Los personajes de Naruto no son míos, son de Kishimoto... la historia si es de Lorraine Heath
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ACLARACIÓN
Será una adaptación, sin embargo haré algunos cambios, sobretodo con el personaje de Karin, en la historia original es un personaje odioso al ser una Mary Sue que sinceramente aborrecí, y cambiaré un poco el amor del protagonista por Karin, en esta versión sale un poco porque la sustituiré con otro personajes en ciertas ocasiones.
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Espero disfruten esta historia, la cuarta de esta serie de adaptaciones; así como yo lo hice.
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CAPÍTULO 16
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Cuando el reloj que descansaba sobre la repisa de la chimenea dio las diez, Juugo no estaba cansado. Aquella tarde había dormido mucho a causa de las drogas que Tamaki había puesto en su bebida (se le hacía muy extraño lo desagradable que le resultaba de repente un nombre que adoraba hacía solo unos días). Sin embargo, Tenten estaba agotada. Le dijo que durmiera en su habitación; ella iba a hacerlo con Tamaki. Si es que conseguía dormirse.
Aunque fue muy consciente de que parecía un payaso sin modales, Juugo no se levantó del sillón cuando Tenten se puso en pie. Sabía que si se levantaba sería incapaz de acercarse a ella sin cogerla en brazos y llevársela a la cama. Y eso suponiendo que pudiera aguantar tanto como para subirla al piso de arriba. Su cuerpo acusaba tanto la soledad en presencia de la joven que era bastante posible que intentara poseerla antes de abandonar la habitación. Así que se quedó donde estaba y le dio las buenas noches distraídamente sin siquiera levantar la vista del diario. Era un auténtico infierno tener que estar sentado a su lado sin tocarla.
Para empeorar un poco más las cosas, le había contado su más profundo y oscuro secreto como si se tratara de un cuento de hadas. ¿En qué diablos estaba pensando para confesarle los pecados que había cometido con su padre? Ahora ella sabía que él también era responsable de la muerte de un hombre. Lo que había hecho era como si hubiera asesinado él mismo a su padre, como si hubiera sido él quien le puso la soga al cuello. El sentimiento de culpa llevaba persiguiéndolo veinte años y a su paso había dejado unas heridas que nunca se curarían. Nadie sabía que existían, ni siquiera Karin, pero parecía incapaz de tener secretos para Tenten.
Cuando Juugo cerró el diario ya pasaba de medianoche. Su intención era llegar a conocer bien a la chica para comprender cómo le afectó lo que le sucedió después. Quizá una parte de él también estuviera buscando pistas sobre Tenten. No quería creer que todo lo que le había dicho en Konoha fuera mentira. Seguro que había compartido parte de su verdadera personalidad con él, incluso a pesar de que ni su nombre ni sus intenciones fueran sinceras. ¡Maldita sea! No quería perderla; no quería perder a la mujer que había conocido en Konoha, esa chica que tanto le fascinaba, que le hacía reír, que conseguía que se sintiera feliz de despertarse cada mañana, que le daba un motivo para afrontar el día.
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Él pensaba que había más de Tenten en la chica que había conocido en Konoha que en la mujer que le observaba en aquella casa, esa joven con preocupación y recelo en la mirada. Aunque no la culpaba por las dudas que pudiera albergar. Ni siquiera él estaba seguro de poder explicar todos los motivos que le habían llevado hasta allí. Sabía que en parte lo había hecho por orgullo, porque había dejado que se le escapara un asesino. Y también que el honor había tenido mucho que ver, porque ahora alguien podía poner su palabra en entredicho. Pero aquello iba más allá del trabajo. Había tanto más que era incapaz de explicarlo.
Fuera se seguía escuchando la tormenta. Juugo no estaba seguro de poder dormir con todos aquellos aullidos y tanto ruido. Incluso la lluvia era más ruidosa que la de Konoha. Se masajeó el cuello dolorido y decidió que ahora que las dos hermanas estaban acostadas lo que realmente necesitaba era un baño caliente.
Encontró un baño justo al lado de la cocina. No cabía duda de que hacía poco que lo habían construido. Empezó a llenar la bañera. A él le gustaba llenarla hasta arriba con agua muy caliente, y tardó un buen rato en conseguir que el agua estuviera a su gusto. Acababa de quitarse la camisa cuando se abrió la puerta.
Cuando se volvió se le aceleró el corazón, pero recuperó el ritmo enseguida.
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―Tamaki.
Ella se rio y se puso bien el chal alrededor de los hombros. Dio dos pasos hacia él.
―¡Oh, Juugo!, no te imaginas lo mucho que me duele que no me reconozcas. Soy yo. Tenten.
―Ni en sueños.
Ignorándola y con cuidado para que no pudiera verle la espalda, metió la mano en el agua. Seguía muy caliente, pero por poco tiempo.
―No me puedo creer que después de todo lo que hemos compartido…
Juugo se volvió y la cogió de la muñeca antes de que pudiera tocarle el hombro. No estaba seguro de las emociones que se proyectaban en su rostro, pero, a juzgar por lo mucho que la joven abrió los ojos, supuso que ella veía exactamente lo que él pretendía.
―Déjame en paz. No quiero tener nada que ver contigo.
Ella se llevó la mano al pecho como si le hubieran arrancado la poca vida que le quedaba.
―Tú no puedes diferenciarnos. Nadie ha sido nunca capaz de hacerlo. Ni siquiera papá. ¿Cómo puedes estar tan seguro de que no soy Tenten?
Él la soltó y se alejó de ella.
―Por tus ojos.
―Son del mismo tono castaño.
―Quizá sean del mismo color, pero las almas que reflejan son muy distintas.
Ella hizo un gesto de burla.
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―Supongo que la mía es más dura. Se lo merecía, ¿sabes? Ya lo verás. Lo comprenderás cuando acabes de leer el diario. Tenten me ha dicho que querías leerlo todo. No tiene sentido. Fue lo que ocurrió el verano pasado lo que la destruyó.
―Me ocuparé de este asunto de la forma que me parezca más conveniente. ―Metió los dedos en el agua e hizo un gesto con la cabeza en dirección a las manos vendadas de la joven―. ¿Qué te ha pasado?
Ella se las frotó.
―No consigo quitarme su sangre de las manos. No dejo de intentarlo, pero siempre queda un poco.
―Mételas en vinagre. Disuelve la sangre.
―¿De verdad?
No, pero fue el remedio que funcionó después de que colgaran a su padre, cuando Orochimaru le acogió. Juugo se peló las manos intentando limpiarse la sangre que solo él podía ver, él y Orochimaru. Pasaron varios años hasta que se dio cuenta de que Orichimaru le dijo lo que necesitaba escuchar para que dejara de intentar limpiarse la sangre imaginaria de las manos. Pero las pesadillas eran algo que había tenido que solucionar por sí mismo. Los fantasmas seguían visitándole de vez en cuando, normalmente en el aniversario de la muerte de su padre.
―Sé que funciona ―fue lo único que le dijo.
―Lo intentaré por la mañana y dejaré que sigas con tu baño. ―Se volvió para marcharse, pero luego miró hacia atrás―. Ella quería quedarse en Konoha para estar contigo. Fui yo quien la convenció de que solo estaríamos a salvo si nos manteníamos unidas. Debería bastar con que nos colgaran a una de las dos. Por favor, asegúrate de que no sea ella. Yo sería incapaz de vivir conmigo misma si no fuera así.
Juugo observó cómo se marchaba. Seguía sin confiar en ella, pero estaba bastante seguro de que quería a su hermana, a las dos. Eso no excusaba lo que había hecho, pero lo hacía un poco más comprensible.
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Negó con la cabeza sin haber resuelto su dilema y volvió a centrarse en su baño. El agua estaba tibia, así que empezó a calentar otro recipiente. Cuando el agua estuvo a su gusto, se quitó el resto de la ropa y se metió en la bañera. El agua caliente lo envolvió cuando se sentó en uno de los extremos. Extrañó la enorme bañera de cobre que había encargado hacer para que cupiera todo su cuerpo. Aunque por lo menos el agua caliente en la que se sumergió se llevó parte de la tensión que le agarrotaba los músculos.
Cuando decidió ir hasta allí no estaba seguro de lo que esperaba encontrar. Era evidente que deseaba hallar a la mujer que había conocido en Konoha. Pero no sabía si quería que fuera la misma o distinta a la mujer con la que había compartido su cama. Si fuera distinta podría seguir enfadado y llevarla ante la justicia. Si fuera la misma, cada paso que dieran hacia Konoha sería un infierno.
Dejó caer la cabeza hacia atrás. Aquello era un infierno.
Quería ensillar el caballo que había alquilado y dejarla allí. Volver a Konoha. Explicarle a sir Kabuto que él, el mejor detective de la ciudad, estaba desconcertado y que el asesinato de lord Kamizuru quedaría sin resolver. El perfecto expediente de Juugo dejaría de ser perfecto.
Pero dejarla allí significaba no volver a tenerla nunca en su vida, porque le resultaría más difícil mentir sobre el crimen teniéndola a su lado. También era muy posible que la culpabilidad fuera erosionándola poco a poco y que acabara destruyendo lo que él tanto quería. Ya se había dado cuenta de que el deterioro había comenzado. Estaba más delgada que en Konoha y sus pasos eran más pesados, como si ahora cargara un peso mucho más pesado sobre los hombros. Tenía los ojos hundidos y rodeados de un círculo oscuro que apagaba su mirada. Era la misma mujer que había conocido en Konoha, pero al mismo tiempo ya no lo era.
Él conocía muy bien el poder de la culpabilidad. Le había hecho compañía durante muchos años. Ojalá no hubiera robado aquel reloj… Si lo hubiera tirado a la calle en lugar de meterlo en el bolsillo de su padre… Su padre siempre le había parecido un hombre enorme y capaz de manejar cualquier situación. Él encontraba trabajo cuando los demás eran incapaces, siempre conseguía que tuvieran un techo sobre la cabeza y un bocado que llevarse al estómago. Pero nunca habían tenido dinero para caprichos, solo para lo esencial. Y aquel reloj de oro parecía tan bonito…
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Juugoo enterró aquellos oscuros pensamientos en el sucio rincón al que pertenecían. Pensando en ello solo conseguía olvidarse de su propósito. Además, el agua se había enfriado. Había llegado el momento de reflexionar sobre otras cosas. Se frotó rápidamente. Salió de la bañera y se secó antes de ponerse los pantalones. Creyó que no necesitaba ponerse nada más. Estaba seguro de que Tamaki ya habría vuelto a la cama.
Después de limpiar el baño cogió un quinqué y empezó a andar por la casa asegurándose de que no quedaba ningún quinqué encendido a su paso. Luego subió las escaleras en dirección a su habitación.
Las sábanas estaban abiertas. Dejó el quinqué en la mesita de noche, se quitó la ropa, se metió en la cama, bajó la llama del quinqué y se tumbó. El olor a rosas de Tenten le envolvió. Se esforzó para no pensar en ella acurrucada en aquella cama.
Se centró en la ventana y en las cortinas echadas. Vio el reflejo de un relámpago y recordó los fuegos artificiales que habían visto juntos, el beso…
Cada maldito detalle le recordaba a Tenten y lo mucho que había disfrutado teniéndola en su vida. Cada maldito detalle le recordaba que ella ya no formaba parte de las alegrías de su vida, que ahora era una sospechosa. Peor aún, era una sospechosa a la que él debía arrestar.
Era cierto que había sido Tamaki quien le había asesinado, pero Tenten era cómplice de la muerte de Kamizuru. Por mucho que quisiera, era incapaz de pasarlo por alto. Y al no pasarlo por alto no podía ignorar que ella no había confiado en él, que le había utilizado y que le había traicionado.
Le resultaba más sencillo olvidarse de todo cuando la estaba mirando, cuando la observaba, cuando la podía tocar. También le resultaba imposible saber qué parte de su verdadera personalidad había compartido con él en Konoha. Ya le había engañado una vez. No tenía ninguna intención de volver a caer en la trampa.
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Cuando Juugo se despertó el cielo se había teñido de gris. Había dejado de llover y el sol intentaba brillar a través de las nubes que quedaban. En la casa reinaba el más absoluto de los silencios. Tenten tenía razón: en Konoha nunca había tanto silencio.
Se incorporó rápidamente. Quizá hubiera tanto silencio porque las chicas se habían marchado. Se levantó de la cama, se vistió a toda prisa y corrió escaleras abajo. Escuchó ruidos en la cocina. Cuando entró solo vio a Tamaki, que estaba amasando el pan.
―¿Dónde está?
Tamaki miró por encima de su hombro.
―Buenos días a ti también.
―¿Dónde diablos está Tenten?
Tamaki se limpió las manos en el delantal y pasó a su lado.
―Ven conmigo.
Le guio hasta una puerta trasera, la abrió y salió al exterior.
―Sigue este camino. Conduce a…
―A la cueva.
―Sí.
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Anduvo por el filo de un sucio camino para que la hierba le ayudara a evitar el barro. Había muchos charcos. Por un momento pensó en quitarse las botas, pero luego decidió que darles un buen pulido le ayudaría a mantener las manos ocupadas.
Entonces el camino empezó a descender hasta llegar a una zona donde el agua formaba una tranquila piscina. En uno de los laterales ardía un pequeño fuego. Pero lo que llamó su atención fueron los esbeltos brazos que surcaban el agua.
Tenten era pura belleza y elegancia. Se puso de espaldas y empezó a mover los pies. Juugo no comprendía cómo conseguía mantenerse a flote. Solo llevaba un camisón que se le pegaba al cuerpo. Podía ver perfectamente la silueta de sus erectos pezones y la sombra que asomaba entre sus piernas. Él conocía muy bien el paraíso que ocultaba su cuerpo. Sabía que debería apartar la mirada, pero era incapaz de hacerlo. Recordó el sabor, la textura, la imagen de lo que ahora veía parcialmente escondido.
Pero lo que más le sorprendió fue ver su rostro completamente relajado. No sabía si alguna vez la había visto tan libre de preocupaciones.
La joven salpicó agua, se puso derecha y empezó a nadar hacia la orilla. Cuando estuvo lo suficientemente cerca se puso de pie. Lo miró a los ojos con recato y se fue acercando a él hasta que salió del agua. Luego cogió una manta que él no había visto, se envolvió con ella y se sentó junto al fuego.
Fue entonces cuando él se dio cuenta de que se le habían puesto los labios azules y de que no dejaba de temblar.
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―¡Cielo santo!, ¿pero qué has hecho? ―le preguntó mientras se ponía detrás de ella y la acercaba a su pecho para frotarle los brazos―. ¿Estás intentando matarte?
―Llevo años nadando en esta cueva. Me da fuerzas.
Juugo siguió frotándola hasta que dejó de tiritar y luego la abrazó. Ella se recostó sobre él.
―Yo no quería traicionarte ―susurró con la voz quebrada.
Contra su voluntad, él la abrazó con más fuerza.
―He deseado cien veces que papá me hubiera enviado a Konoha a mí primero. Así te habría encontrado el verano pasado cuando era una chica inocente y solo conocía la felicidad. A veces, cuando estaba contigo, me olvidaba del motivo por el que Tamaki y yo habíamos ido a Konoha. Pero luego me sentía culpable por no concentrarme en conseguir vengar a Tetsuya. Cuando te acercaste a mí en el Valle del Fin todo se complicó. Yo no quería que me importaras, pero tú hiciste que eso fuera imposible.
Era consciente de que ella estaba temblando, pero sabía que no tenía nada que ver con el frío. También se dio cuenta, por el sonido de su voz, de que estaba llorando.
―Después de aquella última noche en Konoha, cuando me llevaste a mi pensión, recé para que Tamaki no hubiera tenido las fuerzas para acabar con el marqués. Le iba a decir que debíamos confiar en ti. Le iba a decir que yo confiaba en ti y que estaba segura de que tú te encargarías de que se hiciera justicia si te decíamos la verdad. Pero fue demasiado tarde.
―¿Por qué no viniste a hablar conmigo después? ―le dijo apretando los dientes. Era una tortura saber lo mucho que había sufrido y escucharla hablar del tiempo que habían pasado juntos, pero ella había decidido alejarse de todo. No podía pasar eso por alto―. ¿Por qué no viniste a decirme la verdad? ¿Por qué no confiaste en que yo te protegería?
Ella se dio media vuelta entre sus brazos y le tocó la mejilla.
―Eres un hombre muy orgulloso. ¿Cómo iba a pensar que no me odiarías por lo que había hecho? ¿Cómo iba a pensar que no creerías que cada palabra, cada caricia y cada beso no habían sido más que meras artimañas para conseguir que me siguieras el juego?
―¿Cómo pudiste darte media vuelta y dejar atrás lo que había surgido entre nosotros?
―Porque no podía soportar la idea de ver cómo se hacía añicos. No quería ver la repugnancia en tus ojos cuando te dieras cuenta de lo que había hecho. Y estaba preocupada por Tamaki. Ella intentaba hacerse la valiente, pero yo sabía que estaba devastada por lo que había hecho.
Quería creerla, quería perdonarla. Quería que pudieran recuperar aquella última noche, pero sabía que formaba parte del pasado.
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―Nos vas a llevar de vuelta a Konoha, ¿verdad? ―preguntó ella.
―No tengo otra opción.
Ella asintió con decisión.
―Me parece que la tormenta todavía no ha pasado de largo. Es posible que aún llueva un poco más.
―Nos iremos cuando acabe de leer el diario.
Ella se recolocó la manta sobre los hombros y se alejó de su abrazo.
―Debería ir a casa y ponerme ropa seca.
―Yo me quedaré a apagar el fuego.
Tenten esbozó una temblorosa sonrisa.
―Hay tanto que quiero decirte…, pero no estoy segura de que confíes en mis palabras. Quizá pienses que estoy intentando que olvides tu deber, pero no es así.
―Entonces no digas nada.
Vio el dolor en sus ojos, pero en aquel momento él estaba peleando contra sus propios demonios y no estaba seguro de que pudiera encontrar las fuerzas para hacer lo correcto.
Tenten se levantó con elegancia y salió de la cueva. Él se quedó sentado junto al fuego y observó el mar. Ella se equivocaba. No siempre había tranquilidad en aquel lugar: se oía el murmullo de las olas chocando contra los acantilados, y el ruido que hacía el agua al deslizarse hacia el interior de la cueva para acariciar la orilla. Pero el sonido era rítmico y apacible. Allí se podía pensar con claridad.
Y sin embargo, él solo podía pensar que no le gustaba ninguna de las opciones que tenía.
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