Los personajes de OUAT no me pertenecen

(Adaptación)

Por fin!

Lo se me tomo mucho tiempo volver a retomar esto, pero si todo sale bien todos los lunes estaré por acá actualizando, gracias a los que leen esto después de tanto tiempo ausente

Disculpen los errores

Las dejo leer no sin antes recomendarles algunas muy buenas escritoras por acá fanclere con historias muy originales, franchiulla con muy buenas traduccionesy se ha animado ha publicar una historia de su autoría muy buena , The Little Phoenix para aquellas que le gusta lo sexoso y MaryMontoya17 buena amiga y autora de una muy buena historia en proceso

DISFRUTEN DEL CAPITULO


Capítulo veintiocho

Aquellos días vertiginosos y eternos fueron el cimiento de su amor, sobre el que se asentarían los ladrillos de su amistad y su confianza; días en los que funcionaba la cámara de la mente, catalogando preciosos momentos a los que volverían una y otra vez en el futuro; días despreocupados en los que compartían un tiempo que parecía ilimitado, sol y vino. Era una existencia herméticamente aislada de las preocupaciones cotidianas. Después de las tribulaciones de las semanas anteriores, para ambas fue como un tónico.

Visitaron el Museo de la Ciruela Pasa y pasaron una tarde inusitadamente agradable, el mejor momento de la cual fue la degustación, que incluía bombones y licores de ciruela. El olor cálido y húmedo de las ciruelas secas por el calor envolvía el museo en un embriagador aroma. Cuando llegaron a la tienda de regalos, en la lista de obsequios para la familia figuraban ineludiblemente las confiseries aux pruneaux. Había también un laberinto de maíz en el que se perdieron sin remedio. Aplacaron su pánico potencial con caricias juguetonas hasta que se «salvaron» siguiendo a un grupo de colegialas.

Comían cuando les apetecía, nadaban y tomaban el sol. Solían caminar por los tranquilos caminos al atardecer, cogiendo flores silvestres y orquídeas que salpicaban las orillas de los senderos. Descubrieron que había poco tráfico y que apenas encontraban gente durante sus paseos, así que podían caminar de la mano. Caminaban así una tarde cuando las sorprendió la voz de la señora Martins, sentada en un taburete escondido en la entrada de un campo.

No repararon en su presencia porque estaban absortas en las travesuras de un águila ratonera que se lanzó desde un poste de telégrafos próximo volando en elegantes círculos en las corrientes de aire. Se apresuraron a soltarse las manos mientras ella les habló en medio de la serenidad de la tarde.

—Hace un montón de tiempo que la miro —dijo señalando el águila—. Le encanta esa percha. Siempre anda por aquí en esta época. ¿Disfrutando de las vacaciones, muchachas?

Emma pensó que a lo mejor no había visto que se daban la mano.

—Hasta el momento han sido maravillosas, gracias, señora Martins. Este lugar es precioso.

—Llamadme Henrietta. Adoro este sitio. Vine hace veinticinco años. El coronel y yo nos enamoramos de él. Compramos nuestra casa y luego la granja. No echamos nada de menos. Aquí hay mucha intimidad. —Cuando lo dijo, Emma se puso visiblemente colorada. «Seguramente nos ha visto», pensó. Hubo una especie de inflexión ante la mención de la intimidad.

Henrietta sonrió por primera vez—. No me importa. Soy una mujer de mundo. Lo he visto todo. Vosotras dos, preciosas, parecéis felices juntas. Eso es lo importante. Ya hay demasiadas desgracias para crear más. Sólo os deseo buena suerte.

—Gracias. Apreciamos sus sentimientos —dijo Regina, sinceramente. A Emma le pareció que había una pequeña grieta en la armadura de la señora Martins.

—Debo regresar. Tengo que preparar el té del coronel. ¡Disfrutad del paseo, queridas! —Hizo un breve gesto con la cabeza y se marchó por la carretera, con sus sensatos zapatos de caminar golpeando el asfalto. Las chicas la vieron desaparecer en una vuelta del camino, aunque sus pasos siguieron siendo audibles durante un rato.

—Parece muy brusca, con ese aire militar, aunque por debajo debe de ser una mujer agradable y solitaria — comentó Emma.

—¡Ahora ya no sólo he de competir con sus abejas! —se burló Regina, dándole la mano a Emma.

Una mañana, mientras estaban junto a la piscina después de desayunar unos cruasanes, Regina sacó a colación el tema que ambas evitaban, el tabú.

—Emma, una cosa a la que tendremos que enfrentarnos cuando volvamos es a esa rata de Robin. Si la policía no lo captura, será una amenaza constante. Quiere hacerte daño, y a mí me enferma la preocupación de imaginar lo que sería capaz de hacer. Tenemos que pensar en eso.

—Lo he pensado desde el ataque — admitió Emma. No quería que aquel desagradable fantasma se colase en sus vacaciones, pero sabía que Regina era sensata al aludir a aquello. Tenían que hablarlo antes de regresar. Tras una pausa, continuó—: Creo que me asusta tanto como sin duda te ha asustado a ti desde la universidad. Pero la diferencia es que tú ya no estás sola y yo tampoco.

Cierto que nos atacó a las dos, pero sigo diciendo que estamos mejor juntas que separadas. Como ahora no tengo trabajo, supongo que podría vivir con Mary o con mi madre, pero no quiero apartarme de ti. Debemos ser responsables y no incluir a nadie más, sobre todo a la familia, porque se le puede ocurrir que haciéndoles daño a ellos nos lo haría a nosotras. El detective Humbert dijo que seguramente a ti no te atacaría, pero no puedo aceptar ese riesgo. Estaría tan preocupada por ti como tú por mí si nos separamos.

—¡Oh, Emma! Me alegro de que pienses así. Iba a preguntarte si pensabas vivir conmigo o sería a la inversa cuando regresemos, aunque temía que pudieses escoger a Mary.

—Me decepcionas —repuso Emma de mal humor—. ¿Cómo se te ocurre que haría una cosa así? No puedo dejarte sola ante un peligro potencial. ¿Por quién me tomas?

Regina parecía avergonzada.

—Lo siento, cariño. No pretendía ser irrespetuosa. Esperaba que te quedases conmigo, por eso le hablé de tu situación a mi jefa, Irene. Si las dos trabajamos en la misma empresa, habrá menos ocasiones en las que estemos solas y seamos vulnerables.

Emma no podía enfadarse realmente con Regina, que parecía triste y afectada.

—Ahora soy yo la que lo siente, Regina. Te he dado una sacudida sin motivo. ¿Me perdonas?

—Claro que sí. ¿Qué crees que debemos hacer? ¿Quieres trasladarte a la torre o prefieres no hacerlo? Al fin y al cabo, conoce la torre, pero tu casa aún no.

—Si no te importa, prefiero la torre.

Mi cabeza me dice que mi casa es más segura, porque vive otra gente en ella, pero mi corazón sabe que amo tu casa y, una vez dentro, siento que estamos protegidas como en una fortaleza.

Además, la policía entiende los peligros que rodean la torre y seguramente mantendrá las patrullas.

—Pues entonces ya está —dijo Regina con una sonrisa—. Cuando volvamos, cogeremos todas las cosas que necesites y nos quedaremos juntas en la torre. Ya basta de hablar de esa rata de Robin. ¿Vienes a darte un chapuzón?