Todos los personajes pertenecen a Hidekazu Himaruya, sin ánimos de lucro.

Quiero agradecer los comentarios de: Hitomi Unii-chan, ShinigamiRuki, Linda 4257 y dani.


XXXII

Después de que Andersen y Lukas se hubieran retirado del piso, Berwald suspiró aliviado. Al menos, ya se había ido y no podría causar ningún mal. Eso fue lo que creyó, pues ignoraba por completo lo que el primero había hecho mientras estaba en la cocina. Una vez que llaveó la puerta, para evitar que aquel hombre volviese a entrar, ocupó su lugar de siempre en el sofá, al lado de Tino.

Sin embargo, en el momento que pudo sentarse, el finlandés no tardó en levantarse. La verdad era que no podía dejar de pensar en lo que el hombre le había dicho hacía unos momentos y se preguntaba si había algo entre ambos que ignoraba. Estaba ligeramente molesto, no podía enojarse pero tampoco podía estar celebrando por la noticia que le había dado el otro nórdico.

¿Qué era lo que ese hombre que estaba a su lado le estaba ocultando? Más que esa pequeña molestia que le hincaba en el interior, estaba triste. Triste porque había pensado que entre ambos había la suficiente confianza. No podía estar ahí como si nada, pero tampoco podía acusarle. Lo único que creyó conveniente dentro de ese remolino fue irse a la cama de manera inmediata.

—¿Quieres ir a cenar? —preguntó Berwald, malinterpretando la acción del muchacho.

—No, la verdad es que… —A pesar de que estaba mintiendo, necesitaba un tiempo a solas para descifrar qué realmente pensaba sobre lo que había descubierto esa noche —. La verdad es que estoy cansado —rió nerviosamente —, así que quiero acostarme.

El sueco quiso detener a su compañero de habitación, pues le parecía un tanto extraño. Prefirió averiguarlo allí mismo, para saber si había un buen motivo para preocuparse o por el contrario, era simplemente el cansancio que estaba ganando a Tino. Se estiró un poco y agarró con relativa facilidad el brazo de aquel. Éste enseguida se volteó.

—¿Qué sucede? —indagó el finés, quien estaba ansioso por ir a la cama.

—Lo mismo pregunto —contestó el hombre, que miró directamente a los ojos pardos del otro.

—¿Eh? ¿A qué te refieres?

—¿Te pasa algo? Luces algo apresurado… —comentó éste, cuidando muchísimo las palabras que pronunciaba, no sea que ofendiera al muchacho o algo por el estilo.

—No, no es nada —negó a la velocidad de la luz y se soltó del escandinavo —. Sólo necesito descansar, ha sido un día duro, ¿sabes?

—Está bien —Dejó ir al finlandés, aunque aquella respuesta no le había satisfecho demasiado.

Observó la rapidez con la cual entró a la habitación. Tal vez sí había sucedido algo durante su ausencia, pues no hallaba otro motivo para que la alegría de Tino hubiera desaparecido tan velozmente. Estaba pensándolo demasiado así que se recostó por el sofá, siempre sin despegar su mirada hacia el pasillo. Como quería saber qué era lo que estaba pasando por la cabeza del finlandés en ese preciso instante.

Prefirió dejar el asunto para el fin de semana, quizás podría llevarle a algún lado de la ciudad para conversar tranquilamente. Sí, eso era lo que debía hacer. Aunque, en ese momento, recordó los libros que tenía debajo de su cama. Con un poco de ayuda por parte de la lectura instructiva, podría quitar esa seriedad que se había apoderado de Tino y cambiarla por una sonrisa. Sólo esperaba que no hubiese ningún impedimento para ello.

Mientras tanto, a unos pocos metros de distancia, el finlandés había agarrado su manta, tapado y girado hacia la pared. Estaba demasiado confundido como para tener un solo pensamiento sensato. Por primera vez en toda su vida, había sentido eso que los demás llamaban "celos". No entendía realmente por qué se sintió tan mal al escuchar esas palabras, eran solamente amigos y nada más. O por lo menos, hasta donde él sabía.

Tal vez estaba exagerando demasiado por todo ese asunto. De todas maneras, el sueco era su amigo y nada más. Podía hacer lo que se le diera la gana, sin consultarle en lo más mínimo. Eso es lo que debía pensar o lo que intentaba. Mas, no podía evitar sentirse de esa manera. Quería que el otro aprendiese a confiar más en él, así como lo había hecho él. A duras penas, pero lo había logrado.

Dejaría que viniese el día siguiente para decidir que realmente iba a hacer al respecto. Sin embargo, deseaba estar completamente equivocado con lo que había entendido, que simplemente había sido un truco de su mente.

Al cabo de media hora, Berwald ingresó a la habitación. Tampoco tenía mucho apetito, así que fue directamente al dormitorio. Volvió a fijarse en el muchacho. Tenía la esperanza de que fuera lo que fuera que Andersen le hubiera comentado, no se tratara de algo tan grave y que pudiera realmente corregirse.

El par de días que pasaron después de aquel incidente podrían describirse como raros. Se podía notar a kilómetros la tensión entre ambos, Tino procuraba mantenerse al margen del otro hasta que pudiera decidir algo bien concreto, mientras que Berwald intentaba inútilmente acercarse al primero, pero éste siempre hallaba alguna excusa para no mantener una conversación muy larga. El sueco no tuvo ninguna duda más, sabía que cierto danés había ocasionado ese problema.

Lo que él desconocía era que por dentro, el muchacho se sentía más que mal. Su curiosidad se había incrementado con el paso de los días, ya que todavía no sabía cuál era la exacta relación entre esos dos que alguna vez compartieron el mismo techo. Tampoco entendía por qué Berwald no le había mencionado nada al respecto, si es que se trataba de un almuerzo como cualquier otro. Y esta última idea era la responsable de los mareos que padecía Tino, pues no se le ocurría otra razón más que la que ambos estaban ocultando una relación o algo por el estilo.

Durante el almuerzo de aquel viernes, Tino lucía bastante distraído y no fue pasado desapercibido por Eduard. Es más, desde el día anterior había notado que el finlandés andaba un poco cabizbajo, como si hubiera recibido una terrible noticia. Sin embargo, parecía luchar con aquello, pues trataba de aparentar con una sonrisa fingida. Pero, para ser franco, cualquiera conociera un poco al muchacho, sabría que era falsa.

Si bien había decidido esperar por el finlandés, para que le comentara qué le estaba sucediendo, estaba empezando a preocuparse. No era ningún malestar pasajero, realmente había algo que estaba enturbiando la mente de su actual compañero de trabajo. Era hora de actuar, así que le tocó varias veces la mano hasta que finalmente el otro reaccionó.

—¿Eh, qué ocurre?

—Tino, ¿qué es lo que te está pasando? Parece que estás en la luna —comentó el báltico, aprovechando que ahora ya tenía la atención del finés.

—No, no es nada —negó enseguida.

—Puedes confiar en mí. Me preocupas realmente —Eduard soltó el tenedor y se sentó al lado del rubio.

—Bueno… —No tenía por qué mantener en secreto lo que había ocurrido. Quizás sería mejor si lo hablara con alguien ajeno a toda esa situación y conseguir una opinión más objetiva para la situación que estaba enfrentando.

Después de contarle con todo el lujo de detalles, el muchacho se quedó callado. Estuvo en silencio por unos momentos, mientras que Tino lo miraba atentamente. Éste estaba algo nervioso, seguía pensando que tal vez había exagerado o que había escuchado mal lo que el danés le había dicho unas noches antes.

—¿Así que apareció sin ningún aviso? —Eduard acarició su mentón, tratando de buscar una posible solución.

—Sí. Hasta donde yo sé, Berwald estaba tan sorprendido como yo —opinó mientras que intentaba recordar todo lo que había ocurrido.

—Quizás solamente hayan ido a almorzar para arreglar algunos asuntos. Después de todo, solían vivir juntos —contestó el báltico, quien quería consolar como podía al finlandés.

Tino ya había considerado esa posibilidad, pero si hubiera sido eso nada más, entonces el sueco no debió ocultarle lo que había hecho. Esta idea era lo que le estaba carcomiendo la cabeza.

—Entonces, ¿por qué no me lo dijo?

—Todos tenemos nuestros secretos. Tal vez, no le pareció relevante —explicó éste pero por más que lo intentaba, podía ver todavía la preocupación en el rostro del finlandés —. De todas maneras, ¿por qué no le has preguntado a Berwald directamente? Creo que te podrías sacar las dudas…

—¡No! —exclamó enseguida. No pensaba recurrir a él, al menos, todavía no.

Al darse cuenta que esa posibilidad fue rechazada con mucha prontitud, Eduard se puso a pensar en algo más. Bueno, había otra salida para esa situación. No obstante, no estaba seguro acerca de su eficacia o siquiera si Tino se animaría a hacerlo. Pero tenía bien claro que era la única opción que podría tener el muchacho si tanto ansiaba conocer la verdad.

—Sólo puedes hacer una cosa más… —Se ajustó los lentes y luego, miró directamente a los ojos pardos del finés.

—¿Qué es eso? —indagó.

—Llama a Andersen —respondió secamente.

Mientras que todo eso ocurría, en el apartamento que compartían los dos nórdicos Berwald se había puesto en la tarea de leer cada uno de los libros que había comprado. Sin hacer mucho ruido, fue sacando uno a uno de su escondite y luego, se recostó en el sofá. De esa forma, si Tino aparecía repentinamente, podía tirarlo debajo del mueble y problema resuelto.

Tenía que hacer aquella salida inolvidable para ambos. De sólo pensarlo, se ponía algo nervioso. Nunca se había molestado en tener un detalle como ése por alguien más, así que debía asegurarse de que resultara perfecto. Quería que Tino volviese a su estado anímico normal y haría todo lo que estuviera en su poder para lograrlo.

Esperaba que no lo rechazara, pues eso complicaría un poco la situación. Por una vez, le gustaría saber qué era lo que el finlandés realmente pensaba de él. Había momentos en los que parecía estar muy cómodo con él y en otros, estaba tan tieso como madera. A pesar de los meses que habían transcurrido desde que se había mudado al piso, todavía no podía adivinar las acciones de él.

Sin embargo, sí de algo estaba seguro, era que haría hasta lo imposible para hacerle sonreír. El cómo no importaba, tenía ese único objetivo en la mente.

Al llegar el finlandés, Berwald se paró enfrente de él para que no pudiera escaparse. Tino recordó lo intimidante qué podía ser el sueco, sobre todo al tenerlo tan de cerca. A pesar de esto, trató de disimular el temblor de sus piernas. Estaba bastante desconcertado pro la conducta del escandinavo, ¿acaso estaba enojado con él o algo por el estilo?

—Tino —dijo repentinamente, cortando el silencio que reinaba en el piso.

—¿Berwald? —preguntó el otro, que miraba al suelo para no sentirse así.

El sueco estaba algo nervioso, pedirle a salir al finlandés había resultado más difícil de lo que había visualizado en su mente. Pero a pesar de lo que estaba sintiendo en ese mismo instante, sabía que debía llevarlo a cabo.

—¿Sucede algo? —Tino seguía sin comprender qué era lo que quería el hombre. Todos esos sentimientos que había tratado de olvidar en esos días, habían regresado de manera abrupta. ¿Por qué estaba tan cerca de él?

—Bueno… —Sentía como el sudor recorría su espalda —¿Quieres salir mañana?

—¿Eh? —El muchacho se quedó callado, no sabía que decir al respecto.

—Pensé que… —Procuró dar una buena explicación para esa pregunta —. Podríamos distraernos…

—¡Sí! —exclamó casi sin dudarlo. A pesar de sus cuestionamientos, soltó rápidamente la respuesta.

—¿De verdad? —Tenía que asegurarse de que había oído bien.

—Sí, creo que sería bueno… —respondió el muchacho y el otro, enseguida se separó.

—Gracias —Dado que estaba empapado de sudor, se retiró al baño.

Sabía que solamente había una manera de saber lo que quería. Era la única salida que tenía, en vista que el sueco no se lo iba a explicar. No quería hacerlo, de verdad que no. Pero necesitaba saber más detalles, era urgente. Quería poder respirar tranquilo otra vez, creer que eran solamente amigos y dejar de lado esos estúpidos sentimientos de inseguridad de una vez por todas.

Se armó de valor y mientras que el sueco estaba en el baño, fue en busca del número de Andersen. Aunque no confiaba del todo en sus palabras, quería oír lo que tenía por decir. Y escuchar la confirmación de que no sucedía nada entre ambos, que había sido una jugarreta bastante mala de su parte. Era su única esperanza para desatar ese nudo que el mismo danés había creado.


¡Gracias por leer!