Todos los personajes pertenecen a Hidekazu Himaruya, sin ánimos de lucro.
Quiero agradecer los comentarios de: Serket Girgam, Ann Aseera, Merlina-Vulturi, Nemu Black Parade, perritolabrador21, kikyoyami8, Kuroku du Lioncourt y Linda4257.
XXXIX
Acababa de tomar la decisión más difícil y dolorosa de su vida. Berwald tomó sus dos maletas y se quedó un rato observando la puerta del apartamento. Nunca había creído que aquel aviso en el periódico le conseguiría no solamente un compañero de piso, si no también alguien a quien querer con todas sus fuerzas. Se paró por unos instantes, estaba más que consciente de lo que iba a hacer, pero ya se había decidido. Simplemente necesitaba irse antes que las cosas empeoraran.
Pensó en todos los momentos que había compartido con Tino. Algunos había sido problemáticos, otros que deberían haber sido enmarcados y colgados en la pared para ser recordados para siempre. Pero no estaba arrepentido en lo más mínimo. Había apreciado cada instante que había pasado con el finlandés, fuera cual fuera la circunstancia.
Antes de ir a tomar el tren, quiso hacer una última parada. Sabía que esta persona le iba a regañar, pero si no había escuchado a Tino, obviamente no lo iba a oír a él. Solamente lo hacía por tomar precauciones. A pesar de que había decidido irse de la ciudad, no podía quedarse sin saber el estado del muchacho. Si algo le llegara a pasar, quería ser informado lo más pronto posible. Y lastimosamente, a la única persona en quien podía confiar era en él.
Tocó varias veces el timbre, ya que no tenía demasiado tiempo para estar perdiendo. Cuando estaba a punto de darse por vencido, pudo ver la figura de ese alguien que iba caminando perezosamente.
—¿Qué rayos quieres, Berwald? —se quejó el danés, quien todavía estaba algo dormido.
—Me voy…
—¡Bien! ¡Hablamos más tarde, entonces! —razonó Andersen, tratando de cerrar de nuevo la puerta. Pero el sueco le detuvo.
—Me voy de la ciudad —repitió para que el otro se diera cuenta de la seriedad de lo que le estaba diciendo.
Ahí fue cuando el danés se despertó repentinamente y abrió sus ojos azules. No estaba seguro si sólo lo estaba soñando o realmente Berwald había dicho semejante cosa.
—¿Cómo qué te vas? —reclamó éste. Aún no había tenido la oportunidad de reclamarle el favor que le debía.
—Conseguí un lugar afuera de la ciudad —fue la única explicación que le dio. No tenía y no quería comentarle cuáles habían sido las circunstancias que le habían obligado a irse. Sacó una nota, donde estaba escrita la dirección y el teléfono del nuevo sitio —. Si le llega a pasar algo a Tino… —Le entregó la hoja y se dio la vuelta.
—¡Espera, Berwald! —exclamó el confundido Andersen, quien no entendía a qué venía todo eso.
No obstante, el sueco no escuchó ninguno de los gritos y los bonitos adjetivos que el danés le estaba dedicando. Simplemente se limitó a tomar un taxi hasta la estación. Quería terminar con todo lo más rápido posible, ya que sabía que si volvía a pensarlo nuevamente, se iba a arrepentir y regresar en cuanto antes al lado del finlandés.
Habían pasado dos meses desde que se había mudado a las afueras de la ciudad. No se podía quejar, su taller comenzó a crecer bastante. Ahora había tenido que contratar a muchos empleados para que pudieran hacer el trabajo, ya que el tiempo no le apremiaba para hacerlo por su cuenta.
Aquel lugar era bastante apacible, muy tranquilo y sin muchos sobresaltos, tal y como a él le gustaba. La casa, si bien no era excesivamente grande, lo era lo suficiente para tener todos los pedidos cómodamente puestos y ordenados, sin la necesidad de tener que rebuscarse espacio. Podía mantener un armario completo para sus herramientas, sin tener que sacar otras cosas.
Hacía un par de semanas que había adoptado a una cachorra a la cual llamó Hanatamago. Era pequeña, de pelaje blanco y bastante alegre y juguetona. Siempre se mantenía a su lado y parecía que nunca perdía los ánimos. Gracias a ella, no estaba pensando constantemente en cierto finlandés quien había dejado en la ciudad.
Sin embargo, no podía evitar preguntarse qué había ocurrido con él. ¿Acaso se hallaba bien? ¿No le habría pasado algo durante su ausencia? ¿Aún le molestaba ese ruso? Estas eran cuestiones que constantemente le molestaban y que no podía evitar dejar de pensar. Aunque había intentado olvidar la relación, simplemente había sido demasiado importante para él, como para dejarlo así nada más.
Sentía muchísima tentación por saber en qué andaba. Todas las noches agarraba el tubo del teléfono y marcaba hasta la mitad. Luego, recordó cuál era la razón por la cual había decidido alejarse y volvía a colgar. A pesar del tiempo que ya había transcurrido desde su separación, aún le costaba aceptar aquella situación que él mismo había causado.
A la noche, siempre miraba hacia la izquierda, como si estuviera buscando la presencia del finlandés a su lado. ¿Cómo era posible que su relación pudo haberse ido a pico tan rápidamente? Miró hacia el otro lado, hacia la ventana. ¿Tino todavía pensaba en él? No le culpaba si ya hubiera continuado con su vida, después de todo, le había lastimado bastante. No le cabía ninguna duda de que quizás ya estaba con alguien más.
Lo único de lo que quería asegurarse era que fuera feliz. Si algo siempre le había molestado, era cuando el muchacho lucía triste. Esa última noche apenas había podido soportar las lágrimas de Tino.
—Espero que me hayas perdonado —dijo Berwald, como si de alguna manera pudiera hacerle llegar dicho comentario al finlandés.
Por su lado, Tino aún luchaba por acostumbrarse a la ausencia de aquel hombre, pero por más que se lo propusiera, le resultaba demasiado difícil. Todavía guardaba la esperanza de que en cualquier momento su teléfono sonaría o inclusive que Berwald se presentaría a su puerta, o por lo menos alguna señal de que el mencionado estuviera en su misma situación.
Sin embargo, no había nada que le indicara aquello. Todavía podía recordar con demasiada exactitud aquella última noche y seguía preguntándose por qué se había ido, a pesar de lo que había repetido varias veces. No entendía cómo alguien era capaz de abandonar a la persona que se supone que ama. Por más que había tratado de razonar, no había lógica que pudiera explicar el comportamiento del sueco.
Su relación había sido tan fugaz que incluso se planteó que solamente se trató de una aventura y nada más. ¿Acaso lo había usado? Movió su cabeza de un lado a otro, no podía ser de esa forma. Estaba completamente seguro de que el sueco no iba a jugar con sus sentimientos por una cuestión tan superficial. No obstante, seguía preguntándose porque había tomado esa decisión tan ex abrupta.
No pasó mucho tiempo después de la partida de Berwald, cuando el finlandés había presentado su renuncia a la juguetería. Ya le había ocasionado más problemas que otra cosa y francamente, le traía malos recuerdos. Tal vez era tarde para salvar su relación con aquel hombre, pero ya no iba a soportar más que el ruso se aprovechara de esa forma. No le importaba el hecho de que tendría que ir en busca de otro empleo, simplemente se había cansado.
¿Qué pensaría Berwald al respecto? ¿Estaría contento? Quizás si solamente le hubiera escuchado… No había un solo día en el que no se lamentaba el no haberlo hecho antes. Era una petición por de más sencilla, ya que en la ciudad había otras jugueterías donde podría solicitar trabajo. ¿Cómo no lo había podido ver antes?
El finlandés estaba parado en el balcón, simplemente observando a las distintas personas que pasaban enfrente de su edificio. Aunque aquella ciudad tenía muchísima población y había hecho muchos amigos, la verdad era que nunca se había sentido tan solo como en ese momento. Se volteó, creyendo que alguien había posado su mano encima del hombro, pero se decepcionó al no encontrar alguien allí.
¿Por qué se había mostrado tan frío repentinamente? Sí, sabía que eso iba a pasar. No obstante, por más preparación mental que había intentado hacer, nada hubiera sido suficiente para hacerle sentir mejor después de su partida. Había procurado concentrarse únicamente en su trabajo, pero al regresar, todavía esperaba que Berwald le preguntara acerca de su día. Al despertarse, aún buscaba el desayuno hecho. O cuando se tropezaba con algún trabajo de aquel, ya que el espacio no era muy grande.
En parte, era su culpa por haber dejado ser malcriado de esa manera. Si no lo hubiera acostumbrado a esa clase de actividades, no estaría experimentando esa jodida añoranza.
—Si no hubiera venido a esta ciudad, nada hubiera pasado —se dijo mientras que intentaba hallar una solución para tanta tristeza y drama.
Mientras que continuaba ensimismado en sus propios pensamientos, alguien comenzó a golpear con impaciencia la puerta del apartamento. Tino se quedó mirando, tratando de adivinar si nuevamente era parte de una jugarreta de su imaginación. No quería volver a decepcionarse por culpa de la maldita esperanza que aún conservaba. Sin embargo, conforme los minutos pasaban, la persona que se hallaba del otro lado parecía estar apurado.
—¡Ya voy! —exclamó el ahora único residente de ese piso. Le costaba un poco caminar rápido con las pantuflas que llevaba puestas, mas hizo el mayor esfuerzo. No sabía con quién podría encontrarse, así que obviamente estaba nervioso. No recordaba que tuviera alguna visita o algo por el estilo.
Le costó un poco girar la perilla por culpa de la tensión que sentía. Fueron los segundos más angustiosos en la vida del finlandés. ¿Y si era Iván? Rogaba estar equivocado por completo. Al abrir la puerta, se encontró con una sorpresa bastante… particular, por decirlo de alguna manera.
—¡Tino! —exclamó aquel hombre, quien había salido corriendo desde su lugar hasta el edificio. Con dificultad respiraba y su cara estaba algo roja por el esfuerzo físico que había hecho.
—¿Andersen? ¿Qué haces aquí? —indagó desconcertado. De todas las personas que pudieron haber tocado la puerta, no esperaba que fuera precisamente ese danés. Además, dado que el sueco ya no vivía en el piso, no tenía ninguna razón para ir allí.
—No puedo explicarte ahora —comentó en medio de jadeos. El finlandés le ofreció un vaso de agua, en parte por amabilidad, en parte porque quería saber cuál era el motivo por el cual ese hombre se había presentado frente a su puerta.
Después de sentarse en el sofá y pensarlo varias veces, Andersen miró directamente a los ojos pardos del otro. Éste se asustó un poco, pues no sabía qué rayos iba a salir de la boca de su inesperada visita. Pero fuera lo que fuera, evidentemente era muy importante.
—Encontré a Berwald —contestó repentinamente y yendo directamente al grano, sin dar rodeos.
—¿Eh? —cuestionó el finés, que no había captado muy bien lo que le había dicho el otro. Es decir, no estaba seguro acerca de lo que había oído, quizás simplemente se lo había imaginado.
—¡Qué encontré a Berwald! —repitió el nórdico y sin darle tiempo a Tino para que pudiera responder, prosiguió con la explicación —. Así que deberías prepararte, iremos mañana temprano.
El joven se quedó callado por un buen lapso de tiempo. ¿De verdad, esas palabras habían sido pronunciadas? No podía creerlo, no le entraba en la cabeza lo que le había explicado el danés. Había pasado un par de meses desde que se habían separado, ¿por qué esto sucedía tan repentinamente? Y lo más importante, ¿por qué a Andersen le importaba que se volvieran a juntar? Tenía tantas dudas rondándole, que empezó a marearse.
No sabía por dónde comenzar. La persona que podría contestarle todas sus preguntas, estaba sentada frente a él. Sin embargo, no estaba seguro cómo iniciar el interrogatorio.
—Pensé que estarías feliz —opinó el danés, mientras que observaba atentamente la expresión del finlandés.
—Lo estoy, lo que pasa es que… —Le costaba expresarse, ya que tenía un montón de emociones mezcladas.
—No lo pienses más —le aconsejó el otro —. Mañana podrás reclamarle todo lo que quieras. Al menos, eso es lo que haré —comentó con cierta molestia. —. Vaya, ustedes dos son verdadero caso especial —Dejó escapar un suspiro.
Después se levantó y se despidió. Ni siquiera él entendía por qué había hecho eso, simplemente sintió la necesidad de echarles una mano. Aunque, gracias a eso, el sueco continuaría debiéndole favores. Y no había mejor sensación que saber que aquel hombre estaba en deuda con él. Además, quería sacarle en la cara lo idiota qué era. Al final, terminaba ganando por lejos.
—¿Lo podría pensar primero? —cuestionó el finlandés. Si bien no dudaba de que tenía ganas de volver al sueco, ¿qué haría si este le despreciaba o le echaba directamente? Su pobre corazón no iba a poder aguantar más rechazo.
—Como quieras, pero vendré a eso de las seis —Miró al muchacho, era evidente que necesitaba una larga plática con su antiguo compañero de dormitorio. Incluso hasta para él, le resultaba algo cruel que le hubiera abandonado de ésa manera.
Toda esa noche, Tino estuvo dando vueltas y más vueltas. La visita del danés había sido demasiado reveladora. Ansiaba demasiado saber en qué andaba el sueco, cómo le había ido con su negocio. Ignoraba toda esa información acerca de él, lo cual le mataba. Lo que más le molestaba de la ausencia de Berwald, no había sido que le dejara de manera tan abrupta, si no el hecho de que simplemente hubiera desaparecido de su vida. Como si nunca hubiera ocurrido.
—¿Qué haré? —se preguntó mientras que miraba hacia el techo.
Es corto, porque es un capítulo de transición.
El capítulo final será subido el viernes. Y no creo que se lo vean venir.
¡Gracias por leer!
