Los personajes de Naruto no son míos, son de Kishimoto... la historia si es de Lorraine Heath

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ACLARACIÓN

Será una adaptación, sin embargo haré algunos cambios, sobretodo con el personaje de Karin, en la historia original es un personaje odioso al ser una Mary Sue que sinceramente aborrecí, y cambiaré un poco el amor del protagonista por Karin, en esta versión sale un poco porque la sustituiré con otro personajes en ciertas ocasiones.

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Espero disfruten esta historia, la cuarta de esta serie de adaptaciones; así como yo lo hice.

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CAPÍTULO 25

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El despacho de sir Kabuto volvía a estar envuelto en sombras. Juugo estaba de pie delante del escritorio y era perfectamente consciente de la presencia que se ocultaba en la esquina, aunque aquella vez la fragancia que percibía era decididamente femenina.

―Hemos identificado a los hombres que detuviste hace dos noches ―dijo sir Kabuto―. Hemos entregado a las damas a sus padres, pero los caballeros, aunque me ofende tener que referirme a ellos de ese modo, deben recibir algún castigo. Kamizuru será juzgado por sus iguales por el asesinato de su hermano. En cuanto a los otros cinco, preferiríamos deportarlos, pero como dos de ellos son lores, deberíamos manejar el asunto con un poco más de delicadeza. Tienen que desaparecer, pero no queremos hacerles daño durante el proceso.

―Juugo, sé perfectamente que tú dispones de los contactos necesarios para hacer desaparecer a los indeseables, y sé que a veces has sacado de la cárcel a personas que habían sido condenadas de por vida. Nos gustaría que pareciera que los lores han muerto para que sus hijos puedan heredar. ¿Crees que te podrás ocupar?

Juugo asintió con brusquedad. A veces era mejor no verbalizar algunas cosas.

―Te van a nombrar caballero, Juugo ―dijo sir Kabuto.

Juugo se volvió en dirección a la esquina, se arrodilló y agachó la cabeza.

―No necesito que me nombren caballero para servir fielmente a su majestad. Sin embargo, sí que me gustaría pedirle que las señoritas Tenten y Tamaki Lee fueran perdonadas por cualquier delito que hayan cometido ahora o en el futuro en relación con este asunto.

―Así será ―dijo una suave voz femenina.

Juugo no levantó la mirada porque al escuchar el susurro de la falda supo que la hokage se marchaba.

―¿No creías que yo pudiera ocuparme de eso, Juugo? ―preguntó sir Kabuto.

―No se ofenda, señor, pero hace mucho tiempo que aprendí a no dejar pasar la oportunidad cuando se me presenta.

―No me ofendo, Juugo. Dime, ¿qué has pensado hacer con los lores?

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―Hacen muy buena pareja, ¿no crees? ―preguntó Tenten.

Ella y Juugo estaban paseando por el Valle del Fin y seguían de cerca a Tamaki y sir Kabuto. Durante la pasada semana, Tenten había empezado a ganar peso y los círculos negros que le rodeaban los ojos habían desaparecido. Parecía relajada, satisfecha, casi feliz.

―Sir Kabuto es un buen hombre ―dijo Juugo. Aún no se había acostumbrado a la idea de que sir Kabuti se interesara por Tamaki, pero su superior parecía haber caído presa de un auténtico flechazo.

―Le dijo a Tamaki que no nos arrestaría.

―No hay ningún motivo. Tal como lo vemos nosotros, y eso es lo que vamos a testificar, fue Kamizuru quien mató a su hermano. El hecho de que Tamaki le apuñalara primero es puramente accidental. ―Podía sentir cómo ella lo observaba, pero él siguió mirando hacia delante. No quería que ella viera nada en sus ojos que indicara que habían llegado a algún acuerdo.

―Entonces supongo que podemos volver a casa cuando queramos.

Aquel pensamiento le provocó una sensación de profundo vacío. Durante la semana anterior la había visitado cada tarde y había cenado dos veces en casa de Karin. No podía negar que los motivos que tuvieron para estar juntos al principio no fueron puros, y que los dos habían mentido. Pero tampoco podía negar que se había encariñado de Tenten. Lo cierto era que, a pesar de los motivos que tuviera para ir en su busca y de los que ella tuviera para dejarse coger, había algo muy bonito entre ellos.

―Estoy seguro de que Karin y Hanabi Hyuga la duquesa, estarían encantadan de presentaros a ti y a Tamaki en sociedad si así lo deseáis ―dijo pensando que una parte de él esperaba que aceptase para que se quedara más tiempo en Konoha y pudiera disponer de la oportunidad de volver a verla, y que otra parte esperaba que ella no tuviera ningún deseo de ser cortejada por otros hombres.

―No quiero presentarme en sociedad ―dijo ella en voz baja―. No creo que ningún baile se pueda comparar con el último al que asistí.

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Él dejó de andar. Ella también se detuvo. Tenten le estaba mirando fijamente con sus preciosos ojos caramelo.

―Yo nunca seré un hombre rico, Tenten. Solo tengo un sueldo respetable. Uchiha y Hozuki me han ofrecido muchas veces que me una a sus negocios, pero el riesgo era demasiado alto. Podría haber acabado sin nada. Ellos son inmensamente ricos, pero yo ya tengo lo que necesito.

―No me importa el dinero ―dijo ella.

―Es muy posible que me nombren caballero. Se ha hablado de ello, pero…

―Tampoco me importan nada los títulos.

¡Cielo santo!, era imposible satisfacer a aquella mujer. ¿Qué era lo que quería? ¿Qué podía ofrecerle?

―Tenten…

Ella se acercó más a él.

―Una vez me dijiste que te había robado el corazón.

―Y es cierto.

―¿Y vas a dejar que me marche? ¿Que vuelva a mi casita junto al mar?

―Yo solo quiero que seas feliz.

―Entonces pídeme que me case contigo.

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Era un precioso día de primavera en el pueblo que estaba cerca de aquella casita junto al mar. La gente decía que el cielo nunca había estado tan azul y que no recordaban una brisa tan suave. Todos los habitantes del lugar y cercanías estaban sentados en la iglesia completamente emocionados. Aquella pequeña comunidad nunca había celebrado un acontecimiento tan repleto de destacadas personalidades.

A la ceremonia habían acudido el duque y la duquesa de Otsutsuki y el conde y la condesa de Konohagure, el vizconde y la vizcondesa de Otogakure. Entre los invitados también había un hombre que no tenía título, pero todos los asistentes sabían, por el modo en que vestía Suigetsu Hozuki y por su forma de actuar, que era un personaje de inmensa riqueza. A su lado había una dama que era evidente que pertenecía a la nobleza. Además se rumoreaba que el último de los recién llegados, el doctor Naruto Uzumaki, era el médico personal de la mismísima hokage.

Todos los cuchicheos sobre los ilustres invitados cesaron cuando las novias empezaron a recorrer juntas el pasillo. No las acompañaba su padre, ni tenían damas de honor. Las hermanas eran lo que habían sido durante toda la vida: verdaderas amigas. Pero a pesar de que nunca habían necesitado más que tenerse la una a la otra, ahora las dos necesitaban, querían, a los dos hombres que las esperaban en el altar.

Mientras Tamaki se situaba junto a sir Kabuto, Tenten sonrió con calidez y entrelazó el brazo con el que le ofrecía sir Juugo. Le resultaba increíble que aquel maravilloso caballero fuera a casarse con ella.

Cuando el vicario empezó a hablar sobre el amor, ella apenas escuchaba, porque no había nada que aquel hombre pudiera decir que ella no supiera ya, no había nada que pudiera describir más maravilloso que lo que veía reflejado en los ojos de Juugo.

Al fondo de aquellas anaranjadas profundidades brillaba una verdadera adoración y el mayor de los orgullos. Ese hombre quería que se convirtiera en su mujer para siempre. Y ella quería que él fuera su marido. No deseaba volver a perderle de vista nunca más ni tener que pasar ni un día más sin él. Juugo estaba de pie a su lado, tan alto y atractivo, tan seguro de sí mismo. Era un niño con remordimientos que se había convertido en un hombre decidido a superar los errores de su niñez, un hombre que la aceptaba tal como era, con todos sus defectos.

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Sobre su chaleco podía ver la cadena de oro unida al reloj que se había metido en el bolsillo. Era el regalo de bodas que le había hecho ella. En la parte de atrás había pedido que grabaran la frase «No existe un amor más grande».

―En honor a tu padre ―le dijo ella―. Porque gracias a su sacrificio yo puedo tenerte en mi vida.

A Juugo se le llenaron los ojos de lágrimas. No habló. Ella supuso que la emoción le había cerrado la garganta. Pero cerró sus fuertes dedos sobre el reloj. Y en aquel momento lo llevaba por primera vez, mientras ella se convertía en su mujer.

Tenten escuchó mientras Tamaki y sir Kabuto intercambiaron sus votos. Ella y Tamaki vivirían en Konoha y sus casas no estarían muy lejos la una de la otra. Tenten no estaba segura de cómo lo habían conseguido Juugo y sir Kabuto, pero se estaba empezando a dar cuenta de que no había nada que Juugo no pudiera conseguir si se lo proponía.

Entonces llegó su turno, el de ella y el de Juugo, para profesarse amor y hacer sus promesas. En las alegrías y en las penas. En la riqueza y en la pobreza. En la salud y en la enfermedad. Tenten sería incapaz de amarle de otra forma. Estaría junto a ese hombre hasta su último aliento convencida de que él también estaría siempre a su lado.

Cuando el vicario les declaró marido y mujer, el sol que se colaba en la iglesia a través de los vitrales pareció brillar con un poco más de intensidad, y Tenten imaginó que se debía a la sonrisa de Tetsuya.

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Tamaki y sir Kabuto se marcharon a Konoha poco después de que acabara la ceremonia y dejaron que Tenten y Juugo pudieran disfrutar de la casita. En aquel momento, él estaba de pie en la puerta de la habitación y observaba mientras ella, sentada junto a la ventana, se pasaba el cepillo por el pelo.

―¿Sabías que yo te estaba observando aquella noche cuando te cepillaste el pelo junto a la ventana de tu pensión? ―preguntó él.

Ella esbozó una pícara sonrisa y le miró.

―Tuve la sensación de que estabas allí, pero no estaba segura. Tamaki dijo que para que nuestro plan funcionara yo tenía que seducirte, y no sabía ni por dónde empezar.

Ya hacía un rato que Juugo se había quitado la chaqueta, el chaleco y el pañuelo del cuello. Se acercó a ella y cogió el cepillo que tenía en la mano.

―Me enamoré de ti tan rápido y con tanta intensidad que te lo puse muy fácil. Me quedé allí bajo tu ventana como un tonto enamorado y me imaginé haciendo esto. ―Empezó a pasarle el cepillo por el pelo y se deleitó en la sedosa textura de los mechones que resbalaban entre sus dedos. Pensó que podría pasarse la vida entera haciendo eso.

―Pues yo estaba sentada junto a la ventana imaginando que eras tú quien lo hacía.

―Me encanta tu pelo ―dijo él―. Me encantan tus ojos. Me gusta todo de ti.

Ella se puso en pie y lo rodeó con los brazos.

―A mí también me gusta todo de ti. Y todos estos meses te he echado tanto de menos…

Ella y Tamaki habían vuelto a casa para prepararse para la boda y, aunque Juugo había ido a visitarla y ellas habían ido alguna vez a Konoha, Juugo no había sido capaz de estar a solas con ella para hacer algo más íntimo que darle un beso.

Dejó el cepillo a un lado, la rodeó con los brazos y la besó. Toda la moderación de la que había estado haciendo gala tronó en su interior y recordó la primera noche que había pasado allí escuchando los aullidos del viento y el incesante goteo de la lluvia. Enseguida percibió la pasión que sentía ella y su deseo aumentó. Se preguntó si aquella sensación siempre sería así, tan fuerte y poderosa. El olor a rosas de Tenten le embriagaba. Sus pies descalzos se posaron sobre los suyos. Había muchas cosas en ella que ya le resultaban familiares y entrañables.

Dejó de besarla y la miró fijamente a los ojos para observar el calor de la pasión que brillaba en ellos. La joven tenía los labios húmedos e hinchados. A pesar de que el camisón le cubría el cuerpo, no podía ocultar que se le habían endurecido los pezones. Él se inclinó hacia delante y, por encima de la tela, se metió uno en la boca y lo mordió con dulzura. Ella gimió con suavidad, arqueó la espalda y enterró los dedos en sus hombros.

Había pasado mucho tiempo, demasiado. Él la deseaba con una ferocidad que resultaba abrumadora. Sin embargo, también quería saborear cada momento. Ella era su mujer, su amor. Aquella noche tenía que ser especial para ella, para los dos. Aquella noche era la primera de su vida en común.

Pasó junto a ella y abrió la ventana para dejar entrar la fría brisa de la primavera. Las cortinas se mecieron ligeramente.

Entonces la cogió en brazos y la estiró en la cama mientras ella se reía de felicidad. Él se deshizo rápidamente de la poca ropa que le quedaba y ella se quitó provocativamente el camisón. Tenten gritó cuando él saltó sobre la cama y la colocó debajo de su cuerpo para absorber la suavidad de su piel al fundirse con la suya.

―He añorado esto. Te he echado mucho de menos ―rugió él mientras empezaba a explorarla con las manos y la boca, volviendo a aprender cada sutil matiz de su cuerpo, deleitándose en las curvas que la hacían tan única y especial para él.

Tenten deslizó las manos por el cuerpo de Juugo y saboreó la firmeza de sus tensos músculos y la longitud de sus brazos. Paseó los dedos por su lastimada espalda y se preguntó si le escocerían los ojos siempre que se encontrara con aquel recordatorio de lo cruel que había sido su infancia.

―¿Cómo se llamaba tu padre? ―preguntó ella de repente.

Él levantó la cabeza del valle que se abría entre sus pechos, a los que les estaba prestando toda su atención. La miró a los ojos y dijo:

―Jako Ryudoin.

Ella pasó los dedos por su cabello. Lo llevaba más corto que de costumbre porque se lo había arreglado para la ocasión.

―Le pondremos su nombre a nuestro primer hijo.

Él sonrió.

―Me gusta.

―Quizá ocurra esta misma noche. Quiero darte hijos.

Él le guiñó un ojo, volvió a posar los labios sobre su pecho y empezó a provocarle placer con las traviesas cosas que le hacía. A pesar de las muchas veces que se habían acostado al principio y de que pensaba que ya no le quedaba nada por descubrir, cada vez que volvían a estar juntos la complicidad que compartían traía consigo alguna novedad. Una mayor conciencia de lo que había entre ellos y caricias más atrevidas.

Juugo utilizó las manos, los dedos y la boca para explorar hasta el último centímetro de Tenten, como si estuviera redescubriendo un antiguo territorio y se diera cuenta de que había cambiado ligeramente, pero estuviera tan contento con el nuevo paisaje como lo estaba con el antiguo. Tenten había recuperado parte del peso que había perdido cuando abandonó Konoha. Sus caderas estaban un poco más redondeadas y sus pechos eran un poco más generosos. Él se tomó su tiempo y la observó mientras interiorizaba la nueva forma de sus pechos antes de bajar la cabeza y dejar que su boca se paseara por ellos para deleitarse en su sabor al tiempo que la provocaba.

A partir de aquel momento, y cada noche, tendría a esa increíble mujer en su cama. Se iría a dormir rodeado por su olor y ella se dormiría entre sus brazos.

Él vería cómo cambiaba su cuerpo cuando sus hijos vinieran al mundo. Pensaba disfrutar de cada aspecto de esa mujer, tal como lo hacía en ese momento.

Cuando sus suspiros y gemidos empezaron a aumentar, cuando ella se empezó a contonear debajo de él, volviéndose hacia él, abriéndose para él, Juugo se deslizó en la aterciopelada calidez que le recibió y se cerró a su alrededor.

Se quedó completamente quieto al tiempo que rugía de satisfacción mientras absorbía todo el impacto de la penetración. La cogió de la cara con sus enormes manos y la besó.

―Te amo, Tenten.

Tenten pensó que nunca se cansaría de escucharle decir aquellas palabras ni de sentir cómo el cuerpo de Juugo se fundía sobre el suyo. Él le besó la barbilla, la mejilla, el cuello… Luego, muy lentamente, atormentándolos a ambos, empezó a balancearse lentamente contra ella.

Ella meció su cuerpo al compás del de Juugo, el placer iba y venía, y fue aumentando hasta que la vorágine resultó insoportable. Tenten gritó su nombre mientras él rugía el de ella por entre los dientes apretados, y escalaron juntos la cresta del placer.

Luego se quedaron el uno en brazos del otro mientras dejaban que sus saturados y satisfechos cuerpos se regodearan en la gloria que acababan de compartir. Ella, acurrucada contra él y con las piernas entrelazadas con las suyas, se durmió muy feliz.

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Juugo se despertó poco después, somnoliento y saciado. Decidió que el matrimonio iba a ser algo maravilloso.

Abrió los ojos y vio la silueta de Tenten frente a la ventana. Se había envuelto en una manta y la brisa del mar le mecía el pelo.

Se levantó de la cama y se acercó a ella, la rodeó con los brazos y le besó la cabeza.

―Vuelve a la cama, Tenten.

Ella se apoyó sobre él y su cabeza encontró su lugar favorito bajo su hombro.

―Le estaba dando las gracias a Tetsuya por haberte conocido.

Él agachó la cabeza y le besó la nuca.

―¿Ah, sí?

―Se suponía que ella tenía que asegurarse de que Tamaki y yo encontrábamos un marido. Y lo cierto es que, aunque de una forma un tanto irónica y retorcida, lo ha conseguido.

Él le dio media vuelta y le levantó la cabeza para mirarla. Le encantó ver que en su rostro solo había una sonrisa y ni rastro de lágrimas. En adelante quería llenar su vida de alegrías.

―Voy a echar de menos este lugar ―dijo con suavidad.

Al día siguiente cerrarían la casa y volverían a Konoha.

―Volveremos de vez en cuando ―la tranquilizó él―. Me encanta como huele aquí.

Bajo la luz de la luna Juugo se dio cuenta de que una ligera sombra de duda le cruzaba el rostro.

―¿Qué ocurre, Tenten?

―¿Crees que, si te hubieras encontrado con Tamaki en el Valle del Fin, te habrías enamorado de ella?

―No. Nunca. Tú empezaste a apoderarte de mi corazón desde la primera vez que me sonreíste.

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