Todos los personajes pertenecen a Hidekazu Himaruya, sin ánimos de lucro.
Quiero agradecer los comentarios de: Hitomi Unii-chan, , AlePenber, Eirin Stiva, Serrat Izazquez [No sé si meta a Yao. Lo que sucede es que hay muchos personajes en la historia y no quiero incluir más a nadie. Igual, te agradezco la sugerencia ;3], Rina.Y, LunaraKaiba y CakeCaroCake.
Capítulo 24
A la mañana siguiente, el hombre se quedó observando por un buen rato a esos girasoles. Trataba de especular qué era lo que tramaba ese tal Iván y que quería con Tino. De vez en cuando se fijaba por si el finlandés aparecía y tener una excusa o algo parecido con tal de que el muchacho no se diera cuenta. Mas, en una oportunidad se descuidó.
Estaba tan concentrado observando a esas flores, que ni siquiera escuchó a su compañero mientras éste le hablaba. Se acarició la barbilla y en ese momento, sintió cómo alguien jalaba suavemente de su brazo izquierdo.
—¿Eh? —preguntó como si despertara de un sueño.
—¿Estás bien? Te estaba hablando sobre la cena —Tino se alejó un poco y se volteó hacia el jarrón, tratando de ver lo que aparentemente el sueco estaba observando —.¿Hay algo malo con las flores?
—No, ¿por qué?
—Te quedaste mirándolas fijamente, no me digas que hay una abeja o algo así —El finlandés se escondió enseguida detrás del escandinavo.
—No, sólo las miré. Son lindas —mintió.
—¡Ah! Pienso lo mismo —Tino se acercó para disfrutar del aroma que desprendían los girasoles.
Mientras éste se dedicaba a eso, el sueco continuó pensando en lo siguiente que debía hacer. Ya tenía la información que había sacado de la internet, pero eso no era suficiente.
—Bueno, voy a ducharme. Espérame para desayunar, ¿quieres? —le pidió el muchacho de ojos pardos y se fue, sin aguardar respuesta.
—Por supuesto —asintió el sueco.
Luego de esa pequeña plática, cada uno retomó con sus actividades diarias. Tino se dispuso a ir a su trabajo, pero antes de ello, volvió a mirar el apartamento. Revisó una vez más ese tulipán rojo que siempre le sacaba una sonrisa y cuando pensó que ya estaba listo, sus ojos pardos se enfocaron en el jarro de girasoles. Fue en ese momento que recordó que en unos instantes debía estar frente a frente al ruso.
La verdad es que hasta que volvió a mirarlas fue cuando se acordó de Iván. Al menos, las flores cumplían con su cometido. Pero ahora que debía irse a su trabajo, no estaba muy seguro de qué hacer. No sabía cuáles eran las intenciones de éste, qué era lo que pretendía con ese regalo que fue tan sorpresivo. Suspiró, esperaba que el día terminara lo más pronto posible.
—Supongo que con un gracias será suficiente —se dijo a sí mismo.
A unos metros, se hallaba el sueco, quien ya estaba sacando sus herramientas. Levantó su mirada por un segundo, para darse cuenta que el finlandés estaba un poco preocupado. Se había despertado con una enorme sonrisa, mas ahora parecía que estaba algo mal. Dejó todo de lado, pues el muchacho estaba buscando cualquier excusa para salir un poco tarde, lo cual Berwald no comprendió.
—Todo va a estar bien, no va a pasar nada —El finlandés se estaba tratando de dar ánimos para ver de vuelta el rostro de aquel hombre.
El sueco se acercó lenta y silenciosamente, intentando descubrir qué era lo que estaba haciendo su compañero de habitación. Éste no notaba el repentino acercamiento del otro, estaba demasiado concentrado en convencerse a sí mismo que nada malo ocurriría.
—¿Estás bien? —El hombre posó una de sus manos sobre el hombro de quien trabajaba en la juguetería y éste inmediatamente dio un brinco hacia adelante.
—¡Kya! —gritó tan fuerte que consiguió despertar a los otros vecinos.
—¿Ocurre algo? —El escandinavo continuaba sin poder darle lógica a la reacción del otro.
—Berwald, eres tú —suspiró aliviado —¡Casi me matas de un infarto! —comentó mientras se apoyó por el otro.
—Es que...
—¡No es nada! De verdad, sólo estaba motivándome un poco, ya sabes —explicó, apenado por el hecho de que el rubio de ojos claros le hubiera escuchado.
Por unos minutos, éste se quedó en silencio, pensando en qué podía decir. Aparentemente Tino necesitaba un poco de apoyo para ir al trabajo. Definitivamente, debía hacer algo, ahora más que nunca que había averiguado un poco acerca de ese tal Iván. Sin embargo, ese no era precisamente su fuerte, así sólo respondió con lo primero que se le vino.
—Sonríe —dijo de la nada, al mismo tiempo, que miraba fijamente al rostro del finlandés.
—¿Eh? —cuestionó algo intrigado con esa súbita indicación por parte de su compañero.
—Te ves mejor si sonríes —admitió el otro, ya que no le gustaba que Tino estuviese tan serio y mucho menos, por culpa de alguien que no se merecía el tiempo del muchacho.
—Ah, supongo... —Éste no sabía qué decir, aunque le había dejado con una buena sensación —.¡Nos vemos luego! —Corrió, ya que no tenía forma de responder eso, así que aprovechó la ocasión para salir huyendo de allí.
Por su lado, Berwald se quedó allí cerca de la puerta, observando cómo aquel muchacho se iba alejando de su lado. Estaba cada vez más seguro de que quería hacer algo al respecto para que el otro se sintiera un poco más seguro. Había algo en ese hombre que el finlandés no le quería decir por alguna razón que no conseguía adivinar y no sabía cómo ganar la confianza de aquel muchacho. SI tan sólo le contara qué era lo que pasaba por su cabeza...
Mientras tanto, Tino continuaba corriendo, olvidándose momentáneamente de que pudo haberse bajado por el ascensor en lugar de hacer todo ese esfuerzo físico. Pero lo que le acababa de confesar el sueco no salía de su cabeza. Tenía tantas dudas, que solamente podía escuchar esa frase una y otra vez. Tampoco sabía por qué le había agradado eso que había soltado el escandinavo. Era una estúpida frase, sin mucha importancia pero ahí estaba él, analizándola como si tuviera algún sentido escondido.
Se sentó por un rato en el último escalón, quiso despejar su mente antes de continuar con su marcha. Inhaló y exhaló varias veces, eran un poco más de las siete y media de la mañana, y ya estaba con tantas emociones. Luego de recuperar la calma, volvió a pararse, determinado a que no habría nada y nadie que conseguiría afectarlo por el resto de la jornada.
—Sólo lo dijo por ser amable —se resignó —. Aunque... —pensó en otra posibilidad, pero enseguida volvió a lo que creyó inicialmente —.¡Por supuesto que fue por ser amable! —exclamó y siguió su camino.
Unos quince minutos luego, el finlandés pasó cerca de una enorme vidriera. Se arregló un poco el flequillo, que estaba algo desordenado cuando había salido corriendo de su apartamento y pese a que inicialmente continuó marchando hacia su trabajo, dio unos pasos hacia atrás y regresó. Se quedó contemplando su reflejo por un par de minutos, para después sonreír. En ese momento, recordó lo que había mencionado el sueco.
—¿De verdad le gusta...? —Tino todavía no salía de la impresión que le había dejado el comentario "inocente" del escandinavo —.Nunca pensé que se fijaría en esos detalles —Ahora se lamentaba el no haberle preguntado por qué había dicho eso.
Sin embargo, una campanilla que sonó detrás de él, consiguió sacarle de sus profundos pensamientos. Miró hacia un reloj que se encontraba por ahí y se dio cuenta de que debía apresurarse. Al menos, aquella frase del hombre había surtido el efecto que éste pretendía y dejó de pensar en el ruso hasta que estuvo a una cuadra de la tienda. Ahí fue cuando retomó toda su preocupación.
Antes de entrar al lugar, decidió esconderse en la esquina, para ver si Iván andaba por allí. Se fijó en el estacionamiento, donde ya estaba el auto de éste. No había traído nada consigo y se cuestionaba si éste estaba esperando algo a cambio. Meditó profundamente acerca de lo que debía hacer, al fin y al cabo, estaba cumpliendo con su trabajo. La única relación que había entre ellos era la de empleador y empleado, había sido él quien había cruzado ese umbral, así que decidió entrar de una buena vez.
Apenas dio unos pasos dentro del local, se fijó si el ruso estaba en algún lugar visible. Pero esto no era así, por lo tanto, fue directamente a sudar al lituano y luego iría a los vestidores. Como si nada fuera de lugar hubiera sucedido, como si fuera un día de trabajo normal y corriente. Sonrió, quizás había exagerado demasiado la situación, tal vez era algo que hacía con todos sus empleados.
Pero no sabía lo equivocado que estaba. Cuando empezó a caminar hacia los vestuarios, una enorme mano le detuvo. Si no fuera porque estaba seguro de que el sueco estaba en el piso, hubiera creído que se trataba de éste. Sin embargo, éste no era el caso y sólo le quedaba una opción. Tragó saliva y se dio vuelta lo más pronto posible, sólo para hallar a Iván con un enorme girasol en su otra mano.
—Tino, siempre vienes tan temprano, me alegro —respondió el hombre, mientras olía la enorme flor.
—Sí, trato de ser puntual —Estaba haciendo el mayor esfuerzo, para mostrarse seguro y esconder el miedo.
—¿Te gustó el ramo que te mandé ayer? No sabía cuáles eran tus preferidas, así que decidí regalarte las mías —explicó el dueño de ese local, y aunque parecía estar distraído con la planta, estaba muy pendiente de la respuesta del finlandés.
—Claro, me han encantado. Incluso las dejé en la sala para que todos las pudieran ver —afirmó.
—Qué suerte —El ruso le dio un par de palmadas sobre la cabeza de su empleado —.Me empiezas a agradar y mucho —Luego, se fue para enfocarse en Toris.
Sin embargo, antes de ir a hablar con el encargado de la tienda de juguetes, el ruso volvió a darse la vuelta. Miró por un rato al finlandés, cada vez le caía mejor, le decía precisamente lo que él quería escuchar y no le traía ningún problema. Además, le parecía bastante lindo. Quizás comenzaría a prestarle mucha más atención de la que le había dado hasta ese momento.
De hecho, estaba un poco tentado de ir una vez más junto a Tino. Pero antes de poder hacer, el lituano fue junto a él, por el tema que debía firmar unas autorizaciones para pagar a los proveedores. Aquello irritó un poco al hombre, mas eran cuestiones de negocios y eso era algo que cuidaba bastante. Sobre todo, porque no estaba dispuesto a perder frente a cierto estadounidense, quien era su eterno rival.
Supuso que dejaría el asunto del finlandés a un lado. Después de todo, lo tenía prácticamente a su disposición durante seis de los siete días de la semana. Por supuesto, ignoraba la presencia del sueco en la vida del muchacho, así que no consideraba tener alguna competencia en eso.
Mientras tanto, en otro lado de la ciudad, Berwald había comenzado a trabajar en un tocador que le habían pedido para un refinado hotel. Se estaba arrepintiendo de lo que le había dicho al finlandés, quizás gracias a ello, ahora había conseguido asustado y no le culpaba, era obvio que no se veía venir eso.
—¿A quién se le ocurre? —se dijo mientras secaba el sudor que tenía en su frente.
Se preguntaba que tan mal se lo había tomado el joven. Desconocía que el sonrojo en el rostro del finlandés había sido, en realidad, porque le había gustado el cumplido que le había dado. De hecho, creyó que era porque se sintió avergonzado de ello. Ahora debía idear algo para que el finlandés le disculpara.
Si bien se lo había dicho con la intención de darle un poco de bríos, quizás se había pasado de la raya. Y ahora que lo estaba pensando mejor, recordó el asunto del ruso. Era la culpa de éste que el muchacho estuviese tan tenso y debía hacer algo de manera inmediata. Por supuesto, sin olvidar que debía ser realizado a escondidas de Tino. Ya tenía algo más que mantener oculto al muchacho, pero no quería conseguir que éste se enojara y tampoco quería revelar de esa manera lo que sentía.
Finalmente se decidió. A estas alturas, era lo único que podía hacer. Aún cuando eso significara tener que pisotear su propio orgullo. Pero si eso le aseguraba estar un poco más aliviado con respecto a toda esa situación, si gracias a ello conseguía confirmar alguna sospecha que tenían., estaba más que dispuesto a hacerlo. Dejó de lado su martillo y demás herramientas, y se dirigió hacia el teléfono.
Muy cerca de la tienda de juguetes, cierto danés también estaba comenzando el día. Junto al noruego, estaban abriendo la tienda y preparando todo para empezar a cocinar. Sentía como si fuera un día especial, tenía un extraño presentimiento extraño dentro de su pecho. No le dio demasiada importancia, quizás no era nada al final.
Sin embargo, decidió aprovechar una situación que surgió allí. Lukas estaba tratando de ponerse el delantal y luego de varios intentos frustrados y a pesar de saber que era algo que no le convenía, pidió al hombre que se lo atara. Por supuesto, éste ni corto ni perezoso, hizo lo mismo. No obstante, antes que el muchacho pudiese dar la vuelta, a Andersen no se le ocurrió mejor idea que darle una palmada en el trasero, cosa que irritó bastante al joven.
—Tranquilízate, son las nueve de la mañana —El muchacho se alejó antes de que el otro pudiese continuar con lo mismo.
—¡Vamos! Además, aparte de tú y yo, no hay nadie —respondió el danés, sin sentir nada de remordimiento por lo que acababa de hacer.
—¿Y yo qué? —cuestionó el islandés, quien estaba dejando un poco de pescado para su querido frailecillo.
—¡Ah, lo siento! Ya sabes que sólo tengo ojos para Lukas y todo eso —Andersen se aproximó a Emyl, pero antes de que pudiera darle un abrazo, éste se movió —.Pero no te sientas mal.
—No lo hago —contestó el muchacho quien ya tenía su mochila puesta —.Nos vemos —y se retiró.
Sin embargo, lejos de sentirse mal por la réplica del hermano menor del noruego, el danés sólo se rió. Una vez que se aseguró que el joven ya se fue, decidió acercarse al ave. Éste no le tenía mucho afecto, pero Andersen simplemente no se daba cuenta de ello. Pensaba que tal vez sólo era un truco que le había enseñado Emyl o algo parecido. Intentó acariciar un poco al frailecillo, pero lejos de recibir una respuesta favorable, sucedió todo lo contrario.
—A ver, a ver Mister Puffin. Sé que sólo te portas así con tu dueño, pero como ya no está, no es necesario... —El momento en que acercó su mano, el animal se dispuso a darle un par de picotazos —¡Oye, oye! Tienes un gran problema de actitud —respondió el danés, dándose por vencido con el ave.
—No es el único —explicó el noruego, mientras que acomodaba los distintos tipos de panes que el danés hacía.
Cuando Andersen estuvo a punto de decir algo más, el teléfono del establecimiento comenzó a sonar. Los dos nórdicos estaban algo sorprendidos, apenas habían abierto y ya estaban recibiendo pedidos. Pero luego, al danés le pareció totalmente lógico. Tenían las mejores masas de toda la ciudad, así que no le cabía ninguna duda de que por allí habría algún cliente listo para ordenar algo especial.
Sin embargo, este hombre estaba a punto de recibir una gran sorpresa.
—¡Hola, hola! Llamaste a la mejor panadería de la ciudad, estás hablando con el cocinero, el gran...
—Necesito hablarte enseguida —Interrumpió el sueco, ya se sabía de memoria lo que el danés solía decir y no tenía el tiempo de escucharlo por completo.
—¡Vaya! ¡Dos llamados en menos de dos semanas! Debo decir que realmente no me asombra, seguro que has de extrañarme y todo eso —afirmó Andersen, quien estaba más que contento por escuchar de Berwald.
—¿Puedes ir al bar al mediodía? —Fue directo al grano, sabía la facilidad que tenía el otro de irse por las ramas.
—Claro, claro. No puedo creer que después de todo quieras verme. Aunque de todas formas planeaba pasar por nuestro apartamento en estos días —aseguró.
—Entonces, nos vemos —se despidió el sueco.
—Espera, espera, espera —Pidió el hombre, tenía una gran duda, le extrañaba demasiado esa llamada —.¿A qué se debe que me estás llamando?
—Un favor necesito —explicó el hombre, ciertamente apenado por tener que llegar a ese extremo.
—¿De verdad? —Nunca hubiera esperado eso, pero por otro lado, estaba algo contento.
—Sí, ¿vas a poder ir? —No quería entrar en detalles por el teléfono, prefería hablar de ese asunto personalmente.
—Por supuesto —afirmó el otro —.Tú pagas las cervezas —y cortó, antes de darle la oportunidad a Berwald a que dijera algo más.
El escandinavo respiró profundamente, todavía no podía creer lo que recién hizo y lo que estaba a punto de ver. Pero Andersen era el único que podía ir a la juguetería sin ser descubierto. Estaba seguro que el favor que estaba a punto de pedirle le iba a salir bastante caro, no le extrañaría demasiado si aquel resultaba con una petición un tanto extravagante. Sin embargo, cuando recordaba las veces que el finlandés había llegado tenso al piso, sabía que estaba haciendo lo correcto.
Antes de irse, decidió hacer algo más. Aunque normalmente no era de esos que tocaría las cosas de los demás, esos girasoles lo ponían bastante nervioso. La única razón por las cuales duraron tanto tiempo fue simplemente para mantener a Tino contento. Pero ahora que éste no estaba, decidió esa oportunidad única. Luego pensaría en que le diría al muchacho, ahora era hora de tomar las riendas del asunto.
Con una de sus manos, sacó las flores, todavía húmedas y con el otra, agarró su martillo. No quería tener ese recordatorio en su apartamento, así que procedió a hacer lo que sabía hacer mejor, sólo que en lugar de golpear un clavo, se trataban de unos girasoles. Tras varios minutos, había un montón de pétalos amarillos sobre la mesa y lo que quedaba del tallo de las flores.
Abandonó su martillo y luego se levantó del sofá. Contempló su "obra" por unos momentos. Nunca había hecho algo semejante como eso antes, lo cual le sorprendió.
—Se ve mejor —opinó el escandinavo y se marchó, rumbo a su encuentro con el danés.
Los próximos dos capítulos van a centrarse en Dinamarca, Noruega e Islandia.
Estoy considerando hacer una historia paralela con los tres, partiendo de este fic, porque me parece que hay unos cabos sueltos.
¡En unos días la historia cumple seis meses! 3
Quizás haya una actualización extra la semana que viene ;3
Gracias por leer~
