Los personajes de OUAT no me pertenecen
(Adaptación)
Disculpen el no actualizar antes y espero que aun haya gente que me lea aun
Las dejo leer no sin antes recomendarles algunas muy buenas escritoras por acá fanclere con historias muy originales, franchiulla con muy buenas traducciones, The Little Phoenix para aquellas que le gusta lo sexoso
Disculpen los errores
DISFRUTEN DEL CAPITULO
Capítulo veintiseis
Los hados querían disculparse con ellas o compensarlas por los sinsabores, pues el día siguiente amaneció cálido y despejado, ideal para el trayecto de seis horas en ferry desde Portsmouth a Caen.
Estaban de excelente humor y, siguiendo la tradición familiar de diversión en vacaciones, cantaron con entusiasmo mientras recorrían la autopista hasta la terminal del ferry. En ocasiones así, sobre todo cuando brilla el sol, es como si Pleasantville cobrara forma; a medida que se acercaban a la costa y a las colinas calcáreas, las flores silvestres salpicaban los arcenes y la gente parecía sonreír más. Llegaron con tiempo de sobra y, como estaban al principio de la cola, embarcaron enseguida y se instalaron en el camarote. Tras dejar las maletas que llevaban, subieron a cubierta para contemplar Portsmouth y cómo desaparecía Inglaterra mientras se deslizaban hacia el Canal. Observaban la luz reflejada en el oleaje, interrumpida sólo por las gaviotas que seguían el rastro del ferry, cuando Regina rompió el silencioso hechizo:
—¿No te parece que deberíamos ir a comer algo antes de que haya demasiada gente? Luego podemos dar una vuelta por el barco o tumbarnos en el camarote.
—Una idea espléndida. Tengo un poco de hambre.
En el comedor había sitio: la gente estaba explorando el barco o en el cine, donde se proyectaba una popular película de ciencia ficción. La cocina era una extraña mezcla de menú inglés y francés para complacer a la mayoría de los viajeros que cruzaban el Canal.
Ambas se rieron de las patatas fritas a la francesa, que en realidad eran patatas fritas a la inglesa, y de la ternera inglesa, que seguramente sería francesa debido al miedo de los últimos años a las patas y morros de ternera. Las dos escogieron la opción de la lasaña vegetariana.
—Supongo que, como eres vegetariana, tendré que acostumbrarme —señaló Regina—. Para variar, me vendrá bien hacer una dieta adecuada.
—¿Has conducido antes por el lado derecho de la carretera? —preguntó Emma mientras comían.
—No. Debo admitir que, aunque he conducido mucho por Inglaterra debido a mi trabajo, la idea de conducir por la derecha me atemoriza. —Hizo un gesto elocuente para ilustrar ese miedo.
Emma se rió.
—No te preocupes, cariño. Te ayudaré con los mapas. Es curioso. Cuando obtuve el carnet de conducir, unos amigos decidieron que fuéramos a Francia. Como la única que sabía conducir era yo, tuve que coger el toro por los cuernos, pero muchas carreteras francesas tienen carriles dobles, así que no resultó tan horrible como había pensado. Me pareció más complicado cuando regresamos a Inglaterra, no sé por qué.
—Espero acostumbrarme enseguida, pero por Dios te pido que me recuerdes el carril que debo tomar en los cruces de carretera y en las glorietas.
Después de una prolongada comida, recorrieron las cubiertas, recopilando información turística sobre las mejores rutas, visitando la tienda libre de impuestos y la de periódicos.
Compraron una botella de aguardiente de melocotón para las vacaciones, pero no las tentaron ni los perfumes ni los accesorios. Emma señaló uno de los escaparates.
—Cuando era una chiquilla, durante el viaje de ida y vuelta a Oriente Medio, las azafatas de la British Airways ofrecían productos similares en carritos.
Es una de las cosas que no han cambiado. Apuesto a que siguen vendiendo los mismos artículos. Seguro que, si miramos, encontraremos el consabido perfume Muelhens 4711, pañuelos de Hermes con escenas de Londres y frascos de pasta de anchoas en las estanterías —bromeó Emma.
—Ríete, pero veo la colonia 4711 y los pañuelos de Hermes desde aquí —se rió Regina—. ¿Bajamos al camarote o prefieres seguir paseando?
—No, bajemos. Me apetece acostarme.
Los camarotes eran funcionales, con dos literas y un pequeño baño con ducha. Para no arrugar la ropa, se quedaron en ropa interior antes de acostarse.
—Estoy bastante cansada —comentó Regina—, pero seguramente no podré dormir si no te tengo cerca. Ven a compartir mi litera, camarada de a bordo.
—Creí que no me lo ibas a pedir nunca, capitana —se quejó Emma, bajando de su litera y acurrucándose junto a Regina, con el brazo escayolado apoyado en la pared del camarote.
Regina se agazapó a su lado, enredando una pierna en la de Emma y poniendo un brazo sobre su estómago. Apoyó la cabeza en el hueco del codo de Emma y, a continuación, su aliento adoptó un ritmo estable sobre su pecho. No tardó mucho en dormirse, con el rostro relajado y radiante. Emma sabía que nunca descubriría todas las maravillas de aquella mujer excepcional, pero iba a disfrutar localizando cada lunar y las debilidades de aquel cuerpo. Examinó el brazo de Regina, con su vello y la piel cremosa y rosada, que se curvaba en la delicada muñeca y se prolongaba en los largos dedos. Aquellos dedos poseían la magia de dominar un lápiz artístico con el mismo cuidado y precisa atención con que recorrían, seductoramente, la arquitectura de Emma, moldeando sus nudosos músculos hasta convertirlos en carne maleable. Luego, la carne maleable se volvía líquido ondeante que erizaba sus sentidos y los llevaba hasta una cima que coronaba entre espasmos y tensiones.
Cuando el zumbido monótono y vibrante de los motores del ferry aumentó de forma casi imperceptible, Regina se movió y su morena trenza francesa se deslizó sobre el hombro de Emma, que percibió el fresco aroma a champú de su cabello y le dio un rápido beso. Luego, dejó que sus ojos resbalasen sobre la ondulación del pecho de Regina, que se elevaba y descendía rítmicamente bajo el algodón blanco del sujetador. La maravillaban los pechos de Regina. Entendía que a los hombres les fascinasen tanto los pechos después de disfrutar de los de Regina.
Su ideal era cuando se acostaban juntas, una encima de la otra, de forma que sus cuerpos encajaban uno en el otro y sus pechos coincidían. Abrazó a Regina estrechamente, como si al hacerlo se convirtiese en parte de ella y le permitiese experimentar parte del intenso amor que sentía hacia ella.
Volvió la cabeza, apoyó la mejilla en el pelo de Regina y, al poco rato, el meneo del barco entrecerró sus ojos y se hundió en el sueño entre imágenes de ésta.
El ruido repentino de voces que pasaban ante el camarote despertó a Regina, que alzó el brazo con cuidado para mirar su reloj. Era hora de tomar un café con pastas danesas antes de llegar a Ouistreham. Sin saber que Emma la había observado antes, dejó que sus ojos se deslizasen sobre la cara inocente e indefensa de su amante. La piel de Emma, como la de muchas rubias, tenía un pálido tono alabastrino que contribuía a darle aquel aire tan delicado. El sujetador azul pastel la realzaba, dándole casi la apariencia de fragilidad y belleza de una porcelana de Wedgwood. Regina reparó en los deliciosos pezones de Emma, que presionaban el vaporoso tejido, aunque no estaban erectos. Con gesto travieso, rozó uno a ver si podía excitarlo. Como no lo consiguió, valiéndose de la uña del dedo corazón apretó el tejido y el pezón se hinchó enseguida.
—¿Qué estás haciendo, mujer perversa? —La voz de Emma tenía el tono gutural de quien acaba de despertarse.
—Ascendiendo al Everest sin un sherpa —respondió Regina con una sonrisa juguetona.
—Me parece bien siempre que prescindas de tus crampones —repuso Emma—. Además, con mis pezones, seguro que me parezco más al Eiger que al Everest.
—¡Sea cual sea la cumbre, es un placer coronarla!
Tras tomar café y comer algo, permanecieron en la cubierta viendo cómo se aproximaban a Ouistreham.
Aunque Emma había cruzado el Canal por el túnel, que era más rápido, prefería la opción del ferry. Le parecía que en verdad viajaba a otro país cuando se desplazaba por mar. Había cierta emoción en ver cómo un país desaparecía y surgía otro. En el túnel, sin la vista del mar, no se tenía la misma sensación de transición. Mientras contemplaba la tranquila ciudad y la limpia extensión de las playas, imaginaba las escenas de carnicería que habían tenido lugar en aquellas costas durante el desembarco de los aliados el día D. Emma había visto a soldados veteranos con sus uniformes cubiertos de medallas en Portsmouth, peregrinando por lugares que seguramente se alegraban de no reconocer. Al fin y al cabo, muchos de sus colegas habían caído por un mundo mejor, una vida mejor.
