Elsa despidió a los huéspedes de la mejor manera que pudo fingir. Para su suerte, ninguno pareció especialmente interesado por la ausencia de Anna. Sería tan complicado dar explicaciones e inventar razones para justificar el que su hermana no estuviera. Ya varios de los políticos que se habían quedado en el castillo se habían marchado, pero para su mala suerte aún quedaba ese par de monarcas insoportables. Se rehusaban a irse sin antes dar un largo agradecimiento al pueblo de Arendell por su buen recibimiento y hospedaje.
-Espero que volvamos a encontrarnos- concluyó con su acostumbrada exageración el rey de Cambridge al tiempo que le besaba una de las manos. Ella la apartó al instante sin preocuparse demasiado en sus modales.
-Eso espero- mintió ell sin siquiera molestarse en sonreir.
La despedida con el príncipe no fue en nada un poco más agradable. Ambos se trataron con una formalidad tan fría como la nieve de Elsa.
Media hora después se vio completamente libre para dedicarse de lleno al asunto que para ella era lo más importante.
-¿Seguros que no estaban en la tienda de Oaken?- preguntó por milésima vez la reina a los soldados que se hallaban frente a ella y se habían encargado de la búsqueda de Anna.
-Sí, majestad. Hemos pasado por ahí unas cinco veces...el señor nos prometió que si llegará a verla la retendria y nos avisaría inmediatamente.- volvió a decir el joven que los representaba.
-¿Han buscado en todos los muelles? ¿Revisaron las listas de todos los pasajeros que salieron del pueblo entre ayer y hoy?- preguntó de nuevo, aunque ya conocía la respuesta. Era la segunda vez que preguntaba aquello.
-Sí su majestad. En ninguna aparece el nombre de la princesa y los que ahí trabajan nos dijeron que no la han visto. Aún así tenemos a un grupo de hombres aguardando ahí, pero por si acaso llegará a escabullirse, volveremos a ir en la noche a ver la lista.
La decepción que sintió la joven fue tan notoria que los presentes ni pudieron evitar sentirse apenados y hasta impotentes por no dar a su reina lo que necesitaba.
-Muy bien, no detengan la búsqueda. Pueden marchase.- concluyó sin mirar a nadie en particular y con la voz apagada.
Pero la orden no fue acatada de inmediato. Había una pregunta que se debía formular aún. Los muchachos se miraron entre sí antes de decidirse a hablar.
-Majestad- comenzó uno de ellos con duda- ¿debemos mantener el asunto en secreto?
Elsa suspiró y puso las manos en el escritorio.
-Por ahora sí necesito de su total discreción- dijo con autoridad.
-Muy bien- respondieron al unísono mientras asentían y se marchaban.
Tan pronto la puerta se cerró, la rubia gritó con frustración y se llevó las manos a la frente.
-Anna...Anna ¿por qué tienes que hacer todo tan complicado?- preguntó al aire.
De verdad le costaba entender ¿tanto drama por una pelea? Bueno, ella no era taaan diferente. Debía recordar que hizo todo un escándalo sólo porque la pelirroja le recriminó la frialdad con la que trataba a las personas ¿no? ¿qué había dicho aquella vez?
"Tú solo rechazas a las personas"
Y ahora era Anna la que rechazaba...
-Todo estará bien- le dijo de suave forma Hans.
-Ya me lo has dicho- respondió con pocos ánimos- he oído eso un millón de veces en el día. Tú, Gerda, Kai...¡todos creen que ésto no es un problema! ¡nadie se preocupa realmente por ella! ¿por qué todos están tan confiados?
-Porque al parecer somos los únicos que hemo visto la fuerza de Anna.
-Tú no la conoces como yo, Hans. Ella es mí hermana.
El joven se acercó a ella y le tomó una de las manos.
-Créeme, sólo empeorarás las cosas asustándote.
-Tú no entiendes- afirmó la chica en volumen bajo.
-Entonces, explicame.- pidió el pelirrojo suavemente mientras le acariciaba los nudillos.
La rubia soltó un pesado suspiro y bajo la mirada.
Por alguna razón la cercanía con que Hans comenzaba a tratarla le incomodaba. Era como si haberle confesado sus confusos sentimientos hubiera despertado en él una especie de enorme amor. La trataba con tanta dulzura ¡ni siquiera se había separado de ella en todo el día! Y la forma en que la veía...Su parte más loca y retorcida enviaba cosquillas a su estómago...pero su parte racional se preguntaba si él creía que ella era tan ingenua como Anna. Peor aún, Elsa empezaba a creer que así era. Si dejaba que eso continuará de esa forma acabaría mal, lo sabía.
-Dudo que comprendas- resolvió apartándose de su agarre y dándole la espalda.
El ex-principe cerró los puños al darse cuenta de que la incómodo, se sintió como un idiota. ¡Claro que ella no era como Anna! ¿cómo pudo pensarlo siquiera? ¿no era ella la que se encargaba de recordarle cada cinco minutos que era la reina y tuvo la mejor educación? Tal vez era el vino que ya estaba haciendo efecto en su mente y le impedía pensar claramente. Debía encontrar una manera más lenta y confiable de acercarsele. Era una verdadera suerte que aún lo haya corrido definitivamente, pero no debía apostar demasiado.
-Elsa- llamó una tercera voz en la puerta.
-¡Kristoff!- lo llamó corriendo hacia él.
-¿Obtuviste información? ¿qué te dijeron los trolls?- preguntó apenas llegó a su lado.
-La vieron- respondió amargamente.
-¿¡En serio?!- preguntó la reina con emoción.
-Pero los dejó ayer en la noche- terminó con pesar el montañés.
-¿Qué? ¿por qué? ¡Debieron retenerla!
-Elsa, ellos no sabían que Anna planeaba huir y esconderse.
-Y ¿qué no tienen sentido común? ¿creyeron que era normal que fuera en la noche? ¿Sola?
-Majestad, creo que es mejor que se calmé- opinó Hans desde la parte trasera de la habitación.
Ella volvió a masajearse las sienes.
-Lo siento tanto- dijo al tiempo que salía de ahí.
-Ésto es tan retorcido y está tan mal- se quejaba Sugelly mientras le preparaba el ya acostumbrado sándwich.
-Sí, ya lo sé. No entiendo que pudo haber llevado a Anna a irse- comentó vagamente el ojiverde.
-Cierto, ya ha soportado tantas cosas. Tal vez por eso se fue ¿no? Estaba algo cansada. Ya no podía soportar más, además la relación entre ella y la reina no ha ido muy bien. La rubia ha estado tan de mal humor en estos días ¿cierto?
-Supongo.
-Pero que inconsciente ¿qué tal si algo le pasa? El mundo afuera no es como el castillo...y ella no tiene los poderes de su hermana. Es fuerte, cierto, pero no creo que sea suficiente. Y los lobos, creo que ya los ha enfretado dos veces, pero con su novio...¡no me imagino si algo llegaré a pasarle! Pobre mujer, pobre, pobre. Ojalá se cuide o al menos se busqué un lugar seguro, o...
-Oye- se quejó el muchacho- no necesito a otra Elsa que sufra y se preocupe por cualquier cosa.
-¿Cualquier cosa?- preguntó girándose hacia él y extendiéndole el alimento- ¿te das cuenta de qué la princesa está perdida? Allá afuera, en el bosque ¡sola!
-No estoy de humor.
-Bien, bien. Ya hablaré después con las sirvientas.
-Ustedes sí que son chismosas- reprendio él mordiendo el pan.
-Somos sirvientas de la reina, eso es lo que hacemos- respondió con galantería al tiempo que se sentaba frente a él en la mesa.
-Ajá.
-Y ¿aún no te ha despedido? Según tenía entendido que para hoy ya no estarías aquí.
-Todo este asunto está ocupando su mente, yo pasé a segundo plano- dijo sin darle importancia.
Obviamente era mejor para él que las cosas siguieran así, podría quedarse al menos unos días más. Pero con su comportamiento tal vez a Elsa ya no le quedarán muchas ganas de tenerlo cerca. ¡Si al menos hubiera pensado más fríamente! Pero verla tan débil y vulnerable...simplemente creyó que era una buena oportunidad.
Mientras pensaba el silencio reino, cuando su mente volvió al escenario de ese momento, Hans no dejó de sentir la pesada mirada de su compañera.
-¿Algún problema?- preguntó finalmente con algo de fastidio.
-No lo sé, dímelo tú- contraataco la pelinegra sin apartarle la vista.
-¿Por qué debería saberlo yo?
-Te daré una pista, ya que al parecer el amor te tiene medio idiota: Elsa.
El pobre muchacho se atraganto al oírla. ¿Había oído bien? No, seguramente no. No, claro que sí. ¿Qué tanto sabía? ¿Realmente era de fiar?
-¿Cómo lo supiste?- preguntó de manera casi amenazante, pero no pareció tener efecto en ella.
-No eres el único que piensa aquí, Hans. Pero no te preocupes por mí, no diré nada. No me corresponde.
-¿Cómo lo supiste?- volvió a preguntar en el mismo tono.
La chica suspiró y se echó para atrás en su silla.
-De parte de ella es más que evidente. O tal vez no, pero...no sé Hans, una simplemente lo sabe- contestó pensativa y algo insegura.
-Si, supongo que así es.
-Y respecto a ti...no me termina de convencer que tú también la quieras. Pero ahí con ella todo el tiempo, la forma en que hablas de ella. Definitivamente hay algo ahí.
-Majestad- la llamaban en la puerta. No debía ser una genio para saber quién era. La voz de Hans le era inconfundible. Pero en esos momentos no tenía ganas de verlo ni a él, sólo quería estar sola lo que restaba del día.
-Majestad, sé que está ahí.- insistió el muchacho.
-Ahora no Hans- respondió sin ánimos al tiempo que se acurrucaba más en la cama.
-No haga las cosas más difíciles, majestad.
-Yo las algo cuán difícil quiera, soy la reina y es mí vida.
-Ya lo sé majestad, pero piense un momento en los que la rodean.
-Deja de decir tanto "majestad", es incómodo.
-Lo siento...majestad- se disculpo de modo travieso.
Elsa no pudo evitar sonreir. Aún cuando no queria, pero era imposible no sentirse bien al pensar que él se preocupaba por ella. Pero ¿no debía despedirlo ya? Se atrevió a confesarle su amor porque creía que no lo volvería a ver, y ahí estaba aún. Queriendo ganarse su cariño.
-¿Majestad?- llamó más suavemente.
La rubia al fin se decidió y se levantó. Caminó lenta y pesadamente, abrió la puerta con la misma flojera que había ganado en el transcurso del día.
-¿Qué necesita?- le dijo al verlo.
Le paseo la mirada y se detuvo justo en lo que tenía en las manos.
-No tengo hambre- afirmó con desdén.
-El hambre es un estado mental, si yo la convezco de que tiene hambre, tendrá hambre- resolvió Hans encogiéndose de hombros.
-Eso no es cierto. El hambre es señal de que necesitas alimento.
-Y ¿quién manda esa señal?
-El cerebro, supongo.
-Y ¿si su cerebro está apagado? ¿tendrá usted hambre?
-Mi cerebro no está apagado- se defendió.
-Tal vez no, digamos que está solo dormido.
-Mi cerebro está perfectamente bien.
-Vamos, solo coma un poco. Anna me mataría si se entera que no la alimenté bien, majestad.
Elsa se resignó y le dio el paso.
-Traje té y pan, solamente. Pero más tarde traeré más comida- informó el muchacho poniendo la bandeja en una mesita.
-No es necesario, no tendré hambre- dijo la reina sentándose en la cama.
-Ya veremos- le respondió él acercándole la comida.
Ella la aceptó de mala gana y empezó a comer lentamente.
-¿Cómo supo que estaría aquí?- preguntó después de un rato la rubia, mientras enfriaba su té.
-Fue fácil adivinarlo. Anna está perdida, era obvio que vendría a su recámara. Para sentirla cerca o algo así.
Ella se limitó a asentir y tomar de la bebida, pero se la apartó de golpe. Aún estaba algo caliente.
-¡Majestad!- la llamó Hans corriendo hacía ella y entendiéndole una servilleta.
-Estoy bien- afirmó tomando el pedazo de tela.
El pelirrojo se quedó en silencio unos momentos, aprovechando lo cercana que tenía a la ojiceleste, hasta sintió ganas de empezar a contar sus pestañas.
La muchacha también fue consciente de que tenía muy cerca al príncipe. Inmediatamente clavó sus ojos en los de él, quién le sonrió y se apartó al instante.
-No tienes que hacer esto- susurró Elsa soplandole más al líquido caliente.
-¿Cómo?- preguntó confundido.
-No necesito tu lástima.
-¿Mi qué? Majestad, no entiendo.
La reina gruñó y se levantó, poniéndose cara a cara con él.
-Lo que dije ayer fue sólo por impulso ¿entiendes? Estaba enojada y confundida...no estoy enamorada realmente de ti, ni de nadie. Así que no tienes que comportarte como si yo necesitará que fueras un bonito príncipe conmigo.
Al finalizar dio media vuelta, se sentó y volvió a comer. El ojiverde se tomó unos momentos para pensar como debía actuar.
Era obvio que mentía, pero su comportamiento apresurado lo había arruinado todo. Ya debía pensar mejor y más calculadoramente.
-Perdone si mis actos han sido confusos- comenzó con suavidad- admito que no creí que sus palabras en las caballerizas fueran del todo ciertas, no porque crea que sea una mentirosa. Pero la comprendo, pocas veces ha podido interactuar con otros jóvenes de su edad y, hasta cierto punto, es justificable que pensará que tenía sentimientos hacía uno que es muy cercano a usted.
-Me alegra que entienda- le dijo despreocupadamente la chica sin dejar de comer.
-Pero todo este asunto también me sirvió para darme cuenta de que me usted necesita un amigo...y a mí me gustaría ser ese amigo.
-¡Elsa! Ha llegado una carta de Anna- gritó Gerda mientras entraba a la habitación, impidiendole a Elsa contestar, aunque apenas escuchó el nombre de su hermana cualquier otro asunto se esfumó de su mente por completo.
-¿De Anna?- preguntó dando un salto de la cama y corriendo hacia ella. La tomo de los hombros y empezó a inspeccionarla con prisa.
-¿Dónde está?- preguntó ansiosa. Por más que analizará a la anciana no encontraba ningún papel en sus manos.
-Aquí, aquí- le contestó Gerda mientras se zafaba de su agarre y comenzaba a buscar en los bolsillos de su delantal.
Apenas se asomó la carta, Elsa se la arrebató y la abrió con prisas. Comenzó a leer en silencio y, al parecer, sin emoción aparente.
-Vámonos muchacho- le ordenó con dulzura la señora a Hans. Éste asintió y la siguió. Antes de salir de la habitación el príncipe le dedico una última mirada a la joven. Ella había fruncido el ceño mientras paseaba los ojos a través del papel. Él no pudo evitar preguntarse sobre el contenido de la carta y la forma en que afectaría la situación que comenzaba a crear con Elsa. Pero esperaba que la alterará para bien...de verdad lo esperaba.
"Querida Elsa.
No puedo ni imaginarme que es lo que esperas leer en ésta carta. Bueno, aunque seguramente no esperabas recibirla después de que me fui sin avisar...obviamente no esperabas que me fuera. O tal vez estés preguntándote cómo es que logré enviarla tan rápido...Como sea. Te escribo principalmente para que sepas que me encuentro bien, muy bien. Aunque no lo creas, tengo un plan. Y claro está que no te lo contaré. Aún así...ni siquiera sé que decirte. Tal vez deba darte mis razones ¿no es verdad? Bien, pues la idea vino a mi mente después de nuestra discusión, no quiero que creas que eso me volvió loca o que es tu culpa, porque no lo es hermana, créeme. La única culpable de todo lo que pasó, pasa y pasará soy yo. Yo y nada más. Bueno, simplemente pensé que era lo mejor irme. ¡Es tan difícil de explicar! Mejor sólo te diré una cosa que sí tengo clara. Elsa, mi querida hermana, te amo hermanita. Nunca dudes de eso, por favor. Sé que tal vez parezca que te he abandonado, que no importas o que te culpo de mis desgracias, pero no es así. Te lo juro. Cada pequeño instante que tuve la oportunidad de compartir contigo me hizo tan feliz y está impregnado en mi corazón. Tú eres lo más importante que tengo, jamás lo olvides. Y si algún día vuelvo a tu lado, seré la princesa que te mereces. Porque tú eres la mejor reina del universo. Sigue Elsa, por favor, no te detengas por mí. Yo sé que será complicado, a mí me costó dejarte ir durante esos 13 años. Pero a diferencia de aquella época, había esperanza...ahora no. Si te soy sincera, no sé si tenga la oportunidad de volver a ver tu rostro de nuevo. Pero yo espero que sí, yo confío en que así será. En que volveremos a estar juntas. Ya verás que sí. No quiero que me busquen, será en vano. Sólo, déjame ir Elsa, suéltame. Déjame ser libre al igual que tú. Una vez te juré que nunca te dejaría, y así será. Quieras o no yo estaré ahí, yo voy a cuidarte, no te abandonaré hermanita, no lo haré.
Con infinito amor, Anna."
Los pies de Elsa fallaron y la traicionaron, haciéndola caer dolorosamente al suelo y haciéndole sentir un estremecimiento en las rodillas cuándo cayó al suelo. Pero eso no importaba. El dolor físico era mínimo en comparación con el dolor de su corazón. Aquel, ese sentía tan profundamente no podía curarse de manera fácil, es más ¿podía sanarse? Deseaba llorar, se suponía que eso ayudaba, pero no podía. Las lágrimas no llegaban a sus ojos.
-¿Anna?- susurró al aire mientras apretaba la carta contra su pecho.
Aquello no podía ser verdad, no debía serlo. Anna, su Anna, jamás la dejaría. No se iría...no, no lo haría.
Era su culpa, ella le dijo tantas cosas, cosas tan malas.
Ni siquiera sentía ganas de lamentarse. Como si su corazón se hubiera congelado. Una voz en su cabeza le decía que no debía hacerlo, pues no era verdad. Anna regresaría...tal vez ya estaba esperándola. Debía buscarla, sí. Debía ir a su encuentro.
Sin saber que hacer, se levantó y salió de la habitación. Estar ahí comenzaba a asfixiarla. Camino sin rumbo por unos instantes. No pensaba, no sentía, nada.
-Anna- llamaba con voz ronca. Debía encontrarla. No se detendría...
Pero unos sollozos inundaron sus oídos.
-¡Anna!- volvió a llamar desesperada.
Con la carta aún apretada contra su pecho empezó a seguir el sonido. Seguramente no se encontraba bien, tenía que encontrarla.
-Las caballerizas- se dijo al localizar el origen del llanto.
Casi corrió hacia allá, pero al entrar se quedó petrificada.
-¿Kri...Kristoff?-llamó al ver al rubio de rodillas llorando amargamente.
-¿Qué...qué tienes?
-Se fue Elsa ¡se fue!- dijo con dificultad.
-¿Qué?- preguntó confundida.
-No volverá, se fue ¡Anna se fue!
Aquella dolorosa respuesta llegó a ella como una puñalada. Anna...¿se había ido? Vio la carta que tenía en sus manos y una simple frase la hizo entrar en razón.
"Si algún día vuelvo"
Era verdad, ya lo entendía. Anna realmente se había ido, Anna realmente los había dejado. No estaba esperándola, ella no estaba.
Las lágrimas finalmente llegaron a sus ojos, tantas que comenzaron a rodar por sí solas. El aire se enfrío y comenzó a nevar.
-Anna- se lamentó.
-Todo fue mi culpa- decía el muchacho.
-Anna- dijo Elsa antes de caer al lado de Kristoff y acompañarlo a llorar.
Ambos se lamentaban por la pérdida del ser que más amaban.
