Los personajes de OUAT no me pertenecen
(Adaptación)
Las dejo leer no sin antes recomendarles algunas muy buenas escritoras por acá fanclere con historias muy originales, franchiulla con muy buenas traducciones, The Little Phoenix para aquellas que le gusta lo sexoso
Disculpen los errores
DISFRUTEN DEL CAPITULO
Capítulo veintitrés
A la mañana siguiente la despertaron las enfermeras, que la lavaron y cambiaron la ropa de la cama.
—¡Ah! Por fin se ha despertado. Nos tenía un poco preocupadas. El médico vendrá a verla enseguida.
Mientras atendían a Emma, David y Mary salieron de la habitación. Sin embargo, en cuanto terminaron, Mary volvió a entrar.
—Hola otra vez, Em. ¿Te sientes un poco mejor?
—Sí, creo que sí. Tú, en cambio, pareces cansada. ¿Llevas aquí mucho tiempo?
Mary sonrió.
—No te preocupes por mí. Estaré fresca como una flor después de ducharme. Mamá y Regina vendrán dentro de un rato para relevarnos a David y a mí.
Emma se alegró mucho al oír que pronto estaría con Regina, pero la frustraba no saber qué había ocurrido.
—No recuerdo casi nada, Mary. Sé que estoy en un hospital, pero no en cuál ni por qué.
—Estás en el Hospital Real del Condado, Em. En cuanto al por qué, creo que es mejor que te lo cuente Regina porque ha estado contigo todo el tiempo. Actuó de forma brillante, y le estamos muy agradecidos porque te trajo al hospital. —Mary le dio la mano a Emma—. Emm, les he hablado a David y a mamá de tu relación con Regina. En estas circunstancias, me pareció lo correcto. Había que explicarles por qué estáis tan unidas y el motivo del ataque de Robin.
¡El ataque! Las palabras desencadenaron una riada de recuerdos: el estanque, los estorninos, la rama rota.
Las imágenes se fundieron en su mente cada vez más rápido hasta que se mezclaron con el miedo y la ira que bullían en su cabeza. La imagen fue tan vívida que Emma dio un salto en la cama. Recordó haber visto a Regina tambaleándose en el camino mientras Robin se cebaba con ella.
Seguramente Regina había escapado, y luego había conseguido llevarla hasta allí. Le costaba trabajo esperar a Regina para averiguar lo que había ocurrido y darle las gracias.
—Estoy empezando a acordarme de todo —le dijo a Mary—. Me pareció un perro rabioso, aunque mucho más horrible. Esperaré a Regina para que me cuente qué pasó.
—Tus ojos indican que empiezas a recordar. Rezo para que ese hombre espantoso no os vuelva a molestar a ninguna de las dos. Regina nos contó que te habían despedido. Había oído que iban a prescindir de gente, pero, como no me dijiste nada, supuse que a ti no te afectaba.
Emma se quejó. El despido le parecía muy lejano.
—Lo siento, Mary. Tenía intención de decírtelo, pero aún no estaba preparada.
Me dolió bastante y necesitaba tiempo para asimilarlo. Pasaba unos días con Regina, que me estaba ayudando a superarlo. Por desgracia, parece que con el daño mental también tuve que soportar el daño físico. —De pronto se le ocurrió una pregunta—: ¿Dijiste que se lo habías contado a nuestra madre?
—Sí, en efecto. Lo siento, pero el episodio no se entendería si no se lo explico. Regina coincidió en que era lo mejor; al fin y al cabo, lo habría sabido en algún momento.
—¡Oh, Mary! No te echo la culpa. Sólo que no podía recordar si me lo habías dicho o lo había imaginado. Y ahora, cuéntame. ¿Cómo se lo tomó? ¿La afectó mucho?
Mary sonrió, y al hacerlo desaparecieron las señales de cansancio de su rostro.
—Em, creías que yo lo había tomado muy bien. Pues mamá no parpadeó. En realidad, dijo que le parecía perfecto y que ya era hora de que encontrases a alguien especial. Más aún: le tiene mucho afecto a Regina, como todos nosotros. Regina se negó a que le mirasen las heridas hasta que te atendieran. Mientras estábamos contigo, nos impresionó el amor que te profesa.
Nos contó muchas cosas sobre sí misma y el tormento que había sufrido por culpa de ese acosador. Pobrecilla. — Mary se calló, dudando un momento antes de continuar. Al ver la expresión implorante de Emma, siguió—: Al principio estaba destrozada, sobre todo porque los efectos de tus heridas no se percibían a simple vista. No dejaba de echarse la culpa, diciendo que no debería haber metido a ese hombre en tu vida.
—Pero ya le he dicho que la quiero. Ella no lo ha metido en mi vida. Insiste en eso porque se siente culpable —dijo Emma con tristeza.
—¡Bueno, no contaba con nuestra madre! —Mary adoptó el tono autoritario de su madre—: «Ya basta», dijo, «tú no has pedido que ese hombre te acose; de hecho, hiciste todo lo posible para disuadirlo. Y seguramente no lamentas haberte enamorado de mi hija. Así que, por favor, nada de culpas.
Si no fuera por ti, tal vez estuviese muerta; agradezcamos que esté viva. Y ahora, en vista de que Emma no va a darme nietos, al menos quiero creer que he ganado una nueva hija feliz. Jovencita, nos gusta verte sonreír».
—¡¿Mamá dijo eso?! —exclamó Emma, riéndose. Aunque era uno de los estallidos típicos de su madre, se rió aliviada de que su madre hubiese aceptado a su amante con tanta facilidad y por no tener que pasar por el trago de contárselo.
—Más o menos. Creo que he dicho lo fundamental —dijo Mary con una sonrisa.
—Si Regina le dedicó a mamá la misma sonrisa que a mí, no me extraña que la entusiasmara.
—Nos entusiasmó a todos. Nos gusta mucho y creo que encajará muy bien en nuestra absurda familia. ¿Tú qué opinas, David?
—Em, si encajo yo, encaja cualquiera —repuso David de broma.
—Creo que no podríamos haber encontrado a dos personas más estupendas que Regina y tú para nuestra familia —confirmó Emma—, y os agradezco mucho que hayáis estado conmigo. Los hospitales no son los lugares más saludables del mundo.
En ese momento entró un hombre agradable, de mediana edad, vestido con la bata blanca de rigor y con un estetoscopio y un juego de bolígrafos en el bolsillo superior de la misma.
—Hola, querida —saludó, mirando a Emma por encima de sus minúsculas gafas bifocales—. Soy el doctor Hopper y me ocupo de usted. Me han dicho que se había despertado. ¿Cómo se siente hoy?
—Si he de ser sincera, me duele todo, especialmente el brazo izquierdo. ¿Puede decirme qué heridas he sufrido?
—Bueno, veamos —respondió, consultando las notas de una carpeta colocada a los pies de la cama—. ¡Hum! Ese despreciable individuo le dio una paliza. Le hemos tratado dos costillas rotas en el lado derecho, la muñeca y el brazo izquierdo rotos y severos hematomas en el tronco. Pero se recuperará. Lo que más nos preocupaba eran los golpes en la cabeza. Por suerte, no parecen haber ocasionado daños visibles, aunque queremos mantenerla en observación unos días para asegurarnos.
Tal vez sufra dolores de cabeza y esté incómoda durante un par de semanas.
—Doctor Hopper, mi amiga y yo hemos hecho una reserva para ir de vacaciones a Francia dentro de diez días. ¿Cree que podremos ir? — preguntó en tono ansioso.
—Siempre que se confirme que no ha sufrido heridas graves, no veo por qué no. Sin embargo, le recomiendo unas vacaciones tranquilas y en paz para que se recupere de esta prueba. Si había planeado hacer vuelo sin motor o banyi, tendré que pensarlo mejor. —Soltó una risita ante su propio chiste y Emma sonrió, a pesar de lo mucho que le costaba—. Y ahora, ¿me permiten un poco de intimidad para que examine a esta jovencita? —preguntó dirigiéndose a David y a Mary.
En cuanto acabó el examen y el doctor Hopper salió de la habitación, entró Regina, con el rostro radiante de alegría por la recuperación de Emma. Verla de nuevo fue como un tónico, pues cuando Emma, después del ataque, cayó en la inconsciencia, existió la posibilidad de que no volviesen a verse nunca. Como ambas lo sabían, no pensaron en las sensibilidades de los presentes y se besaron para celebrarlo.
Cuando al fin se separaron, sólo para verse bien las caras, Regina se hizo a un lado para que entrase la madre de Emma.
—Ya veo que tenéis mucho que recuperar —dijo con rostro serio pero con un destello en los ojos—. Mary me informó de las heridas, pero parece que has tenido suerte al no sufrir daños cerebrales. Gracias a Dios que Regina te ayudó; si no, no se sabe lo que podría haberte hecho ese matón.
Mientras su madre hablaba, Emma apartó los ojos de los de Regina y se fijó en la cicatriz de su barbilla. Estiró la mano y la acarició delicadamente con el dedo.
—¿Es donde te pegó? —preguntó Emma.
—Parece peor de lo que es —repuso Regina—. En aquel momento, lo único que vi fue estrellitas y mis piernas se volvieron de gelatina. El miedo a lo que podría hacerte me obligó a moverme para pedir ayuda.
En ese punto la interrumpió la madre de Emma.
—Emma, lo siento, pero Mary y David deberían irse a dormir. Bajaré con ellos y tomaré una taza de té en la cafetería. Así tendréis tiempo de resarciros.
—Claro —dijo Emma—. Perdona, Mary, debería haberlo pensado. Os agradezco mucho vuestro apoyo en estos dos días, tanto a Regina como a mí. Lo valoro de verdad.
—Estupendo, Mary —repuso Mary; luego, David y ella le dieron dos besos en la mejilla—. Sé que harías lo mismo por mí. Intentaremos volver esta tarde si tenemos ocasión.
Emma les dijo adiós con el brazo sano y volvió a darles las gracias hasta que desaparecieron.
—Me alegro de tener una familia tan encantadora —suspiró satisfecha.
—Y yo también —coincidió Regina—. Han sido fantásticos conmigo. Reconozco que al principio no me importaba cómo se lo tomase tu madre porque estaba volcada en mi preocupación por ti, pero, cuando empecé a cansarme, agradecí su ayuda y su aceptación. Entiendo que estés tan unida a tu hermana, porque es adorable, pero también adoro las extravagancias de tu madre y la tranquilidad de David.
Sí, tienes una familia encantadora y me considero muy afortunada de que me hayan admitido.
—Quién no lo haría —dijo Emma con una sonrisa—. Mientras podamos, dame un beso y cuéntame qué sucedió cuando me desmayé. —Regina se inclinó y, con labios seductores, besó a Emma delicada pero insistentemente. Emma se deleitó con el suave tacto aterciopelado de su boca. Resultaba difícil de creer, pero cada beso de Reigina derretía sus entrañas y le parecía imposible de superar. Luego, le daba otro beso y deshacía su teoría. Aquel momento, aquella segunda oportunidad que tenían, se selló con un beso de renovación, un beso de recuerdo y otro maravilloso que se demoró.
—¡Vaya besos, señorita Mills! Le gusta aprovecharse de una pobre chica escayolada e incapaz de defender su honor y dignidad. Debería darle vergüenza.
—¿Creía usted que me había puesto colorada de lujuria, señorita Swan? No, era de vergüenza ante mi descaro. Mi pecho se agita por la audacia con que me he aprovechado de usted.
—Sepa entonces, señorita Mills, que sólo se sentirá tranquila cuando me comunique los hechos, pues he esperado pacientemente su llegada. —Ambas se rieron ante sus vanos intentos de emular Cumbres borrascosas en un moderno hospital. Regina empezó en un tono más serio:
—Aunque me aturdió el ataque, pude darme cuenta de que, si no conseguía ayuda, él te mataría. Odiaba dejarte, pero, por suerte para mí, los hombres que estaban colocando las ventanas me vieron gritando en el camino y acudieron a ayudarme. Cuando hablaron, Robin debió de oír las voces y se adentró en el bosque para dirigirse a la carretera. Fue una pena que no lo alcanzaran, pero al menos no tuvo ocasión de infligir el daño que podría haber hecho si no estuvieran allí los hombres. Me cercioré de que tu corazón seguía latiendo, y luego llamé a la policía y a una ambulancia. No me atreví a moverte por miedo a empeorar las cosas, pero tuve que esforzarme para no abrazarte. En mi estado frenético me pareció que la policía y la ambulancia tardaban una eternidad en llegar, aunque en realidad fueron rápidos. Como sabía el nombre de Mary, la policía se puso en contacto con ella que, a su vez, llamó a vuestra madre. David fue a los Cotswolds a recogerla. Por último, acabamos todos aquí, donde tuve que informar a la policía y a tu familia de lo sucedido.
—¿Y qué pasó con Robin? ¿Lo cogieron? —preguntó Emma, nerviosa.
La idea de que estuviese suelto no resultaba muy reconfortante.
—No, me temo que no y eso me aterroriza, pues ha recurrido a la violencia. La policía ha dispuesto la vigilancia de la torre, supuestamente para protegerme, pero sospecho que más bien para capturarlo si regresa. No me siento nada segura allí. Espero que no te importe, pero tu madre y yo usamos tu piso anoche. Encontramos las llaves en tu bolso.
—No seas tonta. Claro que no me importa. De hecho, me siento mejor sabiendo que estás a salvo. ¿Y qué hay del hospital? ¿Crees que se atrevería a venir aquí? —Tal y como se encontraba, era una perspectiva preocupante.
—Supongo que no sabe que estás en el hospital y seguramente le preocupa más huir de la policía. Aunque siga las noticias, el hospital tiene instrucciones de no informar de tu presencia. Lo más probable es que piense que estás en el Hospital Reina Isabel de Welwyn Garden City. —Regina se quedó pensando un minuto—. Con todo, tienes razón. Hablaré con el detective Humbert porque no quiero que te pase nada más.
—Ojalá lo hubieran cogido. No odio a nadie, pero a él estoy empezando a odiarlo —dijo Emma. Se encogió de hombros, como si quisiera sacudirse el recuerdo, y cambió de tema—. ¡Oh! Le pregunté al doctor por las vacaciones y dijo que no habría problemas si no me aparecían heridas en la cabeza. Me disgustaría mucho tener que cancelarlas después de las cosas horribles que han sucedido últimamente. Casi no puedo esperar a estar sola contigo. Soy una egoísta.
—Yo casi he olvidado lo que son unas vacaciones, y tener un plan de dos semanas contigo me llena de emoción.
Así que también yo soy una buena egoísta.
—Buena, pero no egoísta —repuso Emma.
—¿Sabes cuánto tiempo vas a estar aquí? —preguntó Regina.
—El doctor dio a entender que dos días. Quieren asegurarse de que no he sufrido daños en el cerebro. Después, ¿puedo volver contigo?
—O eso o me instalo yo en tu piso. ¿Dónde preferirías estar o te sientes más segura?
—Tengo ropa en tu casa y prefiero estar allí. Si hay policía fuera de vigilancia, mejor. Sólo habrá que tener cuidado si salimos.
—Estupendo. Creo que utilizaré tu piso hasta que te den el alta. No me apetece estar sola en la torre.
—Pues claro. Mi casa está más cerca, así podrás hacerme compañía más tiempo. ¡Será un placer para ti! —Miró a Regina con una sonrisa traviesa.
—La verdad es que creo que será un placer mutuo. Te leeré todas las cosas que me gustan y no podrás impedirlo, atrapada en la cama con la escayola.
