Capítulo veintinueve
Sin duda lo más destacado de las vacaciones fue el viaje a Monflanquin, situado a una hora de coche de la casita. Monflanquin, construido en 1252 por Alfonso de Poitiers, era uno de los numerosos pueblos amurallados o bastiones de esa zona de Francia. Disputado por los franceses y los ingleses en la Edad Media, su posición protegida, que cubre una colina en medio de una amplia llanura agrícola, lo convirtió en un formidable reto. En la actualidad, es uno de los pueblos más hermosos de Francia.
Cuando Regina se aproximó con el coche por la llana campiña, los ejércitos de girasoles creaban la sensación de un mar amarillo que rodeaba una isla emergente. Era un día lleno de color; cuando llegaron al pueblo, encontraron las calles engalanadas con estandartes y enseñas de señores medievales, caballeros con armadura a caballo luciendo vívidos escudos de armas y vibrantes tropas de músicos con acompañamiento de bufones.
Siguieron la tortuosa calle que ascendía por la colina hasta la plaza principal. Apenas había nubes en el cielo y el sol brillaba implacable. Por suerte, las calles eran estrechas y la sombra de los edificios ofrecía una buena protección. La gente estaba contenta, y las naciones que habían luchado tan enconadamente en la Guerra de los Cien Años se reían y bromeaban juntas en las recreaciones modernas. Los restaurantes de dos lados de la plaza habían colocado mesas fuera para que los comensales no se perdieran los espectáculos. En los otros dos lados había artesanos y joyas. En el medio de la plaza se representaban estampas con trajes de época, mientras los trovadores y los troveros bailaban con entusiasmo y tocaban instrumentos auténticos de la época. Las calles que desembocaban en la plaza ofrecían un despliegue de talla de piedra, tiro con arco, exhibiciones de jinetes, caligrafía y juegos infantiles. Aunque el ambiente estaba lleno de melodías mezcladas y voces multilingües, no existía la claustrofobia de las multitudes que avanzan lentamente en lugares atestados.
En cuanto llegaron a la plaza, las rodearon dos campesinas de un grupo de baile, a cuyos giros y vueltas se unieron, imitando sus exagerados movimientos de cabeza, con el pelo ondeando. La música de las gaitas resultaba fascinante, como si tirasen de sus miembros con cuerdas invisibles al son de sus roncas cadencias. Cuando los trovadores las animaron con gritos de «Magnifique!», Emma y Regina cayeron exhaustas una en brazos de la otra, riéndose ante su osadía de bailar de aquella forma delante de extraños.
—¡Cielos! Estoy ardiendo —exclamó Regina—. Será mejor que bebamos algo. —No sé cómo esas mujeres pueden bailar tanto tiempo con esos trajes — comentó Emma—. Pobrecillas, deben de estar derretidas.
Los restaurantes empezaban a llenarse, así que decidieron comer para poder disfrutar del resto del día sin preocuparse por las colas. Por la tarde casi habían regresado a la adolescencia. Tras presenciar una impresionante exhibición de jinetes que montaban a pelo, Regina se apasionó con el tiro al arco y probó una y otra vez. Como Emma sólo podía utilizar un brazo, el tiro al arco quedaba descartado, pero se lo pasó muy bien sentada en un fardo de paja observando cómo Regina se divertía.
—Emma, cuando tengas el brazo bien, debes probar. Sé que tienes los brazos fuertes de nadar.
—Sí que me gustaría intentarlo. Si ya has acabado con el tiro al arco, vamos a ver la talla de piedra. Puedes unirte a los niños y tallar algo especial para mí.
Cuando caminaban por una de las calles más tranquilas, encontraron un estudio en el que el fotógrafo hacía fotos con trajes medievales. Como tenía una cámara digital, mostraba la imagen en el ordenador e imprimía la foto en papel de calidad al momento.
—¿Sabes? Aún no tenemos una fotografía juntas —dijo Regina fijándose en una joven pareja con llamativos trajes de corte a la que estaban fotografiando—. ¿Probamos? Te ayudaré con el vestido.
—¿Por qué no? Pero debe ser una foto de las dos juntas, no separadas. —Estoy segura de que el fotógrafo accederá, cariño. Tendrás que hablar tú, porque mi francés no está a la altura.
Emma lo hizo lo mejor que pudo. —Est-ce que vous pourriez nous prendre une photo, s'il vous plaît ?— Como solía ocurrir, el fotógrafo sabía hablar inglés, aunque con expresiones extrañas. Tras señalar unos trajes de estilo lady Ginebra y explicarle que querían posar juntas en una foto, el fotógrafo se hizo cargo de la situación enseguida. Las guió hasta un probador en el que se pusieron los vestidos largos con mangas acanaladas. Los trajes eran de terciopelo, así que ambas agradecieron el ventilador de la habitación. Tras colocarse complejos cinturones llenos de adornos y joyas variadas regresaron al estudio.
—Se me ocurre una idea —dijo el fotógrafo, que tenía un pedazo de tejido sedoso en la mano. Se volvió hacia Emma y le puso la tela sobre el hombro, a modo de capa, dejando que cayese sobre el brazo y cubriese así la escayola.
—Voilà, ¿está bien? —preguntó, obviamente satisfecho de su idea.
—C'est bon! —exclamó Emma riéndose.
—¿Cómo quieren la foto? —preguntó, indicando una serie de opciones en unas fotografías pegadas a un tablón de anuncios.
Emma le dedicó una traviesa sonrisa a Regina antes de responder. —Queremos posar como el hombre y la mujer que lo han hecho antes. — Habían posado uno al lado del otro, el hombre sosteniendo la mano de la mujer como si estuviera a punto de llevársela a los labios y besarla.
—Vraiment. Claro. No hay problema. Por favor... —Señaló el lugar donde debían situarse, y luego, cogiendo la mano de Regina, la puso sobre la de Emma—. ¿Prefieren mirarse a los ojos o mirar a la cámara? —preguntó.
Eligieron las dos cosas, pues se trataba de una ocasión especial.
Después de hacerles las fotos, les dejó ver el resultado en la pantalla del ordenador antes de imprimirlas. Ambas se asombraron al ver la facilidad con que se habían adaptado al papel, sobre todo Emma, con sus largos y flotantes cabellos rubios y una sobria sensualidad. Habría podido servir de modelo al pintor Rossetti. El fotógrafo también estaba impresionado con las fotos, pues les ofreció una más gratis si querían, siempre que pudiese colocar una copia en el tablón.
—Las dos son muy hermosas. Me viene bien tener femmes hermosas para la publicidad de mi estudio, comprenez?
—Oui. Sí, claro. —Emma sonrió, disipando la vergüenza que evidentemente sentía el fotógrafo al pedirles la foto.
—Si dicen que sí, les haré seulement ésta. Si les asusta, pararé la cámara — declaró el fotógrafo.
—Très bon. Nous sommes contentes —repuso Emma. El hombre había seleccionado la foto en la que ambas miraban a la cámara. Para la foto extra, adoptaron las posturas de la fotografía anterior, pero Emma, sin soltar la mano de Regina, se inclinó hacia delante de forma que sus labios besaron los de su amante. La cámara hizo clic antes de que Regina pudiese mostrar su sorpresa.
—¡Emma, eres una granuja! Estás comprometiendo a ese pobre hombre — protestó Regina débilmente.
—Tonterías. Habría escogido esta fotografía para exhibirla si hubiera tenido oportunidad —susurró Regina.
La fotografía era excelente, lo cual disculpaba el descaro de Emma. El fotógrafo trató de mostrarse despreocupado mientras revelaba las fotografías en su presencia. Isobelle se fijó en que al hombre le temblaban levemente las manos cuando les entregó sus copias. Cuando se quitaron los trajes, el fotógrafo había arreglado el tablón de anuncios y la fotografía de ellas ocupaba el lugar de honor en el centro del mismo.
—Voilà, mademoiselles! Gracias por venir a mi tienda —dijo con una sonrisa.
—C'est rien. Au revoir et merci, monsieur —repuso Emma.
—Au revoir —repitió Regina, tímida a la hora de pronunciar sus limitadas frases en francés.
Ya no hacía tanto calor cuando salieron del estudio y se encaminaron a la plaza. Un bufón se acercó a ellas dando saltos, hablando un francés demasiado rápido para que Emma lo entendiese. Al ver su expresión confundida, el bufón preguntó: —¿Inglesas? —Sonrió ante sus gestos de asentimiento y continuó—: Hay un espectáculo de ah... oiseaux...
—¿Pájaros? —aventuró Emma.
—Sí, pájaros —confirmó el bufón—, pero no pajaritos, sino les grands pájaros.
—¡Oh! ¡Aves de rapiña! —exclamó Regina, encantada de participar en la conversación.
—Sí, mademoiselles. Aves de rapiña. Voilà. El espectáculo va a empezar. — Señaló el ruedo donde antes habían visto a los caballos.
—Gracias. Merci —dijo Regina. El bufón hizo una exagerada reverencia y continuó su camino, sin duda pregonando el espectáculo. Las chicas se unieron a la multitud concentrada en torno al ruedo después de comprar agua embotellada.
Aunque resultaba entretenido, el ruedo no estaba cubierto y al cabo de un rato el calor se volvió intenso, más aún por la proximidad de tanta gente. Se sintieron aliviadas al encontrar refugio bajo la sombra de un árbol en la plaza principal. Un grupo de juglares cantaba baladas de amor cerca, así que disfrutaron de las divagantes melodías mientras contemplaban cómo los niños saltaban el cepo mientras otros les lanzaban esponjas mojadas.
—Incluso yo me atrevería a saltar el cepo si me lanzaras esponjas mojadas. Hace un calor de justicia —se quejó Emma.
—No te atrevas —amenazó Regina dándole una palmadita de broma en el brazo—. Hoy ya me has puesto en evidencia.
Emma sacó la lengua.
—¿No lo has pasado bien?
Regina le pellizcó el brazo sano en respuesta.
—De maravilla. Gracias por tus sugerencias.
Al final de la primera semana habían establecido una rutina. Por las tardes hacía demasiado calor para hacer nada, así que se tumbaban junto a la piscina en medio de una letárgica felicidad. Las mañanas, después de darse un chapuzón, las reservaban para ver los alrededores, y los tranquilos y larguísimos atardeceres para pasear y tomar luego una botella de vino en el patio mientras charlaban bajo el impresionante sol poniente. Así entraron en la segunda semana, adaptadas a su rutina y aliviadas tras resolver el inmediato futuro que seguiría a su regreso a casa.
El que dijo que la familiaridad genera desprecio seguro que no conoció el verdadero amor en su vida; cada día que pasaban, su amor recíproco se ensanchaba y ahondaba. Disfrutaban de la familiaridad de su mutua compañía, lo cual no quería decir que no aportasen individualidad a su relación. Como suele ocurrir, tenían personalidades muy diferentes que surgieron en el curso de su relación, pero esas diferencias eran como los campos opuestos de un imán: cuando se juntaban, permanecían fuertemente unidas.
Una tarde, Regina estaba echada en una tumbona, bronceándose la espalda bajo los rayos del sol. Emma se había sentado bajo una sombrilla. Su piel pálida y sus cabellos rubios no admitían el sol directo; se quemaba y se irritaba con mucha facilidad. Además, sudaba demasiado con la escayola. Para evitar el mal olor, había diseñado un método a base de un palillo y agua de colonia para limpiar el brazo y que oliese bien. ¡Sólo de pensar que olía mal sudaba aún más! Como siempre, había estado admirando a Regina, deslizando los ojos sobre la fluidez de la hipnótica espalda de su amante. Quería aprender sus contornos, sus texturas, como un soldado que aprende a interpretar un mapa de reconocimiento. Mientras culminaba su aprendizaje, escribió:
Está recostada...
envuelta en intensos aceites,
y situada bajo la ardiente parrilla,
chisporrotea...
y se mueve para obtener el bronceado uniforme,
el toque final dorado.
Y yo la miro, con los ojos
ocultos tras gafas oscuras
mientras las sutiles y sedosas brisas
acarician, refrescantes, su cuerpo,
y como dedos levantan los pelos dormidos.
Y estoy hambrienta...
Después de escribir, trazó su ruta. Se levantó silenciosamente, se acercó de puntillas a la tumbona de Regina y se arrodilló a su lado. Luego, inclinándose sobre los omóplatos de Regina, siguió con la lengua la senda natural de su columna, recogiendo las perlas de sudor y saboreando la sal de Regina. Oyó un vago gemido de lánguida satisfacción que escapó de los labios de Regina mientras su lengua bordeaba, tentadora, el biquini. Sin detenerse ante el obstáculo de lycra, Emma bajó la prenda mientras Regina movía las caderas para acomodarse. Una vez retirada la obstrucción, la lengua de Emma reclamó de nuevo el derecho de paso, hundiéndose en la parte inferior de la espalda antes de ascender la elevación del increíble culo. La lengua y la boca de Emma continuaron recorriendo aquellas curvas, incansables, y percibieron la tensión de las piernas de Regina cuando el creciente deseo le agarrotó los músculos. Emma chupó, lamió y degustó hasta que llegó a la hendidura natural que conducía a los tesoros de Regina; allí su lengua describió circulitos en torno a cada rincón, valiéndose de los sentidos del gusto, el tacto y el olfato antes de penetrar en todos los pliegues. Mientras sus dedos exploraban el interior de Regina, sus labios se abalanzaron sobre el vibrante clítoris de Regina, inhalándola, bebiéndola, mientras una Regina bañada en sudor se encogía y se retorcía en la rapsódica embriaguez de un inminente orgasmo. Los dedos de Emma la penetraron cada vez más rápido, acentuando las urgencias de Regina hasta que, tras un éxtasis parejo al de un cable tenso, estalló en una plétora de gemidos y fluidos.
Emma se arrodilló para ver los ojos de Regina, que se deleitaron con una soñadora mirada ahíta de sexo antes de llenarse de amor y volverse lentamente hacia ella.
—Emma. Eso ha sido cosa de otro mundo, así que debes de ser mi ángel. ¡Cómo te amo!
Emma no respondió, se limitó a sonreír ante la evidente satisfacción de Regina. Rozó sus labios con su boca hinchada y un leve escalofrío de excitación hizo que le temblasen las piernas cuando se dio cuenta de que Regina estaba saboreando su propia pasión almibarada mientras se besaban.
