El día comienza


Caminaba con seguridad hacia el estudio, sintiendo a sus espaldas a los tres hombres que la seguían.

Abrió sin reparos la enorme puerta, se dirigió hacia su escritorio y se sentó con elegancia. Ahí se encontraba Anna, tal y como Hans la recordaba, pero ahora con una expresión de desdén y rencor. Él en respuesta le sonrió, ella apretó los labios y arrugó la nariz. Una mueca bastante adorable. A su lado había unos sirvientes, los había visto antes, durante su estadía en el castillo.

-Supongo que esta al tanto de lo que esta haciendo aquí- la voz de la reina le hizo volver a poner su atención en lo que estaba sucediendo.

-Sólo lo fundamental.

-¿Disculpe?

-Sólo se que he venido a trabajar- respondió escogiéndose de hombros.

La joven abrió un cajon y extrajo un papel.

-Hans Westergárd-anunció leyendo la carta- su padre, el rey de Las Islas de Sur, ha solicitado que el pueblo de Arendell le otorgue el perdón por los actos cometidos en el pasado en nuestra contra ¿no es así?

Hans hizo un leve asentimiento con la cabeza.

-Para ello usted va a... ofrecer, ciertos servicios en el palacio.- se detuvo esperando la afirmación de Hans, al no obtener respuesta, prosiguió.- Las cuales van desde ser mi mayordomo personal, hasta, incluso, limpiar las caballerizas. Sin poner resistencia, con disponibilidad y amabilidad, en un lapso de dieciocho meses.

-Incluso las cosas más estúpidas- completo Anna con burla.

El pelirrojo entrecerró los ojos.

-Lo haré, todo, sin oponerme.- le respondió.

-Eso es lo que se acordó con su padre- continuó Elsa, intentando acelerar el proceso- si usted llega a fallar antes del tiempo establecido será regresado a su país, perdiendo definitivamente su título real y con la prohibición total para entrar en territorio de Arendell.- enfatizó para dejárselo bien claro.

-Me parece bien.- respondió él con tranquilidad.

-Si llegase a cumplir con todo lo que se le ordene y cómo se le ordene, sin que yo reciba queja alguna por parte de ningún miembro de palacio, usted será liberado el 25 de diciembre del año próximo. Recuperando su título y...- le costaba un poco nombrar esto último- con una libertad LIMITADA por mí, para visitar nuestra nación.

-Estoy totalmente de acuerdo- anunció con galantería.

-Y aunque no lo estuvieras...- gruñó entre dientes Anna.

-Una última cosa- dijo Elsa levantándose de la enorme silla.

Rodeó el escritorio y le indicó a su hermana que se le acercará. Esta última se posiciono a su lado, y con un movimiento rápido y ágil la reina le congeló el cuerpo al príncipe dejando libre solo su cabeza, su acción tomo por sorpresa a todos.

-Si usted se atreve siquiera a pensar en atacarnos...- avanzó unos pasos hasta estar un poco más cerca, ambos pudieron percibir el olor del otro. Hans levantó la barbilla en una muestra de arrogancia, podía haber sido enviado para cumplir con una humillante condena, pero eso no lo haría rebajarse, tenía demasiado orgullo para mostrar un poco de miedo ante aquel par de...mujeres.

-Si intenta pasarse de listo e idear un plan en contra de mi hermana o mía, créame, no seré tan considerada de nuevo.- su voz sonaba segura, fría y firme. Cualquiera se hubiera intimidado, pero no él, no el príncipe con el corazón de hielo.

-No espero que lo sea, majestad.- escupio con altaneria.

Elsa movió con gracia los dedos y removio el hielo de su cuerpo, dejándolo completamente empapado.

-Gerda- llamó suavemente al tiempo que regresaba junto a su hermana- muestrele al nuevo mayordono su alcoba.

-Y no se olvidé de mencionarle sus tareas- pidió alegremente Anna, guiñandole un ojo.

-Como desee alteza- hizo una leve reverencia y le quitó las esposas a Hans.

"Al fin" pensó con alivio.

Gerda dio media vuelta y se dirigió hacia la puerta, él, en cambio se quedó justo donde estaba.

-Anda, muchacho, vamos.- le apresuró la anciana.

Hans la miró por encima del hombro y soltó un suspiro.

-Su majestad, alteza. Con su permiso.- dijo hacia las jóvenes, debía empezar a acostumbrase a hacer eso cada vez que estuviera en sus presencia. Ellas lo ignoraron por completo, dándole la espalda y mirando por la ventana.

Giró sobre sus talones y siguió a la amable señora.

-Vaya hijo de...

-Anna- le reprendio Elsa suavemente.

La menor de las hermanas bufó y se alejó, sentándose en el suelo, cerca del escritorio. Una vieja costumbre que había adquirido cuando niña, en los días de eterno aburrimiento en que sus padres trabajaban demasiado y ella no tenía nada con que entretenerse.

-¿Sabes? A veces pienso en el que pudo haber pasado si tú nunca hubieras evitado ese matrimonio- le comunico pensativa a su hermana mayor.

Elsa apretó los ojos.

-Si él y yo estuvieramos casados. ¿Qué te habría dicho si le hubieses permitido una audiencia? Peor aún...-recargo la cabeza en el asiento de la enorme silla, cómo solía hacerlo con las piernas de su padre en la niñez. Cerró los ojos con ensoñacion- Te imaginas ¿qué habría dicho papá sobre mi decisión? Y ¿mamá?- rió suavemente- ¿qué tal si él hubiera logrado acercarse a ti? Y...

-Anna- interrumpió Elsa con un poco de brusquedad- no tiene sentido ponerse a pensar en los "hubiera". Y menos ahora.

-No puedo evitarlo, Elsa. Con Kristoff a mi lado a veces me cuesta imaginar la felicidad en un modo en que él no este, y llegan a mi mente todas esas preguntas. Si pude haber sido feliz con Hans, si mamá y papá eran ese amor que tanto te mendigaba y buscaba externamente...- suspiró. Abrió los ojos lentamente, y se quedó observando un punto vacío.

¿Que pudo pasar si sus padres no hubieran olvidado que tenían otra hija? ¿si Elsa hubiera respondido a su llamado sólo una vez?

Había algo dentro de Anna, algo que empezaba a ser pesado y estorboso.

Hans se masajeba el cuello mientras caminaba, el dolor era verdaderamente molesto. Llegaron a la enorme cocina apenas unos segundos después de haber salido del estudio. El castillo estaba mayoritariamente oscuro, lo que le debería darle un tono triste, pero no. Ese era uno de los lugares más cálidos que habia pisado jamás.

-¡Sugelly!- gritó Gerda a nadie en particular.- ¡Sugelly!- volvió a llamar.

Una joven, de pelo y ojos bastante oscuros salió de entre la multitud. Su rostro estaba sudoroso, su cabello desordenado y su ropa extrañamente sucia.

-Ay, muchacha ¿cuándo aprenderás?- suspiró la anciana.

-Eso mismo me preguntó yo todas las mañanas- respondió ella con un leve tono sarcástico.

Ambas sonrieron.

-Mira, él es el nuevo sirviente- dijo señalando al pelirrojo. Aunque el adjetivo fue pronunciado de una manera muy natural y sin desprecio, no pudo evitar sentirse incómodo, y un poco humillado.

-Prin...Hans Westergárd- se presentó con una inclinación de cabeza. La joven le respondió con el mismo gesto, algo sutil y elegante para tratarse de una simple cocinera.

-Sugelly Kathleen- se presentó ella a su vez.

En la alta sociedad el hecho de presentarse a sí mismo era visto de muy mala manera, pero en aquella cocina esas formalidades parecían ser totalmente inútiles.

Se oyeron unas risillas, a las que se le unió la de Gerda.

-Vamos muchacha, no te he llamado para que...mejor sólo muestrale su recámara, consíguele algo de ropa y prepárale un baño ¿tibio?- le preguntó a el ojiverde.

-Yo no quisiera ser una molestia- dijo con tono incómodo.

-Será mejor que aproveché, le aseguró que después de mañana no volverá a gozar de la suerte de ser el nuevo- le sugirió con tono alegre la joven.

-Mayormente fría, por favor- anunció.

Ambas mujeres rieron.

-Ni lento, ni perezoso ¿eh?- le reprendio dulcemente Gerda.

-Muy bien, sigame.- le indicó Sugelly, pasando a su lado y saliendo del lugar.