Los personajes de OUAT no me pertenecen

(Adaptación)

Disculpen por la tardanza chicas pero mi computadora es un asco y aun no la an arreglado ,no he podido subir los capis como se debe ,estaré tardando en subir ya que mi computadora no agarra muy bien los programas y el Internet y me tardo en adaptar el libro pero acá esta un capi despuesde mucho batallar espero les guste

Gracias a las que siempre leen y comentan son un amor en serio, también a las que leen en el anonimato jaja

Este capi va dedicado a Mushu y Gen disfruten.

Love! si llegas a leer este capi va dedicado para ti espero te guste

los Pe**** de Emma!

Las dejo leer no sin antes recomendarles algunas muy buenas escritoras por acá fanclere con historias muy originales, franchiulla con muy buenas traducciones y se ha animado ha publicar una historia de su autoría muy buena , The Little Phoenix para aquellas que le gusta lo sexoso y MaryMontoya17 buena amiga y autora de una muy buena historia en proceso

Disculpen los errores

DISFRUTEN DEL CAPITULO


Capítulo diecinueve

Por la noche se acurrucaron en la gran cama de Regina con el portátil, visitando páginas web y anotando las casas que les parecían interesantes.

Aunque había una amplia selección en la Dordoña, se atuvieron a su plan inicial de buscar algo en el Lot, una hermosa región menos frecuentada por los turistas. Su tenacidad obtuvo frutos, pues de pronto encontraron una casita que tenía lo que ellas querían y más. Una granja de trescientos cincuenta años de antigüedad, llena de lujosos detalles, situada en un terreno de cuatro hectáreas y rodeada por bosques y arroyos. Tenía un palomar restaurado, típico de la zona, y una piscina de doce metros. Contaba con el extra de una pista de tenis con iluminación artificial, aunque ni Emma ni Regina eran grandes jugadoras.

Parecía perfecta; el único inconveniente estribaba en que estaba pensada para seis u ocho personas. Eso encarecía el precio, pero Regina insistió en que podía pagarlo, para compensar las vacaciones que previamente había perdido.

—Pero Regina, tesoro, no puedo permitir que lo pagues tú sola. Yo también debo contribuir —se quejó Emma.

—Te propongo una cosa. ¿Y si yo pago la casa y tú asumes el coste de los ferris y los hoteles? Compartiremos las facturas de comida. Por favor, déjame hacerlo. Lo deseo y el dinero no es problema. ¡Vamos, por favor! —pidió haciéndole cosquillas a Emma en la espalda. Emma se escurrió.

—Muy bien, de acuerdo —se rió—. No es muy justo, pero si insistes...

—Sí, insisto —afirmó. Señaló la pantalla del ordenador, en la que se veía una fotografía de un puente del siglo XIII sobre el río Lot, y dijo—: ¿Cómo no vamos a pasarlo bien, al lado de Villeneuve-sur-Lot, en un lugar rodeado de viñedos y ciruelos?

Se apresuraron a hacer una reserva de quince días para dos semanas después y, tras comprobar las fechas del servicio de ferris, reservaron pasajes y el hotel en Caen.

—Tenemos que extender el seguro para que puedas conducir el Land Cruiser y me ocuparé de pedir la tarjeta verde en la agencia. —Una idea repentina asaltó a Regina, que dijo—: No te lo había preguntado, pero ¿sabes conducir?

—Sí —afirmó Emma con una risita —, aunque será mejor que me dejes practicar con el Land Cruiser antes de conducir por la derecha.

Tras una hora tomando notas y revisando todo lo que tendrían que hacer antes de las vacaciones, estaban encantadas, aunque exhaustas. Emma no dejaba de pensar en cómo pasaría la noche, pues el salón y el sofá quedaban descartados. Regina resolvió en parte la cuestión cuando, en medio de un bostezo, dijo:

—No creo que podamos hacer nada más esta noche... Me apetece un baño relajante. ¿Y a ti?

Emma se puso colorada, aunque pensaba que ya lo había superado. Evidentemente no era así, pensó mientras preguntaba.

—¿Las dos juntas?

—Sí —respondió Regina—. A menos que esté siendo demasiado atrevida. ¿No quieres compartir el baño conmigo?

—Claro que sí —Emma se ruborizó otra vez—. ¿Por qué siempre consigues que me ponga colorada y se me trabe la lengua?

—¡Porque estás condenadamente enamorada de mí y adoras el suelo que piso! —exclamó Regina saltando de la cama y dirigiéndose a toda prisa al cuarto de baño. Emma le lanzó una almohada, que dio contra la pared, y profirió divertidas maldiciones. Luego, se arrodilló en la cama y pensó que, aunque lo había dicho en broma, la afirmación de Regina no se apartaba mucho de la verdad.

A continuación, oyó el reconfortante sonido del agua corriendo y un estremecimiento de expectación se deslizó por su espalda. Aquello representaría un nuevo paso en su relación, porque para ella el acto de hacer el amor con Regina significaba un compromiso definitivo. A pesar de que su amor era muy reciente, Emma sabía que no se trataba de un capricho, sino de algo firme y sincero. No era proclive al sexo casual ni a acostarse con cualquiera, así que su intenso deseo de hacer el amor con Regina asentaba en su mente su devoción por ella. Además, en lo más profundo de su alma estaba convencida de que Regina era genuina, no el tipo de persona que juega con los afectos de los demás. No, Emma sabía que se complementaban la una a la otra y que con el tiempo estarían cada vez más unidas.

Abandonó la cama con aire feliz y fue al cuarto de baño. La bañera estaba llena de agua humeante, y Regina estaba preparando un baño de espuma con la fragancia de unas mágicas y prometedoras manzanas rojas. Se situó detrás de Regina , que estaba agitando el agua espumosa, y la agarró por la cintura, empujándola en broma como si quisiera arrojarla a la bañera, reteniéndola en el último momento.

Regina, sorprendida, gritó y dio la vuelta, sujetando a Emma por los hombros con una expresión divertida en

los ojos.

—¡Vaya, qué zorrita! —exclamó—. Por ese descarado acto de insolencia, creo que debes probar el agua primero.

Tomó el rostro de Emma entre sus manos y la atrajo para besarla; los

labios de ambas se adhirieron, resistiéndose a separarse.

—Debemos mantener los ojos abiertos —susurró Regina mientras apretaba una vez más los labios contra los de Emma , con sus ojos marrones prendidos en los ojos verdes de Emma en un vínculo demasiado fuerte para romperse. Su lengua realizó perversas incursiones, lamiendo las comisuras de la boca de Emma antes de deslizarse sobre sus dientes y enredarse con su lengua juguetona. Cuando las piernas de Emma empezaron a temblar ante la inminencia de la sacudida, Regina se apartó, absorbiendo con sus ojos soñolientos el efecto del beso sobre los labios rojos de Emma.

Sus manos se posaron de nuevo en los hombros de ésta, alejándola, pero manteniéndose lo suficientemente cerca para que percibiese su deseable aliento, que olía a uva. Sus ojos seguían clavados en los de Emma y le enviaban mensajes de confianza y amor, de cariño, comprensión y amistad. Los dedos de Regina acariciaron con ternura el cuello esbelto de Emma y continuaron por los contornos del rostro antes de parar junto a la boca. Cuando deslizó el pulgar con delicadeza sobre los labios de Emma, ésta los abrió, invitando al pulgar a entrar, y luego lamió con la lengua la pulida uña. Las miradas de ambas continuaban inseparables.

—Hora de bañarse, jovencita — Regina se dirigía a aquellos ojos, con la voz ronca de deseo. Sus dedos se deslizaron dubitativos sobre la cara de Emma hasta el botón superior de su blusa de seda. Sus largos dedos, de pronto descoordinados, forcejearon con el minúsculo botón. Emma cerró las manos sobre las de Regina, como si quisiera serenarlas, y luego las guió con leves y reconfortantes toques de sus propios dedos sobre los botones de la blusa. Cuando Regina llegó a la cintura de los pantalones de Emma , tuvo menos dificultades y desabotonó al fin la blusa. Los ojos de Emma, de un verde cálido, un verde relajante, un verde alentador, se fundieron con los de Regina, que deslizó la blusa por sus hombros.

—Déjala caer —suspiró Emma.

Regina desprendió de sus dedos la seda, que cayó sobre el suelo del cuarto de baño. Por primera vez en lo que parecía una eternidad de placer, los ojos de Regina resbalaron sobre la piel suave de los hombros de Emma. Los ojos se desplazaron seguidos por las manos, ambos sentidos, el de la vista y el del tacto, igual de eróticos. Las yemas de los dedos recorrieron la turgencia de sus pequeños pechos, hundiéndose tentadoramente en las copas de encaje del sujetador rosa, antes de continuar bajo los brazos y rodear los broches de la espalda. Cuando los broches se abrieron y el tejido cayó al suelo junto a la blusa, Emma reparó en la expresión de Regina.

—¡Oh, Emma! ¡Qué hermosa eres! —susurró mientras sus dedos describían maravillosos círculos en torno a los grandes pero juveniles pezones rosados de Emma, casi fundidos con las protuberantes areolas.

—No tengo los pechos grandes, pero la naturaleza me ha compensado con estos pezones —dijo Isobelle, en parte deseando cubrirlos por timidez y en parte orgullosa de exhibirlos ante el escrutinio admirativo de Evelyn, bajo cuya reverente mirada se mostraban erectos y sensibles.

—Tienes unos pechos gloriosos, Emma. Los adoro. —Como si quisiera subrayar su declaración, se inclinó y rozó con los labios húmedos el pezón derecho de Emma, mientras sus dedos acariciaban el izquierdo. Los labios hambrientos de Regina se cerraron sobre el hinchado montículo, lamiendo lentamente, y luego succionando mientras jugaba con su receptiva extensión. Emma emitió un gemido de placer y sus dedos se enredaron en los sedosos cabellos de Regina, que cedió tras rozar casi imperceptiblemente con los dientes los hinchados brotes. Regina sonrió con picardía a Emma mientras se arrodillaba con aire seductor delante de ella, inclinándose hacia su estómago y deslizando los labios sobre la cálida ondulación, al tiempo que su lengua bailaba en el orificio del ombligo.

Retrocedió y empezó a bajar los pantalones dorados de Emma, jugueteando con ellos sobre las caderas y las largas y atléticas piernas. Ésta se los quitó, obediente, sin confiar en su equilibrio debido a la intensidad del ardor que se había apoderado de ella.

Regina saboreó el momento con la cara a escasos centímetros de la braga de color rosa oscuro de Emma.

Encima de ella oía la trabajosa respiración de Emma, que trataba de controlar su pasión, esperando con los sentidos abrasados a que Regina retirase el último vestigio de ropa para quedar desnuda ante su amor. Sus miembros se estremecieron, excitados, cuando los dedos de Regina ahondaron en la cintura de encaje de su braga y empezaron a deslizarla sobre los muslos. Le quitó la braga con tanta delicadeza que Emma tuvo que equilibrarse agarrando los hombros de Regina para no caer de rodillas. La sensación era ardientemente erótica. Jamás había experimentado semejante sensación de vértigo como consecuencia de su pasión. Y era cada vez más embriagadora, más intensa a medida que los atrevidos labios de Regina seguían el viaje descendente de la braga, besando con ternura y transmitiendo una corriente propia de electrizante dicha. Por segunda vez oyó la respiración de Regina que, tras deslizar el vaporoso tejido, comprobó que Emma no tenía vello púbico y que una suave y sosegante pendiente cercaba los claros pliegues de su feminidad.

Regina no pudo contenerse, dominada por el deseo y la curiosidad, que se mezclaron en un potente cóctel, relegando la vergüenza a un lejano rincón de su ser. Olía la excitación de Emma, casi podía saborearla, pues la impronta en sus sentidos era muy poderosa. Sus dedos volaron mientras su mente ardía. Con ternura y a la vez con insistencia separó, vio y acarició el punto de deseo líquido de Emma, incitándola hasta un húmedo crescendo de éxtasis tan feroz que sus piernas dejaron de sostenerla y se derrumbó, desnuda y exhausta, junto a Regina en la alfombra. Aunque estaba en el suelo, continuó retorciéndose y estremeciéndose con las réplicas de su orgasmo.

—¿Me reservas más sorpresas,jovencita? —preguntó Regina con la voz tomada por el influjo del acto. Sus ojos volaban sobre las formas, líneas y curvas de aquella mujer a la que amaba tanto.

—Dame tiempo para recuperarme y te voy a dar una más —replicó Emma, con los verdes ojos entrecerrados y opacos, saturados de plenitud. A Regina le resultaba increíble sentirse tan excitada sexualmente, todavía vestida.

La desnudez de Emma era tan pura y absoluta que le costó trabajo no desgarrarse la ropa y rodearla, pero sabía que, tratándose de la primera vez que hacían el amor, debía de ser también la más memorable. Debía dejar que Emma hiciese lo que había hecho ella: descubrir el gozo del cuerpo de otra mujer, aprender sus mensajes como los había aprendido la propia Regina.

Regina se inclinó sobre Emma y sus dedos aletearon, enredándose en los rebeldes mechones rubios, humedecidos por el esfuerzo, que caían de cualquier manera sobre sus ojos nublados.

—Hola —dijo Reginacon una sonrisa.

—He estado esperando a Regina Mills desde que nací —declaró Emma mirando a la mujer que le había hecho traspasar, gloriosamente, las dimensiones y límites de lo posible.

¡Oh, aquellos cautivadores ojos morrones y los rasgos escultóricos! Su Regina. Le gustaba el sonido de su nombre y su mente se recreó en él. Emma se daba cuenta de que había cambiado, de que en un determinado momento se había relajado y había dado un vuelco, abriendo los ojos al mundo de nuevo. Sus sentidos ardían. Si aquello era amor, y sólo podía ser amor, disfrutaría la diversidad de sus emociones, que confluían en el abrumador deseo de mantener y cuidar el radiante vínculo que tenía ante sí. Se estiró, arrastrando el brazo mientras sus dedos dibujaban el perfil de Regina.

La mano de Emma se posó en la mejilla de Regina y sus labios salvaron la escasa distancia para bordar un moroso y elocuente beso, en el que no hacían falta palabras para comunicarlo todo. Emma se retorció e invitó a Regina a tumbarse en la alfombra; los cabellos azabaches se extendieron sobre el azul real de la mullida moqueta. Emma se sentó a horcajadas sobre Regina y sus ojos se clavaron en los alentadores ojos de la otra mujer, pidiendo previamente perdón por las caricias confusas, las posturas descabelladas o la agitada voracidad.

—No lo pienses —dijo Regina—. Limítate a seguir el deseo de tu corazón y no te equivocarás.

Emma respondió con una sonrisa tan cálida que Regina estuvo a punto de llorar. ¡Cuánto agradecía al destino aquel viaje en tren que había transformado su vida! Emma se movió, con las rodillas a ambos lados de la cadera de Regina y la ardiente humedad sobre su estómago. Se apoyó en los codos y salpicó el cuello y la cara de Regina de besos tiernos y dulces, mientras sus dedos jugueteaban con los lóbulos de sus orejas.

—Te amo tanto que me duele, tesoro —susurró Emma a través de los labios entreabiertos, buscando luego los labios de su amiga hasta que la lengua, ávida, penetró y se disolvió en la suavidad de la boca de Regina.

Los dedos de Emma frotaron y acariciaron los brazos de aquélla, deslizándose hasta el cuello para liberar uno, dos botones, y hundirse en el escote. La mano de Emma se llenó con la protuberancia de un pecho; sólo un fino tejido de algodón se interponía entre su palma y el firme y sensible pezón deseoso de contacto. Los dedos de Emma se escurrieron entre el sujetador y el pecho, describiendo círculos y estrujando ligeramente el vibrante bulto, mientras Regina intentaba sin éxito contener el aliento para que los dedos de Emma tuviesen más espacio.

Arqueó la espalda, ladeó la cabeza sobre los cabellos extendidos, con los ojos cerrados en sumiso abandono mientras las manos de Emma se deslizaban debajo de su cuerpo para liberar las restricciones del sujetador.

Rápidamente, con manos firmes y seguras, desabrochó los restantes botones de Regina , que apartó la ropa en una ráfaga y se quedó sólo con la braga a flores de algodón. Emma cubrió el cuerpo de Regina con el suyo: los pechos pequeños y duros sobre los pechos más llenos y suaves, la cadera contra la cadera, con los dedos doblados y las piernas enredadas. El cuerpo de Regina tembló cuando Emma descendió hasta su pecho, dibujando su plenitud con la lengua en círculos decrecientes hasta que, al fin, la punta de la lengua jugó a seducir el pináculo rosa oscuro. Emma gimió con placentera gratitud mientras Emma ejercía su magia sobre el otro pecho, manteniendo el primero erecto con delicados movimientos de los dedos.

Emma se echó hacia delante; sus manos, boca y lengua aprendieron el lenguaje y las complejidades del cuerpo de Regina, sus texturas y matices. Los dedos recorrieron de forma casi imperceptible el camino entre las caderas y la pelvis, se deslizaron bajo el elástico de la braga, demorándose en los contornos y cavidades hasta un idílico rincón. Regina levantó las caderas para acogerla; los nervios cantaban en su cuerpo como si una corriente eléctrica fluyese hacia un punto de su ser en el que la lengua y los dedos de Emma tejían su magia. El cuerpo de Regina se movió con voluntad propia, y la humedad y los flujos licuaron sus entrañas en el momento del inminente orgasmo. Una fantasía de luz y un puro estallido de emoción la dejaron de pronto agotada, jadeando entre sollozos. Emma la levantó, acunando la cabeza de Regina en su brazo y borrando sus lágrimas con besos etéreos.

—¿Qué ocurre, cariño? ¿He hecho algo mal? —le susurró Emma al oído.

—No lloro porque esté triste — respondió Regina a través de las lágrimas—. Lloro porque soy muy feliz.

Puedo decir con toda sinceridad que me has dado el momento más memorable de mi vida. ¿Cómo explicar lo que siento por ti cuando no hay palabras para expresar su magnitud? Me has llevado a cimas y lugares en los que nunca había estado.

—Ten por seguro que volverás a visitarlos —le aseguró Emma.

—Es increíble lo agotada que estoy, Emma. Di que siempre me amarás. No soporto la idea de perderte. Sé que no puedes predecir el futuro, pero espero que sigamos juntas.

—No voy a ir a ningún sitio sin ti.

Arreglaremos las cosas y estoy segura de que envejeceremos juntas. —Emma sonrió.