Los personajes de Naruto no son míos, son de Kishimoto... la historia si es de Lorraine Heath

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ACLARACIÓN

Será una adaptación, sin embargo haré algunos cambios, sobretodo con el personaje de Karin, en la historia original es un personaje odioso al ser una Mary Sue que sinceramente aborrecí, y cambiaré un poco el amor del protagonista por Karin, en esta versión sale un poco porque la sustituiré con otro personajes en ciertas ocasiones.

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Espero disfruten esta historia, la cuarta de esta serie de adaptaciones; así como yo lo hice.

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CAPÍTULO 19

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Cuando Juugo se despertó, los rayos de sol ya habían empezado a colarse por la ventana y estaba solo en la cama. Después de hacer el amor por tercera vez, Tenten esperó a que se quedara dormido para marcharse de la habitación. Quería volver a la cama de su hermana antes de que se despertara.

Se dio media vuelta y se tumbó boca arriba. Se puso las manos detrás de la cabeza y esbozó una mueca al tocar la herida mientras miraba fijamente el techo. Había acabado de leer el diario de madrugada. Ya había escuchado rumores sobre sociedades secretas de depravación, pero tenía entendido que los participantes de las orgías lo hacían por propia voluntad. Por eso nunca se había preocupado de ello. Por lo visto, Kamizuru se propuso llevar un elemento nuevo y supuestamente excitante a las reuniones. Una inocente. Una virgen a la que pudieran sacrificar.

A Juugo le empezó a hervir la sangre cuando pensó en lo que había hecho Kamizuru, en las personas a las que habría hecho daño y en todo el dolor que habría provocado. «Maldito bastardo arrogante.» Si no estuviera muerto le habría estrangulado con sus propias manos.

Uchiha asesinó a un hombre por haber violado a Karin cuando ella solo tenía doce años. Juugo pensó que nunca se enfrentaría a nada más vil que aquello. Se equivocó. Sí habían cosas más terribles.

Él no conocía a Tetsuya antes de leer su diario, pero en aquel momento sentía mucho su pérdida.

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La tormenta ya había cesado, pero en su interior se estaba desatando un nuevo temporal que exigía venganza. Se levantó de la cama y se acercó a la ventana. Cuando vio a Tenten de pie en la orilla del acantilado casi se le para el corazón. No sabía cómo estaba tan seguro de que era ella. Lo único que podía ver desde allí era su espalda y la capa que llevaba azotada por el viento, que también jugueteaba con su pelo.

¡Dios! Esperaba que no estuviera pensando en reunirse con su hermana en el fondo del mar.

Cogió los pantalones y se los puso mientras se decía con egoísmo que ella no podía estar pensando en dejarlo, no después de lo que habían compartido la pasada noche, después de que la hiciera sonreír y reírse a carcajadas, después de que le hubiera provocado tanto placer, después de que ella le provocara el placer más intenso que él había experimentado jamás. Era cierto que ya lo había dejado cuando estaban en Konoha, pero las cosas habían cambiado. Lo dejó por culpa de la vergüenza y los secretos. Lo dejó porque pensaba que no tenía opción si quería evitar la horca. Pero ahora ella sabía que todo era distinto.

Cogió la camisa y se la fue poniendo mientras salía de la habitación y bajaba las escaleras a toda prisa. Estuvo a punto de perder el equilibrio y caerse escaleras abajo. Se detuvo un segundo para acabar de ponerse bien la camisa y luego siguió adelante para salir al exterior como si la vida de Tenten, y la suya propia, dependieran de ello. Ignoró el dolor que sintió en las plantas de los pies al pisar pequeñas rocas y zarzas. Como tenía miedo de asustarla y que pudiera caerse, decidió no llamarla. Cuando estuvo lo bastante cerca como para comprobar que no estaba tan próxima al borde como había temido en un principio, aminoró el paso y se esforzó por recuperar la dignidad. Lo cual resultaba un poco complicado de conseguir teniendo en cuenta que estaba descalzo y llevaba la camisa desabrochada.

Estaba sorprendido de que los poderosos pasos que había dado en su dirección con el objetivo de alcanzarla lo más rápido posible no hubieran hecho temblar la tierra y la hubieran alertado de su presencia. O quizá ella aún no estuviera preparada para mirarle. Sea cual fuere la respuesta, cuando se detuvo junto a ella, Tenten continuó mirando fijamente el espumoso mar como si pudiera darle las respuestas que buscaba.

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―Tenten ―dijo en voz muy baja reprimiendo las desesperadas ganas que tenía de cogerla y alejarla del acantilado.

―A veces, cuando vengo aquí, la oigo reír.

―¿A Tetsuya?

Ella asintió.

―Yo le grité, ¿sabes?

―No es ningún delito gritarle a alguien.

Ella levantó la vista en dirección al cielo como si buscara la salvación.

―No quería decirnos lo que le había pasado en Konoha. Lo único que sabíamos era que había vuelto a casa sin perspectivas de matrimonio. Papá ya no tenía dinero para enviarnos a Tamaki y a mí, y yo actué como una egoísta. Lo único que quería era ir a Konoha para encontrar un marido, tener hijos y convertirme en esposa y madre. Le grité a Tetsuya; le dije que nos había decepcionado a todos. Incluso tuve el descaro de decirle que, si papá me hubiera enviado a mí, yo sí que habría sido capaz de encontrar un marido que asegurara que mis hermanas pudieran presentarse en sociedad y se ocupara de ellas. Yo deseaba desesperadamente presentarme en sociedad. Fui una estúpida. Creo que fueron mis palabras lo que hicieron que se suicidara.

―No, Tenten. ―Antes de que pudiera pensarlo ya la estaba abrazando. Le dio media vuelta y la estrechó contra su cuerpo y su pecho―. He leído su diario. Nada de lo que tú dijiste provocó su muerte. Y nada de lo que pudieras haber dicho la habría detenido. Kamizuru es el único culpable de lo que ocurrió.

Ella levantó la cabeza y le miró a los ojos con el ceño fruncido.

―Si hubiera sido mejor herma…

Él posó el dedo sobre los labios de la joven antes de que ella pudiera acabar de hablar.

―No deberías pensar así. Si yo hubiera sido mejor hijo… ¿Lo ves? No ganamos nada.

―Aunque él había pasado muchos años preguntándose lo distinto que habría sido todo si él no hubiera robado el reloj, si hubiera sido mejor hijo, solo en aquel momento, al abrazar a esa mujer, mientras intentaba aliviar su dolor, consiguió aliviar un poco también el suyo. La culpabilidad y el arrepentimiento habían destruido la felicidad de su vida. Aquella mujer se la estaba devolviendo toda. Verla sufrir y saber que los remordimientos la hacían sentir culpable le rompía el corazón.

―Cuando leí las palabras de Tetsuya, cuando leí lo que le había sucedido, al principio no podía creerlo ―dijo Tenten―. Pensé que se trataría de una invención suya o de un rumor que habría escuchado sobre algo que había ocurrido en Konoha. Cuando por fin afronté la veracidad de sus palabras, no podía dejar de llorar. ¿Cómo podía alguien que ocupara la posición que ocupaba lord Kamizuru ser tan malvado? Él jugó con ella. Mancilló su corazón, mancilló su espíritu, y luego mancilló su cuerpo.

―Yo he conocido a personas de todas clases en la vida, desde el vagabundo que duerme en la calle hasta los que han compartido cenas con la reina. Y en todos los niveles he visto personas comportándose de formas que me han revuelto el estómago. Pero también he conocido personas dignas de admiración en todos los niveles. Orochimaru era un ladrón, me acogió y me enseñó a robar. Yo habría muerto por él. Konohagure es un lord con las manos manchadas de sangre. Y sin embargo no hay ningún hombre en este mundo al que admire más que a él. Incluso Suigetsu Hozuki, con todo lo sinvergüenza que es, acoge a chicos de la calle, les da un trabajo y se preocupa de que no se metan en líos. La sociedad se compone de buenas y malas personas, Tenten. No puedes juzgar el conjunto basándote solo en algunos ejemplos.

Ella esbozó una tímida sonrisa.

―Creo que Tetsuya te habría gustado mucho.

―Estoy seguro de ello. ―Agradecido de ver aquella sonrisa y de que en sus ojos ya no se reflejara tanto dolor, le pellizcó dulcemente la nariz―. Pero no tanto como tú.

Ella se rio y él se relajó por completo.

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―¿Nos podemos alejar ya del acantilado?

Ella sonrió con más ganas.

―¿No te gustan los acantilados?

―No me gusta estar tan cerca de ellos, no.

―Es un sitio completamente seguro. ―La tristeza se apoderó de la expresión de su rostro―. A menos que no quieras que lo sean.

No podía pedirle que no pensara en su hermana, especialmente cuando aún había tantos cabos por atar, pero suponía que podía entretener a Tenten durante un rato, especialmente cuando hacía tanto tiempo que no la besaba. Mientras la besaba y sentía cómo ella aceptaba el beso encantada, se sintió agradecido de que no fuera ella la elegida para ir a Konoha a presentarse en sociedad, encontrar un marido y asegurar un buen futuro para sus hermanas. Pensar que Kamizuru pudiera haber tocado un solo pelo de su cabeza le hacía hervir la sangre. Al parecer, Tenten no era la única que era incapaz de dejar de pensar en su hermana.

Cuando colocó los pies sobre los de él para conseguir un poco más de altura fue cuando se dio cuenta de que ella también estaba descalza. ¿Cómo podía ser que algo tan simple y minúsculo como las plantas desnudas de sus pies pudieran provocar chispas de deseo que le recorrían de pies a cabeza? ¿Cómo podía imaginar con tanta facilidad que podía tumbarla sobre la fría hierba, agarrarla del tobillo y deslizar la mano por su pierna hasta llegar a su muslo?

Solo hacía algunas horas que la había poseído en su cama y, sin embargo, en aquel momento estaba tan caliente como un adolescente que aún no se había acostado con ninguna mujer. Dejó de besarla y vio el deseo brillando en los ojos castaños de Emma. Sorprendido, se dio cuenta de que tenían el mismo color de las montañas que se veía a lo lejos. Aquel era el lugar al que ella pertenecía: con sus pies descalzos, sus castaños ojos y su dulzura. Cuando pensó eso se dio cuenta de que aquella chica también podía ser tan fiera y mortal como la tormenta. Él había subestimado su determinación por lo que a la justicia concernía, y no pensaba volver a cometer el mismo error.

Deslizó la mano por el brazo de la joven y entrelazó los dedos con los suyos hasta que sus palmas se tocaron. Nunca había pensado en lo sensual que podía llegar a ser coger la mano de una chica de aquella forma tan íntima. Si no hubiera sido por el peso de la situación que tenían entre manos, se habría sentido alegre y despreocupado. Sin embargo, solo deseó que pudieran disfrutar de aquel momento para siempre y que el mañana no llegara nunca.

Fue ella quien tiró de su mano y le animó para que empezaran a caminar en dirección a la casa. Juugo pensó que podría llegar a acostumbrarse a aquel lugar y a tenerla cerca. Pero cuando se dejó llevar por ese pensamiento tan inocente los sentimientos de culpabilidad y arrepentimiento se desataron en su interior. Su lugar estaba en Konoha luchando por los derechos de los inocentes.

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―Los caminos deben estar llenos de barro ―dijo ella en voz baja, como si supiera en qué estaba pensando él―. Será mejor que aplacemos nuestro viaje hasta que se hayan secado.

―¿Cuánto tiempo?

Ella le miró y en sus labios se dibujó una traviesa sonrisa que le provocó ganas de agachar la cabeza y volver a besarla.

―Veinte o treinta años.

El viento se llevó la risa de Juugo hacia el camino que los conduciría al pueblo, y de allí de vuelta a Konoha. Se volvió a poner serio.

―Ojalá pudiéramos hacer eso, Tenten

―Pero tú eres un hombre de honor y de ley. Es una de las cosas que me gustan de ti, que crees en la justicia. Sin embargo, no creo que Tamaki y yo debamos pagar por un solo delito. Olvídate de ella. Llévame a mí y déjala aquí. Ella ya está sufriendo lo suficiente por lo que hizo.

Él dejó de caminar y le acarició la mejilla. ¿Habría en el mundo alguien tan valiente y desinteresado como aquellas dos hermanas que estaban dispuestas a aceptar toda la responsabilidad por la muerte de Kamizuru y pagar el precio correspondiente? Él sabía que no suponían una amenaza para nadie más. Sus acciones habían sido una consecuencia del dolor y el horror que sintieron al averiguar lo que el marqués le había hecho a su hermana. Juugo había sacado a muchos chicos de la cárcel o había evitado arrestarlos cuando sus delitos eran insignificantes. Pero ¿asesinato?

―Tamaki me pidió lo mismo; me dijo que te dejara aquí. Pero no es tan sencillo, Tenten. Si solo había una de vosotras, ¿cómo explicas que yo respondiera por ti? Todo mi mundo y mi reputación quedarán en entredicho. Mi puesto en Scotland Yard correría peligro.

―Entonces no nos lleves a ninguna de las dos.

―Yo nunca he dejado de resolver un crimen.

―¿Entonces es el orgullo lo que dicta tus acciones?

Aquellas palabras le golpearon. Él nunca se había considerado orgulloso. Su trabajo era completamente altruista. Le proporcionaba cierta satisfacción poder hacer por otros lo que había estado demasiado aterrorizado para hacer por su padre: demostrar mediante pruebas que no era culpable.

―No, mis acciones están motivadas por la necesidad de proteger a los inocentes. Me arriesgaría a perder mi capacidad de asegurar que es el justo culpable quien paga por sus delitos, y no una persona inocente. Me he pasado toda la vida intentando compensar la muerte de mi padre. Ahora no puedo darle la espalda a eso o deshonrar esa memoria por mucho que desee que las cosas sean distintas.

Ella asintió y se alejó de su caricia con la misma facilidad que las sombras se escondían cuando las tocaba el sol. No percibió que estuviera enfadada, aunque quizá sí que estuviera un poco decepcionada. Estaba intentando aceptar la decisión que él había tomado.

Empezaron a caminar de nuevo, pero ya no iban cogidos de la mano. Él sintió la ausencia de su caricia como un enorme y doloroso abismo en el centro de su pecho. ¿Cómo podía hacerle comprender que si no trabajaba para Scotland Yard su vida dejaría de tener sentido? Por muy justificado que considerara él que estaba el asesinato de Kamizuru —porque ese hombre era una auténtica bestia—, Juugo creía que solo tenía dos opciones si quería salvarla: dejar el caso sin resolver o dejar que fuera solo Tamaki quien pagara el precio. Y el hecho de que fuera Tamaki la única que respondiera ante la justicia también tenía sus complicaciones, tal como ya le había explicado a Tenten. Además, él estaba convencido de que eso significaría que también perdería a Tenten. Ella nunca le perdonaría si arrestaba a su hermana en lugar de a ella. A decir verdad, estaba convencido de que la joven se iría directamente a los cuarteles de la policía para afirmar que fue ella quien asesinó al marqués. Las hermanas intentarían compincharse para confundir a la ley y, si no lo conseguían, aceptarían el castigo.

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Después de leer el diario de Tetsuya, había otra cosa a la que Juugo no dejaba de darle vueltas. Aún había algún misterio por resolver. Si conseguía aclararlo todo quizá pudiera conseguir salvar a las dos chicas, pero el peligro que entrañaba esa misión era enorme.

―Tetsuya habla en su diario de una gargantilla de plata que Kamizuru le puso en el cuello.

Tenten le miró y él pudo ver en sus ojos que no quería comentar los detalles de lo que había sucedido entre su hermana y Kamizuru. Pero la joven apretó los dientes y él comprendió que estaba decidida a no alejarse de lo que se podía convertir en una conversación desagradable.

―Sí.

―¿Sabes si se la quedó? ¿La has visto alguna vez?

Ella se sonrojó. Era increíble que se ruborizara con tanta facilidad, incluso después de las intimidades que habían compartido. Juugo se preguntó si Tetsuya también se sonrojaba tan rápido. ¿Le habría gustado eso a Kamizuru? ¿Se habría molestado en descubrir los pequeños detalles de la personalidad de aquella chica, o solo la habría visto como un sacrificio a su brutal masculinidad?

―Tamaki y yo la encontramos entre sus cosas cuando…, después. Después de su muerte. Juugo supuso que después de leer el diario habrían decidido no guardar la joya.

―¿Qué se hizo de ella?

Ya estaban cerca de la casa. Tenten se detuvo para mirarlo como si quisiera poner fin a aquella conversación fuera de la casa para que Tamaki no tuviera que enfrentarse a aquel asunto tan doloroso. A él no le pasó por alto lo protectoras que eran las hermanas entre ellas.

―Nos la llevamos a Konoha y se la hicimos llegar a Kamizuru con un mensaje.

―¿Qué mensaje? ―la animó a seguir él.

Ella se volvió a sonrojar; su rostro adquirió el tono de rojo más oscuro que había visto jamás.

―Está muerta. Pronto lo estarás tú también.

―Un poco melodramático, pero sin duda eficaz. Ese es el motivo de que estuviera tan seguro de que queríais matarlo cuando acudió a Scotland Yard.

―¿Os enseñó el mensaje?

―Que yo sepa no. Aunque es posible que sí lo hiciera. Mi superior me dejó muy claro que debía vigilarte, averiguar qué te proponías y disuadirte de ello.

―Así que tu interés por mí era una farsa.

No había duda en la voz de la joven. No se lo había preguntado, era una afirmación. Le instó con los ojos a defender la verdad, pero él estaba tan cansado como ella de tantas mentiras. Mientras lo pensaba se dio cuenta de que el hecho de que ella fuera a su habitación la pasada noche también podía haber sido una mentira, un intento de ganarse su corazón para que se marchara sin llevarse a ninguna de las dos hermanas. Él quería confiar en ella, pero el dolor que sentía debido a su traición inicial seguía anidando en su interior. Se preguntó si algún día llegarían a confiar el uno en el otro. Y si no conseguían hacerlo nunca, ¿cómo llegaría ella a creer que él le había dado su corazón de verdad?

―Al principio sí ―dijo él―. Mi plan consistía en ganarme tus favores y convencerte para que me confesaras los motivos por los que estabas siguiendo a Kmizuru. ―Quería tocarla, pero no se atrevió. De repente ella parecía ser tan frágil como el cristal―. Pero en seguida caí presa de tu hechizo.

―¿Entonces crees que te embrujé?

―Estoy empezando a comprender que mientras yo intentaba engañarte, tú también intentabas engañarme a mí. Los dos estábamos tratando de estafar al otro. Yo quería que tú me confesaras lo que te proponías, y tú querías seducirme para que te proporcionara una coartada.

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―¿Y lo de esta noche?

―Espero que hayamos sido completamente sinceros el uno con el otro. Pero también reconozco que los dos hemos adquirido bastante práctica con el engaño, y es posible que ninguno de los dos sea capaz de reconocer la sinceridad ni aunque le muerda en el trasero.

Ella apartó la mirada y la perdió en dirección a los acantilados y al mar.

―Las únicas veces que he sido completamente sincera contigo ha sido cuando me he acostado contigo.

Él la cogió suavemente de la barbilla y le volvió la cabeza para ver bien las acarameladas profundidades de sus ojos.

―La única vez que no he sido sincero contigo es cuando te he confesado los motivos por los que te seguía.

Ella esbozó una temblorosa sonrisa.

―Hemos construido unos cimientos muy poco sólidos.

―Pero son cimientos, Tenten. Solo nosotros somos los responsables de decidir lo que queremos construir sobre ellos.

―No seas iluso, Juugo. No podemos construir nada. Estamos enfrentados. Yo he cometido un crimen y tú te dedicas a resolverlos.

¡Maldita sea! ¿Cómo podía conseguir que ella lo comprendiera? No estaban solucionando nada.

―Tenten, no todo lo que hago está siempre dentro de la ley.

―Pero eres inspector.

―Y a veces miro hacia otro lado. En este caso no puedo hacerlo porque él es un maldito noble, pero lo que sí te puedo asegurar es que, si tu sentencia no es justa, yo te sacaré de la cárcel. Yo me ocuparé de que tengas otra vida, pero primero me gustaría ver cómo vuelves a esta.

―Dijiste que tenías influencias.

―Tengo a un conde y a un vizconde en mis bolsillos, los dos relacionados al duque de mayor influencia en Konoha.

―Uchiha y Hatake, ¿él otro es el duque de Otsutsuki?

Él asintió.

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―El duque haría cualquier cosa que le pidiera su hermana, que es esposa de Sasuke Uchiha, y Kakashi Hatake el vizconde,, también adora a Hinata. Por otra parte, Suigetsu Hozuki podría comprar todo Konoha si se lo propusiera. Ellos tienen poder, Tenten. Y no tengo ningún problema en pedirles que lo utilicen.

―¿Y qué hay de ti, Juugo no Tenpi?

―Mi poder no es tan visible como el de ellos, pero lo tengo. Me lo he ganado. Ahora volvamos a la plata. ¿Recuerdas exactamente cómo era aquel collar?

Ella asintió.

―Creo que sí. Parecía una gargantilla, pero tenía varias tiras de plata colgando de ella. En realidad era muy bonita. Resulta irónico que simbolice algo tan espantoso.

―¿Podrías ayudarme a dibujarla?

Ella pareció sorprenderse.

―¿Para qué?

―Porque las estafas son mi punto fuerte, y creo que habrá que poner una más en marcha para acabar con todo este asunto.

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