Los personajes de Naruto no son míos, son de Kishimoto... la historia si es de Lorraine Heath

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ACLARACIÓN

Será una adaptación, sin embargo haré algunos cambios, sobretodo con el personaje de Karin, en la historia original es un personaje odioso al ser una Mary Sue que sinceramente aborrecí, y cambiaré un poco el amor del protagonista por Karin, en esta versión sale un poco porque la sustituiré con otro personajes en ciertas ocasiones.

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Espero disfruten esta historia, la cuarta de esta serie de adaptaciones; así como yo lo hice.

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CAPÍTULO 22

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El marqués ha aceptado nuestra invitación para la partida privada de esta medianoche en el club Hozuki. Disfruta de tu libertad.

U.

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El nuevo marqués de Kamizuru debería haber estado de luto por la muerte de su hermano, pero estaba claro que el dolor que sentía no era tan intenso como para que abandonara todos sus vicios y placeres. Juugo había escuchado decir que el más joven de los hermanos tenía cierta debilidad por los juegos de azar. Y ningún hombre con semejante debilidad pasaría por alto la oportunidad de poner a prueba sus habilidades contra Uchiha, Hyuga, Hatake y Hozuki. Esos hombres eran auténticas leyendas en las mesas de juego. Aunque desde que se habían casado nadie acostumbraba a ver nunca a ninguno de los caballeros en una mesa de juego. ¿Quién podía culparlos? Sus esposas eran las mujeres más encantadoras de todo Konoha.

A excepción de Tenten, claro, que en realidad no era de Konoha. Sin embargo, a Juugo le parecía la más atractiva de todas.

Juugo esperó escondido entre los setos de la residencia que el marqués tenía en Konoha hasta que vio marchar el carruaje alrededor de las once y media. Luego esperó otra media hora para que se retiraran los sirvientes antes de acercarse a la entrada del servicio. Se arrodilló, se sacó una pequeña vela del bolsillo, encendió la mecha, estudió la cerradura y pocos segundos después estaba dentro de la cocina.

Una prueba tan incriminatoria como lo era la gargantilla solo podía hallarse en uno o dos sitios: en la biblioteca o en la habitación del dueño. Juugo decidió empezar por la biblioteca. Recordaba muy bien dónde se encontraba porque ya había estado allí cuando acudió a la casa para investigar la escena del crimen.

Utilizó la pequeña luz que procedía de su vela, y sin hacer ningún ruido, sin apenas respirar, se deslizó cuidadosamente por los pasillos como un silencioso espectro. No se cruzó con ningún sirviente, aunque tampoco esperaba que ninguno de ellos siguiera despierto. Cuando el dueño no estaba, el sueño se apoderaba de cualquier casa.

Abrió la puerta de la biblioteca, entró y la cerró tras de sí. Alzó la vela y se fue abriendo camino por entre las numerosas zonas de descanso en dirección al enorme escritorio que había al fondo de la estancia. Se dio cuenta de que en la alfombra había un dibujo distinto al que había visto cuando estuvo allí por última vez. No le resultó sorprendente. La sangre no acostumbraba a resultar precisamente decorativa.

Después de dejar la vela sobre el escritorio, empezó a abrir cajones en busca de pestillos que escondieran compartimentos secretos. El anterior marqués no querría que nadie descubriera sus secretos. Pero aquella actitud tampoco resultaba ajena a la aristocracia. Ese era precisamente el motivo por el que Orochimaru les había enseñado tan bien a descubrir los misterios que escondía un escritorio.

―¿Está buscando algo, inspector?

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Juugo levantó la cabeza y vio al nuevo lord Kamizuru saliendo de una oscura esquina. Al creer que estaba completamente solo no se había molestado en comprobar las zonas que quedaban a sus lados o detrás de él. El nuevo marqués no desprendía el hedor que caracterizaba a su hermano, por lo que Juugo no había percibido su presencia. Era una lástima. Estaba intentando encontrar una excusa lógica que explicara su presencia cuando Kamizuru alzó la mano. De ella colgaba una joya de plata.

―¿Esto, tal vez?

Juugo se dio cuenta de que sin duda estaba perdiendo su toque. Se había obsesionado tanto con la seguridad de Tenten que se estaba volviendo descuidado justo cuando resultaba de vital importancia que actuara con la mayor diligencia posible. Cerró el cajón que acababa de abrir y alzó las manos en son de paz.

―¿Cómo sabía que iba a venir?

―¿Una invitación del infame lord Konohagure para una partida privada con el famoso Hozuky Hatake en persona, por no mencionar a un duque de la más alta alcurnia? ¿A mí? ¿Un nuevo marqués que aún se está habituando a su título? Además, sé que están ustedes relacionados, tanto entre ustedes como con las calles de Konoha. ―Se encogió de hombros―. Soy joven, pero no soy tonto. Enseguida sospeché que alguien quería que abandonara mi residencia por algún motivo.

―Así que mandó usted al club Hozuki un carruaje vacío.

―Así es. Debo reconocer que me pareció un gesto muy inteligente por mi parte. ―Se acercó a Juugo―. Yo sé que no mentí sobre lo que vi la noche que mi hermano fue asesinado, y eso significa que usted mintió cuando afirmó que la chica estaba con usted.

―Yo no mentí.

―Lo cual tiene que significar entonces que estaba usted con ella y la ayudó a matarle. Quizá fuera usted quien clavó la daga. Si es así, me alegro por usted. Sírvase una copa. Se lo tenía bien merecido. Por lo que he descubierto hace poco, mi hermano era un auténtico monstruo. No tengo ninguna intención de declararme culpable de un crimen que no cometí, pero haré todo lo que pueda para ayudar a que usted y la dama puedan abandonar el país.

―Yo no mentí cuando aseguré que mi chica no estuvo aquí aquella noche. Y puedo demostrarlo.

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―¡Gemelas! ―exclamó Kamizuru con aspecto y voz de sorpresa.

―Trillizas ―dijo Tamaki con aspereza―, hasta que su hermano destruyó a nuestra hermana.

Juugo decidió llevar a Kamizuru a casa de Otogakure. Sabía que las chicas estarían despiertas esperando para saber si había conseguido encontrar la joya. Los caballeros también estaban en la biblioteca. Cuando se dieron cuenta de que Kamizuru no iba a hacer acto de presencia en su partida privada, volvieron a casa.

Por lo visto, Kamizuru no sentía ningún aprecio por su hermano. Era un hombre esbelto, pero no tan alto como el anterior marqués. Y sus facciones no estaban teñidas por la arrogancia. Volvió a mirar a Juugo.

―Encontré su diario. Mi hermano escribía sobre sus vergonzosas hazañas con todo lujo de detalles. Nunca he podido comprender por qué conservaba un registro de su lamentable conducta. ―Se volvió en dirección a las chicas―. ¿A cuál de ustedes le debo una disculpa por mi comportamiento en los jardines de Konoha?

―Supongo que esa soy yo ―dijo Tamaki con su habitual tono mordaz.

―Me dijo que era usted una prostituta que se negaba a dejarlo en paz. Nos dijo a mis amigos y a mí que nos divirtiéramos con usted.

―¿Y pensó usted que forzarme sería divertido?

El marqués se sonrojó y agachó la cabeza para observarse detenidamente los zapatos.

―Quizá no sea tan diferente de mi hermano, a fin de cuentas. Un hombre que actúa como un sinvergüenza cuando le conviene.

―Usted es muy distinto ―dijo Juugo mientras se acercaba a una mesa, servía un vaso de whisky y se lo ofrecía a Kamizuru―. ¿Aún tiene usted ese diario?

El marqués pareció sorprenderse al escuchar aquella pregunta.

―No. Experimenté un gran placer al quemarlo. ¿Hay alguna forma de evitar que esta situación llegue a las páginas del periódico?

―Siéntese ―dijo Juugo.

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Aunque sus órdenes estaban dirigidas al marqués, todos los demás las siguieron a rajatabla. A él le hubiera gustado estar más cerca de Tenten para poder sentarse junto a ella en el pequeño sofá. Pero la joven se acomodó junto a su hermana y dejó que la cogiera de la mano. Quería ser él quien la consolara. Se había enfadado con ella cuando la joven insistió en que quería que la pusiera a ella en peligro en lugar de a su hermana. Pero ahora solo deseaba abrazarla.

Se inclinó hacia delante, apoyó los codos sobre sus muslos y le preguntó a Kamizuru:

―¿Hablaba su hermano en el diario del lugar en el que se celebraban las reuniones?

―No. Pero a mí me dio la sensación de que siempre se hacían en un lugar distinto. Sin embargo, la noche siempre era la misma, los miércoles. Las damas, si es que se las puede llamar así, acudían a los jardines luciendo la joya. A cada una de ellas se le acercaba un caballero distinto que la acompañaba hasta un carruaje. Supongo que los caballeros conocían el lugar de reunión, pero las damas no. Me imagino que cuantas menos personas lo supieran mejor.

―¿Recuerda usted que en el diario apareciera algún nombre?

Kamizuru dio un trago de whisky.

―No. Mi hermano estaba más interesado en describir los rituales y la orgía que los detalles organizativos. Lo que sí sé es que solían iniciar periódicamente a mujeres en la sociedad y que no siempre acudían allí voluntariamente. Empleaban el chantaje, la coacción, el miedo y la vergüenza para evitar que las mujeres hablaran de ellos. También escribió sobre… ―Se le apagó la voz y negó con la cabeza.

―¿Qué escribió, milord? ―le animó a continuar Juugo.

Kamizuru se acabó el whisky y apretó el vaso hasta que sus nudillos se pusieron blancos.

―¿Milord?

Kamizuru volvió a agachar la cabeza.

―Él… él mató a alguien. Se puso demasiado violento con ella. Fui incapaz de leer los detalles. Me ponía enfermo. ―Levantó la mirada y la posó sobre Juugo―. ¿Qué se propone hacer con la información?

―Queremos encontrar a los demás. Y si se reúnen las noches de los miércoles eso quiere decir que mañana se celebrará el próximo encuentro.

―Estoy dispuesto a ayudarles en todo lo que pueda.

―Entonces préstenos la joya de plata.

―Puede usted quedarse con esa maldita cosa. ¿Qué ha planeado?

Juugo concluyó que no podía culpar a aquel hombre por mostrar interés y le explicó cómo pretendían tender la trampa.

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Tamaki percibió cómo Tenten se ponía tensa cuando el señor Juugo anunció que sería Tamaki quien se pasearía por los jardines de Konoha la noche siguiente. Era lo más justo. A fin de cuentas, ella era la mayor, aunque solo fuera por unos minutos. Si no la hubiera elegido, le tendría que haber dado un somnífero a Tenten. No pensaba permitir que su hermana pequeña se pusiera en peligro. Especialmente teniendo en cuenta que había un caballero muy interesado en Tenten. Era muy posible que el señor Juugo se encargara de que su hermana no tuviera que pagar por lo que le había ocurrido al anterior Kamizuru.

Después de que explicaran todos los detalles y de que los demás empezaran a marcharse, Tamaki se deslizó por la puerta y salió al jardín. Ella no estaba tan cómoda ni confiaba tanto en aquellas personas como Tenten. Lo único que quería era que acabara todo aquel asunto.

―¿Señorita Lee?

Acababa de llegar a la zona de los jacintos cuando escuchó que alguien decía su nombre. Hizo acopio de fuerza de voluntad, se volvió lentamente, echó los hombros hacia atrás y levantó la barbilla para mirar a Kamizuru.

―Milord.

―Usted es quien acabó con la vida de mi hermano.

―Lo podría haber hecho mi hermana. ―Tamaki no sabía por qué había dicho aquello. Hasta aquel momento se había sentido orgullosa de lo que había hecho, pero hasta entonces no había conocido a nadie que pudiera apreciar a aquel monstruo. Nunca pensó que podría tener familia o amigos. Lo único que ella vio fue a un hombre que le había arrebatado a una persona a la que quería mucho.

―No. En sus ojos brilla un pesar más profundo que en los de su hermana. ―Su voz resultaba tranquilizadora y compasiva, y, por algún motivo, aquello la irritaba.

―Me ha malinterpretado usted, milord. Yo no me arrepiento de lo que hice. Su hermano sometió a mi hermana a sus deseos. Y cuando acabó con ella dejó que otros hicieran lo mismo, como si no fuera más que un pedazo de carne que uno tira a los perros. Lo único que lamento es que muriera tan deprisa.

Se hizo un espeso silencio entre ellos, como si él no supiera cómo responder a aquella acusación.

―¿Paseamos? ―preguntó él finalmente señalando el camino de piedra.

Ella se sintió agradecida de poder reanudar su paseo y él empezó a caminar a su lado.

―Actúa usted con mucha valentía para fingir que no le importa, pero no creo que el asesinato forme parte de su naturaleza ―dijo él en voz baja.

―Usted no sabe nada acerca de mi naturaleza, milord.

―¡Cielo santo!, creo que podría usted haber cortado a mi hermano en pedacitos utilizando solo la lengua.

―¡Cómo se atreve! ―espetó ella volviéndose hacia él haciendo aspavientos y golpeándole los hombros con los puños―. ¡Usted no tiene ni idea de lo que hizo!

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Él la agarró de las muñecas y las presionó sobre su pecho. A pesar de lo alterada que estaba, Tamaki pudo sentir los acelerados latidos del corazón del marqués.

―Sé exactamente lo que hizo y, probablemente, más detalladamente que usted. Mi hermano no escatimó en detalles al escribir sobre lo sucedido.

La joven dejó de pelear. Odiaba saber que otras personas conocían exactamente la suerte que había corrido su hermana.

―Le agradezco que quemara el diario.

—No fue difícil. No se puede comparar con los peligros a los que se va a enfrentar usted mañana por la noche.

―No soporto pensar que alguien pueda pasar por lo mismo que pasó Tetsuya.

―No creo que fuera usted tan cruel como pretende hacernos creer.

Ella no se dio cuenta de que le había soltado las muñecas hasta que sintió cómo le posaba la mano en la nuca y la animaba a apoyarse sobre su hombro. Por mucho que intentó impedirlo con todas sus fuerzas, fue incapaz de reprimir las lágrimas, y unas enormes gotas cálidas empezaron a resbalar por sus mejillas.

―Lo lamento si le quería usted ―dijo ella.

―No le quería. No después de lo que leí. ¿Cómo podría alguien sentir afecto por un hombre así? Me alegro de que haya muerto, señorita Lee. Lo único que lamento es que haya sido usted la que se haya encargado de quitarle la vida.

Tenía la voz entrecortada, como si se estuviera esforzando por decir aquellas palabras, y ella se preguntó si él también estaría llorando.

―Me consolaré pensando en ello cuando me impongan mi sentencia, milord.

Él se apartó de ella y, bajo la tenue luz que proyectaban las antorchas del jardín, Tamaki pudo ver la humedad del dolor brillando en sus mejillas mientras le deslizaba los pulgares por el rostro para limpiarle las lágrimas.

―No se precipite pensando en la horca, señorita Lee. Muchos crímenes se quedan sin resolver. Y sospecho que este será uno de ellos.

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Tenten no dijo ni una sola palabra cuando Juugo anunció que sería Tamaki la encargada de protagonizar el engaño. Tenía demasiada dignidad como para ponerse a gritar delante de personas a las que apenas conocía, especialmente cuando la mayoría pertenecían a la nobleza.

Sin embargo, mientras se preparaba para irse a dormir se sentía inquieta. Juugo se había marchado diciendo poco más que buenas noches. Por muchas ganas que tuviera de hablar con él, estaba convencida de que no podría persuadirlo para que cambiara de opinión. Ella ya había utilizado sus armas con él en una ocasión. El delicado equilibrio de su relación se rompería si intentaba seducirlo para conseguir lo que quería.

Aún así, no podía negar lo decepcionada que se sentía al darse cuenta de lo poco que había tenido en cuenta sus deseos al negar su petición por completo.

De repente escuchó un suave golpecito en su puerta y se sobresaltó. Probablemente se tratara de Tamaki, que no podía dormir o que quería hablar sobre lo que podría ocurrir la próxima noche. O quizá su hermana quisiera preguntarle qué opinaba sobre el nuevo lord Kamizuru. A Tenten no le había pasado por alto la forma en que se miraban el uno al otro, o lo mucho que se había sonrojado su hermana cuando volvió de dar un paseo por el jardín con él. No se parecía a su hermano, pero Tenten no podía olvidar el hecho de que hubiera querido lastimar a su hermana aquella primera noche en los jardines de Konoha. No le gustaba que Tamaki pudiera excusar aquella ofensa con tanta facilidad.

Tenten se quedó sin aliento cuando abrió la puerta y vio a Juugo.

―Ya sé que estás enfadada conmigo, pero…

―Solo me enfadaré contigo si no me la devuelves sana y salva.

―Te prometo que haré todo cuanto esté en mi mano.

―¿Y si no es suficiente?

―Por favor, confía en mí, Tenten. Yo crecí haciendo esta clase de cosas, organizando trampas y engaños. Incluso después de irme a vivir con el abuelo de Sasuke, me escapaba para seguir ayudando a Orochimaru.

―Yo confío en ti, pero es que… no quiero perderla, Juugo.

Él asintió como si la silenciosa aceptación de lo que ella le había pedido fuera todo cuanto pudiera darle.

―Y tampoco quiero perderte a ti, no quiero que te ocurra nada malo ―dijo ella.

―También haré todo lo que pueda para evitar eso.

Se quedaron allí de pie un momento. Tenten escuchó las campanas del reloj que había en el vestíbulo. Dos campanadas.

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―Pensaba que todos se habían ido a la cama ―dijo ella por fin.

Él esbozó su clásica sonrisa.

―Y así es.

La joven le reprendió con la mirada.

―No creo que te hayan dado una llave de la casa.

―No. Pero nunca la he necesitado. ―Le acarició la mejilla―. Soy muy consciente de lo que os estoy pidiendo a ti y a tu hermana, Tenten. Me gustaría dormir abrazado a ti esta noche.

Esbozando una recatada sonrisa, ella le invitó a su habitación y a su cama.

Varios minutos después, cuando yacía satisfecha entre sus brazos, le dijo:

―La otra noche se habló de mandarnos al extranjero, y tuve la impresión de que era algo que ya habías hecho en ocasiones anteriores.

Él le acarició el brazo muy despacio.

―En alguna ocasión hemos ayudado a personas que se lo merecían a empezar una nueva vida, a veces incluso los hemos sacado de la cárcel antes de que acabaran de cumplir sus condenas.

Ella apoyó el codo sobre el colchón para levantar la cabeza y mirarle a los ojos. Tenía el pelo despeinado y necesitaba un buen afeitado. Desprendía el suave olor a almizcle que siempre emanaba después de hacer el amor. Ella se dio cuenta de que le volvía a desear.

―Antes has mencionado que tenías cierta influencia.

Él se encogió de hombros.

―Tengo acceso a archivos, documentos, calabozos y prisiones. Si creo que alguien ha recibido una sentencia injusta, si creo que la intervención está justificada, puedo sacarlos de la cárcel y sustituirlos por alguien que sí se merezca ese castigo. La cárcel de Sunakagure es perfecta para eso porque los prisioneros no pueden hablar y están obligados a llevar la cabeza cubierta cuando salen de sus celdas. Y la deportación siempre supone una gran posibilidad de intercambiar a una persona por otra.

―¿Sueles hacer estas cosas habitualmente?

―No. Pero cuando las circunstancias lo requieren… Karin tiene mucha habilidad. Puede falsificar cualquier documento o firma. Me atrevería a decir que podría convertirme en duque y ni siquiera la hokage sería capaz de detectar si la firma del documento es realmente la suya. Hozuki suele esconder a personas en su club de juego o les ofrece un trabajo. Al asearse, vestirse adecuadamente y empezar de nuevo con otro nombre en una zona distinta de Konoha donde nadie los conoce, están a salvo. Uzumaki, a quien aún no has conocido, era profanador de tumbas cuando era niño. Si alguna vez necesitamos un cuerpo, él es nuestro hombre. Uchiha siempre nos proporciona el dinero necesario para organizarlo todo y es quien suele hacer las veces de intermediario. A él no le cuesta nada mezclarse con las capas más altas de la sociedad o con las más bajas. Si nos ponemos todos de acuerdo, podemos darle a cualquiera la oportunidad de volver a empezar.

―Eso es lo que han pensado que quieres hacer por Tamaki y por mí.

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Él le acarició la mejilla y le cogió un mechón de pelo para enredarlo entre sus dedos.

―Es una opción. Yo tengo la esperanza de que, si conseguimos encontrar a los miembros de esa sociedad, la justicia disculpe vuestro delito anterior.

Tenten apoyó la cabeza sobre su pecho.

―¿Y si no funciona?

―Entonces nos iremos a Kirikagure.

Ella levantó la cabeza.

―¿Vendrías con nosotras?

―Ya sé lo que es tenerte en mi vida. Y también sé lo que es no tenerte en ella. Haré todo lo que sea necesario para asegurarme de que eso no vuelva a suceder.

Las lágrimas asomaron a los ojos de Tenten.

―Deja que mañana sea yo quien se ponga en peligro en lugar de Tamaki.

―No puedo. ―Cuando ella se movió para alejarse de él, Juugo la detuvo enredando los dedos en su pelo e inmovilizándola―. Tu hermana está sufriendo, Tenten. Tú lo sabes. Necesita ser ella quien vaya a los jardines de Konoha.

Sabía que tenía razón, pero no le gustaba. Se liberó de su cautiverio y se puso de lado. Él la rodeó con el brazo para pegarla a su cuerpo de forma que la espalda de la joven quedó pegada a su pecho.

―Confía en mí, Tenten. Por favor, confía en mí.

―Confío en ti ―susurró ella. Pero aunque su corazón creía ciegamente en esas palabras, su cabeza seguía inquieta.

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La noche siguiente, mientras observaba su reflejo en el espejo de cuerpo entero, Tamaki no podía negar que los nervios que sentía se parecían a los que sintió la noche que se enfrentó a Kamizuru. Un poco de peligro, un poco de riesgo y un poco de incertidumbre. Por mucho que intentara anticiparse a cualquier situación, siempre cabía la posibilidad de que ocurriera algo que no había previsto.

―Deberías llevar alguna arma ―dijo Tenten, que estaba junto a ella observando hasta el último detalle del vestido rojo que la vizcondesa le había prestado a Tamaki.

―El señor No Tenpi me ha dicho que me dará una cuando suba al carruaje. ―Observó el ceño fruncido de su hermana y la tensión con la que apretaba los labios―. Por favor, Tenten, no te preocupes.

―Por lo menos deberíais dejar que fuera contigo para estar allí en caso de ser necesario.

Tamaki dejó de mirarse al espejo y abrazó a Tenten.

―Si tú estuvieras también en esos jardines, yo estaría preocupada. Y estoy segura de que el señor no Tenpi también. Si lo hacemos así todos nos podremos concentrar mejor en lo que debemos hacer.

―Podrías llamarle Juugo, ¿sabes? ―Tenten no solía adoptar ese tono tan petulante.

―Es tu pretendiente, Tenten, no el mío.

Tamaki se acercó al tocador. Había llegado la hora. Inspiró hondo.

―¿Me ayudas a ponerme la gargantilla?

Tamaki se acercó con cuidado, como si temiera volver a ver lo que Kamizuru le había dado a su hermana.

―¿Cómo es posible que algo tan bonito esconda un propósito tan malvado?

―No lo sé ―dijo Tamaki.

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Las hermanas se quedaron mirando la intrincada y delicada joya durante varios minutos. Ninguna de las dos se atrevía a cogerla.

―Si no fuera tan bonita, realmente parecería un collar para un animal y un auténtico símbolo de sumisión ―dijo Tenten.

―La odio ―dijo Tamaki.

―Pues no te la pongas.

―Nadie se acercará a mí si no me la pongo. Venga, acabemos con esto.

Tenten asintió con brusquedad, levantó la gargantilla y la colocó con cuidado sobre el cuello de su hermana. A Tamaki le sorprendió lo mucho que pesaba a pesar de lo delicada que parecía la pieza. Tenten se peleó con el cierre durante algunos minutos y por fin Tamaki escuchó el ruido del cierre.

―Ya está.

―Pensaba que intentarías engañarme y te la pondrías tú ―dijo Tamaki.

―He estado a punto de hacerlo, pero no le veía el sentido. Estoy segura de que Juugo me la hubiera quitado para ponértela a ti.

―Me parece que ese hombre se ha encariñado de ti, Tenten.

Tenten asintió y alargó los brazos para estrecharla con lágrimas en los ojos.

―Por favor, ve con mucho cuidado ―susurró―. Si pierdo otra hermana seré incapaz de vivir.

―No te preocupes. No tengo la intención de hacer nada heroico.

Pero mientras salía de la habitación, Tamaki pensó que las cosas no siempre salían como uno las planeaba.

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