Los personajes de Naruto no son míos, son de Kishimoto... la historia si es de Lorraine Heath
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ACLARACIÓN
Será una adaptación, sin embargo haré algunos cambios, sobretodo con el personaje de Karin, en la historia original es un personaje odioso al ser una Mary Sue que sinceramente aborrecí, y cambiaré un poco el amor del protagonista por Karin, en esta versión sale un poco porque la sustituiré con otro personajes en ciertas ocasiones.
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Espero disfruten esta historia, la cuarta de esta serie de adaptaciones; así como yo lo hice.
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CAPÍTULO 11
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Juugo no podía negar que se sintió muy aliviado cuando entró en la biblioteca de Kamizuru y no percibió el olor a rosas de Tamaki. A pesar de saber que era imposible que ella hubiera estado allí y cometiera ese crimen, había algo que no encajaba. Ella había estado entre sus brazos desde que se marcharon del baile de los duques.
Deseó haber podido estar allí antes de que se llevaran el cuerpo. Eso le habría dado muchas más pistas. Pero por lo visto cuando sir Kabuti fue a buscarle, él seguía dando vueltas por Konoha con Tamaki, besándola en el carruaje antes de que decidieran volver a su apartamento.
La alfombra estaba llena de sangre. Sobre una mesita había dos copas de vino. Aquello lo preocupó.
―¿A qué hora dice que vio entrar a la chica? ―le preguntó Juugo al nuevo lord Kamizuru. A Juugo le sorprendió darse cuenta de que se trataba del hombre rubio que acosó a Tamaki en los jardines de Konoha.
―Poco después de medianoche.
―¿Y está usted seguro de que se trataba de la señorita Lee?
―Sí.
―¿La misma señorita Leea la que atacó usted en los jardines de Konoha?
―Yo no la ataqué ―dijo con impaciencia―. Mis amigos y yo solo nos íbamos a divertir un rato con ella. Yo sabía que estaba siguiendo a mi hermano y a él le molestaba que la policía no estuviera haciendo mejor su trabajo. Solo pretendíamos asustarla.
―Tenemos un testigo que asegura que la señorita Lee estuvo con él la pasada noche ―dijo sir Kabuto.
―Pues su testigo miente ―dijo el nuevo Kamizuru con seguridad.
Juugo y sir Kabuto intercambiaron una mirada. No vio duda alguna en los ojos de sir Kabuto. No había pensado que, cuando pusiera en riesgo la reputación de Tamaki, también estaría poniendo la suya en entredicho.
―Supongo que tiene usted razón ―dijo Juugo―. Alguien está mintiendo, pero yo sospecho que es usted quien lo hace.
―¿Y por qué iba yo a mentir? ―preguntó el joven Kamizuru.
―Para quedarse con el título.
―No sea absurdo. Yo no quería todo esto. El título está ligado a ciertas responsabilidades y deberes. Mi hermano me daba una generosa asignación y yo ya era un auténtico caballero. Nunca he tenido ningún interés por el título.
―¿Por qué cree usted que la señorita Lee quería matar a su hermano? ―preguntó Juugo.
―Por algo que tenía que ver con su hermana. Mi hermano, por muy doloroso que me resulte decirlo, y no me gusta hablar mal de los muertos, no siempre fue bueno con las mujeres.
―¿Se aprovechó de Tetsuya Lee?
―Lo más probable es que sí.
―Gracias, milord ―dijo Juugo―. De momento, no tengo más preguntas.
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Cuando el marqués se marchó, sir Kabuto preguntó:
―¿Qué le parece, No Tenpi?
―Su hermano es quien más ganaba con su muerte, pero supongo que es posible que haya otra mujer que fuera ultrajada y que buscara venganza. El nuevo lord Kamizuru se equivocó al identificarla.
―¿Está usted completamente seguro de que no se trata de la señorita Lee?
―Desde que bailé con ella por primera vez, sobre las diez de la noche, no volvió a abandonar mis brazos.
―¿Y antes de eso?
―No la perdí de vista ni un segundo.
―¿A qué hora se fueron del baile?
―A las once y media.
―Espero que este desagradable suceso no acabe poniendo su palabra contra la del nuevo Kamizuru.
―Haré todo cuanto esté en mi poder para que no sea así.
Sir Kabuto asintió y suspiró.
―Muy bien. ¿Cuál es su plan?
―Investigar. Intentar encontrar a esa misteriosa mujer. Si eso no da resultado, entonces creo que acabaremos arrestando al nuevo lord Kamizuru.
―Antes de hacer eso asegúrese de que hacemos lo correcto.
―Sí, señor, siempre lo hago.
―Lo sé, pero creí conveniente recordárselo. Hay que manejar esta situación con mucha delicadeza, No Tenpi.
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Juugo pasó dos horas más en casa de Kamizuru dibujando la biblioteca e intentando descubrir si había algo que no encajaba. Interrogó a los sirvientes. Nadie vio llegar a ninguna dama, así que la sospechosa solo pudo entrar si alguno de los hermanos Kamizuru le abrió la puerta.
Su siguiente paso sería buscar otra mujer de la que el marqués pudiera haberse aprovechado. Era posible que no perteneciera a la nobleza. Tendría que analizar los papeles y documentos de Kamizuru. Quizá escondieran alguna pista. También hablaría con Hinata. No lo había podido ayudar respecto a Tetsuya Lee, pero tal vez estuviera al corriente de la existencia de alguna otra mujer.
Pero antes de seguir adelante con la investigación, quería volver a ver a Tamaki. Quería reconfortarla y tranquilizarla. También estaba decidido a pedirle que se casara con él. No podía negar que sería una proposición un tanto precipitada, y que en parte lo haría para salvaguardar su reputación, pero también debía admitir que nunca se había sentido tan atraído por ninguna mujer. Las horas que la joven había pasado en su cama se le habían hecho muy cortas y estaba convencido de que podrían disfrutar de una feliz vida juntos.
Como aún seguía disponiendo del carruaje de Sasuke, se dirigió a la pensión de Tamaki y llamó a la puerta con energía.
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Cuando la señora Kakaei abrió no esperó a que lo invitara a entrar, sencillamente pasó junto a ella.
―¿Sería tan amable de informar a la señorita Lee de que he venido a verla?
La señora Kakei cerró la puerta.
―Me temo que se ha marchado, señor.
Juugo comprendía perfectamente que Tamaki necesitara dar un paseo, que quisiera borrar la cicatriz que le habrían dejado los acontecimientos de aquella mañana. Estaba seguro de que habría ido al parque. O quizá hubiera ido a algún otro lugar. Podía ir a buscarla o quedarse a esperarla. Estaba convencido de que no tardaría en volver. Miró a la señora Kakei.
―Si no le importa, esperaré en el vestíbulo hasta que vuelva.
―Me temo que esperaría usted muchísimo tiempo. No creo que vaya a volver, señor. Ha hecho las maletas. Me dijo que no me preocupara por los días que le quedaban, que podía alquilarle la habitación a otra persona. Dijo que ella no la necesitaba. Dejó dos paquetes.
Swindler se quedó de piedra. Con cara de sorpresa observó cómo la mujer se dirigía al salón. Miró las escaleras. Allí es donde tenía que ir. Necesitaba…
―Tenga, señor.
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Entró en el salón como si otra persona estuviera al mando de su cuerpo.
―La caja grande es para la vizcondesa de Otogakure. Me imagino que es el precioso vestido que le dejó a la señorita Lee. Y también dejó esto para usted. Creo que también sé lo que es.
Juugo abrió la caja de terciopelo y observó las perlas que aquella misma mañana adornaban el precioso cuello de Tamaki. Se sintió como si uno de los abusones que conoció de niño en las calles de Konoha le acabara de asestar un puñetazo en el estómago.
―¿Está usted segura de que se ha marchado para siempre?
―Sí, señor. Fue difícil no advertirlo porque contrató dos chicos para que la ayudaran a bajar el baúl.
¿Se había marchado? Después de todo lo que habían compartido, ¿se había ido?
Aquellas palabras se quedaron resonando en su mente y bloquearon los demás pensamientos.
Ella se había ido.
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Mientras el tren se tambaleaba sobre los raíles, Tamaki observaba su reflejo en la ventana. Objetivo conseguido. Debería ver cierta satisfacción reflejada en el semblante que le devolvía la mirada en la ventana. Sin embargo, y por mucho que se esforzara, estaba teñida por el remordimiento. Luego posó la mirada sobre otro reflejo, uno increíblemente similar al suyo.
―¿Por qué tienes esa cara tan larga, Tenten? ―preguntó.
―Me estaba enamorando de él, Tamaki.
―Bueno, eso fue una tontería, ¿no crees?
Tenten se sonrojó, aunque era algo que le ocurría muy a menudo. Eso era lo único que las diferenciaba, pero era algo que no sabía nadie en Konoha porque ninguna de las dos había visitado jamás la ciudad. Cuando llegaron a Konoha no conocían a nadie. Eran las ventajas de tener un padre solitario que nunca se sintió digno de su título.
―¿Qué había de malo en que yo me quedara en Konoha? ―preguntó Tenten.
―Un solo descuido, Tenten, un paso en falso y hubiéramos acabado las dos en la horca. Cuando nos dimos cuenta de que el señor no Tenpi nos estaba siguiendo y tú te lo encontraste en el parque, lo más lógico fue utilizarlo. Deberías sentirte agradecida por el tiempo que has pasado con él.
Tenten asintió en silencio antes de dejar caer la vista sobre las manos que tenía hechas un ovillo sobre el regazo. Él pareció la respuesta a sus plegarias.
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Persiguió al hombre que seguía a Tamaki por los jardines de Konoha. Pensó lo mismo que Tamaki, que se trataba de alguien que había contratado Kamizuru. Sin embargo, para bien o para mal, no lo podía asegurar. La primera vez que le vio fue la noche que Kamizuru fue a Scotland Yard. Ella y Tamaki siempre se vigilaban la una a la otra y se esforzaban para que nadie las viera nunca juntas, pero jamás perdían a la otra de vista.
Cuando dobló la esquina vio que Tamaki estaba rodeada por tres hombres que, de repente, empezaron a arrastrarla hacia las sombras. El corazón le dio un brinco. Empezó a correr hacia ella y a gritar, pero entonces vio que su perseguidor aceleraba el paso. Para cuando consiguió llegar a un lugar desde el que podía ver mejor lo que estaba ocurriendo, él ya había rodeado a Tamaki con el brazo con aire protector y era evidente que intentaba abandonar el lugar.
Entonces uno de aquellos tipos lanzó un golpe.
Ella nunca había visto ninguna pelea. Aquel enorme y poderoso hombre se quitó a los abusones de encima sin ningún esfuerzo y luego volvió a rodear a Tamaki con el brazo para alejarla de los individuos que se retorcían de dolor en el suelo.
Entonces su corazón empezó a latir por un motivo muy distinto. Ya no temía por la seguridad de Tamaki. Lo que le ocurría era que nunca había visto a ningún hombre como el que había rescatado a su hermana.
Los siguió hasta la salida de los jardines escondida entre las sombras y siempre atenta. Cuando llegó a la puerta, él estaba ayudando a Tamaki a subirse a un carruaje. Luego vio cómo Tamaki se marchaba. Y entonces el hombre se subió a otro carruaje.
―Sígala con discreción.
Cuando el cochero inició la marcha, ella salió de su escondite y le dijo lo mismo al conductor del siguiente carruaje:
―Sígale.
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Luego se bajó en una calle distinta, tal como había hecho él. Con cuidado, y siempre oculta entre las sombras, se fue acercando a la pensión hasta que lo vio observando el edificio. Un rato después el hombre se acercó a la puerta.
Cuando se marchó, ella se quedó donde estaba durante una hora más hasta que vio la señal en la ventana: las cortinas cerradas. Aquello indicaba que la señora Kakei se había ido a dormir y que era seguro entrar.
Cuando llegó a la habitación se abrazó a su hermana.
―Vi cómo te asaltaban.
―Y un hombre me rescató. ¿Lo viste? ―preguntó Tamaki liberándose del abrazo de Tenten.
―Sí, claro.
―Se llama Juugo no Tenpi.
―¡Te fuiste con él! ¿Sabes lo peligroso que es eso? ¡No sabemos nada de ese hombre!
Tamaki se sentó en una mecedora y se quedó mirando fijamente la chimenea vacía.
―¿Era él el hombre que me ha estado siguiendo?
―Sí. Pero eso no importa. Tenemos que olvidarnos de esta locura de pretender vengar a Tetsuya por nuestra cuenta. Deberíamos ir a la policía.
―Es muy probable que él sea policía. ¿No te das cuenta de lo bien que nos viene eso? Si conseguimos que él te siga mientras yo me encargo de Kamizuru, tendremos una coartada perfecta. Es imposible que yo pueda estar en dos sitios a la vez. Es tal como lo planeamos, pero mejor aún. Nadie se atreverá a poner en duda la palabra de un policía. Es el crimen perfecto.
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Así que decidieron intentar seducirlo, conseguir que se acercara más a ella. Pero fue Tenten quien cayó presa de la seducción. Mientras el tren la alejaba cada vez más de Konoha, se preguntaba cómo podía no haberse dado cuenta de lo mucho que llegaría a encariñarse de Juugo en tan poco tiempo.
Intentó imaginar cómo habría reaccionado al llegar a casa de la señora Kakei y descubrir que Tentem, o Tamaki, que era como él creía que se llamaba, se había marchado. Ni siquiera la señora Kakei se había dado cuenta de que había dos hermanas compartiendo la misma habitación. Las chicas habían organizado perfectamente sus salidas y llegadas para evitar que alguien pudiera descubrirlas. Podrían haber alquilado habitaciones en distintas pensiones, pero no les sobraba el dinero y consideraron que era una tontería gastar en algo que no era necesario.
Junto a Tetsuya habían pasado la vida engañando a la gente, organizando situaciones en las que fingían ser alguna de sus hermanas para que la gente acabara preguntándose a quién habrían visto realmente.
En Konoha había resultado muy sencillo porque su padre nunca había llevado allí a sus tres hijas a la vez y, por lo visto, jamás le había explicado a nadie que había sido bendecido con tres hijas. Como no eran varones, las había considerado insignificantes.
Hasta que llegó el momento de mandar a una de ellas a la ciudad para que se presentase en sociedad. Entonces de repente empezó a albergar la esperanza de conseguir un buen matrimonio y de poder disponer de dinero para sus otras hijas.
Tenten siempre había querido a su padre, pero él siempre había tenido la cabeza en las nubes. Ni siquiera sabía exactamente qué había hecho por la Corona para ganarse el título.
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Ahora observaba las colinas y se preguntaba qué habría pensado Juugo. Le había costado mucho despedirse de él sabiendo que era para siempre, sabiendo que nunca volvería a percibir el sabor de sus besos o el tacto de sus caricias. Sabiendo que jamás volvería a escuchar su voz ni podría volver a mirarlo a los ojos.
―¿Qué ocurrirá si intenta encontrarnos, Tamaki? Aquel hombre de Scotland Yard dijo que era el mejor.
―Le dijiste que vivíamos en el norte, ¿verdad? ―Su hermana se encogió de hombros―. Se rendirá antes de pensar en buscar en el sur.
¿Se rendiría? ¿Empezaría siquiera a buscarla? ¿O sencillamente se limitaría a aceptar que se había marchado?
Tenten se había acostumbrado demasiado a mentir. Le mintió incluso a Tamaki, y lo hizo con una facilidad que resultó casi terrorífica. Lo único que sabía Tamaki era que ella y Juugo habían paseado en carruaje hasta el alba. Su hermana no tenía ni idea de que había perdido su virginidad o de que había pasado la noche en la cama de Juugo.
Se presionó el vientre con la mano y se preguntó si el hijo de Juugo estaría creciendo en su interior. Se sorprendió al darse cuenta de que aquella idea la hacía muy feliz. Estaba convencida de que nunca volvería a sentir por otro hombre lo que sentía por él.
Él era tan generoso y bondadoso… Se sentía agradecida por cada segundo que había pasado en compañía de Juugo no Tenpi.
Sin embargo, a Tenten le habría gustado escucharle susurrar su nombre una sola vez.
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