Los personajes de OUAT no me pertenecen

(Adaptación)

Primero que nada quiero disculparme por mi ausencia, mi computador se daño y el lugar dnd la mande arreglar dio largas hasta que por fin pude recuperarla .pero me formatearon todo sin avisar y se borraron todas las historias que tenía ,y también fanfiction me borro tres historias pero hasta ahora pude actualizar pero espero poder hacerlo más seguido desde ahora

Las dejo leer no sin antes recomendarles algunas muy buenas escritoras por acá fanclere con historias muy originales, franchiulla con muy buenas traducciones, The Little Phoenix para aquellas que le gusta lo sexoso

Disculpen los errores

DISFRUTEN DEL CAPITULO


Capítulo veintidós

Regina no había estado en el piso de Emma, así que mientras Emma ordenaba y guardaba cosas, se dedicó a recorrer las habitaciones, curioseando entre las chucherías y detalles de la vida de Emma. Tenía interés en ver el póster de Elizabeth Taylor, pero, como la mayoría de la gente cuando se enfrenta a su parecido, no vio las similitudes que habían cautivado a Emma. Le llamaron la atención especialmente las estatuas de Emma.

—¿Son éstas las estatuas de Tom Greenshields de las que me hablaste en el tren?

Emma asomó la cabeza en el dormitorio.

—Sí. ¿A que son las figuritas más encantadoras que has visto en tu vida?

—Sí que lo son —admitió Regina, y añadió en voz baja—: pero no las más bonitas. Ese honor lo reservo para ti.

Emma hizo acopio de prendas de vestir para toda la semana, y Regina la ayudó a cargarla en el Land Cruiser.

—Se ve que te gusta mucho la música celta, a juzgar por tu colección de CD —observó Regina—. ¿Por qué no escoges unos cuantos y los llevamos? Necesito escuchar cosas nuevas.

—¿Qué pensaste la primera vez que me viste en el tren? —preguntó Emma cuando regresaban a casa de Regina.

Los sones de 1990 después de Cristo, el tema abiertamente sexual de Enigma, flotaban en el vehículo.

—Te lo expliqué cuando fuiste a la torre —protestó Regina.

—Ya lo sé, pero sígueme la corriente. Explícamelo otra vez, por favor —pidió pestañeando de broma, al estilo de las heroínas de las películas.

—Para ser sincera, durante unos minutos no pensé nada. A veces miras a las personas y crees que son guapas o atractivas, pero, cuando te fijas, descubres cosas que no te gustan: uñas sucias, tosen sin cubrirse la boca, zapatos rotos, ropa extravagante, generalmente detalles triviales. Sin embargo, cuando te vi, casi al momento supe que me enamoraría de ti. No hubo dudas ni indecisiones, nada. Durante un momento me olvidé incluso de respirar. Luego, comprendí que mi corazón te pertenecía. No podía apartar los ojos de ti y, en cierto modo, quería que te dieras cuenta.

—¿Qué habrías hecho si no me hubieras vuelto a ver en el tren?

—No habría dudado en coger el mismo tren una y otra vez hasta encontrarte. La intuición me indicó que no se trataba de un viaje extraordinario, sino habitual.

Emma se inclinó y le dio un beso en la mejilla a Regina.

—¡Mi dama de reluciente armadura acudió a rescatarme en su yegua blanca! —exclamó con una sonrisa.

La semana pasó en un mar de felicidad. Mientras Regina trabajaba en sus diseños, Emma leía su extensa variedad de libros, entre ellos Dos mujeres, del que le había hablado Regina en su primera cita. Por desgracia, el final dejó un sabor triste a Emma, aunque también la decisión de profundizar en su amor por Regina y de no permitir que las influencias externas las separasen. Fingía que estaba leyendo y, mientras, se pasaba horas y horas estudiando a Regina. Varias veces la había sorprendido con una deliciosa sonrisa, pero se esforzaba en no distraerla demasiado. Como Regina trabajaba, Emma procuraba ser útil sirviéndole bebidas, preparando la comida y dándole masajes en el cuello cansado. La segunda noche de aquella nueva etapa, se deslizó detrás de Regina llevando sólo un camisón transparente y un perfume seductor y le susurró a través de los negros cabellos:

—La cena está lista y también la camarera. —Regina las devoró a ambas, aunque no en ese orden.

El viernes hubieron de ocuparse de la reparación de las ventanas. Como era necesaria una grúa para instalarlas, el ruido y las interrupciones no permitieron que Regina trabajase. Necesitaban evadirse, así que prepararon un picnic y fueron a dar un paseo, disfrutando del inaudito sol que favorecía a Inglaterra con su abrazo. Regina guió a Emma hasta un estanque situado en un remanso de paz, un claro en el que el sol se colaba a través de las tiernas hojas verdes de los árboles circundantes.

Mosquitos minúsculos revoloteaban sobre la superficie del estanque, sumido en una tranquilidad absoluta.

—Esto es idílico —afirmó Emma —. ¿Forma parte de tu propiedad?

—Sí —respondió Regina—. Es mi refugio privado. A mi padre no le gusta pasear, así que creo que soy el único ser humano que viene aquí. En una ocasión, cuando estaba aquí sentada, apareció un corzo en el claro. Fue un momento efímero, pero me hizo sentir parte de algo muy especial. Ahora puedes compartirlo conmigo.

—Resulta impresionante. Gracias por traerme aquí.

Se sentaron sobre la hierba a comer los sándwiches que habían llevado, mientras observaban con regocijo a una familia de ruidosos estorninos. Los polluelos, tan grandes como sus padres, aleteaban y piaban, esperando que los alimentasen sus cansados padres. Como no les hacían caso, se dedicaron a picotear el suelo con aire hosco y a mostrar su disconformidad ruidosamente. Emma y Regina intentaban sofocar la risa ante aquellas travesuras cuando el repentino crujido de una rama rota hizo que los espantados estorninos se refugiasen en el bosque y que ellas, alarmadas, se levantasen.

Examinaron la zona, asustadas de pronto por aquel aislamiento que momentos antes les había parecido tan maravilloso.

—¿Habrá sido un trabajador que quiere algo? —preguntó Emma, a quien se le habían puesto los pelos de punta.

—No. No saben venir hasta aquí. Rápido, volvamos. Coge las cosas.

Emma agarró una de las cestas y siguió de cerca a Regina, de regreso a la torre. A Emma le daba la impresión de que su corazón latía tan fuerte que lo podía oír todo el mundo. En ese momento, cuando se habían alejado del claro y creían que las había asustado la naturaleza, Robin de Locksley apareció de detrás de unas matas de rododendros, bloqueando el estrecho sendero.

—Vaya, hola, Regi. Hace mucho que no nos vemos... bueno, al menos tan de cerca. —Su voz tenía un timbre beligerante que aterró a Emma, más asustada aún cuando el hombre clavó su vista en ella. Una vez había visto los ojos de un perro rabioso escondido bajo un coche aparcado en Oriente Medio, y aquellos ojos que la traspasaban rezumaban la misma violencia y el mismo odio—. Y tú. Tú debes de ser la lesbiana que está contaminando a Regi con sus sucias perversiones. ¿Por qué has tenido que venir a estropearlo todo? Regi no necesita tus porquerías. Necesita que yo te borre del mapa y que cuide de ella.

Mientras él destilaba su vitriólica amenaza, la mente de Emma emprendió un lento movimiento. Estaba ante una representación en tiempo real, pero le parecía como si pudiese observar a la vez todo lo que pasaba.

Nunca había visto a Robin, pero supo enseguida que se trataba de él por la descripción de Regina. En otro lugar o en otro momento, lo habría encontrado atractivo, con el tipo de aspecto confiado que se suele asociar con las estrellas del tenis o los iconos del fútbol. Pero allí no. Su amenaza rezumaba por los poros llenos de odio, mientras su brazo agitaba una larga rama que le daba un aire malévolo e incongruente con la belleza del emplazamiento. Emma se fijó en que Regina se adelantaba con los brazos extendidos para aplacarlo y las manos abiertas para demostrar su inocencia. La voz ronca de Regina sonó tranquila y sosegante.

—Déjala, Robin. Esto es entre tú y yo. Vamos a volver a la torre para arreglarlo. Sé que tú y yo podemos resolver las cosas sin hacer daño a nadie.

Mientras se acercaba a Robin, Regina le hizo un gesto con la mano a Emma para que se retirase y saliese de la escena. No funcionó, pues Emma no estaba dispuesta a dejar a Regina sola con aquel hombre; pero, además, Robin se adelantó y agredió a Regina.

Sin darle tiempo a responder, la tiró al suelo tras darle un puñetazo en la barbilla. Luego, saltó ágilmente entre ellas y blandió la rama ante Emma, que sintió un dolor punzante en el brazo que había alzado para protegerse y supuso que se lo había roto, aunque reaccionó con desafío y olvidó el dolor mientras le propinaba una patada en la entrepierna. Por desgracia, la furia de Robin era tan intensa que le dio un segundo golpe con la rama en un lado de la cabeza. Mientras Emma se desvanecía, su última visión consciente fue la de Regina, detrás de Robin, tambaleándose en el camino y huyendo.

Al menos no la tocaría, estaba segura...

Los recuerdos que tenía Emma de los dos días siguientes eran fragmentarios. Había momentos en los que pensaba que estaba viendo un culebrón en el que ella era la protagonista, en una cama de hospital rodeada por Regina y su familia, todos observándola y esperando la señal de que había salido del coma. «Pero estoy aquí —pensaba—. Os veo a todos. Miradme.» Sin embargo, no la miraban y acabó deslizándose hacia el terreno de los sueños enmarañados y las ráfagas de incidentes de la niñez olvidados hacía mucho tiempo. A veces veía parte de

Regina, los ojos marrones , pero su mente estaba demasiado confusa para disfrutar del consuelo de los rasgos o de la figura. No obstante, aquellos ojos la ayudaban, porque el marron irradiaba un calor y un bienestar en el que se relajaba. Pidió a los ojos que se quedasen con ella y los buscó en el calidoscopio de sus representaciones mentales por si desaparecían. De vez en cuando le parecía que movían su cuerpo y sentía dolor, pero, aunque intentaba disimular su incomodidad, tenía la vaga idea de que no podía moverse y de que su mente era más activa que su cuerpo.

La noche del segundo día abrió los ojos y, después de mucho parpadear, entendió lo que la rodeaba. Reconoció inmediatamente la habitación de un hospital. En una silla a su derecha se hallaba Mary, acurrucada y dormida.

David estaba sentado a su izquierda leyendo un periódico con la poca luz que entraba del pasillo.

«¿Qué sucede? —se preguntó—. ¿Qué hago aquí?»

David debió de percibir un cambio sutil en la habitación, pues alzó la vista.

Durante unos momentos, no comprendió lo que pasaba y sus ojos iban a regresar al periódico cuando se fijó en que Emma lo miraba.

—Emma, ¿puedes oírme? — preguntó, nervioso.

Emma tenía la boca tan seca que le costaba responder. Le parecía como si tuviera que aprender de nuevo a hablar.

—Sí. ¿Por qué estoy aquí David?

El sonido de su voz ronca conmovió a Mary, que se sacudió el sueño enseguida.

—Em, cariño, ¿cómo te sientes? Estamos muy preocupados por ti.

—Creo que estoy bien. Me duele mucho el brazo y todo el cuerpo, pero me encuentro bien. ¿Qué estoy haciendo aquí? ¿Dónde está Regina?

Mary y David intercambiaron una mirada.

—¿No recuerdas cómo llegaste aquí? —preguntó Mary con tono dulce.

—No. Me estalla la cabeza si pienso mucho. ¿Dónde está Regina?

.

—Durmiendo. No había dormido nada desde que llegaste, así que mamá la llevó a su casa. No se encuentra muy bien; mamá la está cuidando.

—¿Que no se encuentra bien? ¿Qué le pasa? ¡Por Dios, Mary! Estoy confusa.

A Emma le pesaban los ojos y el cansancio se apoderó de pronto de ella.

Mary vio cómo parpadeaba, intentando mantenerse despierta.

—Se pondrá bien, te lo prometo, Em.

Y tú también, cariño. Duerme y hablaremos más tarde.