Los personajes de Naruto no son míos, son de Kishimoto... la historia si es de Lorraine Heath

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ACLARACIÓN

Será una adaptación, sin embargo haré algunos cambios, sobretodo con el personaje de Karin, en la historia original es un personaje odioso al ser una Mary Sue que sinceramente aborrecí, y cambiaré un poco el amor del protagonista por Karin, en esta versión sale un poco porque la sustituiré con otro personajes en ciertas ocasiones.

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Espero disfruten esta historia, la cuarta de esta serie de adaptaciones; así como yo lo hice.

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CAPÍTULO 12

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―Se ha ido.

Era la primera vez que Juugo decía aquellas palabras en voz alta desde que empezaron a resonar en su cabeza hacía ya dos días. Al verbalizarlas resultaban aún más increíbles.

―¿Disculpa? ―preguntó sir Kabuto reclinándose sobre su silla.

―La señorita Lee. Ha hecho las maletas y ha abandonado la pensión.

―¿Y qué crees que significa eso?

Juugo suspiró. Le costaba admitir lo que había ocurrido.

―Supongo que me ha embaucado, señor.

Sir Kabuto arqueó una ceja.

―¿No dijiste que la chica había pasado la noche contigo?

―Así es.

―Entonces quizá se haya marchado porque esté intranquila por el asesinato de Kamizuru y por el hecho de que fuera arrestada.

―Creo que hay algo más, señor.

―Explícate.

―En la biblioteca de Kamizuru había dos copas de vino, lo cual me hace pensar que Kamizuru debía conocer a su asesino.

Sir Kabuto asintió.

―Continúa.

―Luego fui al depósito a estudiar el cuerpo. La daga con la que le asesinaron… ya la había visto antes. La vi la noche que fui a los jardines de Konoha.

―¿Acaso pertenecía a alguno de los canallas que atacaron a la señorita Lee?

―No, señor. Pertenecía a la señorita Lee. Me temo, señor, que podría tener un cómplice.

―¡Maldita sea! ¿Cómo pudiste pasar eso por alto?

―Estaba centrado en la chica. Creí que, mientras la estuviera vigilando, Kamizuru estaría a salvo. Creo que es imperativo que la encuentre, y la búsqueda podría llevarme fuera de Konoha.

Sir Kabuto se acomodó sus anteojos redondos.

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―El hermano podría seguir siendo culpable. Él podría ser el cómplice.

―Es posible, pero sé que tengo que encontrar a la chica. ―Si no lo hacía para resolver el crimen, lo haría por sí mismo. No tenía ningún sentido que se marchara a menos que estuviera intentando esconder algo.

―Tienes permiso para hacer lo que consideres más oportuno, Juugo. Infórmame cuando hayas descubierto algo.

―Sí, señor. ―Se volvió para irse.

―¿Juugo?

Se dio media vuelta.

―No pareces el mismo. Haz lo que tengas que hacer para recuperar tu toque. Necesito que mi mejor hombre esté en plena forma.

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«Su mejor hombre.» Si sir Kabuto supiera la facilidad con la que aquella chica le había embaucado, le habría pedido que abandonara Scotland Yard de inmediato.

Como si hubiera podido leer sus pensamientos, su superior añadió:

―No eres el primer hombre que pierde los papeles por una cara bonita.

Aquellas palabras no ofrecieron ningún consuelo a Juugo. Para él ella era mucho más que una cara bonita. No había ni un solo aspecto de aquella chica que no le hubiera embrujado.

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―¿La casa del vizconde Lee, dices?

Juugo observó a Kakashi, que fruncía el ceño con aire pensativo. No le había hecho ninguna gracia tener que acudir al marido de Karin en busca de ayuda, aunque respetaba más a aquel lord que a la mayoría de sus iguales, en especial por Neji Hyuga, el duque de Otsutsuki, que nunca dejaría de mirarlos por debajo del hombro en especial a Karin. Otogakure había demostrado su valía el año anterior cuando arriesgó su vida por Karin.

―Desafortunadamente, he estado tan concentrado en mis asuntos últimamente que he prestado muy poca atención a cualquiera que no estuviera dentro de la esfera de influencia de mi padre. Puedo intentar averiguar algo. Alguien debe saber dónde tiene las propiedades.

―Las tierras no estaban asociadas al título. Eso podría complicar un poco las cosas.

―Aún así alguien tiene que saber algo.

―Tamaki me dijo que vivían en el norte, en una casita junto al mar. Sospecho que toda o parte de esa afirmación es falsa. ―¿Qué otras mentiras le habría dicho? ¿Los sentimientos que tenía por él también fueron falsos? Y si no lo eran, ¿cómo podía haberse marchado?

―Siempre puedo preguntárselo a Neji, él fácilmente podría preguntarle a la Hokage ―dijo Kakashi.

―Prefiero no involucrar a su majestad.

Kakashi se encogió de hombros.

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―Puedo ser muy discreto cuando me lo propongo.

―Deberías dejar que se lo pregunte, Juugo ―dijo Karin―. No es el mejor momento para ponerse obstinado. Si estuviera en Konoha ya la habrías encontrado. Nadie tiene tanta habilidad para seguir un rastro como tú.

―Cuando se trata de esa chica estoy completamente confundido, Karin. Soy incapaz de imaginar un motivo lógico por el que pueda haberse ido tan precipitadamente.

―Ser arrestado puede resultar muy desagradable. Quizá estuviera asustada.

Él negó con la cabeza.

―Estaba conmigo. No había ningún motivo por el que pudiera ser arrestada de nuevo.

―Quizá solo quisiera irse a casa.

Juugo se levantó de la silla.

―¿Sin dejarme una nota? ―Se acercó a la ventana, se detuvo, y se pasó las manos por el pelo―. Os pido disculpas.

―No pasa nada. ―Karin se acercó a él y le puso la mano en la espalda―. Te gusta esa chica. Hasta yo me di cuenta de eso durante el baile. Vuelve a sentarte con nosotros y dinos en qué te podemos ayudar.

Él la miró.

―Prefiero pasear.

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Ella sonrió.

―Como quieras. Entonces cuéntanos, ¿cómo están las cosas ahora mismo?

―No he conseguido encontrar a los chicos que contrató para que la ayudaran a bajar el baúl. Sospecho que cogió el tren. He intentado dibujar un retrato de ella para preguntar en las taquillas si alguien la ha visto, pero nunca he sido muy bueno dibujando personas. Soy capaz de dibujar hasta el último detalle de una habitación para resolver un crimen, pero Tamaki… Soy incapaz de dibujarla para salvar mi vida.

―Kakashi puede hacerlo. Es un artista. ¿La recuerdas con claridad, Kakashi?

―Sí, creo que sí. ―Su marido se levantó, se acercó al escritorio y abrió un cajón. Después de sacar algunas hojas de papel se sentó y empezó a dibujar.

Juugo pensó que aquel era el primer respiro que había tenido en los últimos dos días. Centró su atención en Karin.

―Cuando fuiste a verla ¿notaste algo que pueda ser de ayuda?

―Me temo que no. Solo hablé con ella en el salón. ―De repente se le iluminó el rostro―. Un momento.

―¿Qué?

―Tami estuvo en su habitación arreglándole el vestido.

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Cinco minutos después, una Tami muy nerviosa estaba delante de Juugo retorciéndose las manos.

―¿Notaste alguna cosa?

―¿Como qué?

―Algo fuera de lo común.

La joven negó con la cabeza, pero luego contrajo el rostro.

―Bueno, sí que hubo algo que me pareció extraño. Se puso el vestido en la sala de estar. La puerta de la habitación estaba cerrada y no entramos ni una sola vez. Pero entonces, cuando acabé de coser, abrió la puerta y entró a mirarse al espejo.

―¿Viste a alguien más allí?

―No, pero vi un vestido sobre una silla que había en una esquina del dormitorio. Lo extraño fue que ese vestido era exactamente igual que el que había sobre el sofá de la sala de estar, el vestido que se había quitado para ponerse el que le llevó su excelencia. Yo pensé que quizá fuera su vestido favorito y que quería tener dos iguales.

―Probablemente estés en lo cierto. Gracias, Tami. Es todo lo que necesito saber ―dijo Juugo. Se acercó a la ventana y observó la noche.

―¿Qué estás pensando? ―preguntó Karin.

―No sé qué pensar. ¿Tú alguna vez has pedido que te hagan un vestido dos veces?

―Antes de casarme, cuando pasaba la noche en el club Hozuki, mis vestidos se parecían mucho los unos a los otros.

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Él lo recordaba muy bien. Grises y azules.

―Juugo, ¿y si Tetsuya no hubiera muerto como asegura Tamaki? ―preguntó Karin en voz baja.

Él negó con la cabeza.

―No, el dolor que sentía por la muerte de su hermana no era falso. Yo reconozco el dolor verdadero cuando lo veo. ―Lo había visto muchas veces reflejado en sus propios ojos cuando era un niño.

―Aquí tienes ―dijo Otogakure entregándole un retrato.

El parecido era asombroso. Juugo tuvo la sensación de que alguien le metía la mano en el pecho y le arrancaba el corazón que había empezado a crecer en su interior.

―Perfecto ―dijo, y podría haber jurado que la temperatura de la habitación descendía varios grados.

―¿Qué vas a hacer ahora, Juugo? ―le preguntó Karin.

―Voy a encontrarla, aunque tarde toda la vida en conseguirlo.

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