Los personajes de OUAT no me pertenecen

(Adaptación)

Disculpen por la tardanza, mi compu ya sirve! Y espero publicar los capis como antes cada lunes y jueves y los días que me queden libre, bueno espero y este capi les guste y disculpen de nuevo por la tardanza

Gracias a las que siempre leen y comentan son un amor en serio, también a las que leen en el anonimato jaja

Las dejo leer no sin antes recomendarles algunas muy buenas escritoras por acá fanclere con historias muy originales, franchiulla con muy buenas traducciones y se ha animado ha publicar una historia de su autoría muy buena , The Little Phoenix para aquellas que le gusta lo sexoso y MaryMontoya17 buena amiga y autora de una muy buena historia en proceso

Disculpen los errores

DISFRUTEN DEL CAPITULO


Capítulo veinte

Más tarde se metieron en la bañera, cada una en un extremo, con los brazos colgando y las piernas entrelazadas bajo el agua jabonosa. Sus ojos continuaban unidos en una mirada a través del vapor, diciendo todo lo que los amoratados labios no formulaban. Se secaron después con toallas algodonosas, exultantes al compartir una tarea tan personal y mundana. Luego, se dirigieron a la cama de Regina, acariciándose y mimándose hasta alcanzar nuevas cimas de pasión; y, avanzada la noche, se quedaron al fin dormidas, Emma acurrucada en la simetría natural del cuerpo cálido de Regina. Y aun en sueños, siguieron acompañándose, inhalando esperanzas y exhalando los sueños del futuro.

Cuando la mañana proyectó sus lentos y acogedores dedos de luz sobre la cama, Emma se despertó con una sonrisa que saludaba el sol del nuevo día sin desprenderse de los recuerdos de la noche anterior. Se acomodó cuidadosamente y se maravilló ante la belleza de Regina en el capullo protector del sueño, con aquel rostro que exhibía una inocencia infantil.

Regina estaba de espaldas, con el cabello extendido sobre la almohada y la boca ligeramente abierta en una especie de mohín. Sus hombros perfectos se encorvaban, apenas alterados por la respiración superficial y Emma casi no podía contenerse ante la sorprendente curvatura de la columna que se perdía bajo el edredón.

«He hecho el amor con esta diosa —pensó —, y la amo tan intensamente que, cuando la miro, como ahora, me duele quererla tanto. Me tienta deslizar los dedos sobre el vello de sus brazos. Pero la despertaría, y disfruto contemplándola.»

Sabía que aquél no era el momento de hacer nada por Regina. La sorprendía conocer el cuerpo femenino a través del suyo, aunque se daba cuenta de que conocía pocas cosas.

El de Regina, aunque de estatura similar, era muy distinto al suyo. Adoraba cada milímetro de aquel cuerpo y deseaba saber más de él; lo recorrió con los ojos, pero no consiguió verlo todo.

Requeriría muchas horas de exquisito estudio y Emma era una persona concienzuda, dispuesta a culminar la tarea. Cuando se fijó en el rostro de Regina vio, a través de los cabellos desordenados, que tenía los ojos abiertos y que la miraba con una sonrisa inteligente en los labios.

—¡Te he pillado! —exclamó con su voz ronca.

—Lo confieso —dijo Emma riéndose—, no pude evitar aprovecharme de tu indefensión y dejar que mis sentidos se volcasen sobre ti.

—Tus sentidos, con una excepción, son malos, malísimos —se burló.

—¡Oh! ¿Y cuál de ellos pasa la inspección?

—El gusto, porque demuestras un gusto excelente al amarme y quiero que vuelvas a experimentar el gusto ahora — dijo inclinándose hacia Emma y besándola en los hábiles labios.

Estuvieron juntas, disfrutando de la compañía mutua, salvo cuando acudió el personal de limpieza a recoger los cristales del salón. En las ventanas instalaron una resistente cubierta de plástico que serviría mientras el tiempo no empeorase. Aparte de eso, se tocaron, se besaron e hicieron el amor muchas veces, parando ocasionalmente para comer. Sin embargo, también la comida es una seducción, y actuaron como los amantes, compartiéndola y alimentándose la una a la otra entre risas al ver el aliño que chorreaba por la barbilla o el helado que impregnaba la nariz. A medida que avanzaba el fin de semana, progresaba su amor. Pensaban que ya no podrían amar más. Pero entonces, un giro casual de la cabeza, el acto de retirar un mechón rebelde de la cara, una palabra, un roce o una mera inflexión de la voz bastaban para provocar una nueva oleada de protección. Y así, en diferentes momentos del día, Regina se acercaba a Emma y la abrazaba, o Emma se colocaba detrás de Regona, la rodeaba con sus brazos y apoyaba la mejilla en sus cabellos. Se perseguían, inconscientemente, con los ojos nublados, sin apartarse nunca. Cuando estaban juntas, las manos de ambas se buscaban y los dedos se entrelazaban, manifestando su amor con el contacto.

En un mundo de orden y razón resultan comprensibles esos escarceos, aunque no las emociones que los provocan.

El lenguaje hablado tiene palabras limitadas para la añoranza, el consuelo, la necesidad, pero el lenguaje del cuerpo y de los ojos resulta muy elocuente y resume en una mirada lo que se tardaría siglos en decir. Aun así, nos esforzamos por encontrar esas dos palabras que suelen pronunciar los amantes, siempre de forma particular.

Las necesitamos porque nos dan fuerza.

Sin un «Te quiero» naufragamos y nos parece que nuestro amor es incompleto.

No era el caso de Emma y Regina.

Ambas lo decían a menudo, y casi siempre reforzaban las palabras con la acción.

—Mañana te voy a echar mucho de menos en el trabajo —afirmó Emma durante la cena—. ¿Cómo quedamos durante la semana?

—Por desgracia tengo que llevarte a casa esta noche para que puedas ir al trabajo mañana. ¿Qué te parece si llevas algunas cosas y mañana por la noche, en vez de volver a tu casa, bajas en mi estación y te vienes aquí?

—¡Hum! Me acabo de acordar de que mañana se lo voy a contar a Mary.

—¿Te preocupa mucho? Supongo que, a medida que se acerca el momento, parece más difícil.

—Curiosamente —repuso Emma—, ahora se me antoja más fácil. Me siento eufórica cuando estoy contigo. Sé que esto es bueno para nosotras y eso me da confianza para hablar con ella. No, no estoy preocupada. Lo que me preocupa es dejarte aquí sola en el momento en que existe esa amenaza para nuestra felicidad y reconozco que me sentiría mucho mejor si estuviésemos juntas.

—¡Oh, Dios! Tienes razón. ¿Sabes que al estar contigo el fin de semana me he olvidado de eso por primera vez desde hace mucho tiempo? Ni siquiera cuando arreglamos las ventanas, pensé en él. Por favor, quédate. Estás en lo cierto: debemos permanecer juntas fuera del trabajo. ¿Tu casa está en orden o tienes que volver por algún motivo?

—Aparte de la ropa, no hay razón para que vuelva.

—Echemos un vistazo en mi armario.

Otra ventaja de nuestra relación es que, salvo en el pecho, somos de la misma talla. Puedes lavar la ropa interior esta noche y la pondré en la secadora.

Espero tener algo que te guste.

—Seguro que sí. En cuanto a nuestro busto... —dijo con una sonrisa pícara.

El tiempo pasó volando hasta la hora de reunirse con Mary el lunes. Emma odiaba dejar a Regina en la estación, pero al menos la vería de nuevo por la noche. Se sintió rara en el tren, recordando su primer encuentro y la relación que desde entonces se había desarrollado entre ellas. Parecía como si hubiese pasado toda una vida. Y en realidad había sido una vida con las vicisitudes que había experimentado al confirmarse su mutuo amor y los contratiempos del miedo al vengativo Robin de Locksley. No le gustaba reconocer ante Regina lo mucho que la atemorizaba la amenaza de la violencia potencial, pero comprendía el temor que había sufrido la pobre Regina durante tanto tiempo. No le extrañaba que ella se derrumbase cuando el acoso alzaba de nuevo la cabeza. Afortunadamente, tenían ante sí las vacaciones. Ojalá durante ese tiempo la policía localizase a Locksley y lo advirtiese o, mejor, lo detuviese. Con respecto a eso, en cuanto llegó al trabajo, comprobó con Paul la posibilidad de pedir las vacaciones dos semanas después. Curiosamente, Paul se mostró tímido y rehuyó su mirada, algo extraño en él, que era de los pocos hombres que hablaban directamente con los demás. No obstante, le concedió enseguida las vacaciones, y Emma no profundizó en aquel comportamiento evasivo.

Mary se alegraba de verla, como siempre, y también como siempre derrochaba sonrisas y buen humor.

Emma envidiaba a los que trabajaban con Mary, pues su hermana le parecía una fuente de inspiración. Hablaron de la boda y de amistades comunes, pero, cuando se sentaron en el restaurante tailandés, Emma no se contuvo.

—¿Sabes, Emm? Durante el fin de semana he pensado más en ti que en la boda, ¡cuando los preparativos deberían ser mi único propósito en la vida! Repara el daño. Háblame de esa persona que has conocido.

Emma no pudo evitar una sonrisa ante las bromas de su hermana, que hicieron que le resultase mucho más fácil lo que tenía que decir.

—Como insinué, he conocido a alguien muy especial, de quien me he enamorado profundamente.

—¡Maravilloso! ¡Enamorada! Mejor —exclamó entre bocados de gang panang—. ¿Y ese alguien tiene nombre?

Emma cerró los ojos y tragó saliva.

«Ya estamos —pensó—. No hay vuelta atrás.»

—Sí, claro. Se llama Regina, Regina Mills. —Abrió los ojos con cautela y se encontró con la sonrisa de Mary.

—¿Te ha resultado muy difícil, Emm? —preguntó Mary.

—Un poco, pero no tanto como pensaba. Me sorprende tu reacción. Nada de pausas elocuentes ni suspiros horrorizados. ¿Qué tengo que hacer para desconcertarte?

—Te olvidas de algo, Emm. Nos conocemos muy bien. Además, cuando quedamos para comer, aludiste a esa persona, pero tuviste buen cuidado de no mencionar el género: dijiste que ibas a casa de una amistad, no a casa de él o de fulano de tal. Durante el fin de semana pensé que podía tratarse de una mujer.

Sólo fue una corazonada. Así que, aunque un poco sorprendida, ya estaba sobre aviso.

—No te engañes, Mary. No lo había planeado. Tampoco había tenido tendencias lesbianas previamente. Pero con Regina sucedió rápidamente, y me enamoré de ella como persona, sin reparar en el género. Reconozco, no obstante, que con ella he experimentado una relación física intensísima. ¿Puedo llevarla de invitada a tu boda?

Mary buscó algo en su bolso y sacó papel y un bolígrafo.

—Escribe su nombre y dirección, y le enviaré una invitación. Sabiendo lo que sientes por ella, me ofendería que no fuese. —Volvió a sonreír y tomó la mano de Emma—. Y ahora, cuéntame todo desde el principio.

Emma estaba en el séptimo cielo esa tarde, cuando subió al Land Cruiser de Regina en la estación de Brookmans Park. Se dieron un beso de amigas antes de que Regina arrancase.

—Pareces el gato después de comerse la crema —comentó Regina—. ¿Qué hay en esa hermosa cabeza tuya?

—En primer lugar, conseguí el permiso de vacaciones. —Mientras se lo contaba a Regina, recordó la extraña reacción de Paul esa mañana—. Aunque Paul se mostró muy reservado conmigo, pero no por el tema de las vacaciones.

—A lo mejor está chiflado por ti y sospecha que has conocido a alguien.

Tal vez tenga celos.

—No, está felizmente casado, señorita malentendidos —anunció dándole una palmadita en el brazo—. Es otra cosa. En fin, la siguiente buena noticia: estuve con Mary y casi se lo había imaginado. No pestañeó. En realidad, se alegra mucho por mí.

Quiere conocerte y me ha preguntado si podíamos cenar con ellos el sábado.

¿Qué te parece?

El entusiasmo de Emma era tan contagioso que Regina estalló en carcajadas.

—Me alegro de que se lo haya tomado tan bien. Me preocupaba que se lo dijeras. Y claro que cenaremos con ellos. Estoy deseando conocer a esa extraordinaria hermana tuya.

—¡No te entusiasmes demasiado con ella! —advirtió Emma.

Esa noche hicieron la reserva en firme para las vacaciones y los pagos pertinentes. Luego, hurgaron en el armario de Regina y hablaron de la ropa que llevarían. Cuando le tocó el turno a los bañadores, Emma insistió en que Regina se probase uno delante de ella, pues le parecía excitante.

—¡No, ése no! ¡Quítatelo inmediatamente! —ordenó Emma con fingido horror—. Éste es mucho mejor —dijo mientras Regina se quedaba desnuda delante de ella.

—Nunca se sabe si tendremos intimidad en la piscina, así que lo llevaré por si acaso —repuso Regina.

—Estas vacaciones tienen cada vez mejor pinta. Aunque me parece que necesito inspiración —sugirió, y le hizo señas a Regina con el dedo para que se acercase.

Se enredaron sobre la cama, en la habitación en penumbra. En el exterior, el cielo, de un rojo intenso que prometía otro día soleado, arrojaba combinaciones color canela sobre el suelo y sobre sus extremidades. Emma lamió un hilillo de sudor que se deslizaba por el esbelto cuello de Regina, saboreando la sal, saboreando a Regina.

—¿Qué es lo que más te gusta de mi cuerpo? —susurró Emma al oído de Regina, dándole un leve mordisco en el lóbulo de la oreja.

Regina reflexionó.

—Para ser sincera, casi todo. Cuando beso tus labios, los amo. Cuando deslizo los dedos sobre tus cabellos, adoro la sensación. Cuando acaricio tus pechos, los venero. Cuando te saboreo, alcanzo el éxtasis. Es difícil, porque estoy enamorada del conjunto. Tengo especial afecto a esos pezones que sobresalen de forma tan erótica; hay en ellos un sabor curiosamente aromático que no sé describir, pero que intentaré identificar.

—Empezó a acariciar y chupar los objetos de su aprecio, mordisqueándolos en broma. Poco después, el letargo posterior al clímax, lleno de destellos rosados, fue reemplazado por una nueva urgencia, y el mutuo aprendizaje de sus cuerpos se plasmó en una nueva lección.

Y mientras retozaban y jugueteaban en la noche, hundiéndose en el sueño llenas de amor y satisfacción, las Parcas sonreían, celosas de su felicidad y ávidas de imponerse a pesar de su ineptitud. Su necesidad de atención era tan infantil que muchas veces se presentaba en forma negativa.