Los personajes de OUAT no me pertenecen
(Adaptación)
Por fin!
Lo se me tomo mucho tiempo volver a retomar esto, pero si todo sale bien todos los lunes estaré por acá actualizando, gracias a los que leen esto después de tanto tiempo ausente
Disculpen los errores
Las dejo leer no sin antes recomendarles algunas muy buenas escritoras por acá fanclere con historias muy originales, franchiulla con muy buenas traduccionesy se ha animado ha publicar una historia de su autoría muy buena , The Little Phoenix para aquellas que le gusta lo sexoso y MaryMontoya17 buena amiga y autora de una muy buena historia en proceso
DISFRUTEN DEL CAPITULO
Capítulo veintisiete
A pesar de las reservas de Regina sobre la conducción por Francia, tras un tropiezo inicial y unas cuantas vueltas en torno a una glorieta, cobró confianza y encontraron el hotel con relativa facilidad. El aire del mar no les sirvió de gran ayuda, porque estaban cansadas cuando llegaron al hotel. Tras comer rápidamente y bañarse, sin compartir la experiencia pues el lugar era demasiado pequeño, escogieron la cama más cómoda de las dos que había en la habitación y se acurrucaron en ella. Emma calculó que tardarían diez o doce horas en llegar a Villenueve-surLot desde Caen, así que procuraron levantarse temprano para partir a primera hora.
Cuando salieron del hotel se encontraron con un claro cielo azul y, satisfechas, emprendieron el viaje en coche por la parte occidental de Francia a través de carreteras de peaje bastante vacías. Como suele ocurrir en los viajes largos en coche, aquél transcurrió en una prolongada nube de canciones, desvíos, paradas para ir al cuarto de baño y distracciones ocasionales. Para Emma y Regina la distracción era la vista lejana del imponente Mont St. Michel, el puente increíblemente elevado de Nantes, los asombrosos campos llenos de girasoles cerca de Niort y las ordenadas hileras de viñedos de Burdeos. Cerca de su casa les sorprendió encontrar un Museo de la Ciruela Pasa y prometieron visitarlo por la novedad.
Cuando se aproximaron a la casita, su cansancio se disipó al ver lo pintoresca que era, del tipo de las que ilustran las cajas de bombones o que se utilizan en los rompecabezas. Detrás de la casa estaba la piscina, muy atrayente después de tanto tiempo sentadas, con una impresionante vista del valle desde el patio. La altura de la casa garantizaba la intimidad, y Emma y Regina intercambiaron expresivas miradas a espaldas de la dueña, la señora Martins, que era inglesa, lo cual agradecían ambas. Estaban demasiado agotadas para lidiar con los entresijos del sistema de filtros de la piscina en francés macarrónico, de modo que fue una bendición sortear la entrega de la casa con relativa facilidad. La señora Martins tenía el aspecto metódico de la esposa de un embajador retirado: escueta, eficiente y con un toque de excentricidad. Resaltó todos los detalles mientras recorrían la finca. El dormitorio más grande se asomaba a la piscina y al valle y recibía el sol de la mañana.
—Dormiremos en esta habitación — dijo Emma en cuanto la vio.
—¿No quieren habitaciones separadas, muchachas? —preguntó la señora Martins mirándolas por encima de las gafas.
—Sí, claro —se apresuró a afirmar Emma, reparando en su error—. Lo resolveremos después.
Regina miraba por la ventana sin pestañear, pero Emma sabía que se estaba riendo por la forma en que se movían sus hombros.
—Mi marido y yo vivimos a un kilómetro y medio siguiendo la carretera. Cuidado con las abejas. Seguramente las han visto cuando venían hacia aquí. Cualquier problema que tengan, dígannoslo. ¡Hasta luego! —Tan pronto como dijo las breves frases, se subió a una reliquia de bicicleta y pedaleó furiosamente por la suave cuesta que conducía a la carretera.
Las chicas observaron cómo sus hinchadas piernas desaparecían antes de derrumbarse entre carcajadas.
—Vamos, muchacha. Coge una bolsa. Vacía el coche. Hay cosas que hacer. Cuidado con las abejas —la imitó Emma entre risitas.
—Bueno, ¿con qué habitación te quedas? —bromeó Regina palpándose los costados, que le dolían.
—Seguramente es una espía del M15 y ha puesto micrófonos en todas las habitaciones —declaró Emma, con lágrimas de risa en los ojos.
—En ese caso, va a tener mucho de que informar —se burló Regina.
Repartieron las bolsas y las cajas por las habitaciones y decidieron que desharían el equipaje al día siguiente.
—Remojémonos en la piscina, y luego tomemos una ensalada con una botella de vino —sugirió Regina—. Nos vendría bien relajarnos, si te parece.
—Ni que me hubieras leído el pensamiento. Después de tanto conducir te mereces un buen descanso. Chapotearé un poco, y después haré la ensalada mientras disfrutas de esta maravillosa vista.
Regina se acercó a Emma por detrás y la rodeó con los brazos.
—¿A qué maravillosa vista te refieres? —murmuró al oído de Emma.
—Me sorprende que tengas que preguntar. A mí, por supuesto. —Fingió perplejidad—. ¡Oh, Regina! No creerías que hablaba del paisaje, ¿verdad?
Regina empezó a desabotonar la blusa de Emma.
—Vamos a ponerte un bañador, gatita sexual. ¡Está claro que necesitas refrescar ese ardor!
Regina tenía un atrevido biquini rojo que le daba un aspecto irresistible.
Emma pensó que ojalá ella tuviese el valor de ponerse uno, pero optaba por los bañadores deportivos y funcionales de una pieza. Para hacer ejercicios de natación eran los más prácticos, sobre todo cuando había que dar volteretas.
—Debería ser yo la que admirase la vista, Regina. Estás para comerte con ese biquini. Me siento como un pato a tu lado. —Estaba sentada en los escalones de la piscina, con el cuerpo sumergido hasta la cintura y la escayola apoyada en un flotador.
—¡Ah! Pero tú no necesitas un biquini para exhibir tu espléndida figura —dijo Regina lanzándose a la piscina. Como no era una nadadora experta, prefería el estilo de braza y mantenía la cabeza sobre el agua. El sol, a media tarde, empezaba a descender, y el agua de la piscina estaba fría, pero producía un agradable efecto sobre sus extremidades y músculos, agarrotados del viaje. Emma observó cómo nadaba su novia, sintiéndose inmensamente feliz. «Dos semanas así serán como estar en el cielo», pensó. Sólo lamentaba no poder nadar por causa de su brazo roto. Le habría gustado dar lecciones de natación a Regina.
Tras permanecer inactiva, el agua fría la agarrotó y optó por entrar en la casa, donde, con una mano, se las arregló para preparar una cena aceptable y llevarla al borde de la piscina. Después de comer, se pusieron a mirar los folletos turísticos que la señora Martins había dejado en una carpeta en el comedor, mientras bebían vino y clasificaban los lugares en la pila de «Sí, id ahí, muchachas» o en la de «¡Por Dios! Ni se os ocurra».
—¡Fíjate, Emma! Aquí está el Museo de la Ciruela Pasa que vimos antes, el Musée du Pruneau. En francés suena exótico. Creo que vale la pena que lo visitemos. ¿Vamos mañana después de deshacer el equipaje?
—Me parece bien, cariño —dijo Emma—. Es interesante. Esta semana Monflanquin, un pueblo fortificado del siglo XIII, celebra unas jornadas medievales con música, justas, artesanía y teatro. Todo el pueblo participa y se viste con trajes medievales. Suena estupendo. ¿Te gustaría ir?
—Por supuesto. Es algo diferente. Aunque ¡pobre del errante caballero que intente ganar tus favores!
Se acostaron relativamente temprano y a la mañana siguiente se despertaron tarde. Cuando Emma se despertó, encontró la habitación bañada en luz azul aciano, pues el sol se filtraba a través de las finas cortinas de algodón.
Se sintió dominada por la dicha y no pudo pasar sin inclinarse sobre Regina y darle un encendido beso en la oreja.
—Buenos días, tesoro. Fíjate en esta gloriosa mañana. Juraría que el sol ha penetrado en mi corazón de feliz que me siento.
Tras decir eso, saltó de la cama y retiró la cortina para que el sol entrase sin barreras. Desde el lugar que ocupaba Regina en la cama, veía la silueta del cuerpo desnudo de Emma, su atlética figura claramente definida por la luz.
—Vuelve a la cama, objeto sexual — ordenó Regina abriendo los brazos a modo de invitación.
El cuerpo de Emma, más frío tras haberse levantado, se tendió con cuidado junto a la cálida plenitud de Regina. Entre risitas, Emma frotó su naricilla contra la de Regina, y luego bañó sus labios con besos rápidos y húmedos.
—Dime cuánto me amas —preguntó —, y que sea más que a tu trabajo o te dejaré por la deseable señora Martins.
Regina se rió.
—¿Cómo diablos voy a competir con sus abejas? ¡Eres muy cruel!
—Vamos. Tú tienes tu precioso claro secreto en casa para competir con sus abejas. Conquista mi corazón para siempre y dime cuánto me amas.
La mención del claro junto a la torre le recordó a Regina el temible encuentro con Robin.
—¿Sabes, cariño? Cuando vi cómo te atacaba Robin y que no salías del coma, me quedé petrificada al pensar que había perdido a la única persona que significaba algo para mí nada más conocerla. Al principio no daba crédito. Cuando lo asimilé, me puse frenética.
Para ser sincera, si no te hubieras recuperado, no sé si habría tenido fuerzas para seguir adelante. Hace poco que te conozco, pero has cambiado totalmente mi vida. Antes el trabajo lo era todo para mí, y ahora es una distracción del tiempo que paso tengo bastante de ti. Quiero saber todo lo que hay que saber sobre ti, tocarte continuamente, estar contigo todo el tiempo. Así es como te amo.
Emma sopesó lo que acababa de oír.
—¡Hum! A ver, creo que eso casi supera a la señora Martins —se burló.
—Jovencita, recuerda que tienes un brazo enfermo que empeorará si sigues torturándome. Ahora te toca a ti. Dime por qué me amas.
Emma adoptó un aire reflexivo.
—Seré sincera y reconoceré que me desconcertó la fuerza de mis sentimientos hacia ti, incluso antes de saber cosas sobre ti. Tuve inquietantes fantasías en las que tú aparecías, que intenté suprimir en vano al principio.
Pero me habías causado una impresión muy poderosa. Me di cuenta de que no podía dejar de pensar en ti. Me resultaba odioso pensar que no podría verte o comunicarme contigo. Y, ahora, mi alma clama por ti continuamente. Sé que suena cursi, pero es cierto. ¿Nunca has tenido esa extraña sensación de querer tanto a alguien que deseas convertirte en esa persona, estar siempre junto a ella?
—Sí, supongo que eso es lo que intentaba explicar sin conseguirlo.
—Eso es lo que siento por ti. Me gusta tanto tu compañía que no quiero estar separada de ti mucho tiempo. Y tu cuerpo soberbio me resulta irresistible.
En cierto modo, eso es lo más extraño de nuestra relación. No creo que antes hubiese sentido atracción sexual por las mujeres. Nunca me había enamorado de ninguna. Pero de pronto apareces tú y casi inmediatamente experimento una fantasía sexual; y ahora sé que hacer el amor contigo es deliciosamente natural y placentero.
—Me interesa esa fantasía sexual. ¿De qué trataba? —preguntó Regina, claramente intrigada.
Emma se ruborizó.
—Fue la primera vez que te vi en el tren. Esa noche, mientras me duchaba, recordé tu sonrisa, lo sugerente y atractiva que era, y sin darme cuenta empecé a jugar conmigo misma.
—¿Cómo? — Preguntó Regina con voz ronca—. Enséñame lo que hiciste.
—¿Ahora? —repuso Emma, sabiendo de antemano la respuesta y que el juego ya había comenzado, pero incómoda en un primer momento.
—Sí, ahora, mi amor —respondió Regina. Su voz grave sonaba aún más grave y sensual.
Emma movió el brazo sano y empezó a acariciarse los pechos y a jugar con los pezones. Su vergüenza inicial se disipó y fue sustituida por una creciente sensación de reconfortante excitación. Mientras movía los dedos, le pareció muy estimulante que Regina la mirase, así que continuó felizmente, ya sin importarle, y se abandonó al deseo.
—Me estaba acariciando —jadeó Regina—, cuando de pronto pensé en tus preciosos labios rojos y brillantes sobre mi pezón.
—Sigue haciéndolo —indicó Regina.
Emma vio, a través de los ojos entreabiertos y nublados por el sexo, cómo Regina se deslizaba de la cama y cogía su barra de carmín en el tocador.
Enseguida se acercó a ella, con los labios tan relucientes como los ojos.
Emma gimió cuando Regina se arrodilló junto a ella y aplicó los labios al pezón hinchado y ávido de Emma, que percibió la cálida humedad de la boca de Regina mientras ésta recorría la longitud de sus grandes pezones y su areola, chupándolos y mordisqueándolos delicadamente con los dientes.
Cambió de tercio y continuó con el otro pezón de Emma, hasta que la joven pensó que iba a estallar de rigidez y calor. Buscó la mano de Regina, la guió y la apretó entre las piernas, donde los dedos de Regina resbalaron sobre los flujos de Emma. Ésta sentía el movimiento de Regina, pero no se atrevía a abrir los ojos por si perdía el punto de excitación que tensaba su cuerpo, aún lleno de líquido. Cuando creyó que sus sentidos habían alcanzado la cima, la lengua de Regina se deslizó sobre su clítoris, inundándola con un placer sin diluir de alto voltaje. Su aliento se convirtió en frenéticos jadeos, mientras la lengua y las manos de Regina la arrastraban a un nivel más elevado y efímero y su cuerpo se convulsionaba con involuntarios estremecimientos.
Cuando sus músculos se relajaron, su cuerpo se hundió, agotado, en el colchón; el cabello rubio cayó en cascada sobre la almohada, mientras su garganta emitía exhaustos gemidos.
—Eres deliciosa —dijo Regina con voz ronca, acomodándose a su lado y acariciando el brazo de Emma.
Levantó la otra mano y besó el almizcle de Emma, pegajoso en sus dedos—. Por eso te amo —afirmó—. Haría lo que fuera por ti.
