Los personajes de Naruto no son míos, son de Kishimoto... la historia si es de Lorraine Heath
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ACLARACIÓN
Será una adaptación, sin embargo haré algunos cambios, sobretodo con el personaje de Karin, en la historia original es un personaje odioso al ser una Mary Sue que sinceramente aborrecí, y cambiaré un poco el amor del protagonista por Karin, en esta versión sale un poco porque la sustituiré con otro personajes en ciertas ocasiones.
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Espero disfruten esta historia, la cuarta de esta serie de adaptaciones; así como yo lo hice.
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CAPÍTULO 05
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Después de pasar otro día con ella, Juugo seguía sin confiar en que no se escapara por la noche para seguir a Kamizuru. Por eso, después de acompañarla hasta la pensión, dobló por la siguiente esquina con el carruaje, saltó de él y le dijo al cochero que volviera a casa de Uchiha. A continuación se apostó fuera de la pensión de la señorita Lee.
No sabía en qué estaba pensando cuando le reveló tantas cosas sobre su pasado. Después de todos aquellos años, seguía sintiendo cómo la rabia por la injusticia del ahorcamiento de su padre lo recorría de pies a cabeza cada vez que lo recordaba. En ese momento no quería sentir rabia. Necesitaba mantener la cabeza fría y despejada para concentrarse en la señorita Lee.
Pero aquello era pedir demasiado. ¿Qué tenía aquella chica que tanto le intrigaba? Era una joven inocente, pero también era muy decidida. Buscaba justicia, igual que él. ¿Cómo podía ignorar la necesidad que sentía de vengar a su hermana cuando todo lo que él hacía era en nombre de su padre?
Si aquel fuera un asunto privado, si Kamizuru le hubiera contratado personalmente para espiar a la señorita Lee, entonces podría llevar las cosas de otra manera. Pero, dado que le habían ordenado que la siguiera, su posición requería un poco más de discreción. No podía limitarse a entrar en la residencia de Kamizuru y darle unos buenos azotes.
Juugo esperó hasta que se hizo de noche. Entonces vio la tenue luz que se colaba por entre las cortinas de su ventana y cómo la silueta de la joven pasaba por delante de la ventana y se detenía. Luego siguió adelante. Se preguntó si se cepillaría el pelo aquella noche. Se preguntó si debería quedarse.
Miró a su alrededor. No había nadie por allí. Él tampoco debería estar allí. Empezó a andar calle arriba. La volvería a ver al día siguiente. Por primera vez desde hacía mucho tiempo, esperaba impaciente a que llegara el próximo día.
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Juugo se despertó al escuchar unos golpes en su puerta. Se levantó de la cama, se puso los pantalones y se los abrochó mientras cruzaba el salón en dirección a la puerta. Cuando la abrió tuvo que apartarse para dejar pasar a sir Kabuto, que entró antes de que le invitara.
―Le ha seguido hasta el club Hozuki. Se suponía que tenías que vigilarla ―dijo sir Kabuto sin preámbulos.
Juugo se esforzó por reprimir un bostezo.
―Estuve en la puerta de su pensión hasta bien tarde. La chica estaba allí cuando me fui. Debió salir más tarde.
―¿A qué hora te fuiste?
Juugo se encogió de hombros.
―Tal vez una hora después de que encendieran las antorchas.
―No tienes ni idea de la hora que era, ¿verdad? Claro, porque no llevas un maldito reloj. ¡Maldita sea! Si no fueras tan buen inspector no toleraría tus idiosincrasias.
―Si soy tan bueno, ¿por qué me has asignado una tarea para la que no necesito ninguna de mis habilidades?
―Kamizuru pidió que te encargaras tú personalmente. Por lo visto, leyó tu nombre en algún artículo del periódico sobre la resolución de algún crimen.
―¿Y por qué diablos hay que ceder a sus caprichos?
―Porque es poderoso e influyente. En cuanto a la chica…
―Tendré que dormir en algún momento.
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Sir Kabuto deslizó las manos por su pelo plateado. No era mucho mayor que Juugo, pero las responsabilidades estaban dejando marcas en su rostro.
―Eso es cierto.
―Sir Kabuto, Kamizuruhizo algo más que bailar con Tetsuya. Jugó con ella.
―Eso es moralmente cuestionable, pero no es ningún delito. El marqués está convencido de que la señorita Lee quiere hacerle daño.
―Ella no supone ningún peligro para él.
Sir Kabuto se quedó muy quieto y observó detenidamente a Juugo.
―¿Estás completamente seguro?
¿Lo estaba? Si respondía que sí, era muy probable que aquella tarea llegara a su fin. Y si Kamizuru se enteraba de que no había nadie vigilándolo, podría decidir tomarse la justicia por su mano. Además, de repente Juugo quería pasar más tiempo con ella.
―Muy bien ―dijo sir Kabuto como si hubiera leído todos los pensamientos que acababan de cruzar la mente de Juugo―. No la pierdas de vista. Y por lo que más quieras, mantenla alejada de Kamizuru.
―Sí, señor.
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Aquella tarde Juugo volvió a pedir prestado el carruaje de Sasuke, y la dama volvía a ir vestida de rosa. Se preguntó si cuando pasaran los años la recordaría como la dama de rosa, porque no le cabía ninguna duda de que cuando fuera mayor y recordara los casos más fascinantes de su carrera, ella le vendría a la cabeza. Y no precisamente porque creyera que el caso fuera digno de futura reflexión, pero aquella chica era un auténtico punto y aparte.
Ella era un soplo de aire fresco en su vida, una existencia que se había convertido en un pozo oscuro a causa de todo lo que había presenciado.
Pensó en preguntarle por su escapadita nocturna tras Kamizuru, también se planteó pasar por delante del club Hozuki para estudiar su reacción, pero estaba muy cansado de que el marqués fuera el tema de conversación. Por egoísta que pareciera, quería aquel día solo para ellos dos. Quería dar la sensación de que era un pretendiente, y un pretendiente no hablaría de otro hombre. Ya sabía que nunca podría ser un pretendiente real para ella, pero sí que podía disfrutar del poco tiempo que tuvieran para estar juntos.
A Juugo le encantaba observar la forma en que ella disfrutaba de los jardines mientras el carruaje pasaba de uno a otro. Se reía cuando se daba cuenta de que él no conocía el nombre de las flores y le señalaba sus favoritas, pero aunque no lo hubiera hecho él habría sabido cuáles eran. Las de color rosa y lavanda. Colores pálidos. Se sentía atraída por la suavidad. Nada brillante ni chillón.
Entonces le sorprendió cuando preguntó:
―¿Me llevaría a la parte de Konoha donde creció usted?
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Fue como si le arrojara un cubo de agua helada por encima de la cabeza. Se había planteado seducirla, y la mugre que protagonizó su infancia haría que cualquier mujer se retorciera de asco al pensar que aquellas manos pudieran tocarla.
―No es tan bonita como los jardines ―dijo con la esperanza de disuadirla y que no siguiera por ese camino.
―Pero me contará algunas cosas más sobre su vida.
Sabía que no debería haberse sentido halagado al darse cuenta de que ella estaba interesada en su pasado y de que podría tener interés por él. Aunque sabía que nunca se podría deshacer de su infancia por completo, y que su pasado estaba grabado en su carácter, no tenía ningún interés en enseñarle los detalles.
―Permítame que se lo resuma: estaba muy sucio, olía mal y había mucha gente.
―Ya me he dado cuenta de que la mayor parte de Konoha está sucia, huele mal y está llena de gente.
―No como en la zona en la que yo crecí. Allí no hay esperanza. Es un lugar en el que no existen los sueños. Es completamente deprimente.
Ella lo miró como si se hubiera abierto el pecho y le hubiera enseñado el corazón.
―Se avergüenza usted de su pasado.
―Me disgusta, sí.
Apartó la mirada. Estaba molesto con el tema que habían elegido. ¿Cómo había conseguido hacerse ella con el control de la conversación?
De repente se dio cuenta de que la pequeña mano de la joven estaba sobre el puño que él tenía apoyado sobre el muslo. Le estrechó el puño con suavidad.
―Ha superado usted sus orígenes, señor No Tenpi. Eso es digno de admiración. Yo he escuchado hablar de las zonas más pobres de Konoha, pero nunca las he visto y no consigo imaginarme cómo son.
Él volvió la cabeza para mirarla sabiendo que sus ojos y su voz estaban teñidos de una dura e implacable determinación.
―Ahí es precisamente donde quiero llegar, señorita Lee. No hay ningún motivo por el que valga la pena imaginárselo.
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Juugo se preguntó qué pensaría la joven al observar su rostro y lo que revelarían sus facciones. ¿La dureza de la vida que le había tocado? ¿Quizá se daría cuenta de que a medida que fue creciendo y empezó a comprender cómo eran las cosas comenzó a aborrecer su vida? ¿Vería ella que la primera vez que había sentido orgullo fue cuando llevó ante la policía a un chico que había robado un monedero para que soltaran al niño inocente al que habían acusado del delito? ¿O se daría cuenta de que una vez una pandilla de chicos le dieron una paliza por chivarse de su amigo y fue entonces cuando aprendió a ser más discreto sobre sus asuntos con la policía?
Ni siquiera tenía claro qué cosas eran correctas y cuáles eran incorrectas en su vida. A veces se hacían algunas concesiones en pro de un bien mayor. Y el problema era ¿quién decidía cuál era ese bien mayor?
En más de una ocasión había tenido la osadía de pensar que él era quien debía decidirlo. Incluso en aquel momento, mientras intentaba ganarse la confianza de aquella joven y de descubrir sus planes, no estaba seguro de que consiguiera ofrecer a sir Kabuto o a Kamizuru ninguna información que pudiera resultarles útil.
―Es usted un hombre muy complejo, señor No Tenpi ―dijo ella por fin.
―En absoluto. ―Abrió el puño, le dio la vuelta a la mano y entrelazó los dedos con los de la joven―. Lo único que necesito es que una dama encantadora me haga compañía.
Observó cómo la delicada garganta de la joven se movía al tragar saliva.
―Dijo que era usted un sinvergüenza.
Él esbozó una de sus sonrisas más encantadoras.
―La noche acaba de empezar, señorita Lee.
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Juugo había planeado estar con ella solo dos horas, pero cuando pasó ese tiempo aún no se sentía preparado para separarse de la joven. Además, si estaba decidida a perseguir a Kamizuru por la noche, entonces tenía la obligación de mantenerla ocupada. Hasta aquel momento no había conseguido aprender nada nuevo sobre ella mientras que, si ella era una mujer perceptiva, y no tenía ninguna duda de que lo era, la joven habría aprendido muchas cosas sobre él. Le preocupaba la facilidad con la que le revelaba parte de su alma a aquella chica. Pero solo eran partes, pedazos y retales que ella nunca sería capaz de unir para crear un todo. Ni siquiera estaba seguro de que siguiera conociéndose a sí mismo.
Cuando se convirtió en uno de los chicos de Orochimaru, eligió un nuevo nombre: No Tenpi. A pesar de que su naturaleza era la de estafar y engañar a otros, últimamente estaba empezando a sospechar que tal vez también había conseguido engañarse a sí mismo y se había convencido de que el único interés que tenía en aquella mujer estribaba en la fascinación que ella sentía por Kamizuru. ¿Por qué la volvía a llevar a los jardines de Konoha en lugar de llevarla a casa?
―¿Por qué me ha traído aquí? ―preguntó cuando el cochero detenía el carruaje.
―Ya ha visto lo peor de los jardines. Pensé que debía ver lo mejor. ―Juugo se bajó del carruaje y le tendió la mano―. Nos marcharemos antes de que anochezca.
Entonces la joven recordó que su hermana había escrito en su diario acerca del magnífico espectáculo de brillantes luces en el cielo.
―¿Nos podemos quedar a ver los fuegos artificiales?
Él esbozó una generosa sonrisa que le robó todo el aire de los pulmones. Oh, aquel hombre era muy peligroso para su corazón. Ella tenía planeado aprovecharse de él y, sin embargo, se estaba dando cuenta de que empezaba a sentirse atraída por él.
―Si eso la complace… ―ronroneó con suavidad.
―Me encantaría, sí.
―Entonces nos quedaremos.
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Cuando la ayudó a bajar del carruaje, le pidió al cochero que volviera a las nueve. En la entrada pagó un chelín por cada uno de ellos, dejó que ella apoyara el brazo en el suyo y entraron por las puertas de hierro que daban acceso a los jardines. Había mucha gente. Las parejas paseaban cogidas del brazo. Ella sospechaba que la mayoría estaban casados, y los que no lo estaban iban acompañados de sus correspondientes carabinas. También había algunos niños. Era la hora de las familias, era la hora de que la gente decente estuviera en las calles.
Aquello era lo que había visto Tetsuya y sobre lo que tanto había escrito en su diario.
―¿Su hermana visitó los jardines? ―preguntó el señor no Tenpi.
Ella levantó la cabeza y miró aquellos familiares ojos naranja llenos de compasión y comprensión. ¿Cómo podía saber en qué estaba pensando?
―Sí. Escribió con entusiasmo sobre los fuegos artificiales.
―Entonces, a pesar de estar perdida el otro día, sabía usted donde se hallaba.
―Se puede estar perdido incluso aunque uno sepa dónde se encuentra ―dijo ella con sequedad.
―¿Está usted perdida, señorita Lee?
Su pregunta tenía cierto trasfondo, como si supiera que últimamente ella apenas se reconocía a sí misma, que había momentos en los que tenía la sensación de estar perdida en el mar. A veces pensaba que haber ido a Konoha era un error. Allí no estaba cómoda. Se sentía acorralada. O tal vez solo fuera su sed de venganza lo que hacía que estuviera incómoda con sus alrededores.
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―La verdad es que desde que murió mi hermana y luego falleció mi padre suelo sentirme perdida, sí. ―Aquellas palabras eran tan ciertas que sintió miedo al darse cuenta de lo sencillo que le había resultado compartirlas con él. Quería confiar plenamente en él, completa e implícitamente, pero sabía que no podía. Había demasiado en juego―. ¿Cree que podríamos hacer un pacto, por lo menos durante esta noche, y comprometernos a hablar solo del futuro?
―¿Cómo podemos hablar de algo que desconocemos?
―Pues del presente, entonces. Tengo la sensación de que hace muchísimo tiempo que no me preocupo solo del presente.
―Entonces hoy nos centraremos en el aquí y el ahora. ¿Por dónde empezamos?
Había tanto donde elegir que apenas sabía por dónde empezar. Entonces su estómago la avergonzó haciendo un pequeño rugido y tomando la decisión por ella.
―Me acabo de dar cuenta de que tengo bastante hambre.
Él sonrió.
―Una mujer a mi medida. Veamos qué podemos encontrar.
Mientras la acompañaba a través de una multitud hasta el puestecito donde servían la comida, ella pensó que, en otras circunstancias, seguro que sí sería una mujer a su medida. Él era fuerte, amable y atento. Estaba pendiente de los pequeños detalles. Conseguía hacerla sonreír cuando ella pensaba que no volvería a hacerlo jamás.
Ella no había ido a Konoha en busca de felicidad y, sin embargo, allí estaba esa emoción de dicha, planeando sobre su cabeza como una mariposa comprobando la seguridad de una flor salvaje. Pero aunque lo deseara con todas sus fuerzas, sabía que no se quedaría mucho tiempo.
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―Sujéteme, señor no Tenpi, por Dios, sujéteme. ―Las palabras ocultaban una mezcla de miedo y vergüenza. Ella parecía ser la única que tenía miedo en aquel globo aerostático que se elevaba hacia el cielo. Los demás pasajeros se limitaban a exclamar asombrados.
Cuando el brazo del señor No Tenpi la rodeó, ella se agarró a la solapa de su chaqueta y enterró la cara sobre su hombro. Era tan sólido y reconfortante como los acantilados. Entonces le escuchó murmurar:
―Está usted completamente a salvo, señorita Lee. No pasa nada.
―Vamos hacia arriba. ―Era incapaz de creerse que estaba en una cesta, ¡en una cesta! Y que estaba flotando por el aire. Tenía miedo de devolver el pastel de carne caliente que él le había comprado hacía un rato. No se le había ocurrido pensar que observar cómo la tierra se alejaba podría marearla tanto.
En los jardines había un día a la semana que se podía pasear en globo aerostático. El globo se encontraba anclado, por lo que la ascensión estaba controlada. Cuando los pasajeros habían disfrutado un rato de las vistas, lo volvían a llevar a tierra para que subiera otro grupo. Desde el suelo le había parecido muy divertido. No sabía por qué la idea de ascender la preocupaba tanto. Llevaba toda la vida asomándose a los acantilados, pero los acantilados no se tambaleaban ni se movían. ¿La cesta podría resistir el peso de todas las personas que iban en su interior? ¿O acabarían precipitándose todos al vacío?
―Escuche, señorita Lee. ¿Es este el silencio que tanto añora? ―le preguntó él con suavidad.
Entonces lo escuchó. El estrépito de la multitud había desaparecido. Ya no se escuchaba el crujir de las ruedas de los carruajes ni el relinchar de los caballos. Estaban por encima del ruido. Llegó a tener la sensación de que podía escuchar los susurros de su hermana Tetsuya. ¿Estarían muy cerca del cielo?
La cesta se tambaleó un poco. Ella gritó y agarró a Juugo de la chaqueta con más fuerza, como si él la pudiera agarrar si el globo empezara a caer.
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―No pasa nada. Solo hemos llegado al final de la cuerda ―susurró el señor No Tenpi junto a su oído. Si no hubiera estado tan aterrorizada se habría desmayado al percibir su cercanía―. Abra los ojos.
―No creo que pueda ―susurró con la esperanza de que ninguno de los otros cuatro pasajeros la estuviera escuchando.
―No mire hacia abajo. Limítese a mirar a su alrededor. Confíe en mí, señorita Lee.
Ella tragó saliva con fuerza y empezó a abrir un ojo. Podía ver las copas de los árboles. Luego abrió el otro y se rio sorprendida. Podía ver los tejados de las casas.
―¡Oh, mire, ahí está el río!
No sabía por qué estaba tan asombrada de verlo. Los jardines estaban pegados al río. Algunas personas accedían al parque en barco por la entrada del río. El hecho de que estuviera tan cerca del agua era uno de los motivos por los que los jardines fueran tan verdes y gozaran de una vegetación tan exuberante. El sol empezaba a ponerse y los obsequiaba con unas espectaculares vistas bañadas en tonos naranjas y lavandas. ¿Qué se podría percibir más allá de aquella pequeña zona? ¿Cómo se vería su casa desde las alturas? De repente sintió una gran envidia por los pájaros.
―Casi deseo que se rompa la cuerda. Casi. ―Posó la mirada sobre los ojos del señor No Tenpi. Él no estaba mirando la tierra que se extendía bajo ellos como un elaborado tapiz. Tenía los ojos posados sobre ella―. Se está perdiendo las vistas.
En sus labios se dibujó una sensual sonrisa.
―Yo no creo que me esté perdiendo nada.
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Ella se preguntó por el sabor y la textura de sus labios. Qué pensamiento tan extraño. Se acababa de dar cuenta de lo desesperada que estaba por besarle, de lo mucho que quería que él la deseara. Incluso a pesar de saber que su interés por ella podría estar influenciado por una asociación con Kamizuru que él no había confesado, se seguía sintiendo atraída por él. Ella se había propuesto distraerlo del objetivo para el que lo habría contratado Kamizutu y, sin embargo, era ella quien se estaba distrayendo.
Paseó la lengua por sus labios mientras imaginaba que eran los labios del señor No Tenpi los que le provocaban ese cosquilleo. Él bajó la mirada hasta su boca y ella se preguntó si sus pensamientos irían en la misma dirección que los suyos. Los ojos de Juugo se oscurecieron y se entrecerraron. Ella seguía teniendo las manos apoyadas sobre el pecho del inspector, y percibía la quietud que lo dominaba y la creciente tensión que bullía bajo su piel, como si estuviera librando una batalla interna y estuviera a punto de perder el poco control que le quedaba. Juugo se estremeció e inspiró hondo.
Él dirigió la mirada hacia el río y ella se preguntó si sus pequeñas e insignificantes acciones le habrían provocado. A juzgar por las arrugas de su ceño y por cómo apretaba los dientes, era evidente que estaba preocupado por algo. Resultaba fascinante. Pero la joven no se sorprendió por el interés que mostraba porque lo cierto era que se sentía intrigada por todos los aspectos de aquel hombre.
Volvió a centrar su atención en las vistas. Deseó que pudieran quedarse allí arriba para siempre. Qué diferente se veía el mundo al observarlo desde arriba. Casi podía olvidar el motivo por el que había ido a Konoha, la necesidad de venganza que la atenazaba. Allí arriba podía imaginar que el amor era una meta accesible.
Era una lástima que su corazón supiera la verdad. Dentro de muy poco ella sacrificaría cualquier opción que pudiera quedarle de disfrutar de una vida feliz.
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La joven le había pedido que no hiciera hincapié en el pasado y que, durante algunas horas, se concentrara solo en el presente. Él se tomó su petición al pie de la letra. Olvidó que era el hijo de un ladrón y un huérfano criado por un experto en el arte del robo. Olvidó que había pasado su niñez urdiendo estafas para llenar de monedas los bolsillos de Orochimaru. Olvidó que ella era su objetivo, su deber. Solo pensaba en la mujer que paseaba a su lado y que encontraba tanta satisfacción en los pequeños placeres que ofrecían los jardines. Ella se entretenía tanto con los acróbatas como con las marionetas. Su sonrisa raramente abandonaba su rostro y sus ojos brillaban con más intensidad de la que proyectaban las antorchas que iluminaban los caminos del jardín.
Había una orquesta tocando música en directo. De vez en cuando, cuando pasaban junto a los músicos, ella se balanceaba ligeramente, como si no pudiera evitar dejarse llevar por las notas musicales que flotaban por los jardines. Pensó en llevarla a la pista de baile, pero si la cogía entre sus brazos y se deslizaba junto a ella al ritmo de la música todo se precipitaría hacia el desastre: ya le estaba costando lo suficiente no acariciarla. El paseo en globo había sido una auténtica tortura porque la había tenido pegada al cuerpo todo el tiempo. Había sentido cómo los temblores la recorrían de pies a cabeza. Si hubiera sido capaz de bajarla de allí utilizando una de las cuerdas que mantenían el globo sujeto, se la habría cargado sobre el hombro para dejarla en el suelo sana y salva. Pero solo fue capaz de distraerla. A pesar de que sus tácticas funcionaron perfectamente con la chica, con él fracasaron miserablemente. Él se perdió en sus ojos cafés y lo único que quería era disfrutar de un momento a solas con ella. No, no solo de un momento a solas, sino de miles de ellos. Deseaba estar a solas, sino de miles de ellos. Deseaba estar a solas con ella para dar rienda suelta a la intimidad, para olvidar completamente el pasado y no pensar en el futuro. Para que el presente se hiciera con el control y pudiera dejar las responsabilidades a un lado.
Ella le distrajo de su propósito. La había llevado al lugar de su primer encuentro porque había planeado utilizar sus muchas habilidades para convencerla de que le explicara el verdadero motivo por el que había acudido a los jardines aquella noche. Necesitaba que confiara en él para que se lo confesara todo y pudiera llegar al fondo de aquel asunto. El policía que había en él lo sabía.
Pero el hombre que había en él tenía otras ideas. Se había dejado llevar por la proposición de la joven y se había rendido al presente, y eso significaba que debía asegurarse de que ella lo disfrutaba, que no habría sutiles interrogatorios, que no se entrometería.
Se escuchó un estruendo cuando los primeros fuegos artificiales se adueñaron del cielo. Ella tenía el brazo entrelazado al de Juugo y utilizó la mano libre para estrecharle el brazo al tiempo que exclamaba:
―¡Oh, Dios mío!
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Los fuegos artificiales se veían desde muchos kilómetros a la redonda, y él los había contemplado muchas noches mientras merodeaba por las calles, pero un día empezó a ser inmune a su magnificencia. Sin embargo, al observar la cara de la joven recordó la primera vez que los había visto iluminar la aterciopelada oscuridad del cielo, y cómo el espectáculo lo dejó sin aliento. Aquella vez se sintió de la misma forma que se sentía cuando la miraba a ella: como si no hubiera nada comparable en el mundo.
Ella tenía la cabeza un poco inclinada hacia atrás, los ojos abiertos como platos y los labios separados por el asombro. Ya no llevaba el pelo tan bien peinado como cuando se encontraron al comienzo de la tarde, hacía ya unas cuantas horas. Se le habían soltado algunos mechones que ahora le enmarcaban el rostro. Aunque quería tocarlos y volver a ponérselos en su sitio, se moría por quitarle el sombrero y las horquillas y observar cómo se le descolgaba la melena por la espalda. Se la quería llevar a las sombras. Quería dejarse llevar por su reputación de sinvergüenza. Quería seducirla para que le revelara sus secretos y su cuerpo.
El cielo se volvió a iluminar bajo un destello de estrellas blancas que se extendió en todas direcciones antes de desaparecer en la noche. Pronto ella también desaparecería de su vida. Pero en aquel momento seguía allí, salvaje y encantadora, con un toque de inocencia y de osadía.
―¡Dios, son preciosos! ―susurró ella asombrada.
―No tanto como tú.
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La joven dejó de observar el cielo y le miró a los ojos. Le había prometido que no se irían hasta que acabaran los fuegos artificiales, pero estaba decidido a provocar sus propias chispas. Estaban envueltos en sombras, y justo cuando resonó la siguiente explosión, deslizó el brazo por su cintura y la apartó del grupo de gente que se había formado a su alrededor y de las antorchas. Ella solo opuso una leve resistencia, sin duda porque por un momento había olvidado que aquella noche no debían dejarse influir por el pasado. La impaciencia hizo que él la levantara al dar los últimos pasos y entonces ascendió al cielo: su olor a rosas se apoderó de su olfato, y sus papilas gustativas le fueron pidiendo más a medida que la boca de la joven se iba adaptando poco a poco a la suya. La joven, como si de una parra trepadora se tratara, le rodeó el cuello con los brazos y empezó a enredar los dedos en su pelo. A Juugo le sorprendió darse cuenta de lo mucho que la deseaba.
Había pasado casi una semana desde que la conoció y, sin embargo, tenía la sensación de que la conocía de toda la vida. Era inconcebible que pudiera albergar unos sentimientos tan poderosos por una mujer de la que sabía tan pocas cosas.
Ella gimió con delicadeza, presionó el cuerpo contra el de él y sus pechos se posaron sobre su torso. Las manos de Juugo adquirieron vida propia y la cogieron de la cadera para presionarla contra su dura y tortuosa excitación. Fue plenamente consciente de que ella se tensaba ligeramente, como si estuviera desconcertada por lo que él era incapaz de esconderle. Era evidente que aquello la había desarmado; ella era una dama en todo el sentido de la palabra.
Él maldijo mentalmente, dejó de besarla, se apartó de ella y se adentró un poco más en las sombras.
―Señor No Ten…
―¡Dios, Tamaki!, pensaba que después del ardiente beso que acabamos de darnos podríamos olvidarnos de las formalidades.
―Estás enfadado.
―Contigo no. Acaba de ver los fuegos artificiales. Me reuniré contigo enseguida. ―En cuanto aquel terrible dolor le dejara en paz.
―Los puedo ver desde aquí.
―Tamaki ―rugió él con la esperanza de que la impaciencia que destilaba su voz fuera suficiente para alejarla de allí.
―Juugo.
Escucharla susurrar su nombre con tanta sensualidad y deseo casi supone su perdición. Ella era demasiado inocente para comprender el tormento que podía infligirle con tan poco esfuerzo. ¿Qué diablos estaba haciendo con ella?
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Sintió la indecisa caricia de la joven en su mejilla y percibió el ligero temblor en sus dedos. Posó la mano sobre la de la joven, volvió el rostro contra su palma y la besó. Entonces el pesar se apoderó de él. Pesar por su infancia. Pesar por el verdadero motivo por el que estaba allí con ella. Pesar por haberse dado cuenta de lo fácil que le resultaba dejar las órdenes que había recibido a un lado y seducirla sin pensar en cómo se sentiría ella después cuando se enterara de que estaba allí por trabajo. ¡Dios! Él no era mejor que Kamizuru.
Juugo no tenía ninguna duda de que Kamizuru habría utilizado a su hermana para saciar sus propias necesidades. Él era culpable del mismo delito. Mientras lo pensaba rezaba para que le hubiera guiado alguna causa noble: prevención, protección. Él había empezado a trabajar para Scotland Yard porque quería salvar vidas, ya que había sido incapaz de salvar la de su padre.
La tensión abandonó su cuerpo y el dolor desapareció. La abrazó y le dio la vuelta para colocarla de espaldas. Hacía solo un momento se moría por liberar su melena, y ahora agradecía poder besarle la nuca mientras le susurraba:
―No sabes cómo me tientas, Tamaki.
―Pensaba que eras un sinvergüenza.
―Por lo visto soy un sinvergüenza con conciencia.
―¿Y qué pasa si yo no quiero que tengas conciencia?
―Entonces estamos condenados a ir directos al cielo o al infierno.
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