio. Emma pensó que debía de romper muchos corazones con aquel cabello castaño y la mandíbula cuadrada de jugador de rugby. Pero no era un deportista sin cerebro: en sus ojos había inteligencia y compasión. A Emma le pareció extraño: «Hace unas semanas me habría derretido ante un hombre así, y ahora no tengo ojos más que para Regina».
—¿Cómo está Regina? —preguntó, con sincera preocupación.
Emma le contó que había estado a punto de derrumbarse al descubrir los daños, temiendo sin duda que Robin De Locksley, hubiese iniciado otra vez su persecución.
—Bajo a verla dentro de un minuto, pero primero debemos establecer si fue o no el señor De Locksley..
—¿Le traigo algo de beber mientras tanto? —preguntó Emma, sin saber muy bien cómo ayudar.
—Es usted un ángel caído del cielo. ¡Estoy muerto de sed! —exclamó el detective Graham Humbert
