Los personajes de Naruto no son míos, son de Kishimoto... la historia si es de Lorraine Heath

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ACLARACIÓN

Será una adaptación, sin embargo haré algunos cambios, sobretodo con el personaje de Karin, en la historia original es un personaje odioso al ser una Mary Sue que sinceramente aborrecí, y cambiaré un poco el amor del protagonista por Karin, en esta versión sale un poco porque la sustituiré con otro personajes en ciertas ocasiones.

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Espero disfruten esta historia, la cuarta de esta serie de adaptaciones; así como yo lo hice.

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CAPÍTULO 23

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Tenten se concentró en su labor. No sabía por qué se molestaba: nunca había sido especialmente habilidosa utilizando el hilo y la aguja. Bueno, excepto la vez que tuvo que coser la herida que Juugo se hizo en la cabeza.

Estaba sentada en el salón y escuchaba perfectamente el tictac de las agujas del reloj que descansaba sobre la repisa de la chimenea. Estaba a punto de volverse loca. Ya hacía dos horas que se habían marchado. ¿Cuánto tiempo tardarían? ¿Estaría bien Tamaki? ¿Y Juugo? ¿Estarían corriendo mucho peligro? Se puso en pie y se volvió a sentar inmediatamente.

―La espera siempre es la parte más complicada ―dijo la vizcondesa en voz baja―. Recuerdo cuando Orochimaru se llevaba un par de chicos para un robo o alguna estafa. El tiempo siempre parecía pasar muy despacio mientras esperábamos a que volvieran a casa.

Tenten apreciaba que Karin estuviera intentando distraerla de sus dolorosos pensamientos, pero cada vez eran peores.

―Me temo que no soy la mejor compañía.

―No tienes por qué entretenerme, Tenten. Sé que estás preocupada por tu hermana y por Juugo, pero él sabe muy bien lo que hace. Y los chicos cuidarán de tu hermana.

A Tenten casi se le escapa una sonrisa cuando escuchó que la vizcondesa llamaba chicos a sus amigos. Ya se había dado cuenta de que así era como se refería a cualquiera de los hombres que habían formado parte de la pandilla de ladrones de Orochimaru: Juugo, Uchiha y Suigetsu Hozuki.

―Estás muy unida a todos ellos.

Karin sonrió al pensar en sus queridos recuerdos.

―Para mí es como si fuéramos hermanos, aunque no estemos unidos por lazos de sangre.

―Son muy afortunados.

―Al contrario. Soy yo quien tiene suerte de tenerles. Dime, Tenten, ¿hay un lugar especial en tu corazón para Juugo?

Tenten suspiró y negó con la cabeza.

―Ahora mismo me siento tan enfadada con él que no estoy segura. Ya sé que debería estar contenta de que no haya querido arriesgarse a que me ocurriera nada en los jardines de Konoha, pero si pierdo a otra hermana… estoy segura de que perderé la cabeza.

―Debes confiar en él.

―Y lo hago. Solo me preocupa que pueda haber juzgado mal la situación.

―Es muy bueno haciendo lo que hace.

―Pero no es invencible. Yo le engañé.

―Creo que eso fue porque se involucró emocionalmente. ―La vizcondesa miró en dirección a la puerta―. ¿Sí,Isago?

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―Lord Kamizuruha venido a visitarlas ―anunció el mayordomo.

―Dile que entre.

Tenten se puso en pie al mismo tiempo que la vizcondesa. Tenía un nudo en el estómago. Lord Kamizuru entró en el salón con el ceño fruncido y preocupación en los ojos. Hizo una pequeña reverencia.

―Excelencia, señorita Lee… ¿Hay alguna noticia?

Tenten esbozó una esperanzadora sonrisa y negó con la cabeza.

―Aún no.

―No quería interrumpir su velada. Yo solo… Era incapaz de quedarme sentado en casa.

―Es usted bienvenido si quiere quedarse a esperar con nosotras ―dijo Karin―. Estoy segura de que pronto sabremos algo.

―Gracias. Aprecio mucho su amabilidad.

La vizcondesa hizo un gesto en dirección a un sillón.

De repente, Kamizuru parecía desconcertado.

―Ahora que estoy aquí, me doy cuenta de que quizá no sea capaz de permanecer sentado durante más de cinco minutos. Creo que me iría mejor dar un paseo por el jardín. Señorita Lee, ¿sería usted tan amable de acompañarme? Su hermana me causó una gran impresión y me gustaría hablar sobre ella.

Tenten esbozó una cálida sonrisa.

―Me encantaría hablarle sobre Tamaki.

―¿Nos disculpa, vizcondesa? ―preguntó Kamizuru.

―Claro. Toma, Tenten, llévate mi chal.

Tenten agradeció mucho disponer del chal cuando se lo puso sobre los hombros al salir al jardín junto a Kamizuru.

―Ya es casi medianoche ―dijo ella en voz baja cuando llegaron a la zona de los jacintos―. Pensaba que para esta hora todo habría acabado.

―Sí, yo pensaba lo mismo. Medianoche parece ser la hora mágica. Estoy ansioso por conocer los detalles de la aventura de esta noche.

«Aventura.» Un cosquilleo de incomodidad se deslizó por la espalda de Tenten. Por un momento pensó en volver a la casa, pero luego se reprendió mentalmente por ser tan tonta y siguió adelante.

―Ha dicho usted que quería hablarme de Tamaki.

―No.

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Ella le observó. La estaba mirando fijamente a los ojos. Si Tamaki no le hubiera hablado tan bien de él o no le hubiera contado cómo lloró al saber lo que había hecho su hermano, Tenten se habría asustado. Sin embargo, estaba segura de que el motivo por el que veía peligro en las sombras que ocultaban el rostro del marqués era en realidad preocupación por Tamaki.

―Pero en el salón me ha dicho usted que quería hablarme sobre mi hermana.

―Sí. Pero no de Tamaki, sino de Tetsuya. Me quedé muy impresionado con ella, y me preguntaba si contigo la experiencia resultaría igual de satisfactoria.

Antes de que ella pudiera reaccionar, él le había tapado la boca con la mano y le rodeaba la cintura con el otro brazo. Tenten podía sentir su fuerza. Entonces, de repente, aparecieron dos hombres más que la sujetaron y la llevaron hacia el callejón. A pesar de su valiente oposición, Tenten fue incapaz de liberarse. Sus apagados gritos resultaron inútiles.

Nadie podía escucharla. Nadie podía salvarla. Tenten estaba convencida de que le aguardaba el mismo destino que a su hermana Tetsuya.

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Tamaki estaba empezando a cansarse y se dirigió a la entrada de los jardines. Ya hacía mucho rato que había pasado la medianoche y no se le había acercado absolutamente nadie. Nadie la había llamado Tetsuya. Nadie le había hecho ni un solo comentario sobre la joya. Tenía la sensación de haber decepcionado a muchas personas, pero no sabía qué más podía hacer.

De repente apareció a su lado el caballero que le habían presentado mientras se dirigía a los jardines, el mismo que la seguía mientras ella paseaba distraídamente por un camino u otro. Olía a buen tabaco de pipa.

―¿Cree que el señor No Tenpi estaba en lo cierto? ―preguntó Tamaki.

―Me temo que sí ―dijo sir Kabuto.

―Por lo visto, se me da tan mal juzgar el carácter de las personas como a mi hermana mayor.

―No sea tan dura consigo misma. Los hombres como Kamizuru, tanto el marqués anterior como el actual, aprenden muy pronto a esconder la clase de personas que son.

Aquello no conseguía hacerla sentir mejor: era incapaz de dejar de pensar que su hermana podía estar en peligro.

―Quizá nos hayamos equivocado de noche ―dijo ella.

―Tal vez. Pero lo dudo mucho.

―No me importaría que fuera usted un poco más positivo.

―Lo lamento. Me temo que siempre he sido más realista que soñador. ―Hizo una señal y media docena de hombres aparecieron de entre las sombras. Ellos también la habían estado siguiendo con tanta discreción como sir Kabuto. Trabajaban todos para él; formaban parte de la unidad especial de detectives que dirigía―. Pueden retirarse, caballeros. Yo acompañaré a la señorita Lee a casa.

Cuando los hombres abandonaron el jardín en silencio, sir Kabuto colocó la mano bajo el codo de Tamaki y empezó a acompañarla en dirección al carruaje que los esperaba.

―¿Puedo hacerle una pregunta, señorita Lee?

―Claro, señor.

―La noche que se enfrentó a Kamizuru…, ¿está usted segura de que estaba muerto cuando se marchó?

Ella se detuvo de repente y le miró a los ojos. No era tan alto ni corpulento como el señor No Tenpi, pero tenía una presencia imponente. Era incapaz de adivinar la edad que tenía. Según el ángulo desde el que le miraba, parecía bastante entrado en años, pero desde otras perspectivas parecía un hombre mucho más joven.

―Bueno, yo…, sí, eso me pareció. Le apuñalé y se desplomó sobre la alfombra. Se retorció durante unos momentos y luego se quedó quieto. No se movía y no emitía sonido alguno. Había tanta sangre que estaba segura de que había muerto.

―Entonces le apuñaló usted una sola vez.

―Sí. Justo en el corazón.

―Vaya, qué interesante.

―¿Por qué? ¿En qué sentido?

―Justo en el corazón. ―Sir Kabuto hizo un gesto con la mano imitando el movimiento que se hacía al clavar una daga―. ¿Lo hizo así? ¿Sin retorcer la daga, sin girarla, sin sacarla un poco y volverla a empujar en un ángulo distinto, un ángulo mejor?

―No. ¿Por qué iba a hacer algo así?

―Para matarle, señorita Lee.

―No le entiendo, sir Kabuto. Yo le apuñalé.

―Ya lo sé, pero estoy empezando a sospechar que alguien acabó lo que usted había empezado.

Tamaki le miró fijamente.

―Entonces, ¿no soy una asesina?

―Creo que no.

―Vaya.

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Sir Kabuto le ofreció la mano para ayudarla a subir al carruaje y se sentó junto a ella.

―Parece usted decepcionada.

―Yo quería vengar a mi hermana. Y después… ¡Cielo santo! No resultó tan sencillo vivir con ello como imaginé. ―Se le escapó un sollozo de profundo alivio y se le llenaron los ojos de lágrimas―. ¡Oh, no sabe cuánto lo lamento!

Sir Kabuto la rodeó con los brazos y la apoyó sobre su pecho.

―No pasa nada, señorita Lee. No le ha hecho usted daño a nadie.

Era la segunda noche seguida que acababa entre los brazos de un hombre, pero aquel era muy distinto al de la noche anterior. Era extremadamente reconfortante. Sir Kabuto era un hombre que poseía tanta fortaleza interior como exterior. Tamaki lo percibía por el modo que tenía de abrazarla, como si él pudiera protegerla a toda costa. ¿O sería aquella sensación otro producto de su imaginación? ¿Estaría dejándose llevar por todas aquellas sensaciones porque estaba desesperada por descubrir lo que Tenten compartía con Juugo no Tenpi?

―¿Cree usted sinceramente que es posible que no le matara? ―preguntó ella con dudas.

―¿Le gustaría que fuera posible?

Ella, sin atreverse a mirarle y apretando los ojos con fuerza para no ver la verdad, asintió.

―Entonces creo que acabaremos descubriendo que no fue usted quien le apuñaló hasta la muerte.

―Es un gran alivio. Gracias, sir Kabuto.

―Ha sido un placer, señorita Lee.

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Juugo se sentía increíblemente tentado de saltar del carruaje en el que iba y correr hasta el que estaban siguiendo. Hubiera preferido haberse equivocado con Kamizuru. Pero hubo algo en el comportamiento de aquel hombre que le intranquilizó y puso sus sentidos en alerta. Debería encontrarse satisfecho por haber juzgado acertadamente a aquel hombre. Pero lo único que quería era hacer que aquel tipo lamentara el día en que nació.

Cuando vio cómo Kamizuru y los canallas de sus socios se llevaban a Tenten, lo único que consiguió que no saliera de su escondite fue que Uchiha y Hozuki le agarraron y le recordaron que había algo muy importante en juego. Estuvo a punto de cambiar los papeles de las hermanas en el último momento, pero sabía que Kamizuru esperaría que Tenten estuviera en casa.

Después de separarse de Tenten la noche anterior, Juugo se reunió con sir Kabuto para explicarle lo que sospechaba y lo que había planeado. Sir Kabuto se ofreció voluntario para vigilar a Tamaki mientras estuviera en los jardines mientras Juugo, Sasuke, Suigetsu y Kakashi vigilaban a Tenten.

Por lo menos aquel era el plan. En aquel preciso momento estaban siguiendo el carruaje de Kamizuru a una distancia prudencial.

―Relájate. Mi cochero no lo perderá de vista ―le aseguró Kakashi―. Desde la noche que casi pierdo a Karin, decidí contratar a hombres que pudieran protegerla. El conductor sabe muy bien lo que se hace. Él se encargará de que esta noche no le ocurra nada a la señorita Le.

―No me puedo creer que ese hombre sea tan tonto como para hacer esto ―dijo Hozuki.

―Es un bastardo arrogante ―dijo Uchiha―. Acaba de heredar el título y se considera intocable. Igual que su hermano.

Juugo cerró los dedos sobre la pistola que llevaba en el bolsillo de la chaqueta.

―Si no lo mato esta noche, me ocuparé personalmente de que le cuelguen. Y si le ha hecho daño a Tenten…

Era incapaz de pensar en aquello sin sentir como la locura se apoderaba de él.

―No le hará nada hasta que no haya concluido el ritual ―dijo Hozuki.

―¿Y se supone que eso logrará que me sienta mejor? ―preguntó Juugo.

―No. Solo lo he dicho para enfatizar que no debes matarlo en cuanto le veas. Tenemos que ser cuidadosos.

―Tú no puedes hablar. Si fuera tu mujer…

―Ya estaría muerto. Pero a diferencia de ti, a mí me importa un cuerno la justicia, excepto la que me atañe personalmente. Tú siempre has querido salvar el mundo.

Ya no. En aquel momento lo único que quería era salvar a Tenten.

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La cabeza de Tenten se balanceaba sobre el asiento del carruaje. O por lo menos eso era lo que le parecía, que seguía en el coche. Le resultaba muy difícil estar segura. Lo veía todo borroso. Notaba un balanceo. Pensó que incluso podía estar en un tren.

Se acordó de que la habían obligado a entrar en el carruaje y luego habían subido tras ella. Luego la inmovilizaron y le taparon la nariz hasta que tuvo que abrir la boca para respirar; cuando lo hizo, vertieron un poco de vino dulce dentro de su boca. O por lo menos a ella le pareció que era vino. Pero aquel brebaje la mareó muy deprisa y la sumió en un estado de letargo que impedía que se pudiera concentrar en nada.

―No lo entiendo. ―Arrastraba las palabras y tenía la sensación de que procedían de muy lejos―. Es imposible que penséis que os saldréis con la vuestra.

―Y eso es lo más emocionante, querida ―dijo Kamizuru―. La posibilidad de que alguien pueda descubrirnos. Y si eso ocurriera ―se encogió de hombros―, nosotros tenemos poder e influencia. Quizá alguien nos advierta que nuestro comportamiento no es el adecuado, pero a nadie le importa la hija de un vizconde cuyo título murió con él.

―A Juugo sí que le importa.

Él resopló.

―¿El hijo de un ladrón? ¿De verdad crees que su palabra tendrá algún peso? Especialmente cuando les explique a todos que durante el paseo que dimos juntos por el jardín de Otogakure fuiste tú quien sugirió que nos escapáramos para compartir algo más íntimo. Que querías experimentar una noche en mi sociedad. Que me suplicaste…

Ella intentó negar con la cabeza, pero le pesaba mucho.

―Juugo sabrá que estás mintiendo.

―¿Y qué me dices de mis iguales? Ahora soy un lord. Eso significa que seré juzgado por mis iguales. Y eso también forma parte de la diversión, del placer y de la excitación: conseguir engañar a la gente para que me crea. ―Se rio con aspereza―. Igual que hice con tu hermana Tamaki. Estoy seguro de que la otra noche esperaba que me pusiera de rodillas y le pidiera matrimonio. Y Tetsuya. Cuando mi hermano nos la trajo fue una nueva fuente de diversión. Intentó resistirse, igual que imagino que harás tú también. Pero al final… ―Inspiró hondo rebosante de satisfacción.

Tenten quería arañarle los ojos y arrancarle la boca para que dejara de decir aquellas cosas tan terribles.

―Juugo te matará.

―Mmm. Sí. Quizá lo intente, pero en este momento está siguiendo a Tamaki por los jardines Konoha. ¿De verdad pensaba que nos encontrábamos allí y luego íbamos a otro sitio? No. Siempre nos reunimos en el mismo lugar, en las afueras de Konoha, donde nadie pueda molestarnos. Y tu inspector No Tenpi nunca nos encontrará.

―Subestimas lo bueno que es.

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El marqués, que estaba sentado a su lado, empezó a quitarle las horquillas del pelo. Ella quería apartarse de él, pero su cuerpo se negaba a obedecer sus órdenes.

―No, querida, eres tú la que no le valoras como deberías.

Enterró la cara en su melena e inspiró hondo mientras los dos caballeros que estaban sentados frente a ellos se reían. Tenten podía ver sus sonrisas, eran como una especie de pintura obscena. Los odiaba, los despreciaba.

―No entiendo por qué mi hermano acudió a Scotland Yard cuando se dio cuenta de que le estabas siguiendo. ¿O se trataba de Tamaki? No importa. Creo que le estaba empezando a remorder la conciencia. Era un estúpido.

Desde algún lugar de su mente, mientras peleaba por conservar la lucidez, Tenten pensó que le estaba revelando demasiados detalles. Como si no le importara lo que ella pudiera saber. ¿Acaso creía que se olvidaría?

Entonces recordó que su hermano había asesinado a una mujer. O eso había dicho. Quizá fuera el hombre que la sujetaba quien lo había hecho. Tal vez tuviera la intención de matarla a ella también.

De alguna forma consiguió liberarse y alcanzar la puerta, pero la agarraron, la inmovilizaron y volvieron a taparle la nariz.

Mientras se atragantaba con el dulce líquido que le estaban dando a beber de nuevo, se aferró a los recuerdos que tenía de Juugo. Si iba a morir quería que él fuera su último pensamiento.

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Cuando se adentraban por una zona menos habitada, Juugo se dio cuenta de que el carruaje empezaba a aminorar el ritmo y de que el cochero dejaba que aumentara la distancia entre los dos vehículos. ¿A dónde diablos iban?

De repente el carruaje se detuvo. Juugo no esperó a que el lacayo le abriera la puerta. Lo hizo él mismo, saltó al suelo y miró a su alrededor observando el gran vacío que los rodeaba. Los demás se reunieron enseguida con él.

―Han entrado por una puerta a escasos metros de aquí, excelencia ―dijo el cochero mientras descendía del carruaje y se reunía con el lacayo, que estaba encendiendo un quinqué que habían apagado con la esperanza de pasar inadvertidos mientras seguían a Kamizuru.

―Pues en marcha ―dijo Juugo.

Uchiha lo agarró del brazo para detenerlo.

―¿Tenemos algún plan?

―Sacar a Tenten de allí con vida. Y me importa un cuerno quien muera durante el maldito proceso. ―Juugo se liberó de la mano de su amigo y empezó a correr en dirección a la puerta.

―Espero que no nos incluya también a nosotros cuando afirma que no le importa quién muera ―escuchó murmurar a Kakashi.

―Yo no estaría tan seguro si estuviera en tu lugar ―respondió Hozuki―. Creo que está enamorado.

Amor no parecía una palabra suficientemente fuerte para describir lo que Juugo sentía por Tenten. Lo único que sabía era que si ella sufría algún daño nunca se lo podría perdonar, y si moría, toda su vida dejaría de tener sentido.

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Era una residencia preciosa. Demasiado bonita para lo que ocurría allí, pensaba Tenten.

Uno de aquellos canallas la había llevado en brazos hasta la casa porque ella era incapaz de andar, sus piernas parecían hechas de mantequilla. Kamizuru gritaba que le habían dado demasiado. Sea lo que fuere lo que le habían suministrado, Tenten temía que fuese cierto. Estaba sentada en un sillón que había en la entrada, le estaba empezando a doler el estómago y pensó que en cualquier momento se sentiría indispuesta.

―Ven conmigo, querida ―escuchó decir a una voz femenina.

¿De dónde había salido aquella mujer? La acompañaba otra chica. Entre las dos la ayudaron a ponerse en pie y a subir las escaleras. La rubia dijo que se llamaba Kaguya. La morena afirmó llamarse Kaku.

Cuando llegaron a una habitación en el piso de arriba, empezaron a quitarle la ropa. Tenten trató de resistirse y alejarlas, pero no tenía fuerza en los brazos. Alguien le estaba peinando la melena. ¿Por qué hacían todo aquello?

Intentó no imaginarse cómo se habría sentido Tetsuya o lo asustada que estaría. ¿O acaso habría pensado que la estaban preparando para convertirse en la novia de Kamizuru? ¡Oh, cómo odiaba a aquella gente! No importaba cuánto vino le dieran, jamás conseguirían hacer desaparecer ese sentimiento, esa intensa convicción. Aquellas personas habían lastimado a Tetsuya. Y ahora querían lastimarla a ella, pero estaba decidida a pelear.

Deseaba pensar con claridad y recuperar el control de su cuerpo. Lo único que quería era hacerse un ovillo y dormir, pero aquellas mujeres no la dejaban en paz.

Tenten recordó a Juugo. ¿La volvería a mirar como lo hacía antes si Kamizuru la tocaba? ¿Permitiría que la culpabilidad lo consumiera por haberla dejado desprotegida? Él ya sufría bastante por su padre. Ella no quería convertirse en otra carga para él.

Cuando las chicas, cuyos nombres ya no recordaba, acabaron de prepararla, la envolvieron en una tela de seda. La sensación era maravillosa, parecía que estuviera envuelta en una nube. Casi se olvida de lo que significaba. Entonces empezaron a acompañarla hacia algún sitio. Era vagamente consciente de que recorrieron pasillos y pasajes y de que había muchas velas. Quería recordarlo todo para explicárselo a Juugo. Quizá consiguiera encontrar aquel lugar. Pero parecía incapaz de retener ningún pensamiento. En cuanto percibía una cosa nueva, olvidaba lo que acababa de ver hacía solo unos segundos.

Ya no caminaban, solo se mecían. Tenten se dio cuenta de que estaba en una enorme y tenebrosa habitación. Había almohadones por todas partes y las velas proyectaban una luz tenue por toda la estancia. En otro contexto podría considerarse romántico. De repente empezó a escuchar cánticos. Un grupo de hombres, seguidores de Satán, que vestían batas rojas se dispusieron en círculo a su alrededor. Las capuchas escondían sus rostros. Tenten estaba convencida de que eran los mismos monstruos que se habían aprovechado de Tetsuya, y ahora tenían toda la intención de hacer lo mismo con ella.

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Fue vagamente consciente de que la seda resbalaba por su cuerpo. Tenten quería recuperarla, pero el suelo estaba muy lejos. Y su cuerpo parecía completamente incapaz de seguir sus órdenes, como si no estuviera conectado con sus pensamientos.

―Arrodíllate ―le ordenó Kamizuru.

Ella se concentró en su voz y en su rostro. Él era uno de los hombres que había lastimado a Tetsuya y la había destruido. Se rebeló contra el letargo.

―No.

―He dicho que te arrodilles.

―No.

Él se rio con aspereza.

―Tu resistencia no evitará lo que está a punto de ocurrir. Arrodíllate.

―Púdrete en el infierno.

Tenten vio cómo la ira le contrajo el rostro y supo que lo más probable era que las cosas se pusieran peores para ella, pero no le importaba. No pensaba seguirle al infierno por voluntad propia. No seguiría a aquel hombre ni al cielo. Se negaba a convertirse en su esclava, en su concubina. Ella no quería tener nada que ver con lo que aquel hombre pudiera ofrecerle.

El marqués chasqueó los dedos y Tenten sintió cómo unas fuertes manos la empujaban hasta que sus rodillas chocaron dolorosamente contra el suelo.

―Hija de Eros…

La plata tocó su cuello igual que el de Tetsuya. Estaba fría y le provocó estremecimientos. Era una joya muy bonita, pero muy pesada; no era más que un símbolo de sumisión, un indicativo de propiedad. Tenten no supo de dónde sacó la energía, pero hizo acopio de las pocas fuerzas que le quedaban y enterró el puño entre las piernas abiertas de Kamizuru.

El marqués dio un agonizante grito, se agachó y cayó de rodillas justo delante de ella. Tenten era vagamente consciente de que le clavaba las uñas en la cara, de que él gritaba, de que unas manos la agarraban…

Y entonces dio comienzo el caos sobre el que había escrito Tetsuya.

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