Último día

Aunque la pieza de pan era demasiado grande para comerla toda, lo hizo, se la comió de un solo bocado, se sentía tan lleno y satisfecho por primera vez. Al fin pudo darse el lujo de comer doble ración en el desayuno, algo que deseaba hacer desde el día que llegó y jamás le permitieron. Cierto, era un capricho tonto, pero quería celebrar su último día de trabajo a lo máximo. Se puso su ropa de príncipe de nuevo, eso lo hacía ver raro pero no importaba, y volvió a perfumarse con su loción cara; peinó su cabello de forma elegante y se auto preparó una fiesta de despedida, que llevaría a cabo en la noche.

Fue temprano a la cocina y le pidió a la cocinera que preparara un pequeño pastel y dos enormes sándwiches, pagándole con un poco del dinero que había logrado ahorrar estando en Arendell. Ella pareció extrañada, pero accedió encantada. Entonces apareció Gerda, que al verlo le preguntó la razón de su cambio, él respondió en tono despreocupado. Le parecía tan raro que la anciana lo haya abrazado y casi rompiera a llorar cuando le dijo que se iría, no imaginó que ella le guardara algún cariño. Peor aún, la mayoría de los empleados lamentaron su partida. No sabía si eran hipócritas o de verdad le estimaban. La señora le regresó el dinero, diciendo que le cocinaría como regalo de despedida e incluso hicieron la limpieza de su habitación. Haber perdido el trabajo parecía ser una verdadera bendición.

Caminaba con un paso algo feliz, aunque no había dormido absolutamente nada. El baile acabó un poco tarde, hablo un rato con Sugelly y luego vino esa "conversación" con la reina. Que le había quitado todo el sueño, paso algunos minutos, tal vez horas, maldiciendola, pero al final decidió que no era lo mejor, no conseguiria nada. Pensando un poco más tranquilo, se dio cuenta de que no era tan malo dejar de servirla. Ya no sería un príncipe, pero no necesitaba ser uno. No podían quitarle su título de almirante, él se lo ganó con su esfuerzo, el mar le apasionaba y podría vivir ahí sin problema. Conseguiría ser rey de todos modos, bastaba con hacer naufragar el barco de alguna princesita, darle apoyo en su barco y conquistarla...sí, incluso su vida podría ser más sencilla. Pero su mente estaba trabajando tanto, que le permitió imaginar todo un plan.

Se detuvo frente a la enorme puerta, aún masticando el alimento, tocó y se apresuró a tragar.

-Majestad- llamó apenas paso la masa por su garganta.

-Majestad- llamó de nuevo, dando tres suaves toques.

-Reina, ya es hora- anunció con golpes más pronunciados.

-¿Quién? -escuchó preguntar a la adormilada Elsa.

-Ya es hora- dio por respuesta.

-Sí...adelante.- permitió ella aún somnolienta.

Abrió la puerta lentamente y entro con sigilio. Para su sorpresa, la rubia aún estaba recostada, abrazando con fuerza una almohada.

-Majestad- la llamó otra vez.

-Sí, sí. Ya voy- se quejó.

-Iré a prepalarle el baño- dijo.

-Hans.

-¿Sí?

-¿Qué hace todavía aquí?

Al parecer ni el sueño la hacia menos...mandona.

-Tengo derecho a un día de más después del despido, majestad, para arreglar asuntos. Ya sabe, de mi hogar y los demás improvistos.

-Pero usted no debe arreglar nada, basta con que yo le ordené un barco para que se vaya a su país, dónde ya le espera un palacio.

-Pero la ley es así- dijo encogiéndose de hombros.

Ella ya no respondió, así que dio por terminada la discusión. Entró en el enorme baño y se quitó sus elegantes guantes blancos, vació los baldes de agua helada, que preparaba y llevaba desde el día anterior, en la tina de hermoso mármol; agregó las yerbitas aromáticas junto a unas cuántas florecillas, pero esta vez tenía preparado un último regalado a la soberana. Cerró las cortinas, dejando la habitación en penumbras y encendió unas velitas que llevaba escondidas en el traje, dándole un aire tan mágico y tranquilo. Sonrió ante su obra, así conseguiría hacerla sentir mal y lograria que se diera cuenta de lo egoísta e injusta que fue con él...no podía evitarlo, él era así. Y su bondad hacía a la chica tan predecible.

Se dejó embriagar unos momentos por el maravilloso olor del agua, antes de retirar las hojas secas que le daban tan característico aroma. Dio un último vistazo a la habitación, asintió conforme y se cubrió las manos.

-Su agua esta lista, majestad- anunció entrando de nuevo a la habitación. La reina ya se había levantado y esperaba pensativa en la cama.

-Sí, gracias- no le miró a los ojos, ni siquiera porque pasó a su lado. Se levantó y caminó como ignorando su presencia. Pero el gesto no lo molestó esta vez, no ese día, no con lo que había planeado.

Pero no actuó guiada por su orgullo, sino por temor, costaba admitirlo pero era verdad. Aunque sabía que era imposible, temía que el pelirrojo se enterará de que había sido el principal causante de su desvelo. Cada vez que cerraba los ojos, ahí estaba él, diciéndole que sentía mil cosas por ella...excepto deseo. Causándole un estremecimiento en la boca del estómago. Y para empeorar la situación, estaba vistiéndose como un príncipe de nuevo y olía de maravilla ¡maldito Hans!

Estaba tan centrada en sus pensamientos que no se percato de la tenue luz que emanaban las pocas velas y el exhisito aroma que estas, junto a los aromatizantes, desprendían. Inundando cada rincón. Aspiro con fuerza, dejando que sus pulmones se penetraran con él. ¿Por qué? ¿Quería que se arrepintiera de su decisión? Porque su nariz empezaba a considerar la opción, pero eso la haría ver como una voluble... Decidió dejar de pensar, sólo un momento, y dejarse llevar. Se desvintio sin prisa y entró en el agua, sintiendo como sus músculos se relajaban al contacto. Lo admitía, extrañaría mucho a ese arrogante...mucho más de lo que debería.

No había sido muy injusta ¿cierto? Él realmente le faltó el respeto, tener aventuras en su palacio no era digno. Pero dijo que ella sólo era su amiga, y de verdad no notaba una actitud algo indecente entre ellos o en él...ni siquiera cuando la vio en la tina. Cerró los ojos e intento revivir la escena para ser más sensata y menos sentimental. Pero sólo logró recordar su dulce voz y el sonido de él pronunciando su nombre...realmente ¿ni siquiera en ese momento pensó en ella cómo algo más que la reina? ¿Cómo una mujer?


Salió de ahí al terminar de hacer la cama, como siempre, y se dirigió a la recámara de la princesa. Cómo último detalle para su despedida, la despertaría más temprano. Sí, vaya maldad.

Tocó la puerta un par de veces, con ella no era necesario esperar hasta que decidiera que estaba lo suficientemente presentable para recibirlo. Siempre la vio completamente despeinada y con un hilito de saliva en el rostro. No era falta de pudor o vergüenza, ni mucho menos exceso de confianza por parte de la pelirroja, pero simplemente era menos quisquillosa. Y ni se imaginaba cuánto le agradecía por ello, su trabajo ahí no era tan complicado.

Entró sin prisa, abriendo los ojos con verdadera sorpresa al ver en la enorme cama a la princesa...y su novio. Unidos en un abrazo con sobrecarga de amor, completamente dormidos y sonriendo como verdaderos idiotas, casi provocando que vomitara por tal muestra de afecto. ¿Pero qué...? Tuvieron que pasar algunos segundos para que su cerebro logrará procesar lo que estaba viendo, sacudiendolo totalmente cuándo al fin lo resolvió ¿Anna había pasado la noche con ese hombre? No, no. Sus cuerpos desnudos no aceptaban tal planteamiento. Lo correcto era: ¿Anna había hecho el amor con su prometido? ¿en su recámara, sin reserva, aquella noche? ¿cuándo apenas se hizo público su compromiso? Y, alto, ¿él los había descubierto? ¿qué debía hacer? Eso se ponía muy interesante.

Cerró la puerta sin hacer ruido y puso el seguro, por precaución, no quería compartir la exclusiva con nadie. Sonrió de lado con malicia y algo de diversión, ese de verdad parecía ser su día de suerte y debía aprovecharlo. Caminó con las manos en la espalda, sonriendo tontamente, admirando por unos pocos segundos más la feliz cara de la pecosa, que reposaba con amor en el corpulento cuerpo de su salvaje amado. ¡Hubiera querido hacerles un retrato! Antes de posar suavemente su mano en el delgado, tibio y desnudo hombro femenino, para moverla delicadamente y canturrear su nombre.

El movimiento de su cuerpo fue apenas perceptible, pero logró acabar con el ligero sueño del rubio, quién se removio con incomodidad y pesadez antes de decidirse a despertar.

-Anna- llamó abriendo lentamente los ojos, pero para posarlos inmediatamente en los verdosos del mayordomo, tardando algún rato en reconocerlo-Hans- nombró con temor apenas supo quién era.

-Buen día, joven Kristoff. Confío haya pasado una buena noche- saludó con sorna, pero manteniendo una expresión de seriedad.

La boca se le secó al instante, su cuerpo tembló y abrazó a la chica por reflejo en un inútil intento por protegerla, logrando sólo despertarla.

-Aún es temprano- denunció ella al ver invadido su sueño.

-Anna, despierta- pidió con miedo su novio.

-¿Por qué?

-Hans...

-¿Hans?

-...esta aquí.

-Esta aquí- repitió adormilada- ¡está aquí!- gritó al darse cuenta. El sueño se fugó como por arte de magia de su cuerpo, cediéndole el lugar al miedo.

Giró completamente, viendo cara a cara al intruso.

-¿Qué...qué hace aquí?- preguntó nerviosa.

-Nada que sea más importante que la razón que tiene su novio para estar aquí, alteza.

-Su...su hora para despertarme no es tan...temprano.

-Decidí venir antes de la hora, veo que hice bien.

-¡No! Váyase, salga de aquí, déjenos.

-Alteza...

-¡No!

-Yo puedo ayudarlos.

-¡Sí dice algo yo...! Espera ¿qué?

-No tengo necesidad de decir nada, al contrario, si esto se llega a saber podría perjudicarme ¿sabe?

-¿En serio?

-Así es.

-Y...¿qué...qué haría? ¿por qué le perjudica?

-Porque yo estoy a cargo de su cuidado, imagínese como me iría si alguien se diera cuenta de que me fui a dormir sin antes venir a vigilar si usted se encontraba "bien" al final del baile.

Pudo percibir que había dado justo en el cabo para hacerla pensar.

-No...no confío en ti.- soltó con fingido desprecio la chica.

-No le pido que lo haga. Pero piense, ¿qué harán si los dejo arreglar el asunto solos? ¿dónde esconderan las mantas? ¿cómo explicaran el que su novio salga de aquí con la misma ropa de ayer y en horas tan tempranas?

Ella pareció dudar, sabía que tenían razón, pero no podía dejar de desconfiar. Aún estaba muy fresco el recuerdo de cómo le pagó la última vez que confió en él, pero no había salida que la dejará bien librada...¡ah, si fuera menos impulsiva y un poco más calculadora!

-Anna, aceptemos- oyó susurrar a Kristoff- no tenemos otra opción.

El evidente miedo en la voz de éste sólo la hizo dudar más ¿qué tal si al aceptar su ayuda el rubio terminaba pagando de un modo u otro?

-Pero...- se lo pensó mejor y volvió a alzar la vista hacia el pelirrojo. Intentando parecer de lo más segura y fría, aunque sospechaba que era en vano, pues él alzó una ceja y la vio con curiosidad.

-Muy bien Hans, aceptamos. Si quieres algo a cambio dilo ya, no juegues chueco después.- escupio con verdadera desconfianza.

-No, usted no tiene nada que yo necesite.- replicó con arrogancia- bien, tendré que retirarme unos momentos. Ustedes pueden aprovechar para tomar un baño...joven ¿ya curó a la princesa?- preguntó dirigiéndose al montañés. Él pareció no saber ni comprender a que se refería, causándole fastidio y muy poca pena. No debía olvidar que se crío solo, en medio de las montañas, donde seguramente no daban ese tipo de atenciones a las mujeres, pobres y desafortunadas damas.

-¿Podría venir un momento?- pidió dándose la vuelta y encaminándose a la puerta. Él le siguió nervioso, tardó un poco en encontrar sus pantalones y cuando lo hizo, caminó titubeante, cómo si fuera directo a la muerte.

Anna vio como el ojiverde empezaba a hablarle y darle algunas indicaciones, llegó un momento en que una de sus manos enguantadas se cerraba en un círculo y metía un dedo en él, girándolo. Cerró fuertemente las piernas por instinto, imaginandose que representaba aquello. Le dio unas últimas indicaciones, el rubio fue hasta el montón de prendas y tomó su ropa para luego entregársela al pecoso, quién se despidió con la debida reverencia y se marchó.

-Y ¿bien?- preguntó ella con curiosidad.

-Creo que tendré que ayudarte en el baño esta mañana- le dijo él en un susurro.


Ya no sentía diversión por el asunto que acababa de ver, ahora de verdad quería ayudarlos a salir bien del enrollo. Abrazada contra su pecho la elegante, y ya arruinada, ropa del muchacho; en su camino hacia la recámara de éste. Cuándo llegó abrió la puerta sin cuidado y aventó el montón en la cama, que se mantenía tal cual la dejó el día anterior. Tomó cualquier traje del ropero y unos calzoncillos. Después se dirigió hacia el área de lavado, ya había unas cuantas señoras cumpliendo sus labores haciéndole sudar un poco y tragar saliva.

-Buen día- saludó y ellas le respondieron en coro- hoy sí sera un día muy productivo ¿no?- comentó tomando un cesto, ahí dejó descansar la ropa. Ellas volvieron a responder al unísono un "así es". Se llevó también el preciado juego de mantas para la cama.

-Bueno, no les quitó más su valioso tiempo- dijo al tiempo que se marchaba. Agradecía al cielo el hecho de que las mujeres no lo cuestionaran. Cuando ya estaba todo listo, emprendió el camino de vuelta a la alcoba de la pelirroja.

Debía admitir que se sentía muy extrañado por la actitud de la princesa. Sabía que era algo impulsiva y alocada, pero jamás creyó que lo suficiente para llegara a ese extremo; y creia que ese tipo era un poco más sensato. Aunque claro, nadie puede culpar a un hombre por dejarse llevar. Él conocía muy bien ese estado en que uno dejaba de ser dueño de sí y su cuerpo empezaba a actuar siguiendo sólo a sus impulsos. Y seguro el amor que se podía sentir hacia una mujer empeoraba la situación. Sonrió al recordar cómo el primer movimiento del rubio fue proteger a la muchacha, el amor sí que atontaba. No quiso justificarse o correrlo de ahí, no, sólo quería proteger a su novia...aunque no debía protegerla de nada.

Entró sin pedir permiso y dejó el cesto en el piso, la habitación estaba desierta, pero supo de la presencia de los amantes por la nada discreta risa de Anna, que se escuchaba desde el baño. Rodó los ojos y fue hasta la cama. Tiró todas las almohadas y desacomodo aún más las mantas. Ahí estaba, entre las sábanas y medio escondida, la valiosa mancha de sangre que delataba la ya perdida virtud de la princesa de Arendell. ¡Y pensar que pudo ser él quién manchará esa blanca tela! El pensamiento le causó náuseas...

Las quitó sin cuidado, hizo una enorme bola con ellas y las metió en su nuevo lugar, las lavaria en la noche para que nadie se enterará. Con sumo cuidado hizo la cama con las nuevas, todas tan blancas como la nieve, en ese palacio las de todas las camas tenían ese color. Pero esa era irremediablemente la cama de la pecosa, por las almohadas rosas y el montón de libros que siempre dejaba encima. No dio por terminado su trabajo hasta que no quedaba ninguna arruga en la superficie.

-Alteza- llamó tocando la puerta del baño- le traje ropa limpia al joven Kristoff.

-Sí- oyó al muchacho. Pero fue la jovencita quién salió, con el pelo mojado y envuelta en su bata.

-Gracias, Hans- dijo regalandole una tímida sonrisa y cerrando lentamente la puera, viéndolo hasta que la madera se interpuso entre sus ojos. Él asintió y esperó que ambos salieran para aclarar los últimos detalles de su ¿plan?. Escuchó cómo ella hizo entrega de la ropa y luego sus risas nerviosas, seguramente por alguna broma que la chica hizo. Estaba empezando a desesperarse, y apenas si habían pasado unos minutos.

-Alteza- llamó, no esperó respuesta- iré por el desayuno. Supongo que su novio vino a buscarla y ni siquiera se llevó algún bocado al estómago.

-¿Buscarme?- preguntó saliendo de pronto del baño.

-Sí, ya sabe. Venía a despertarla para llevarla a dar un paseo por el pueblo, pero yo ya estaba aquí. Así que decidió esperar mientras usted se alistaba. Mientras yo, llamaré a su doncella para que venga a peinarla, pues supongo que a mi regresó ya estará vestida.

La princesa le miró confundida, pero luego entendió todo y asintió suavemente.

Él hizo una reverencia y salió de la recámara con el cesto de ropa, cerrando suavemente la puerta


.Arrastraba los pies con pesadez y algo de flojera, manteniendo la vista baja. Ya había llevado el té a la reina y le fue regalado el resto del día. Pero no sabía que hacer con su tiempo libre, muy pocas veces tenía de ese y en aquellas ocasiones iba al mar o montaba a Sitron...pero ahí. Se encontraba tan sólo, no se le permitió ir a la biblioteca o salir siquiera, además no quería ir a pasar frío cuando prácticamente todo el tiempo se exponía a eso. Sacó el aire de sus pulmones y levantó la vista, encontrándose con el menudo cuerpo de su amiga. Ambos se detuvieron y miraron a los ojos desde la distancia, los de ella reflejaban tristeza y cuestionamiento. Pero cuando paseo sus negras pupilas por el cuerpo masculino elegantemente vestido, las preguntas se resolvieron. Suspiró y corrio en su dirección, echándose a sus brazos apenas estuvo cerca. Él le rodeó la cintura y hundió el rostro en su cabello, aspirando el extraño pero magnífico olor, producto de la mezcla entre shampoo casero y sudor. Ella dejó descansar la mejilla en su hombro y cerró con fuerza los ojos. Sintió como temblaba levemente, intentando contener los sollozos.

-En la cocina todos hablan de tu despido, creí que sólo eran rumores...pero ahora- se lamentó en susurros.

Él asintió y la apretó más contra sí.

-Oh, Hans, Hans- chilló- ¿que hiciste? ¿por qué te despidió?- preguntó mirándole a la cara.

-Sabes que ella no necesita razones- fue todo lo que dio por respuesta, la joven asintió comprensiva. Pues sabía que en parte eso era verdad, la reina parecía quererlo fuera desde el momento en que llegó y todas esas estúpidas excusas no eran más que tapaderas para sus verdaderas intenciones; pero Hans no iba a decirle que había usado su lazo de amistad como factor para correrlo, no cuándo eso era tonto y Sugelly le había ayudado en muchos aspectos, le había ayudado más que nadie nunca. No la haría sentir culpable porque simplemente no lo era.

Con lentitud se apartó del abrazo y le tomó las manos, plantando un beso en cada una.

-Ven, vamos a los jardines. En todo el tiempo que trabaje aquí no tuve oportunidad de visitarlos cómo se debe.- pidió con una sonrisa. Ella levantó una ceja confundida, pero accedió. Caminaban con un poco más de ánimo, él la llevaba del brazo y ella tarareaba una cancioncilla. Mirando sólo al frente e ignorando a las pocas personas que se encontraron en el camino. Al llegar a la puerta de salida hacia el jardín hicieron una cuenta regresiva y saltaron en la nieve, provocando que sus pies se hundieran y mojarán al instante, pero ambos rieron.

-¿Sabes?-interrogó el pelirrojo saliendo totalmente del palacio- en mi casa jugaba todo el tiempo en la nieve, mis hermanos solían organizar peleas. Claro está que yo perdía- relataba mientras se agachaba y tomaba un poco del material blanco- pero con el tiempo eso me ayudó en la puntería y me enseñó a planificar.

-¿De veras?

-Sí, y me volví un experto en peleas de bolas de nieve- declaró lanzándole una justo en la cara. La azabache no se esperaba para nada el ataque, la nieve cayó atraída por la gravedad y dejó libre el rostro de la chica, sonrojado por el enojo. El ex-principe se burló con animosidad, regocijandose con su triunfo, pero fue silenciado por un montón de materia fría que entró directamente en su boca. Entre la sorpresa escuchó el sonido de la burla de su amiga, canturreandole "¿no que eras experto?".

Y así dio por inicio una guerra, se corretearon por todos los laberintos y aventaron cantidades enormes y hasta exageradas de nieve. Ambos querían mantener su orgullo en alto al principio, pero terminaron jugando como niños pequeños. Se empaparon prontamente, pero ni la humedad de sus ropas pudo deternerlos. Cuando Hans creyó que ya era momento de acabar todo, se abalanzó contra la chica y la abrazo por la cintura, haciéndola caer estrepitosamente. Por un momento se asustó al no escucharla emitir algún sonido.

-¿Sugelly?- llamó levantado la mirada, pero un último misil helado se estrelló en su cara, acompañado por una escandalosa carcajada. Se levantaron entre risas, pero se dejaron caer segundos después. Dejaron de reir poco a poco, suspirando al mismo tiempo. Ambos observaban en cielo, que empezaba a nublarse.

-Sugelly- le llamó con voz baja.

-¿Sí?- preguntó sin dirigirle la mirada.

-Ven conmigo.

-¿Qué?- apartó los ojos del cielo y los clavó en los verdes de él.

-John, un amigo, ya logró comprar un barco que deseaba desde antes de venir aquí. No te lo había dicho, pero soy almirante y por lo tanto puedo navegar por dónde quiera, en ese barco emprendere un viaje marítimo por el mundo.-comenzó a explicar, pero ella seguía sin entender- Prometí llevarte a América y voy a cumplirlo, pero no sólo quiero llevarte a un continente- se apoyó en los codos y le habló mirándole a la cara- Sugelly, quiero que me acompañes en este viaje y que conozcamos juntos todos los lugares posibles.

Ella abrió ojos y boca con verdadera sorpresa. Sin emitir sonido, haciendo que el pelirrojo se preguntara si estaba bien.

-Hans...- titubeo, no sabía muy bien como explicarse y le costaba salir aún de la impresión- yo...no sé que decir.

-Sólo acepta o declina.

Paseo la mirada por cada uno de sus ojos y se llevó una mano a la boca, para amortiguar un grito de alegría.

-¡Oh, Hans! ¡claro que sí!

La chica se levantó con emoción y le rodeó el cuello en un abrazo.

-¡Gracias, gracias, gracias!- comenzó a gritar. Se alejo de él y se fue a brincar llena de felicidad, riendo y chillando a la vez.

-¡Oh, ir por el mundo! ¡Por el mundo! ¡Podré, al fin podré! ¡Ooohhh!

El chico la veía con diversión, jamás había visto una actitud tan infantil en nadie.

-¡Conoceré a Sitron! ¡Comeré bichos! Y...espera- se detuvo en seco y le miró- me haré un tatuaje- declaró con cierta duda- ¡sí! ¡Uno rojo! ¡Sí!

No se me pongan tristes que este último día va para largo xD