Projections - Capítulo 1 - Tyelperin.
Disclaimer: Al parecer, ni Harry ni Draco ni ninguno de los personajes del Potterverso, éste incluido, me pertenecen. Una pena. Puedo afirmar, no sin orgullo, que Gretchen y Dylan son todo míos y que he encontrado una moneda de cinco céntimos debajo de un cojín.
NdA - Este capítulo ha costado 3 días, unas 20 tazas de café, 1 donut y una amenaza de dejar la escritura para siempre. Ha sido escrito, desde el primer guión hasta el último punto, con la canción I'm Henry the VIII I am de Herman's Hermits y Double Trouble sonando de fondo constantemente.
Especial agradecimiento a mi beta por su paciencia. Le he estado haciendo el equivalente a pincharle con un palito a base de enviarle fragmentos de capítulo durante horas y los ha leído y corregido aunque tuviese cosas que hacer. También a todas esas personitas que han comentado en LJ (http : / tyelperin . livejournal . com) y han salvado este capítulo de la quema.
El fragmento de novela incluido en este capítulo fue extraído de El Pistolero de Stephen King. Por desgracia, tampoco me pertenece. Aunque la moneda de cinco céntimos brilla bastante.
xXx
- Os digo que se ha vuelto completamente loco. – Harry no sabe cuántas veces ha repetido esa frase durante la tarde. Muchas, probablemente. Demasiadas juzgando las expresiones de entretenido hastío de Ron y Hermione al otro lado de la mesa.
Con un suspiro, baja la mirada y juguetea con el borde de su vaso de cerveza con el ceño fruncido y mordiéndose el labio. Está intentando controlarse, empujar las palabras hasta el fondo de su garganta. Es difícil y es absurdo, pero también es demasiado increíble como para no darle vueltas y vueltas y…no, no puede contenerlo. Harry deja salir las palabras con brusquedad antes de poder pensarlas.
- ¡Toda la cabaña estaba llena de notas! – insiste, frustrado ante la risilla de Hermione y el bufido de Ron. – De él hablando consigo mismo…
Hermione se inclina hacia él apoyando los codos sobre la mesa, una cascada de alborotado pelo castaño cayendo sobre su hombro. Tiene la mirada, sus ojos están llenos de Harry James Potter sé que estás sobreactuando mientras suspira y lanza una fugaz mirada a Ron que sólo asiente y abandona la mesa dirigiéndose hacia la barra.
- Harry, - empieza ella, con suavidad. Harry deja de mirar más al vaso que a ella y sonríe un poco – te das cuenta de que lo único que has dicho en toda la tarde es que Malfoy está loco ¿verdad?
- Pero es que lo está – salta Harry, muy lejos del punto en el que le preocupa contenerse y muy cerca de ese en el que una copa más hará que se vea envuelto en un festival de risillas alcohólicas. – Tenía un papelito de esos pegado en el hombro recordándose que tenía que comer, 'Mione.
- Los escritores tienen…hábitos extraños, Harry. Ignóralo y ya está. – Harry estaría preparado para responder con algo ingenioso si no estuviese tan borracho, aunque sabe que eso tiene algo de sentido. Y si eso no lo tiene, lo tiene que Malfoy siempre ha estado más allá de su entendimiento. Harry opta por la opción más sencilla; esperar con los dedos sobre el vaso a que Ron vuelva con una nueva copa, se siente y alce su propio vaso en un brindis silencioso.
Un brindis silencioso que sólo ellos saben que es en honor a esas tardes de viernes en las que sólo son Ron, Harry y 'Mione y lo que hayan sido el resto de la semana da exactamente igual.
xXx
El camino a casa es largo y está lleno de la tentación de aparecerse directamente en Grimmauld Place, con o sin riesgo de partición. Por suerte, conserva la coherencia suficiente como para saber que esa es una muy mala idea y Harry consigue llegar entero hasta su habitación antes de lanzarse sin más sobre la cama.
Un chirrido consigue abrirse paso a través de su inconsciencia. Harry gruñe contra la almohada y lucha contra lo inevitable. ¿Quedará poción para la resaca? Espera casi con desesperación que sí, mucha porque la idea de pasar el día; la semana, puntualiza servicialmente su cerebro a medio despertar, con Malfoy, un dolor de cabeza punzante y la boca seca y pastosa no es muy…atractiva.
- Ya, ya… - responde al chirrido, dejando caer el brazo entero sobre la mesita de noche. El chirrido desaparece y es sustituido por un "clonc" metálico muy cerca del suelo. Demasiado cerca del suelo. Harry sigue gruñendo, en parte porque es el único sonido con sentido que se ve capaz de articular y en parte porque es lo más conveniente a las 7 de la mañana, con resaca y un despertador roto.
El baño parece estar muy lejos y la cabeza le da vueltas. No sabe cómo ha llegado entero hasta el lavamanos, pero ahí está. Desde el pequeño espejo, un hombre mal afeitado y con ojeras hasta los pies le devuelve una mirada cansada antes de abrirlo y buscar la poción.
- Allá vamos… - o eso suena, al menos, dentro de su cabeza porque lo que se deja oír en el cuarto de baño es un "afumnos…". Sea como sea, a él le vale.
Una poción, un afeitado, una ducha y dos cafés después, Harry está parado delante de su puerta con la varita en la mano. La idea de que Malfoy de alguna manera haya conseguido herirse más de lo que lo habría hecho un lector vengativo no le parece descabellada después del tour por la cabaña. Malfoy fue frío; distante y casi educado mientras le llevaba a través de habitaciones como si la multitud de notas amarillas no estuviesen allí o Harry no pudiese verlas.
Había pasado todo ese tiempo mordiéndose la lengua y tosiendo para no empezar a reír hasta tener que tirarse al suelo. Está seguro de que Malfoy piensa que es un loco acatarrado por la forma en la que tenía que contener la risa. De todas formas, él piensa que Malfoy es un lunático y tiene pruebas de ello. Como la nota del sillón de la sala principal, que si pudiese hablar lo haría con tono severo y autoritario, y su "Ni se te ocurra, búscate una cama para dormir" o esa otra nota pegada en la puerta de la que era la habitación de Malfoy, con su "Dormir con la ropa puesta sólo hará que tanto ella como tú os sintáis bastante mal después" con líneas torcidas escritas a lápiz. Por eso mismo; Harry tiene que concentrarse especialmente, con los ojos cerrados y la lengua trazando con distracción el labio inferior mordido, para aparecerse delante de la cabaña sin partirse.
Entierra el recuerdo de las notas amarillas bajo el de la pequeña cabaña en el borde del acantilado, el olor a agua salada y a hierba, y todo desaparece y vuelve a aparecer. Respira pesadamente por la nariz y abre un ojo casi dudoso, soltando un suspiro de alivio cuando todo está en su sitio y la cabaña está justo ahí, donde estaba.
Las pocas defensas provisionales que puso antes de irse el día anterior a recoger sus cosas siguen ahí y Harry las atraviesa sintiendo el pequeño temblor de la magia a su alrededor mientras le cede el paso. Sabe que la puerta no está cerrada. Malfoy dijo que nunca está cerrada y no se planteó preguntarle su opinión sobre las posibilidades de permanecer seguro sin cerrar con llave la maldita puerta cuando se tienen defensas mágicas más poderosas y destructivas que un candado.
Cuando entra y cierra la puerta con suavidad, una sonrisa entretenida se dibuja en sus labios al ver que junto a la nota amarilla de ayer ha aparecido otra.
"¿Sabes qué sería mejor idea que salir a tomar el saludable aire de ahí fuera? Un café."
Harry suelta una risotada entre dientes negando con la cabeza mientras avanza hasta las escaleras, maleta en mano. No tiene ni idea de dónde estará metido Malfoy, pero según el tour debería estar dentro de su estudio. El estudio es la habitación junto a la que se le asignó sin preguntar su opinión. Tiene una ventana gigantesca que da al acantilado y una cantidad de notas amarillas preocupante pegadas por todas partes.
Silbando mientras abre la puerta de su habitación y la cierra con el pie sin mucho cuidado, puede oír el tac-tac-tac de las teclas de una máquina de escribir a través de la pared.
Así que es verdad que escribey que escribe algo más que esas tonterías del Profeta. Bueno, sí, escribe una cantidad alarmante de notas amarillas que luego pega aparentemente al azar por ahí, pero no cree que eso cuente como verdadera actividad literaria. Aunque quién sabe, cosas más raras se han visto.
Harry le da vueltas a esa idea y a la cantidad de copias que podría vender un libro recopilando todas las notas de Malfoy mientras desempaqueta sus cosas y las coloca por la habitación. Cree que es el único sitio libre de…recordatorios o lo que quiera que sean. Las pruebas de la locura de Malfoy; dice esa parte ingeniosa de él que vive en alguna parte de su estómago, y él está de acuerdo.
- ¿Y por qué la puta Gretchen querría ir al puto poblado? – se deja oír la voz de Malfoy, alterada y al borde de la histeria, y a Harry casi se le cae el montón de ropa que tiene entre los brazos. Con el corazón latiendo en la garganta, Harry mira la pared de la que ha venido el sonido y desde la que ha dejado de oírse tac-tac-tac y que es, definitivamente, demasiado fina. – Por ninguna puta razón, esa es la respuesta.
A través de la pared empiezan a oírse golpes y la parte de Harry que es un auror y a la que le da igual lo loco que esté Malfoy es la que hace que sus piernas se muevan solas y que antes de poder pensar qué está haciendo esté abriendo la puerta de la habitación de golpe.
Malfoy está de pie, pelo rubio despeinado y tan descalzo como lo estaba el día anterior. A sus pies hay un montón de taquitos de papeles amarillos y en la mano tiene una pluma que seguro ha visto tiempos mejores. Las mangas de la camisa azul celeste que lleva medio metida en los vaqueros medio no, están subidas hasta los codos y Harry puede ver la marca oscura en el interior de su brazo. Se obliga a ignorarla, aunque una punzada de resentimiento le hace poner una mueca antes de recuperar la compostura.
- ¿Qué coño haces entrando así en mi estudio, Potter? – pregunta Malfoy, voz un tono más alta de lo normal y ojos grises entrecerrados con ira y desprecio. Harry se siente…indignado. Está haciendo su trabajo. ¿Y si de pronto Malfoy decidía empezar a pegarse cabezazos contra la pared por la frustración y conseguía matarse? ¿Cómo quedaría él como auror? ¿Y quién iba a explicarle eso luego a McGee?
- No lo sé, Malfoy. A lo mejor me ha atraído el sonido de golpes, – responde él, mofa goteando de cada palabra. – O tus gritos o que pareciera que teestabanmatando, joder.
Aprieta los puños a los costados respirando tal vez más rápido de lo que debería por la alarma y la indignación. Malfoy se aparta un mechón de pelo de la cara y durante unos segundos hay sorpresa en sus rasgos, sorpresa que desaparece cuando sus labios se cierran en una fina línea y sus ojos se entrecierran de nuevo.
- Está prohibido que entres aquí ¿entiendes, Potter? – Hace que su nombre suene como una enfermedad, como algo sucio. Harry aprieta un poco más los puños aferrándose con uñas y dientes a todo su autocontrol. – Pro. Hi. Bi. Do. No hay razón alguna por la que debas hacerlo, así que lárgate y déjame trabajar.
Harry se horroriza un poco demasiado tarde de su propio bufido incrédulo, pero…empezar por un knut, seguir por un sickle.
- Claro, porque tirar esos…lo que sean amarillos al suelo y patearlos por la habitación es… - Harry señala los montoncitos de papel en el suelo con una sonrisa burlona - …trabajar ¿verdad?
Malfoy reacciona con demasiada tranquilidad. Ni siquiera hay un flash de furia. Sus labios se curvan en la sonrisa de autosuficiencia que Harry ha tenido que aguantar durante toda su vida como alumno de Hogwarts.
- Se llaman post-its, - Malfoy se agacha con toda esa gracia que Harry siempre ha querido tener en lugar de su torpeza crónica y recoge uno de los montoncitos, lanzándolo hacia Harry que no lo piensa demasiado antes de que su brazo se dispare y sus dedos se cierren en torno a él. - ¿Es que el glorioso Harry Potter, el Niño que se Empeñó en Vivir, es demasiado bueno para inventos muggle?
Harry mira el montón de pequeños cuadraditos amarillos entre sus dedos con incredulidad. Claro que sabe lo que son los post-its, pero se negaba a aceptar el hecho de que Malfoy estuviese utilizando algo muggle. Es una idea ridícula, ahora que lo piensa, pero algunos hábitos nunca mueren y lleva lo que parece una vida entera pensando que Malfoy desprecia a los muggles y todo lo que hacen.
- Sé lo que son los post-its, Malfoy, – bufa, respondiendo con todo el desafío que puede reunir. – Perdóname por pensar que tú no usarías nada relacionado con los muggles.
- Vas a tener que hacerlo mejor que eso para que te perdone, – el tono de Malfoy es burlón, autosuficiente y muy irritante. Se da la vuelta y deja la pluma en el escritorio, mirando su máquina de escribir con una fijeza que hace que Harry crea que se ha olvidado de que está ahí. Suspira. – Pero si voy a tener que aguantarte, vale, date por perdonado. Y ahora, si no puedes decirme por qué coño Gretchen decidió ir al maldito poblado será mejor que salgas de mi estudio.
Harry va a darle una muy buena razón por la que Gretchen fue al poblado cuando se da cuenta de que no sabe quién es Gretchen ni de qué poblado están hablando. Frunce el ceño, mirando de nuevo los pies de Malfoy entre montones de papel amarillo, y se mordisquea el labio. Su trabajo no incluye ayudarle a escribir, eso está claro, pero mentiría si dijera que no siente algo de curiosidad por saber quién es Gretchen y por qué debería tener una razón para ir al poblado. Pero no es el momento y, por esta vez, no va a preguntar.
- Vale, bien. Que te den, Malfoy. – Un bufido incrédulo de Malfoy se va con él al cerrar la puerta y vuelve a su habitación para colocar las pocas cosas que aún están en la maleta y toda la ropa que ha tirado en su urgencia por salvarle de una amenaza inexistente.
xXx
Se aburre. Nunca en una misión ha estado tan tremendamente aburrido. Ni siquiera cuando McGee obligó a Ron asignarle el caso de una anciana que había hechizado una galleta de chocolate para que bailara y no podía hacerla parar. En esa, al menos, pasó algo.
Ha pasado toda la mañana colocando sus cosas. Luego, se ha hecho un café y ha decidido que si Malfoy quiere uno puede asomar su estúpida y pomposa cabeza y hacerse uno. Se ha tomado el café sentado en su cama, pensando en todo y en nada, ha lavado la taza y se ha sentado en el Sillón de No Dormir mirando el techo.
Con un gruñido desesperado; se pasa las manos por el pelo revolviéndolo mucho más de lo que ya está, por mucha gente que crea que eso es imposible, y se levanta de un salto. Necesita algo que hacer, algo con lo que matar el aburrimiento.
Dando vueltas por el salón, se saca la varita del bolsillo del pantalón y lanza un Tempus. La 1 del mediodía. También empieza a tener hambre. Arruga la nariz y frunce el ceño. Visto lo visto, las mil y una notas con instrucciones sobre cómo hacer un sándwich sin quemar la cabaña en el intento o preparar una tortilla sin que nadie salga herido, es muy poco probable que Malfoy vaya a salir de su estudio dispuesto a preparar algo comestible. Así que tendrá que hacerlo él.
No es el mejor cocinero del mundo, pero se conforma con poco y Malfoy tendrá que hacerlo también. Rebuscando por la cocina consigue los ingredientes suficientes para hacer algo de pasta sin mucha complicación y empieza a cocinar con distracción, tarareando algo que se inventa sobre la marcha.
El olor de la salsa no tarda en llenar la cocina con un aroma dulce y especiado. Harry suspira y empieza a buscar platos por los armarios. Duda con los dedos sobre un plato de cristal, uno en su otra mano. ¿Va a comer Malfoy? ¿Estaría bien servirle un plato y llevárselo? ¿Qué tal si deja de preguntarse cosas, sirve y lo que quiera ser que sea?
Rascándose la nariz con los dos platos en una mano y la cabeza en todas partes menos en la cocina, Harry no es consciente de que Malfoy ha salido de su estudio hasta que capta su figura moviéndose en la puerta de la cocina. Alza la mirada de los platos de pasta humeante y observa a Malfoy entrar en silencio y sentarse en la mesa central como si nada. Como si hubiesen llegado a un acuerdo. Harry enarca las cejas pero le deja en paz, llevando los platos llenos y los cubiertos a la mesa en el mismo silencio que él mantiene.
Pero el silencio nunca ha sido algo que aprecie especialmente. El silencio, hasta cierto punto, le pone nervioso. Sobre todo este tipo de silencio en el que podrían decirse muchas cosas pero no se dice nada sin que haya una verdadera razón.
Deja el tenedor sobre la mesa con su plato a medio terminar y suspira. Podría…intentar hablar con Malfoy, que lo único que ha hecho ha sido mostrar sorpresa durante una fracción de segundo antes de ponerse a comer como si nada. La cuestión es que nunca ha hablado con Malfoy y no se le ocurre nada que decir.
Carraspea, removiéndose nervioso en su silla, y Malfoy alza la mirada de su plato y la clava en él. No hay mucho que interpretar en esos ojos grises más allá de la neutralidad. Malfoy empieza a llevarse el tenedor a los labios, se detiene, vuelve a empezar, vuelve a detenerse…y parece rendirse. Suspira y deja el tenedor en el plato.
- ¿Puedes dejar de moverte? – Harry pestañea. Hasta ese momento, no ha sido verdaderamente consciente de lo mucho que se está moviendo. Tiene una disculpa en los labios a punto de salir cuando su cerebro parece patearle. Ese es Malfoy. Si le molesta que se mueva, que se joda. Le ha hecho la comida y ni siquiera le ha dado las gracias, por él ese capullo ingrato puede salir corriendo de ahí si tanto le molesta que se mueva. La mirada neutra de Malfoy se afila y el desprecio casi supone un golpe físico, pero familiar. Harry conoce el desprecio de Malfoy, no conoce su neutralidad. El desprecio es territorio conocido y cómodo. – Muy bien, Potter, si quieres una medalla por preparar un poco de pasta luego te pondré un post-it en la frente. Pero. Ahora. Deja. De. Moverte.
Sus palabras son inofensivas pero el tono es tan afilado que podría cortar. Harry se plantea responder pero, si es sincero consigo mismo, no tiene ni la paciencia ni las ganas de empezar una pelea verbal con Malfoy. El silencio vuelve a caer, pesado e incómodo, y Harry no vuelve a coger su tenedor mientras él come. Pensativo, juguetea con sus dedos en el borde de la mesa y pasea la mirada por toda la cocina. Las notas destacan sobre madera y metal y hay una justo en el centro de la mesa que le arrancó una carcajada cuando la leyó.
"Mírate al espejo y dime si te gusta que se te vean las costillas. Siéntate y come. Imbécil."
No fueron las palabras las que le hicieron reír, recuerda, fue el tono con el que se reprodujo la frase en su cabeza. Un tono duro, seco y frío pero aristocrático y pomposo. Un tono con el acento refinado y arrastrado de Malfoy poniendo un especial énfasis en que la palabra "imbécil" parezca repugnante. Se le escapa una risa y siente la mirada de Malfoy sobre él durante apenas unos segundos.
No dice nada.
Se está cansando de estar callado.
- Eh, Malfoy…- titubea, aunque la indecisión se aleja cuando su tozudez y su afán por romper el silencio entran en juego. Le mira justo a tiempo para ver el último montón de pasta desaparecer entre los labios de Malfoy y sus manos alejando el plato con cuidado. Malfoy le devuelve la mirada sin mucho interés. - ¿Quién es Gretchen?
- Uno de mis personajes, - responde Malfoy, sin inmutarse, cruzando los brazos encima de la mesa. Harry espera que el brillante, dime algo que no sepa sea tan obvio en su suspiro exasperado que no sea necesario añadir nada más. Para su sorpresa, y espanto hasta cierto punto, Malfoy ríe por lo bajo y apoya la barbilla sobre sus brazos cruzados. – Es una bruja, mestiza. Treinta y dos años. Se fue de casa muy pronto y ha aprendido a vivir sola. No sabe expresar sus sentimientos y tiene miedo de absolutamente todo, aunque no lo diga nunca. Es hermética, arisca y muy poco ingeniosa pero su magia es poderosa. Tiene un gato siamés sin nombre y vive en una casa pequeña cerca de un poblado.
A Harry le pesa, le cuesta y no le hace demasiada gracia, pero tiene que admitir que la forma de hablar de Malfoy sobre su personaje es prácticamente paternal. Sus ojos brillan con una emoción que nunca le ha visto expresar, perdidos en algún punto a su derecha, y en sus labios se ha dibujado una pequeña sonrisa de la que está seguro no es consciente. Ahí, en la mesa de la cocina, hablando sobre uno de sus personajes; Malfoy parece relajado y civil, agradable.
Un suspiro pesado devuelve su atención a las palabras de Malfoy y no sabe si se ha perdido alguna parte del discurso.
- Y aquí empiezan los problemas, Potter, - casi murmura, dientes blancos mordisqueando su labio inferior. – Gretchen no soporta a la gente, pero tiene que ir al poblado para que la historia pueda avanzar. Es un requisito, una necesidad. Pero no sé cómo hacer que baje. Tiene suministros, tiene todo lo que necesita.
Malfoy se ríe, un poco, y a Harry le suena amargo.
- Los personajes se adueñan sólo de los escritores estúpidos y eso es lo que me está pasando. – Su voz es tan baja que Harry tiene que repetir varias veces las palabras en su cabeza para asegurarse de que las ha oído. No sabe qué es lo correcto en esta situación y ni siquiera ha leído lo suficiente como para saber si es bueno o malo que eso ocurra. Lo único que sabe es que el sufrimiento ajeno, incluso el sufrimiento de Malfoy, no es algo que le sea fácil tolerar. Se muerde la lengua, pensando qué decir, hasta encontrar algo que puede ser…apropiado.
- ¿No puede bajar…sin más? – Una de las cejas de Malfoy se alza tanto que Harry cree que terminará desapareciendo bajo la revuelta mata de pelo rubio.
- Bajar… ¿sin más? – Se siente un poco estúpido. Empuja la sensación al fondo de su estómago y frunce el ceño. Justo cuando va a decirle a Malfoy que puede irse a la mierda con sus crisis de escritor, empieza a oír unas tenues risas.
Se está riendo, riéndose de verdad, amortiguando el sonido con la piel de su brazo. Harry no lo entiende. Poco a poco, sus risas empiezan a calmarse y alza la cabeza con expresión incrédula. Todavía brilla la chispa de la diversión en sus ojos y se forma un nudo en la garganta de Harry.
- Nunca creí que fuese a decir esto, Potter, pero eres útil, - comenta, con una sonrisa burlona, mientras se levanta de la mesa y coge su plato y su tenedor. – No dejes que se te suba a la cabeza.
Harry le mira lavar su plato, negando con la cabeza de vez en cuando y murmurando cosas como si él no estuviese en la cocina. Se seca las manos en los pantalones vaqueros y sólo le dedica un breve gesto con la cabeza antes de desaparecer a través de la puerta.
No es hasta varios minutos más tarde que Harry consigue reaccionar, lavar su propio plato y prepararse una taza de café.
Las horas pasan y sigue aburriéndose. Ha colocado protecciones anti-aparición, protecciones anti-rastreo, protecciones anti-detección y, en general, protecciones anti-todo. No tiene nada más que hacer excepto vagar por la casa, inquieto y lleno de una energía que no sabe cómo quemar.
Pasea por el pasillo de las habitaciones a un lado y a otro, sin hablar y sin pensar, sólo por quemar algo de energía y hacer algo, cualquier cosa, está desesperado y no cree que volver a preparar café vaya a ayudar. No. Definitivamente no va a ayudar así que es mejor aplastar esa idea y olvidarla.
- ¡Oh, por favor! – Se detiene a medio paso, frente a la puerta de su habitación, y observa entre la incredulidad y la sorpresa cómo Malfoy abre de golpe la puerta de su estudio y sale de él con un montón de libros entre los brazos.
Harry se deja empujar escaleras abajo sólo porque está demasiado aburrido como para pensar en algo que pueda ser más productivo.
- Estoy harto de oír tus pasos de troll por el pasillo, – espeta Malfoy, tono irritado y exasperado, mientras le empuja hacia el sillón con impaciencia. – Así que voy a darte esto y espero que te estés callado y que no me molestes.
Harry se sienta, demasiado sorprendido como para decir algo, y el montón de libros le cae encima. Cuando consigue reunirlos sin que ninguno termine en el suelo o doblado o demasiado abierto o cualquier pequeña y mínima eventualidad que pueda dañarlos, Malfoy ya ha desaparecido dentro de su estudio y él está en el sillón con un montón de libros y un post-it.
Mira el montón de libros a su lado en el sillón con la cabeza ladeada y expresión dudosa. Está claro que no están impregnados en veneno. Si lo estuviesen, Malfoy habría muerto. Y es muy poco probable que estén hechizados para hacer cualquier cosa, así que Harry coge el primero, se pone cómodo y empieza a leer.
El aburrimiento se desliza poco a poco, arrastrándose como una serpiente, hacia un apartado rincón.
Harry no deja el libro hasta que el sol se ha escondido detrás del acantilado y cuando lo hace sólo es para prepararse un café y volver al sillón.
xXx
En tres días se ha establecida una cómoda rutina con la que Harry se siente bien. O, al menos, seguro.
Draco se levanta siempre antes incluso de que el sol haya terminado de salir y desde su cuarto Harry puede oír el agua de la ducha correr. Después de eso, se mete en su estudio y el tac-tac-tac termina de despertar a Harry, que se ducha con rapidez y baja a la cocina a preparar café. Cuando el aroma del café es lo suficientemente denso, Malfoy sale de su estudio y le roba una taza. Harry aprendió el primer día que no hay que hablarle antes de que se tome el café y que si lo haces no vas a recibir nada bueno a cambio. Malfoy se apoya en la encimera, se bebe su café y nunca le da las gracias antes de irse. Una mañana, le preguntó si era creíble que Gretchen no fuese capaz de crear un patronus. Las dos otras mañanas, sólo lavó su taza y se fue. A Harry no le importa porque ese silencio sí le parece cómodo. Cuando se termina su propio café y lava los trastos, comprueba las protecciones y se sienta en el Sillón de no Dormir a leer los libros de Malfoy. Al acercarse la una del mediodía, se mete en la cocina a preparar la comida y espera a que Malfoy aparezca para empezar a comer. Sus conversaciones son secas, cortas y poco profundas. A veces, tal y como pasó esa mañana, Malfoy le pregunta cosas sobre su novela y Harry ya ha conocido a otro personaje: un anciano de carácter afable y risueño que en su juventud fue un trotamundos llamado Dylan.
Las comidas son el periodo de tiempo más largo que pasan Harry y Malfoy juntos. Al terminar, Malfoy siempre lava su plato y sus cubiertos y en dos de esos días esperó a que Harry preparase el café antes de coger una taza y encerrarse con ella en su estudio. Harry lava las cosas, se toma otro café – y no está demasiado seguro de que toda esa cafeína sea buena, pero tampoco le importa -, comprueba las protecciones una vez más y da una vuelta por la casa buscando notas nuevas o notas que no haya visto. Por ahora, tiene un pequeño ranking con sus favoritas.
La primera está en el espejo del cuarto de baño, el papel está maltratado por la humedad y Harry sospecha que Malfoy la cambia todos los días. En su elegante pero sorprendentemente desordenada letra pone: "Este eres tú y punto. Si no te gusta, lárgate". Cree que es el toque neurótico lo que hace que esa sea su preferida. La necesidad de recordarse que ese, efectivamente, es él es tan absurda que sólo puede ser fruto de la locura.
La siguiente nota fue difícil de encontrar. Está en el suelo, debajo de una pequeña mesita que está al lado del Sillón de no Dormir. "¿Qué haces mirando aquí si podrías estar en tu estudio escribiendo?", es lo único que pone. Y Harry estuvo riéndose durante casi media hora la primera vez que la vio. Ahora, la mira de vez en cuando y nunca falla a la hora de hacerle sonreír.
Por último, en su pequeño ranking se encuentra la Nota de los Libros. Esa tiene nombre propio porque parece merecerlo. En el salón, en la pared que da a la cocina, hay una estantería llena de libros que no sabe si son de Malfoy o no. Justo encima del lomo de unos cuantos, hay un post-it. "Estos no son tus mundos, estos no son tu estilo y estos no son tus personajes. Ya tendrás tiempo de volver aquí cuando hayas terminado con este suicidio profesional". La nota es tan solemne, tan fuera de todo con el resto de pequeños y autoritarios recordatorios de que no se debe dormir en el sillón o cómo se cambia la bombilla, que Harry siente cierto respeto por ella y por la voluntad de Malfoy a la hora de crear algo exclusivamente suyo sin la ayuda de referencias.
No cenan y Harry no ve ningún problema en ello. No quema la suficiente energía como para tener hambre al anochecer y está demasiado distraído con el libro como para que le preocupe el no comer. Por ahora, se conforma a vivir a base de café.
Mucho después de que anochezca, el primer día Harry lanzó un Tempus y vio que eran las 3 de la madrugada, Malfoy sale de su estudio y se mete en su habitación sin decir nada.
El cuarto día, cuando Harry empieza a sentirse definitivamente cómodo en ese ambiente, llega el primer anónimo.
Harry lee el trozo de pergamino con un nudo en la garganta y una garra fría contrayéndole el estómago. La lechuza que la ha traído es genérica, común, sin ningún tipo de rasgo distintivo y antes de poder hacer nada ya estaba fuera.
Espero que estés disfrutando de tus últimos días en la Villa de los Vivos.
No es sólo el anónimo lo que perturba a Harry, es que la rutina se ha roto y no sabe qué hacer con ese trozo de pergamino. Ya ha pasado el café de la mañana y Malfoy está en su estudio, el estudio en el que tiene prohibido entrar.
Frente a la ventana, Harry aprieta la nota entre los dedos y toma aire antes de subir las escaleras y llamar a la puerta. El tac-tac-tac no se detiene de inmediato y, cuando lo hace, Harry traga saliva y espera.
La puerta se abre y Malfoy aparece tras ella, con su pelo sorprendentemente desordenado y su jersey gris con las mangas subidas hasta los hombros – una manía, al parecer – y sus ojos atravesando a Harry de una forma que podría llegar a cortar.
- ¿Qué quieres? – pregunta, en tono seco y cortante, antes de que sus ojos caigan sobre la nota entre los dedos de Harry y frunza el ceño en gesto confuso. - ¿Qué es eso?
Harry le tiende la nota sin decir nada, Malfoy la lee y empalidece un poco más. Los dos están conteniendo el aliento y el ambiente es denso. Malfoy deja caer el brazo con el que sostiene la nota y mira a Harry. La confusión y la sorpresa son crudas y no parece acordarse de ocultarlas, exhibiendo una debilidad que es difícil creer.
- ¿Qué…cómo…? – El momento de vulnerabilidad no dura mucho. Frente a él, la fría máscara de Malfoy vuelve a su sitio y cualquier muestra de su confusión y su sorpresa se ven enterradas bajo su mirada indiferente. - ¿No habías puesto protecciones anti-rastreo, Potter?
El desprecio escuece un poco después de esos tres casi pacíficos días, pero Harry lo ignora porque si han conseguido que la lechuza llegue allí, nada ni nadie les asegura que quien la haya mandado no vaya a hacerlo.
- Las que puse no cubrían lechuzas que supiesen exactamente dónde van, - responde, obligándose a que su tono de voz sea más tranquilo de lo que él mismo se siente. – Esa lechuza conocía la dirección y ha llegado hasta aquí.
Malfoy se muerde el labio, comprensión asomándose de forma fugaz tras su indiferencia.
- Sólo tú, el imbécil de McGee y yo sabemos dónde está exactamente este sitio, - él frunce el ceño y Harry puede ver los engranajes rodando en su cabeza. – ¿Por qué iba a decir McGee dónde coño estoy?
El latido del corazón de Harry, que no sabe cuándo ha empezado a ir tan rápido, vuelve a un nivel casi normal al ser excluido con tanta facilidad como sospechoso. Es un alivio, pese a su pasado y sus antecedentes con Malfoy, no recibir una acusación.
- A lo mejor alguien ha accedido al expediente o han capturado a McGee, - La tensión empieza a desvanecerse. Eso es lo que necesita, actuar. Tener un camino que seguir, el extremo del hilo que le llevará al otro lado. Se permita una sonrisa burlona y una risotada. – Y Merlín sabe que McGee no es difícil de capturar.
Los labios de Malfoy se curvan apenas en una sonrisa y Harry respira un poco más tranquilo. Se ha acostumbrado a que Malfoy, en el poco tiempo que pasa con él, no esté tan tenso como para tener que ocultarse del todo tras su indiferencia. Ahora que se ha relajado lo suficiente como para dejar un pequeño hueco, Harry se siente de nuevo en ese sitio en el que sabe lo que pasa y cómo actuar.
- Da igual. Esto no se va a repetir, – dice, y puede ver cómo el puño de Malfoy se cierra con fuerza sobre el pergamino. – Voy a fortificar las protecciones y lo siento por la próxima lechuza que intente entrar.
Malfoy asiente y cierra la puerta sin añadir nada más. No hay nada más que añadir. Harry baja las escaleras y atraviesa la puerta principal dando grandes zancadas, todo lo deprisa que puede ir sin correr.
Cuando termina, las protecciones son tan fuertes que si una lechuza intenta traspasarlas es muy probable que termine malherida y espera que sean lo suficientemente inteligentes como para percibir la magia y no lanzarse contra las barreras.
Dentro, se prepara un café y se sienta en el Sillón de no Dormir. Por ahora, no le preocupa el anónimo. Las amenazas, aunque lleguen a asustar, en muchos casos están vacías y Harry confía en que ese sea uno de esos casos de perro ladrador, poco mordedor. Taza humeante en mano, abre el primer libro por las últimas páginas. El libro está gastado, las hojas están amarillas y los bordes están un poco doblados. Huele como la biblioteca de Hogwarts.
- Nunca te marchaste – repitió el pistolero, aturdido -. Tan sólo cambiaste.
- Siéntate – invitó el hombre de negro -. Te contaré historias, tantas como puedas escuchar. La tuya, creo, será mucho más larga.
Harry no sabe por qué, pero esas palabras hacen que una sonrisa se forme en sus labios ocultos por el borde de la taza.
