Los personajes de Naruto no son míos, son de Kishimoto... la historia si es de Lorraine Heath
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ACLARACIÓN
Será una adaptación, sin embargo haré algunos cambios, sobretodo con el personaje de Karin, en la historia original es un personaje odioso al ser una Mary Sue que sinceramente aborrecí, y cambiaré un poco el amor del protagonista por Karin, en esta versión sale un poco porque la sustituiré con otro personajes en ciertas ocasiones.
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Espero disfruten esta historia, la cuarta de esta serie de adaptaciones; así como yo lo hice.
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CAPÍTULO 04
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Juugo se dijo que era absurdo que estuviera tan nervioso. Había inspeccionado hasta el último centímetro del carruaje. No tenía ni un solo arañazo. El asiento de piel era grueso y confortable. El cochero y el lacayo estaban espléndidos con la librea de los Konohagure e iban casi tan bien conjuntados como los dos caballos grises que tiraban del carruaje.
Estaba delante de la pensión de la señorita Lee y se esforzaba por no pasear de un lado a otro dejándose llevar por el nerviosismo. Comprobó que tuviera el pañuelo del cuello bien puesto y los botones bien abrochados. Llevaba la misma chaqueta y los mismos pantalones que el día anterior, pero el chaleco que lucía en aquel momento era de un tono muy oscuro de verde y el pañuelo que llevaba anudado al cuello era amarillo pálido. Cuando había ido a casa de Sasuke para pedir prestado el carruaje fue con el tiempo suficiente para que el sirviente de su amigo pudiera arreglarle el pelo y las uñas antes de afeitarlo. Él no era la clase de hombre acostumbrado a la incertidumbre y tampoco se dejaba llevar por la vanidad, pero ambas cosas le pisaban los talones a medida que se acercaba la hora en la que había quedado con la señorita Lee.
Estuvo a punto de esperarla en el vestíbulo, pero pensó que no conseguiría estarse quieto. Gracias a las preguntas que le había pedido que hiciera al lacayo en la puerta del servicio, sabía que la dama aún no se había ido al parque. Le preguntó al cochero la hora que era por lo que debía ser la décima vez en los últimos diez minutos.
La joven debería aparecer en cualquier…
De repente escuchó el ruido de la puerta y se puso tan en alerta que parecía que pasara por allí la reina en persona.
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La señorita Lee jadeó y se quedó paralizada en el porche. Luego esbozó una preciosa sonrisa que hizo que el pecho de Juugo se hinchara de satisfacción. Él nunca había cortejado a una mujer, ni siquiera a Karin, porque sabía que ella jamás correspondería a sus sentimientos, que preferiría a Sasuke, o a Suigetsu antes que a él. Y aunque en aquel momento tampoco estaba cortejando a aquella joven, enseguida comprendió la parte positiva de dedicar sus atenciones a una sola dama.
Él siempre le había hecho pequeños cumplidos a Karin, y ella siempre los había apreciado, pero ya sabía que, por mucho que se esforzara, nunca llegaría a su corazón. Y sin embargo la señorita Lee… Él no quería su corazón, pero era incapaz de explicar la inesperada satisfacción que lo había asaltado al darse cuenta del evidente placer que se reflejaba en su rostro. La joven volvía a vestir de rosa pálido, llevaba el parasol en una mano, el bolsito colgaba de su muñeca y se había anudado el sombrero bajo la barbilla con una perfecta cinta rosa. Era pura elegancia y perfección. Tal vez su padre fuera solo vizconde, pero resultaba evidente que la habían educado para que pudiera mezclarse entre la aristocracia. Juugo se dijo que debía centrarse en su misión, que ella estaba tan por encima de él que era inalcanzable, pero eran sus egoístas deseos los responsables de que quisiera que ambos pasaran un buen rato mientras él hacía averiguaciones sobre ella.
Los ojos caramelo de la joven estudiaron el carruaje, el cochero, el lacayo y los caballos antes de volver a posarse sobre Juugo, como si estuviera intentando medir su valor y hubiera decidido que no tenía ni una sola falta. Finalmente, cerró la puerta tras de sí, bajó los escalones y se detuvo delante de él con la cabeza echada hacia atrás para poder mirarlo a los ojos.
―Qué carruaje tan bonito tiene usted, señor No Tenpi.
―Debo confesar que en realidad se lo he pedido prestado a un amigo. Al conde de Konohagure. El otro día mencionó usted que quería ver Konoha. ―Abrió la puerta del carruaje―. ¿Nos vamos?
Ella miró en dirección al parque.
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―Mañana seguirá estando en el mismo sitio ―dijo él rápidamente, un poco decepcionado de ver que ella vacilaba y con la absoluta certeza de que estaba pensando en Kamizuru. Juugo no podía negar la chispa de celos que sintió y que amenazaron con convertirse en una tormenta. ¿Y si no había entendido bien el interés que la joven tenía por Kamizuru? ¿Y si lo que pretendía era sustituir a su hermana y ocupar su lugar en la vida del marqués?
Ella le sonrió y la calidez y la sinceridad de aquel gesto fueron más que suficientes para desvanecer sus equivocados sentimientos. Durante aquel fugaz segundo Juugo sintió que estaba por encima de aquel estúpido lord.
―Pues claro que sí ―dijo ella―. Cómo se me puede haber ocurrido pensar en el parque cuando tengo un carruaje a mi disposición. ―Apoyó la mano sobre la que le ofrecía el inspector y él la ayudó a subir.
Cuando se sentó junto a ella, le pidió al cochero que se pusiera en marcha.
―Supongo que, si conociera a alguien en Konoha, esta excursioncita arruinaría mi reputación por completo ―dijo ella recatadamente.
―La verdad es que yo nunca he entendido la costumbre de las carabinas. En las calles en las que yo crecí las chicas iban y venían cuando les venía en gana.
―¿Y su reputación?
Él esbozó una irónica sonrisa.
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―También iba y venía. ―A pesar del coro de cien voces que le advertían que no lo hiciera, estrechó la enguantada mano de la joven―. Si hubiera venido usted a presentarse en sociedad y fuera conocida, habría traído una carabina. Aún puedo conseguir una si así lo desea.
Juugo estaba convencido de que Hinata accedería si se lo pidiera.
El familiar rubor que estaba empezando a adorar trepó por las mejillas de la señorita Lee.
―No, no hace falta. Además, estaríamos muy apretados, ¿no le parece?
―Así es. Relájese y disfrute de su paseo por Konoha. ―Mientras, él tenía la intención de disfrutar de todas las facetas de aquella chica.
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Juugo evitó pasar por el Valle del fin, pero le pidió al cochero que los llevara a ver otros parques. Le estaba costando muchísimo no mirar a la señorita Lee mientras ella disfrutaba de las vistas. Su rostro revelaba un placer exquisito, no dejaba de sonreír ni un segundo y sus ojos brillaban con entusiasmo.
No era un hombre muy hablador, pero la señorita Lee estaba fascinada con todo lo que veía y no dejaba de hacerle preguntas.
¿Había visitado alguna vez el museo de Konoha?
No, nunca.
¿El interior de la abadía de Otsutsuki era tan impresionante como el exterior?
Sí que lo era.
Al final le pidió al cochero que se detuviera en un lugar cerca del río donde se podían alquilar barquitas. Tras un par de intentos fallidos, porque tardó un poco en aprender a controlar los remos, consiguieron alejarse de la orilla y navegar con tranquilidad. Había otras parejas en los botes cercanos. De repente, Juugo se dio cuenta de que él nunca se había permitido el lujo de disfrutar de Konoha. Cuando era pequeño se concentró en luchar por sobrevivir. Cuando empezó a hacerse mayor se esforzó en aprender todo lo que pudo. Cuando se convirtió en un hombre se obsesionó con su trabajo: quería llegar a ser el mejor en lo que hacía. Le resultó extraño darse cuenta de que en ese momento hacía poco más que observar a la mujer que estaba en aquella barca con él. La joven había abierto el paraguas para protegerse del sol de la tarde. Parecía estar muy serena, como si hubiera dejado sus problemas en la orilla del río.
Sin embargo, Juugo no dejaba de pensar en Kamizuru con su hermana, de imaginar cómo debió observarla y disfrutó de la fascinación que la joven habría mostrado por todo.
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―¿Usted y su hermana eran exactamente iguales? ―Se arrepintió de aquellas palabras en cuanto abandonaron sus labios y el rostro de la joven se tornó sombrío.
―Exactamente. Pero no solo éramos iguales físicamente. Nuestros gestos y nuestros intereses eran los mismos. Nadie era capaz de distinguirnos, ni siquiera nuestro padre.
Entonces Kamizuru había visto exactamente lo mismo que veía él cuando miraba a la joven. Y el marqués se había aprovechado de aquella chica. Desafortunadamente, Juugo lo podía entender, porque a él le estaba costando mucho estar cerca de la señorita Lee y no tocarla ni acercarse a ella para besarla.
―Es curioso que me pregunte por Tetsuya ―dijo mientras observaba cómo la luz del sol se colaba por entre las hojas de los árboles que colgaban sobre su cabeza―. Precisamente estaba lamentando que ningún caballero llevara a Tetsuya a un lago como este. Por lo menos no escribió sobre ello en su diario. Es una experiencia muy agradable.
―Estoy de acuerdo con usted. Yo tampoco había remado nunca.
Ella esbozó una pícara sonrisa.
―Ya me he dado cuenta. Pero ha aprendido usted muy rápido.
―Suelo aprenderlo todo igual de rápido. En las calles aprendí que el niño que sobrevivía era el que conseguía adaptarse rápidamente a lo inesperado.
Ella sacó la lengua para deslizarla por su labio superior y a él se le hizo un nudo en el estómago. Se preguntó a qué sabrían esos dulces labios.
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―Antes ha dicho que le ha pedido prestado el carruaje al conde de Konohagure y que, a veces, se mezcla usted con la aristocracia. ¿Cómo puede alternar con la nobleza si creció en la calle?
―¿No conoce usted la historia del conde de Konohagure?
―No. Mi padre nunca se sintió cómodo entre la aristocracia. Creo que era porque sus finanzas nunca fueron comparables a las de la mayoría de los nobles. A los ojos de los demás, él siempre fue lo que realmente era: un lord pobre. No se mezclaba con los otros nobles. Así que me temo que no conozco a lord Konohagure.
―No tiene importancia. Verá, él tiene, o tuvo, una reputación escandalosa. Ha sentado un poco la cabeza desde que se casó con lady Hinata, hermana del duque de Otsutsuki, pero probablemente a ella tampoco la conozca. ―Especialmente porque Hinata ya le había dicho que no conocía a Tamaki―. En cualquier caso, Konohagure vivió en la calle como yo. Sus padres fueron asesinados y estuvo perdido durante algunos años.
―¡Eso es terrible!
―Sí, lo fue. Terrible. Pero jamás le escuchará quejarse por ello. Eso le dio una vida muy distinta a la de los demás lores. Nosotros vivíamos con un mentor que se hacía llamar Orochimaru. Él nos enseñó a ser los mejores ladrones de Konoha. Cuando Uchiha tenía catorce años tuvo algunos problemas y fue arrestado. ―No le pareció necesario decirle que el problema había sido que asesinó a un hombre―. Ese fue el motivo de que el conde de Konohagure lo conociera y declarara que él era el nieto que había perdido años atrás. Cuando acogió a su nieto, también acogió a sus amigos. Por eso, durante un tiempo, estuve viviendo en la zona de los lores de Konoha y me enseñaron a parecer un auténtico caballero.
―Elige usted sus palabras con sumo cuidado, señor No Tenpi. ¿Parecer un caballero? ¿Es que no se considera usted un caballero?
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Él sonrió.
―Solo cuando sirve a mis propósitos. Tengo más de sinvergüenza que de caballero, señorita Lee.
El calor que ardía en los ojos del inspector aceleró el corazón de la joven. Se estaba adentrando por un territorio muy peligroso, y lo sabía.
―¿Eso es lo que estaba haciendo a esas altas horas de la noche en el parque de Konoha? ¿Estaba usted haciendo sinvergonzonerías?
La poderosa y oscura carcajada de Juugo resonó alrededor de la barca. Ella pensó que aquel sonido era tan maravilloso como el que hacían las olas del mar rugiendo en la orilla. Debía ser cuidadosa si no quería dejarse arrastrar por aquel hombre.
―¿Eso es una palabra? ―preguntó él.
―Solo estoy intentando averiguar si el hecho de que acudiera usted en mi rescate fue cosa de la providencia o fue únicamente suerte.
―¿Acaso importa el motivo por el que se cruzaron nuestros caminos?
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Ella le sonrió.
―No. Supongo que no. Cuénteme más cosas sobre usted, señor No Tenpi.
¿Más cosas? De repente le faltaban las palabras. No podía contarle lo del asesinato en las orillas de la ciudad.
Como la noche anterior fue incapaz de dormir, decidió ir al depósito de cadáveres donde llevaron a la mujer que habían encontrado en aquél lugar. A pesar de las órdenes de sir Kabuto, no consiguió olvidarse del asunto sin intentar descubrir qué había ocurrido. Alguien había golpeado a aquella mujer hasta dejarla irreconocible. La habían encontrado tirada en un callejón: estaba desnuda y llevaba una gargantilla de plata. Aunque Juugo pasó la mayor parte de la mañana entrevistando a las personas que encontró por la zona donde hallaron a la chica con la intención de averiguar, por lo menos, el nombre de la víctima, sus pensamientos estaban en otra parte. Aquello de no concentrarse plenamente en lo que estaba haciendo no era propio de él.
Pero aquella mañana todas las mujeres castañas que veía le recordaban a la señorita Lee. Cada pregunta que formulaba le hacía pensar en las preguntas que debería hacerle a ella. Cada persona que observaba espiando desde alguna esquina intentando descubrir por qué estaba allí le hacía pensar en lo mucho que debía esforzarse en conseguir que la joven dejara de molestar a Kamizuru. Estaba intentando resolver un asesinato que no le habían asignado, y se había distraído pensando en la señorita Lee: en sus sonrisas, sus carcajadas, su inocencia…
Pero no le podía explicar a ella nada de eso. Y tampoco le podía hablar de otros asesinatos que había investigado. Por muy fascinado que él se sintiera por ese tema, era evidente que la asustaría. De repente su vida le pareció increíblemente aburrida. La única esperanza que tenía de disfrutar con una conversación interesante era ella.
―Usted nunca ha estado en Konoha, pero yo jamás he salido de la ciudad ―dijo finalmente―. Hábleme de su hogar.
―¿Nunca ha salido de Konoha
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Juugo percibió la incredulidad que le teñía la voz.
―No. ¿Cree que necesitaría un mapa?
Ella se rio y él sintió deseos de capturar aquel delicioso sonido y guardarlo en una cajita de madera para escucharlo siempre que la abriera. No estaba acostumbrado a que le asaltaran tantas fantasías, pero estaba encantado con la presencia de aquella chica.
―Supongo que sí que lo necesitaría, pero gracias a los trenes el viaje resulta más sencillo.
―Cuénteme cosas de su hogar.
―Es una pequeña casita de piedra que está junto a los acantilados. El rugido de las olas del mar es un sonido constante, pero no es ni de lejos tan ruidoso como la ciudad. Creo que eso es lo que más me sorprendió al llegar, la gran variedad de sonidos que hay aquí. Nunca hay silencio. En casa, a pesar del ruido de las olas, siempre puedo pensar sin escuchar nada. Aquí a veces ni siquiera puedo pensar. Bueno, excepto ahora, claro. Se está muy bien en el río.
―Qué extraño. Yo no me doy cuenta de esos ruidos a los que usted se refiere. No sé si me gustaría vivir junto al mar si le da a uno tanto tiempo para estar a solas con sus pensamientos.
―¿Es que no disfruta usted de sus pensamientos, señor No Tenpi?
A veces resultaban demasiado inquietantes, demasiado amenazantes, pero no tenía ninguna intención de compartir eso con ella, por lo que se esforzó en retomar el hilo de la conversación.
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―Me sorprende que viva usted en una casa pequeña. Yo pensaba que todos los aristócratas vivían en grandes residencias.
―Es cierto que mi padre formaba parte de la aristocracia, pero nuestros comienzos fueron humildes. Sin embargo, él deseaba que a sus hijas les fuera mejor. Supongo que les ocurre lo mismo a todos los padres. ¿Su padre aún vive?
Juugo debería haber esperado aquella pregunta teniendo en cuenta por dónde estaba llevando la conversación. Pensó en mentir. Pensó en compartir solo una parte de la verdad, pero decidió que, por mucho que le doliera responder a eso, la verdad le resultaría más productiva porque le ayudaría a construir una buena base de confianza.
―No. Murió en la horca cuando yo tenía ocho años.
La compasión se apoderó de las facciones de la joven produciendo una imagen de exquisita belleza, porque las emociones que reflejaban eran repentinas y sinceras. Juugo se había equivocado al valorar los resultados de su táctica: su intención era desarmarla y, sin embargo, fue él quien se sorprendió. Ella amenazaba con descubrir algo que él había escondido en lo más profundo de su ser. Las emociones que había encerrado hacía ya tantos años parecían aventurarse a través de la oscuridad, aunque solo fuera por un momento.
―Lo siento ―dijo ella intentando consolarlo.
Si se preocupaba así por un hombre al que acababa de conocer, ¿hasta dónde llegaría la profundidad del amor que podía sentir por una hermana o por un marido?
―¿De qué lo acusaron?
Juugo se recordó a sí mismo que estaba interpretando un papel, y que cualquier cosa que floreciera entre ellos estaría teñida de falsedad y debilitada por el engaño. Habló con frialdad, sin abrir su alma.
―Lo acusaron de ladrón. Yo me quedé huérfano. Mi madre, al igual que la suya, murió en el parto. Por lo visto, yo era un bebé extrañamente grande.
―Así es como acabó usted con ese hombre…, Orochimaru, ¿verdad?
―Sí. Tuve suerte de que me acogiera. Yo no tenía familia. Supongo que se puede decir que usted y yo nos parecemos en ese sentido.
Remó en silencio durante algunos minutos disfrutando de un silencio que nunca había advertido antes. La observó mientras ella miraba a su alrededor y se preguntó si habría revelado demasiado; tenía curiosidad por saber lo que estaría pensando.
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De repente la joven cerró el paraguas y lo dejó en el fondo de la barca. Entonces lentamente, centímetro a centímetro, empezó a quitarse el guante derecho para revelar una piel que, hasta aquel momento, él solo había podido imaginar. Su cuerpo se tensó como si ella se hubiera desabrochado los botones del corsé. La joven tiró de un dedo, luego del siguiente, y del siguiente, y cada vez que tiraba del guante a él se le secaba un poco más la boca.
Después de lo que a él le pareció muchísimo tiempo, se quitó el guante por completo dejando al descubierto una mano tan cremosa y suave como su rostro; llevaba las uñas cortas y una buena manicura. Aquella era la mano de una auténtica dama, una mujer que dependía de otros para que le hicieran el trabajo duro. Luego se inclinó un poco hacia un lado, hundió la mano en el agua y sus rasgos se serenaron un poco más, estaba bastante más relajada que en sus anteriores encuentros.
―Echo de menos el mar ―dijo ella en voz baja. Le miró por debajo de sus pestañas―. ¿Sabe usted nadar, señor No Tenpi?
Él empezó a contestar, se dio cuenta de que se le había hecho un nudo en la garganta y carraspeó.
―No.
―Es maravilloso. Debería aprender.
―Supongo que se parece bastante a tomar un baño.
Ella se rio.
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―Es muchísimo más. Tetsuya solo corría por las olas, pero cerca de nuestra casa hay una cueva donde el agua está en calma y yo suelo ir a nadar allí. No he vuelto a ir desde que ella murió. Allí es donde mi padre encontró el cuerpo. ―Negó con la cabeza―. Discúlpeme. No quería ponerme sentimental y arruinar esta encantadora tarde.
―No se preocupe. Sé muy bien lo difícil que resulta perder a alguien a quien se ama. Yo aún sigo pensando en mi padre.
―¿Ha habido alguien más a quien haya amado en su vida?
―No. ―No tenía ninguna intención de hablarle sobre Karin. Los sentimientos que tuviera por Karin, que habían sido tiernos y preciosos, eran para él solo―. ¿Alguna vez ha amado usted a algún caballero?
Ella negó con la cabeza.
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―No. ―Entonces levantó la mano y le salpicó―. Estamos entrando en terreno íntimo, señor No Tenpi.
―Es más interesante que hablar de su hogar. Por cierto, ¿dónde está? ―insistió él arqueando una ceja y esbozando una escueta sonrisa juguetona.
Ella pareció pensárselo un momento, como si no lo recordara. O tal vez lo hizo, porque no se esperaba la pregunta.
―Está hacia el norte, cerca del mar, tal como ya le he dicho. La propiedad de mi padre es pequeña pero muy bonita. Estoy muy a gusto allí.
―¿Y quién la heredará ahora que él ha muerto? Espero que no tenga usted algún horroroso primo lejano o algún tío con derecho a echarla. ―O peor aún, que pudiera utilizar sus derechos sobre la propiedad para aprovecharse de ella. Quizá eso de que no tenía a nadie que le enseñara Londres escondía más de lo que ella había revelado.
La joven negó con la cabeza.
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―Las tierras no estaban asociadas al título. Ahora la casa es mía. Su título no era hereditario. Se lo dieron por prestar servicios a la corona. Desafortunadamente, no le dieron nada más que el título, pero a mi padre no le gustaba quejarse.
―Tampoco parece que a usted le guste quejarse.
Ella volvió a sonreír con picardía.
―Puedo ser muy obstinada cuando me lo propongo.
A él tampoco le parecía obstinada, aunque debía admitir que el cometido presente de la joven era un poco temerario. ¿Qué es lo que realmente quería conseguir persiguiendo a Kamizuru?
―Una casita junto al mar parece una buena dote. ¿Tiene usted algún interés en casarse con un lord?
―No creo que ninguno tuviera ningún interés en mí.
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Juugo dejó de remar. Tuvo el valor de deslizar los dedos por la mejilla de la joven mientras maldecía, en silencio, la tela del guante que le impedía tocar su piel. Ella abrió ligeramente los ojos y luego se le oscureció la mirada. Juugo se preguntó si se estaría imaginando lo mismo que él: sus manos deslizándose por otras partes de su cuerpo.
Se apresuró a coger el remo antes de perder por completo el sentido del decoro.
―Estoy seguro de que mostrarían mucho interés si llegaran a conocerla.
―Pero eso no ocurrirá nunca.
―Yo podría hacer que ocurriera.
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Ella pareció sorprenderse tanto como él al escuchar aquellas palabras. ¿En qué estaba pensando cuando dijo eso? Él no tenía ningunas ganas de verla en brazos de otro hombre, pero tampoco quería que malgastara el tiempo que pasara en Konoha persiguiendo alguna clase de insignificante venganza contra Kamizuru. Realmente, ¿qué podía conseguir aquella chica aparte de hacer enfadar al marqués? Él no merecía ni su tiempo ni sus atenciones, y a Juugo le molestaba que ella se los estuviera brindando a Kamizuru.
Al verla de nuevo estaba más convencido que nunca de que su valoración inicial era completamente acertada: aquella joven no suponía ningún peligro para Kamizuru. No cabía duda de que aquel hombre estaba reaccionando a los remordimientos que tenía por el espantoso comportamiento que había mostrado con su hermana. Alguien debería azotarle. A Juugo no le importaría hacerlo. No sería la primera vez que impartía justicia a aquellos a quienes la ley consideraba que estaban fuera de su alcance. ¿Sería ese el motivo por el que sir Kabuto le había asignado aquella tarea? ¿Estaría esperando su superior que se ocupara del caballero?
―Yo no…, yo no he venido a presentarme en sociedad ―tartamudeó ella por fin.
―¿Por qué ha venido entonces?
―Para ponerle nombre a una cara, para ver Konoha, para…, ¿qué hora es?
―A juzgar por el sol serán casi las cinco.
Sus palabras parecieron sorprenderla.
―¿Es que no tiene usted reloj?
―No.
Su respuesta fue escueta y directa, como si quisiera zanjar el asunto. Ella se preguntó qué habría detrás de aquello mientras empezaba a ponerse el guante de nuevo.
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―¿Me ha traído usted aquí para asegurarse de que no estaba en el parque a las cinco y media?
―¿Qué espera conseguir torturándose ante la presencia de Kamizuru en el parque?
―No estoy segura. Cada vez que lo veo es como si alguien me clavara una daga en el corazón.
―Me temo que he conseguido arruinarle la tarde.
Ella sonrió con suavidad, pero su gesto resultó reconfortante.
―En absoluto. En realidad creo que ha conseguido usted convencerme de que debería disfrutar de Konoha mientras esté aquí. Pero se está haciendo tarde. Debería volver a la pensión.
Él le guiñó un ojo.
―Si es que consigo llevarnos de vuelta a la orilla.
Ella se rio con suavidad.
―Gracias por esta tarde tan agradable, señor No Tenpi. Me temo que vuelvo a estar en deuda con usted.
―¿Puedo volver a visitarla mañana?
Ella esbozó una recatada sonrisa.
―Me encantaría.
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