Capítulo dedicado a Perrito Labrador, quien me ha dado los ánimos para seguir la historia.
XXXVI
Si bien era cierto que la relación había comenzado con el pie derecho, las cosas fueron cayendo de a poco. Para ser honestos, Berwald se sentía más miserable en esta situación que antes de declararse al finlandés. Sabía que esto no era normal, que se suponía que debía ser la etapa más feliz de su vida y que no tenía de que quejarse, por el hecho de que Tino estaba a su lado.
Pero esto no era así desde hace tiempo. Si pasaba una o dos horas al día con el muchacho, era demasiado. Sentía que desde ese entonces, se habían distanciado más que en lugar de acercarse el uno al otro. A pesar de estar viviendo bajo el mismo techo y durmiendo inclusive en la misma cama, estaban mucho más apartados de lo que cualquiera podría decir. Y esto ya no podía seguir así.
El sueco se hallaba en el balcón, sin mucho entusiasmo. Había tomado una decisión y no era la más agradable. Mas, ¿qué podía ser? Su novio pasaba más tiempo con otro hombre que con él y aunque había tratado de no enojarse, de esconder sus celos y procurar entender la situación del finés, ya no lo aguantaba más. ¿Por qué debía seguir tolerando esa situación? Pues, a pesar de que Tino había sido lo mejor que le había pasado en su vida, su felicidad no podía estar aguardando por que aquel tuviera algo de tiempo para él.
Ya no lo soportaba más y creyó que tal vez ésa era la mejor opción. Quizás se había equivocado, quizás había visto algo que nunca hubo. Claro que era algo que le dolía profundamente, nunca antes se había imaginado que podría amar a alguien como lo hacía. ¿Acaso su relación siempre estuvo destinada a fracasar miserablemente? No quiso nunca pensar en aquella posibilidad, pero ahora se lo estaba planteando.
Era un maldito celoso, debía admitirlo. Pero quién no estaría molesto si viera a su chico con otro y éste aparentemente prefería salir con él. Siempre había una historia, que no se animaba a contradecirlo, que solamente iba a ser por esta vez, que estaba demasiado cansado como para ir a cenar… Tantas excusas y aunque podía ser muy paciente, ya se estaba hartando de aquellas palabras.
No podía decidir entre qué era lo que más le molestaba de todo eso: Si quizás no era suficiente para Tino, aunque se lo propusiera éste podría estar buscando alguien que le pudiera dar más. O que el ruso no le importara en lo absoluto la relación de ambos, ni siquiera se molestaba en respetarlos lo suficiente. O el hecho de que ni siquiera habían tenido un segundo para la intimidad. Probablemente, se trataba de todo eso que se había juntado.
Sin embargo, la gota que había rebasado el vaso, había sido la discusión que habían mantenido un par de días antes. Nunca antes habían tenido semejante conflicto y aún no entendía por qué el muchacho no podía comprender su punto de vista.
Aquel sábado, Tino había llegado bastante tarde su trabajo. Eran casi las ocho de la noche y no había podido comunicarse con el sueco. Finalmente, cuando entró al apartamento, se encontró con aquel quien estaba marcando por enésima vez el número del móvil del finlandés. Cuando Berwald se dio cuenta de la presencia del finlandés, soltó el tubo y fue a abrazarlo inmediatamente.
—Estaba muy preocupado… —comentó el sueco, quien estaba contento con poder tener a Tino entre sus brazos sin ningún rasguño.
—Lo siento, se acabó la batería de mi móvil —Se excusó, mientras que sonreía por haber llegado a casa.
Después de saludarse con un cálido y muy ansiado beso, el que acababa de ingresar al piso se recostó en el sofá. Tiró sus zapatos sin importarle demasiado. La verdad era que estaba demasiado agotado como para caminar hasta su habitación. El día había sido exhaustivo y en lo único en que estaba pensando en el momento, era darle una clase de alivio a sus adoloridos pies.
—¿Quieres hacer algo hoy? —sugirió el sueco, ya que hacía un tiempo que no salían por su cuenta. Aunque le gustaba la idea de estar encerrado con el finlandés, de vez en cuando algo completamente distinto venía bien. Sin embargo, sabía que dicha idea no iba a ser aceptada, juzgando por la forma en que estaba recostado el muchacho.
—No, lo siento. Hoy ha sido un día terrible —comentó éste, quien no quería recordar su trabajo. Tampoco deseaba hablar de ello, prefería olvidarlo por lo que quedaba del día.
Berwald ya había escuchado varias veces dicha queja del finlandés. No entendía por qué continuaba en aquel laburo, si tanto le disgustaba. Tal vez la petición que le iba a hacer era absurda e incluso exagerada. No obstante, no quería volver a ver a Tino tan preocupado cada vez que se acordaba de su jefe. Se sentó a su lado, en el hueco que dejó en el sofá. Se quedó contemplando al muchacho, perdido en su mirada. Luego, rememoró lo que le iba a decir.
—Tino, ¿no crees…? —Dudó en continuar con su pregunta. Pero ya había captado la atención del otro y éste observaba curiosamente al sueco. Supuso que no podía arrepentirse en ese momento, así que decidió terminar de una buena vez —¿Por qué no renuncias?
—¡¿Qué? —Reaccionó energéticamente a pesar del cansancio.
—Si no te gusta, puedes irte a otro lugar —razonó el sueco, quien por un instante creyó que Tino le haría caso. Sin embargo, la cara del finlandés decía que no estaba muy de acuerdo con dicha proposición.
—Bueno… No digo que esté mal lo que dices —rio nerviosamente, ya que era normal que estuviese en la misma onda que el otro. No obstante, esta vez no estaba muy seguro de ello. A pesar de tener un jefe que rallaba en el acoso laboral, disfrutaba de lo que hacía. Y si hacía caso omiso a ese pequeño o alto detalle según se quisiera ver, no estaba tan mal —. Pero la verdad es que me gusta dentro de todo.
—Pero tu jefe… —Le hizo recordar a esa persona, por quien sentía una inmensa aversión. Si pudiera separarlo de él, su relación no tendría esos problemas de los que estaban abarrotados.
Tino se levantó del sofá. Honestamente, estaba comenzando a sentirse un poco incómodo. La vida le gustaba tal cual como estaba, a pesar de los obstáculos y tropiezos que se le presentaran. Además, si continuaba trabajando allí, podría conseguir un ascenso que tanto necesitaba. Quería hacer una carrera en la industria de los juguetes, pero para ello debía empezar de abajo y tratar de subir, pese a todas las dificultades.
—Entiendo que te preocupes y te lo agradezco. Pero soy un chicho grande y me puedo cuidar por mí mismo —respondió Tino, procurando ser cuidadoso con las palabras que escogía. Lo último que quería era que se ofendiera o que se hiciese de la idea incorrecta.
Berwald se mantuvo en silencio por unos minutos. Todo lo que podía visualizar era a ese ruso agarrando de la mano a quien era su novio. Estaba molesto, no podía negarlo. Y eso estaba en su mente, jugándole la peor de las pasadas. Obviamente, esto no iba a terminar bien. Yendo en contra de todo lo que era, el escandinavo no pudo evitar soltar lo primero que se le vino a la mente.
—¿Te gusta Iván? —preguntó, dominado por los celos.
—¿Qué? —interrogó algo ofendido por la acusación del sueco —¿De qué estás hablando, Berwald?
—No entiendo porque te empecinas tanto…
—¡No tiene nada qué ver! —exclamó molesto —. Vine a esta ciudad porque quiero ser alguien, porque quiero poder hacer feliz a los niños con los juguetes. Pero en un pueblo como el mío, no puedo hacerlo —Dejó escapar un suspiro —. Aunque me molesta… Voy a aguantarlo. Y si eso te irrita, entonces… —Tino se mordió los labios y se retiró de la habitación. No quería decirlo en voz alta, porque no quería admitir el verdadero estado de la relación.
Desde ese entonces, había estado mirando algunos avisos en el periódico. Quizás si se mantenía alejado del finlandés, éste podría hacer lo que quisiera sin que estuviera molestándolo. Hace tiempo que ya había estado pensando en mudarse y si no lo había hecho hasta el momento, era porque realmente disfrutaba de estar con Tino, aunque eso significara dejar de lado su carrera.
Sin embargo, si el muchacho lo hacía, entonces no tenía otra opción que hacer lo mismo. Y si se iba de la ciudad, al menos no se sentiría tan miserable como lo hacía en ese instante. Obviamente, no era una decisión muy fácil de tomar. Había encontrado en el finlandés, lo nunca había visto en otra persona. Pero por más que lo quisiera para sí mismo, si Tino no estaba dispuesto a hacerle el caso que se merecía, no podía hacer otra cosa. Ya estaba fuera de su alcance y era bastante duro de admitir.
Los minutos transcurrían lentamente hasta que vio el automóvil del ruso estacionarse frente al edificio. Ésa era otra cosa que no le gustaba. Desde hacía un par de semanas, el hombre acostumbraba a traer de vuelta al finlandés. A pesar de que él había sido quien se había declarado, creía que era el tercero que sobraba en la relación. Vio que Tino ingresó rápidamente al sitio y ahora todo lo que quedaba, era esperar que entrara por esa puerta.
Estaba nervioso y seguía indeciso si decir algo al respecto o tener un poco más de paciencia. Pero al recordar que Iván pasaba más tiempo con él, simplemente lo enojaba todavía más. ¿Acaso Tino no podía ver lo que le estaba haciendo? ¿Acaso le estaba pidiendo demasiado? No era mucho, solamente quería ser su prioridad, así como él lo era. Pero se había equivocado, Tino no sentía lo mismo por lo visto.
La puerta se abrió y Berwald se dio la vuelta. Era el momento de la verdad y a pesar de que sabía que podía causarle un tremendo daño al finlandés, no podía soportar un instante más la situación. Quizás era egoísta, mas era su única opción para llamarle la atención. Tal vez, de esta forma, Tino se daría cuenta de lo mal que estaba todo.
—Ay, qué cansado estoy —se lamentó el recién llegado, quien se recostó encima del sofá.
—¿Te ha ido bien? —preguntó el sueco, manteniendo su distancia. Ni siquiera se acercó para darle un beso, no podía hacerlo con lo mal que se estaba sintiendo.
—Ya sabes… La inauguración es dentro de pocos días y el trabajo es cada vez más pesado —explicó Tino. A pesar de lo exhausto que estaba, pudo darse cuenta de inmediato que algo no andaba bien. Berwald normalmente se sentaba a su lado, pero ésta vez estaba contra la pared, evadiéndole con la mirada. ¿De qué se había perdido? —Berwald, ¿qué ocurre? —Quiso levantarse y agarrarle la mano, pero el hombre le dio la espalda. Definitivamente, algo marchaba muy mal.
—Tino… —Sus pensamientos estaban hechos un verdadero caos. No sabía ni por dónde comenzar, no podía ni siquiera mirar los ojos pardos del otro. Sabía que en el momento que lo hiciera, no podría continuar con lo que había decidido. Tenía un nudo en la garganta, pues sólo podía pensar en lo que estaba a punto de perder. Sin embargo, ¿cuánto más su corazón podría tolerar el sufrimiento de ver a su apreciado y querido compañero de habitación irse con ese ruso?
—Dime, ¿qué sucede? —Tino seguía sin comprender la gravedad de la situación. Quiso volver a tocar al sueco, pero una vez más, éste le evadió. Repasaba todo lo que había hecho durante los últimos días y aún no estaba seguro de qué había hecho mal. Pero fuera lo que fuera, había conseguido finalmente que el sueco se cansara de él.
—Esto es un error…
—¿Qué cosa? —Estaba comenzando a desesperarse porque Berwald no terminaba de hablar. Si bien nunca le había importado que fuera tan corto de palabras, ahora deseaba que se le fuera esa costumbre.
Agarró toda la valentía que tenía en su cuerpo y por un segundo, olvidó sus sentimientos por el finlandés. ¿Cómo podía ignorar lo que había sucedido? Ni siquiera pudieron estar juntos en la intimidad por culpa de ese hombre. Era evidente para el sueco que esa era una situación que no iba a cambiar en un tiempo futuro.
—Creo que deberíamos terminar —dijo, sin dignarse a mirar al otro.
—¿Qué? Pero… ¡¿por qué? ¿Qué hice? Dime, ¡¿por qué me haces esto? —Fue la primera reacción que tuvo el muchacho. Se cayó al suelo, sin entender qué había ocurrido para que el hombre tomara esa decisión. De hecho, había preparado una sorpresa para ambos e ir a un hotel de cinco estrellas, solamente para que pudieran pasar tiempo a solas.
—Yo iré a ver una casa mañana. No te preocupes, dormiré en el sofá mientras —Éste tragó saliva y cerró su puño firmemente, para hacer caso omiso al otro. Claro que le era difícil, detestaba verlo en esas condiciones. Sin embargo, ya había tomado la decisión y no había vuelta atrás. Todo lo que pasara luego, estaba fuera de su alcance.
Tino decidió hace una última pregunta, mientras trataba de ponerse de pie. No pensó que iba a darle semejante golpe en el pecho y definitivamente lo había tomado desprevenido.
—Entonces, ¿tú no me amas? —indagó, ya que quería creer que todo se lo estaba imaginando y nada más.
—Lo hago, por eso me iré —se justificó y luego se marchó hacia su habitación, para comenzar a empacar.
Cada vez más cerca del fin.
¡Gracias por leer!
