Los personajes de Naruto no son míos, son de Kishimoto... la historia si es de Lorraine Heath

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ACLARACIÓN

Será una adaptación, sin embargo haré algunos cambios, sobretodo con el personaje de Karin, en la historia original es un personaje odioso al ser una Mary Sue que sinceramente aborrecí, y cambiaré un poco el amor del protagonista por Karin, en esta versión sale un poco porque la sustituiré con otro personajes en ciertas ocasiones.

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Espero disfruten esta historia, la cuarta de esta serie de adaptaciones; así como yo lo hice.

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CAPÍTULO 07

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Tamaki ha aceptado mi invitación.

He prometido mandarle un carruaje sobre las ocho y media.

Si prefieres hacer tú los honores házmelo saber.

K.

Juugo sabía que Karin y la duquesa conseguirían ganarse a Tamaki. Se dirigió al muchacho que le había traído el mensaje y le dijo:

―Dile que yo me ocuparé.

Luego le mandó una nota a Uchiha para pedirle prestado el más pequeño de sus carruajes para aquella noche porque sabía que él utilizaría el grande para llevar a su mujer al baile. Su amigo prefería utilizar el coche grande cuando acompañaba a su esposa a algún evento porque era más elegante y digno de la mujer a la que amaba.

Luego Juugose esmeró en prepararse para la noche. Aunque hubiera preferido que sus amigos no contaran con él, sabía que tarde o temprano le invitarían a alguno de sus elegantes eventos sociales. Ese era el motivo de que hubiera visitado, hacía ya algunos meses, a uno de los mejores sastres de Konoha.

Ahora estaba delante del espejo admirando su chaqueta de esmoquin negra, el chaleco verde con bordados de seda y la camisa y corbata blancas que había elegido para la ocasión. No tenía el aspecto de tipo duro que acostumbraba a mostrar. Si tenía que ser sincero consigo mismo, debía admitir que estaba bastante elegante. Encajaría perfectamente entre todos los lores que asistirían a la fiesta. No quería admitir que le importaba lo que Tamaki opinara de él y que no deseaba quedar por debajo de los demás ante sus ojos. No le cabía ninguna duda de que el carné de baile de la joven se llenaría en cuanto pisara el salón de baile. Karin y Hanabi Hyuga le estaban ofreciendo una oportunidad para que se dejara ver y para introducirse formalmente en sociedad. Si llamaba la atención de algún joven quizá ella se olvidara de Kamizuru.

Cuando le empezaron a doler las manos, Juugo se dio cuenta de que estaba apretando los puños con fuerza. No quería imaginársela en brazos de otro hombre, bailando con él, sonriéndole, coqueteando con él. Era cierto que el título de su padre no era hereditario, pero ella seguía formando parte de la aristocracia. Tenía todo el derecho del mundo a esperar que el hijo de algún lord se fijara en ella; un segundo hijo, un tercer hijo, incluso el décimo hijo de un segundo hijo sería más digno de ella que él.

Pero su falta de posición no bastaba para que dejara de desearla.

Había intentado ganarse su confianza para descubrir por qué estaba obsesionada con Kamizuru y qué esperaba conseguir siguiéndole a todas partes, y lo único que había logrado era desear a Tamaki como jamás había deseado a ninguna mujer, ni siquiera a Karin. Quería tener a Tamaki en su cama, quería deslizar su cuerpo dentro del de la joven y escuchar sus gemidos. Deseaba con todas sus fuerzas a esa mujer que olía a rosas y que no tenía miedo de dedicarle seductoras sonrisas.

Se puso los guantes blancos pensando en el propósito que cumplían: si su piel desnuda entrara en contacto con la de ella, no sabía si sería capaz de controlarse. Se estaba empezando a cansar de aquel caso. No había descubierto nada que tuviera valor alguno para Scotland Yard. Lo único que sabía era que cada minuto que pasaba en compañía de Tamaki era como estar en el cielo y en el infierno al mismo tiempo.

Quizá aquella noche dejara el deber a un lado y antepusiera sus necesidades y deseos a todo lo demás. Si lo hiciera tal vez conseguiría descubrir si ella era tan consciente de él como hombre como él lo era de ella como mujer. Y así por fin lograría averiguar lo que llevaba tiempo buscando: el motivo que se ocultaba tras su obsesión por Kamizuru.

Y cuando consiguiera eso, quizá le podría dar a la joven otro motivo por el que quedarse en Konoha.

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Era el vestido más exquisito que había tocado su piel. Incluso los dos trajes que tenía Tetsuya, y por los que su padre tanto había pagado, palidecían en comparación con aquel. Se miró en el espejo de cuerpo entero. Se había recogido el pelo y luego lo había adornado con una horquilla coronada con un diamante que le había regalado su padre. La joven pensó que nunca había estado tan guapa.

Era muy consciente de que la vanidad era una de las mejores armas del diablo, pero parecía incapaz de controlarse. Si no fuera porque las lágrimas arruinarían su aspecto, habría llorado. Ella siempre había deseado con desesperación presentarse en sociedad y asistir a un baile. No era merecedora de lo que iba a vivir aquella noche, pero ya no podía evitarlo.

Cogió el pequeño bolso que encontró en la caja del vestido. Por lo visto, la vizcondesa había pensado en todo. Ahora comprendía por qué Juugo tenía tan buena opinión de ella y se refería a su amiga como su pequeña madre.

Juugo. Nunca tendría que haber dejado de verle como el señor No Tenpi.

Llamarlo Juugo significaba provocar una intimidad que debería estar prohibida entre ellos y, sin embargo, al mismo tiempo, parecía ser perfectamente correcta. Era incapaz de explicar lo que sentía por él. Se sentía intrigada, atraída, encaprichada. Se moría por sus besos y sus caricias. Tetsuya había escrito en su diario sobre un deseo tan intenso que la había llevado derechita al infierno.

Y ella temía estar adentrándose por ese mismo camino.

Antes de que pudiera convencerse de que debía quedarse en casa, salió rápidamente de la habitación. Cuando empezó a bajar las escaleras escuchó una profunda voz masculina procedente del piso de abajo. La habría reconocido en cualquier lugar, desde mil kilómetros de distancia. Cuando comprendió que él había ido a buscarla, se derritió.

Cuando llegó al final de la escalera, los ojos de Juugo se olvidaron de la señora Kakei y se posaron sobre ella. Se le oscureció la mirada y su respiración se aceleró. Ella percibió una profunda satisfacción reflejada en sus ojos, junto a cierta sensación de posesión. Cualquier otra mujer se hubiera ofendido y podría haberse molestado al sentir que él pensaba que le pertenecía, ¿pero cómo iba a enfadarse ella por algo que sabía que era cierto, por lo menos durante aquella noche?

Estaba increíblemente atractivo con su esmoquin. Vestido de aquella forma nadie osaría cuestionar sus orígenes, nadie podría pensar ni por un momento que no era un caballero de la más alta alcurnia. Él poseía esa confianza. Quizá fuera cierto que sentía repulsión por sus orígenes, pero aquella noche habían desaparecido. El hombre que tenía ante ella era una persona que había sobrevivido al infierno, y nada en el mundo lo volvería a arrastrar hasta aquel lugar.

Y a juzgar por el calor que ardía en sus preciosos ojos naranja, la deseaba con desesperación. Ella no podía negar que lo deseaba con la misma intensidad.

―Vaya, está usted preciosa ―dijo la señora Kakei rompiendo el hechizo.

Ella sintió cómo el calor se adueñaba de sus mejillas, pero no dejó de mirarle ni un segundo.

―Gracias.

―Tengo algo para usted ―dijo él con una voz entrecortada que la hizo pensar en la forma en que hablaría un hombre que acabara de despertar después de una noche apasionada. Le ofreció una caja de terciopelo.

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Antes de abrirla ella dijo:

―Oh, no puedo aceptar algo así.

―Aún no sabe usted lo que es.

―Pero parecen joyas. Sería inapropiado.

―No es para que se lo quede. Solo es un préstamo.

―¿Es de la vizcondesa de Otogakure?

Él esbozó una sonrisa juguetona.

―Podría ser si eso consigue que abra usted la caja.

Le faltó muy poco para reírse a carcajadas cuando se dio cuenta de que él pensaba que se estaba comportando como una niña. ¿Qué importancia tenía de quién procedía? Pero sí que importaba. Especialmente si lo había traído él, si era producto de su consideración. Cuando cogió la caja le temblaban las manos. La abrió y se quedó mirando fijamente el precioso collar de perlas que había en su interior.

―Pensé que quizá no tendría usted ninguna joya que ponerse esta noche ―dijo él en voz baja.

―No puedo aceptarlo ―repitió ella.

―Ya le he dicho que solo es un préstamo. Ninguna dama debería asistir a un baile sin un buen collar de perlas, ¿verdad, señora Kakei?

―Por supuesto que no. ―La casera dio un paso adelante y sonrió con amabilidad―. Es una noche especial, señorita Lee. No creo que haya nada de malo en ello.

Antes de que ella accediera, Juugo empezó a sacar el collar de la caja. No llevaba guantes; sin duda para manipular mejor el cierre. Su cálida piel rozó el sensible cuello de la joven provocando una cálida ráfaga de deseo que se apoderó de su interior.

Pensó que si fuera una vela se derretiría en un abrir y cerrar de ojos.

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Juugo apartó las manos y dijo:

―Justo como imaginaba. Son tan perfectas como usted.

Ella lo rodeó y se acercó al espejo que colgaba en el vestíbulo. El collar descansaba sobre la hendidura que dibujaba su garganta; era perfecto. De repente la asaltó una absurda necesidad de ponerse a llorar.

―Me siento como una princesa.

―Quizá lo sea.

―No sabía que era usted un soñador, señor No Tenpi. Lo cierto es que no sé qué decir después de recibir un regalo tan precioso, incluso aunque solo vaya a ser mío durante unas horas.

De repente, de manera silenciosa, estaba justo detrás de ella y la miraba a los ojos a través del espejo.

―Reserve un baile para mí.

―Puede tenerlos todos.

―Eso, querida, podría provocar un escándalo.

Una emoción cruzó el rostro del inspector con tanta rapidez que ella no pudo juzgarla con precisión, pero si hubiera tenido que adivinar habría dicho que le preocupaban sus propias palabras, y se preguntó si serían los halagos, si se le habrían escapado sin quererlo él y no se sentía del todo cómodo con ello.

―Deberíamos irnos ―dijo como si hubiera decidido que necesitaba poner distancia entre ellos.

―Páselo bien, señorita Lee ―dijo la señora Kakei―. Y, señor No Tenpi, dígale a su hermana que la próxima vez puede entrar ella también.

Mientras acompañaba a la joven hasta la puerta, dijo:

―Gracias, señora Kakei, lo haré. Pero ya le he dicho que es un poco tímida.

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Cuando estuvieron fuera, ella le dijo:

―No sabía que tenías una hermana.

―Y no la tengo. Pero no quería que la señora Kakei pensara que ibas a ir en el carruaje sin carabina.

―¿Y qué dirá la gente del baile?

―No creo que nadie lo pregunte. Karin te ha arropado bajo su ala, y ella a su vez es protegida por Hanabi Hyuga quien está casada con uno de los lores más poderosos de Konoha. Podrías entrar allí completamente desnuda y todos los invita dos se acercarían a decirte lo bonito que es tu vestido.

La risa que se le escapó la ayudó a relajarse. Tenía mucho miedo de ponerse en ridículo aquella noche. Pero entonces pensó que si estaba junto a Juugo tenía fuerzas para afrontar cualquier situación.

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Cuando el carruaje se detuvo, uno de los lacayos que había en el camino abrió la puerta y la ayudó a bajar. Juugo la siguió rápidamente, puso la mano bajo su codo y la acompañó hasta la entrada de la enorme residencia. Se veían otros carruajes de los que bajaban otras parejas que se acercaban más deprisa a las puertas abiertas de la casa.

Pero ella quería tomarse su tiempo, quería absorber hasta el último detalle de aquella noche.

―Es casi como si fuera un palacio, ¿verdad? ―suspiró ella.

―Para mi gusto, es demasiado grande ―dijo Juugo.

Ella levantó la cabeza para mirarle.

―Para mí también, pero no me importa venir de visita.

Juugo la acompañó por las puertas dobles que daban al vestíbulo de la entrada donde brillaba una enorme lámpara de cristalitos que colgaba del techo. Un lacayo se llevó su capa y el sombrero de Juugo y luego los acompañó hasta el salón.

―Pero todos están subiendo la escalera ―le dijo a Juugo en voz baja.

―No pasa nada. Nosotros somos especiales.

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Cuando entraron en el salón vieron a un hombre blanco con su cabello negro y una preciosa dama de ojos blancos y cabello azulino que se acercaban a ellos.

―Ah, usted debe ser Tamaki ―dijo la dama―. Yo soy lady Hinata y este es mi marido, lord Uchiha.

El caballero le besó la mano.

―Es un placer.

―Juugo me ha hablado de usted ―le dijo a lord Uchiha.

―Espero que no demasiado.

Era incapaz de imaginar que aquel hombre hubiera crecido en la calle. Su porte era absolutamente noble.

―No le he contado nada que pueda hacerle tener mala opinión de ti ―dijo Juugo.

―Entonces la conversación sobre mí debe haber sido bastante corta ―dijo Uchiha sonriendo.

―Hanabi nos advirtió que vendrían ―dijo lady Hinata―. Ya suponíamos que Juugo no le proporcionaría ninguna carabina, así que, si no tiene ninguna objeción, nos ocuparemos nosotros. No tiene ningún sentido empezar a provocar rumores tan deprisa.

―Será un honor.

―En ese caso, entremos, ¿de acuerdo?

Ella asintió y recordó a la prima lejana carente de buenas relaciones que había llevado a Tetsuya a Konoha. Qué distinto habría sido todo si su hermana hubiera tenido una condesa a su lado.

―Si me permite el atrevimiento, quiero que sepa que usted y Juugo hacen una pareja adorable ―dijo la condesa en voz baja mientras lideraba el grupo que subía las escaleras con los caballeros a la cola.

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La joven se ruborizó y fue incapaz de pensar una respuesta adecuada.

―Discúlpeme si la he incomodado ―dijo la condesa―. Juug es un gran amigo. Estoy muy contenta de verlo feliz.

―Es diferente a todas las personas que he conocido.

―La mayoría de estos sinvergüenzas lo son.

―¿Sinvergüenzas?

Hinata se rio con delicadeza.

―Así es como yo veo a mi marido y a sus amigos. Se han convertido en hombres respetables, pero de algún modo siguen siendo unos sinvergüenzas. No deje que eso la asuste. Es una cualidad que en ocasiones resulta extremadamente útil.

Llegaron a un rellano que desembocaba en un enorme salón de baile. La gente hacía cola esperando a que los presentaran.

A la joven se le aceleró el corazón al ver a todas aquellas elegantes damas y atractivos caballeros. Todos parecían tan seguros, tan cómodos…, sonreían, hablaban, se reían a carcajadas… Todos esperaban impacientes a que empezara la noche.

―Eres tan buena como cualquiera de ellos ―murmuró Juugo cerca de su oído.

Ella se volvió para sonreírle y asintió.

―Soy incapaz de imaginarme una temporada entera así.

―Yo creo que enseguida se vuelve aburrido.

Ella negó con la cabeza.

―No, yo creo que cada noche debe ser maravillosa.

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Cuando se acercaron a la puerta, Hinata habló con el hombre que esperaba allí. Él asintió. Entonces alzó la voz:

―¡Lord y lady Konohagure, la señorita Tamaki Lee y el señor No Tenpi!

La joven recorrió el enorme salón con la mirada y pensó que no había visto nada tan magnífico en toda su vida. Ella procedía de un pequeño pueblo y aquello era como estar en un sueño. Ahora comprendía que Tetsuya hubiera caído presa de los encantos de Kamizuru.

Mientras bajaba los escalones se sintió agradecida de tener una mujer experimentada a su lado. Cuando llegaron al final de las escaleras, Hinata saludó al anfitrión y la anfitriona, y a los vizcondes por quienes se brindaba dicho baile.

―Hanabi, Neji espero que esté todo a vuestro gusto. Karin, Kakashi.

―Querida hermana ―dijo el duque de Otsutsuki que se deshacía en halagos para con su hermana ante la molestia de su cuñado―, siempre supe que tu proporcionarías una noche para recordar. Y usted debe ser la señorita Lee. Mi mujer ha disfrutado mucho de la visita que le ha hecho esta tarde junto a la vizcondesa. Es un placer tenerla en casa.

Ella hizo una reverencia.

―Es un placer estar aquí, excelencia. ―Se volvió en dirección a la duquesa―.Excelencia, muchísimas gracias por su visita. —y cambió en dirección a la vizcondesa y a su esposo— y muchas gracias vizcondesa por prestarme tan bello vestido.

―Puede usted quedárselo. ¿Y quién sabe? Tal vez después de esta noche pueda usted volver a necesitarlo.

―Es usted muy generosa.

―Disfrute de la noche.

―Oh, lo haré.

Volvió la cabeza hacia atrás para mirar a Juugo y en sus ojos tan peculiares y vio que aquella noche era para ella, toda para ella. Hinata la acompañó por el salón y le presentó a un caballero tras otro.

Ella no pensaba ser tan tímida como Tetsuya. A pesar de las maravillas y la excitación que la rodeaban, sintió una momentánea punzada de tristeza al pensar que su hermana no habría experimentado nada parecido. Pero su dolor desapareció cuando el primer caballero la llevó a la pista de baile.

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Juugo aún no había podido bailar con Tamaki. Desde que había bajado las escaleras del gran salón, la joven había captado la imaginación y la atención de todos los asistentes. Aunque no podía culparlos por sentirse fascinados por aquella chica. El vestido que llevaba realzaba todas sus curvas. Deseaba desesperadamente posar las manos en su cintura y acercarse a su cuerpo.

Cogió una copa de champán de la bandeja de uno de los camareros que pasaba por su lado y se bebió el contenido de un solo trago.

―¿Te estás preparando para la batalla?

Dedicó a Uchiha una cortante mirada justo antes de aceptar encantado el vaso de whisky que le ofrecía su amigo. Se bebió el contenido con la misma rapidez que se había bebido el champán.

―Tranquilízate, Juugo. Pareces estar a punto de matar a alguien. Será mejor que aflojes. Ya sabes que el licor solo te pone más furioso.

Juugo siempre había admirado a Sasuke por encima de los demás chicos de Orochimaru. Quizá como sus orígenes siempre habían estado entre la nobleza, nunca pareció pertenecer de verdad a la pandilla de ladronzuelos de Orochimaru.

―Yo no estoy furioso.

―Pues lo parece.

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Sasuke era casi tan alto como Juugo, pero su constitución era más esbelta, más aristocrática. También era la única persona, además de Karin, en la que confiaba Juugo.

―No esperaba que todos los caballeros se abalanzaran sobre ella.

―¿Por qué no? Es una mujer preciosa.

Nadie había dicho nunca nada que fuera tan cierto.

―Tu enfado te está impidiendo ver la situación con claridad ―dijo Uchiha sombríamente mientras le daba a Juugo el vaso de whisky que se estaba bebiendo él.

Su amigo se tragó el licor y se deleitó en el ardor que se extendió por su pecho.

―Te he dicho que no estoy enfadado.

―Pues entonces estás celoso.

«¡Maldita sea!» Juugo asintió.

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―Tal vez.

―A ella no le interesa ninguno de esos caballeros.

Juugo emitió un sonido burlón.

―¿Cómo no va a tener ningún interés? Aunque esté al final de la cola, este es su mundo. Ha bailado con un duque, dos marqueses, cuatro condes, y con tantos segundos hijos que ya he perdido la cuenta.

―No sabía que conocieras tan bien a la nobleza.

―Estaba cerca de ellos cuando se alinearon como indigentes e hicieron cola para conseguir un cuenco de gachas. Lo peor es que ha bailado incluso con Hozuki, que sin duda es el hombre más rico de todo Konoha.

―También está felizmente casado.

―Dios, jamás pensé que asociaría esas palabras a Suigetsu. ―Quería otro trago de whisky, ron o ginebra. No importaba lo que fuera mientras tuviera el poder de quemar el inmenso tormento que se había apropiado de él.

―¿Y por qué no ha bailado contigo?

Juugo no dijo ni una sola palabra y Sasuke le dio un codazo en las costillas.

―¿Es porque no se lo has pedido?

―Yo quería que esta noche fuera especial para ella. Su hermana disfrutó de la oportunidad de venir a Konoha y Tamaki nunca pudo hacerlo. Yo quería hacerle ese regalo.

―Ella no está disfrutando de bailar con todos esos caballeros, ¿sabes? ¿No te has dado cuenta de que nunca los mira durante demasiado tiempo? ¿O en la forma que tiene de mirar por todo el salón como si estuviera buscando a alguien? Tiene la sonrisa tan congelada que le debe doler la mandíbula. Pídele que baile contigo.

―Lo más probable es que su carné de baile esté completo.

―Si yo quisiera bailar con Hinata, eso no me detendría.

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Normalmente tampoco habría detenido a Juugo. Se preguntó qué diablos le estaría ocurriendo. Se sentía culpable por estar engañándola. Debería decirle la verdad, pero mientras pensaba en las palabras sabía que en cuanto las pronunciara todo lo que había entre ellos cambiaría. El afecto que sentía por él se convertiría en aversión. El interés que sentía por él se marchitaría como una rosa privada de agua.

Las últimas notas de un violín dieron paso al silencio. Tamaki ni siquiera tenía que abandonar la pista de baile porque en cuanto su acompañante se despedía de ella aparecía el siguiente.

Juugo le devolvió el vaso a Uchiha y, sin decir ni una sola palabra, empezó a andar entre la multitud en dirección a la zona donde las parejas de baile empezaban a dar los primeros pasos al ritmo de la música. Tocó con suavidad el hombro de lord Yamaki. El hombre pareció tan sorprendido como cuando jugaba a las cartas en el club Hozuki y le repartían una buena mano.

―Lo siento, milord, pero es mi turno.

Si lord Yamaki hubiera sido más corpulento quizá se habría enfrentado a Juugo. Pero se limitó a excusarse y se marchó. Antes de que sonara el siguiente acorde Juugo ya había cogido a Tamaki entre sus brazos y la deslizaba por la pista de baile.

La joven llevaba toda la noche esperando ese momento.

―¿Por qué has tardado tanto?

Él esbozó una irónica sonrisa.

―No estaba seguro de que quisieras cambiar un baile con un lord por otro con un hombre que tiene poco que ofrecer excepto un par de pies patosos.

―Te subestimas, Juugo. Eres muy buen bailarín.

―Tú también, Tamaki.

Se deslizaron por toda la pista de baile como si no hubiera nadie más en ella. La joven pensó que estaban un poco más pegados de lo que resultaba apropiado, pero no le importaba.

Hacía solo un rato que una de sus parejas le había dicho que le recordaba a una dama con la que bailó la temporada pasada. El caballero no recordaba su nombre y le preguntó si era ella. La tristeza se apoderó de la joven cuando se dio cuenta de que su hermana había estado en Konoha y que nadie la recordaba con claridad. Estaba segura de que a ella tampoco la recordarían.

Solo formaba parte de las vidas de aquellas personas durante un momento fugaz. La próxima noche ellos tendrían otras parejas de baile mientras ella se esforzaría por retener intacto el recuerdo de lo que había vivido. Y el que estaba creando en aquel instante junto a Juugo sería el más valioso de todos, o por lo menos de todos los que tendría de aquel baile.

Apenas hablaron. Era como si no necesitaran decirse nada. Conversaban con una mirada, estrechándose las manos y rozándose las piernas.

Cuando el baile acabó, él le quitó el carné de baile de la muñeca, se lo metió en el bolsillo y dijo que el siguiente baile también era suyo. Ella no protestó. Deseaba aquello con más intensidad que el aire que respiraba.

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Durante su tercer baile, él preguntó:

―¿Reservarás el último baile para mí?

―Me parecería estupendo que este fuera el último baile de la noche.

―¿Te quieres ir a casa? ―la interpeló él.

―No ―dijo ella, preguntándose de dónde habría salido la calidez que le teñía la voz―. Pero sí que me quiero ir contigo.

Cuando la música dejó de sonar, se despidieron de sus anfitriones. Fuera soplaba una gélida brisa. Cuando él le puso la capa sobre los hombros, fue su cercanía y no la prenda lo que la hizo entrar en calor.

Cuando se sentaron en el carruaje, él, fingiendo sorpresa, dijo:

―Vaya, me pregunto a dónde habrá ido mi hermana. ¿Qué pasará entre nosotros sin carabina?

Ella le cogió la cara con la mano.

―Yo tengo la esperanza de que nos besemos.

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Su deseo se cumplió incluso antes de que el carruaje se pusiera en marcha. Él posó la boca sobre sus labios y ella los separó para recibir lo que él le ofrecía. La joven se volvió a sorprender de su sabor, pero aquella noche era distinto. Ya no sabía a pastel de carne. De repente era suntuoso, suave y decididamente oscuro. No era champán. Había bebido otra cosa, algo fuerte, algo que gustaría a un hombre. Sea lo que fuere, a ella también le gustaba y disfrutó de su sabor cada vez que la lengua de Juugo acariciaba la suya.

Él deslizó los brazos por su espalda y sus caderas y la acercó a su regazo. Casi inmediatamente cambió el ángulo del beso y se hizo más profundo, como si él quisiera llegar a su corazón. Cómo podía decirle que ya lo había conseguido, que lo había hecho de tantas maneras que sentía que él era su otra mitad. El préstamo de las perlas, los fuegos artificiales, los paseos por Konoha… Conversaciones y bailes. Una invitación a un baile. Ella había llegado a Konoha con una meta y él había conseguido meterse lentamente en su vida de tal forma que a ella le estaba costando recordar sus prioridades.

Egoístamente, y para su eterna vergüenza, en aquel momento Kamizuru le parecía insignificante en comparación con lo que podría tener si se olvidaba de aquel malvado hombre.

La cálida boca de Juugo se paseó por su mandíbula y luego siguió por su cuello dejando una húmeda niebla a su paso. La capa resbaló de sus hombros, que quedaron expuestos. Él, sin dudar, empezó a mordisquear la piel liberada. Le mordió la clavícula con suavidad y luego se disculpó pasándole la lengua por encima.

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Ella se retorcía sobre su regazo y apretaba las piernas disfrutando de los pequeños temblores de placer que parecían originarse en aquella zona para luego expandirse hacia fuera. Nunca había experimentado nada parecido. Era como si al tocarla en un sitio tuviera el poder de extender esa caricia por todo su cuerpo. Todas las partes de su cuerpo querían hacerse un ovillo, contraerse y expandirse.

La áspera respiración de Juugo resonó por los confines del carruaje mientras sus enormes manos se paseaban por todo el cuerpo de la joven. Ella sintió la dureza de Juugo presionándole la cadera. Los ásperos gemidos del inspector resonaron en los oídos de la joven antes de volver a besarla con un apetito que superaba el que sentía ella.

Tamaki no tenía ninguna duda de que la deseaba, de que estaba bajo su control, de que era su tesoro.

El carruaje se detuvo y él rugió mientras separaba la boca de sus labios y apoyaba la frente sobre la de la joven. Ella sabía que debía haberse apartado de él, estaba segura de que él sabía que la tendría que haber alejado.

Pero se quedaron pegados el uno al otro como si los arrastrara la agitación del océano. James no se apartó de ella ni siquiera cuando el lacayo abrió la puerta.

―Danos un momento ―rugió con la voz quebrada.

La puerta se volvió a cerrar inmediatamente bloqueando el mundo que requería carabinas y corrección, y se quedaron en su propio mundo, donde eran ellos quienes dictaban las reglas de comportamiento.

―Esta ha sido la noche más mágica de mi vida ―susurró ella con el corazón tan acelerado que estaba segura de que él podía escucharlo―. No quiero que acabe. No aquí, no así.

Él se echó hacia atrás y, en los oscuros confines del carruaje, ella percibió cómo la observaba con una gran intensidad, como si estuviera buscando una explicación a sus palabras.

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―¿Qué quieres decir, Tamaki?

―Quiero pasar la noche contigo.

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