Projections- Capítulo 2 - Tyelperin.
Disclaimer: Con todo el dolor de mi alma debo comunicar que el Potterverso no es mío, si no de J.K Rowling. Una pena, con la de proyectos que yo tengo, pero en fin...por ahora, mi botella de coca-cola light y Gretchen, su historia, sus mundos y sus compañeros me hacen lo suficientemente feliz.
NdA - Empiezo a perder el control de los caracteres, esto sólo puede dirigirnos hacia el caos. Este capítulo ha sido escrito en unos cinco días, con la banda sonora de Hot Fuzz como acompañamiento, incontables horas de insomnio y una cantidad probablemente nociva de café.
Agradezco cada una de las lecturas y favoritos y a proserpinah su comentario. Sobre todo, agradezco a mi beta aguantar mis ataques de The Dumb y mis bloqueos de escritora, que pueden ser muy irritantes. También agradezco al cine británico el devolverme mi capacidad de escribir y a Stephen King por darme la inspiración suficiente para crear los mundos y la historia de Gretchen. Con respecto a ella, quiero decir que Draco no la utiliza como retrato de sí mismo, es sólo un personaje que no tiene nada que ver de forma intencional y directa con su personalidad.
xXx
El pistolero esperaba el momento de invocar y soñaba sus largos sueños sobre la Torre Oscura, a la que un día llegaría, a la hora del crepúsculo, y a la que se acercaría, blandiendo su olifante, para librar una inimaginable batalla final.
Harry cierra el libro con una extraña sensación de vacío en la boca del estómago. Deja caer la cabeza contra el respaldo del Sillón de no Dormir suspirando, dejando a su vez las manos con el libro sobre su regazo.
Cierra los ojos y se relaja contra los cojines, repitiendo escenas al azar del libro en su mente. Se suceden de forma vertiginosa pero no le importa. Ese tipo de confusión no es mala, es sólo…extraña. Abre un ojo con pereza. El Pistolero. Crónicas de la Torre Oscura I. No hay ningún otro libro de esas crónicas entre el montón.
Vuelve a cerrar los ojos y deja el libro a un lado. Está empezando a dormirse, arrullado por viajes a través del desierto y destinos que romper, cuando los pasos amortiguados de los pies descalzos de Malfoy se oyen a su espalda.
- ¿Ya has terminado uno? – Asiente con la cabeza, sin molestarse en abrir los ojos, como respuesta a la voz tranquila de Malfoy y siente el respaldo del sillón hundirse a un lado, la presencia de Malfoy llenando de pronto su espacio vital. – El Pistolero…
Puede oírle sonreír, por raro que fuese oír algo así. Él mismo sonríe sin poder evitarlo. Malfoy huele a algo cítrico, a menta y a humo. Se muerde la lengua, cortando de golpe un suspiro. Porque no está oliendo a Malfoy. Es algo completamente inconsciente.
- Sabía que este iba a gustarte, - comenta su voz, alejándose a la vez que el peso desaparece. – Todo ese rollo del héroe contra el mundo…ya sabes lo que quiero decir, Potter.
Harry bufa y niega con la cabeza. Malfoy no añade nada más. Está empezando a…tolerarle, a entender algunas cosas que nunca se molestó en comprender. Y ni siquiera lo hace de forma consciente, es su propio inconsciente el que se amolda y adapta, absorbiendo la información que necesita y creando un nuevo patrón.
Un momento.
Harry sabe que hay algo raro ahí. Algo que ha roto el patrón y, por lo tanto, la rutina. Entreabre los ojos y se levanta del Sillón de no Dormir intentando encajar las piezas del puzzle. Es Malfoy, eso lo tiene claro. Algo sobre Malfoy. Desde ahí puede verle dentro de la cocina; con sus vaqueros gastados y su camisa azul con las mangas subidas hasta los codos, con su pelo rubio y desordenado, con sus ojeras y su forma de moverse. Eso está bien, es como siempre. Entonces ¿qué coño es lo que le hace tener esa sensación de…no encajar?
Es su olor.
Harry frunce el ceño, porque oler a Malfoy y aprender a reconocer su esencia no estaban en su agenda, pero sigue ese hilo de todas formas. Por las mañanas, prácticamente toda la casa huele a su champú cítrico mentolado. Lo que sobra es el humo.
Entra en la cocina arrastrando los pies. Malfoy está calentando café y cuando le mira ve algo más que no encaja. Tiene un cigarrillo detrás de la oreja.
- ¿Fumas? – pregunta, consciente de que es un poco estúpido hacerlo dada la obviedad de la respuesta pero incapaz de tolerar más silencio.
- No, – Harry enarca las cejas pensando si de verdad cree Malfoy que es tan imbécil o si está siendo irónico. Cuando se trata de él, es difícil de decir. Tras unos segundos de silencio, Malfoy suspira y se da la vuelta para abrir el armario de detrás de Harry y sacar una taza con distracción. – Lo dejé antes de venir aquí, o lo intenté.
Mientras se llena la taza de café, apoyándose en la encimera, Harry no es capaz de descifrar su expresión. No es la fría indiferencia de los dos primeros días, tampoco es la acidez de siempre. Es sólo…algo vacío.
- No todos los días me amenazan de muerte, - ojos grises se cruzan con los suyos y de pronto estalla la irritación, una que no entiende y que no sabe cómo ha provocado. – Aunque claro, qué voy a saber yo de amenazas de muerte ¿verdad, Potter?
Su rabia es tan repentina como la irritación de Malfoy.
- Y a mí me encantó estar al borde de la muerte hasta los diecisiete ¿verdad, Malfoy? – el desprecio es tan claro, tan intenso, que Harry siente que ha vuelto a Hogwarts. Y, en cierto modo, no le importa. – Yo era el puto Niño que Vivó, tú eras un capullo. La diferencia está clara.
La mirada de Malfoy se afila y un escalofrío recorre la espalda de Harry. Oye el pequeño "tap" de la taza al dejarla Malfoy sobre la encimera. Familiaridad, recuerdos, la marca resaltando como nunca en su brazo. Malfoy lo nota, sabe que la está mirando, y extiende el brazo con una sonrisa burlona.
- Adelante, Potter ¿quieres jugar a eso? Yo era un capullo, - Malfoy traza su marca con un dedo y en ese momento es desafío puro – que tuvo que vivir con él. En mi propia casa.
La voz de Malfoy es dura, acerada y agresiva. No queda ni pizca de la camaradería que compartieron. La rabia de Harry puede más que su compasión.
- Tú elegiste eso, - espeta, sin alzar la voz pero más tenso de lo que ha estado en mucho tiempo. – Nadie te obligó a hacer…eso.
Señala la marca, sus ojos estrechándose con desprecio, y Malfoy le responde con una carcajada mordaz.
- No, Potter. Nadie dijo que mataría a mis padres y que luego me mataría a mí si no le dejábamos usar nuestro recibidor para torturar a gente, - Malfoy da un paso hacia él, no retrocede – nadie exigió lealtad a cambio de la vida, nadie me privó de mi libertad y, por supuesto, nadie me agradeció nunca salvar su jodido culo a costa del mío.
- ¡Nadie te pidió que le salvaras el culo, Malfoy! – estalla; incapaz de controlar el recuerdo de años de desprecio, lucha y, finalmente, muerte. La guerra no es su mejor recuerdo, no es algo a lo que hubiese querido llegar y no es algo de lo que se enorgullezca. Es una sombra constante en su vida, lo que hace que no pueda ser un auror normal. Lo que le impide llevar la vida que quisiera.
Malfoy parece recibir un golpe físico y retrocede, dedos crispándose sobre la marca.
- No quería morir y no quería que mis padres murieran. Lucius fue un capullo durante toda su vida, pero mi madre no se lo merecía, - masculla, aunque su voz suena firme. El desafío, la ira y el desprecio han desaparecido. Sólo queda dolor, seco y frío, que deja a Harry sin nada que decir. – Cuando pasas por eso, aprendes cosas. La sangre no lo es todo, los magos no somos los únicos con derecho a vivir, las decisiones no son tan libres como nos hacen creer.
Malfoy suspira con la mirada clavada en el suelo y sus dedos trazando con distracción la marca en su brazo extendido. No parece consciente de nada, ni siquiera de la presencia de Harry, durante unos segundos.
- Y aprendes que los libros nunca te miran el brazo, Potter, ni se preguntan por qué no estás encerrado en Azkaban. No te dan un trabajo de mierda sólo porque una vez fuiste un crío que sólo quería… - hace una pausa y hay ojos grises en Harry. No piden ayuda, tampoco queda dolor, sólo es…la verdad. No hay nada. – Que no sabía lo que quería.
Harry tiene dudas. No siente pena por Malfoy, porque no cree que tomase buenas decisiones y no cree que eligiese el camino correcto. Sin embargo, eso pertenece al pasado y la gente cambia. Lo sabe. Él ha cambiado, Ginny ha cambiado, Neville ha cambiado, incluso Ron y Hermione han cambiado. ¿Por qué no iba a cambiar Malfoy?
Pero hay preguntas.
Se sienta frente a la mesa y hace un gesto vago, casi indeciso, indicando la otra silla. Malfoy asiente y coge su taza antes de sentarse frente a él.
- ¿Por qué escribías eso, Malfoy? – con una ceja alzada, Malfoy le mira como si no comprendiera. Harry lo entiende y niega con la cabeza. No quiere saber nada sobre la guerra, nada. Malfoy se encoge de hombros.
- Escribía lo que el redactor jefe pedía, Potter. Sensacionalismo, amarillismo, crítica. Mentiras y mucha basura. Una cantidad obscena de basura.
- Pero… - Malfoy niega con la cabeza.
- Cuando entré a trabajar allí eso no era lo que buscaba. Pero lo hice y no me arrepiento. De no haberlo hecho, nunca habría acabado aquí en mitad de ninguna puta parte escribiendo lo que sospecho es una mierda que me tiene esclavizado.
Malfoy se lleva la taza de café a los labios y pone una mueca al beber el café frío. Deja la taza en la mesa y no la vuelve a tocar. Harry reprime una sonrisa pero alza una ceja en su lugar ante el gesto. Malfoy sólo vuelve a encogerse de hombros.
- ¿Por qué lo dejaste?
- No soy Rita Skeeter, no disfruto con eso. Aunque tú creas que sí. Era degradante, periodismo de tercera, basura. Quería escribir y esa era la única forma de conseguirlo, – suspira, cruzando los brazos sobre la mesa. Es algo que suele hacer. Ahora apoyará la barbilla encima, piensa Harry, y Malfoy deja caer la barbilla sobre sus brazos cruzados. – Me pidieron algo sobre ti. Invéntate algo, decían, cualquier cosa. Estaba harto de inventarme cosas sobre ti, no tenía nada más que inventar. Y esa mañana no había café en la oficina, así que…
- Recuerdo algunas de esas cosas que te inventaste, - un poco a su pesar, Harry ríe entre dientes. – Algo sobre… ¿no saber cómo hacer una escitala espartana? Un poco estúpido, aunque debo admitir que eres más creativo que Skeeter.
Y, para su sorpresa, en el rostro antes impasible de Malfoy se forma una sonrisa mordaz.
- Cualquiera sabe hacer una escitala espartana.
Unos segundos de silenciosa contemplación, Harry se mordisquea el pulgar antes de decidirse a hablar.
- ¿Por qué esa novela, por qué…aquí? – Malfoy parece genuinamente sorprendido por su pregunta, pero el cambio en sus facciones dura poco.
- Llevaba mucho tiempo haciendo anotaciones sobre eso, mucho pergamino gastado y muy poca libertad. Londres no es el mejor sitio para estar tranquilo, - responde Malfoy, mientras alza una mano para pasar los dedos por el borde de la taza. – Encontré esto y decidí que necesitaba un poco de…paz, supongo. Silencio. Pero no soy tan ingenuo como para pensar que estaría seguro, así que le escribí a tu comadreja para que enviara un auror.
La palabra comadreja hace que Harry sienta una pequeña punzada de resentimiento, pero no dice nada al respecto.
- Y aquí estoy.
- Y aquí estás.
Malfoy suspira, bufa y un mechón de pelo rubio revolotea sobre sus ojos hasta caer.
- Al principio, no podía creer que te mandaran a ti. Tantos aurores y tenías que ser tú. El puto Harry Potter, - Malfoy ríe y Harry no dice nada. – Eso no estaba planeado, sólo esperaba…cualquier tipo que no me hablara ni me mirara a la cara y que ignorase mi existencia. Siempre he tenido una suerte de mierda.
- No he tenido ningún trabajo serio desde que terminé el entrenamiento. McGee cree que si hago algo útil me partiré en dos. Así que me mandó aquí a vigilarte para que no te cortaras mientras llenabas la casa de papelajos amarillos.
Malfoy niega con la cabeza, pero Harry puede ver una sonrisa en sus labios.
- Controla las cosas que puedas controlar, gusano. Deja que todo lo demás te importe una mierda, y si tienes que caer, hazlo con los revólveres ardiendo, - recita, en tono quedo, y Harry no sabe lo que quiere decir aunque tenga la sensación de que tiene que ver con él. – Es una cita de la segunda parte del libro que has terminado. Y es lo que acabo de hacer. Te he disparado, Potter. Me has devuelto el tiro. Estamos muertos. Bang.
Se ha vuelto loco, grita algo en el cerebro de Harry, completamente loco. Lárgate de aquí. Sin embargo, otro algo le dice que eso es todo. Que algo ha cambiado y que ya no son enemigos, que llevan tiempo sin serlo y que ya no necesita estar a la defensiva. Esa es la forma que tiene Malfoy de decir que el pasado está detrás de ellos y no sentado en esa mesa con el café. Una sensación de alivio le llena el pecho y Harry sonríe.
- Tenemos veinticinco años ¿verdad? – pregunta Malfoy tras pocos segundos de silencio. Harry asiente con la cabeza. – Deja de llamarme Malfoy. Haces que me sienta como un crío de diecisiete que no sabe qué coño hacer con su vida.
- Pues no me llames Potter. Me da la sensación de ser un mocoso de diecisiete años que sólo vive para morir, – el bufido de Malfoy no le irrita. Harry coge la taza de café y Malfoy coge el cigarrillo que tiene tras la oreja. Mientras sorbe el café frío; Malfoy, Draco, concluye tras unos segundos, se lleva el cigarrillo a los labios sin encenderlo.
Y sabe, con el café frío haciéndole arrugar la nariz y fruncir el ceño, que decir algo más sería un error y que Hermione estaría orgullosa de su autocontrol.
Harry bosteza y deja la taza en la mesa. La lavará…en algún momento. Con un gesto de la mano, se despide y se levanta sin decir nada. Ese silencio es un silencio que tiene que respetar, por muy Harry Potter y muy impulsivo que pueda llegar a ser.
Poco después, cuando ya está en su habitación, el tac-tac-tac se deja oír a través de la pared. Harry se duerme con el sonido de la máquina de escribir de Draco, que no se detiene hasta mucho más tarde cuando el sol ya está empezando a salir.
xXx
Harry no pudo empezar a leer ningún otro libro esa semana.
El día siguiente a la conversación, Harry encuentra una nota pegada a su puerta al salir hacia el baño. En el papelito amarillo, la espigada y desordenada letra de Draco dice:
Eres el conejillo de indias que estaba buscando. Descífralo. Por la ciencia.
EDVWD XQ MXÑSJEQUC ERUUDGKR
CBQEVN QRFPVSENERFGB
No tiene ni idea de qué concepto tiene Draco de la ciencia ni para qué necesita que descifre el código. Sí sabe que su forma de comunicarse no es la normal. Podría habérselo pedido directamente, pero Harry se ve de nuevo admirando el sentido del drama de Draco y sus puestas en escena.
Porque tiene que admitir que el hecho de que no haya una explicación, una petición o cualquier cosa hace que le pique la curiosidad.
Pasa un día entero descifrando la primera línea. En la comida, pide papel y lápiz a Draco y él sólo asiente con una sonrisa de autosuficiencia bastante más suave que la que recuerda de Hogwarts.
Cuando empieza a anochecer, Harry está sentado en el Sillón de no Dormir con la pequeña mesa frente a él llena de papeles en los que no caben más anotaciones. Ha probado sustituir las letras por números, identificar las vocales, rotar letras. Ha intentado descifrarlo de las formas más complicadas que se le ocurren, incluso cruzando letras de una línea y otra.
Es entonces cuando se le ocurre que no ha probado las soluciones más sencillas. Poco a poco, por ensayo y error, Harry descubre cómo descodificarlo. Casi grita por la sensación de triunfo, una sonrisa enorme en sus labios, mientras la frase empieza a cobrar sentido:
HASTA UN GRINDYLOW BORRACHO
Harry no reprime una risotada mientras repite el proceso con la segunda línea y la sensación de triunfo empieza a desvanecerse. Al aplicar el sistema, lo que Harry traduce no es más que un montón de letras sin ningún tipo de sentido. No cree que FETHYD TUISIVHQHUIJE sea algo con sentido, ni siquiera en el improbable caso de que tuviese que interpretar en lugar de descodificar.
Con un gruñido frustrado, Harry deja los papeles en la mesa y se va a la cama.
Tarda otro día entero en darle sentido a la segunda línea. Su tozudez y el desafío en sí mismo le mantienen pegado a lápiz y papel, probando todas las combinaciones que se le ocurren.
Cuando lo consigue, es más de medianoche.
Durante unos segundos, casi no puede respirar. Ya ha habido falsas alarmas durante el día que han hecho que su orgullo de deshinche, pero esta vez parece que lo ha conseguido. Traga saliva, escribiendo cada letra casi con miedo.
PODRÍA DESCIFRARLO
Sube las escaleras con la nota y un folio en la mano. Ignora la prohibición de entrar en el estudio y abre sin llamar, dominado por la emoción del reto cumplido. Los dedos de Draco se detienen sobre el teclado de su máquina de escribir y hay ojos grises mirándole, una ceja rubia enarcada y una sonrisa burlona.
- Dos días…no está mal, - comenta Draco, levantándose y cogiendo el folio sin pedirle permiso. A Harry no le importa. – Bien. Pensé poner números también, pero sería difícil suponer que traducir un código numérico a una frase sin sentido no era el paso correcto.
Harry alza las cejas y recupera su folio apoyándose en el marco de la puerta.
- ¿Cuál era el propósito científico de todo esto? – pregunta él, genuinamente interesado en lo que puede significar ese reto.
Draco vuelve a sentarse frente a la máquina de escribir. Por una vez, tiene las mangas bajadas pero se las sube con distracción y le hace un gesto a Harry para que entre. Harry lo hace y, por primera vez, puede ver bien la habitación. Hay libros por todas partes. Enciclopedias sobre mitología, códigos de conducta, manuales de cartografía y mil cosas más que no sabe para qué puede querer.
- Gretchen encuentra una nota codificada, - empieza Draco, señalando la hoja en el rodillo de la máquina – y tiene que descifrar el significado de algo que no tiene mucho sentido. Tengo libros con códigos, pero no sé cuánto podría tardar una persona en descifrar uno sin saber qué busca. No podía probarlo conmigo aunque sean códigos simples porque sabría qué buscar y por qué.
Harry, no por primera vez, siente respeto hacia el hombre frente a él. Con sus manías, sus post-its por toda la cabaña, su forma de comunicarse y sus conversaciones crípticas. Siente respeto por su forma de trabajar, por cómo vuelca tiempo y esfuerzo en escribir algo que ni siquiera sabe si se comprará. Le sonríe porque no se le ocurre qué decirle y Draco le devuelve la sonrisa. Harry contiene el aliento frente a esa sonrisa y siente un pequeño tirón en el estómago.
Carraspea, aturdido durante unos segundos por el pensamiento furtivo de que a Draco definitivamente le sienta bien sonreír, y busca algo que decir antes de seguir pensando en eso. La habitación huele a limón y menta, a Draco. Por alguna razón, eso tampoco ayuda.
- Yo…me voy a dormir, – balbucea, haciendo un gesto de despedida con la mano que Draco devuelve antes de que su atención se centre sólo en la máquina de escribir.
Harry sale del estudio un poco falto de aliento y un poco confuso. Tarda mucho en dormirse y, cuando lo hace, no es un sueño desagradable pero sí inquieto.
xXx
El viernes es, en teoría, el día libre de Harry.
A primera hora está en la cocina de la cabaña, sentado en la mesa y sorbiendo de su taza de café mirando a Draco a través de la madera.
- Lárgate, - ordena Draco. – No te quiero aquí hoy. Fuera. Lo único que conseguirías es cansarte y no hacer bien tu trabajo mañana.
- Draco, sólo ha llegado un anónimo pero eso no implica que no vayan a llegar más, - responde, harto de intentar racionar con él. – No voy a irme.
La mirada gris de Draco se afila. Harry sabe que no va a ceder.
- Te irás. Porque lo digo yo.
Harry suspira, pero no añade nada más. Ha sido sorprendentemente fácil dejar de lado el "Malfoy" y la actitud hostil. En esos dos últimos días de descifrar códigos, Harry cree que son un poco amigos. Al menos, en el sentido más amplio de la palabra.
Aún le desconcierta su reacción ante la sonrisa de Draco y la pequeña obsesión que parece estar desarrollando con su olor fresco. Puede ser que la exposición a los post-its esté haciendo que él mismo empiece a perder la cabeza.
- Vale, - masculla, entre dientes – pero voy a reforzar todas las protecciones y, si pasa algo, mejor será que ya estés muerto para cuando llegue.
Draco le observa con especial interés, como si fuese algo realmente peculiar.
- Espero que seas consciente de lo estúpido que ha sido eso.
Con un bufido, Harry se levanta y atraviesa la cabaña a zancadas. Fuera, potencia todas las protecciones e instala un hechizo simple de alarma, algo que hará que su varita vibre si hay algo intenta atravesar las barreras. Con un suspiro, mira por última vez su trabajo y sus ojos se desvían solos hasta la ventana del estudio. No puede ver nada, pero sabe que está ahí y sabe que no saldrá en todo el día.
Cuando está seguro de que es imposible atravesar las barreras sin que él se entere, Harry se aparece en un punto del Callejón Diagon. Recorre el callejón entre miradas y cuchicheos, sintiéndose observado e incómodo. Esa es la razón por la que Hermione, Ron y él siempre salen en el Londres muggle. Las miradas y los murmullos siguiendo sus pasos no son algo que les guste y prefieren la tranquilidad de un pub en el que nadie sabe quiénes son ni por qué son conocidos.
Alguien choca contra él, golpeándole el hombro, pero Harry no le da importancia. Hay mucha gente en el Callejón Diagon, al fin y al cabo, y él tiene que abrirse paso entre los magos y brujas con cosas que hacer. Que ya es más de lo que está haciendo él, que sólo anda por andar y por matar el tiempo hasta la hora de la comida con Ron y Hermione. Suspira, se detiene frente a la tienda de quidditch y mira el escaparate sin mirarlo, ausente y perdido en sus propios pensamientos. Recuerda el libro que le prestó Draco y se muerde el labio. Está claro que en Flourish y Blotts no va a poder comprar el segundo tomo… ¿no?
Harry sigue andando, se pasa la mano por el pelo y es entonces cuando todo se desvanece y siente un tirón en la boca del estómago.
Reaparece en un sitio oscuro y tétrico, al aire libre y con gente yendo y viniendo sin prestarle atención. Desorientado y algo mareado, Harry mira a su alrededor mientras su mano vuela automáticamente hasta el mango de su varita. Traga saliva, tiene la garganta seca y todos los sentidos alerta.
Está en el Callejón Knocturn. A su derecha, se alza Borgin y Burkes. El corazón le late mucho más rápido de lo que debería y puede oír su respiración agitada sobre el murmullo general de magos y brujas que no le dedican ni una mirada.
Un traslador, joder. Se obliga a recordar todo lo que ha pasado hasta que ha acabado ahí, pero sólo una cosa le llama la atención: El choque.
Joder, joder, joder. Mierda.
Desde su izquierda puede ver algo, apenas un parpadeo, de una varita moviéndose y antes de impactar contra él lo que quiera que le hayan lanzado se encuentra con un Protego y se desvanece. Una figura encapuchada empieza a correr. Harry intenta perseguirla pero quienes se apartan para dejarla pasar le cierran el paso a él y tiene que rendirse casi al final del callejón, sudando y cansado. Se detiene, jadeando, y se dobla sobre sí mismo apoyando las manos sobre los mulos mientras intenta recuperar el aliento.
- ¡Mierda! – grita, a nadie en concreto y lleno de frustración, sin saber por qué le han atacado ni cómo han podido saber dónde estaba. Cuando puede volver a respirar con normalidad, Harry se yergue y su tren de pensamiento toma un desvío hacia Draco. Mira su varita con el ceño fruncido. No ha vibrado, nada ha podido pasarle a Draco. Hay algo que debe hacer antes de volver y partirse por aparecerse sin pensar.
Hermione.
Harry ni siquiera se preocupa por la gente al aparecerse en la puerta del apartamento de Ron y Hermione en el Londres muggle. El rellano es prácticamente un punto de aparición no oficial con las barreras de Hermione y Harry pocas veces ha estado tan agradecido por ello. Llama a la puerta con nerviosismo, mordiéndose el labio y sintiendo el peso de su varita entre los dedos.
Ron abre la puerta y la sonrisa muere en sus labios en cuanto ve a Harry, ojos azules llenos de preocupación mientras deja entrar a su mejor amigo en su piso.
- ¿Qué te ha pasado, compañero? – pregunta, mientras Harry le sigue hasta la cocina donde Hermione batalla con el microondas con expresión concentrada. – 'Mione, Harry ha llegado antes.
El pelo castaño y revuelto de Hermione vuela por todos lados hasta que ella enfoca su mirada en él y su boca se entreabre por el asombro. Harry no es consciente de tener tan mala pinta hasta que ella le mira, ni siquiera Ron lo consiguió.
- ¡Harry! Ven, siéntate, - ella le coge del brazo y le lleva hasta el salón, prácticamente arrojándole sobre un sillón. – Dios mío, Harry, espero que no sea tan grave como parece.
Harry cierra los ojos apoyando la cabeza contra el respaldo del sillón y toma aire, soltándolo despacio. Cuando abre los ojos, Ron y Hermione están de pie frente a él Hermione está jugando con uno de sus mechones de pelo con nerviosismo y Ron no parece capaz de dejar de moverse en el sitio. Harry siente una punzada de afecto por sus dos mejores amigos y eso le tranquiliza. Ellos siempre están ahí. Es bueno saberlo.
- Me han atacado. Alguien…alguien ha chocado conmigo en el Callejón Diagon, - empieza a relatar, gesticulando. – Me ha colocado un traslador. He acabado en el Callejón Knocturn y alguien me ha lanzado algo…no estoy seguro de qué, era azulado. No me dio, pero cuando intenté perseguirle no pude alcanzarle.
Se mira las manos con un suspiro derrotado y de pronto siente una mano suave sobre su hombro. El pelo de Hermione cae como una cortina a su alrededor y su perfume floral hace milagros con sus nervios. Es familiar, es seguro. Ron le da unas palmaditas en el otro hombro y Harry intenta sonreír un poco.
- Podría haber sido peor, compañero. Pero aquí estás, entero. Pensé que no volveríamos a verte con cabeza desde que nos enteramos de lo de Malfoy.
Harry bufa, con humor, y Hermione y Ron se alejan un poco. Tiene que hablar con Hermione, preguntarle y saber. Aunque no la necesite como sanadora, la necesita como…Hermione.
- Malfoy es…sorprendentemente civilizado cuando quiere, Ron.
- Y bastante guapo - interrumpe Hermione, con una sonrisilla, y a Ron le da un ataque de tos. Harry alza las cejas pero también sonríe y asiente.
- Sí, por qué no, - concede, antes de empezar a pensar cómo abordar el tema. Y concluyendo que la mejor manera es hacerlo sin más. – 'Mione, pude ver la túnica que llevaba bajo la otra. Era verde, de un tono un poco chillón. No pude oír su voz, pero la varita era de madera clara y muy recta.
Hermione lo comprende y es como haber presionado un botón de encendido. Su amiga empieza a pensar. Incluso Ron empieza a pensar, con seriedad. Harry es incapaz de llegar a alguna conclusión.
De pronto, Harry lo ve. Es el brillo en los ojos de Hermione que dice que sabe algo. Entonces, ella sonríe y su entusiasmo anima a Harry.
- Puede que tenga que ver con Malfoy.
- Sólo Ron además de ti sabe que trabajo como protector suyo. Ron y McGee.
Hermione frunce el ceño y se muerde el labio, cruzando los brazos. Harry también sabe que eso significa que hay algo que está a punto de comprender pero que se le escapa como humo entre los dedos. Harry se levanta y es su mano la que está sobre el hombro de Hermione. Le sonríe y se encoge de hombros.
- Tranquila, 'Mione. Ya es más de lo que yo he podido descubrir, - dice, mirando luego a Ron que sólo asiente con la cabeza, - Tengo que irme. Siento no poder quedarme con vosotros hoy, pero no sé si le atacarán ahora que no estoy.
Hermione y Ron se despiden de él con gestos de la mano y Harry cierra los ojos y se aparece directamente dentro del estudio de Draco.
- ¡Joder, Potter ¿era eso necesario?
Harry abre los ojos. Draco está sentado frente a su máquina de escribir, pareciendo aturdido y asustado. Harry le sonríe y se relaja un poco. Toda la habitación huele a limón y menta y cerrado.
- Me han atacado en el Callejón Diagon, - dice Harry, y continúa antes de que Draco pueda interrumpirle. – No sé quién lo hizo, pero me colocaron un traslador y acabé en el Callejón Knocturn. Me lanzaron algo y lo bloqueé. Se escapó.
Draco se está mordiendo el labio con una expresión de profunda concentración que Harry sólo le ha visto cuando le ha preguntado algo sobre su novela. Le está mirando y parece incluso…preocupado.
- ¿Qué era el traslador? – Harry se limita a negar con la cabeza porque no lo sabe y, fuera lo que fuese, se perdió en su carrera.
Silencio. Draco y Harry se sostienen la mirada. No intentan decirse o comunicarse nada, sólo se miran y Harry sabe que en su caso es para asegurarse de que Draco está bien, de que no le han atacado. Está empezando a relajarse del todo, olvidando la tensión, cuando su varita empieza a vibrar.
Se pone en marcha de forma instantánea, lanzándose hacia la puerta y casi saltando los escalones en su carrera hacia el exterior. Jadeando, sale fuera y apenas puede ver a una lechuza alejándose con vuelo irregular. A unos pasos de la entrada, hay un pequeño paquete marrón. Todavía tiene la varita en la mano y Harry se acerca con cautela, lanzando todos los hechizos de detección que conoce para comprobar si tiene alguna maldición o cualquier cosa. Tras él, le llega el aroma a limón y menta y Draco se detiene a su espalda.
Después de repetir todo el proceso dos veces, Harry recoge la caja y entra con ella en la cabaña seguido por Draco. Se sienta en el Sillón de no Dormir y la pone sobre la mesa en la que el día anterior estaban todas sus anotaciones sobre el código. Contiene el aliento al abrirla con la punta de la varita mientras Draco se sienta a su lado, haciendo que el olor a limón y menta le envuelva y le…tranquilice.
La tapa se abre, Harry está sudando y no respira hasta que pasados unos segundos los dos siguen vivos y enteros. Draco suspira y se relaja a su lado. Harry mira dentro de la caja.
- Qué coño… - increpa, cogiendo el montón de papeles que contiene. Son recortes de periódico. Recortes de los artículos escritos por Draco en el Profeta. A su lado, Draco jadea.
Empieza a pasar recortes, leyéndolos y dándoselos a Malfoy. No hay nada raro en ellos. La única modificación visible es que los nombres de las personas sobre las que Draco ha escrito están rodeados con tinta verde. Cuando ya no le quedan más recortes, Harry mira a Draco.
Tiene una expresión sombría en el rostro, labios cerrados en una fina línea y hombros tensos. Sus ojos se desvían sin querer a la marca en su brazo y vuelven de forma inmediata a su rostro con un pequeño pinchazo de remordimiento. Eso no es lo que él es ahora. Punto.
- No sé por qué… - Draco suspira y parece muy cansado al mirarle con ojos grises apagados. - ¿Por qué han mandado esto? ¿Es un puto mensaje o algo así?
Harry le respondería, le gustaría poder hacerlo, pero no puede. La frustración, de Draco y la suya, aumenta. No son los artículos en sí lo que la crea, piensa Harry, es el hecho de no poder hacer nada al respecto. Se lleva las manos a la cara y toma aire. Al bajarlas, Draco le está mirando con expresión vacía. Con la expresión que va antes de encontrar una emoción que reflejar. Finalmente, sus ojos dejan entrever resignación y se encoge de hombros con una mueca.
- Que le den, - dice Draco, rompiendo el silencio y levantándose del Sillón de no Dormir. – Tengo una novela que escribir y no puedo dejarla porque un gilipollas coleccione mis artículos.
Harry va a decirle que es más peligroso que eso, mucho más peligroso, y que tiene muchas más posibles repercusiones de las que cree. Sin embargo, eso no va a ayudar y Draco parece más relajado y más compuesto. También es posible que él ya lo sepa y sólo intente lo que él mismo al no mencionarlo: Que se tranquilicen.
Draco empieza a andar y se detiene al pie de la escalera. Le mira, se muerde el labio y se revuelve el pelo. Alza una pierna, se detiene, vuelve a mirarle. Harry no puede saber qué quiere ni por qué se comporta así.
- Oh, a la mierda, - Draco alza los brazos, Harry cree que con exasperación, y le hace un gesto con la cabeza para que le siga hasta el estudio.
Si es otra de esas formas de comunicarse, algo espontáneo o simplemente una forma de estar sólo, Harry prefiere no decir nada y seguirle. Su autocontrol está siendo digno de admiración teniendo en cuenta que normalmente no le importaría decir lo primero que se le pasara por la cabeza.
Normalmente, Harry ríe un poco por lo bajo, esto no cuenta como normalidad.
Mientras suben las escaleras, Harry lanza un Tempus. Las cuatro de la tarde. Es mucho más tarde de lo que creía, no han comido y sólo han tomado un café pero…eso puede esperar. Tiene una sensación de anticipación, de que va a pasar algo y de que posiblemente sea algo importante. Sí, definitivamente puede esperar.
En el estudio, Draco se sienta y rebusca algo a un lado de su escritorio. Harry busca una silla con la mirada antes de empezar a pensar en el hecho de que ha observado la curva de su espalda al inclinarse. Con un bufido, opta por el suelo y se sienta con las piernas cruzadas. Draco rueda hacia él con su silla de oficina y Harry tiene un brazo pálido delante, la marca tan cerca que podría tocarla con la nariz, limón y menta por todas partes.
Traga saliva y mira la mano de Draco en lugar de su marca. Le está dando un montón de papeles mecanografiados y Harry los coge sin dudar.
- ¿Qué es? – Draco le mira desde arriba y parece debatirse entre la mera cordialidad y la diversión.
- Léelo y punto, - responde, optando al parecer por la diversión, y el brazo desaparece y él se aleja en su silla y el tac-tac-tac es lo único que se puede oír además de sus respiraciones y el romper de las olas contra el acantilado.
Intrigado, Harry empieza a leer. Lee hasta que empieza a esconderse el sol y el cielo es de color anaranjado. Lee hasta que Draco tiene que darle otro taco de papeles. Lee hasta que conoce a los personajes tan bien como conoce a Ron y Hermione.
Harry lee y con cada palabra sabe que está mirando a través de una ventana hacia el hombre joven y rubio que escribe sin parar en una silla de oficina en esa misma habitación que huele a limón, menta, tinta y papel.
xXx
El pasillo era largo y oscuro, húmedo. El aire estaba viciado y Gretchen no podía respirar bien. Había perdido la noción del tiempo y no sabía dónde estaba exactamente. Las paredes eran de piedra desnuda, apenas trabajada. Si Gretchen no hubiese pasado la mitad de su vida encerrada, estaría sufriendo un ataque de ansiedad.
Ajustó la bolsa de cuero sobre su hombro y avanzó bajo la tenue luz de un lumos porque no le quedaba otra opción. La astucia nunca fue su punto fuerte, pero tenía algo que hacer y con eso le bastaba. Cumplir su misión y volver a casa, sola, como debería haber seguido.
Alex y Dylan se habían quedado fuera y Gretchen lo prefería así. No iba a necesitar ni el molesto parlotear de Dylan ni el enfermizo optimismo de Alex. Eran demasiado alegres, pensaba Gretchen, y no eran capaces de ver la realidad: Estaban lejos de su hogar, en un mundo vacío, cruel, que no tiene piedad. En un mundo desconocido que no iba a concederles ni un segundo de tregua y en el que contar chistes no era más que una frivolidad.
- Esos idiotas no saben lo que se les viene encima… - su voz retumbó en el pasillo de piedra y Gretchen caminó y caminó, con las piernas cansadas y un dolor sordo en la espalda, sin descanso y sin dudar.
Al final del pasillo, Gretchen se topó con una pared. Cualquiera habría llorado de frustración, pero no ella. Ella estaba hecha de algo duro y difícil de quebrar. Miró con expresión vacía la pared de piedra y pasó los dedos sobre ella. Algo hizo clic y un pequeño agujero se abrió en la pared. Dentro, había un pergamino gastado y ajado por el tiempo. La tinta, sin embargo, podía leerse a la perfección y Gretchen se encontró con algo que no tenía más sentido que su propio viaje a las Tierras del Sur:
OR TXH EXVFDV HV VROR XQ YDFLR
CREQVQB RA RY QRFVREGB
