Los personajes de Naruto no son míos, son de Kishimoto... la historia si es de Lorraine Heath
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ACLARACIÓN
Será una adaptación, sin embargo haré algunos cambios, sobretodo con el personaje de Karin, en la historia original es un personaje odioso al ser una Mary Sue que sinceramente aborrecí, y cambiaré un poco el amor del protagonista por Karin, en esta versión sale un poco porque la sustituiré con otro personajes en ciertas ocasiones.
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Espero disfruten esta historia, la cuarta de esta serie de adaptaciones; así como yo lo hice.
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CAPÍTULO 08
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Mientras la hacía entrar en su casa y subían juntos las escaleras que los llevarían a su habitación, él pensó que aquella era una muy mala idea. Pero la deseaba con demasiada desesperación y no le importaba nada que pudiera estar comprometiendo su propia integridad. Por la mañana hablaría con sir Kabuto y lo pondría todo en su sitio para que tanto Scotland Yard como Kamizuru estuvieran contentos.
La capucha de la capa de Tamaki escondía su rostro. Juugo no acostumbraba a llevar jovencitas a su habitación, aunque su casera sabía que solía llegar muy tarde. La mujer no acostumbraba a despertarse cuando él llegaba a casa. Gracias a Dios, aquella noche no fue una excepción.
Utilizó su llave para abrir la puerta del apartamento y le pidió a Tamaki que entrara. Sin apenas darse tiempo a cerrar la puerta, la estrechó entre sus brazos. Jamás había deseado a ninguna mujer con tanta desesperación, nunca había querido sentir el cuerpo de una chica pegado al suyo con tantas ganas, jamás había sentido tanta necesidad por beber apasionadamente de su boca. La joven acababa de entrar en la habitación, pero su olor a rosas ya se estaba adueñando del espacio y se mezclaba con el aroma más terrenal de la colonia que él utilizaba muy de vez en cuando.
Su boca se abrió con impaciencia a la de él y le rodeó el cuello con los brazos como una rosa buscando su lugar en una espaldera. No había timidez ni dudas, lo único que la guiaba era la necesidad y el deseo. Él ignoró los pensamientos que no paraban de gritarle que estaba destruyendo su reputación. Si estaba tan dispuesta a ofrecerse a él aquella noche, probablemente estuviera dispuesta a darle mucho más. Ya pensaría en otro momento a dónde los llevaría todo aquello. En aquel instante, lo único que importaba era que todo lo que había ido creciendo en el interior de Juugo desde aquel primer beso en los jardines de Konoha estaba a punto de materializarse.
Si pudiera esperar, si pudiera mantener sus necesidades a raya… Si lo consiguiera no permitiría que la primera vez de aquella chica estuviera manchada por su incapacidad para…
Su mente se detuvo de golpe y el beso también. Él siempre centraba toda su atención en las chicas, pero aquella noche quería darle más de lo que jamás le había dado a nadie, porque ella significaba más para él de lo que nadie había significado jamás. Utilizó la habilidad de unos dedos que nunca le habían dado buenos resultados como carterista, y desabrochó los cierres de su capa. En la oscuridad escuchó el susurro de la tela cayendo a los pies de la joven.
Se quitó los guantes y los tiró sobre una silla, pero a juzgar por el sonido que hicieron era evidente que habían aterrizado en el suelo de madera. Una tenue luz que brillaba en la calle se coló tímidamente en la habitación recortando su silueta, pero sin dar detalles. Juugo pensó que era el momento perfecto, que, aprovechando el refugio que les proporcionaba la oscuridad, debería explicarle el verdadero motivo por el que había entrado en su vida. Debería decirle que él se ocuparía de Kamizuru, que se aseguraría de que aquel hombre pagara con creces cualquier cosa que le hubiera hecho a Tetsuya. Él sería su héroe. Pero, mientras pensaba que era el momento perfecto para confesárselo todo, no quería que nada desmereciera aquel instante. Se lo explicaría todo más tarde, cuando hubiera hablado con sir Kabuto y se hubiera ocupado de ponerlo todo en orden.
Aquella noche era solo para ellos dos. Juugo no quería que Tetsuya, Kamizuru o sir Kabuto estropearan aquella ocasión, o se convirtieran en parte de su recuerdo. Tenía que ser igual que aquella noche que pasaron en los jardines y Tamaki no quiso hablar del pasado. Ahora era él quien, egoístamente, quería que aquel momento se centrara solo en el presente, en ellos, en lo que podían compartir el uno con el otro. La cogió suavemente por la mejilla.
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―No es demasiado tarde para volverse atrás si has cambiado de idea.
Lo más probable es que muriera en el acto, pero él nunca había forzado a ninguna mujer, y no tenía ninguna intención de empezar ahora, especialmente con ella.
―Yo no he cambiado de idea. ¿Y tú?
Él se rio, la cogió en brazos y se internó en la habitación.
―Eso es imposible. Te deseo desde la primera tarde que pasamos en el parque.
―Has demostrado tener mucha contención.
―No tienes ni idea.
La dejó junto a la cama y se volvió hacia la mesita para encender una vela. La mecha del quinqué cobró vida.
―¿No sería mejor que estuviera oscuro? ―preguntó ella.
―No. ―Pero bajó la llama hasta que las sombras se adueñaron de la habitación y consiguió crear la intimidad que creía que ella necesitaba.
―Qué grande que es tu cama. Nunca había visto una cama tan grande.
A él no le pasó desapercibido el nerviosismo que le teñía la voz.
―La hicieron especialmente para que yo pudiera caber bien en ella. Pero solo es una cama, Tamaki, y no ocurrirá nada en ella que no desees que ocurra.
Juugo se dio cuenta de que la joven se estremecía. Le cogió el rostro con ambas manos para que lo mirara a los ojos.
―No te haré daño.
―Ya lo sé. Confío ciegamente en ti, Juugo. Más de lo que jamás he confiado en nadie.
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Él posó la boca sobre sus labios y la besó profundamente. Al percibir el sabor del champán en sus labios rezó para que la embriagadora bebida no estuviera afectando su decisión. Pero ella no se balanceaba, por lo menos aún no. Si él conseguía lo que se proponía, pronto lo estaría haciendo porque se embriagaría de sus besos y sus caricias.
Juugo arrastró la boca por el cuello de la joven y sintió cómo se le aceleraba el pulso bajo sus labios. Ella se agarró con fuerza a las mangas de su chaqueta, suspiró y echó la cabeza hacia atrás para facilitarle el acceso a cualquier lugar que él deseara investigar. Él pensó que lo primero sería su pelo. Le acarició el cuello con los nudillos.
―Tienes un cuello muy provocativo.
―Es mi mejor cualidad, ¿no te parece?
―¿No estás siendo un poco vanidosa, Tamaki?
Ella frunció el ceño.
―No, es que… Supongo que estoy nerviosa. No quiero decepcionarte.
―Es imposible que tú me decepciones.
Juugo vio en los ojos de la joven el placer que le provocaron aquellas palabras. Y solo era el principio; tenía la intención de provocarle mucho más placer. Después de quitarle las horquillas del pelo con destreza, observó cómo su melena se descolgaba por sus hombros y resbalaba por su espalda. Era más bonita de lo que le pareció al verla desde lejos. Estuvo a punto de confesarle que una noche permaneció observando cómo se cepillaba el pelo junto a la ventana, pero entonces tendría que haberle explicado por qué estaba en la puerta de su pensión. No quería que nada la alejara de las atenciones que le estaba brindando.
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Le cogió el brazo y empezó a bajarle el guante hasta que llegó a su muñeca. Sintió cómo se le aceleraba el pulso bajo su pulgar. Ella le observó y él se preguntó qué estaría pensando. Esperaba que la joven se diera cuenta de lo mucho que valoraba aquellos momentos que estaba pasando en su compañía.
―Lo puedo hacer yo ―susurró ella con la voz entrecortada.
―Prefiero hacerlo yo. ―Fue estirando de cada dedo hasta que pudo quitarle el guante entero. Luego lo dejó caer al suelo y le acarició la mano con los dedos.
―Ese guante pertenece a la vizcondesa de Otogakure. Debería ser más cuidadosa con él ―dijo ella.
―No le importará. Yo me encargaré de comprarle unos nuevos si es necesario.
Juugo empezó a quitarle el otro guante. Cuando tuvo la mano desnuda, ella le acarició la mejilla y luego deslizó los dedos por su pelo. Era la primera vez que lo acariciaba con la mano desnuda. A pesar de que solo se trataba de su cara, su cabeza y su pelo, un escalofrío le recorrió todo el cuerpo. Se moría por las caricias de aquella chica. Quería sentirla por todo el cuerpo.
Entonces la hizo girar muy lentamente.
Ella no esperaba que él fuera tan despacio, pero lo cierto era que aquel hombre nunca dejaba de sorprenderla. Juugo la hacía sentir digna de amar y muy deseada. En sus ojos podía ver que, incluso un acto tan sencillo como soltarle el pelo, le provocaba placer.
Juugo le apartó la melena de la espalda y se la colocó sobre el hombro. Luego empezó a desabrocharle el vestido. Ella notó cómo se abría el primer botón, luego el segundo. Intentó recordar cuántos botones tenía para calcular cuánto tardaría en quitárselo del todo. Antes de que acabara de pensar en aquello, él se lo estaba bajando por los hombros.
Posó los labios sobre su cuello y fue como si hubiera vertido un cubo de cera caliente en sus venas. El calor se extendió por todo el cuerpo de la joven.
Ella sabía que no era correcto que estuviera allí y que no debía llevar las cosas tan lejos, pero la muerte de Tetsuya le había enseñado que una persona nunca sabía cuándo le podían robar algo de valor. Aquella noche Juugo le pertenecía. No tenía ninguna garantía de que siguiera siendo suyo por la mañana.
La felicidad era fugaz y el amor una ilusión.
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Estaba decidida a aprovechar todo el tiempo que pudiera pasar con él, y a valorarlo como se merecía. Esperaba que nunca tuviera que arrepentirse.
Apartó de su mente los pensamientos sobre Tetsuya y Kamizuru. Durante aquel corto espacio de tiempo no quería pensar ni en el dolor que sentía ni en su búsqueda de justicia. Egoístamente iba a aceptar todo lo que le ofreciera Juugo y lo guardaría como un tesoro para las solitarias noches que, sin duda, le quedaban por delante.
Él empezó a quitarle algodón, seda y encajes tan despacio que la piel de la joven se puso más sensible. Luego desabrochó lazos, aflojó botones y apartó tela. Desechó cada prenda sin cuidado hasta que no quedó nada excepto las perlas. Entonces sus dedos comenzaron a dedicarle el mayor de los cuidados a su piel. Siguió los dedos con la boca; la tocaba y la saboreaba; le provocaba pasiones hasta que ella pensó que se volvería loca de deseo.
La joven se dio media vuelta y observó cómo reaccionaba él esperando que no se sintiera decepcionado al ver que ella no actuaba con recato. Quería pasar aquella noche con él, lo deseaba con tanta fuerza que estaba dispuesta a dar su alma a cambio de conseguirlo. No cabía duda de que ya lo había hecho.
Cuando ella se volvió, la mirada de Juugo se embarcó en un lento viaje por todo su cuerpo que lo dejó sin respiración.
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―Qué bonita eres. ―Su voz sonaba áspera, tenía la mirada acalorada, y aquella noche sus marcadas facciones, esos rasgos que ella conocía tan bien, parecían distintas, como si de alguna forma cada parte de ella le estuviera remodelando.
―Deberíamos guardar las perlas para que no se rompan ―le dijo ella.
―No, déjatelas puestas. Creo que son perfectas para este momento.
A ella le sorprendió que hubiera dejado de tocarla.
―No me voy a romper ―le aseguró mientras tiraba del pañuelo que él llevaba al cuello.
―Tengo callos en las manos.
―Me gusta sentirlas sobre mi piel ―dijo ella cogiéndole una mano y acercándosela a los labios. Dibujó un círculo en su palma y a él se le escapó un gemido.
―Me atormentas ―jadeó él.
Ella se rio sorprendida.
―¿Yo? No soy yo la que sigue vestida.
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Él la recompensó esbozando una de sus escasas y sensuales sonrisas mientras añadía su chaqueta a la montaña de ropa que había en el suelo. Luego se quitó el chaleco, la camisa y todo lo demás, hasta que solo llevaba puestos los pantalones. Era magnífico. La piedra esculpida no podía mostrar más perfección.
Ella deslizó las manos por su pecho y sintió cómo sus músculos se contraían y se relajaban cuando pasaba los dedos por encima. Aquel hombre era pura fibra. Se acercó a él y rozó los pechos contra su torso.
―Dios ―rugió él al tiempo que se apoderaba de su boca con una urgencia que la sorprendió.
Juugo había esperado todo lo que pudo antes de tocarla porque sabía que en cuanto lo hiciera aquel lento vals llegaría a su fin. Ya no sería capaz de contenerse. La deseaba con demasiada desesperación.
Los brazos de la joven se dirigieron a sus costados y le acarició la espalda; su caricia era suave y fugaz. Juugo sentía su roce y luego dejaba de sentirlo. Era una extraña alternancia de contacto y ausencia. Él nunca había dejado que ninguna mujer deslizara las manos por su espalda. Siempre solía distraerlas de un modo u otro, a menudo lo conseguía alejando las manos de las chicas de su cuerpo. Pero con ella deseaba experimentarlo todo, estaba dispuesto a arriesgarlo todo, porque no la quería a medias tintas. No podía explicarlo, pero ansiaba saberlo todo sobre ella, hasta su más ínfimo secreto y la mínima imperfección. Y por algún motivo era importante que ella también conociera los suyos.
Entonces ella se tensó, dejó de besarle y frunció el ceño.
―¿Qué te ha pasado aquí?
―No es nada.
No la detuvo cuando ella le miró la espalda.
―¡Oh, cielo santo! ―Cuando vio las cicatrices que le cubrían la espalda se le llenaron los ojos de lágrimas―. ¿Quién te hizo esto?
―La ley.
Se puso derecha y le observó a conciencia; miró más allá del atractivo exterior y vio al hombre herido que había en su interior.
―Nunca fui un ladrón muy hábil ―explicó―. Normalmente me castigaban con algunos latigazos en vez de meterme en la cárcel.
―¿Cuántos años tenías? ―susurró ella sin estar muy segura del motivo por el que aquel dato era tan importante. Lo que le había ocurrido no debería pasarle a nadie.
―Ocho la primera vez y nueve la segunda. Orochimaru me advirtió de que si me volvían a coger me acabarían deportando en un barco con destino a Sunakagure.
―Deportado. ―Ella nunca se había parado a pensar en los castigos que recibían los delincuentes. Sí que había oído contar cosas en alguna ocasión, pero era como escuchar a alguien contar el argumento de una historia que no tenía ningún interés en leer―. Lo siento mucho.
―No lo sientas. Ya no duelen. No siento nada ni en la más profunda de todas. ―Le tocó la mejilla―. Nunca las había compartido con nadie. Jamás había dejado que las tocara ninguna mujer. Tú eres diferente. Lo que siento por ti es distinto. No quiero que haya secretos entre nosotros.
Ella casi se pone a llorar al escuchar la sinceridad que le teñía la voz. Si no la hubiera cogido entre sus brazos para besarla, se lo habría contado todo sobre Tetsuya, pero sabía que si lo hacía dejaría de besarla, y lo deseaba más que respirar, más que la venganza.
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Se tambalearon hasta la cama con los brazos y las piernas entrelazados, y al caer sobre el colchón se separaron y dejaron de besarse.
―Sigues llevando los pantalones puestos ―le dijo ella como si no fuera consciente de que estaba completamente desnuda y expuesta mientras que él seguía conservando cierta intimidad.
―Tengo miedo de que al quitármelos pueda perder el poco control que me queda.
Ella le cogió la cara con ambas manos y le posó los pulgares sobre los labios.
―Quítatelos.
―Tamaki… ―Esbozó una mueca burlona―. No estoy seguro de que sepas exactamente lo que estoy controlando.
―Quieres hacerme el amor desesperadamente y cuando te quites los pantalones ya no habrá nada que te detenga.
―Exacto.
―Yo también me muero de ganas de hacerte el amor. Quítatelos.
Antes de que pudiera dar la siguiente bocanada de aire, él se había quitado los pantalones y ella empezó a preguntarse si sería capaz de volver a respirar. Su Juugo era un hombre enorme en todos los sentidos.
Su cuerpo desnudo cubrió el de ella cuando se colocó entre sus muslos, y la joven pensó que nunca volvería a sentir nada tan maravilloso. La piel de Juugo estaba húmeda y aterciopelada en algunas zonas, áspera y peluda en otras, pero ella adoraba cada centímetro y cada textura.
Entonces la volvió a besar. Pensó que nunca se cansaría de sus besos. Cada uno era distinto y, sin embargo, igual que el anterior. Todos la hacían enloquecer de deseo.
Sintió todo el peso de su cuerpo encima del suyo, pero no estaba incómoda. A pesar de su diferencia de tamaño, de la delicadeza de ella y de su enorme y musculoso cuerpo, parecían encajar a la perfección.
Las caricias de él eran más atrevidas que las de ella. Juugo deslizó los labios por su cuerpo hasta que llegó a su pecho. Besó el interior de uno y luego el del otro. El cuerpo de la joven reaccionó con fuerza pidiéndole más. Él deslizó la lengua alrededor de su pezón para provocarla una y otra vez.
Ella se agarró a sus hombros con fuerza mientras sentía cómo su cuerpo se hacía un ovillo.
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―¿Qué quieres, Tamaki? ―jadeó él.
―No hables, por favor, no hables.
―¿Qué quieres? ―insistió él.
La joven sentía cómo su aliento le humedecía el pezón y lo endurecía. Tenía ganas de ponerse a llorar.
―No lo sé. Algo.
―Esto ―rugió él antes de posar la boca sobre su pecho y empezar a succionar.
Ella pensó que se iba a caer de la cama como un globo aerostático liberándose de sus anclajes. Se contorsionó contra él.
Él paseó las manos por encima de su vientre hasta que alcanzó aquél lugar prohibido. Entonces notó cómo deslizaba un dedo en su interior, en lo más profundo de su ser.
―Estás tan húmeda, tan caliente, tan preparada… ―susurró él.
Y lo estaba. Casi tan preparada como él. Cada uno de los músculos del cuerpo de Juugo estaba tenso y vibrante. El corazón le latía con tanta fuerza que pensó que le iba a estallar. Le encantaba tenerla debajo de su cuerpo y sentir su sedosa piel y su aterciopelada feminidad. La deseaba con tanta intensidad que era increíble que no la hubiera poseído ya. Cuando deslizó el dedo en su interior se dio cuenta de lo firme que estaba.
―Quizá sí que te haga un poco de daño ―murmuró con lamento.
―No me importa. ―Ella deslizó las manos por su pecho y su espalda como si fuera incapaz de dejar de tocarlo.
Cada parte de su cuerpo que tocaba se entristecía cuando alejaba los dedos para prestar atención a otra zona. El cuerpo de Juugo le imploraba, le pedía a gritos que la tomara inmediatamente, que la poseyera.
Ella estaba muy húmeda y muy caliente.
Él deseó haber pensado un poco más en aquel momento, pero nunca se había acostado con una virgen. Debería haberle dado un vaso de whisky antes.
Pero ya era demasiado tarde. Se cambió de postura y se puso encima de ella.
Ella pensó que debería haber tenido miedo, pero no lo tenía. Sabía que si sentía alguna incomodidad sería cosa de la naturaleza y no de él. Él la había preparado con las manos y la boca, con los dedos y la lengua.
Sintió cómo se acercaba a ella con suavidad. Se esforzó por no ponerse tensa y se concentró en la sensación de sus hombros bajo sus manos, en el sudor que le había cubierto la piel por haberse negado tanto tiempo a satisfacer sus propios deseos, en cómo se tensaban sus músculos mientras se preparaba para unirse a ella por completo.
Cuando se introdujo en ella, la joven sintió dolor. Era incapaz de negarlo, y a juzgar por la preocupación que asomaba a los ojos de Juugo, estaba segura de que no había conseguido disimularlo muy bien. Los brazos le temblaban y se quedó quieto a pesar de que ella sabía que él quería liberarse de las ataduras y volar.
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―Estoy bien ―le aseguró.
―No tengo prisa. ―Agachó la cabeza y le besó la comisura de los labios.
―Mentiroso.
Luego la besó en la otra comisura.
―Tenemos tiempo ―le aseguró él.
No tanto como le gustaría.
Ella se contoneó baso su cuerpo. Juugo le besó la barbilla y empezó a balancearse contra ella. El dolor empezó a desaparecer, fue como si su cuerpo, después de haberse abierto para dejarlo entrar, se estuviera ajustando a su presencia. Entonces ella empezó a percibir otras sensaciones que sustituyeron el dolor. Se concentró en ellas y se dio cuenta de que hicieron desaparecer cualquier rastro de dolor que pudiera sentir.
Él era como el mar: que chocaba poderosamente contra la orilla y se retiraba con suavidad con la promesa de volver. Una promesa que cumplía volviendo una y otra vez, internándose en ella con energía, llevándola hasta la cresta de la ola más alta. Era glorioso. La joven cabalgaba esa tormenta de placeres junto a él. Las sensaciones empezaron a girar en espiral.
Cuando llegaron a la cúspide más alta, ella enterró los dedos en sus nalgas y arqueó la espalda para pegarse a él. Nunca había sentido nada tan poderoso, tan excitante y tan increíblemente maravilloso. Entonces él empezó a moverse más deprisa y con brusquedad, y ella escuchó cómo sus rugidos resonaban a su alrededor. La joven se agarró a él con fuerza y observó cómo se le contraían los músculos del rostro.
―¡Tamaki! ―rugió por entre los dientes apretados mientras un espasmo le recorría todo el cuerpo y la última embestida, si es que eso era posible, se internaba más profundamente en ella que todas las demás.
Luego se dejó caer sobre ella con la respiración acelerada, le dio un beso en el hombro y rodó sobre su cuerpo para estirarse a su lado.
Aquella había sido la experiencia más intensa de su vida y, sin embargo, lo único que ella quería hacer era llorar.
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