Todos los personajes pertenecen a Hidekaz Himaruya, sin ánimos de lucro.
Quiero agradecer los comentarios de: AlePenber, Hitomi Unii-chan, Linda4257, kikyoaymi8, Serrat Izazquez [Sí, sé que es un poco raro que Su haga eso, pero pensé que sería simpático que destroce a los girasoles de Iván xD], LunaraKaiba, Eirin Stiva y Rina. Y. Este capítulo va dedicado para ustedes y el resto de los lectores, sin sus comentarios, dudo que hubiese llegado a los seis meses. Así que muchísimas gracias por su apoyo. ¡Y que viva el SuFin~!
Capítulo 25
Tras finalizar la llamada, la cara del danés se iluminó. Aunque había tenido un pequeño presentimiento acerca de ese día, nunca hubiera creído que se tratara del sueco. Se quedó allí por un rato y luego comenzó a reírse, lo que llamó la atención del noruego, quien se encontraba poniendo el pan recién salido del horno en las repisas.
—¿Qué sucede? —preguntó el muchacho, con cierto temor a plantear a esa cuestión.
—No creerías quién acaba de llamar —afirmó el hombre.
—¿Los del manicomio? —No se explicaba otra razón para que Andersen se riera de esa manera.
—¡No, tontuelo! —exclamó el otro y luego pasó su brazo por el cuello de Lukas —¿Sabes? No sé que haría sin tu sentido del humor.
—Lo que yo haría sin ti... —se dijo a sí mismo y se liberó del danés.
—¿Ves? Siempre dices algo para que me ría todavía más —explicó el muchacho.
El noruego suspiró y decidió retomar su tarea. De todas maneras, estaba seguro de que el danés en cualquier momento se lo diría. No tenía muchas ganas de jugar a las adivinanzas, sobre todo, después del ataque de Andersen a su retaguardia. Miró hacia atrás, por si acaso aquel deseaba repetir la misma acción.
Tras terminar de poner el resto de los bollos en los enormes hornos, Andersen volvió a salir hacia donde estaba la caja. Se había olvidado por completo, de la emoción, de comentar a Lukas acerca de la tempranera llamada. Ni él todavía podía creer que hubiera sucedido eso, que ese hombre hubiera decidido pedirle un favor. Por supuesto, eso había sido un gran subidón a su ego.
—¡Ah, Lukas! Todavía no te conté el resto de la llamada —aseguró el hombre, quien estaba lleno de energías.
—Si no es el manicomio, entonces... —El noruego se puso a pensar, pero no hallaba otra respuesta que encajara con la pregunta del danés.
—Bueno, era Berwald. ¿Puedes creerlo? El mismo que me echó del apartamento, ahora me necesita —comentó con cierto aire de grandeza —.No le culpo...
Repentinamente sintió cómo las cerdas de la escoba golpeaban su cabeza, varias veces. Al noruego no le hacía mucha gracia cuando aquel se las daba por soberbio y la única forma que conocía para hacerlo bajar de su pedestal, era darle un par de golpes. Aunque, pese a sus grandes intentos, Andersen parecía no entender la indirecta.
—¿Por qué fue eso? —interrogó el hombre.
—Tenías una araña en la cabeza —dijo sarcásticamente Lukas y luego, volvió con sus tareas.
—Ah, entonces es bienvenido. No quiero ningún insecto en mi cabello —respondió, contento con la supuesta ayuda del noruego.
—No me extraña que los bichos quieran hacer su nido en tu cabello —Vociferó el noruego, mientras limpiaba el suelo de la panadería.
—Tú adoras mi cabello, y lo sabes —dijo el hombre, quien intentó darle un beso en el cuello a Lukas, pero éste "accidentalmente" le dio un codazo en la panza.
—Lo siento, no te vi —respondió, al mismo tiempo que continuaba con su labor de limpiar la tienda.
Pasaron las tres largas horas que separaban a Berwald y a Andersen. El primero le pareció como si las agujas de reloj hubieran decidido hacer huelga o que, a sabiendas de la reunión con el danés, habían determinado pasar más lento de lo acostumbrado. Lo cierto era que el tiempo había pasado demasiado lento para su gusto, pero al menos había sido el suficiente para eliminar toda evidencia acerca de lo ocurrido con los girasoles.
Esta vez se cuidaría más las espaldas que la última vez. Todavía recordó lo difícil que le costó tratar de darle una explicación al finlandés, añadiendo que el olor a cerveza y estar semidesnudo no le había dado mucha credibilidad. Sin embargo, ahora las cosas serían distintas. Lo tenía todo pensado, sólo debía mantener su expresión de siempre y eso era todo.
Antes de salir del apartamento, miró una vez más hacia atrás. Dos meses atrás, nunca hubiera sucedido a lo que ahora había planeado. Jamás se lo hubiera creído, si alguien se lo hubiera comentado. Pero tampoco hubiera pensado hallar a alguien tan especial como lo era Tino, ni que aquel pudiera robarle una sonrisa, en los momentos más inoportunos.
No obstante, si quería asegurarse de que el muchacho trabajaba junto a alguien respetable, una persona que no le dañaría y que pudiera hacerle feliz, era el camino que debía tomar. Ni siquiera le importaba en este instante si el finlandés siquiera le prestaba atención, todo lo que deseaba desde lo más profundo de su persona, era que fuera feliz. Con eso, ya le bastaba.
Por su lado, Andersen estaba ajustándose la chaqueta. Estaba más que intrigado por saber cuál era el favor que el sueco deseaba. Todavía no estaba seguro del todo acerca de que esas fueran las palabras exactas que pronunció su anterior compañero, pero si era como él pensaba, tendría un buen par de horas para divertirse.
—¿De verdad, piensas irte? —A pesar de conocer la respuesta a dicha pregunta, Lukas no entendía muy bien el por qué de tanta atención del danés hacia el otro nórdico.
—Sí, sí. Supongo que quiere algo de mi sabiduría o algo así —afirmó y luego abrazó al muchacho —.Pero no te preocupes, sabes que no te pondría los cuernos —Acto seguido, guiñó un ojo.
—En fin, no te metas en problemas —Desde que Andersen se había mudado junto a él, se habían mentido en más de un lío por culpa del nuevo ocupante de su casa.
—No, claro que no —aseguró el hombre —.De todas maneras, sólo me gusta meterme en...
Pero antes de terminar su oración, el muchacho se vio obligado a darle un beso al danés, a falta de algo que pudiese tapar la boca del segundo. Nunca había conocido alguien tan irreverente en su vida, aunque tampoco era que se arrepentía del todo.
—¿A qué se debe eso? —cuestionó un poco asombrado el hombre de cabellos parados.
—Estaba cariñoso —Luego, el noruego regresó a contar lo que había en la caja.
—¡Vaya! Quizás Berwald debería llamarme más de seguido —se rió.
—¿Ya no deberías irte? —Lukas señaló el reloj de pared.
—¡Ah, cierto! Bueno, nos vemos luego. No me extrañes demasiado —se despidió y salió a la calle.
Luego de que el danés se retiró de la panadería, el noruego suspiró. No era que no confiaba en el sueco, más bien estaba un poco inseguro respecto a Andersen. Habían pasado tantas cosas a esas alturas ,sólo quería la situación se mantuviera tranquila, algo que era difícil junto a aquel extravagante hombre, pero con esfuerzo era posible.
Lukas se aproximó al frailecillo de su hermano menor. El animal constantemente miraba hacia la puerta, por si el islandés se aparecía en algún momento. El noruego le lanzó un par de pescados y luego comenzó a acariciarles las negras plumas del ave.
—¿Crees qué todo saldrá bien? —preguntó el muchacho, mientras que arreglaba el pequeño moño que llevaba Puffin.
Sin embargo, éste sólo hizo un ruido y continuó tragando la comida que le tiraba el escandinavo.
—Tienes razón —dijo el noruego, como si pudiera entender el graznido del animal.
Mientras tanto, Berwald ya estaba camino al bar inglés. Estaba pensando cuál sería la mejor manera de pedirle aquel favor al danés. Pero, aunque buscara las mil y una formas, sabía que tendría que pagar algún precio a cambio. Eso era lo que más le preocupaba, de lo que Andersen era capaz de solicitarle. Sin embargo, estaba dispuesto a lo que fuera, con tal de poder saber si Tino se hallaba seguro o no.
A unos metros de distancia de la entrada del lugar, se detuvo. Trató de ver si el danés ya se le había adelantado y si ya estaba sentado dentro. Pero, aparentemente, no había señales de aquel hombre.
—Acá vamos —dijo con cierto tono desalentador.
No obstante, cuando dio unos cuantos pasos, pudo escuchar que Andersen venía detrás de él. Éste se detuvo momentáneamente frente a la vitrina de una empresa, se arregló un poco el cabello y luego, al darse cuenta de que el sueco lo estaba observando, sonrió.
—Bueno, vamos a entrar. Tenemos algo pendiente, ¿no es así? —Aceleró el paso y jaló del brazo al otro, estaba demasiado ansioso por saber qué era lo que éste le pediría.
—Sí —Contrariamente al danés, Berwald no tenía demasiadas ganas de llegar a ese momento, aún cuando fuera él quien hiciera el contacto con el otro.
Se acomodaron en el lugar preferido por ambos, en esa esquina donde podían tener privacidad pero que al mismo tiempo podían ver directamente a la barra. El sueco estaba contra la pared y frente a él, Andersen le miraba fijamente. Éste se dio cuenta de inmediato lo difícil que aquel le resultaba estar ahí, así que decidió ayudarlo un poco.
—¡Cantinero, dos cervezas de las mejores! ¡Y no te tardes! —pidió el hombre, sin darle importancia a que el resto de los clientes pudiese pensar —.Ya verás, te relajarás más cuando tomes un poco —afirmó.
—No lo sé —El sueco aún estaba dudando —Tu trabajo está cerca de una tienda de juguetes, ¿no es así?
—¿Eh? No me digas que tiene que ver algo con eso —Ciertamente estaba desconcertado por la extraña pregunta del escandinavo.
—Algo así...
—Sí, creo que sí —respondió mientras trataba de recordar —. Oye, ¿no querrás que te compre un juguete sexual? No venden de esos y además, creo que estás bastante grande para que tú vayas solito —Aunque eso no le impidió soltar una pequeña risa.
—No hablo de eso —aclaró de inmediato.
—¿Entonces? —Andersen no entendía nada, luego vio una mujer con un bebé y se le vino otra idea —¡Espera! ¿Acaso has embarazado a alguien y ahora tienes que hacerte responsable? Sé que no has de saber muchos de niños así que yo no tengo problemas en ayudarte en elegir algo...
—No —volvió a contestar.
—¡Dilo de una vez! Ah, recuerdo que esto era lo que me desesperaba. Nunca hablas demasiado y tengo que estar adivinando —se quejó el danés.
En ese momento, llegó el dueño del lugar con los dos enormes vasos llenos de cerveza. Luego de poner los mismo sobre la mesa, decidió aprovechar aquella oportunidad para reprochar un poco a aquel hombre, tan ruidoso y molesto.
—¿Te importaría no estar gritando? ¿No te das cuenta que molestas a todo el mundo? —reclamó el británico, con claro resentimiento.
—¿Molestar? Yo creo que este lugar está más vivo cuando estoy yo, ¿no te parece? —respondió y enseguida sacó a relucir sus dientes blancos.
—Si no fuera porque necesitara el dinero... —se dijo a sí mismo y el encargado del lugar regresó a la barra.
Tras beber un poco de esa bebida espirituosa, el sueco decidió que ya era el momento de explicar la situación. No se lo diría completamente, sólo lo suficiente para que Andersen pudiera comprender su punto de vista.
—La cuestión es que Tino trabaja allí —Se apuró antes de que el danés se entretuviera con algo más.
—¿Y eso qué? Mucha gente también se encuentra allí, algunos incluso son mis clientes regulares —afirmó —.Aunque nunca he visto a ese muchacho por tienda, deberías decirle que se pase de vez en cuando. Quizás hasta le dé unos bollos gratis...
—Eso te pediría que no —Le sonó tan mal eso último que preferiría que no ocurriera eso.
—¿Eh? Bueno, me estabas hablando de Tino y... —Andersen hizo un gesto con la mano para que el otro continuara hablando.
El momento que nunca pensó que iba a suceder en toda su vida, había llegado. Se bebió de todo un sopetón la cerveza antes de poder decir algo más. El danés quedó impresionado ante ello, sobre todo, porque el sueco solía ser bastante reacio a tomar de esa forma en horas de trabajo. Pero algo había cambiado, algo era tan importante, que hizo que ese hombre se olvidara de sus principios.
—Hay algo que necesito de tu parte... —Berwald trató de mantenerse calmado, pero le daba más que vergüenza lo que estaba a punto de pronunciar.
—Dilo de una vez —dijo el impaciente danés —Estoy empezando a creer que sólo querías verme y que el favor era sólo una estúpida excusa.
—¿Podrías vigilar a Tino por una semana? —Soltó, mientras miraba hacia al costado, pues no podía ver al danés.
—¿Qué? No sé si escuche bien, ¿quieres que cuide al muchacho por una semana? —Alzó una de sus cejas —No creo que tenga problema pero... ¿Por qué?
—¿Por qué qué? —El sueco no pensaba darle sus razones, así que haría hasta lo que fuera posible para evitarlo.
—¿Por qué quieres que haga eso? ¿Por qué no lo haces tú mismo? —Volvió a cuestionar.
—Sólo hazlo —respondió.
Sin embargo, eso no era suficiente para Andersen. Le fascinaba el hecho de que aquella persona haya tenido que recurrido a él para esa extraña misión, no le cabía dudas que era el mejor para ese trabajo. Pero, se sentía intrigado por saber qué era lo que tramaba Berwald y para qué necesitaba ese favor. Y no estaba dispuesto a irse, antes de conseguir una respuesta que le satisficiera.
Por el otro lado, el sueco quería retirarse del lugar. Pero el danés lo estaba vigilando, sabía que aquel no le iba a permitir irse. No había hablado con nadie acerca de lo que sentía por el finlandés, y le resultaba raro que la primera persona a la cual se lo confesara fuera Andersen. Simplemente era algo que no quería hacer.
—Dime que me estás escondiendo. Nos conocemos hace años, puedes decírmelo con confianza —explicó el hombre, hallaría la forma en hacer hablar al sueco.
—No escondo nada.
—Entonces, no lo hago. Tú puedes ir, pero no quieres. Y es por alguna razón. No te pediré que me des algo a cambio, si me cuentas qué es lo que estás pretendiendo con todo esto —No iba a descansar hasta escuchar a Berwald.
Quizás esa era la mejor oferta que iba a obtener de Andersen. Tampoco podía arriesgarse a quedarse sin saber qué era lo que pasaba en lugar de trabajo del finlandés, principalmente porque éste se rehusaba a contarle. No había mucho dinero para derrochar, estaba seguro que aquel hombre, su anterior compañero de habitación, ese extravagante ser que parecía desafiar a todo con ese cabello y con esa altanería, era su única solución.
—No te rías —El hombre continuaba sin poder mirar directamente al danés.
—No lo haré —Diría lo que fuera con tal de conocer qué era el secreto del sueco.
—Promételo —No confiaba demasiado en las palabras de Andersen, así que decidió asegurarse antes de hablar más.
—Sí, sí. Te lo prometo y lo que sea. Ahora confiesa —dijo, sin interesarse demasiado en la petición del escandinavo.
Si había algún desafío para Berwald, era precisamente ése. No le gustaba comentar nada acerca de sus sentimientos. Nunca había sido esa clase de hombres "sensibles" que hacía de todo para demostrar su amor por el objeto de su devoción, o que se pasaban escribiendo cartas larguísimas explicando las sensaciones que le provocaba el hecho de ver los ojos pardos de quien le robaba suspiros.
No, era mucho más discreto. Prefería meter todos esos sentimientos en lo más profundo de su ser, en donde nadie podría verlos. Pero, en vista de la amenaza del danés, quizás tendría que desenterrarlos. Le daba pena tener que ser obligado de esta forma a confesar, pero no le quedaba otra. Si con ello lograba su objetivo inicial...
—Yo... —De la vergüenza, hasta parecía que se había olvidado cómo pronunciar las palabras.
—Sí, tú, ¿y qué más? —Andersen estaba demasiado impaciente, se estaba desesperando por la lentitud del hombre.
—Creo que... Digo... —Trataba de buscar una forma de no sonar ridículo, pero todo le parecía tan absurdo. Y a eso, la presión que estaba ejerciendo el otro.
—Hombre, apúrate —En el tiempo que Berwald se estaba tomando, ya había ordenado dos vasos más de cerveza, obviamente para él.
—Creo que estoy enamorado —explicó lo más rápido posible, hasta le parecía extraño decirlo en voz alta.
—¿Enamorado o le quieres hacer bebés exclusivamente? —cuestionó Andersen, quien no pensaba en aceptar esa realidad.
—¿Hacer bebés?
—Ah, te lo tengo que explicar todo, ¿verdad? —Suspiró, era un difícil trabajo pero debía compartir su sabiduría —. Primero, compras lubricante. Luego, le sacas el pantalón, le pones en posición y después...
—¡Detente! Por favor, detente —Se arrepentía con todo su ser el haber hecho esa pregunta.
—Fuiste tú el que hizo saber, no me culpes —Tras eso, recordó lo que el sueco había dicho —.Así que estás enamorado, ya era hora que lo reconocieras. Se nota a tres leguas.
—Espero que no —No quería el finlandés se diera cuenta antes de tiempo. Cambió de tema enseguida —.Entonces, ¿lo harás?
—Sí, sí. Déjamelo en mis manos, luego pensaré en la forma en que te voy a cobrar.
Eso fue más que suficiente para Berwald. Dejó el pago por las cervezas, que de buenas a primeras, le pareció exorbitante pero luego de contar la cantidad de vasos que había consumido el otro, no le extrañaba. Ahora tenía otra cosa con la cual lidiar y ésa era ver una explicación lo suficiente realista para que Tino se la creyera.
—Nos vemos en una semana —se despidió Andersen y se retiró hacia la panadería, en donde contaría las noticias al noruego.
—Adiós —Se apresuró en el paso, no iba a repetir el error de la vez pasada.
El danés realmente se fue con una gran sonrisa hacia su trabajo. No podía creer el favor que le había pedido el escandinavo, pero sabía que no había nadie mejor para esa "misión". Y sabía exactamente con quién podía contar. Ahora sólo debía explicarle al noruego, luego junto a él, hallarían la forma en que le devolvería el sueco.
Más tarde ese día, el finés regresó a su apartamento. Estaba demasiado cansando, había tenido que hacer por su cuenta el inventario físico de todas las mercaderías recibidas. A eso había que añadirle el hecho de que había intentado evitar a Iván en la medida que le fue posible. Sólo quería desplomarse en su cama y no despertarse por unos días.
Apenas entró, vio al sueco sentado sobre el blanco sofá viendo la televisión. Parecía que aquel también había tenido bastante complicado, aunque no tenía la menor idea de su encuentro con el danés. En realidad, ignoraba las dos veces que Berwald se había reunido con Andersen. Simplemente, decidió hacerle un poco de compañía y se sentó al otro lado.
Estaba tan cansado que sólo movió su mano como saludo y luego se recostó por el mueble. En ese momento, se quedó mirando fijamente al centro de la mesa del salón. Había algo raro, como si faltara algo.
—¿Es mi impresión o esto está un poco más vacío que esta mañana? —Tino no estaba muy seguro, quizás se estaba imaginando cosas o la ausencia de las mismas.
—No sé de qué hablas —No pensaba comentar absolutamente nada acerca de lo que le había hecho al jarrón de girasoles.
—Entonces, ¿estoy alucinando? Vaya, juraría que había algo pero no se qué —Seguía viendo la mesa, en caso de que recordara lo que le parecía.
El sueco decidió aprovechar un poco el hecho de que el muchacho estaba un poco exhausto y se le ocurrió una idea para que el finés se olvidara del asunto.
—¿Por qué no te das un buen baño de burbujas? —sugirió.
—¿Eh?
—Es relajante, te va a hacer bien —contestó y luego secó el sudor de la frente de Tino.
—¡Ah, creo que tienes razón! Ha sido un día difícil —se levantó el finlandés.
Berwald respiró profundamente, había podido esquivar esa bala de manera fácil. Pero no podría ocultarlo por mucho tiempo...
Como avisé, el siguiente capítulo los protagonistas son Den, Nor e Is con Mr. Puffin ;3
Gracias por leer~
