Projections- Capítulo 8 - Tyelperin.

Disclaimer: Puede que el Potterverso sea de J.K Rowling y puede que Mumford & Sons y Soundgarden sean los dueños de las letras de sus canciones. Es probable que eso sea cierto pero también es cierto que yo tengo un gato, dos pingüinos de peluche, una cantidad de tazas de café en el escritorio que sólo puede indicar una rápida caída libre hacia no dormir nunca más y un respetable taco de post-its.

NdA – Ha costado MESES escribir este capítulo. Largos, tortuosos y odiosos meses. Han pasado muchas cosas durante todos esos meses y la que más ha entorpecido algo tan simple como escribir es la Universidad. He vivido enterrada bajo trabajos tanto tiempo que la luz del sol me quema los ojos.

Pero busqué tiempo, Merlín sabe de dónde lo saqué, y decidí que tenía que escribir este capítulo. Inmersa en una crisis de escritor importante, convencida de que todo lo que escribía era pura basura, ha sido difícil escribir ese capítulo porque he borrado más de lo que he escrito. Está tan corregido que no queda ni rastro del original.

Podéis decir ES CORTO. Y yo diré LO ES. Podéis decir ESCRIBES COMO UN PEPINILLO DE MAR ESPECIALMENTE ESTÚPIDO. Y yo diré LOS PEPINILLOS DE MAR NO ESCRIBEN PERO SI ESCRIBIERAN ES PROBABLE QUE TENGÁIS RAZÓN. He repasado este capítulo tantas veces antes de publicarlo que ya ni siquiera sé qué he hecho.

Quiero agradecer a todo el que me siga en esta aventura o suicidio literario o lo que sea, cada vez lo tengo menos claro, el mero hecho de haber seguido conmigo hasta aquí. Aún no se ha acabado el viaje, ni mucho menos, pero sólo por estar ahí el lector habitual se merece al menos un saludo y algo de reconocimiento.

No tengo mucho más que decir. Lo único que puedo hacer es esperar seguir estando a la altura, abriros la puerta y dejaros entrar.

xXx

Narcissa Malfoy está tan fuera de lugar en su salón como un troll en un salón de té. Sus finos rasgos aristocráticos han sufrido los estragos de la guerra y, aunque siga siendo una mujer hermosa, parece un poco mayor que la última vez que la vio y un poco más sabia. Recuerda a Narcissa como la mujer de la nariz arrugada como si siempre estuviese cerca de un montón de estiércol. La mujer que hay ahora sentada con postura rígida e incómoda en uno de sus sillones, sin embargo, muestra una calma en su expresión que pese a estar lejos de la serenidad resulta mucho más agradable que el descarado asco con el que antes se presentaba al mundo.

Harry se revuelve un poco en el sofá y carraspea. Ahora que ella está ahí, su mirada clavándole a los cojines, no está tan seguro de que solicitar su presencia en Grimmauld Place fuese una buena idea. Buena idea o no, sí sabe que es necesario y se obliga a sí mismo a serenarse y afrontar la situación con toda la firmeza que pueda reunir. Mientras busca su determinación y hace acopio de valor, Narcissa baja la mirada y se centra en el interior de la delicada taza de té que sostiene elegantemente entre los dedos.

- Supongo que sabe por qué quise verla, señora Malfoy... – ella alza la mirada de nuevo y Harry hasta ese momento no lo habría creído posible pero una suave sonrisa se dibuja en sus labios. Reconoce un poco de…burla en el gesto, algo que no podría haber visto de no haber pasado tanto tiempo con Draco.

- Puedes llamarme Narcissa, señora Malfoy hace que me sienta mucho mayor de lo que soy. – Narcisssa da un pequeño sorbo de té y deja la taza sobre su plato. Suspira, suave y recatadamente, y entrelaza los dedos sobre su regazo. – Pero sí, sé por qué me has llamado y no me sorprende. Pasaría, tarde o temprano.

Mientras que Narcissa parece algo inquieta, Harry no consigue alejar de sí la acuciante sensación de que debería estar más nervioso. Es un momento crucial y, sin embargo, cada vez se siente más tranquilo.

- No voy a preguntarte por qué, Narcissa – no puede decir que su nombre suene mal en su boca, sólo suena extraño. – Sí voy a pedirte que dejéis de hacerlo.

Ella ríe de forma recatada, hasta cierto punto encantadora, y niega suavemente con la cabeza. Su largo pelo rubio se balancea con ella en armonía.

- Deberías hablar con tu amigo Jason para eso, Harry. Yo dejé de estar metida en esto hace tiempo. Dejé de estarlo desde que Draco me dijo que había vuelto de Pembrokeshire.

No puede decir que le sorprenda, porque Hermione ya tuvo ese detalle en cuenta y en ese mismo momento Jason debe estar en el despacho de Ron. Tarde o temprano llegará una lechuza de su mejor amigo, o incluso él mismo podría dejarse caer. Sea como sea, él debe hablar con Narcissa Malfoy.

- Pero una señal tuya haría que todo se detuviera ¿verdad? Sólo alzar un dedo y no habría más anónimos. – no más tinta verde ni noches en vela preguntándose por qué ni Draco mascullando maldiciones ni confusión. – Eso es lo que de verdad importa. Él no…sé que no querías hacerle daño pero él…

Los finos dedos de Narcissa trazan el borde de la tacita de té y la sonrisa flaquea en sus labios. Su voz suena digna pero también contenida.

- Nunca he querido hacerle daño, por supuesto que no. Soy su madre, sólo quiero lo mejor para él. – ella le mira y Harry sostiene su mirada. Se traga a duras penas el reproche que empezaba a pugnar por salir y espera, en tensión, a que ella continúe. – Y te equivocas. Yo di la orden y nadie me escuchó. Esto es mucho más complicado de lo que crees.

Eso no estaba planeado. Ni Hermione ni él, ni siquiera Draco, habían contemplado la posibilidad de que Narcissa no estuviese al frente de la…operación o lo que coño fuese. A esas alturas ni siquiera está demasiado seguro del sentido de todo eso. Narcissa debe captar la confusión, o sólo quiere dejar caer ese peso de sus hombros, porque cuando abre la boca dispuesto a hablar ella alza un dedo y niega con la cabeza. Así que Harry calla y escucha.

- Creo que ya sabes quién maneja los hilos. No pareces estúpido, pese a lo que mi hijo nos contara a Lucius y a mí. – Harry tiene apenas unos segundos para registrar sus palabras antes de que un nombre dé un paso al frente. Sin embargo, sigue esperando. Narcissa le observa en silencio unos segundos, sonríe y asiente. – Y veo que no me equivoco. No me preguntes por sus razones porque las desconozco, pero como comprenderás ni siquiera yo puedo hacerle desistir.

- ¿Por qué estaba implicado, en primer lugar? – Harry intenta evitarlo pero el reproche se cuela de todas formas en su voz. No puede saber si consigue afectar a Narcissa, que vuelve a llevarse la taza a los labios sin mostrar signo alguno de haberlo notado.

- No lo estaba. Él llegó después. Lo descubrió y Salazar sabe cómo porque ese hombre es tan obtuso que debe resultarle complicado encontrar sus propios pies, pero lo descubrió.

Eso lo complica todo de una forma absurda. Cierra los ojos y suspira. Puede oír el tintineo de la taza al dejarla Narcissa de nuevo sobre el plato. Si así es como tiene que pasar, si eso es lo que tienen que hacer, si así van a ser las cosas…al menos sigue habiendo un plan. No es exactamente lo que tenían al principio, pero es más que nada y eso es suficiente.

Cuando abre los ojos, Narcissa le está mirando con una intensidad que casi le deja sin aliento. La mujer sonríe y el punto algo afilado de su sonrisa es otra de esas cosas que no habría podido ver de no ser por Draco. Algo se remueve en su pecho.

- Él te importa. – concluye Narcissa, entrelazando una vez más los dedos sobre su regazo. – Te importa tanto como para exigir mi presencia en tu casa. Lo suficiente como para intentar hacer las cosas del modo en que se deben hacer.

, quiere responder. Sí, joder. Me importa más de lo que parece importarle a todos los capullos que le rodean. Me importa más que mi reputación y mi puta posición en la alta sociedad.

Sin embargo, lo único que Harry hace envuelto en una extraña ola de emoción es asentir quedamente con la cabeza. Ella se pone en pie, dando por terminada su pequeña charla sin esperar a que Harry esté preparado para ello. Y está bien, porque tiene que dominar un poco sus propias emociones antes de poder hacerlo por sí mismo.

Se pone en pie pocos segundos después de que ella lo haya hecho. Narcissa suspira observando la chimenea con aire ausente y luego se gira y pone una mano sobre su hombro. Los dedos aprietan un poco y luego se relajan. Harry no sabe qué hacer ni qué decir, se queda congelado con el peso de la mano de Narcissa demasiado presente.

- Llevo años intentando hacer que mi hijo sea feliz y nunca he podido conseguirlo. Supongo que es mi culpa por no saber qué es lo que quiere o, simplemente, no entenderlo. – hace una corta pausa, toma aire, y su sonrisa crece. Por primera vez, Harry no sólo ve a la mujer que le salvó la vida hace unos años ni a la esposa de Lucius Malfoy, ve a la madre de Draco y ve a una mujer que ha sufrido tanto como han sufrido todos los demás por culpa de Voldemort. – Pero ahora…ahora Draco está radiante. Me gustaría pensar que es por cualquier otra cosa, créeme, pero me temo que tienes mucho que ver con ello.

- ¿Gracias? – consigue articular, en parte abrumado por todo lo que las palabras de Narcissa implican y en parte dándose cuenta de que lo que ella dice puede ser verdad. Aunque sabe que su novela ha hecho a Draco libre, ha conseguido hacerle el hombre que quiere ser, es agradable que alguien más te haga consciente de que tú has jugado tu propio papel en eso.

La mano de Narcissa aprieta su hombro una última vez y ella hunde los dedos en el pequeño bote lleno de polvos flu. Las llamas se tornan verdes, da la dirección de la Mansión Malfoy, avanza serenamente hacia el interior de la chimenea y, antes de desaparecer entre lenguas de fuego, le mira una última vez y murmura "No hay de qué".

Las llamas tragan a Narcissa y se queda solo. Bien. Bien. Se muerde el labio dando vueltas frente a la chimenea. Está intentando correr al mismo tiempo que las ideas que saltan de un lado a otro a través de su cerebro, uniendo hilos que Narcissa ha desligado al descubrir otro pequeño detalle de una trama a la que aún no termina de encontrarle sentido.

- Vamos, Potter. Vamos…

Hunde los dedos en el bote de polvos flu que se tambalea y amenaza con caerse y desperdiciar unos cuantos galeones. Harry frunce el ceño en su dirección y el bote decide que estabilizarse es una buena idea.

El apartamento de Ron y Hermione es la primera parada y espera llegar antes de que Hermione haya ido a ninguna parte. La suerte parece estar de su lado y al salir, tosiendo y lleno de ceniza, al salón del apartamento encuentra a Hermione acurrucada en el sofá con un libro en el regazo.

Ella alza la cabeza y suspira. Da unos golpecitos a su lado en el sofá dejando el libro a un lado con la página marcada con el dedo.

Harry ya ha empezado a hablar antes de sentarse.

- Narcissa ya dio la señal – Hermione frunce el ceño y se muerde el labio. Harry ha visto esa expresión muchas veces y espera que sea una de esas en las que tiene La Idea que salva la situación. Joder, reza para que sea una de esas veces removiéndose inquieto a su lado en el sofá.

- ¿Ron sigue con Jason? – no tiene ni la menor idea. Mierda. Supone que sí, claro, pero no puede estar seguro. Hermione enreda un dedo en un mechón de pelo rebelde y salta del sofá buscando de forma frenética sus zapatos por el salón. – Vamos a suponer que sí…y… - se detiene, saltando a la pata coja con un zapato a medio poner, y le mira con severidad. – Oh por…muévete, Harry. MUÉVETE.

Su confuso tren de pensamiento descarrila y Harry recupera el sentido común de golpe. Está a punto, muy muy cerca, de caerse encima la mesita del salón al levantarse del sofá. Balancea los brazos y, mientras recupera el equilibrio, escanea la habitación buscando el otro zapato. Hermione ya se ha lanzado a por él y da saltitos hacia Harry con el brazo estirado. Coge su mano y el salón desaparece.

xXx

Nothing is written, there are no tracks to guide us
No signs pointing us in the right direction
Every journey begins
and ends, with us finding or losing a little bit more
Continually chipping at the stone, in the hope of shaping something of worth

What if the one thing that I missed
Was everything I need to pass the test
And if I fail what happens then

xXx

El punto de Aparición del Ministerio que ha escogido Hermione está a unas cuantas calles de una cabina de teléfono que siempre está averiada, en un oscuro callejón con la pinta más amenazadora que el Ministerio ha podido darle. Hermione sale corriendo tirando de su muñeca. Sigue lleno de ceniza y tiene un segundo para pensar en cómo debe verse la escena desde fuera. Es un segundo muy corto.

En algún momento él termina tirando de Hermione y cuando cierra la puerta de la cabina tras él y siente el cosquilleo de la magia cerrándose a su alrededor se siente un poco, de forma minúscula, más tranquilo. Hermione le tira de la manga y señala los números de la cabina. Durante un terrible instante cree haber olvidado el código pero su dedo se mueve solo y la fuerza de la costumbre es la que marca en su lugar.

- ¿Esta cosa es siempre tan lenta? – Hermione no se está quieta, mira a un lado y a otro y se remueve mordiéndose el labio. Luego, le mira de arriba abajo y niega con la cabeza. Murmura algo que no llega a oír agitando la varita y siente un poco de magia tintinear a su alrededor. Alza una mano. Ni rastro de ceniza. – Al menos debes estar presen…todo lo presentable que tú puedes estar.

Su propia risa le sorprende hasta a él. Es tímida y nerviosa, pero es. Hermione se une poco después y no dura mucho pero le relaja un poco más. Su valor puede rugir si el nerviosismo desaparece y Harry puede sentirlo clavando las uñas en su pecho.

Ya ha mandado al Ministro al Infierno una vez, no cree que por mandarlo a tomar por culo vayan a detenerle.

Sus pasos resuenan sobre el brillante suelo del Ministerio. Algunos se paran a mirarles, otros cuchichean y otros fingen que no están. Gracias a Merlín, los últimos son mayoría.

Por segunda vez en menos de un mes observa la placa del despacho de McGee con una mueca de desagrado. Hermione ya ha llamado y Harry la observa con las cejas enarcadas y una sonrisa al oír los golpes sin misericordia con los que ataca a la puerta de caoba.

Desde dentro, una voz femenina se alza sobre el ruido de los zapatos del Ministro acercándose a la puerta.

- ¡Manda a quien sea a paseo! – Hermione y él se miran. Ella se encoge de hombros pero él cree reconocer la voz. El Ministro carraspea y la puerta se abre un poco, lo suficiente como para mostrar a un hombre despeinado y sudoroso con la cara roja y los ojos entrecerrados. McGee.

- ¿Qué queréis? – su voz suena tan baja que a Harry le cuesta oírla. La ira empieza a desbordarse y estampa la mano abierta sobre la puerta. Mc Gee da un paso atrás y gruñe.

- Ya lo sabes, Terry – Hermione abre la puerta del todo y entran en el despacho. McGee vuelve a gruñir y lanza una rápida mirada a la mujer sentada frente a su escritorio.

Eleonor se levanta y suspira.

- Ya era hora. – farfulla, dándole una palmada en el brazo a Harry mientras se dirige hacia la puerta. – Es vuestro turno.

La puerta se cierra tras ella con un golpe sordo y McGee les observa con los ojos entrecerrados y la corbata mal puesta. Harry siente sus labios curvarse en una sonrisa. Si conoce a Eleonor, y cree hacerlo, ella ha conseguido acosar a McGee lo suficiente como para que él pueda atacar sin miramientos. Intercambia una rápida mirada con Hermione y ella asiente dando un corto paso atrás. Hasta que no está frente a McGee no se da cuenta de que tiene la varita en la mano y cierra los dedos con fuerza en torno al mango. La mirada del Ministro salta nerviosa desde su varita a su rostro.

- No entiendes lo que está pasando aquí, no lo entendéis, es asunto del Ministerio – antes de poder pararse a reflexionar, su varita está apuntando a McGee en el pecho y toda su ira se ha concentrado y lucha por salir. – No sabéis con qué estáis jugando.

- Tú no sabes con qué estás jugando, Terry. Tampoco sé cómo lo descubriste todo… - Hermione titubea antes de decir "Skeeter" y Harry aprieta los dientes. – Así que Rita ¿eh?

McGee saca un pañuelo de tela de su bolsillo y se lo pasa por la frente, bufando. Está acorralado contra su propio y carísimo escritorio y aunque Harry no es mucho más alto que él, cada vez se aplasta más contra la madera.

- Rita sólo me dijo que Jason tenía un negocio con Narcissa Malfoy. Qué coño querías que hiciera si uno de mis aurores está negociando con una Malfoy – pronuncia Malfoy como si fuese una enfermedad. Harry se oye gruñir. – Cuando lo supe todo…y Narcissa Malfoy quiso cerrar la operación pero…

Un jarrón muy caro y muy grande cae. El escritorio tiembla y tiene que cerrar los ojos apenas un segundo para mantener su magia bajo control. McGee da un salto cuando la cerámica se rompe e intenta huir a un lado. Se encuentra de frente con la varita de Hermione.

- Van a deteneros. A los dos – pero, de pronto, la dureza en su voz cae y esboza una sonrisa que Harry cree intenta ser conciliadora por poco resultado que dé. – Vamos, Harry, si te mandé a ti es porque creía que lo entenderías. Al fin y al cabo, Draco Malfoy es…

La punta de su varita se entierra en el estómago de McGee.

- ¿Qué es Draco Malfoy, señor Ministro? – un poco más de presión, el escritorio se arrastra bajo el peso de McGee empujando hacia atrás.

- Un traidor. – responde, con voz estrangulada – No merece el apoyo de nadie. No lo entendéis. Sólo había que echarlo de aquí, que se fuese a…a donde le diese la gana pero lejos de aquí. Como todos los de su calaña.

Algo le empuja con fuerza hacia atrás y Harry cae, confuso y aturdido. Oye a Hermione gritar "Incarcero" y a McGee farfullar "Protego" y todo ha pasado demasiado deprisa. Busca su varita dando manotazos en el suelo. Hermione se lanza junto a él y McGee se parapeta tras su escritorio.

- Lo siento, Harry. No lo vi venir, yo… - cierra los dedos con fuerza en torno al mango de su varita. La magia vibra y lo único con lo que responde a Hermione es una sonrisa. Ella asiente, mordiéndose el labio, y le ayuda a ponerse en pie.

McGee le mira con aire triunfal tras su escritorio.

- He llamado a los aurores. No hay nada que puedas hacer.

La puerta se abre con estruendo. Traga saliva, esperando lo peor, y bajo el marco Ron le sonríe con la varita en alto y Eleonor a la zaga. Hay más aurores tras él y ninguno de ellos parece tener un especial interés en Harry. Todos miran al mismo punto, detrás del escritorio, donde la sonrisa de McGee empieza a flaquear.

- ¿Nada que pueda hacer? – Ron avanza y rodea el escritorio sin bajar la varita. Harry no recuerda haberle visto nunca así, con un paso tan firme y una determinación tan fuerte. – Terrance McGee, el cuerpo de aurores, bajo mi mando, viene a detenerle por extorsión, amenaza y…no sé, ya se nos ocurrirá algún cargo más.

Unos cuantos aurores entran tras él y rodean a McGee. Mientras el Ministro grita, Harry lanza una mirada a la puerta. Entre los aurores que hay fuera está Jason, mirándole.

Intenta no dejarse llevar por su primer instinto y contiene una mueca. Todo está bastante claro ahora y Jason no tiene la culpa de nada excepto de dejarse llevar por McGee. Y tiene buenas razones para ello, eso Harry no lo duda. Por eso, entierra la punzada de resentimiento y se encoge de hombros con una sonrisa. Jason no sonríe pero algo de tensión parece dejar sus hombros.

McGee sigue gritando. Los aurores le sacan del despacho y Harry distingue algo que suena como "Todos sois unos traidores" con voz ronca y nasal. Un golpe en la espalda le hace saltar y, al mirar a la derecha, Ron le regala una radiante sonrisa y le da una última palmada antes de dejar caer la mano y seguir a los aurores y a McGee fuera de la sala.

Hermione carraspea junto al escritorio de McGee.

- Harry, creo que deberías ver esto, - hace una breve pausa y alza un pergamino lleno de nombres. Algunos están tachados, otros no. El estómago se le revuelve al reconocer el nombre de Draco entre ellos…junto al de Pansy Parkinson, Theodore Nott, Blaise Zabini y otros tantos. Es una lista de los mortífagos que no están en Azkaban. – Tú y el Winzengamot.

Pasa los dedos sobre la madera del escritorio y frunce el ceño. Hay un bote de tinta verde encima y algo más…un trozo de pergamino.

Creo que debería saber que estoy fuera de esto y no pienso responder ni una lechuza más. Narcissa Malfoy ya lo detuvo hace tiempo y yo no voy a prestar mis servicios como periodista a un Ministro corrupto otra vez. Trae mala prensa.

Rogaría fuese tan amable de dejar de enviar peticiones. Y no, no pienso enviarle ni un montón más del pergamino que camufla la escritura. Puede usted adquirirlo por un módico precio en Sortilegios Weasley.

Que tenga un buen día.

Atte:

Rita Skeeter.

Eso une otro pequeño hilo que había quedado suelto. Tiene que enviar una cesta de frutas o algo a Skeeter, se dice, o al menos concederle alguna otra entrevista más. Si ella estaba en todo eso por petición de Narcissa Malfoy queda exculpada y sólo queda una persona a la que condenar: Terrance McGee.

El perfume floral de Hermione le devuelve al despacho. Ella mira por encima de su hombro y una sonrisa ilumina sus rasgos al leer la nota de Skeeter. Luego, mira a Harry tan desbordante de alegría que se siente abrumado.

- Es como volver a los viejos tiempos, - dice, y ríe dando un pequeño saltito. – Había olvidado cómo era.

Él también. Había olvidado cómo era formar equipo con Ron y Hermione y conseguir algo después de esfuerzo, dolores de cabeza, noches sin dormir y resignación. Abraza a Hermione y ella se cuelga de su cuello entre risas. Cuando la suelta, sigue tan radiante como al principio.

- Nosotros nos ocuparemos de esto, Harry. Tú tienes que irte, - le da un codazo en las costillas y se frota el costado con aire ausente mientras ella suelta una risilla que conoce demasiado bien. Pone los ojos en blanco y niega con la cabeza. – Debe estar esperándote en alguna parte, confuso porque no hay café hecho.

Bufa, pero ríe de todos modos.

- No tenéis por qué. Puede esperar o descubrir cómo se prepara el café, - no está engañando a nadie con eso y lo sabe. Hermione también y enarca las cejas cruzándose de brazos. Ella abre la boca pero Harry alza los brazos y se resigna a su derrota. – Vale, está bien. Ya me voy. Si surge algo…

- Sí, sí. Te avisaremos. Ahora vete.

Hermione empieza a empujarle hacia la puerta y obedece mansamente sintiéndose más ligero de lo que se ha sentido en meses.

xXx

Alguien le había dicho alguna vez que un tiro en el estómago era la forma más lenta, horrible y dolorosa de morir.

Astrid observó el cañón del revólver, las manos firmes sosteniéndolo y el rostro de Gretchen deformado en una extraña mueca entre la sorpresa y el horror. Luego, se encontró con el agujero en su vientre y el ardor que hasta entonces no había sentido le hizo gruñir.

Podía ver sus propios intestinos. Durante un tenso instante, sólo los miró con intensidad. Quién iba a decir que eso podría caber en un ser humano, enrollado y compacto en su interior. El revólver hizo un extraño sonido metálico al caer y en algún punto no muy lejano se podía oír a Gretchen vomitar.

Ella también quería vomitar pero probablemente fuese mucho más sencillo hacer un agujero en su intestino. Al menos, no requeriría demasiado esfuerzo. Intentó reír y un silbido horrendo salió del agujero junto a su débil risotada.

- Zorra…zorra más que zorra… - escupió a un lado. La sangré manchó el suelo lleno de polvo. – Llevas queriendo pegarme un tiro…desde que ese hijo de puta te enseñó a disparar…

Un acceso de tos impidió que pudiese hablar más. Se dobló sobre sí misma con un gemido descubriendo en el mismo momento en que lo hizo que esa era una mala idea si quería que sus órganos internos siguiesen siéndolo.

Gretchen había dejado de vomitar, o eso creía. Dylan y Alex habían entrado corriendo y le miraban con sendas expresiones de horror…y asco. Volvió a reír, el silbido volviendo a escapar, y sonrió. El color desapareció del rostro de Alex y Dylan apartó la mirada murmurando "Oh Dios…"

El enano también entró. Ese enano 'joputa. Cómo se atrevía siquiera a mirarla después de lo que había hecho. Ese cabrón.

- Tú tienes la culpa de todo – él la miró con desdén. Por segunda vez, Astrid tuvo que vérselas con el cañón de un revólver.

Bueno, podría ser la última. Algo era algo.

Antes de que su cráneo estallase en una nube roja de hueso, sangre y trozos de cerebro tuvo tiempo de mandarlos a todos a la mierda y enseñarles el dedo. Entonces, todas las luces se apagaron y no hubo más Astrid.

xXx

Home is where you can find me, when I am done and dusted
Thankful for another day, that my soul has not been busted
Though heavy rain has fallen on me, my heart has not rusted
Tomorrow will hopefully be the day, I get my head adjusted

xXx

Se aparece en el estudio de Draco pero él no está ahí. Suspira y mira a su alrededor con el ceño fruncido, más desilusionado de lo que debería. ¿Qué le ha dicho esa mañana…? Un editor. Sí. Debe estar fuera, aunque la hora de comer haya pasado hace tiempo. Se rasca la nunca, pensando.

Podría quedarse y esperar. Está empezando a decidirse por esa opción cuando la puerta se abre y Draco aparece en el marco sosteniendo un libro enorme y mirándole con las cejas enarcadas.

Está descalzo. Sus vaqueros han debido ver mejores tiempos y no parece haberse tomado la molestia de meter bien el bajo de la camisa en la cintura del pantalón. Harry se muerde el labio y cuando ve la pluma encajada detrás de su oreja todo gira y descubre, menos sorprendido de lo que debería, que ha vuelto a casa.

- No te esperaba por aquí – comenta Draco, pasando a su lado y tendiéndole el libro sin preguntar. Antes de darle la oportunidad de responder, se sienta y pasa los dedos sobre las teclas sin mirarle. - ¿No era hoy cuando ibais a, y cito textualmente, desenredar todo el enredo de la alta sociedad?

El libro pesa tanto como parece y bufa mientras se sienta con las piernas cruzadas en el suelo. Draco le está mirando, con las cejas aún ligeramente enarcadas y una sonrisa burlona.

- Ya está desenredado, - la sorpresa cruza los rasgos de Draco tan rápido que de no haberla visto podría jurar que nunca ha estado ahí. – McGee estaba detrás de todo después de que volvieras de Pembrokeshire.

Draco le mira, con sus ojos grises muy abiertos. No tiene demasiado claro qué hacer o qué decir y se limita a trazar los bordes del libro con los dedos. Draco se levanta, arrastra los pies hacia él y se sienta justo delante. Sus manos están frías cuando cubren las suyas y las alzan del libro.

- El editor me ha rechazado, - dice mientras inspecciona sus manos y Harry frunce el ceño. – Dice que aún no puede saber si quiere publicarlo o no.

Se muerde la lengua, en parte porque no tiene ni idea de cómo funciona el mundo editorial y en parte porque no sabe qué decir. Al fin y al cabo, si Draco no parece estar enfadado ¿por qué debería estarlo él? Echa un vistazo a todo lo que hay a su alrededor y ve una habitación tan viva que casi le da escalofríos. Draco puede tener tantas manías que contarlas sea un reto y puede ser tan difícilmente impresionable como una piedra – a no ser que estemos hablando de post-its – pero Harry sabe que si hay algo que adora es escribir. Si un editor dice que no porque aún no puede saber si quiere publicarlo o no, la única conclusión que se le ocurre es que es algún tipo de…estúpida forma de pedirle a Draco que escriba más.

Cuando vuelve a centrarse en Draco, él le mira con la cabeza ladeada y una sonrisa afilada en los bordes pero suave en general. Sigue sosteniendo sus manos sin que parezca que exista razón para ello. No va a quejarse.

- No creo que pensar con tanta intensidad sea bueno para tu salud, - le suelta las manos pero se inclina y su flequillo le hace cosquillas en la nariz. Harry bufa y le empuja sin mucho entusiasmo. Tiene sus ojos encima y eso basta para dejarle en el sitio. Es alarmante, la verdad, pero no se ve capaz de hacer que le importe. – Tu cerebro podría no soportarlo después de años de desuso.

- Creo que eso ya me lo has dicho alguna vez, - mientras habla lleva una mano a la nuca de Draco y pasa los dedos entre su pelo. Draco se inclina un poco más. – Te estás haciendo viejo.

El aliento de Draco choca contra sus labios. De pronto se hace muy consciente del olor a Draco que le rodea y sufre un pequeño colapso sensorial hasta que le oye reír entre dientes.

- Hoy no he tenido café así que las leyes del Cosmos dictaminan que estoy perdonado, - murmura Draco y él está perdido y condenado para siempre porque ha cruzado esa línea que marca la diferencia entre "he vuelto a casa" y "he vuelto a casa". – Pero podemos discutir todo esto con mayor profundidad luego, si no te importa.

Tiene los dedos de una mano enredados entre pelo rubio y los sentidos llenos de Draco, Draco, Draco, Draco y Draco. Su mano libre anida entre sus omóplatos y siente cómo deja escapar un "hmmm…" bajo contra sus labios. Los dedos de Draco se cierran sobre el cuello de su camiseta y tiran hasta que la única opción que le queda es rendirse del todo y besarle.

Es lento y…extraño. Le llena de una forma que ni habría podido imaginar. Es intenso y le consume desde lo más profundo de su ser. Mientras pierden el equilibrio y Draco para la caída con el brazo y jadea, tiene la certeza de que ese es su lugar. Draco, con todos sus defectos y sus manías estúpidas y su pequeño muro de hielo es lo que lleva esperando toda su vida aunque hasta ahora no lo haya sabido.

Draco se separa con la respiración entrecortada, una mano en su pecho y la otra apoyada en el suelo a su espalda. Sus ojos grises le marcan a fuego y Harry tira de él con la mano en su nuca y un jadeo estrangulado. Ese beso es corto y es más un choque violento de labios que otra cosa pero Harry lo siente tanto como el anterior.

- Siempre es un placer hacer negocios contigo… - Un escalofrío recorre toda su espina dorsal y sus dedos se crispan en la nuca de Draco al oír su tono bajo y ronco, casi un ronroneo, en su oído. – Pero necesito un café y tú eres…el Elegido de la Cafetera.

Draco se levanta, y Harry se siente muy satisfecho al ver un ligero tambaleo antes de que consiga recuperar del todo el equilibrio, y se sacude los vaqueros mientras él mismo se impulsa y se pone en pie. Aún sacudiéndose los vaqueros, le dedica una sonrisa fugaz y se encoge de hombros antes de sentarse frente a su máquina de escribir.

- El Elegido de la Cafetera… - bufa y niega con la cabeza. Draco le lanza un folio arrugado y no se molesta en esquivarlo. – Sabes, a veces es difícil saber si estás en la veintena o a punto de cumplir diez.

Draco pone los ojos en blanco y cruza las piernas. Sigue sus movimientos con la mirada y nota sus labios dibujar una sonrisa. Está perdido. Tocado y hundido. Sin vuelta atrás.

- Incluso con todo lo que aprecio tu ingenio, Harry, me temo que el café no va a prepararse solo.

Ya ha empezado a teclear y Harry no entiende cómo es capaz de concentrarse en escribir y hacer estúpidos comentarios al mismo tiempo. Es parte de su encanto, supone, ser un capullo integral el setenta y dos por ciento del tiempo y un escritor cojonudo el veintiocho por ciento restante.

- Sí, su majestad. Entendido, su majestad, - farfulla, saliendo de la habitación con exageradas reverencias que hacen que se gane que una bola de papel le dé en la frente. – Si su café no le gusta, Harry meterá la cabeza en el horno y luego traerá otro.

Antes de arriesgarse a que le tire otra bola de papel, y a juzgar por el gruñido irritado de Draco esa es una posibilidad a tener en cuenta, sale al pasillo y lo cruza con las manos en los bolsillos y una canción de Celestina Warbeck en la punta de la lengua.

Prepara el café cantando a viva voz con el único objetivo de sacarle de sus casillas un poco más y cuando entra en el estudio con la taza humeante, Draco se la arrebata y le pega un post-it en el brazo con un bufido.

Harry coge el trozo de papel y lee.

"Elegido de la Cafetera a tiempo parcial. Gilipollas a tiempo completo. Hay que darle en la nariz con un periódico enrollado si se porta mal."

No es gracioso pero se ríe de todos modos sólo porque es estúpido. Por el rabillo del ojo puede ver a Draco esconder una sonrisa en el borde de la taza de café.