Los personajes de Naruto no son míos, son de Kishimoto... la historia si es de Lorraine Heath

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ACLARACIÓN

Será una adaptación, sin embargo haré algunos cambios, sobretodo con el personaje de Karin, en la historia original es un personaje odioso al ser una Mary Sue que sinceramente aborrecí, y cambiaré un poco el amor del protagonista por Karin, en esta versión sale un poco porque la sustituiré con otro personajes en ciertas ocasiones.

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Espero disfruten esta historia, la cuarta de esta serie de adaptaciones; así como yo lo hice.

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CAPÍTULO 17

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Tenten estaba en lo cierto respecto al tiempo. A última hora de la tarde empezó a soplar el viento de nuevo y comenzó a llover otra vez. Volvían a encerrarse en la casa. Después de cenar se trasladaron todos al salón: las chicas se pusieron a coser y Juugo retomó su lectura.

A pesar de estar leyendo las palabras de Tetsuya, podía ver a Tenten en cada una de ellas. La veía recogiendo conchas y alimentando a las gaviotas. También veía cosas que no estaban escritas; se la imaginaba corriendo descalza para recibir a su padre cuando volvía de la ciudad; la veía persiguiendo a las gallinas y riéndose en un columpio.

―¿Cómo empezaste a trabajar para Scotland Yard? ―preguntó Tamaki sin levantar la cabeza de su labor.

―Yo los informaba de los canallas que cometían crímenes en las calles donde crecí y les facilitaba descripciones para que pudieran atraparlos.

Sus dedos se detuvieron y le miró a los ojos.

―Ya veo. Así que has dedicado tu vida a ocuparte de que los culpables fueran castigados por sus crímenes.

―Creo mucho en la justicia.

Ella asintió y volvió a concentrarse en su labor.

―¿Cómo lo hiciste exactamente? ―preguntó él.

Ella levantó tan rápido la cabeza que él pudo escuchar cómo le crujía el cuello.

―¿Hacer qué?

―Matar a Kamizuru.

Tenten, alarmada, abrió los ojos como platos.

―No la obligues a pasar de nuevo por eso.

―Si no quieres oírlo puedes irte, pero tengo preguntas y necesito respuestas.

Tenten alargó el brazo y cogió a su hermana de la mano.

―No voy a dejar que mi hermana sufra sola.

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A Juugo se le hizo un nudo en el estómago cuando se dio cuenta de que Tenten subiría al patíbulo gustosa para acompañar a su hermana, y que al hacerlo lo dejaría solo.

Aquella chica tenía tanto coraje y era tan temeraria como él imaginaba. Se olvidó de ella y volvió a centrar la atención en Tamaki.

―Te tomaste una copa de vino con él.

―Sí. Le alcancé justo cuando estaba a punto de entrar en su casa. Él fue quien me invitó a pasar. Me dijo que le recordaba a Tetsuya, pero que yo era más guapa. Ningún caballero me había dicho nunca que era guapa. Aunque me avergüence reconocerlo, debo confesar que empecé a caer presa de sus encantos.

―Pero no te acabaste el vino.

―No. Él me levantó del sillón e intentó besarme mientras me decía terribles mentiras sobre Tetsuya. Yo llevaba una daga, y la utilicé.

―Solo le apuñalaste una vez.

―Sí.

A Juugo le gustó darse cuenta de que ella no parecía enorgullecerse de lo que estaba contando. Tuvo la sensación de que se debatía entre los remordimientos que sentía por haberle quitado la vida a un hombre y la satisfacción de haber conseguido que el hombre que jugó con su hermana hubiera dejado de respirar.

―¿Murió en el acto?

―¿Es necesario que pase por esto? ―preguntó Tenten.

―No pasa nada, Tente ―dijo Tamaki―. No. Se retorció un rato en el suelo y luego se quedó quieto. Entonces me fui.

―Deberías haberte llevado la daga.

―Lo pensé después, pero en aquel momento solo quería marcharme. Y no quería tocarlo.

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Había algo en aquel caso que no encajaba, algo que ya hacía tiempo que no comprendía. Sin embargo, estaba seguro de que tarde o temprano la verdad acabaría saliendo a la luz.

―Si tuvieras que volver a hacerlo… ―empezó a decir él.

―Lo volvería a hacer ―dijo ella con determinación―. Termina de leer el diario. Es posible que cuando lo concluyas desees haberlo hecho tú mismo.

Retomó la lectura. En lugar de volver a sus labores, las chicas se fueron y empezaron a prepararse para dormir. A juzgar por los sonidos que procedían del vestíbulo, esos preparativos incluyeron sendos baños.

¿Cómo se iba a concentrar en la lectura cuando su mente se llenó de imágenes de Tenten desnuda en la bañera y de gotas de agua resbalando por su piel? ¡Dios…, cómo deseaba unirse a ella, lavarla, secarla, abrazarla!

Se esforzó por no pensar en otra cosa que no fuera el diario. En cada página descubría el retrato de una joven convirtiéndose en mujer que página a página desvelaba sus sueños sobre el amor, la familia y la felicidad. Sus descripciones estaban teñidas de inocencia, de ganas de vivir y de esperanza. Tetsuya Lee era una joven pura y dulce.

Se parecía mucho a Tenten.

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Cuando las chicas se hubieron ido a la cama y la casa se quedó en silencio excepto por la tormenta que se había desatado fuera, Juugo se preparó un baño para él. Solía bañarse varias veces a la semana. Tenía una infancia en las calles que limpiar.

Pensó en las manos de Tamaki. Había cosas que no importaba lo mucho o lo fuerte que las frotaras, siempre estaban allí, justo debajo de la superficie, esperando el momento para volver a aparecer.

Siguiendo el ritual que había comenzado la noche anterior, cogió un quinqué y comprobó toda la casa antes de subir las escaleras en dirección a su habitación.

En cuanto abrió la puerta supo que Tenten estaba allí; lo supo incluso antes de entrar en la habitación y de que la luz iluminara la estancia por completo. Había percibido la presencia de las rosas como si los pétalos de las flores estuvieran empezando a abrirse: no era una fragancia muy intensa, pero sí constante. Cuando aquel olor se coló en su nariz se le hizo un nudo en el estómago.

Se volvió en su dirección y la vio de pie junto a la ventana. Llevaba un camisón y tenía el pelo suelto, invitándolo a deslizar sus dedos por él. Juugo supuso que si no hubiera tormenta la luz de la luna iluminaría su silueta, pero el viento y la lluvia seguían azotando la casa.

―¿Cuánto acostumbran a durar estas tormentas? ―preguntó rápidamente.

―Nunca podemos predecir las tormentas. Cierra la puerta.

Si hubiera sido un caballero, la habría cerrado y se habría quedado al otro lado. Sin embargo, hizo lo que ella le había pedido y cerró la puerta. El cierre bloqueó el acceso del resto del mundo, resonando por toda la habitación como la bala de una pistola. Dio un par de pasos y dejó el quinqué sobre la mesita de noche que había junto a la cama. Luego dio cuatro más y se acercó a ella para cogerla de la mejilla.

―Tenten.

―¿Cómo sabes que no soy Tamaki? ―susurró ella.

―Porque no es Tamaki la que me ha robado el corazón.

La escuchó jadear y abrir los ojos como platos mientras se le llenaban de lágrimas.

―Maldita seas por no haber confiado en mí en Konoha.

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La ira y la frustración le obligaron a cogerla entre sus brazos y besarla. Algo más intenso que el afecto, algo que no quería admitir o a lo que no quería ponerle nombre, le obligó a suavizar el saqueo de su boca. Ella le había robado el corazón muy lentamente; había empleado sonrisas, carcajadas y un toque de inocencia que él no había experimentado nunca.

Fue entonces cuando comprendió que Tenten no se parecía a ninguna de las mujeres que había conocido. Ella le fascinó. La hubiera seguido aunque no le hubieran ordenado que lo hiciera, y lo hubiera hecho hasta el fin del mundo si hubiera sido necesario. Podía decir las veces que quisiera que la había buscado sin descanso para llevarla ante la justicia, pero la verdad era que le obsesionaba la idea de encontrarla porque estaba obcecado con ella.

En cuanto la joven se marchó de su apartamento, empezó a sentirse increíblemente solo y a extrañar su presencia allí. Después de que ella se convirtiera en parte de sus días y sus noches, tenía la sensación de que su vida carecía de sentido si no podía tenerla a su lado.

Deslizó la boca por encima de su barbilla y de su cuello con apetito hasta que alcanzó la dulce cuenca de su oído.

―Vete si no quieres acabar en mi cama.

Tenía la voz entrecortada y la respiración agitada. Su cuerpo estaba dolorosamente tenso debido a lo mucho que deseaba volver a poseerla, deslizarse en su interior y sentir cómo lo rodeaba con sus brazos.

―En realidad, la cama es mía ―dijo ella con la voz temblorosa.

Él enseguida percibió en su voz la misma cruda necesidad que destilaba la suya.

A pesar de creer que nunca se volvería a reír, lo hizo, y se relajó un poco mientras la cogía en brazos.

―Entonces, permíteme que te lleve a tu cama.

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Cuando sus dedos acariciaron los hombros desnudos de la joven, cuando su boca se posó de nuevo sobre sus labios, cuando la llevó hasta la cama en solo dos pasos…, en ese momento Tenten sintió cómo la recorría una absoluta sensación de felicidad; y eso que jamás pensó que volvería a saber lo que era la felicidad. Había esperado hasta que Tamaki se durmiera para levantarse de la cama y entrar en su habitación. Llevaba un rato aguardando muy nerviosa a que él llegara. Había pensado más de mil veces en volver a la cama de su hermana, pero, si su vida iba a acabar prematuramente, o si el destino le tenía reservado un viaje a la otra punta del mundo donde nunca podría volver a disfrutar de la compañía de Juugo, entonces quería pasar con él el poco tiempo que le quedaba.

Y no la decepcionó. Entró en la habitación con el pecho desnudo, tan masculino, tan corpulento, tan valiente y seguro de sí mismo. Él era todo lo que ella no era. Él nunca dudaba de lo que quería. Nunca se cuestionaba sus acciones. Lo había visto en la elegante forma que había tenido de desplazarse por la habitación y en el fuego que brillaba en sus ojos cuando se acercó a ella.

Casi le explota el corazón de abrumadora gratitud cuando él jadeó su nombre como si comprendiera lo mucho que necesitaba escucharlo en aquel preciso momento. El tiempo que había pasado con él en Konoha había sido agridulce: fue una auténtica tortura escucharle susurrar el nombre de su hermana. Y esa fue otra consecuencia de sus mentiras, porque en Konoha ella siempre fue Tamaki.

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Y allí, por primera vez, habían desaparecido las sombras del engaño entre ellos. Por fin él susurraba su nombre. Por fin reinaba la sinceridad en su habitación. Él era suyo, y ella le pertenecía a él, completa y absolutamente. Por mucho dolor que pudieran sentir al día siguiente o en el futuro, aquella noche sería todo lo natural e impresionante que ellos quisieran.

La dejó sobre la alfombra que descansaba junto a la cama sin parar de besarla. Ella pensó que debería separarse de él para quitarse el camisón, pero parecía incapaz de dejar de deslizar las manos por su pecho desnudo, sus hombros y sus brazos. Tenten podía sentir cómo se estremecían los músculos de Juugo bajo sus dedos. Era ella quien le estaba provocando esas sensaciones, tenía poder sobre él. Le miró el rostro mientras él seguía con los ojos los movimientos de sus propios dedos, que se afanaban en desabrochar un botón tras otro de su camisón; la tela fue abriéndose poco a poco. Mientras, ella sentía cómo a él se le agarrotaban los músculos y percibía y escuchaba cómo se le entrecortaba la respiración.

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Juugo deslizó las manos por debajo del camisón y paseó los pulgares por sus pechos. Dio un paso adelante y posó los labios sobre el cuello de Tenten, donde su pulso latía salvajemente. Mientras le apartaba la tela del camisón, ella se deleitó en la calidez que desprendía la lengua de Juugo, que se paseó por su piel hasta llegar a su pecho y se posó sobre él. Entonces ella se puso de puntillas, lo rodeó con los brazos y presionó la parte inferior de su cuerpo contra el cuerpo de Juugo al tiempo que arqueaba la espalda. La joven se perdió en las sensaciones que él conseguía provocarle con tan poco esfuerzo.

Él recorrió con la boca el valle que se abría entre sus pechos. Lo hizo muy lentamente. Finalmente se posó sobre el otro pecho para prestarle las mismas atenciones que al primero. Juugo rugió de satisfacción y ella gimió en respuesta antes de enderezarse.

Entonces levantó la cabeza y sus ojos se encontraron con los de Tenten. Dado que en la habitación solo brillaba la luz de un quinqué, no podía ver el color cobre de sus ojos, pero sí que percibía el intenso deseo que ardía en la profundidad de su mirada. Ella deslizó las manos por su pecho y sintió cómo se le contraían los músculos del estómago ante la expectativa. Luego sus dedos encontraron los pantalones de su amante. A Juugo se le oscurecieron los ojos y contrajo el rostro. Muy lentamente y atormentándolos a ambos, ella desabrochó un botón. Tenten vio cómo él cerraba los ojos y tragaba saliva. Cuando volvió a abrirlos, ella se dio cuenta de que la tensión estaba empezando a poner a prueba su paciencia.

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―Tenten ―jadeó―, por el amor de Dios. Hazlo un poco más deprisa. Esto es una tortura.

―Di mi nombre otra vez.

―Tenten.

Desabrochó un botón.

―Tenten.

Otro.

―Dulce Tenten.

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El último botón le liberó y acabó con su tormento. Ella envolvió con los dedos su aterciopelada calidez. Él rugió, la cogió de la cara y la besó con una ferocidad que recordaba a la tormenta que azotaba la pequeña casita. Tenten apenas se dio cuenta de que acabaron de quitarse la poca ropa que les quedaba antes de meterse juntos en la cama.

Se tocaron y se exploraron con las manos y la boca, y recordaron lo que ya descubrieron aquella lejana noche en Konoha.

Cuando le cogió los pechos, Juugo se dio cuenta de que había perdido más peso del que imaginaba. Y cuando la abrazó notó hasta la última de sus costillas. También advirtió otros cambios: tenía las caderas más estrechas y más huesos en lugares donde debería tener más carne. Pero nada mermó el abrumador deseo que sentía por ella. Su cuerpo le encantaba porque era el suyo. Pero lo que más le gustaba de ella seguían siendo sus ojos; adoraba la forma en que se paseaban por todo su cuerpo: al principio lo recorrían con timidez, pero luego iban ganando atrevimiento a medida que se iba sintiendo más cómoda con su desnudez. Juugo se preguntó si entre ellos sería siempre igual; si siempre habría algunos latidos de duda antes de que se perdieran en el placer que podían proporcionarse el uno al otro.

Ninguna de las mujeres que había conocido en su vida se podía comparar a ella. Y estaba seguro de que no habría ninguna mujer en su futuro que pudiera reemplazarla. Ella era lo que quería en aquel momento, en el siguiente y después del siguiente; quería que esa chica estuviera presente en todos los días de su vida. Y estaba convencido de conseguirlo. Tenía que lograr que ella se quedara con él. Aunque aún no sabía cómo. Mentiría, engañaría, robaría. Incluso asesinaría si hacía falta. Ya le había confesado que le había robado el corazón. Aún tenía que confesarle que también se había adueñado de su alma.

Cuando decidió embarcarse en aquel viaje, Juugo se engañó a sí mismo convenciéndose de que buscaba justicia. En realidad lo único que buscaba era a ella, y ahora que la había encontrado se moriría si la volviera a perder. Conseguiría encontrar un modo de salvarla aunque fuera lo último que hiciera.

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Pero en aquel momento lo único que quería era deleitarse en la dulzura de sus labios y de su piel. Lo único que quería era provocarle un placer infinito. Lo único que quería era poseerla y adentrarse con ella en el reino de la pasión.

Tenten gemía y suspiraba tras cada caricia de su mano, de su lengua y de sus labios. Estando encima de ella se tendría que sentir como un enorme patán, sin embargo esa chica conseguía que se sintiera poderoso, pero sin resultar tan intimidante como de costumbre, porque por muy menuda que fuera, Tenten poseía su propia fortaleza y determinación. Aquella joven había viajado hasta una gran ciudad llena de extraños que desconocía por completo para vengar la muerte de su hermana, y no había pedido la ayuda de nadie, salvo la de su hermana, que compartía el mismo propósito que ella. Tenten tenía tanta fe en la justicia como él. Ella era su igual en muchos sentidos y en otros sentidos lo superaba; pero nunca era menos que él.

Pero allí, bajo las sábanas, era el lugar donde mejor se complementaban. Juugo se esforzó por no pensar en que a pesar de sus esfuerzos acabaría perdiendo aquello, la acabaría perdiendo a ella. Posó los labios sobre los de ella y la besó profundamente, con apetito, como si fuera el primer beso que se daban, como si fuera el último. Se colocó entre sus caderas y deslizó una mano por debajo de su cuerpo para levantarle la cadera. Mediante una larga y decidida embestida se enterró en su ardiente interior.

Un escalofrío de placer absoluto lo recorrió al tiempo que rugía con fuerza, separaba la boca de los labios de Tenten y enterraba la cara sobre su hombro. Si se movía era muy probable que su semilla escapara antes de que hubiera podido ocuparse de ella.

Ella contrajo su cuerpo alrededor de su masculinidad y él gimió.

―Eres una bruja.

―Me encanta. Me encanta la sensación que tengo cuando estamos así de unidos.

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Juugo tragó saliva con fuerza, levantó la cabeza y la miró a los ojos. En su mirada pudo ver que ella se preguntaba si él seguía deseándola después de todo lo que había sucedido.

―Tenten, ¿cómo no voy a desearte?

Tenten sintió cómo se le llenaban los ojos de lágrimas; él conocía las dudas que la atenazaban, las preguntas que la bombardeaban. Él les daba respuesta sin que ella tuviera que verbalizarlas, como si estuvieran unidos de un modo que iba más allá de la carne, más allá de los corazones. Como si el alma de uno perteneciera al otro.

Cuando empezó a mecerse contra ella, volvió a decir su nombre. Recubría la palabra de una sensualidad que ella no había advertido antes y disfrutó del sonido de su nombre cuando resbalaba por entre sus labios. Su nombre. Tenten.

Era a ella a quien poseía, a quien acariciaba y a quien le daba placer. Los movimientos de Juugo comenzaron a ser más enérgicos y el cuerpo de la joven reaccionó de la misma forma: acogiendo sus embestidas y haciendo crecer la pasión hasta la liberación. A ella se le tensaron los músculos y la piel.

Abrió los ojos y se perdió en los de Juugo. Deslizó los dedos por su pelo, siguió por sus hombros y bajó por su espalda. Sentía cómo sus recios músculos se contraían y se tensaban.

―Tenten ―consiguió decir él mientras apretaba los dientes cuando la cresta de pasión los atravesó a ambos.

Ella empezó a gritar antes de que él posara los labios sobre su boca y se tragara el resto del sonido. Tenten tembló cuando alcanzó el clímax y sintió los temblores que recorrían el cuerpo de Juugo.

Cuando se dejó caer junto a ella la abrazó y ella pasó una de las piernas por encima de su cadera. Cuando se colocaron el uno frente al otro seguían unidos. A los dos les costaba respirar y estaban bañados en sudor. Juugo alargó el brazo y tiró de una manta que los resguardaría del frío y crearía un escondite de calidez donde sus cuerpos podrían dejarse llevar por el letargo.

Con suavidad y mientras la cogía de la mejilla, le acarició el rostro con los pulgares. Ella deslizó los dedos por su espalda. Poco a poco sus respiraciones empezaron a relajarse y adoptaron un ritmo normal, ya no se escuchaba su cadencia entrecortada ni el ruido enmascaraba el goteo de la lluvia que caía sobre el tejado. Tenten tuvo que enfrentarse a la realidad incluso mientras se quedaba dormida.

Había sido un error ir a su habitación y pensar que podía volver a tenerlo para luego darse la vuelta con alegría y enfrentarse a lo que fuera que el destino le tuviera reservado.

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―No pienses en el futuro ―dijo él en voz baja.

―¿Cómo puedes saber siempre en qué estoy pensando?

Juugo no contestó. Se limitó a esbozar una tierna sonrisa y darle un beso en la frente antes de cambiar de postura para verla con más facilidad.

―Ya te hablé de aquel reloj que robé ―dijo él.

Ella asintió intentando prevenirle de que aquel no era un buen momento para arrepentirse de nada, por mucho que ella deseara que se desahogara y olvidara sus penas. Estaba decidida a proporcionarle toda la fortaleza que pudiera.

―Lo irónico de la situación es que lo robé porque mi padre no tenía reloj. Y era su cumpleaños.

Tenten vio cómo las lágrimas asomaban a sus ojos. Se le rompió el corazón cuando se dio cuenta de que ese recuerdo era capaz de hacer llorar a aquel enorme hombre.

―¡Oh, Juugo!

Él negó con la cabeza como si pudiera deshacerse de sus taciturnos pensamientos.

―Te expliqué esa historia para que pudieras comprender lo importante que es para mí la justicia. Era un maldito reloj. Su valor no podía compararse con la vida de mi padre. Quizá un año en la cárcel, tal vez algunos latigazos, pero no con su vida. Y la vida de Kamizuru no puede compararse con la tuya. No voy a dejar que te cuelguen ―posó el pulgar sobre sus labios―, ni a ti ni a Tamaki.

―Tú no tienes ningún poder sobre un jurado.

―No subestimes mi influencia. No estoy diciendo que no tengáis que pagar por lo que hicisteis, pero te juro que no dejaré que te cuelguen.

Ella se esforzó por esbozar una sonrisa tranquilizadora. Quería creerle, quería creerle de verdad. Pero él no era Dios, tampoco era rey, y no pertenecía a la nobleza. Era un inspector de Scotland Yard. Era el hijo de un hombre que había sido colgado por ladrón, a pesar de su inocencia.

Él solo era un hombre, aunque fuera el hombre que amaba.

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