Todos los personajes pertenecen a Himaruya Hidekazu, sin ánimos de lucro.


XXX

Necesitaba pensar en algo urgente. Obviamente, las cosas ya no podían continuar de esa manera. Ese ruso era mucho más peligroso de lo que él pensaba, así que debía tomar las cartas del asunto. Berwald se quedó pensando mientras que observaba los videos que había conseguido el danés.

Nunca se había atrevido a tocar al finlandés de la forma en que lo hacía el ruso, de vez en cuando. Éste se excusaba diciendo que se le había escapado o que su mano se le había deslizado por accidente. Sí, claro. Era evidente que no le daba el trato que él podría darle si le daba la oportunidad. La cuestión se reducía a descubrir si su compañero sentía algo por él.

Mientras tanto, en cierta panadería, el dueño de aquel lugar estaba sonriendo ampliamente. El noruego lo había observado, pero prefirió no hacer ninguna pregunta. De todas maneras, conociéndolo, no tardaría demasiado en comentarle en qué estaba pensando. Sólo rogaba en que no se tratara de algo que le involucraba personalmente.

—¿Sabes, Lukas? —Intentó decirlo lentamente, para mantener cierto aire de misterio.

—¿Qué? —preguntó el aludido sin sacar la mirada de los estantes que estaba rellenando.

—Me acabo de dar cuenta de algo… —comentó a la vez que se acercaba al escandinavo.

—¿Al fin has decidido peinarte? —contestó sarcásticamente. La verdad es que mucho no le interesaba, estaba casi seguro de que era sobre alguna estúpida idea que se le había ocurrido.

—No, sé que te gusta mi pelo —se acarició el cabello y luego, volvió al tema —.Ya sé cómo cobrarle a Berwald.

—¿Aún sigues con eso?

—¿Te parece si hacemos una visita sorpresa? —Abrazó al muchacho, pero éste le dio un codazo en el abdomen —Con un sí bastaba —se quejó.

—¿Quién dijo que era un sí? —replicó para después continuar con sus labores matutinas.

El noruego vio cómo Andersen se retorcía del dolor, aunque aparentemente no había tenido suficiente. Todavía estaba con una brillante sonrisa, aún consideraba que aquel gesto había sido de amor y no de fastidio, como lo había pretendido el hermano mayor de Emyl.

—Porque no existe criatura ahí afuera que pueda resistirme —respondió el danés.

Lukas se dio cuenta que era hora de retirarse. Sabía que si escuchaba una palabra más de aquel hombre que se enorgullecía de ser su pareja, lo asfixiaría con la primera bolsa que encontrara. Y lastimosamente, no iba a ser la primera vez que lo intentara hacer.

Muy cerca de allí, el finés junto a Eduard ya habían llegado a su puesto de trabajo. Cada uno se fue a donde le correspondía, el primero a cambiarse la ropa por el de elfo mientras que el segundo fue a probar las máquinas de la nueva sección de la tienda.

—¿Vamos a almorzar juntos luego? —inquirió el finlandés, en voz alta, para que los demás pudieran escuchar que ya estaba comprometido con alguien más.

—Por supuesto —asintió el muchacho —.Hay unas cuantas cosas que todavía debes responderme.

—¡Claro! —Se metió enseguida a los vestidores y antes de poder respirar tranquilo, se aseguró que no había nadie allí. No quería que el ruso volviese a asustarlo o algo por el estilo.

Tino se estaba vistiendo con cierta lentitud, la verdad es que después de lo que había sucedido anoche, todavía estaba un poco avergonzado. Se preguntaba si realmente Berwald no se había molestado por las indagaciones que había hecho, no podía evitar ser tan curioso en ciertos momentos. Pero es que como ése hombre no le decía mucho acerca de su vida, era prácticamente la única manera de conocerlo a fondo.

Respiró profundamente, iba a ser un día difícil. Se iba a dar por contento si conseguía evitar al ruso, aunque aquello era prácticamente misión imposible. Faltaban apenas unos cuantos días para la inauguración de aquella parte de la tienda e Iván controlaba que todos estuviesen trabajando como correspondía. Además, debía firmar unas cuantas autorizaciones y otras cuestiones de esa índole.

Luego de terminar de ponerse el traje, salió. Decidió que la mejor manera para que transcurra el día más rápido, era con una sonrisa. Pondría lo mejor de sí y si no se dedicaba a en pensar en ese hombre que tanto miedo le daba, quizás el día finalizaría antes de lo esperado. Así que con esa mentalidad, el finlandés salió para ayudar a algunos desorientados padres.

La mañana pasó sin ningún incidente en particular. Sin embargo, a medida que se iba acercando el mediodía, Tino estaba cada vez más nervioso. Quizás se estaba volviendo algo paranoico, pero era culpa de temible hombre. No quería volver ir a comer con él, le costaba tragar los bocados gracias a las tremendas palabras que salían de la boca de Iván. A este paso, iba a terminar con una úlcera o algo peor si se descuidaba.

Mientras que ponía de vuelta en su empaque algunos de los juguetes que había sacado para mostrar su uso, alguien se acerco a él. De lo único que estaba seguro era de qué se trataba de un hombre, por la sombra que se proyectaba. Intentó lucir lo más concentrado que podía y mantener la calma.

Repentinamente, aquella persona posó su mano sobre el hombro del muchacho y éste, despavorido, saltó.

—¿Tino? —preguntó asombrado por la reacción que había tenido el nórdico.

—¡Eduard! ¡Me has dado un buen susto! —reclamó, aunque por supuesto, se sentía más que aliviado de que se tratara de aquel muchacho. Se secó el sudor y se levantó enseguida.

—¿De verdad, te encuentras bien? Últimamente estás muy tenso —observó el báltico, mientras que le daba una palmada en la espalda.

—Ah, supongo qué es debido a que tenemos mucho trabajo. Ya sabes, la inauguración y todo eso —rió para tratar de evadir el asunto.

Eduard prefirió callarse, no estaba muy conforme con la respuesta que le había dado el rubio. Había algo en su forma de comportarse que no le cuadraba. No obstante, esperaría un mejor momento para sacarlo a flote. Ahora debían irse a comer y relajarse un poco.

—¿Nos vamos? —estaba presuroso para salir de allí.

—Nos vemos en media hora, Toris —se despidió Eduard y se encaminaron hacia el restaurante de siempre.

Una vez que hallaron un buen lugar para sentarse, Tino dejó escapar un suspiro de alivio. Era el único momento del día en el que no tenía que preocuparse por lo que decía o dejaba de hacerlo. Todas sus tensiones y sus preocupaciones se desvanecían, al estar allí entre un montón de gente que ignoraba su existencia. Estaba tan relajado que apenas recordó la presencia del báltico.

—¿Qué sucede, Tino? Parece que estás muy estresado —comentó el hombre, aprovechando la oportunidad de que nadie podía oírles.

—Ah, es que la temporada... ¡Es tan agotador! —se quejó un poco, pensando en que de esa forma podía engañar a su acompañante.

—Yo creo que estás algo raro. ¿Pasó algo entre tú y Berwald? —volvió a indagar, ya que el muchacho que era normalmente conversador, se estaba guardando algo que no quería soltar.

—¡No! —exclamó algo avergonzado al pensar en una idea como esa. Luego, intento recuperar su perdida compostura —¿Qué te hace pensar eso? Es ridículo, absurdo y…

—Entonces, ¿por qué te pones rojo cada vez que te pregunto acerca de él? —Eduard bebió un poco del agua que había pedido.

—Eso es fácil de explicar. Lo que pasa es que… —Pero antes de poder dar una explicación decente, su mente se puso en blanco. Por más que buscaba alguna razón para ello, se había congelado. Balbuceó un par de palabras que resultaron incomprensibles para el otro. ¿Acaso era por…? —¡Imposible!

—Parece que toqué una vena sensible…

Tino se quedó meditando acerca de todas las situaciones que habían sucedido entre su compañero de cuarto y él. Evidentemente, no era normal que se pusiera nervioso a su alrededor o que tuviese interés en saber la vida amorosa del sueco. Tampoco le parecía lo más adecuado correr a los brazos del escandinavo, cada vez que estaba asustado o por culpa de una situación externa.

Sin embargo, dejó escapar una sonrisa al recordar todo lo que el hombre había hecho por él. Quizás era un estúpido resfriado que había agarrado, pero era de esa clase de los que no quería soltar si le hacía sentir de esa manera. Para ser sincero, no había mucho en lo que le gustaría cambiar en cuanto a la relación a su compañero. Bueno, sólo tenía una duda que debía ser resuelta…

—Es que… ¿Nunca te ha pasado que no puedes dejar de pensar en alguien que accidentalmente te hace feliz con todo lo que hace pero que a la vez te hace sentir el más inseguro del mundo? No le entiendo, Eduard. Me gusta y no sé qué hacer —se lamentó mientras que se acostaba encima de la mesa.

—¿Y cuál es el problema? Si… —Pero antes de poder decirle algo más, Tino le interrumpió.

—Que no habla, ese es el problema. No me cuenta nada, no me dice nada. ¿¡Cómo quiere que le comprenda si no pronuncia una palabra! —exclamó frustrado, ante la mirada de la gente que se detuvo —Lo siento —volvió a recostarse sobre la mesa, sin tocar la comida.

—Pero, ¿no te das cuenta? Yo creo que él también siente algo por ti —trató de calmar al muchacho.

Tino estaba demasiado ensimismado como para escuchar lo que estaba diciendo el báltico. Éste se limitó a suspirar e intentar que el finés probara un bocado, mas no había caso. Decidió que lo mejor era dejarle en paz y hablar de algún otro tema. Pero si le comentaba acerca del trabajo, el muchacho tenía casi la misma reacción.

—Vamos, Tino. Tenemos que regresar —le jaló de la mano para avisarle de que ya se retiraban.

Mientras que caminaban de vuelta hacia la tienda, el muchacho continuaba mirando hacia abajo. Repentinamente, levantó la cabeza y creyó haber visto a alguien muy familiar. En la otra cuadra, parecía que estaban saliendo ese danés que había estado molestando hacía unos meses. Abrió bien sus ojos, tal vez estaba alucinando. ¿Cuáles eran las posibilidades de hallar a un conocido en esa vasta ciudad?

De todas formas, ahora no importaba. Prefirió concentrarse en el trabajo que debía terminar, para luego concentrarse en sus problemas personales. Aunque quizás Andersen podría tener algunas respuestas para las dudas que tenía. Lo buscaría en otra ocasión, para hablar cara a cara, sin que el sueco se enterase.

Durante esa tarde, su compañero se dedicó a hacer cierta clase de investigaciones. Reconocía que el tema romántico era algo estaba fuera de su pericia, por lo que debía saber cómo podía avanzar su relación con el muchacho, sin dañar su amistad. Lo primero que se le vino a la mente fue ir a una librería y comprar todo lo que referente a ese tema.

El que atendía el lugar, se quedó anonadado. Claro, esa era la impresión que siempre causaba a todos los que lo conocían por primera vez. Sin embargo, estaba contento ya que casi nadie venía a comprar tantos libros. A Berwald no le interesaba nada de ello, tampoco la manera en que otras personas estaban hablando. Si aquello estaba escrito para ayudarle, ¿qué mal podía hacerle?

Al revisar la hora qué era, se dio cuenta que debía apresurarse. Tino no debía enterarse de aquella compra, en lo absoluto. Era el único cuya opinión contaba. No quería ser tomado como un pervertido o semejante. Debía correr si quería esconder todos esos libros, debajo de su cama, donde el finlandés no buscaría. Aunque tampoco tenía razones para hacerlo.

Cuando llegó al piso, lo primero que hizo fue revisar que el muchacho todavía no hubiese llegado. Se sintió un poco aliviado de que todavía le quedaba algo de tiempo para hacer sus cosas. Se agachó para colocar cada uno de los libros en una especie de caja y luego, ponerlo debajo de su cama. Se aseguró, además, que dicho baúl no luciera nada sospechoso, en el caso de que Tino lo hallara por accidente.

No se le ocurrió nada mejor que poner "revistas de diseño y carpintería", para luego empujar dicha caja.

Fue en ese momento en que Tino ingresó al apartamento. Acostumbrado ya a no encontrar de buenas a primeras a su compañero, fue directamente a su habitación para cambiarse. Fue allí donde se pegó un buen susto, ya que lo halló recostado en el piso. Por primera vez, se dio cuenta realmente de lo alto y grande que lucía el sueco. Pero lo que más le desconcertó, era la posición del hombre.

—¿¡Berwald! —preguntó con cierto temor ya que no sabía qué estaba haciendo allí y temía descubrirlo.

—¿Tino? —El hombre se golpeó la cabeza del asombro y luego, lentamente se levantó.

—¿Todo está bien? —No dudó en acercarse al sueco, para revisar el chichón que se le había formado en la frente.

—Sí —se limitó a asentir, sin dar más explicaciones.

—¿Qué estabas haciendo allí? —indagó el muchacho, curioso.

—Pensé que había ratas… —Era la única excusa en la que había trabajado para comentarle al muchacho.

—¡¿Ratas? —Aquello más que darle una respuesta, le asustó un poco más.

—No hay nada —respondió para tranquilizar al finlandés.

Éste dejó escapar un suspiro y después se arrojó a su cama. Todos los días sucedía algo, lo que siempre era emocionante. Pero ahora estaba demasiado cansado, quizás por todos esos pensamientos que le invadían. Una vez más, el sueco no parecía tener algo para decirle. ¿Cómo era posible sentirse de esa manera?

Había demasiada tensión sin resolver en el ambiente, aunque ambos parecían estar cegados por sus propias inseguridades. Tino deseaba conocer los sentimientos del otro, para al menos, saber si estaba ilusionándose con algo que no existía. Por otro lado, Berwald buscaba alguna pista para ver si debía actuar o simplemente hacer de cuenta de que no sucedía nada.

Lo que ambos ignoraban por completo era que alguien estaba a punto de dar vuelta el mundo de ambos…