Los personajes de Naruto no son míos, son de Kishimoto... la historia si es de Lorraine Heath
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ACLARACIÓN
Será una adaptación, sin embargo haré algunos cambios, sobretodo con el personaje de Karin, en la historia original es un personaje odioso al ser una Mary Sue que sinceramente aborrecí, y cambiaré un poco el amor del protagonista por Karin, en esta versión sale un poco porque la sustituiré con otro personajes en ciertas ocasiones.
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Espero disfruten esta historia, la cuarta de esta serie de adaptaciones; así como yo lo hice.
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CAPÍTULO 06
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Mientras el carruaje recorría las calles pensaba que no quería que aquella noche mágica acabara nunca. Estaba apoyada sobre James y tenía la cabeza sobre su hombro; sabía que su comportamiento era escandaloso, pero parecía incapaz de controlarse. Quería que la rodeara con el brazo, pero sabía que eso era demasiado. Ya era suficiente con que le hubiera cogido la mano.
Las veces que había imaginado cómo sería un beso nunca pensó que el hombre que la besara deslizaría la lengua en su boca y exploraría cada uno de sus centímetros como si le perteneciera. Cuando Juugo la había besado el calor se había desatado en su vientre y se había expandido por todo su cuerpo hasta que le ardieron las puntas de los dedos de las manos y de los pies.
Oh, era un hombre muy hábil en el arte de la seducción, su Juugo No Tenpi. Además, mientras conseguía que el placer se apoderara de ella, fue como si también revelara cosas sobre sí mismo. Era un hombre fuerte, seguro, acostumbrado a salirse con la suya, aunque no conseguía lo que deseaba por la fuerza, sino mediante la persuasión. Ella pensó que podría haber desaparecido tras la sombra de los árboles con él para no volver jamás y que nunca se arrepentiría.
Aquel beso había puesto todo su mundo patas arriba. Y a juzgar por su reacción, a él le había ocurrido lo mismo.
¿Habría hecho Kamizuru lo mismo con Tetsuya? ¿La habría seducido para besarla, alejarla y luego conseguir que fuera tras él de nuevo?
No quería que Kamizuru se entrometiera en sus pensamientos aquella noche; ella solo quería pensar en Juugo. Deseó haber ido a Konoha con un propósito muy distinto en mente, deseó haber sido la primera hija que fue a la ciudad, deseó haberse cruzado con Juugo un año antes, cuando no estaba consumida por el dolor y la sed de venganza. Era terrible odiar a alguien como ella odiaba a Kamizuru. Aquello contaminaba incluso los momentos más gloriosos, la hacía sentir indigna porque su hermana nunca lo había experimentado.
―¿En qué estás pensando? ―le preguntó él en voz baja.
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A ella le sorprendió una vez más que aquel hombre supiera siempre cuándo debía hablar y cuándo debía guardar silencio.
―En lo distinta que era yo antes de que muriera Tetsuya y en lo mucho que desearía que me hubieras conocido entonces.
―Me gustas mucho ahora.
―Las tragedias nos cambian, y creo que no siempre para mejor.
―Las tragedias pueden darle sentido a la vida de alguien.
Ella levantó la cabeza para mirarle.
―¿Es eso lo que te pasó a ti?
―Cuando mi padre murió, sí.
―Te convertiste en ladrón. Una ambición poco honorable.
―Intentaba sobrevivir a cualquier precio. Las personas hacemos lo que debemos hacer.
¿La comprendería si le explicaba lo que ella debía hacer?
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―Debiste sentirte muy agradecido cuando lord Uchiha te acogió en su casa.
―Al principio no. ―Juugo se rio en voz baja. Fue un sonido áspero que se apropió del aire de la noche y que la rodeó para provocar sus sentidos y hacerla sonreír―. Él insistía en que debíamos ser limpios y bañarnos una vez a la semana en lugar de una vez al año. Yo estaba convencido de que estábamos condenados, que nos pondríamos enfermos y moriríamos. Pero no fue así. Aquel hombre nos compró ropa de nuestra talla. Contrató profesores para nosotros. A mí me aterrorizaba, así que jamás me atreví a desobedecerle.
―¿Te pegaba?
―No ―dijo rápidamente―. Nunca nos levantó la mano a ninguno de nosotros, excepto probablemente a su nieto. Nunca acabé de comprender por qué nos acogió a los demás. Tal vez fuera por el amor que sentía por su nieto. Nosotros éramos sus amigos. Quizá no quisiera que estuviera solo en su nuevo hogar.
―¿Cuántos años tenías?
―Diez. Yo era el más joven del grupo.
―Entonces cuando dije que quería ver lord Uchiha.
―No. Yo crecí más en las calles que en casa de lord Uchiha. Eso de que la edad viene determinada por los años es un mito. Tampoco me quedé tanto tiempo en casa de lord Uchiha. Solo algunos años. Cuando Suigetsu Hozuki y Karin se fueron, yo también me fui.
―¿Quiénes son? ―A ella le encantaba oírle hablar. Quería saber hasta el último detalle de su vida, incluso a pesar de no estar dispuesta a compartir la suya.
―Suigetsu Hozuki es uno de los mayores sinvergüenzas de Konoha. Y también un hombre muy rico. Es el propietario del club Hozuki, un exclusivo local para caballeros.
Del que Kamizuru era miembro. El marqués había ido un par de veces desde que ella llegó a Konoha. Juugo hizo una pausa para observarla y ella se preguntó qué estaría buscando, si sabría que estaba al corriente de lo que era el club Hozuki y de lo que representaba.
―Y Karin… Hace poco se ha convertido en la vizcondesa de Otogakure, hubiera sido duquesa, pero la familia de su ahora esposo no la aceptó con alegría―continuó Juugo finalmente.
Ella percibió el profundo afecto que le teñía la voz cada vez que hablaba de Karin. Los celos asomaron la cabeza y se esforzó por esconderlos. ¿Qué derecho tenía ella a experimentar esa reacción ante un nombre, ante una mujer que podría significar más para él de lo que ella podría significar jamás?
―Ella es especial para ti.
En cuanto dijo aquello deseó haberse callado. ¿Qué tenía aquella noche que parecía perfecta para deslizarse bajo la superficie de lo que fuera que estuviera floreciendo entre ellos? ¿Por qué le estaba preguntando todo aquello cuando sabía que él no tendría un lugar permanente en su vida?
―Ella era, es, especial para todos nosotros. Siempre ha sido como nuestra pequeña madre. Cuando dejamos de ser niños, ella empezó a buscar otros huérfanos y les construyó un orfanato. Ahora lo dirige. Y planea construir otro.
―Y es vizcondesa. Es casi como un cuento de hadas, ¿no crees? Una niña de la calle que se convierte en alguien con título.
―Supongo que eso es lo que tu padre quería para ti y para tu hermana. Un caballero titulado.
A ella le pareció escuchar algo más en sus palabras y en su entonación: le estaba recordando que él no tenía ningún título. Y aunque sabía muy bien que era cierto que su padre quería que se casara con un hombre titulado, se limitó a decir:
―Creo que él quería un buen matrimonio para nosotras, y creo que para mi padre eso significaba que quería que nos casáramos con el hombre que nos hiciera feliz.
―¿Y qué te haría feliz a ti, Tamaki?
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Ella se estaba empezando a dar cuenta de que la felicidad era algo muy efímero. Hacía solo unas horas se había sumergido en ella, y ahora se le estaba escapando de la misma forma que había escapado el aire del globo aerostático para que pudieran volver a la tierra. Cuanto más se acercaban a su pensión, más conseguía la realidad alejarla de los sueños y las posibilidades.
―Esta tarde me ha hecho muy feliz, Juugo.
Era muy consciente de lo intensamente que la observaba él cada vez que pasaban por debajo de algún farol, y sabía que intuía todo lo que callaba. Se quedaron en silencio como si los dos supieran que estaban destinados a tomar decisiones que los alejarían el uno del otro.
Cuando el cochero detuvo el carruaje frente a su pensión, el lacayo se bajó del coche y abrió la puerta para ayudarla a salir. Juugo también bajó y la acompañó hasta la puerta principal.
―¿Cuánto tiempo estarás en Konoha? ―preguntó él.
―No estoy segura.
―Si mañana trajera el carruaje sobre las dos, ¿me concederías el honor de ir de picnic conmigo?
Ella esbozó una cálida sonrisa.
―Claro que sí.
Juugo levantó la mano de la joven y le besó los nudillos. Ella sintió el calor que desprendían sus labios a través de la tela de los guantes.
―Hasta mañana entonces.
El inspector le cogió la llave, le abrió la puerta y se quedó en la entrada hasta que ella cerró. Mientras subía la escalera pensó que sus pasos deberían ser más ligeros, pero no podía evitar sentir el peso de la culpabilidad y el engaño. Y se preguntó cómo conseguiría alejarse de él cuando llegara el momento.
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Juugo no era un hombre que acostumbrara a cometer errores, pero cuando lo hacía eran de proporciones considerables y muy lamentables. Durante aquella semana había organizado numerosas salidas para Tamaki y la había acompañado en todas ellas: al museo, una ópera, un picnic en los jardines y otra visita a los jardines de Konoha para que pudiera disfrutar de los fuegos artificiales que tanto le gustaban. Afrontaba cada nuevo día con la mejor intención: deducir lo que se proponía con Kamizuru. Pero se había vuelto celoso del tiempo que pasaba con ella y no quería ni oír hablar del marqués.
Juugo estaba más interesado en averiguar todo lo que pudiera sobre ella, y su mente siempre estaba ocupada intentando conseguir quedarse a solas con la joven para volver a besarla. Aunque había sido él quien planeó seducirla, era él quien estaba cayendo presa de la seducción.
Sabía que había llegado el momento de afrontar sus responsabilidades y, sin embargo, antes de hacerlo, quería ofrecerle un último regalo a Tamaki: una noche que recordaría toda su vida. Incluso a pesar de saber que algún día acabaría despreciándola.
Ese era el motivo por el que había ido a casa de los vizconde de Otogakure. Juugo sabía que hacía algunos días que habían vuelto de su luna de miel.
¡Juugo!
Juugo esperaba de pie en el elegante vestíbulo de la residencia de los vizcondes. Cuando escuchó su nombre se volvió en dirección a la escalera por la que descendía Karin. Pensaba que cuando la viera por primera vez después de haberse casado con Otogakure se sentiría extraño, que se le encogería el corazón de la misma forma que lo hacía cuando la miraba a los ojos y se daba cuenta de que nunca sería suya.
Pero su corazón no se encogió y no se le hizo ningún nudo en el estómago. No percibió ninguna de las sensaciones que acostumbraba a experimentar cuando estaba con ella. Cuando la vio se sintió alegre, pero nada más. No sintió ni nostalgia ni deseo, nada que fuera más allá de la amistad.
Karin estaba como siempre: linda y sonriente; llevaba su salvaje melena roja recogida y le brillaba la cara de felicidad. Sin embargo, su vestido era mucho más distinguido que los que llevaba cuando trabajaba de contable en el club Hozuki. Lucía un precioso vestido verde de seda, digno de una vizcondesa.
Su marido la seguía de cerca. Era un hombre alto muy elegante. Aunque estuviera completamente desnudo, aquel hombre seguiría transmitiendo respeto, y seguiría llamando la atención de todos cuando entrara en una habitación llena de gente.
Karin se detuvo frente a Juugo, cogió sus enormes manos entre las suyas y se las estrechó con suavidad. Su amiga había sido víctima de una terrible experiencia en su niñez, y era extremadamente reservada con los abrazos, por lo que no esperó que lo abrazara al verlo. Lo que le sorprendió fue que él tampoco deseaba que lo hiciera. Al parecer, de repente, cuando imaginaba alguna mujer abrazándolo, la única imagen que aparecía en su mente era la de Tamaki.
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―Vizcondesa ―le dijo. Luego le hizo un gesto con la cabeza a Otogakure.
―Oh, Juugo, por favor. Sigo siendo Karin. No te pongas formal conmigo. Me lo tomaría como un insulto.
―Ahora tienes un título.
―Soy tu amiga, ¿no?
Él pudo ver en el fondo de sus ojos rojos lo importante que era para ella su respuesta.
―Sí, claro que lo eres.
Karin le sonrió con alegría.
―Me alegro de verte.
―Tienes muy buen aspecto.
Juugo habría jurado que era imposible, pero su amiga sonrió con más ganas.
―El sur de Kirikagure es maravilloso. Kakashi y yo lo hemos pasado muy bien.
Incluso a pesar de saber que el hecho de que lo hubieran pasado bien significaba que habrían hecho el amor, Juugo no sintió celos. Lo único que sintió fue alegría de que Karin estuviera tan feliz.
―Ya llevamos un par de días en casa ―dijo Karin―. Tenía miedo… Me alegro de que hayas venido a vernos. ¿Vamos al salón?
No esperó a que él contestara. Entrelazó el brazo con el suyo y tiró de él en dirección al salón.
―¿Qué te puedo ofrecer para beber, No Tenpi? ―preguntó Otogakure mientras se acercaba a una mesa llena de decantadores.
―Nada, gracias. Me temo que esta no es exactamente una visita de cortesía.
―¿Scotland Yard te ha mandado aquí? ―preguntó Karin mientras se acomodaba en el sofá.
Juugo se sentó en una silla frente a ella mientras Kakashi ocupaba su lugar a su lado.
―Directamente, no. Pero necesito un poco de ayuda con un caso en el que estoy trabajando.
―¿Qué clase de ayuda? ―preguntó Karin.
―Tengo entendido que vais a celebrar un baile mañana por la noche.
―Sí. Kakashi pensó en pedirle a la duquesa de Otsutsuki que celebrara una fiesta en su casa para presentar a la vizcondesa de Otogakure en cuanto volviera de su luna de miel. Hinata y la duquesa, Hanabi Hyuga se han ocupado de organizarlo todo.
―Quería pedirte que invitaras a la señorita Tamaki Lee. Su padre era vizconde, por lo que su asistencia no resultará inapropiada.
―¡Por Dios, Juugo!, aunque fuera una lavandera, si tuvieras interés en ella la invitaría de todos modos. Supongo que también debo invitarte a ti.
―Sí, siempre que no tengas inconveniente. También necesitará un vestido.
―¿No ha venido a presentarse en sociedad?
―No, creo que ha venido buscando venganza.
―La palabra venganza sugiere que mi esposa podría ponerse en peligro ―dijo Otogakure―. Si ese es el caso no podremos ayudarte.
―Kakashi…
―Casi te pierdo una vez, Karin, no pienso volver a arriesgarme.
Juugo observó divertido la silenciosa batalla de poderes. Era evidente que el vizconde aún no había descubierto lo obstinada que podía llegar a ser su vizcondesa.
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—¡Aceptamos ayudar! —inmediatamente sus miradas se dirigieron a la duquesa de Otsutsuki, Hanabi Hyuga, que hacía una entrada digna de una reina, con un vestido azul cielo de seda con encaje. Hanabi Hyuga se había encantado con Karin, al igual que Hinata ante la renuencia de su marido Neji Hyuga, duque de Otsutsuki. Y ahora ella, apoyaba y presentaba en sociedad a la recién vizcondesa de Otogakure.
Karin apoyada por la recién llegada, centraron su atención en su amigo.
―Háblanos de la chica.
Él inspiró hondo, se inclinó hacia delante y enterró los codos sobre sus muslos para explicarle cómo la joven había conseguido llamar su atención.
―Esa chica sencillamente me fascina, pero nunca le he confesado mi verdadero propósito ni lo que intento conseguir de ella. A veces me siento como si volviera a trabajar para Orochimaru y estuviera intentando desplumar a alguien sin que se diera cuenta.
―Estás haciendo tu trabajo.—dijo Karin.
―Ese es el problema, Karin. Que en realidad no es así. Solo estoy disfrutando de su compañía. Yo tenía la esperanza de que con el tiempo ella llegara a confiar en mí y me confesara lo que tiene planeado hacer con Kamizuru. Pero siempre evita hablar del tema. Ya ha llegado el momento de que acabe con todo este asunto. Tengo que enfrentarme a ella, y cuando lo haga estoy seguro de que lo que siente por mí se marchitará. Me gustaría regalarle una noche, un baile, quiero hacerle ese obsequio antes de que descubra que la he estado engañando.
Karin posó la mano sobre la suya.
―¿La has estado engañando, Juugo?
―Ya no estoy seguro. He empezado a preocuparme por ella, pero debo decirle la verdad sobre lo que sé y lo que necesito saber. Me temo que no le va a gustar nada saber la verdad.
Kamizuru se había aprovechado de su hermana. Era muy probable que pensara que él había hecho lo mismo. Tenía miedo de enfrentarse a esa realidad y esperaba que una última noche de felicidad pudiera amortiguar el golpe.
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―¡Señorita Lee! ¡Señorita Lee!
Los poderosos golpes casi descuelgan la puerta de sus bisagras. Tamaki cruzó la habitación lo más rápido que pudo y abrió la puerta.
―¿Sí, señora Takei?
La mujer respiraba con dificultad y tenía la cara roja de la excitación.
―Tiene visitas. Es la duquesa de Otsutsuki y la vizcondesa de Otogakure en persona. ¡Dios mío! ―Se llevó la mano a su agitado pecho―. Hay dos nobles en mi vestíbulo. Jamás imaginé… ¿Qué clase de té cree usted que debo preparar? Oh, no tiene importancia. Prepararé todas las clases que tengo. Ojalá tuviera pasteles. Las galletas parecen tan poco elegantes… Apresúrese. No debe hacer esperar a su excelencia.
La casera corrió escaleras abajo y Tamaki la siguió un poco más despacio con un nudo en el estómago. ¿Para qué habrían ido a visitarla la duquesa y la vizcondesa?
Para cuando llegó al final de las escaleras, ya había recuperado el control de su respiración y había hecho desaparecer los temblores que recorrían todo su cuerpo. Cuando entró en el salón la duquesa y vizcondesa se levantaron con elegancia del sillón. La joven que las acompañaba, que resultaba evidente que era una sirviente, también se puso en pie.
La duquesa sonrió con dulzura.
―Señorita Lee.
Tamaki hizo una reverencia.
―Excelencia.
No sabía qué más decir. ¿Debía ser directa y preguntarles por el motivo de su visita o debía esperar? ¿Habría pasado también Tetsuya por aquellos momentos de inseguridad por no saber exactamente lo que se esperaba de ella? ¿Sería así cómo habría conseguido Kamizuru arrastrarla hasta el infierno? Tamaki se esforzó para que no se le notara lo enfadada que aquella idea la hacía sentir con su padre. Si las hubiera llevado a Konoha alguna vez, si las hubiera expuesto un poco más al mundo, tal vez Tetsuya aún estuviera viva y todos fueran un poco más felices. Quizá ella podría haber gozado de la oportunidad de ser cortejada como Dios manda.
―Le ruego que nos disculpe por llegar a una hora tan inapropiada, pero temíamos que si esperaba hasta la tarde no tendría tiempo de conseguir todos mis propósitos. He venido para pedirle un favor ―dijo la duquesa.
―No estoy muy segura de comprender cómo puedo ayudarla.
De repente la vizcondesa fue quien dio un paso adelante y cogió a Tamaki de las manos.
―Soy muy buena amiga de Juugo No Tenpi. Creo que alguna vez le habrá mencionado mi nombre. Crecimos juntos en la calle. Sé que la ha estado visitando. Esta noche celebro un baile en casa de la duquesa de Otsutsuki, aquí presente y hemos invitado al señor No Tenpi. Tengo la esperanza de que usted también me conceda el honor de asistir.
¿Asistir a un baile? ¡¿A un baile en casa de una duquesa?! Tamaki apenas sabía qué decir y se decidió por la verdad:
―Me temo que no tengo nada que ponerme.
―Ya he pensado en esa posibilidad.—mencionó la vizcondesa.— Juugo me dijo que no tenía usted ningún mecenas y que no había venido a la ciudad a presentarse en sociedad. También me describió su aspecto, y debo añadir que fue muy preciso, por lo que me he tomado la libertad de elegir un vestido que creo que le quedará precioso. Usted es un poco más delgada que yo, pero Tami, mi doncella personal, tiene mucha habilidad con la aguja y no tendrá ningún problema en hacer los arreglos pertinentes.
―¡Oh! ―Tamaki se volvió a quedar sin habla. Fue entonces cuando vio la enorme caja que descansaba sobre el sofá.
La vizcondesa estrechó las manos de Tamaki.
―Espero que me perdone por parecer una casamentera. Juugo nunca me había hablado de otra chica, así que estoy segura de que debe ser usted muy especial para él.
A Tamaki se le hizo un doloroso nudo en el estómago. Eso era precisamente lo que ella quería, pero ahora que había llegado el momento…
La duquesa pareció advertir sus dudas.
―Por qué no le echan un vistazo al vestido, ¿de acuerdo? Si no le gusta podemos elegir otro. Yo me retiraré al carruaje, cualquier cosa pueden llamarme. Karin, señorita Lee.—la hermosa duquesa se retiró con gran elegancia, su piel pálida, sus ojos blancos y su cabello castaño eran clase pura.
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«¿Cómo podía no gustarle?», pensó Tamaki al ver salir a la duquesa y quedarse con la vizcondesa Karin Hatake y miró cuando Tami sacaba de la caja un vestido blanco con ribetes de color rosa y pequeñas florecitas de satén que adornaban la falda.
―Es tan bonito que me he quedado sin aliento.
―Pensé que le gustaría ―dijo la vizcondesa.
―No sé qué decir.
―Diga que asistirá al baile.
Tamaki no pudo evitar esbozar una triunfante sonrisa.
―Asistiré.
La señora Takei se unió a ellas unos minutos más tarde con el té y unos pastelitos. A pesar de que no acostumbraba a entrometerse cuando sus clientes tenían invitados, parecía incapaz de resistirse al hecho de tener una vizcondesa sentada en su salón, tomando el té, comiendo pastelitos y hablando como si estuviera entre amigas. La vizcondesa era tan sencilla que Tamaki estaba convencida de que enamoraba a cualquiera. Para ser alguien que no había nacido en la aristocracia, la vizcondesa se había adaptado muy bien a la posición que ocupaba en la sociedad. Tamaki no pudo evitar preguntarse si se habría adaptado con la misma facilidad si hubiera sido ella, en lugar de Tetsuya, la que hubiera elegido su padre para viajar a Konoha en primer lugar. ¿O quizá habría sido tan ingenua como Tetsuya y se habría precipitado hacia el desastre igual que ella?
―He disfrutado mucho de la visita ―dijo la vizcondesa por fin―, pero me temo que debo marcharme, la duquesa de Otsutsuki, quien me ha acogido está esperando a fuera. Dejaré aquí a Tami para que pueda hacer los arreglos pertinentes en el vestido. ―Se puso en pie y las demás también se levantaron―. Dejaré aquí un carruaje para Tami y le mandaré otro a usted sobre las ocho y media, si le parece bien.
―Me parece muy bien ―dijo Tamaki.
La vizcondesa la volvió a coger de las manos.
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―Creo que a Juugo también le parecerá muy bien.
Cuando la vizcondesa se marchó, Tamaki y Tami se retiraron a la habitación de la joven. Hubo que hacerle muy pocos retoques al vestido, pero Karin estaba en lo cierto: Tami era muy hábil con la aguja. Un par de horas después, cuando la doncella acabó su trabajo, Tamaki se puso ante el espejo de cuerpo entero para admirar su reflejo. El atrevido corte de aquel vestido sin mangas dejaba entrever parte de su escote. La duquesa también le había prestado un par de guantes largos que cubrían los brazos de Tamaki hasta los codos, y un par de zapatos de color rosa.
―Si quiere puedo peinarla antes de irme ―se ofreció Tami.
Tamaki negó con la cabeza.
―No, gracias. Creo que haré una pequeña siesta antes de vestirme. Estas cosas suelen alargarse bastante, ¿verdad?
―Yo sé que los bailes que celebraba lady Hinata se alargaban hasta después de medianoche. Ella y su prima Hanabi Hyuga, la duquesa, se han hecho cargo de los preparativos, así que sospecho que ocurrirá lo mismo en esta ocasión.
Tamaki le sonrió a su imagen en el espejo. Se preguntó si lord Kamizuru estaría invitado. Si todo salía según lo planeado, aquella sería la noche en la que él se llevaría su merecido.
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