Los personajes de Naruto no son míos, son de Kishimoto... la historia si es de Lorraine Heath
.
ACLARACIÓN
Será una adaptación, sin embargo haré algunos cambios, sobretodo con el personaje de Karin, en la historia original es un personaje odioso al ser una Mary Sue que sinceramente aborrecí, y cambiaré un poco el amor del protagonista por Karin, en esta versión sale un poco porque la sustituiré con otro personajes en ciertas ocasiones.
.
Espero disfruten esta historia, la cuarta de esta serie de adaptaciones; así como yo lo hice.
.
.
CAPÍTULO 09
.
.
Juugo dejó resbalar la mano por el brazo de Tamaki con aire distraído. No había experimentado nada tan intensamente satisfactorio en toda su vida. Tamaki le había tocado con más intimidad que ninguna otra mujer. El placer la había asaltado con una fuerza que lo había dejado muy sorprendido y, si tenía que ser sincero, también había llegado profundamente a su orgullo masculino.
La joven se había excitado con facilidad y no había tenido miedo de compartir lo que estaba sintiendo, experimentando y pensando. Él había disfrutado de la compañía de muchas mujeres, pero con Tamaki tenía la sensación de que no había secretos entre ellos. Las reacciones de la joven eran sinceras y sus gemidos completamente espontáneos. Ella era distinta a todas las mujeres que había conocido. No quería que se fuera nunca de su cama.
Pero tendría que irse dentro de algunas horas antes de que saliera el sol, antes de que alguien pudiera ver cómo abandonaba su apartamento y llegaba a su pensión. Habían disfrutado de una noche ilícita, pero nada de lo que habían hecho parecía prohibido. Al contrario, parecía lo más natural del mundo. Estaban hechos el uno para el otro. Después de lo que habían compartido ya no le quedaba ninguna duda.
Ella llevaba varios minutos deslizando los dedos por su pecho muy lentamente. De vez en cuando dibujaba un ocho alrededor de sus pezones. Quizá la joven se estuviera recuperando y, aunque no se propusiera excitarlo, su cuerpo estaba reaccionando de la misma forma.
―¿En qué estás pensando? ―preguntó él por fin.
―En Tetsuya. Me pregunto si esto sería lo que le prometió Kamizuru, o por lo menos si sería esto lo que ella esperaba.
―¿La dejó embarazada?
―No lo creo. Y si fue así, no se notaba a simple vista. Ella llegó a casa en julio y se cayó del acantilado en septiembre. Supongo que para entonces ya se le habría notado.
.
Él no quería que hablara de su hermana porque eso oscurecería el recuerdo que tendría de aquella noche. En cuanto hablara con sir Kabuto y hubiera trazado un plan, iría a visitarla y no solo le explicaría lo que estaba haciendo la noche que la conoció, sino también cómo pensaba manejar la situación para que pudiera sentirse satisfecha con Kamizuru. Pero hasta entonces no quería que nada estropeara lo que acababan de compartir, y no tenía ninguna duda de que la primera reacción de la joven cuando se enterara de que la había estado siguiendo no sería precisamente buena.
No quería que se enfadara o discutiera con él en su apartamento. Y tampoco en su pensión. Le iba a costar mucho encontrar el lugar adecuado para decírselo. Y estaba convencido de que ella se enfadaría. Las mujeres acostumbraban a enfadarse con los caballeros que no eran sinceros con ellas, incluso aunque no hubieran tenido otra elección.
―¿Recuerdas la noche que pasamos en los jardines de Konoha, cuando dijiste que no querías estropear el momento…?
―¿Hablando del pasado?
―Sí.
―Tampoco debería haber dejado que el pasado arruinara esta noche. ―Le dio un beso en el pecho y él se endureció inmediatamente.
.
Se quedaron tumbados en silencio durante algunos minutos sencillamente disfrutando de la cercanía del otro. Juugo se preguntó cómo iba a vivir sin tenerla en su cama, en su vida, en su realidad. Ella seguía perteneciendo a la nobleza. Estaba seguro de que en el baile se habría dado cuenta de que podía encontrar una buena pareja en Konoha. Él se había comportado como un auténtico egoísta cuando aceptó tan deprisa que ella quisiera pasar la noche entre sus brazos.
―Odio las cicatrices que tienes en la espalda ―le dijo con suavidad.
A él se le hizo un nudo en el estómago. Siempre había conseguido escondérselas a todos, excepto a ella y a Karin, que fue quien se las curó.
―Ya sé que son espantosas.
―No, no lo son. ―Ella se apoyó sobre los codos y le miró a los ojos―. Son una prueba de tu habilidad para sobrevivir. Podrías haber acabado como tu padre, en la horca.
Pensaba que no se le podía cerrar más el estómago, pero se equivocaba.
―Si no vamos a hablar de tu pasado, prefiero que tampoco hablemos del mío.
Ella asintió con comprensión y le apoyó la mano sobre el corazón.
―Puedo escuchar el latido de tu corazón. Me encanta como suena.
―Cuando estás cerca de mí siempre late más rápido.
Ella le clavó la barbilla en el pecho.
.
―¡Au!
―No me mienta, señor No Tenpi.
―Nunca lo haría, señorita Lee.
Ella alargó el brazo y le pellizcó la barbilla. A él le encantaba que fuera tan juguetona. El carácter de aquella chica poseía tantos matices distintos que pensó que necesitaría toda una vida para estudiarlos todos a fondo.
―Tu apartamento me ha sorprendido ―dijo ella―. Especialmente tu habitación. Esperaba algo un poco más… exuberante, teniendo en cuenta que eres un sinvergüenza confeso.
―¿Qué tienes en mente? Quizá pueda cumplir tus deseos.
Ella arrugó la nariz.
―No lo sé. Algo un poco más… rojo.
―Me gusta el marrón.
―Pero no destaca.
―No soy la clase de persona a la que le guste destacar. Además, en mi habitación tengo lo más importante que debe tener cualquier sinvergüenza de mala reputación.
Ella frunció el ceño concentrada mientras miraba a su alrededor: paseó los ojos por encima de la cómoda, de la silla y del montón de ropa que había en el suelo.
.
―No consigo adivinar lo que puede ser.
Él esbozó una sonrisa juguetona.
―Una mujer encantadora a la que no pueda quitarle las manos de encima.
Ella dio un pequeño grito y se tumbó boca arriba.
―Además, señorita Lee, no olvide nunca que lo que tengo en mi habitación no es tan importante como lo que hago en ella.
Entonces se dispuso a llevarlos a los dos al paraíso.
.
.
.
Cuando ella salió de su apartamento con mucha discreción, el sol ya estaba empezando a ahuyentar la niebla. Por fortuna, el carruaje seguía esperándolos. Era una suerte que sus amigos dispusieran de los medios necesarios para costearse los servicios de los sirvientes.
Cuando la ayudó a subir al carruaje y se sentó junto a ella, se esforzó por reprimir los remordimientos. Luego la rodeó con el brazo; ella escondió la cara bajo su hombro y se embriagó de la fragancia que desprendía. Entonces recordó el regalo que le había dado.
―Vaya, me olvidaba del collar. ¿Me ayudas a quitármelo?
―Quédatelo. Es tuyo.
Ella se volvió para mirarle.
―Pero dijiste que era un préstamo.
―Te mentí. Si no lo hubiera hecho no lo habrías aceptado.
―Es un regalo demasiado importante. No sería correcto.
―Tamaki, acabamos de pasar la noche entera actuando de forma incorrecta. No seas hipócrita.
La joven se esforzó por no demostrarle lo herida que se sentía por la aspereza con la que se había dirigido a ella, pero él debió darse cuenta porque de repente relajó el rostro y posó los dedos debajo de su barbilla para obligarla a mirarlo.
.
―No hay nadie en mi vida a quien pueda comprar regalos, y para mí el dinero no significa nada. Por favor, acéptalo como muestra de afecto.
No debería, sabía que no debería, pero la verdad era que le encantaba el collar. Posó los dedos sobre las perlas y con la mayor elegancia que pudo le dijo:
―Gracias.
―No se merecen.
No se volvieron a decir ni una sola palabra más, pero el viaje fue muy corto. Solo estaban a unas cuantas calles de su pensión. Cuando se detuvieron delante de la puerta, él la cogió de la cara con la mano y le dijo:
―Quiero venir a visitarte esta tarde.
Ella le sonrió y asintió.
―Sé que estás preocupada ―dijo él en voz baja―. Y que estás pensando que tu hermana vino a Konoha y las cosas no le salieron bien, pero eso no es lo que ocurrirá entre nosotros. Te lo prometo, Tamaki. Hace muy poco que nos conocemos, pero lo que siento por ti es inmensurable.
A la joven se le llenaron los ojos de lágrimas.
Él se inclinó y le besó la esquina de cada ojo.
―Hasta esta noche.
Le cogió la llave de entre las manos, le abrió la puerta y la hizo entrar. Luego cerró la puerta. Ella se apoyó sobre la madera y escuchó el sonido de las ruedas y los cascos de los caballos que se lo llevaban cada vez más lejos.
.
.
.
Juugo decidió aprovechar que aún disponía del carruaje de Uchiha. Se lo devolvería un poco más tarde. En aquel momento debía resolver algunos asuntos. Volvió a su apartamento y se preparó para reunirse con sir Kabuto. No quería que nadie se diera cuenta de lo que había estado haciendo aquella noche. Sin embargo, mientras Tamaki yacía entre sus brazos durante las primeras horas de la mañana, había decidido que tenía que acabar con toda aquella tontería.
Cuando entró en el despacho de sir Kabuto, no le dio la oportunidad de decir nada más que «Juugo» antes de empezar a explicarle la dirección que creía que debía tomar todo aquel asunto.
―Estoy convencido de que la señorita Lee no supone ninguna amenaza para Kamizuru. En cualquier caso, él es el culpable de todo esto. Tengo la intención de ir a hablar con él esta misma mañana y preguntarle por qué cree que la señorita Lee quiere asesinarlo; pretendo interrogarlo a conciencia para averiguar qué le hizo a la hermana de la señorita Lee. Ahí es donde creo que reside la clave del caso, señor, y estoy decidido a llegar al fondo de todo el asunto.
Sir Kabuto se recostó sobre su silla con el rostro imperturbable.
.
―Eso le va a resultar un poco difícil, Juugo. Kamizuru fue asesinado ayer por la noche.
.
.
.
