Todos los personajes pertenecen a Hidekazu Himaruya, sin ánimos de lucro.
Quiero agradecer los comentarios: Merlina-Vulturi, AlePenber, Serrat Izazquez [Eduard y Raivis van a aparecer en algún momento, dame un poco de tiempo], Hitomi Unii-chan, Eirin Stiva, Linda4257, Rina.Y y Lunara Kaiba.
Capítulo 26
Por su lado, Andersen caminaba tan seguro y confiado como siempre. Pero ahora estaba que saltaba de una pata, aún le resultaba inverosímil lo que había escuchado decir al sueco. Siempre había pensado, desde que lo había rechazado, que era bastante frígido y algo predecible. Mas, debía admitirlo, fue una conversación que jamás había visto venir.
Sin embargo, estaba contento. Parecía que ese finlandés había tenido una influencia positiva sobre Berwald, así que no tenía razones para no hacerlo. Meses atrás, apenas le dirigía la palabra y ahora, se reunían cada cierto tiempo. Al fin y al cabo, el hecho de haberle sacado del apartamento, había resultado ventajoso para ambos.
Además, incluso podría encontrar la forma en que se podría beneficiar. Ahora lo que debía hacer era convencer a Lukas y a Emyl. Si lograba que el primero aceptara, estaba seguro que el islandés no sería un problema. Era el noruego quien podría poner el "pero", mas no había nada imposible para él.
Al entrar a la panadería, se dio cuenta que Emyl ya había regresado del colegio y una vez más, estaba hablando con el frailecillo. En cambio, el noruego estaba haciendo las cuentas de las ventas de ese día, mientras que vigilaba a su hermano menor.
—Te tengo una noticia fantástica, Lukas. Aún no lo puedo creer, pero sucedió de verdad. ¿Quieres adivinarlo? —Andersen ignoró por completo al adolescente, se dirigió únicamente al muchacho de ojos azules.
—¿Qué tal si horneas más bollos? —Pretendió no interesarle, no quería que Emyl lo escuchara.
—Ven conmigo a la cocina, entonces —Éste no aguantaba las ganas de comentarle al noruego.
—Sé cuando no me quieren —opinó el islandés y llevando al frailecillo sobre su hombro, se retiró al apartamento de arriba.
Una vez que Lukas se aseguró que el muchacho ya se retiró de allí, decidió prestar atención al danés. Aún estaba un poco molesto por el hecho de que Andersen parecía arrastrarse cada vez que el sueco le llamaba. De cierta manera, le molestaba. Pero quiso oír lo que el danés tenía por decir.
—Verás, Berwald me pidió que vigilemos por una semana al dueño de la juguetería de enfrente —explicó el nórdico —.El muchacho éste trabaja ahí y...
—¿Por qué quieres hacerlo?
—¿Por qué? ¡Fácil! Le damos una mano y luego podemos beneficiarnos —guiñó el hombre —.Es una semana nada más y hasta podríamos tener más clientes.
—¿Has pensado en algo? —A pesar de que seguía dudando, podía ver que el danés estaba entusiasmado. Quizás una actividad distinta podría ayudarle a relajarse un poco.
—Pensé que podíamos usar a Emyl...
—No —Ni siquiera permitió que Andersen terminara de hablar, se rehusaba a usar a su hermano menor.
—Sólo es por un par de días. Ni que fuera tanto —reiteró el hombre.
—No —Fue en ese momento que decidió ir a hacer el resto de las cuentas, para no proseguir con esa inútil conversación.
A pesar de la negativa inicial del noruego, Andersen sonrió de manera amplia. No esperaba otra respuesta de parte de Lukas. Sin embargo, eso no significaba rendición. Sólo debía hallar la forma en hacer que el muchacho le dijera que sí, o al menos, que no se opusiera.
Más tarde, ya habían terminado los quehaceres de ese día y ahora todo lo que quedaba era descansar. Sin embargo, para el danés comenzaba la hora de planear. No dudaba ni un sólo segundo de que él era el indicado para esa tarea, contaba con dos muchachos a su "entera" disposición. Lo único que debía hacer era convencer a esos dos para que le presten su ayuda y sabía exactamente cómo hacerlo. O eso pensó.
Andersen estaba recostado sobre su cama doble, cuando entró Lukas. Éste se sentó sobre el colchón y empezó a sacarse la ropa, para ponerse algo más cómodo. El danés sonrió, esta era la oportunidad que estaba esperando. Lentamente, como si fuera un depredador que buscaba la forma de lanzarse sobre su víctima, de la misma forma, el hombre se movía intentando que el otro no lo notara.
Para su mala fortuna, Lukas lo conocía tan bien que reconocía cuando aquel quería algo. Además, era evidente que el danés se estaba acercando por la forma en que las sábanas se movían. Sospechaba de que se trataba de algo relacionado al sueco, lo que no le gustaba demasiado. Es más, todavía no entendía por qué Andersen continuaba prestándole atención a ese hombre, a pesar de la historia que tenían.
Cuando estuvo seguro de que el hombre estaba lo suficientemente cerca, se agachó y se sacó los calcetines. El danés lo rodeó con sus brazos y apenas pudo aproximarse al cuello del escandinavo, éste lanzó su ropa hacia atrás, dándole directamente en la cara. Enseguida, Andersen se retiró, sin saber qué fue lo que le había atacado en un primer momento. Luego, notó que eran las medias que se había sacado el muchacho.
—No sabía que estabas atrás. Lo siento —mintió Lukas, volviendo a sentarse.
Tras ese bombardeo de ropa sucia que había recibido el danés, éste volvió a insistir. No iba a darse por vencido por un simple accidente. Esta vez, puso sus manos sobre la cadera del muchacho, para asegurarse de que no se escapar.
—Hay un favor que me pidieron hoy y pensé que tu hermano y tú me podrían ayudar —explicó el danés, tomándose su tiempo.
—No —dijo inmediatamente el noruego, conocía la capacidad de Andersen para meterse en líos y no quería ser arrastrado a eso.
—Vamos... —Repitió el hombre, mordisqueando suavemente la oreja de Lukas —¿Qué debo hacer para que me quieras escuchar?
—Nada —contestó, otra vez con ese tono indiferente.
—Me encanta cuando te haces el difícil —comentó, mientras que se apuraba para sacarle el cinturón y desabrochar el pantalón.
A pesar de que todo había comenzado por un mero capricho del danés por recibir una respuesta favorable del noruego, las cosas empezaron a subir un poco más de tono. Lukas se dio cuenta de inmediato que el otro no lo iba a dejar escapar, lo tenía rodeado por completo. Le resultaba hasta tentador continuar con el juego que había iniciado el hombre, pero sabía que había algo detrás de ello.
—¿Por qué haces esto? —preguntó el muchacho, sin inmutarse con los juguetones toqueteos del muchacho de cabellos castaños.
—Porque no puedo conterneme... —respondió el otro, mientras que seguía peleándose por desabrochar el pantalón del escandinavo.
—¿De verdad? —Era un poco difícil hablar con las manos de Andersen tan cerca, lo ponía un tanto nervioso.
—No te miento —explicó y como se había cansado de hablar, decidió que era hora de hacer algo más.
Se levantó de la cama y se paró enfrente de Lukas, para luego recostarlo sobre la cama. Cada momento que pasaba, perdía un poco más la concentración en averiguar sobre las pretensiones del danés y estaba más atento a las caricias del otro. Andersen sólo vestía su ropa interior, lo cual dejaba al noruego con una buena vista del torso desnudo del hombre. Éste quiso contemplar por un momento al nórdico, antes de continuar, no podía creer la suerte que tenía. Aún cuando el noruego se hacía del complicado, era algo que le complacía.
Sin embargo, ya no quería desperdiciar más tiempo. Tan ocupado había estado pensando en sus propios problemas, que no podía considerar que había dejado pasar al muchacho por un tiempo. Pero le iba a recompensar, toda esa paciencia que había tenido por tanto tiempo. Enseguida arrancó los pantalones del muchacho, esos que le estaban fastidiando desde el mismo instante que había ingresado al dormitorio.
Para la mala suerte de Emyl, se le ocurrió ir a utilizar el baño. La habitación del adolescente se hallaba en el lado opuesto y normalmente no solía salir de allí, a menos que fuera extremadamente necesario. Se apresuró para ir a ese cuarto y regresar de inmediato. Levantó la mirada y vio como el danés mandaba volar la ropa del noruego, lo que hizo que el islandés se moviera aún más rápido.
—Esos dos tienen que pagarme el psicólogo de por vida —se dijo molesto por haber tenido que ver esa escena no tan placentera para él.
Mientras tanto, en el dormitorio principal, Andersen se felicitaba a sí mismo por haber "atrapado" a alguien con la apariencia del noruego. Sólo sabía una manera de demostrarle al muchacho la verdadera adoración que le profesaba. Aún cuando nunca lo admitía con palabras, lo hacía con todas las acciones. ¿Y qué mejor escenario que en la cama?
El danés se subió encima del muchacho, tocó el pecho sudado de aquel suavemente. No tenía ningún apuro, quizás hasta lo disfrutaba más. El noruego agarró de los muslos al otro, esas firmes y largas piernas que le daban un aspecto esbelto a Andersen. Sin embargo, cuando quiso besar en la boca a Lukas, ambos oyeron la cadena del inodoro, lo que les pareció bastante raro.
—No se supone que deberíamos poder escucharlo —afirmó el que se encontraba recostado, extrañado por el ruido.
—No ha de ser nada importante —El nórdico no quiso prestar atención a eso, ahora estaba ocupado en otros asuntos —¿En qué estábamos?
—Bájate —Pidió Lukas, sin esperar ninguna respuesta por parte del danés, lo echó y se levantó.
—Vamos, tenemos cosas pendientes qué hacer —le reclamó Andersen, molesto por la interrupción.
—¿La puerta estuvo abierta todo este tiempo? —cuestionó el muchacho —Creo que Emyl...
—Bueno, tenía que aprender en algún momento. Ahora prosigamos... —Su mente obviamente estaba en otra cosa, cuando volvió a apoyarse por el noruego, éste le dio un golpe en los bajos para que se calmara.
—Ve a hablar con él, esto fue tu idea —Lukas se lavó las manos y luego volvió a acostarse.
Tras recuperarse del golpe a su intimidad, el danés fue junto al hermano menor del noruego. Estaba molesto porque la noche se le acababa de arruinar, todo por culpa de un estúpido detalle. Pero mientras iba caminando hacia la habitación del muchacho, recordó que ésta era su oportunidad para hablarle de su plan. Lukas no estaba en ningún lugar visible, así que debía aprovecharla al máximo.
Por supuesto, no estaba consciente de cómo lucía en ese momento. Simplemente se había ido tal y como estaba dentro de su dormitorio. Tampoco le dio importancia, sólo iba a ser una pequeña charla después de todo. Golpeó la puerta del adolescente unas dos veces. Aguardó impaciente, la verdad es que prefería estar con el noruego, pero era algo que debía ser hecho.
Dentro de la pieza en cuestión, Emyl estaba leyendo un libro que había encontrado por mera casualidad. Había puesto música fuerte lo suficiente como para no tener que escuchar ningún alboroto, a los cuales ya estaba acostumbrado. Mister Puffin estaba sentado sobre su regazo, mirando las figuras que se aparecían dentro del mismo. Repentinamente, el animal levantó su cabeza, sabía que había alguien detrás de la puerta. El frailecillo comenzó a jalar del moño del islandés para llamar su atención.
—¿Qué sucede? —Miró lo inquieto que estaba el ave, así que decidió hacerle caso y fue a ver qué era lo que ocurría.
Andersen estaba algo molesto, el muchacho todavía no se dignaba a abrirle. Sólo podía imaginarse todo lo que quería hacerle al noruego en ese preciso instante, en lugar de estar esperando por una respuesta del hermano menor de aquel. De hecho, hasta se le hacía agua a la boca al pensar en todos esos...
—¿Qué quieres? Te equivocaste de habitación —respondió de mala gana el muchacho, por supuesto, no quería ver a Andersen, mucho menos después de lo que había sido testigo.
—Lo sé, lo sé. Necesito hablarte, hay un pequeño favor que me gustaría pedirte —sonrió el hombre —.Sólo tú puedes hacerlo —Quiso abrazar al adolescente, pero éste se movió antes de que pudiera tocarle.
—No me toques. Primero, vístete —dijo el molesto muchacho que estaba algo asqueado por las pintas del hombre.
—¿Vestirme? Pero sí esto ya cubre mis partes nobles —contestó Andersen, sin darse cuenta de lo que había perdido durante el camino.
—No veo nada, sólo tu piel y... —Enseguida se cubrió los ojos —Ponte algo.
Ante la abrupta reacción del islandés, el otro decidió ver cuál era el problema. Cuando miró hacia abajo, notó que sus bóxer había huido unos metros atrás y ahora estaba básicamente desnudo frente a su cuñado. Eso explicaba el hecho de que sentía una brisa fresca ahí abajo y antes de que Lukas pudiera darse cuenta de la escena, tomó una toalla y se la ató por la cadera.
—¿Mejor? —Andersen tocó el hombro del islandés para que se diera vuelta.
—Hay demasiada confianza entre nosotros —se quejó Emyl —¿Qué quieres?
—Déjame entrar a tu dormitorio y te comento el favor que quiero pedirte —explicó el danés, quien volvió a mirar hacia atrás, en caso de que el noruego estuviese parado allí.
—Te adelanto mi respuesta: no —aseguró el muchacho con el frailecillo y se dispuso a cerrar la puerta.
Sin embargo, el hombre lo detuvo. Había tenido suficientes negativas ese día y no iba a continuar aceptando más. Ya estaba lo suficientemente molesto por el hecho de que se había arruinado la noche, por culpa del islandés. Por lo tanto, iba a hacer hasta donde pudiera para que éste dijera que sí, de alguna forma u otra. No iba a descansar hasta obtener la respuesta que quería escuchar.
—¿A dónde crees que vas? —sonrió y entró a la fuerza a la habitación del muchacho.
—El día que esta pesadilla termine... —se lamentó el joven, que siempre tenía que soportar las decisiones de su hermano mayor y de la pareja de éste.
Por dentro, lucía como una típica habitación de un muchacho de quince años. Claro, sin tener en cuenta de que en un costado estaba la jaula, el pequeño armario de los moños y una pequeña pileta de Puffin. Además de las innumerables fotos que Emyl había tomado del ave cuando recién lo había conseguido. Fuera de eso, todo indicaba que era un muchacho el ocupante de ese espacio.
Por unos momentos, Andersen se puso a echarle un vistazo al lugar. Ese espacio lo tenía prohibido desde que se había mudado allí, así que le resultaba interesante haber podido acceder a ese sitio. No había nada que le llamara la atención demasiado, hasta que vio una foto sobre el escritorio de Emyl. La tomó para verla mejor, era una chica de la misma edad del joven, rubia de ojos verdes con un moño rosado.
Pero antes de poder decir algo al respecto, el ave voló y le arrebató la fotografía.
—¿Querías pedirme algo? —Tosió un poco para hacerle recordar la razón por la cual había ingresado ilegalmente a su habitación.
—¿Esa es tu novia? ¿Sabes? Deberías confiar más en nosotros, quizás tu cuñado te podría dar unos consejos para conquistarla —El hombre movió sus cejas para convencer al otro de que le contara un poco más acerca de la chica de la foto.
—Si aceptó tu estúpido favor, ¿dejarías de hablar de eso? —Quería deshacerse del otro en cuanto antes y aunque no estaba muy contento por llegar a ese extremo, no había otro camino que tomar.
—Puede ser, tendrás que vestirte un poco más infantil y llevar a tu pingüino contigo a la juguetería de enfrente —explicó, sin que creer que Emyl aceptara su proposición.
—Lo que sea, sí lo voy a hacer. Ahora deja de fastidiar —replicó el muchacho, impaciente.
El danés sonrió, una victoria era un victoria. No importaba la manera en la que le había obtenido, tenía al islandés a su entera disposición para la misión de espionaje. Se sentía más que satisfecho, aunque el otro simplemente había dicho lo que quería escuchar con tal de que se largara de su dormitorio y no hablara más acerca de la chica de la foto. Incluso estaba celebrando su éxito, olvidándose por un momento de que había dejado a alguien esperando.
En ese momento, la puerta se abrió con tal fuerza que golpeó la pared. Ahí, estaba parado Lukas. Ya había estado sospechando de la tardanza de Andersen. Si bien le había indicado que fuera a hablar con su hermano menor, no había pensado eso. Suspiró, mientras que los otros dos muchachos estaban aguardando por alguna reacción del escandinavo. Éste simplemente se dirigió en silencio hasta el danés, quien aún estaba sonriendo por su aparente triunfo.
—Ah, no puedo creer que no me haya recordado. Lo siento, estaba...
Pero fue bruscamente interrumpido por un tirón de orejas del noruego, quien simplemente arrastró de esa forma a su pareja hasta la habitación del otro lado. A Andersen le resultaba más que incómodo por la diferencia de altura y por el dolor que le causaba el otro. Sin embargo, Lukas no se inmutaba por las ruidosas quejas del otro, es más, incluso podría decir que lo estaba disfrutando.
—Al menos, ¿continuaremos lo que habíamos dejado hace rato? —preguntó, mientras trataba de mantener el ritmo de caminata del otro.
—No, vamos a dormir y punto —dijo el noruego, sin importarle las lamentaciones del otro.
—¡Pero...! —Como un niño pequeño al que se le negaba el juguete, de la misma forma, Andersen decidió protestar ante la decisión que había tomado el otro.
—Pero nada. Mañana iremos a la tienda de juguetes —comentó.
Por su lado, el islandés se quedó observando cómo esos dos hombres se iban alejando. Emyl abrazaba a su ave, respiró profundamente, había sido un día extremadamente largo.
—Están igual de locos, son el uno para el otro —se lamentó y volvió a entrar a su habitación.
En otro lado de la ciudad, cierto sueco estaba viendo el noticiero. O al menos, estaba pretendiendo hacerlo. Todavía no podía sacarse de la cabeza lo que había hecho ese mediodía. Incluso, a pesar de que habían pasado varias horas, dudaba acerca de lo que le había dicho a su antiguo compañero de cuarto. Estaba sudando bastante, hasta estaba pensando si debería llamarle para cancelar los planes.
Sin embargo cada vez que pensaba en volver atrás, recordaba la razón por la cual había hecho eso. Todo lo que le quedaba era aguardar si había tomado la decisión correcta o no.
Quería hacer el capítulo más largo, pero estoy cansada. Espero que al menos se hayan divertido.
Pensé seguir un poco más con la escena entre Den y Nor, pero la cabeza no me dio para más xD
A las personas que llegaron a ver el mensaje anterior, les pido disculpas. Objeto de la frustración, el cansancio y el dolor de oído. La historia continuará hasta el final.
Gracias por leer~
