Todos los personajes pertenecen a Hidekazu Himaruya, sin ánimos de lucro.

¡Me alegra saber que haya gente que todavía se acuerda de la historia! Quiero agradecer los comentarios de: Linda4257, Shinigami Riku, kikyoyami8, Lunara Kaiba y Serrat Izazquez.


XXXI

El finlandés decidió que lo mejor que podía hacer en ese momento, era escaparse hacia la ducha. Tener los sentimientos a flor de piel estaba comenzando a ser más que una molestia. ¿Cómo no pudo notarlo antes? Sacudió su cabeza, quería despejar todos esos pensamientos de una vez por todas, olvidarlo completamente. ¡Algo!

Tampoco sabía con ciencia cierta cuándo había dejado de lado la amistad entre él y su compañero. Trató de recordar en todo lo que habían pasado con el hombre que ahora estaba sentado en la sala y quiso buscar el momento exacto en el cual su amistad había evolucionado en algo más. Sin embargo, no podía hacerlo. No podía entresacar un instante exacto.

De hecho, casi desde el principio había dependido del sueco. Tal vez había sido de manera inconsciente, pero cada vez que tenía un problema, corría a él, aunque fuera simplemente en busca de apoyo. ¡Si lo hubiera sabido antes! Ahora, no podía hacer nada al respecto.

Mientras que el agua recorría su cuerpo, se le ocurrió una idea. Quizás era algo loca, quizás era ilusión que le provocaban aquellos sentimientos tan fuertes. Se preguntaba si a Berwald le ocurría lo mismo. O si se hubiera dado cuenta antes y pretendía que no pasaba nada, para no lastimarlo.

—¡No! —golpeó su cabeza contra la pared antes de continuar con aquel razonamiento.

Aquel grito llamó la atención del escandinavo, que por un pelo, había conseguido que su compañero no se diera cuenta de sus nuevas adquisiciones. Al oír el grito, decidió ir hacia el cuarto del baño. Pensó que había sucedido algo como para que el muchacho tuviese que chillar de esa manera.

—¿Está todo bien? —preguntó desde el otro lado, después de golpear suavemente la puerta.

—¿Eh? —Enseguida notó lo que había hecho y trató de arreglarlo —Sí, sólo… ¡Sólo me golpeé sin querer!

A pesar de que no le creía del todo, tampoco se animaba a entrar y averiguar por su cuenta. El pensar en esa imagen… Era demasiado. Prefirió ir a ver los muebles que todavía tenía pendiente de terminar. Era la única forma de sacarse lo que acababa de imaginarse de encima.

Todo indicaba que se trataba de una noche como las demás. Compartirían lo que habían hecho durante el día, dejando de lado algunos detalles, después cenarían y si aún tenían energía, verían alguna película que encontraran interesante en la televisión. Sí, no había ninguna señal de que algo alocado estaba a punto de ocurrir.

Sin embargo, aquella tranquilidad de la cual el sueco estaba disfrutando mientras que miraba algunos diseños, estaba a punto de acabarse. Ya desde las afueras, en el balcón, podría oírse los gritos de cierto personaje al cual le resultaba imposible pasar desapercibido, aunque se propusiera. Por supuesto, este ser venía acompañado de cierto muchacho poseedor de unos atrayentes ojos azules.

—¿De verdad es necesario hacer esto? —El noruego continuaba poniendo en duda los planes de esa noche. Es más, aún no estaba muy seguro de cómo su pareja había logrado convencerle de esto.

—¡Por supuesto! Hay que cobrar lo que merezco y no hay mejor momento que éste —dijo orgulloso de su idea, mientras que sonría y contemplaba aquel edificio en el que había vivido hacía meses atrás, aunque parecía más tiempo.

—Tengo un mal presentimiento —opinó, antes de ingresar al lugar. Sabía que Andersen había omitido una parte de su plan, pero no podía decir de qué se trataba. Pero, al menos, ya que estaba allí, podría apaciguar cualquier tontería que se le hubiese ocurrido.

En su mano derecha, el danés llevaba una botella de vino. Aún cuando no habían sido invitados oficialmente, estaba confiado en que Berwald no se había olvidado de lo que había hecho por él. Supuso que no podría echarlo o tratarlo mal como acostumbraba, no estaba en condiciones de hacerlo. Le agradaba esa posición de poder, tenía un secreto que el sueco no quería que el finés supiera y gracias a ello, podía hacer lo que quisiera.

Mientras tanto, en el piso que esos dos nórdicos compartían, Tino recién salía del baño. No tardó demasiado en ir a la sala de estar, para hallar al otro leyendo. Se preguntaba si lo molestaría al acercarse, ya que aparentaba estar bastante concentrado. Sin embargo, cuando se disponía a ir al otro lado del apartamento, el sueco dejó caer la revista, quizás para llamar la atención del muchacho.

—¿A dónde vas? —preguntó, sin moverse del sofá.

—Ah, es que pensé que estabas ocupado. Ya sabes… —rió —.No quería que te desconcentraras por mi culpa —explicó algo nervioso.

Si tan sólo Tino fuera consciente de que ya lo hacía sin esforzarse, pensó el sueco.

—Siéntate —pidió el hombre, quien disfrutaba por de más la compañía del finlandés. Es más, ése su momento favorito del día, ya que tenía una buena excusa para incluso abrazarlo, sin levantar ninguna sospecha.

—¿Seguro que no estoy interrumpiendo nada?

—No —Golpeó un par de veces el cojín, para indicarle en dónde debía sentarse.

No obstante, antes que Tino pudiera apoyar sus posaderas encima del sofá, alguien comenzó a golpear la puerta y por lo que se podía notar, dicha persona estaba ciertamente apurada. Los dos habitantes de aquel piso estaban completamente desconcertados. Intercambiaron miradas, ninguno tenía la menor idea de lo que estaba ocurriendo.

—¿Tenías visitas pendientes? —El finlandés fue más rápido en soltar la pregunta del millón.

—No. ¿Tú sí?

—¡Claro que no! ¿A quién podría invitar a esta hora? Sólo quiero relajarme… —pronunció esto un poco decepcionado. Estaba un poco cansado de tantas emociones y sólo quería tirarse a ver la televisión, sin ninguna otra preocupación.

—Yo me encargo —Berwald se levantó enseguida. Sea quien sea, había escogido un mal momento para ir de visita. Además, no tenía la menor idea de quien pudiera ser aquella misteriosa persona que venía a interrumpir esas pocas horas en las que podía hablar con el finlandés.

Abrió lentamente la puerta, no sabía realmente con qué absurda sorpresa podía encontrarse. Y de todas las personas que podían haber estado ahí paradas, tenía que ser Andersen, con una brillante sonrisa, aguardando por una respuesta de alguno de los dos.

—¡Ah, Berwald! Estaba por el vecindario y decidí que sería una buena idea visitar a mi viejo amigo —explicó al mismo tiempo que le daba una palmada en el hombro del sueco.

Sin embargo, el hombre no estaba de ánimos para esa clase de visitas, así que antes de que Tino pudiera saber qué estaba pasando, salió y cerró la puerta tras de sí. Observó detenidamente al danés, no era para nada casual el hecho que estuviera allí. Quizás otro podría creerse semejante cuento, pero lo conocía demasiado bien como para adivinar sus intenciones.

—¿Qué quieres? —le interrogó sin dar vueltas al asunto.

—¿Un viejo amigo no puede venir a visitarte? —respondió con una fingida indignación.

—Tú estás planeando algo —acusó el sueco, quien miraba de vez en cuando hacia atrás para ver si Tino decidía aparecerse o no.

—No, no. ¡Ay, se nota qué el amor te ha afectado! —comentó el visitante, elevando la voz considerablemente.

—¿Quieres callarte? —Otra vez, volvió a voltearse y comprobar que no había alguien detrás de él.

—Lo haré… —Andersen miró con gracia al otro —.Pero debes invitarme a cenar. No diré una palabra acerca de lo que ha pasado entre nosotros, si es que accedes a mi única petición.

Berwald se mantuvo en silencio por un par de minutos. Ciertamente, el danés le había puesto en una posición bastante incómoda. Realmente no estaba seguro de cuál sería la mejor opción: Echarlo o dejarlo ingresar al piso. Ambas tenían sus desventajas, lo que molestaba bastante al sueco. ¿Qué hacer?

—¿De verdad lo vas a pensar? —En ese mismo instante, Andersen comenzó a marcar el número del piso en su móvil.

—¿Qué haces? —Ya estaba confuso por la situación en general.

—Supongo que Tino sí me dejará entrar, cuando le cuente que… —Pero fue interrumpido antes de que pudiera continuar con su explicación.

—Puedes entrar —resolvió el sueco, con cierta molestia. Sin embargo, sabía que no le quedaba otra opción.

Por su lado, el finlandés estaba comenzando a preocuparse por la tardanza de su compañero. Se preguntaba si le había ocurrido algo, así que decidió investigar por su cuenta. Por supuesto, estaba algo preocupado acerca de la identidad de aquella persona, pero su curiosidad superaba a cualquier temor que pudiera tener. Dio unos cuantos pasos hasta que vio cómo la perilla giraba.

—¡Berwald! ¿Quién era?

—Tenemos visita… —confirmó a regañadientes. Sabía que en algún momento aquel favor iba a apuñalarle, pero no esperaba que fuera tan pronto y de esa forma.

—¡Hola, Tino! Tanto tiempo —exclamó por detrás el danés y dado que no se lo esperando, el finés se echó para atrás.

—¿Eh? —preguntó el sorprendido muchacho, que había caído al suelo y que todavía no podía creer que aquel hombre estuviera ahí.

—Hola —saludó secamente el noruego, quien seguía pensando que ese encuentro era una terrible idea.

Después de volver en sí, Tino miraba fijamente al entrometido europeo que había llegado. Sinceramente, había creído hasta ese momento que se llevaba mal con su compañero, por lo que no hallaba un buen motivo para que estuviera allí. Quizás lo había malinterpretado o algo por el estilo, pues no lo concebía de otra manera.

El hombre dejó la botella encima de la mesa y luego se sentó enfrente del finlandés, obviamente a propósito. Esto ponía nervioso al sueco, ya que le hacía pensar que tenía otras intenciones. Berwald decidió entonces que lo mejor sería sentarse bien acurrucado con el muchacho, de esa manera, para evitar que el danés se diera cuenta de que no iba a tolerar que sobrepase.

—¿No crees que ha pasado un buen tiempo desde que nos encontramos por última vez, Tino? —Andersen cruzó las piernas mientras que abrazaba al distraído noruego.

—Sí —asintió, con cierto temor —.En la calle, si no recuerdo mal.

—Siempre me pregunté porque no me has llamado —indagó, a pesar de saber que esa razón estaba sentada al lado del finlandés y ciertamente, lucía molesta.

—Ah, es que… —Se mordió el dedo, Tino no había pensado en alguna excusa para decirle al danés, así que estaba en aprietos. Prefirió comentarle lo primero que se le vino a la cabeza —.El trabajo, eso es. Mi jefe es un poco especial, así que he estado muy ocupado —rió nerviosamente.

—Sí, supongo que es así —Luego, se dio cuenta de que quizás había dicho algo demás.

—¿Conoces a mi jefe? —indagó curioso el finlandés al oír dicho comentario.

Berwald miró amenazadoramente a Andersen, el temor de que se le escapara algo mientras hablaba se estaba incrementando cada vez más. No obstante, a pesar de percibir el enojo del escandinavo, al danés no le importó. De hecho, parecía disfrutar por la forma en que el sueco apenas disimulaba su molestia. De lo único que se arrepentía era no haber pasado por allí antes.

—Es conocido en toda la ciudad —respondió para zafarse de esa situación tan incómoda.

—Ah, supongo que eso es cierto —contestó Tino.

—¿Por qué no traes unas copas y tomamos un poco? —sugirió Andersen, quien ya se estaba poniendo más cómodo a medida que pasaba el tiempo.

—Es tarde —comentó Lukas, jalando del brazo al hombre.

—Tiene razón —Berwald apoyó el comentario del otro.

—Siempre podemos tomar algo y luego pedir un taxi. Vamos, no sean aguafiestas —repitió el hombre, quien no se iba a dar por vencido hasta que el sueco cediera a su petición.

—¡Es cierto! —exclamó el finlandés, quien se había entusiasmado un poco con la visita, a pesar del cansancio.

A pesar de estar en desacuerdo con lo que estaba sucediendo, prefirió no discutir. Así que levantó y fue a la cocina. Se volteó antes de ir al mencionado lugar, ya que no estaba muy seguro de dejar a Tino solo con ese hombre. Sí, era cierto que le había hecho un enorme favor, pero eso no significaba que se haya ganado su confianza. Es más, desde ese día, estaba aguardando por el momento en el que iba a pagar por ello y supuso que había llegado.

Una vez que Andersen se aseguró que el sueco estaba al otro lado del piso, se sentó muy, muy cerca de Tino. Éste saltó hacia el otro lado, un poco asustado por la proximidad que había entre ambos. Lukas se limitó a observar la situación, no era de esos que sufrían de celos, así que no le importaba demasiado.

—Hay algo que deberías saber —dijo de manera sospechosa el danés.

—¿De qué hablas? —Tino estaba un poco temeroso al tener a ese hombre tan cerca y mucho más ahora que había dicho semejante cosa.

—¿Te has preguntado qué hace tu compañero mientras tú no estás?

—Um, supongo que trabajar —respondió el muchacho, que estaba extrañado por la dirección en la que iba aquella conversación.

—Vaya, se nota que no hay confianza entre ustedes no. Bueno, ¿sabías que ha ido un par de veces al bar para encontrarse conmigo? Al mediodía, claro está —comentó Andersen, con cierto aire de superioridad.

—Ah… —Tino no sabía qué decir al respecto ya que lo había tomado por sorpresa.

—¡Y me reveló tantas cosas!

—Supongo que eso está bien —Quiso poner su mejor cara, pero sentía curiosidad por saber a qué se estaba refiriendo.

Antes de que el visitante pudiera decir algo más, Berwald apareció con las copas. Se había tardado un poco más de lo espero ya que no recordaba con exactitud en dónde las había guardado y además, había estado pensando en cuál sería la trampa que le estaba tendiendo el danés. Sin embargo, al darse cuenta de que había dejado mucho tiempo solo al finlandés, se apresuró.

El resto de la noche transcurrió sin más problemas. No pasó mucho tiempo para que el danés se excusara y se retirara, ya que había hecho lo que quería: Sembrar la duda en Tino. Y bien que lo había hecho, pues éste se quedó pensando en todo lo que había dicho aquel.-


¿Extrañan a Iván? Pronto regresará :3

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