Todos los personajes pertenecen a Hidekazu Himaruya, sin ánimos de lucro.

Advertencia: El capítulo podría contener escenas explícitas.


XXXVII

Esa noche, Tino se recostó sobre la ahora espaciosa cama. Aún no quería creer lo que había pasado hacía unos instantes. Se había enrollado, pensando que en cualquier momento el sueco aparecería por la puerta y le diría que todo se trataba de una mala broma. Sin embargo, el hombre sólo se limitó a retirar la almohada y una manta. No le dijo ninguna palabra más.

No sabía ni que sentir por lo sucedido. ¿Debía estar enojado con Iván por lo que había ocasionado? ¿Debía estar molesto con Berwald por tomar semejante decisión sin siquiera preguntarle cuál era su opinión? ¿O debía estar llorando por lo que acababa de perder? Estaba realmente confundido por todo, ya que en realidad nunca se había esperado que el sueco le pidiera eso.

Sin embargo, lo que sí sabía era que no quería que Berwald se fuera. No podía permitir que eso ocurriera. Antes de llegar a la ciudad, nunca había pensado que se iba a encariñar tanto con alguien. Y ahora, ese alguien estaba a punto de irse de su vida.

Debía pensar en algo y debía hacerlo pronto. No sabía a qué hora se iría el sueco, así que la idea debía venirle en cuanto antes. Golpeó varias veces su cara, intentando que se le prendiera la lámpara. No obstante, lo único que consiguió fue cansarse y con la cara colorada. Estaba frustrado y desesperado, una muy mala combinación.

Berwald había sacado el pasaje del tren, lo más temprano que le fue posible encontrar, porque no quería despedirse de Tino. Le sería más fácil irse así sin más, si es que omitía esa parte. No estaba muy contento por cómo las cosas habían resultado, pero no había nada más que hacer al respecto.

El hombre estaba acostado en el sofá, intentando inútilmente conciliar el sueño. Pero por más que lo trataba, terminaba despertándose a los cinco minutos. ¿Acaso se estaba arrepintiendo? No, no era eso. Estaba completamente seguro de que su decisión a la larga sería lo mejor para ambos. Además, si Tino no estaba tan enamorado de él, entonces le estaba haciendo un gran favor.

Le dolía en el alma tener que separarse de él. Sin embargo, si llegaba a conseguir aquella casa, estaría tan ocupado montando su negocio que tal vez no pensaría en ello. Sólo debía aguantar unas cuantas horas más, lo cual era bastante difícil de soportar. Apenas había tolerado la expresión de tristeza en el rostro del finlandés y no sabía si realmente era capaz de abandonarlo de esa manera.

Después de darse varias veces la vuelta, prefirió irse al balcón. Quizás pondría sus pensamientos en orden, si conseguía un poco de aire fresco. Mientras caminaba, se paró por un rato. Se quedó observando el dormitorio, algo tentado por entrar. No obstante, con toda la fuerza de voluntad que tenía, pasó de largo. Debía alejarse de él y cuanto antes mantenerse distanciado de él.

Nunca pensó que aquel muchacho que había atravesado por esa puerta, buscando por un piso donde quedarse, podría haber tenido tanta influencia en su vida. Ahora que se ponía a rememorar, la mayor parte de las situaciones habían sido más que divertidas. Jamás había estado tan feliz con alguien, a pesar de los obstáculos que se presentaban.

¿Por qué ese hombre tuvo que aparecer? Si Tino hubiera encontrado otro trabajo, si aquel ruso no hubiera puesto su interés en él, si tan sólo no se hubiera enamorado… No conseguía comprender cómo el destino pudo haber sido tan cruel. Si no le hubiera conocido, nada de esto hubiera ocurrido.

Tino se había levantado y salió de la habitación. Aunque todavía no sabía qué decirle o cómo convencerle para que se quedara. Pero si el hombre estaba seguro de irse, al menos iba a aprovechar el poco tiempo que quedaba. Le mataba por dentro saber que tal vez se quedaría en aquel pueblo. Así que lentamente se acercó a la sala y después de no hallar a Berwald sobre el sofá, alzó su mirada.

El escandinavo continuaba observando el ambiente de la ciudad. Estaba tan concentrado que no notó la presencia del finlandés, hasta que éste le abrazó por atrás. El sueco miró hacia atrás y no dijo nada. Estaba anonado por lo que había hecho aquel y aunque teóricamente habían terminado, los sentimientos evidentemente continuaban allí. Simplemente no podía serle indiferente, por más que lo intentara.

—¿Qué haces? —indagó el hombre, sin moverse un solo centímetro.

—No sé… —respondió con una voz apagada mientras que seguía aferrándose al sueco —. Yo… Yo no quiero que terminemos.

—Tino, por favor… —contestó con dificultad el sueco. No soportaba escuchar eso de la boca del finlandés, no iba a poder llevarle la contraria por mucho tiempo. Estaba completamente seguro que conseguiría cambiarle de parecer, solamente era cuestión de tiempo y justamente eso era lo que quería evitar.

—Berwald, si tanto deseas ir, entonces… —El finlandés trataba de articular las palabras adecuadamente, aunque le resultaba difícil no quebrantarse. Quería demostrarle que podía ser tan fuerte como él, pero era muy complicado hacerlo en ese estado —. Al menos, ¿podrías hacerme un favor? —preguntó con una sonrisa fingida.

El hombre de ojos azules se volteó inmediatamente. Quizás podía hacer eso, era lo menos. No sabía qué esperar, se podía tratar de cualquier cosa. Sin embargo, fuera lo que fuera, estaba seguro de que no se iba a poder negar. ¿Cómo iba a poder hacerlo? Hasta se le hizo un nudo en la garganta, que simplemente disimuló tosiendo un par de veces. Quería negar que él era el culpable de esas lágrimas, aunque fuera por unos instantes.

—Yo… —Tino se secó los ojos y luego, miró directamente a los ojos azules del otro —. ¿Podrías darme un último beso? Es todo lo que quiero y ya no te molestaré más. ¡Te lo prometo!

Berwald no tardó ningún segundo en hacer lo que el muchacho le había pedido. Porque simplemente era demasiado tentador, porque no quería que aquel a quien sostenía entre sus brazos siguiera triste, porque por un momento podía dejar atrás los problemas anteriores, para dedicarse enteramente a él… Sí, porque durante ese tiempo en el que sus labios se unían, no importaba nada más en el mundo.

Sólo en ese momento se dio cuenta de lo que estaba renunciando. A pesar de que estaba completamente seguro de querer marcharse de esa maldita ciudad de una buena vez por todas, no quería separarse de Tino. Si le había fallado, no se acordaba y tampoco interesaba. Quería continuar disfrutando de esa sonrisa en primera fila, quería escuchar esa voz que le contaba sus problemas y aventuras, quería tocar esa cálida piel…

—Gracias —respondió el finlandés una vez que se separó del sueco. Tuvo que emplear toda la fortaleza que le quedaba en su interior para soltar la mano del hombre y darle la espalda —. ¿Sabes? No me arrepiento de esto… De verdad, estoy agradecido contigo —Esbozó una triste sonrisa mientras que se retiraba a su habitación.

¿Lo iba a dejar ir así nada más? Observó la lenta caminata de Tino quien ni siquiera se molestó en darse la vuelta. Cerró su puño, ya que no sabía qué hacer. Si iba tras de él, ¿acaso significaba que tenía que soportar a ese ruso rondando siempre? Si no lo perseguía, quizás lo perdería para siempre. ¿Qué era lo más valioso en ese preciso instante? ¿Qué debía hacer?

Por su lado, el finés estaba resignado a que todo había acabado. Que aquella maravillosa experiencia que solamente había durado unas cuantas semanas, había llegado a su fin. Que ahora debía aprender a vivir por su cuenta y sin nadie más que su propia sombra. Hubiera hecho lo que fuera para que no se fuera, realmente estaba dispuesto a ir a esos extremos.

Pero saber que el sueco estuvo sufriendo a su lado durante todo ese tiempo, era lo que más le había dolido. Así que en lugar de luchar por la relación, había determinado que sería mejor dejarlo ir. Porque la idea de hacerle pasar por todo eso otra vez, por su capricho egoísta no lo concebía. Lo único que quería era que Berwald fuera feliz y si eso era alejarse de él, entonces se esforzaría por ello.

Cuando se acostó sobre la cama, se dio la vuelta para no tener que mirar el lado que le correspondía al sueco. En cuanto cerró sus ojos, sintió que alguien lo estaba abrazando por detrás. ¿Lo estaba imaginando acaso? Tocó la mano que estaba colocada sobre su cintura y efectivamente, era real. El sueco lo había seguido hasta allí, hasta podía sentir su aliento resoplar sobre su nuca.

—¿Eres tú…? —indagó para asegurarse de que no se trataba de un sueño.

—No estoy en condiciones de pedirte algo, pero… —Se quedó en silencio, meditando acerca de si debería terminar la frase o no.

Tino se dio la vuelta para ver con sus propios ojos que Berwald estaba acostado a su lado. Estaba algo ruborizado y sin pensarlo dos veces, tocó suavemente su rostro para aliviarlo un poco. Aquello fue lo suficiente para que el sueco reaccionara y terminara con lo que estaba diciendo.

—Una última noche, Tino… —murmuró el hombre, mientras que atraía el cuerpo del finés hacia sí. Aunque le rechazara, al menos tendría su calidez hasta que tuviera que marcharse.

No necesitó una respuesta verbal para lo que le había pedido. Simplemente, el finés se recostó por el pecho del sueco y luego se acercó lentamente a su boca. Incluso si no le hubiese dicho algo, se hubiera aproximado de esa manera. Intentar resistirse era absurdo, ridículo. Si el sueco en verdad se iba, entonces se iba a despedir de él de la mejor forma posible.

Las manos del hombre se deslizaron por el delgado cuerpo del finlandés, quien reaccionó algo sorprendido. Sin embargo, una vez que el asombro se disipó, volvió a concentrarse en lo que estaba haciendo. Si iba a separarse de él, al menos iba a disfrutar una última vez del sabor de los besos que le daba el otro. Porque ahora iba a pretender que nada iba a suceder a la mañana siguiente o que en algún momento, habían mantenido una discusión por culpa de alguien más.

Berwald alejó lentamente el rostro del finés, solamente para asegurarse de que era eso lo que el muchacho quería. Bajó un poco más sus manos y esperó alguna respuesta por parte de él. Si pasaba algo más o no, no interesaba. Lo único que realmente deseaba era disfrutar de esos momentos, que hasta ese entonces no habían podido por los obstáculos que se presentaban.

Se preguntaba por qué habían tenido que llegar hasta ese extremo, para conseguir algo de intimidad.

—Tino, si no quieres… —Miró directamente a los ojos pardos del otro.

—Yo… —Pausó un momento y luego contestó, con un notorio rubor en su rostro —. Si significa que recordaré esto por el resto de mi vida entonces… ¡Hazlo! —comentó, queriendo esconderse después de haber dicho semejante cosa.

Aunque dudó por un instante, sacó lentamente la poca ropa que cubría al finés. Éste nunca había estado tan vulnerable frente a alguien, pero supuso que era el momento correcto. Sintió el roce en sus muslos, algo nervioso, algo expectante. Después, terminó de subirse encima del sueco con cierta lentitud. No tenía mucha idea de lo que estaba haciendo y no quería arruinar la situación.

Berwald quería aprovechar cada segundo de lo que ocurría. Ya lo había fantaseado de manera privada, mas nunca imaginó que aquello podría darse bajo esas circunstancias tan… especiales. Había aprisionado al otro y no lo iba a dejar escapar, hasta hacerlo completamente suyo. Aunque fuera solamente una noche, quería ser el único en ocupar los pensamientos del finlandés, ser el único capaz de tocarle como nunca antes alguien lo había hecho y tener el honor de dejarle un recuerdo como ése.

Las manos de Tino recorrían el pecho del sueco, quien debido al calor, decidió sacarse la camisilla, dejando al descubierto su pecho. El primero besó suavemente el cuello del escandinavo y luego, procedió a bajar lentamente. Era ese pecho que siempre le había provisto de seguridad, cuando las cosas no iban como quería, cuando tenía miedo por alguna razón. Era allí donde siempre había encontrado alivio ante sus problemas.

Los latidos del hombre se habían acelerado bastante a medida que el muchacho iba acercándose a lo último que le quedaba de ropa. No lo iba a negar, con tan poca acción, estaba algo excitado. Respiró profundamente, intentando controlarse inútilmente.

El finés se detuvo un instante. Observó a los ojos azules del hombre, quien estaba expectante a lo que iba a hacer luego. Nunca había visto a otro hombre desnudo y obviamente era la primera vez que se hallaba en esa situación tan… comprometedora. Sin embargo, ¿qué mejor forma de demostrarle lo mucho que le amaba? Berwald no era una persona cualquiera, era alguien por quien había estado dispuesto a lo que sea.

No lo dudó más y el muchacho quitó la ropa interior del sueco. Acto seguido, a pesar de los miedos que en ese momento le invadieron, acercó el miembro de aquel a su boca. En cuestión de pocos instantes, Berwald respiró profundamente por la inesperada acción del finlandés. No lo había creído capaz, pero ahora que lo había hecho… Sólo podía disfrutar del intenso placer que le producía.

Tino, al notar la reacción del otro, usó su lengua y jugó con la punta. Le agradaba ver al sueco en ese estado cercano al éxtasis.

—Un poco más… —Le costaba pronunciar las palabras correctas, pero el muchacho captó lo que le quiso decir.

Aunque no se lo dijera, hubiera continuado. No había nada comparado a que ver a la persona que se ama, estando en el máximo estado de placer. Sin embargo, cuando se dispuso a continuar, el sueco se lo impidió. Se levantó y con toda su fuerza, tumbó a Tino al otro lado de la cama. Ahora, los papeles se habían invertido.

—Te amo… —le susurró el escandinavo al finlandés.

—Yo también —respondió. Aquello le había dolido, pero recordó cuáles eran las reglas del juego de ese momento. Así que dejó de lado cualquier pensamiento negativo y en cambio, se entregó enteramente a los deseos del sueco.

Éste puso las piernas del finlandés encima de sus hombros. Tino estaba algo asustado y nervioso, pero confiaba plenamente en él. Cerró sus ojos para dejar de tener miedo, cuando sintió la mano del escandinavo en su miembro. Lo había tomado completamente desprevenido, aunque no por ello no dejaba de disfrutar. Se le escapó un par de gemidos y su respiración se volvió entrecortada.

—¿Te gusta? —indagó el sueco, a pesar de que resultaba bastante obvia la respuesta.

El muchacho se limitó a asentir. Con delicadeza, Berwald decidió que ya era suficiente de juego previo. No soportaba un momento más el saber que el finlandés aún no le pertenecía. Con cuidado, introdujo uno de sus dedos en el interior de Tino. Éste se aferró a las sábanas, mientras que experimentaba una mezcla de dolor y placer. Gimió, sin importarle hacerlo en voz alta.

Con cada grito que el muchacho daba, el sueco se excitaba un poco más. Temía un poco por lo que le sucedería a la sábana debido a la forma que el finlandés se aferraba. Se apartó un segundo y se aproximó al oído del muchacho.

—Date la vuelta —le pidió y el joven, un tanto desconcertado, lo hizo.

Berwald levantó la cadera del finlandés. Lo cubrió de besos desde la nuca hasta el fin de la espalda de aquel. No quería que el momento terminara, no quería volver a la triste realidad que les esperaba a ambos. Adoraba a ese joven, desde lo más profundo de su ser. Eso era algo que nadie iba a cambiar.

Introdujo su miembro con la delicadeza que se podría tener en dicha situación. No iba a mentir, la emoción del momento era demasiada como para poder controlarla del todo. Tino dejó escapar un grito de dolor, estaba tenso y había mordido con toda su fuerza la almohada.

—No voy a lastimarte —comentó el sueco, mientras que se movía lentamente.

—Berwald… —dijo con voz apagada y con cierta dificultad.

Tino creyó sentir que era el sudor del sueco que se había caído por su espalda. Sin embargo, éste estaba realmente triste con cada segundo que pasaba. Aún dudaba acerca de la decisión que había tomado y no pudo evitar derramar un par de lágrimas, a pesar de que había intentado controlarse. Al menos, iba irse con un buen recuerdo.

—¡Voy a…! —El finlandés no pudo terminar la frase. Una repentina sensación de alivio y placer lo había dominado por completo.

Luego, cayó rendido a su lado y se quedó dormido ya que estaba exhausto. Berwald se limitó a secar un poco el sudor del finlandés, que recorría todo su rostro. Sabía que lo que iba a hacer, no se lo perdonaría. E inclusive estando consciente de ello, el hombre se levantó. Le dio un último beso y fue a la ducha. Tenía que hacer un largo viaje y no tenía demasiado tiempo de sobra.

Alrededor de las diez de la mañana, el finlandés se despertó. Todavía no estaba seguro de lo que había ocurrido durante la madruga, aunque lo había disfrutado demasiado. Sonrió, ¿cómo no hacerlo? Por unos breves instantes, se olvidó de lo que había pasado esa tarde en cuestión.

Se ató una toalla a la altura de la cadera, pues quería ver dónde estaba Berwald. El apartamento lucía completamente vacío, parecía que era el único que habitaba aquel lugar. Tino recordó que el escandinavo iba a ir a las afueras de la ciudad esa misma mañana. Lo que no se esperaba era que se fuera sin decirle ninguna palabra más. Ni siquiera se había dignado a despedirse de él.

No quería creerlo, no era posible. ¿Acaso no se había dado cuenta de lo mucho que le necesitaba a su lado?

Al ingresar a la cocina, halló el desayuno hecho. Había una pequeña nota al lado del jugo de naranja y sin perder más tiempo, Tino se puso a revisarla. La misma rezaba: Lo siento mucho, Tino. Ni más ni menos, tan escueto como el sueco acostumbraba.

—¿Por qué me haces esto…? —indagó el finlandés, quien no sabía qué pensar o qué hacer en ese instante.


¡Gracias por todos sus comentarios! ¡Gracias por leer!