Elsa mantenía los ojos puestos en el espejo, viéndose, mientras su cabello era peinado con movimientos lentos y ya ágiles. De vez en vez desviaba la mirada hacia el peluquero, que estudiaba su cabello con mucha dedicación, veía como sus orbes verdes se paseaban de un mechón a otro, insertando y deslizando el peine. Apartó la mirada del rostro levemente pecoso e hizo una mueca discreta.
Su situación aun se mantenía algo tensa, no podía evitar ruborizarse cuando estaban solos en la misma habitación, sentía vergüenza sin sentido ni fundamentos, lo sabía. Nadie estaba enterado y seguramente ella exageraba los cosas por el miedo ocasionado, pero aún así, la sentía. El sólo imaginarse lo que pudo ver o lo que pudo hacerle le ponía la piel de gallina. Resultaba imposible ver esos ojos sin recordarlos viéndola, oir esa voz sin recordar que imaginó era la de un ángel... Hans lo llevaba de mejor manera, después de todo, él no vio nada indebido y ella le lanzó hielo en autodefensa, no había porque dedicarle tiempo a algo tan insignificante. Había visto cosas peores, o tal vez mejores.
-Listo, majestad.- anunció acomodando el último cabello. Tomó un espejo de mano, lo colocó detrás de la cabeza de la reina, para que observara el resultado.
-Es...perfecto. Gracias.- dijo ella realmente admirada.
Su cabello parecía haber sido peinado por cualquiera de sus doncellas, aún no las superaba, pero si les hacía competencia.
-No imaginé que esto se le diera tan bien- comentó acariciando el peinado con delicadeza, temía arruinarlo.
-He enseñado un poco, con Sugelly...una sirvien...una cocinera, creo.- admitió encogiendose de hombros y retirando el espejo.
-Ah...- se limitó a decir.
¿Ese era el nombre de la chica con la que siempre estaba? ¿qué función tenía en el palacio? En todos sus ratos libres Hans se la pasaba con esa chica, de quien sólo reconocia el pelo extremadamente oscuro...
Observó el par de guantes que descansaban en su tocador ¿debía usarlos? Tenía más control sobre sus poderes y emociones, pero no confiaba del todo en ella y las reglas de etiqueta...
-Que no se te ocurra- interrumpió una voz femenina.
-Gerda.- suspiró con sorpresa.
-¿Cómo puedes considerar siquiera usarlos?- reprendio con una firmeza dulce- debes ser más segura, sin miedos. No pasaste todo lo que pasaste para tirarlo por la borda en la primera oportunidad ¿o sí?
La ojiazul negó con la cabeza.
-Además, ya deberías estar lista... Me refiero a lista para el baile, no lista para salir al mundo y...
-Sí, ya lo estoy.- comunicó levantándose.
-¡Oh, Elsa! ¡mírate! ¡luces tan linda!- la mujer olvidó toda formalidad y caminó para abrazar a la niña que cuidó por tantos años.
-Gracias, Gerda- la joven correspondió al abrazo con cariño, tal vez no la viera como a una madre, pero tenía claro que su vida hubiera sido aún más triste sin ella y Kai ¡cuánto les debía!
-Tienes que prometerme no llorar al ver a Anna ¡luce tan adorable!- pidió la anciana separandose del abrazo.
-Me lo imaginó- suspiró con alegría la platinada.
-¡Esta tan emocionada! ¡va dando vueltas por todo el lugar!
-Seguramente gritandole a todos- sugirió la reina entrelazando su brazo al de la señora.
-¡Uf! ¡claro que sí! "Es por mi compromiso ¡es por mi compromisoooo!"- confirmó con diversión. Ambas salieron de la habitación, caminando entre risas y bromas.
Las dos jovencitas se veían diminutas en el enorme salón que se encontraba vacío, frente a esas altas puertas
-Elsa, estoy tan emocionada- decía por quinta vez su hermana.
-Sí, lo sé.
Gerda no había exagerado al decir que Anna lucia espectacular, el rojo y el negro le sentaban de maravilla, y el estilo recatado de su vestido formal sólo resaltaba su belleza natural.
-Es el primer baile en que participo de verdad, yo decidí la comida y ¡la cantidad de chocolate!
-Se nota- comentó la rubia paseando la mirada por el salón, dónde había mínimo diez fuentes de chocolate y comida en exceso.
-No he visto a Kristoff en todo el día, ayer dijo que estaba muy indeciso, no quería venir ¿sabes? Dijo que cualquier cosa podría pasar y evitar que asistiera...¿y si no viene?
-Anna, él no te fallaria.
-¡Lo sé, lo sé! Pero...
-¡Ya es hora!- anunció con voz potente Kai.
Ambas hermanas se miraron.
-¿Lista?- preguntó la mayor.
-¡Más que eso!- respondió la menor.
Tomaron una perilla de cada una de las puertas principales, suspiraron y las abrieron totalmente. En el lugar se hallaba desde gente noble hasta gente humilde, era un evento general.
Inmediatamente todos las ovacionaron y aplaudieron.
-¡Reina Elsa de Arendell! ¡Princesa Anna de Arendell!- presentó con orgullo Kai.
-Sean bienvenidos a el evento que da por iniciada la temporada de bailes en Arendell- saludaron al unísono las dos.
Ese baile no era tan diferente al anterior. Elsa se pasaba toda la noche conociendo gente y rechazando invitaciones para los bailes, aunque sus oportunidades de mantenerse libre empezaban a acabarse, ya no conocía a otra joven bella para presentarle a sus "pretedientes" y como anfitriona estaba obligada a bailar mínimo una vez. Pero ahora menos que antes quería hacerlo, varios príncipes le habían coqueteado e insinuado sin ninguna reserva. Tuvo que usar toda su fuerza de voluntad para no congelarlos.
Quería sólo huir de allí...ni siquiera tenía el apoyo total de Anna, quién estaba a veces con ella, a veces con Kristoff, pues las reglas de la buena sociedad impedía estar juntos por mucho tiempo a los enamorados, sino jamás se separaria del rubio. Su hermana se veía de lo más enamorada, expulsaba amor con la mirada y la sonrisa tonta que se mantenía eternamente en sus labios. Su novio llevaba un traje a juego con su vestido, cualquier persona que no lo conocía no podía ni imaginarse que se trataba de un montañés vendedor de hielo, parecía un verdadero señorito elegante. Se vio obligado a bailar con dos o tres jovencitas, y la reina tuvo que contener la risa al ver la expresión celosa de la princesa.
Olaf también había sido invitado, pero declinó la invitación, diciendo que aprovecharía la ocasión para visitar a sus hermanos.
La única persona que se pasaba gran parte del tiempo con ella era Hans, ya que también fungia cómo su mayordomo personal, se encargaba de mantener su copa de vino llena o de acercarle algún refresco. Pero él tampoco le era de mucha utilidad, se mantenía bastante serio y taciturno.
-Hans- llamó en tono bajo.
-¿Sí?
-Yo sé que usted sabe más de esto que yo...dígame ¿se vería muy mal si no bailo?
-Tan mal como si en este mismo instante expulsara a todos sin dar alguna explicación, majestad.
-Eso ya lo hice una vez y a nadie pareció importarle.
-Lo que pasó después de eso fue un espectáculo que daba más para hablar que su falta de educación, majestad.
-Cierto... Pero me han presentado a todos los príncipes y los he rechazado. ¿Qué tal si bailo con Kristoff?
-Sería como bailar con el otro anfitrión, ya que la ceremonia es en su honor. Pero parece algo razonable.
Kai se acercó en ese momento, junto con un anciano flacucho y muy alto, y un joven de cabello azabache y piel morena. Elsa se levantó para que se hicieran las debidas presentaciones, pues sabía de memoria el protocolo.
-Majestad, rey de Cambridge. Philiph Woodword.
El anciano hizo una reverencia exagerada y le sonreía como un idiota.
-Es un placer conocerla- dijo con voz ridícula.
Ella respondió con un leve asentimiento de cabeza.
-Y su hijo, William Woodword, príncipe de Cambridge.
Él joven hizo una reverencia más seca, era obvio que la hacía por mera educación.
-Majestad- saludó con un deje de desdén en el saludo.
La platinada tuvo que esconder la cara de reproche y desagrado que le provocaron esos dos hombres. A uno se le leían a leguas las inteciones y el otro parecía no estar conforme con nada de lo que había a su alrededor.
-Un placer- mintió tal cual las reglas se lo exigían.
-Lamentamos el retraso, pero su pueblo es tan encantador que nos hemos quedado por ahí...observando su belleza.
-Lo entiendo.
-Aunque ahora que estamos aquí, me tomare el atrevimiento de pedir su compañía para el siguiente baile.- ofreció su mano enguatada mostrando de nuevo sus amarillos y gastados dientes. Los ojos celeste de la rubia no pudieron retener más su enfado, no sólo con ellos, si no con la noche en sí.
-Lo siento, estoy un poco agotada- rechazó con la mayor cordialidad que pudo.
-Bueno, tal vez a William le gustaría...- todas las miradas se dirigieron al joven, quien no se molestó en esconder su desacuerdo.
-No, para nada. Dejemos a la reina descansar. Si me permiten- hizo una rápida reverencia y se fue sin más. Dejando a los presentes perplejos y anonadados.
-Yo...bueno mi hijo no suele...- empezó a excusarse el rey.
-No importa majestad- interrumpió en claro tono molesto, entiendo que no todos somos fans del baile.
-Sí, si claro. Bueno, con su permiso.- el rey hizo una última reverencia y se marchó, con la cara roja, no sabía si de coraje o de vergüenza.
Dejó caer su delicado cuerpo en el trono y rechino los dientes para no gritar e ir a darle una bofetada a aquel engreído.
-Reina, tranquilícese por favor.
Le pidió la voz a su izquierda, parpadeo un par de veces y se encontró con cientos de ojos clavados en ella y el sonido del cuchicheo. Sonrió, con la esperanza de que eso diera a entender que todo estaba bien.
-Dígame que la temperatura no ha descendido- pidió entre dientes.
-Estaría mintiéndole.
-Su cara fue de veras asombrosa- le susurró Sugelly cuando se encontraron en la mesa de los refrigerios- ¿qué fue lo qué sucedió?
-¡Oh, nada importante! Simplemente el príncipe se negó rotundamente a pedirle siquiera que bailará con él.
-¿Cómo?- preguntó asombrada.
-Cómo escuchaste, él ni se dignó a ofrecer su mano ¡ja! Una cucharada de su propio chocolate.
-¡Hans! Por Dios, bien sabes tú que es muy diferente rechazar a un hombre que a una mujer...y más si ésta es una reina y tu anfitriona.
-Lo sé, pero ella es tan mezquina que se da el lujo de rechazar cuantas invitaciones recibe, sólo porque es la reina.
-Y no sabe bailar.
-Puede aprender cuando quiera.
-Bueno, como quiera que sea, todos terminarán olvidando el incidente.
Se afinaron unos violines, anunciando el inicio del nuevo vals. Hans lo conocía de sobra, había pasado semanas ensayandolo con Kristoff.
Todas las parejas se reunieron en el centro de la pista y los pocos que no bailarían hicieron fila para tener una buena vista. Aquel baile era un gran espectáculo, por sus difíciles y delicados movimientos.
-¿Me concederia su mano en la cuadrilla?- dijo haciendo una reverencia y extendiendo la palma abierta a su amiga. Hacía mucho que no se daba el placer de bailar y había visto que la chica tenía gracia para el arte, cuando era modelo del rubio.
La joven soltó una risita y puso su mano en la del muchacho. Caminaron sólo unos pasos y se formaron frente a frente, alejados de la multitud. Ambos borraron las sonrisas de sus rostros, profundizando sobre todo la mirada, cómo el baile requería.
Sonó la primera nota y todos hicieron la reverencia que daba por iniciada la danza.
La música empezó a sonar, ambos se acercaron con rapidez hacia el otro, él la tomó con posesión de la cintura y ella se aferró con fiereza a su hombro. Comenzaron a moverse en perfecta sincronía, sin apartarse la mirada. El vestido servicial de ella se movía con más gracia que el de cualquier otra elegante jovencita, y sus movimientos eran delicados pero con el drama que se solicitaba. Lo veía como si realmente fuera a perderlo, cómo si aquel fuera de verdad el baile que les condenaria a muerte.
La historia que se había generado respecto a la popular danza era algo oscuro. Los protagonistas eran dos amantes que fueron separados y obligados a casarse con quién no amaban, que se reencontraron después de varios años e iniciaron su amorío. Cómo debía esperarse, los esposos engañados se enteraron, cuando en un baile la doncella de la joven la traicionó y contó la verdad. Las noticias llegaron rápido a los oídos de los enamorados, quienes decidieron morir con dignidad, gritando su pasional y prohibido amor con esa danza algo íntima, jurandose amor eterno en cada son. Ambos murieron justo cuando iban a sellar el pacto con un último beso. Por eso se necesitaba drama y seriedad.
Aquella pareja de sirvientes lo lograba con naturalidad, debido a sus ya pasionales naturalezas y el extraño lazo de amistad que los unía.
Hans se atrevió a acercar más el delicado cuerpo femenino al suyo y a acariciar con el pulgar la diminuta cintura. Queriendo penetrar el alma de su bailarina a través de los ojos, pero ella no era presa fácil y se alejó, sin dejar de danzar. Comenzando ahora con el juego de cazador-victima.
Estaban tan enfrascados en su representación que no se dieron cuenta de que eran objeto de observación. Varios asistentes los veían con admiración, siendo parte de ellos la misma reina. Arrugó el entrecejo inconscientemente, ellos parecían de verdad dos amantes de la antigua Verona. Vio como él la tomaba de la cintura con una mano y la pegaba a su costado, y cómo ella le tomaba el cuello con fuerza; y luego giraron, sus ojos parecían imanes que se llamaban, no dedicaban su mirada a algo más que no fueran los ojos de su compañero. La música aumentaba la intensidad en cada giro, avisando sobre el peligro próximo, deteniendose abruptamente, señalando la llegada del marido furioso. El la bajo con brusca delicadeza y dobló su cuerpo, la música empezó a sonar con tono lento y lúgubre, juntaron las manos que quedaban libres y acercaron sus rostros. Juraría que la besaria, parecía tener toda la intención de hacerlo...pero sonó la última nota, se sapararon con rapidez y se alejaron, quedando nuevamente frente a frente y haciendo la reverencia que daba por finalizado aquel espectáculo. Todos apludieron entusiasmados, sobre todo a la pareja del fondo.
Sin saber porque, Elsa deseó haber sido la azabache durante aquel baile.
¿Amor? ¡No! ¿dónde? ¿celos? ¡claro que no! ¿Helsa? Helsa xD
