Todos los personajes pertenecen a Hidekazu Himaruya, sin ánimos de lucro.
Quiero agradecer los comentarios de: ShinigamiRiku, Hitomi Unii-chan, perritolabrador21 (¡Gracias por los ánimos!), Dani, kikyoyami8 y Serket Girgam.
XXXIV
Después de la declaración del sueco, le sucedió un largo silencio. Tino se había quedado con la boca abierta, porque de todas las cosas posibles que le pudo haber dicho, justamente tenía que ser eso. En realidad, no sabía si lo había oído bien o era simplemente una mala jugada de su imaginación. Se rascó la cabeza, no hallaba una respuesta adecuada. Por supuesto, sólo dijo lo primero que se le vino a la mente.
—Si esto es una broma, es bastante cruel —afirmó el muchacho, quien miraba fijamente a la reacción del sueco.
—Pero no lo es… —respondió el hombre, quien agarró la mano del finlandés con firmeza, tratando de asegurarle de que estaba hablando en serio.
—Yo no sé qué decir… —Le había tomado por sorpresa completamente, por lo que estaba tardando bastante en darse cuenta en lo que había pasado.
—Lo siento.
En ese preciso instante, al finlandés le pareció qué debería preguntarle sobre lo que Andersen le había dicho hacía unos días atrás. No quería que su corazón fuera roto, mas necesitaba asegurarse de que sus sospechas eran infundadas. Si Berwald estaba diciendo la verdad, entonces no tendría ningún problema en explicárselo. Sí, era una buena idea. Al menos, en teoría.
—Antes, quiero preguntarte algo… —dijo con un tono bastante bajo, como si estuviera avergonzado.
—¿Qué es? —Estaba dispuesto a resolver cualquier duda, pues no esperaba que de un momento a otro, el finlandés lo aceptara tan fácilmente.
—¿Por qué no me dijiste que saliste con Andersen un par de veces? ¿Tú y él…? —Miró hacia la arena, pues estaba simplemente expresando lo que hace días le había estado molestando. Claro que tenía miedo de que su compañero se enojara con él por desconfiar, mas prefería asegurarse de que lo había malentendido.
—No, nunca… —negó rápidamente. Ahora tenía unas ganas de liquidar con el danés, pero no era el momento. Respiró profundamente, explicar dicha situación no era algo que había previsto. Sin embargo, si quería que el finlandés creyera en sus palabras, debía comenzar desde el principio —. Me estaba ayudando…
—¿Y por qué no me lo dijiste?
—Tú venías del trabajo cansado… —A partir de allí, el escandinavo empezó a explicarle toda la situación. De vez en cuando, observaba con mucha atención cuál era la respuesta de Tino. Éste se limitaba a escucharle, a veces sobresaltado y otras, lucía como si le comprendiera.
Tino necesitaba un poco más información. Aunque le hubiera contado básicamente todo lo que había ocurrido, había una duda más que aún le perseguía. Ya se lo había negado una vez, pero necesitaba que lo repitiese para sentirse completamente bien al respecto.
Berwald estaba observando atentamente la expresión en el rostro del finlandés. Se percató que no estaba cien por ciento convencido de lo que le había comentado. No lo culpaba, pues si hubiera estado en la posición de aquel, hubiera pensado lo mismo. Respiró profundamente, estaba listo para contestar cualquier cuestionamiento del finlandés.
—Hay algo que quiero que me vuelvas a contestar… —explicó éste, sintiendo algo de pena por poner preguntar tanto.
—¿Qué es?
—Entonces, ¿no sales de ninguna manera con Andersen? ¿No te interesa o algo por el estilo? —Escondió su rostro detrás de una toalla, luego de las preguntas. Pensaba que era un completo estúpido por desconfiar de esa manera, pero era algo que le resultaba inevitable.
Le pareció un poco chocante, mas el sueco simplemente trató de comprender de dónde venían esas inseguridades. Tomó la mano del finlandés, quien seguía escondido o al menos, lo intentaba estarlo.
—Tino… —Agarró toda la valentía para poder decirlo y de esa forma, que el finlandés lo entendiera de una vez —.Estoy enamorado de ti desde hace tiempo. No me interesa nadie más.
El muchacho sacó la toalla que estaba tapando su rostro. Se resistió un poco, pero no pudo evitar sonreír en ese preciso instante. Era lo que precisamente quería escuchar y esa sensación después de haberlo oído, no se la quitaba nadie. No creyó nunca que esas palabras podrían ser pronunciadas por el hombre y ahora que lo había hecho, era un sentimiento que nunca antes había podido experimentar.
Aunque estaba un poco molesto por el hecho de que el sueco no le hubiese mencionado esos hechos en lo absoluto, le era imposible enojarse. Después de todo, también fue su culpa. Si le hubiese comentado el problema con su jefe y lo incómodo que le resultaba estar cerca de ese hombre, nada de eso hubiera pasado. Y la verdad es que tal vez hubiera hecho algo parecido, si la situación se hubiera dado al revés.
—Sólo estaba preocupado… —terminó de decir el hombre, con bastante pena —. Lo siento…
—También es mi culpa, así que no te sientas mal —sonrió el muchacho, tratando de consolar al otro —. Quería solucionar el asunto por mis propios medios, así que no quise decirte nada. ¡Además, siempre te estoy molestando! —exclamó para justificarse.
—No me molestas —aclaró en segundos —. Si no sientes lo mismo, lo entiendo…
Tino reaccionó de inmediato. Levantó la cabeza y miró directamente al sueco, totalmente colorado. Hacía apenas un par de días que se había dado cuenta de que estaba enamorado de él. Sabía que era el momento perfecto para contárselo, pese a que el miedo le estaba haciendo temblar cual gelatina. Dejó escapar un suspiro y ya estaba listo para hacerlo.
—Yo… —dijo algo en voz tan baja que resultó inaudible al sueco.
—¿Qué? —preguntó, pues el muchacho se había puesto tan tímido que ni siquiera pudo entender qué había contestado.
—¡Estoy nervioso! Lo siento… Lo que quise decir es que… Bueno, yo…—se puso a balbucear y luego recordó qué se suponía que estaba respondiendo, así que se apresuró —. Yo también te amo… —Quiso esconder su rostro, ya que el sueco le estaba prestando toda su atención.
Sin embargo, sintió que una de las manos del escandinavo levantaba su rostro. Sin darse cuenta antes, tenía al hombre demasiado cerca de él. Parecía dudar de lo que quería hacer, por momentos se quedaba meditando. Finalmente, había tomado la decisión que iba a determinar el rumbo de la relación entre ambos. Aunque quisiera hacerlo, Tino no podía moverse. Simplemente se había quedado estupefacto, aguardando por el sueco.
Lo siguiente de lo que notó fue el roce de los dedos de Berwald sobre su rostro.
—Yo… —No sabía si lanzarse o pedírselo. Realmente estaba dudando en ese preciso instante y no era que lo estaba disimulando demasiado bien.
Antes de que pudiera añadir algo más, sintió los labios de Tino encima de los suyos. Ahora era el sueco quién estaba desconcertado y que no sabía muy bien qué estaba sucediendo. Podía sentir la palpitación del otro, era obvio que estaba nervioso. Aun así, no lo había pensado demasiado, simplemente se había lanzado en busca de ese beso.
El sueco acarició el rostro del muchacho mientras que éste tomaba firmemente su otra mano. La verdad es que lo único que estaba pasando por la cabeza de Berwald era el arrepentimiento de no haberse animado de hacerlo antes. ¿Cómo había podido estar todo ese tiempo sin probar los labios del finlandés? Pero ahora ya no había vuelta atrás. Solamente quería disfrutar de ése momento en particular.
Repentinamente, el finlandés se levantó algo espantado. Se movía de un lado a otro, como si algo le estuviera manipulando. Trataba sacar algo pero parecía que no alcanzaba y eso le molestaba demasiado. El resto de la gente lo observaba con mucha atención, ya que creyeron que se había vuelto loco.
—¡Tino! —levantó un poco la voz, para llamar la atención del muchacho que no podía dejar de moverse.
—¡Ay! —se quejó éste, sin responder nada más. Estaba demasiado incómodo, algo había entrado en sus pantalones y ahora había subido en su espalda.
—Espera… —Berwald alcanzó con un movimiento de la mano al inquieto joven.
—¡¿Podrías sacármelo de una vez? —se quejó Tino, mientras que sentía cómo las patas del bicho se movían por su espalda, dándole una horrible sensación de escalofríos.
El escandinavo examinó por un rato la camisa del finés y luego, la levantó pronto. Encontró una araña que nadie pudo saber de dónde provenía y se la sacó tan rápido como le fue posible. La puso por uno de esos troncos muertos que abundan en la playa, para después ir a ver a su nueva pareja.
Tino se había arrojado sobre la toalla extendida, con bastante alivio. Estaba por de más relajado, ahora que ya no estaba ese molesto arácnido sobre su espalda.
—¿Estás bien? —preguntó el sueco, aunque con la expresión del muchacho ya sabía la respuesta de antemano.
—¡Sí! ¡Gracias! —se arrojó sin dudarlo un segundo sobre los brazos del hombre —. No sé qué haría sin ti, sinceramente… —comentó sonrojado pero bastante contento.
—Yo tampoco —contestó mientras que zarandeaba el cabello de Tino.
Después se separaron por un rato, para poder respirar un poco. En ese momento, a Tino se le ocurrió una idea. No quería desaprovechar la oportunidad de estar en la playa y pensó que sería bastante divertido. Se levantó y se quitó la camisa, lo cual dejó algo perplejo al sueco. Se quitó los zapatos y se remangó los pantalones.
—¿Qué ocurre? —indagó el otro que aún estaba sentado sobre la toalla.
—¡Vamos a meternos en el agua! —Y como si fuera un niño pequeño, salió corriendo hasta que consiguió sentir las pequeñas olas que se formaban en la costa. Hacía un tiempo que no se sentía tan bien como en esa oportunidad, parecía que sus problemas habían desaparecido por arte de magia.
Chapoteó un rato mientras que disfrutaba de la fresca brisa que le ofrecía el paisaje. Se alegraba de que nada de lo que él pensaba tuviera razón de ser y no tenía nada de qué preocuparse. No podía estar más contento con la elección del sueco, sin duda era una salida de la cual nunca se olvidaría. Estuvo jugando solo por un rato hasta que sintió dos manos que rodeaban su cadera.
No se asustó ya que le resultaron bastante familiares. Se dio vuelta de inmediato y se encontró con Berwald, quien le había seguido. Otra vez, sentía su corazón palpitar a todo lo que daba pero ya no le importaba, no tenía más que ocultarlo. Abrazó al hombre, a quien pudo observarle una sonrisa. Evidentemente, no era el único que estaba feliz con lo que había ocurrido.
Esta vez, Berwald no tuvo ninguna duda y se arrimó a los labios del finlandés. Simplemente quería que esa sensación cálida recorriera otra vez su cuerpo. Tino colocó sus dos brazos alrededor del hombre de aquel, con bastante seguridad. El sueco iba tocando con delicadeza la espalda desnuda y mojada del muchacho, como si estuviera necesitándolo para recordar que no era un sueño.
—¿Estás contento? —indagó el hombre luego.
—¿Por qué no habría de estarlo? Ha salido todo tan inesperadamente… —Miró el agua que reflejaba la luz de la luna —. De verdad, muchas gracias —esbozó una enorme sonrisa.
—De nada —Observó a su alrededor. Sin notarlo, el tiempo había pasado tan rápido que ya era de noche
—Entonces, ya somos… Bueno, sabes a lo qué me refiero —Le daba una extraña sensación pronunciar cierta palabra, así que prefirió que el otro la adivinara.
—Depende —contestó el sueco, quien dejó al otro a la deriva —. ¿Es lo qué quieres?
Tino estaba realmente confundido. Berwald había evitado también la dichosa palabra, así que se volvió ligeramente incómoda la situación. Estaban en la costa, agarrados de la mano, pero sin poder definir cuál era la situación en la que se hallaban en ese preciso instante.
Después de un rato, el sueco decidió asumir la responsabilidad de todo el asunto. Después de todo, había sido él quién había sacado el tema a flote.
—¿Quieres ser…? —El hombre se detuvo, pues ya se entendía a dónde iba con la pregunta.
—¡Claro! —Enseguida se dio cuenta de su impulsividad, por lo que trató de moderarse un poco —. Estaría bien —respondió con una pequeña sonrisa.
Regresaron a la costa y dado que Tino era quien estaba el que estaba más mojado, Berwald le dio la toalla extra que había puesto en el bolso. Era el momento de regresar al apartamento, pues el muchacho comenzaba a sentir bastante frío y el sueco no quería que tuviese un resfriado por su culpa. Recogió todo y se pusieron en marcha, hasta llegar a la salida de la playa.
El sueco se paró allí, para la sorpresa del finlandés.
—¿Se cayó algo? —indagó, ya que no hallaba otra razón para que se detuviera.
—¿Podrías darme tu mano? —le pidió el hombre, quien estaba feliz por lo que había ocurrido y no tenía ningún problema en demostrárselo al resto.
—¿Eh? —Luego entendió a qué se refería —¡Por supuesto!
Si bien el viaje de marcha era igual de largo que antes, Tino estaba con mucha más energía. A pesar de estar cansado, no lo aparentaba. Había sido una velada por demás maravillosa, así que tenía bastantes motivos para estar tan contento. Ni en sus más locos sueños, hubiera podido recrear lo que había sucedido hacía un par de horas atrás. Y no le importaba.
Sus problemas en el trabajo habían desaparecido por completo gracias a la sensación que le invadía en ese momento. Iban caminando bien cerca el uno del otro, cualquier rastro de incomodidad se había evaporado. Nadie podría sospechar que solamente hacía unas horas que estaban juntos oficialmente.
Alquilaron por un par de dvd's para ver el fin de semana, ya que el finlandés quería aprovechar el domingo para descansar y no salir del apartamento. Y al sueco se le ocurrió que una buena forma para no aburrirse era ver un par de películas desde la comodidad de su sofá, sin tener que vestirse para ir al cine o soportar a gente que interrumpe sin ninguna consideración los filmes.
Luego se dirigieron directamente hacia su piso. Ambos estaban agotados, había sido una jornada bastante emocional para ambos y sólo podían ver la cama en su mente.
—Creo que iré a darme un baño caliente antes de acostarme —opinó el finlandés, pues todavía tenía unas cuantas gotas que le caían en su espalda.
—Buena idea —opinó el otro, quien se dedicó a guardar todo lo que no habían podido usar.
Mientras que estaba en el baño, comenzó a escuchar unos ruidos extraños que provenían de la habitación. Tino creyó que simplemente era víctima de alguna alucinación o que su cansancio le estaba haciendo imaginar cosas que no estaban allí. Aunque le molestaba un poco, decidió que era mejor relajarse completamente. Además, Berwald podría lidiar con el asunto si es que era algo para preocuparse.
Tras unos quince minutos debajo del agua caliente, el finlandés se había olvidado del asunto y caminó directamente hacia el dormitorio de enfrente. Se quedó algo sorprendido por lo que se había encontrado: Las dos camas, que solían estar distanciadas, ahora estaban juntas. Tino se rascó la cabeza ya que estaba seguro de que se habían sido movidas.
—Pensé que podríamos dormir juntos —contestó el sueco, quien estaba parado detrás del muchacho.
—Creo que es una genial idea —Estaba de acuerdo con el hombre, sería agradable tenerlo tan de cerca durante la noche.
Pero el día de mañana, iba a haber una llamada que tal vez Tino no se lo esperaba por completo…
¡Gracias por leer!
