Los personajes de Naruto no son míos, son de Kishimoto... la historia si es de Lorraine Heath

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ACLARACIÓN

Será una adaptación, sin embargo haré algunos cambios, sobretodo con el personaje de Karin, en la historia original es un personaje odioso al ser una Mary Sue que sinceramente aborrecí, y cambiaré un poco el amor del protagonista por Karin, en esta versión sale un poco porque la sustituiré con otro personajes en ciertas ocasiones.

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Espero disfruten esta historia, la cuarta de esta serie de adaptaciones; así como yo lo hice.

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CAPÍTULO 15

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El viento seguía soplando fuera y eso los obligaba a permanecer encerrados en la casa. Además, había anochecido más pronto debido a la tormenta.

Sobre la mesa ardían varias velas. Sirvieron los platos: cordero, patatas y alubias. El silencio reinaba entre ellos, a excepción de algún arañazo ocasional sobre la porcelana fina.

Lo que sorprendió a Tenten fue que Juugo se sentó a la mesa bien afeitado, y que volvía a llevar el chaleco, el pañuelo del cuello y la chaqueta. Aunque no importaba el aspecto que tuviera, si parecía un rufián o un caballero, cada vez que le veía se le encogía el estómago.

Estaba sentado a la cabeza de la mesa y ella y Tamaki habían ocupado las sillas que quedaban a ambos lados. Su padre nunca había tenido la presencia que demostraba Juugi sentado allí, que ocupaba ese espacio de una forma tan natural como el mismísimo rey. Se esforzó por no pensar en lo mucho que le gustaría ver a Juugo allí sentado cada noche. Pero él no estaba hecho para la tranquila vida costera. Aunque en aquel momento la noche era de todo menos tranquila.

―¿Existe alguna posibilidad de que el viento se lleve la casa y acabe flotando en el mar? ―preguntó tranquilamente.

―No ―le aseguró Tenten―. El viento procede del mar, así que me imagino que, si se la llevara y acabáramos en algún otro sitio, sería en el pueblo.

La diversión iluminó los ojos de Juugo. Ella casi olvida que estaba allí por un motivo que no tenía nada de divertido.

Intentó no preguntarse qué habría pasado si ella hubiera sido la hija elegida para ir a Konoha la temporada pasada, o si le habría conocido en algún baile. ¿Se habría fijado en ella? ¿La habría sacado a bailar? ¿La atracción habría nacido entre ellos con tanta facilidad como lo había hecho cuando la situación estuvo teñida de misterio?

Él la observó por encima de su copa de vino. Hacía un rato que él mismo había traído aquella botella de la bodega, la había abierto, se había servido una copa, y no la había perdido de vista ni un momento. Lentamente, casi sospechosamente, centró su atención en Tamaki, y luego la volvió a centrar en Tenten.

―Tu casera solo estaba al corriente de la existencia de una chica.

―No digas nada, Tenten ―le ordenó Tamaki con severidad―. Lo único que tiene son especulaciones y conjeturas. No puede demostrar nada. No hay ninguna prueba de que tú hayas estado en Konoha.

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Su inquisidora mirada se posó sobre Tenten con más firmeza.

―Porque fueras a donde fueras e hicieras lo que hicieras, siempre aseguraste ser Tamaki. Supongo que siempre planeaste estar en algún lugar, en compañía de alguien, mientras Tamaki se encargaba del marqués. Yo encajé muy bien en vuestro pequeño esquema.

―Sí. ―Se obligó a decir aquella palabra que brotó de entre sus labios envuelta en arrepentimiento. Ella pretendía haber utilizado a alguien de la calaña de Kamizuru. No tan ruin como él, pero sí la clase de hombre que mereciera ser utilizado. Nunca esperó conocer a alguien como Juugo, con una moral que siempre apuntaba en dirección a la decencia, el honor y los principios. Entonces él empezó a dar suaves golpecitos sobre la copa con su dedo; parecía estar encajando piezas de un rompecabezas. De repente su dedo se detuvo y lo extendió como si quisiera decir algo.

―Podría haber funcionado si no te hubieras marchado tan increíblemente deprisa, casi sin decir ni adiós. ―El fuego que ardía en sus ojos era tan intenso como el que ardía en la hoguera―. Especialmente después de las intimidades que compartimos.

Quería hacerle daño y despreciar lo que ella le había dado. Tenten vio la intención de aquellas palabras reflejada en sus ojos y supuso que se lo merecía.

―¿Qué clase de intimidades se pueden compartir en un carruaje? ―preguntó Tamaki.

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«Cielo santo. No tenía ni idea.» Tamaki no estaba por la labor de darle detalles a su hermana, especialmente teniendo en cuenta que la mayoría de las intimidades no habían ocurrido en el carruaje.

―Quería esperar; quería volver a verte, pero tenía miedo de que vieras la verdad en mis ojos.

Él no le preguntó qué verdad: ¿sería la verdad de que había ayudado a quitarle la vida a un hombre, la verdad de que se había enamorado de él, o la verdad de que la última noche que había pasado con él había sido la mejor de su vida? Quizá se dio cuenta de las muchas razones que tenía para marcharse, porque volvió a centrar la atención en su comida. El silencio y la incomodidad volvieron a reinar en la mesa durante algunos minutos. Ella sospechó que todos estaban reflexionando sobre la gravedad de sus vidas, que ahora estaban irremediablemente entrelazadas. El engaño no proporcionaba una base sólida sobre la que construir nada duradero. Incluso su relación con Tamaki se había enrarecido desde que habían vuelto de Konoha.

―Así que creciste aquí.

Su repentina voz resonó en el silencio como un trueno. Tenten se sorprendió y a Tamaki incluso se le llegó a caer el tenedor en el plato. En realidad, él no había preguntado nada, pero Tenten pensó que debía darle alguna respuesta. Levantó la vista y observó a su hermana, que había recuperado el tenedor y estaba moviendo su comida por el plato.

―Sí ―dijo Tenten―. Nacimos en esta casa. Ha pertenecido a la familia durante dos generaciones, muy poco tiempo si lo comparamos con los años que hace que existen las aldeas.

―¿No tenéis sirvientes?

―Los teníamos antes de que papá muriera. Teníamos una cocinera, una doncella y un sirviente que hacía las veces de mayordomo y de lacayo. ―Tenten sabía que estaba divagando. ¿Qué importancia podía tener para él esa detallada información sobre sus sirvientes? Pero le estaba costando mucho soportar la tensión que se había adueñado del ambiente. Sin embargo, Juugo, aunque estaba distante, parecía sentirse muy cómodo―. ¿Intentas decirnos que la comida está mala?

―La he comido peor.

Se limpió las manos en la servilleta que tenía sobre el regazo y recordó que él nunca había salido de Konoha. A Tenten le habría encantado estar a su lado mientras descubría el campo.

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―¿Disfrutaste de las vistas cuando venías de Konoha?

―La verdad es que no me fijé.

―Qué lástima. Hay campos muy bonitos. Quizá pueda enseñarte algo antes de que vuelvas, bueno, antes de que todos volvamos a Konoha.

―¡Cielo santo! ―espetó Tamaki poniéndose de pie―. ¿Podemos olvidar las cortesías? Este hombre ha venido a llevarnos a la horca, Tenten. Yo no tengo ningunas ganas de enseñarle nada.

Tiró la servilleta en la mesa y abandonó el salón con la misma fuerza que la tormenta que se había desatado fuera. Cuando la vio marchar, Tenten no pudo evitar alegrarse de poder estar un rato a solas con Juugo.

Carraspeó.

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―Te ruego que la disculpes. Últimamente no parece ni la sombra de sí misma.

―¿Y tú, cómo puedes estar tan relajada? ¿Acaso pretendes utilizar alguna artimaña para convencerme de que debo pasar por alto lo que has hecho?

―No. No pienso volver a mentirte. Y sinceramente, teniendo en cuenta lo que hicimos, afrontar el castigo será un alivio. Desde que abandoné Konoha no he vuelto a dormir bien. Apenas como. No me apena que ese hombre haya muerto. Pero a veces lamento que hayamos sido nosotras quienes le quitáramos la vida. ¿Tú te arrepientes de algo, Juugo?

Él se levantó de la silla y se arrodilló junto a ella. Sus preciosos ojos naranja estaban llenos de compasión. Le cogió la cara con las manos y le limpió las lágrimas que resbalaban por sus mejillas con los pulgares.

―El arrepentimiento ha gobernado mi vida, Tenten.

La besó con suavidad y ternura. La pasión siempre había rugido entre ellos: parecía que los dos supieran que disponían de poco tiempo para estar juntos y que cuando pasara desaparecería para siempre. Ahora el sentimiento se había estancado, pero ella seguía notando que las brasas del deseo luchaban por no morir y se esforzaban por volver a arder con la misma intensidad que antes.

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Cuando se separó de ella le dijo:

―Quiero leer el diario de Tetsuya.

Durante un maravilloso momento ella pensó que quizá él hubiera olvidado que era un policía con un deber que cumplir. Pero estaba convencida de que ese hombre no acostumbraba a olvidar sus obligaciones, del mismo modo que ella no conseguía olvidar sus pecados. Tenten se enjugó las lágrimas y le dijo:

―Yo te lo traeré.

Juugo la sorprendió ayudándola a recoger la mesa. Luego ella lavó los platos y él los secó.

―No estoy acostumbrada a ver a un hombre en la cocina ―dijo ella―. Cuando mi padre se levantaba de la mesa, siempre se iba a su estudio a disfrutar de una copa de brandy y a fumar en su pipa.

―No confío en que tu hermana no haya puesto láudano en todos los licores de la casa. Y en cuanto a la pipa, el aire de Konoha ya está lo suficientemente viciado. No quiero ensuciarme más los pulmones. Me encanta cómo huele en este lugar.

Ella sonrió.

―Espera a que la tormenta pase de largo, ya verás lo bonito que es.

Juugo no quería pensar en lo que sucedería cuando la tormenta pasara de largo. La miró y dijo:

―Cuando vivía con Orochimaru, todos teníamos asignada alguna tarea. La mía era lavar los platos. A la mayoría de los chicos no les importaba, pero yo no puedo soportar el olor a comida podrida.

―No me extraña.

―Me recordaba al olor de la prisión de Konoha. Fui a visitar a mi padre antes de que lo colgaran. ―Su voz era sombría y ella percibió cómo se teñía de recuerdos desagradables.

―Parece que sigas echándolo de menos.

―Cada día. Y ya hace un poco más de veinte años que murió.

Tenten le dio el último plato.

―Yo creo que es muy bueno no olvidar. A veces tengo la sensación de que Tetsuya sigue estando conmigo. Voy a buscar el diario. Te espero en el salón.

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Tamaki se negó a salir de su habitación. A Tenten no le importó. Gracias a la decisión de su hermana pudo quedarse a solas con Juugo en el salón. Le había traído el diario y le había explicado que las partes importantes empezaban el junio pasado, que fue cuando Tenten llegó a Konoha. Ella ya se había dado cuenta de que Juugo era un hombre muy meticuloso, por lo que no le extrañó que abriera el diario por la primera página y empezara por el principio.

Resultaba un poco extraño, pero Tenten no tenía prisa por que acabara de leerlo. Y, a juzgar por el tiempo que tardó en pasar de página, le quedó claro que no era un hombre que leyera especialmente deprisa. Si tenía la intención de ojear todo el diario antes de marcharse, entonces ella y Tamaki dispondrían de algunos días de libertad para organizarlo todo. Tenían que encontrar a alguien que se hiciera cargo de los pocos animales que les quedaban; y también deberían resolver el asunto de la casa. Podían cerrarla, pero al final alguien tendría que quedársela. O quizá lo mejor sería que la vendieran. Iban a necesitar dinero para pagarse un abogado, y siempre trataban mejor a las personas con dinero.

Mientras él leía, Tenten se puso a coser. Juugo había encendido un fuego en la chimenea, por lo que la habitación estaba acogedora y calentita. También parecía confiado en que Tamaki no habría echado somníferos en todos los licores de la casa, porque se sirvió una copa del brandy de su padre. Junto al sillón en el que se había sentado descansaba una copa medio llena. Tenten se acomodó en una butaca que estaba al otro lado de la mesita para compartir la luz de la lámpara con él. Se encontraba lo bastante cerca de él como para oler su fragancia y escuchar el crujido del papel cada vez que pasaba la página.

Así era tal como había soñado que sería su vida cuando se casara y tuviera hijos. Pero los años que le aguardaban no serían así. De repente se le secó la boca y su lengua no parecía querer cooperar.

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―¿Crees que hay alguna posibilidad de que nos deporten en lugar de llevarnos a la horca?

Él levantó la vista del diario con una expresión inescrutable en el rostro.

―¿Es eso lo que prefieres?

Ella quería tragar saliva, pero seguía teniendo la boca seca.

―No lo sé. Supongo que pienso que vivir, aunque sea una vida tan dura como esa, siempre es mejor que la muerte.

―No es dura. Es brutal.

Ella asintió. No conocía a nadie que hubiera sido deportado. A decir verdad, la única persona que conocía que hubiera estado en la cárcel era Juugo, y ya había visto lo que le habían hecho en la espalda cuando era solo un niño. Era incapaz de imaginar lo duro que sería el castigo cuando se trataba de adultos.

Como si fuese consciente de los inquietantes pensamientos que le pasaban por la mente, él dijo:

―Si estuviera en tu lugar, yo no me preocuparía demasiado por eso.

―Tienes toda la razón. Debería aprovechar lo mejor que pueda el tiempo que me queda mientras esté aquí. ―Observó los torpes bordados que tenía sobre el regazo―. Ni siquiera sé por qué me estoy preocupando por esto. Es imposible que lo acabe antes de que nos vayamos. Dudo que…

―Tenten.

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Su voz era firme pero tierna, y la atrajo como lo hacía hasta el último rasgo de su persona. Estaba a gusto a su lado incluso a pesar de saber que él significaría su muerte.

―Vuelve a decir mi nombre.

Ella no comprendió la pelea que percibió en su semblante. ¿Acaso sentía repulsión por ella y no quería dejar que su nombre resbalara por su lengua?

―Tenten ―murmuró al fin.

―No te puedes ni imaginar la cantidad de veces que he deseado que dijeras mi nombre en lugar del de Tamaki. ―Agachó la cabeza porque no quería que él viera las detestables lágrimas que volvían a asomar a sus ojos―. ¿Me desprecias mucho por haberte engañado?

Parecieron pasar varios minutos antes de que él dijera:

―Probablemente no tanto como tú te desprecias a ti misma.

Ella le miró. Estaba sorprendida de su franqueza, pero se sintió aliviada al escuchar sus palabras. Aunque a juzgar por lo mucho que ella se odiaba a sí misma, quizá el desprecio que Juugo sentía por ella fuera mayor de lo que deseaba.

―Eres un hombre muy sabio, Juugo no Tenpi.

―Yo he visto de todo en la vida. Algunas personas eran culpables. Algunas inocentes. Algunas se merecían el destino que encontraron. Otras no. Hace tiempo conocí a un chico, era todo un gallito y un poco avaricioso. Quería todo lo que veía. Un día observó cómo un caballero se sacaba un reloj de oro del bolsillo. Brillaba muchísimo. El chico pensó que le gustaría tenerlo, y que lo tendría. Así que lo robó. Pero no era especialmente hábil.

»El caballero se dio cuenta enseguida de que alguien le había robado el reloj y empezó a llamar a la policía. El chico se asustó. Su padre estaba cerca de allí, así que el chico decidió meter el reloj en su bolsillo. Supongo que fue la cara de sorpresa del padre lo que llamó la atención del policía que le registró. Y el caballero, bueno, él era lord. No le gustó que le robaran el reloj. Se ocupó de que en menos de quince días colgaran a aquel hombre por lo que había hecho. El hombre no defendió su inocencia y no culpó a su hijo ni una sola vez. Subió los escalones del patíbulo como si no se arrepintiera de nada en la vida. El arrepentimiento se quedó con su hijo.

A Tenten le empezó a doler el pecho como si fuera tan pequeño que no hubiera espacio para su corazón.

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―Tú eras su hijo.

Vio la respuesta reflejada en sus ojos. Hacía veinte años que convivía con el arrepentimiento.

―Mi padre me dijo que todo era una broma, que estábamos engañando a la justicia. Después de aquello me fui a vivir con Orochimaru. Él siempre obligaba a los nuevos a cambiarse el nombre. No Tenpi me pareció un buen nombre para un niño que consiguió que colgaran a su padre en su lugar.

A pesar de todos los años que habían pasado, el corazón de Tenten se enterneció ante el chico que estaba sentado en ese sillón dentro del cuerpo de aquel hombre.

―¡Oh, Juugo!, él no habría querido que vivieras con arrepentimiento. Tu padre sabía muy bien lo que estaba haciendo. Los padres nunca dejan de sacrificarse por sus hijos.

―Eso no hace que me resulte más fácil vivir con ello, Tenten.

―Y ese es el motivo de que no lleves reloj.

―Soy incapaz de comprarme uno, incluso aunque ahora me lo pueda permitir.

A continuación, siguió leyendo el diario como si hubieran estado hablando del tiempo.

A ella no se le ocurrió nada que decir para consolarlo, así que dejó que siguiera sin interrumpirlo.

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