Los personajes de Naruto no son míos, son de Kishimoto... la historia si es de Lorraine Heath

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ACLARACIÓN

Será una adaptación, sin embargo haré algunos cambios, sobretodo con el personaje de Karin, en la historia original es un personaje odioso al ser una Mary Sue que sinceramente aborrecí, y cambiaré un poco el amor del protagonista por Karin, en esta versión sale un poco porque la sustituiré con otro personajes en ciertas ocasiones.

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Espero disfruten esta historia, la cuarta de esta serie de adaptaciones; así como yo lo hice.

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CAPÍTULO 14

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Juugo se sentó junto a la ventana, en una silla que había en una habitación del piso de arriba. Allí Tamaki, no, Tenten, tendría mejor luz para trabajar, teniendo en cuenta que habían cerrado las contraventanas del piso de abajo. Su hermana tenía razón. Podía ver perfectamente las nubes que se acercaban y oscurecían la luz del sol. Intentó concentrarse en el tiempo, pero parecía incapaz de pensar en algo que no fueran los delicados dedos de Tenten apartándole el pelo de la herida. Se sentía como un tonto por haber dejado que aquella chica consiguiera que la deseara. Y lo peor de todo era que ella ni siquiera se tenía que esforzar.

―Quizá esto te duela un poco ―dijo ella con dulzura.

―Como bien sabes, he sufrido cosas peores. Tú empieza.

Mientras ella le clavaba la aguja en la carne, él apretaba los dientes, pero el resto de su cuerpo permaneció quieto como una piedra. Bueno, no todo. El ritmo de su corazón había aumentado debido a la cercanía de la joven.

―Háblame de tu hermana ―le ordenó.

―Tamaki puede resultar muy obstinada cuando…

―De Tamaki no, de Tetsuya. Ese día nacieron tres niñas.

―Sí. Cuando te dije que Tetsuya fue la primera y yo la última, te dije la verdad. Tamaki nació en medio de las dos. Nuestra madre sí que murió en el parto. Fue demasiado para ella. Creo que su muerte casi le rompe el corazón a mi padre. Contrató a una mujer del pueblo para que cuidara de nosotras, pero él no nos dedicó demasiado tiempo. Supongo que es normal. ¿Qué sabéis los hombres de los niños? ¿A ti también te ignoró tu padre?

Él no quería pensar en su padre y no quería pensar en su pasado, pero contestó de todos modos:

―No. Él y yo estábamos muy unidos. Solo nos teníamos el uno al otro. Bueno, a veces pasaba la noche en la cama de alguna mujer. Cuando eso ocurría yo dormía cerca de ellos y no podía evitar preguntarme si era así como olía mi madre. Me dormía deseando que se quedara con ella. Pero solo se quedaba con ella una noche o dos y luego seguía adelante. En eso me parezco a él. Nunca me quedo mucho tiempo con las mujeres con las que me acuesto. ¡Maldita sea!

―Disculpa. Se me ha resbalado la aguja.

No era cierto. Estaba seguro de que había perdido la concentración al escuchar sus palabras y se la había clavado más fuerte de lo que pretendía. No sabía por qué le había dicho aquello. Lo único que sabía era que no quería que ella se diera cuenta de lo importante que era para él, de lo devastado que lo había dejado su traición, su marcha. Porque con ella quería quedarse muchas noches. Era una estupidez, pero ya había empezado a planear cómo podía quedarse con ella para siempre. Cuando pensaba en tenerla entre sus brazos cada noche y despertarse y encontrarla cada mañana en su cama, sentía casi tanto placer como cuando le hacía el amor. Sin embargo, ahora comprendía que todo lo que sabía de ella era lo que la joven había querido que supiera. Recorrió la habitación con la mirada sin mover la cabeza.

Las paredes estaban forradas con papel pintado de color verde pálido decorado con pequeños lunares de color rosa. Una colcha rosa adornaba la cama. Y las cortinas estaban cubiertas por una tela de encaje también de color rosa.

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―Son esos los acantilados…

―Sí ―contestó ella antes de que él pudiera acabar la pregunta. A pesar de no verle la cara, sí que podía sentir la tensión que irradiaba el cuerpo de la joven.

―¿Esta es tu habitación? ―preguntó él.

―Sí.

Juugo sintió cómo se destensaba.

―Te gusta el rosa.

―Me encanta el rosa.

Aquella habitación era un estudio de feminidad. Incluso los muebles blancos emanaban delicadeza. Juugo pensó que todo lo que había en su habitación era tan oscuro como su alma. Sin embargo, ella era luminosa y etérea. Ella era felicidad y sueños.

―La que rescaté en los jardines de Konoha era Tamaki.

―Sí, pero yo también estaba allí, escondida entre las sombras. Nunca salíamos solas y nunca nos perdíamos de vista. Vi cómo la protegiste.

―Y por eso me reconociste la tarde siguiente en el Valle del Fin.

―Sí. ―Juugo escuchó el ruido de las tijeras y sintió como ella tiraba del hilo. Luego empezó a vendarle la cabeza―. ¿Cómo puedes estar tan seguro de que yo soy la chica con la que estuviste en el Valle del Fin?

―Había algo diferente en ti. En aquel momento pensé que se debía a la luz del sol. ―Se sentía como un tonto al explicárselo. Debería callarse.

―La única vez que no salimos las dos fue cuando empezaste a salir conmigo por Konoha. Tamaki tenía miedo de que nos descubrieras y lo echáramos todo a perder.

Él odiaba tener que admitir que habría sido muy improbable que la hubiera visto, porque toda su atención estaba puesta en la encantadora joven que lo acompañaba.

―Ya está ―dijo ella acariciándole suavemente la cabeza―. Deberías intentar dormir hasta que desaparezca el dolor.

La cabeza le palpitaba despiadadamente y se sentía desorientado, así que se puso en pie y se apoyó en una de las columnas que había a los pies de la cama.

―Ella mató a Kamizuru.

Tenten asintió con rapidez y apartó la mirada mientras lo hacía.

―Te quedaste conmigo aquella noche a propósito para que ella pudiera tener una coartada. Tú sabías lo que iba a hacer.

La joven se quedó mirando el suelo como si esperara que se abriera y le proporcionara la forma de escapar.

―Sí ―susurró antes de levantar la cabeza y añadir con más fuerza― y no. Tamaki bajó a recibir a la duquesa y a la vizcondesa cuando vino a invitarla al baile. Yo estaba en cama con dolor de cabeza. Cuando Tamaki se dio cuenta de que yo tenía la oportunidad de asistir a un baile, decidió que era la noche perfecta para acabar lo que habíamos empezado. Asumió que Kamizuru volvería a su casa tarde o temprano, y cuando lo hiciera ella se ocuparía de él. Lo único que debía hacer yo era quedarme contigo hasta el alba. Pero yo quería estar contigo. Yo me… ―se humedeció los labios― estaba empezando a encariñar contigo.

―Espero que comprendas que no me crea esa última parte, teniendo en cuenta que te marchaste.

―No creí tener otra opción. Eres muy inteligente. Tarde o temprano yo habría dicho algo que nos habría delatado.

―¿Y pensaste que si te marchabas me olvidaría de todo sin más?

―Tenía la esperanza de que lo hicieras, sí. Pero no estaba tan segura como Tamaki, que confiaba en que ignoraras mi ausencia.

―¿Por qué yo?

Ella suspiró y se acercó a la ventana para mirar fuera.

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Juugo podía escuchar el sonido del viento golpeando los cristales. Era cierto que se acercaba una tormenta, pero dudaba que pudiera competir con la que se había desatado en su interior.

―¿Por qué yo? ―repitió con más sequedad.

―Tamaki y yo no dejábamos de vigilar a Kamizuru ni un segundo y siempre teníamos cuidado de que solo nos viera a una de las dos. Casi nos morimos cuando acudió a Scotland Yard. Poco después nos dimos cuenta de que tú nos estabas siguiendo y asumimos que eras el resultado de la visita que el marqués había hecho a la policía. Tamaki pensó que podríamos aprovecharnos de la situación.

―Y aprovecharos de mí. ―Fue incapaz de contener la furia que se le escapó al decir aquello.

Ella se dio media vuelta.

―Tú no sabes lo que ese hombre le hizo a nuestra hermana. Estábamos decididas a vengarla. Tú eres incapaz de imaginar lo que es perder a alguien de una forma tan injusta.

Oh, ya lo creo que podía. Pensó en su padre.

―Aquel día en el Valle del Fin, cuando me acerqué a ti por primera vez, ¿por qué decidisteis que serías tú la que intentaría atraparme en su red?

La escuchó tragar saliva.

―Fue una simple coincidencia. Si hubieras llegado veinte minutos después, habría sido a Tamaki a quien habrías seguido. Pero cuando me conociste a mí decidimos que siempre sería yo la que estaría contigo. Tú y yo hablábamos tanto que Tamaki pensó que podría decir algo que te hiciera sospechar.

Lo cierto era que habían hablado de muchas cosas. La facilidad con la que podía hablar con ella le había sorprendido. Él nunca había sido muy hablador con las mujeres. Solía comunicarse de otras formas. Pero nada de lo que había vivido con ella había sido como lo que había experimentado con otras mujeres. Y saber que le podía traicionar con tanta facilidad…

―Te he traído un poco del whisky de mi padre ―anunció Tamaki mientras se colaba en la habitación. Llevaba un vestido de color azul pálido con adornos de color azul oscuro. No parecía quedarle bien, pero supuso que la sombra del asesinato nublaba su visión. Era sorprendente que la viera como la más malvada de las dos hermanas y que le provocara tanto disgusto.

Si su cabeza no hubiera estado amenazando con explotar en cualquier momento, si hubiera podido pensar con más claridad, quizá no habría aceptado el vaso, pero tal como estaba pensó que quizá el whisky le ayudaría a aliviar el dolor y a aclararle las ideas. Se bebió el contenido de un solo trago y se deleitó en el calor que se extendió por su pecho.

―¿Quieres más? ―preguntó Tamaki.

―No, ya está bien por ahora.

Tamaki le observó con evidente curiosidad. Él se preguntó cuántas cosas habría compartido Tenten con ella. Recordó que cuando la empezó a seguir no sintió nada en especial por ella. Incluso aquella primera noche en los jardines de Konoha había acudido en su defensa porque su naturaleza le empujaba a proteger a los inocentes. Pero la tarde siguiente todo cambió, vio algo distinto en ella. Aunque no fue capaz de averiguar lo que era. Lo único que sabía era que cuando los dedos de la joven tocaron los suyos al coger el mapa que le ofrecía, de repente, deseó que le tocara todo el cuerpo.

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Entonces se escuchó decir desde una gran distancia:

―Explicadme las circunstancias que llevaron a la muerte de Tetsuya.

―Discutir las malas decisiones de nuestra hermana contigo me parece una traición ―dijo Tamaki.

―Quizá pueda ayudaros si consigo comprenderlo todo. ―Arrastraba las palabras al hablar y de repente se tambaleó.

―Túmbese, señor Juugo ―dijo Tamaki cogiéndolo del brazo y acompañándolo hasta la cama.

―Tamaki, ¿qué es lo que has hecho? ―le preguntó Tenten mientras se acercaba para ayudarla.

―Le he dado algo para que se duerma mientras nosotras encontramos la mejor manera de manejar esta situación.

Él fue consciente de que lo metían en la cama. Tenía la sensación de que su mente había abandonado su cuerpo. Empezaron a pesarle los párpados. Era incapaz de mantener los ojos abiertos. Quería decirles que nada lo alejaría de su propósito salvo la muerte, pero sus labios parecían negarse rotundamente a dejarle hablar.

Finalmente se abandonó al sueño y cerró los ojos. Alguien le puso una manta sobre el cuerpo y la dulce fragancia de las rosas le rodeó. Quería tirar de Tenten, pero los brazos no le respondían. Lo único que pudo hacer fue dejarse llevar por la oscuridad.

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―¿Cómo has podido hacerle eso? ―espetó Tenten.

―¿Cómo podía no hacerlo? Tenemos que pensar detenidamente qué cosas queremos que sepa y cuáles no.

―Deberíamos decírselo todo.

―No estoy de acuerdo. Lo utilizará en nuestra contra.

―Tamaki, ya es tarde para negar lo que hicimos. Si le explicamos los motivos por los que lo hicimos, quizá él pueda ayudarnos.

―¿Y qué pasará si tenemos que explicar los motivos el día de nuestro juicio? Prefiero que me cuelguen antes que deshonrar a Tetsuya delante de todo Konoha. ―Después de decir aquello, Tamaki abandonó la habitación.

Tenten se inclinó hacia delante y besó la frente de Juugo.

―Lo siento mucho.

Luego, aprovechando que estaba dormido y que Tamaki se había marchado, le acarició el pelo que le sobresalía del vendaje. Cuando llegó tenía el pelo revuelto y eso le daba un aspecto salvaje. Paseó los dedos por su rostro que ahora estaba relajado; las marcadas facciones que tanto le gustaban teñían de aspereza aquellos rasgos que le eran tan familiares. Cuando se bajó del caballo su ira era tan intensa como la peor tormenta que jamás hubiera visto aquella tierra. Lo cierto era que no estaba segura de lo que esperaba de él. El hecho de que la hubiera cogido entre sus brazos la aterrorizó y emocionó a un mismo tiempo.

Posó la mano sobre su cuello y sintió el débil latir de su corazón. Tenía ganas de darle a Tamaki una bofetada por haberle drogado. ¿Acaso no le habían hecho ya suficiente daño?

Tamaki la había animado a hechizarlo, seducirlo y distraerlo. Mientras lo hacía, Tenten había creído estar entre el cielo y el infierno. Disfrutó de cada minuto de su compañía, incluso a pesar de que todos estaban teñidos de culpabilidad.

Sabía muy bien que cada vez que empezaba a hacerle preguntas estaba intentando descubrir lo que se proponía. Tenten había sentido muchas ganas de confesárselo todo, de pedirle consejo, de compartir sus dudas con él. Tamaki siempre estuvo convencida de que, a pesar de su terrible comportamiento, un lord del reino no recibiría castigo alguno. Eran ellas quienes debían conseguir que aquel hombre pagara por lo que le había hecho a Tetsuya y tal vez a otras mujeres.

Tenten estaba de acuerdo en que alguien tenía que castigar a Kamizuru. Pero nunca quiso hacerle daño a Juugo. Después de pasar aquella última noche entre sus brazos, se dio cuenta de que, aunque deseara lo contrario, le acabaría haciendo daño.

Le cogió la mano, se la acercó a los labios y le besó los nudillos.

La venganza no era cosa de débiles, pero ella había descubierto demasiado tarde que tampoco iba con ella.

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Cuando Juugo se despertó ya había oscurecido y el viento ululaba emitiendo un desolador sonido que parecía proceder de su propio corazón. Sabiendo todo lo que sabía sobre la confabulación de Tenten, ¿cómo podía ser que hubiera dejado que lo hechizara de nuevo? ¿Cómo podía seguir pareciéndole tan inocente? Podría haber jurado que había visto arrepentimiento en los ojos de la joven, pero también había visto una ternura y una poderosa atracción tan intensa como la que sentía él.

Se dio la vuelta sobre el colchón, descolgó las piernas por un lateral de la cama y se sentó. Se mareó un poco y esperó un momento a que se le pasara. Le palpitaba un poco la cabeza, pero sospechaba que tenía más que ver con lo que fuera que Tamaki le hubiera puesto en el whisky que con la coz del caballo. Deseó llevársela a Konoha y dejar allí a Tenten, ¿pero cómo explicaría haberle facilitado una coartada? En cualquiera de los casos, él quedaría como un tonto, pero por lo menos la verdad no destruiría su reputación, solo la mancillaría un poco. Sin Tenten le acabarían viendo como un mentiroso y ya no podría trabajar en Scotland Yard.

Había trabajado muy duro para superar sus orígenes y para que la sociedad dejara de verlo como el hijo de un ladrón. Se negaba a tirar por tierra sus esfuerzos a cambio de nada. Aunque estuviera muerto, su padre merecía un hijo más digno. Juugo siempre había estado decidido a no decepcionarlo.

Se puso en pie, se acercó a la ventana y perdió la mirada en la oscuridad. La lluvia golpeaba las contraventanas. Bajo la luz de los rayos vio las blancas crestas de las agitadas olas del mar y cómo los árboles se doblaban bajo la fuerza del viento. Se escuchó un trueno ensordecedor. Aquel marítimo lugar no estaba hecho para las personas que se asustaran de la fuerza y el poder. No le extrañaba que Tenten fuera tan valiente. No cabía duda de que aquellas tormentas la habrían endurecido; esa chica conocía la fuerza de la naturaleza y sabía cómo hacerle frente.

Tenten. Al pensar en su nombre lo asaltaban emociones encontradas: deseo y aversión. Ella y su hermana se habían tomado la justicia por su mano. Maldita sea, era muy hipócrita por su parte no admitir que él había hecho lo mismo en más de una ocasión. Él siempre había justificado sus acciones porque creía que sabía muy bien lo que era la justicia debido a la gran cantidad de injusticias que había presenciado durante su infancia. No era más que un arrogante. Tenten le estaba obligando a afrontar sus propios defectos y no le gustaba nada.

Se alejó de la ventana, cruzó la habitación en dirección a la puerta, giró el pomo y descubrió que estaba cerrada. Apoyó la frente sobre la madera y esbozó una oscura sonrisa. Por lo visto, incluso después de todo lo que habían compartido durante el poco tiempo que habían pasado juntos, Tenten no tenía ni idea de con quién estaba tratando.

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En la cocina, Tenten doblaba con cuidado la servilleta que colocaría en la bandeja que preparaba para Juugo. Era realmente estúpido que quisiera que todo estuviera perfecto, especialmente cuando estaba convencida de que él se levantaría de mal humor.

―Ya sé que estás enfadada porque le he dado un somnífero ―empezó a decir Tamaki mientras cortaba el cordero.

Hacía casi una hora que no hablaban. Mientras Tamaki se ocupaba de los preparativos para la cena, Tenten se había concentrado en meter a los animales en el establo antes de que llegara la tormenta.

―Estoy mucho más que enfadada. Él no ha hecho nada para merecerse esta desconfianza ―replicó Tenten, que estaba empezando a perder la paciencia con su hermana y hartándose de que pareciera incapaz de comprender que ya habían cruzado la línea una vez. No pensaba dejar que aquello se convirtiera en una costumbre.

―Ese hombre ha venido a arrestarnos y he estado pensando largo y tendido en ello. Lo mejor que podemos hacer es convencerlo de que te deje aquí. Seamos francas, ¿qué vamos a conseguir si dejamos que nos cuelguen a las dos? A fin de cuentas, todo fue idea mía. Tú solo te dejaste llevar porque es tu forma de ser.

―Si no recuerdo mal, tú sugeriste que le matáramos; y luego estuvimos discutiendo sobre cuál de las dos tendría el honor de acabar con su vida.

Tamaki frunció los labios.

―Supongo que tú también estabas convencida de que teníamos que matarle.

―Claro que sí. Yo también leí el diario de Tetsuya.

―Entonces quizá yo también deba leerlo. ―Una profunda voz resonó por la cocina.

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Tenten y Tamaki se volvieron sobresaltadas al tiempo que daban pequeños gritos. Estaban muy juntas y se agarraron la una a la otra como si el diablo acabara de surgir del infierno para venir a buscarlas. Pero solo era Juugo; su figura ocupaba toda la puerta y estaba increíblemente atractivo a pesar del estado en el que se encontraba. Se había quitado el vendaje de la cabeza, pero no se había molestado en ponerse el chaleco y la chaqueta; en realidad, ni siquiera se había molestado en volver a abotonarse la camisa. Solo se le veía el cuello y una parte del pecho, pero fue suficiente para que Tenten se muriera por tocarlo. Si Tamaki no le hubiera estado agarrando las manos con tanta fuerza, quizá Tenten se habría acercado a él para hacer precisamente eso: tocarlo, acariciarlo y abrazarlo.

La comisura de sus labios se curvó y esbozó la chulesca sonrisa que tanto le gustaba a Tenten.

―No pensarías que una puerta cerrada me iba a impedir salir de la habitación, ¿verdad? ―Levantó la mano y le enseñó una pequeña horquilla con un diamante en la punta. Tenten se dio cuenta de que era una de las horquillas que llevaba la noche del baile, la que se había olvidado en su habitación―. Yo me crie entre ladrones y carteristas. Para mí una cerradura es un juego de niños.

Tenten soltó a su hermana y la fulminó con la mirada.

―¿Cerraste la puerta?

Tamaki la miró con terquedad.

―Lo hice mientras estabas fuera ocupándote de los animales. Quería asegurarme de que si se levantaba pronto no nos molestaba mientras trazábamos un plan.

―Tamaki…

Antes de que pudiera continuar, Tamaki miró enfadada a Juugo.

―Ha sido muy grosero por tu parte que nos asustaras de ese modo ―dijo su hermana con un tono de voz tan afilado que podría haber cortado el cordero.

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Tenten sabía que su aspereza se debía a que temía haber perdido el control de la situación. Tamaki era la conspiradora, la planificadora, la de los grandes esquemas y diseños. Hubo un tiempo en que todos sus esfuerzos se centraron en la forma de conseguir el mejor marido; últimamente su máximo interés estribaba en cómo evitar la horca.

―No eres precisamente hospitalaria ―dijo Juugo.

―Supongo que estás esperando a que me disculpe por haberte dado el somnífero.

Él negó con la cabeza.

―No, la verdad es que no espero nada de ti.

Sus palabras estaban repletas de significado, como si Tenten y Tamaki fueran gentuza de la peor calaña, como si fueran serpientes que merecían arrastrarse sobre sus tripas.

―Estaba preparando una bandeja, bueno, tu cena ―dijo Tenten con la voz temblorosa.

Estaba deseando cambiar de tema y conseguir poner cierta paz.

―Soy perfectamente capaz de comer en la mesa. No necesito que me sirvan.

Tenten asintió con brusquedad.

―Muy bien. Serviremos la cena dentro de media hora.

Él deslizó los ojos sobre su cuerpo muy lentamente y luego los posó sobre Tamaki.

―Si vuelves a poner algo en mi comida o en mi bebida más te vale matarme, porque si no cuando me despierte sufrirás las consecuencias de mi ira, y créeme cuando te digo que no es precisamente agradable.

Abandonó la cocina sin decir ni una sola palabra más.

―Yo soy incapaz de tomar ni un solo bocado con ese hombre sentado a la mesa ―dijo Tamaki.

Tenten tampoco podría, pero sospechaba que sus motivos serían muy distintos a los de Tamaki. A pesar de todo, no había nada que deseara más que volver a estar entre sus brazos.

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