Buenos días. Primero que todo disculpadme por no contestar vuestros comentarios, el tiempo se me ha echado encima y esta semana se me ha pasado en un suspiro, así que prefiero publicar ya y en el siguiente os contesto. Muchísimas GRACIAS por todas vuestras opiniones, sin las cuales esta historia no tendría mucho sentido.

Gracias a Nurymisu, Anaidam, Maria José y Pegn, mis betas y pre-lectoras, por su apoyo, opinión, ánimo y correcciones.

Advierto que este capítulo es un poco de transición, como compensación el siguiente lo colgaré más pronto (espero que el jueves como muy tarde), será más larguito y creo que os gustará un poco más. O eso creo ;).


Capítulo 11

.

—¿Vuelves a salir con Alice hoy? Su novio al final se pondrá celoso—Charlie sonreía ampliamente, los ojos brillantes y la cara suavemente broceada. Había vuelto de la excursión de pesca del domingo henchido de satisfacción: traía pescado para toda la semana.

A Bella se le escapaba cómo un hombre que trabajaba en eternos turnos de día y de noche se levantaba antes que el sol en su día libre sin que nadie le amenazara con un arma, feliz y contento. Pero Charlie y Billy, su mejor amigo de la comisaría, hacían eso por lo menos una vez al mes.

—Bueno, está bien seguir saliendo con amigas aunque se tenga novio, ¿no?—la voz de Bella sonó casual mientras, agachada, guardaba el pescado limpio en el congelador.

Dios, parezco una adolescente... si sólo tengo que decir "Mira, papá, salgo con un chico"... pero eso hará que Edward caiga en el punto de mira.

Aún recordaba la conversación del día anterior.

—¿Edgard también salió con vosotras anoche?—la pregunta había intentando sonar casual pero ya no sólo el tono sino la expresión de Charlie era de ansiedad.

—Edward, papá. El hermano de Alice se llama Edward.

—Bueno, eso.

—Sí, somos un grupo de amigos, papá.

Y aquí, tras un tenso silencio de varios eternos segundos, había empezado un suave pero prolongado y exhaustivo tercer grado sobre el perfil psicológico del hermano de Alice, no fuera a haber algún rasgo psicopático que a ella le hubiera pasado desapercibido. Prácticamente se imaginó a Charlie investigando en los antecedentes preescolares de "Edgard". Y eso que aún no sabía la profundidad de su relación. Mmmm... no, eso no es un buen estímulo para decirle la verdad. ¿Y si algo sale mal y lo dejamos en unos días? Madre mía, me imagino una foto de Edward en todas las comisarías del país con un "Se busca" debajo. No, no quiero preocupar a Charlie, ya tiene bastante con su trabajo...

Su padre la miró con cierta preocupación. No había salido con ningún chico desde que lo dejó con aquél de Phoenix. Porque el ex de su hija no tenía nombre para él, sólo "aquél de Phoenix" o, más brevemente, "aquél". Y, aunque él sabía bien lo que tardaban en sanar las heridas del corazón y se alegraba de que su hija pareciera feliz con su amiga Alice, al mismo tiempo le gustaría que Bella saliera con un grupo grande de amigos... varias chicas y chicos con los que relacionarse, congeniar, quizá en un tiempo no muy lejano tener una relación. Pero su hija era persona de afectos escasos pero intensos, y eso limitaba su vida social. En eso Bella era más como él que como su madre, y no se lo podía reprochar.

El móvil de Bella sonó en el comedor, interrumpiendo lo que Charlie estaba a punto de decir.

—Un momento, papá—Bella salió de la cocina y miró la pantallita del aparato. Una oleada de mal humor la atravesó.

Otra vez él... Voy a tener que dejarle las cosas claras o no me dejará en paz.

—¡Voy a hablar a mi cuarto!— dijo en voz alta mientras se metía en el pasillo que conducía a las habitaciones.

La respuesta de su padre se perdió en el ruido que hizo la puerta al cerrarse.


—Necesitamos hacer una ecografía abdominal para estar seguros del diagnóstico, los signos de apendicitis no son claros—explicó el pediatra de guardia. –Emmet, ¿te encargas tú del papeleo?

—Claro—el futuro médico sonrió y tomó el historial que su superior le tendía. El doctor Mathews, el pediatra con el que hacía su guardia, era muy agradable y no lo explotaba como hacían muchos de los residentes.

Y estaba feliz por más motivos. Era su última guardia en pediatría. Por fin. El resto de prácticas las haría en cirugía, y terminaría el año de interno. Luego podría decidir qué especialidad elegir. No estaba muy seguro... no quería ninguna cosa demasiado quirúrgica, de eso estaba seguro. ¿Neurólogo? Quizá dermatólogo...

Terminó de rellenar la petición para ecografías urgentes.

—Voy a cursar esto. No creo que tarden más de diez minutos—le explicó al preocupado padre, quien dibujó una leve sonrisa nerviosa.

—No puedo pasar de mundo, papá. Lo he probado muchas veces y no puedo —gimoteó el niño de nueve años, agitando la consola ante la cara de se padre.

—Ya te he dicho que yo no sé de eso, hijo—suspiró el padre, cansado.

—Ese juego lo conozco—intervino Emmet.—Para pasar al nivel 7 tienes que derrotar al enemigo en el nivel 5, tomando otra forma.—Se encogió de hombros cuando el sorprendido padre lo miró.—Tengo un primo de esta edad—explicó un poco avergonzado por si el padre de la criatura creía que se dedicaba más a jugar a la consola que a estudiar.

Pero el niño lo miró, deslumbrado como si hubiera encontrado a su héroe, y el padre suspiró aliviado.

—Gracias. Tendré que comprarme un manual, o algo. Yo no tengo ni idea de cómo se juega a estos trastos. Y no tengo mucho tiempo para aprender—murmuró el señor.

—Bueno, esto está muy tranquilo—Emmet se asomó un momento fuera del box para comprobar que realmente así era y cuando volvió a mirar al niño le guiñó un ojo.—Tengo tiempo de enseñarte un par de trucos mientras esperamos a que te lleven para la ecografía.

—¡Gracias!—el niño le pasó la consola y este se sentó a su lado.

,

.

—Es una apendicitis. ¿Lo ves?—el radiólogo le señaló la pantalla al interno, que asintió.

—Hay que intervenir, parece—comentó Emmet mirando al padre.

—¿Qué?—el niño no entendía nada.—¿Qué es intervenir?

—Tienes una...—el interno pensó unos segundos—una cosa enferma dentro de ti, por eso te duele la barriga, y hay que quitarla, y cuando la quitemos estarás bien del todo.

—¿Cómo la quitaréis?—la expresión del niño comenzaba a ser un poco ansiosa.

—Hay que dormirte, abrirte la barriguita—Emmet se maldijo por hablar así, pero entendía ahora la manía de muchos pediatras por hablar en diminutivo—y sacarla. Ni te enterarás.

—Yo no quiero que me quiten nada... tengo miedo—los grandes ojos del el niño comenzaron a derramar unos lagrimones tremendos. Cada uno de ellos parecía pesar como una losa sobre el pecho del interno, hasta que al final reaccionó.

—Oye...Eric—puso su mano en el hombro del niño,—vamos a hacer una cosa. Cuando tengan que llevarte al quirófano, quiero decir al sitio donde te dormirán, te acompañaré hasta que estés dormido. Y cuando te despiertes tu padre estará ya contigo.

Emmet no supo quién pareció más emocionado, el padre o el niño.

Cuando volvió del quirófano había tenido una revelación.

.

.

Cerca de la hora de la salida Edward se presentó en urgencias de pediatría. Un par de enfermeras salieron en aquel momento del control de enfermería y se quedaron en el mostrador, hablando entre ellas en voz baja, mientras echaban discretas ojeadas al chico del pelo cobrizo.

—¿Cómo te ha ido la guardia de gine? ¿Cuando salgamos te vienes a tomar unas cervezas? He quedado con Rose más tarde pero tengo un par de horas libres—los dos internos hablaban ante uno de los despachos pediátricos, vacío en ese momento.

—No, gracias... Bella me va a pasar a buscar y cenaremos fuera—a Edward le pareció escuchar una exclamación bajita desde donde estaban las enfermeras, pero pensó que lo había imaginado.

—¡Pero si ayer ya fuisteis al cine solos! Ah, claro... estáis en esa fase antisocial de los enamorados—el moreno lo miró especulativo, rascándose la barbilla.

—No estamos enamorados... estamos saliendo, y sólo llevamos un par de días escasos. Creo que es normal que queramos estar solos—se defendió el cobrizo, ceñudo.

—Lo que digas, nene, pero estás bien colgado de esa chica. A ver... tercera cita, ¿no? Ya sabes lo que toca...—alzó las cejas varias veces significativamente y Edward estuvo tentado de darle un puñetazo. Sólo uno suave.

—No sé lo que toca, y no quiero que me lo digas. ¿Vienes a cambiarte o me largo solo y coges el autobús?

—Vaaale...un momento, que me despido de las enfermeras.

—Ah, sí... tú última guardia en pediatría, estarás contento—Edward lo siguió hasta el control.

—Pues... sí. Hasta luego, chicas. Ha sido un placer. Nos seguiremos viendo por el hospital—Emmet saludó a las dos mujeres de fuera del control, que se comían con los ojos a Edward, y a las que estaban dentro, que le sonrieron cálidamente.

.

.

—Estás muy callado...—Edward puso el intermitente para girar hacia la casa de Emmet.

—Ed... He tenido una revelación—murmuró el moreno.

—¿Cuál?—su amigo lo miró intrigado.

—Quiero ser pediatra.

Edward se empezó a reír por la broma, pero paró de golpe y abrió los ojos como platos al percatarse de que su amigo decía la verdad.

—¿Co... cómo? Pero si tú... Es...¿lo has pensado bien? ¿O tienes fiebre y deliras?—farfulló.

—Sí... me gustan los niños, ya lo sabes. Me llevo bien con ellos. Y creo que puedo ser un pediatra aceptable.

—No uno al que vaya a llevar a mis hijos—murmuró Edward por lo bajo—¡Ay!—se quejó por la colleja recibida.—Era broma. Si sobrevives al primer año de residencia te nombraré mi futuro pediatra—repuso sonriente.

—Y si sobrevivo a Rose cuando se entere de mi decisión...—musitó casi temeroso, meditando cuántos catarros y gastroenteritis le quedaban aún por pasar antes de inmunizarse aceptablemente.

.


Edward contemplaba distraído los labios de Bella entreabrirse para recibir el alimento. La punta de su lengua se desplazó a través de sus labios llevándose un poco de salsa de setas que había quedado sobre ellos. Cuando los pequeños incisivos se clavaron en el tierno labio inferior perdió por completo el hilo de la conversación.

—¿Edward?—alzó la vista y la miró a los ojos. Parecía divertida y se había sonrojado un poco.

—¿Qué?—parpadeó velozmente.

—Que te has quedado a mitad de frase.

—Qué...—intentó recordar y sonrió.—Lo siento, no sé de qué estaba hablando...—Meneó la cabeza y bebió un sorbo de vino. Parecía un obseso hambriento, pero no era sólo que Bella le gustara muchísimo... llevaba un año sin tocar a una mujer y de pronto todas esas necesidades reprimidas le estaban pasando factura.

Bella no comentó nada al respecto, y eso que era ya la segunda vez que le pasaba a lo largo de la cena.

—Hablabas del Hombre Invisible. ¿Por qué ahora llamáis así a House, digo al doctor Hessling?

Esperó a que Edward tragara los gnocchi que se había metido en la boca. Parecía un poco reticente a contestar.

—Ah, porque nadie puede verlo—se encogió de hombros.—Hemos tenido que cambiarle de apodo porque escuchó a un interno llamarlo House, afortunadamente sin consecuencias... al menos de momento—se sonrojó, recordando el momento.

—¿Tú?—arqueó las cejas al máximo mientras el interno asentía con lentitud.

—Soy un tremendo bocazas... Estaba hablando de él y estaba justo detrás de una puerta entreabierta, escuchando... dios, qué momento...quise que me tragara la tierra. Como... como ayer por la mañana—esta vez fue él quien se mordió el labio y la miró con timidez. No habían vuelto a comentar nada sobre el tema.

Bella bajó la vista y tomó su copa de vino, bebiendo un largo trago. Luego tomó aire con fuerza antes de hablar en voz tan baja que él tuvo que inclinarse un poco sobre la mesa para escucharla.

—No... no tengo mucha experiencia, pero no me importa probar cosas nuevas—musitó.

La mirada de él cambió y sus pupilas dilatadas oscurecieron sus ojos. De pronto necesitó bajar la vista de nuevo a la copa, y se quedó acariciando el pie de la copa entre el pulgar y el índice... él la estaba mirando como si su alimento estuviera al otro lado de la mesa, y no sobre ésta.

Bella empezó a arrepentirse de haber sacado el tema, pero... en algún momento u otro tenía que hacerlo. Claro, y el mejor momento es en un lugar público lleno de desconocidos. Bravo, Bellita, se contestó a sí misma y hundió su nariz en la copa de vino.

Afortunadamente la camarera se acercó a recoger los platos.

—¿Desean postre?—la camarera miraba a Edward.

¿Por qué le parecía que la chica hablaba con doble sentido? ¡Claro que quería postre! Quería cubrir los dedos de Edward de chocolate y lamerlos como él había hecho con los suyos la noche del viernes... luego seguiría con otras partes de su cuerpo...ups...¡Swan, frena!

Cuando Bella volvió a mirar a Edward, la calma había vuelto a su expresión. Y no pudo evitar sentir cierta desilusión, y luego sentirse de nuevo una egoísta por eso. Él era quien tenía que imponer el ritmo. Pero sus cambios de humor la mataban.

Edward la miró interrogante y ella sacudió ligeramente la cabeza.

—No, gracias. Sólo la cuenta.—Él esperó a que se marchara para proseguir.—Sabes... siento que es bueno que lo tomemos con calma... si sigues de acuerdo—comentó él suavemente, como si le hubiera leído el pensamiento.

—¿Calma? Claro. —La palabra parecía contraproducente. Contraria a todo lo que hervía en su interior. Calma. Ella sentía de todo menos eso.

—Sí...quiero decir que...—la miró inseguro—estos días podemos seguir así... conociéndonos. Me gusta mucho saber cosas de ti.

—Y a mí de ti—se sinceró. Le encantaba estar con él, hablar con él, besarle, tocarle, olerle, lamerle...eeh, frena otra vez, nena.

De pronto su móvil vibró. Por cuarta vez desde que estaban juntos. Le echó un vistazo al aparato y sus labios se fruncieron durante unos segundos.

—Deberías decirle a Charlie la verdad—comentó él en tono neutral.—Creo que su instinto de policía sabe que mientes y por eso está tan pendiente de ti. O contéstale cualquier cosa... le calmarás.

—No... no pasa nada—desvió la mirada hacia la camarera, que venía con la cuenta dentro de una especie de libretita de piel.

De pronto unos dedos se posaron suavemente en su mentón y la obligaron a desviar la mirada. Los ojos verdes se estrecharon estudiando su expresión.

—¿Qué pasa?

—Nada—repuso, forzando una sonrisa. En aquel momento llegó la camarera con la cuenta, que Edward pagó a pesar de sus protestas.

—Tú pagaste las palomitas ayer.

—Y tú el cine—frunció el ceño. Su espíritu de mujer moderna no le dejaba disfrutar del todo de los gestos caballerosos de él.

—La próxima vez pagas tú—la sonrisa atómica funcionó. La dejó KO, momento en el que Edward dejó el dinero sobre la mesa y se levantó, tendiéndole la mano.

Una vez fuera le rodeó la cintura con un brazo, y se pusieron a pasear bajo la agradable y extrañamente cálida noche de Seattle.

—¿Qué pasa?—alzó una ceja.—Puedo estar así el resto de la velada. Tú misma.—le advirtió.—Algo te preocupa, Bella—añadió en un tono más suave.—Por favor...

—¿No aceptas un no?—repuso entre divertida y mosqueada.

—No cuando te veo preocupada. Por favor...—repitió, la voz suave y cálida capaz de derretir parte de los polos.

Su comentario le llegó dentro. Y si le pedía las cosas de esa forma tan dulce no podía negarle nada. Él había confiado en ella en algo muy profundo. Ella tenía que confiar en él.

—No era Charlie. Esta mañana me ha llamado Jake...—Edward intentó no cambiar el gesto, pero su corazón dio un vuelco. ¿Habría cambiado de opinión y quedaría con él?—He estado recibiendo mensajes suyos, desde ayer. Pero no he contestado a ninguno. No tenía ganas de hablar con él y se lo dejé claro. Pero he pensado que se merecía poder explicarse, y que así dejaría de molestarme—bufó y continuó.—Bueno, creo que esta vez ha sido por fin sincero...—se quedó pensativa.

—¿A qué te refieres?—inquirió él.

—Pues que lo que me ha dicho es tan de... comedia mala, que debe ser verdad. ¡Ahora va y me suelta que está casado!-exclamó, aún incrédula- Dice que en realidad es como si no lo estuviera, que no se divorcia por falta de dinero, y que de momento sigue compartiendo su casa de Forks con su esposa. Pero que ella hace su vida y él la suya, y por eso hasta ahora no me lo había comentado. Porque no lo considera algo "esencial" —hizo comillas en el aire. — El hecho es que para hacer unas obras en su casa necesitaban la firma de los dos o algo así y por eso no pudo venir el viernes por la tarde—Bella aún tenía cara de alucinada.—Cuando le he dicho que me olvide, que eso me lo tenía que haber dicho antes, y que no me interesa ningún tipo de relación con él se ha comportado como si yo fuera una cría con una rabieta. Que no he tenido una reacción madura, que no todo son relaciones estándar hoy en día, que soy un poco antigua y que le había parecido más liberal...—bufó de nuevo—Dime, Edward, ¿en qué idioma "liberal" equivale a "gilipollas"?—gesticulaba y fruncía el ceño airada.—¡Ya me decía Alice que no me fiara de un tipo que no me da el teléfono fijo!

—Bella... apuesto a que ese tipo está separado pero su mujer no lo sabe—alzó una ceja con sarcasmo.— ¿No le han quedado las cosas claras al polígamo ese o qué?

—Bueno, el tema es que me ha seguido mandando mensajes y ya no le contesto más, pero me tiene un poco harta.

La ira brilló en los ojos verdes. Jamás había sido un hombre de meterse en peleas pero ahora estaba seguro de que si el tal Jake apareciera por la puerta se llevaría las marcas de sus nudillos en la mandíbula.

—Eso es acoso, Bella. Quizá necesita que yo le aclare algunas cosas—repuso, los párpados entornados y la ira vibrando contenida en voz.

Bella sintió que la sujetaba con más firmeza. No pudo evitar sentirse excitada al ver ese aspecto protector de él. Tragó aire con fuerza y lo expulsó lentamente, forzándose a la calma y centrándose en el tema. No pensaba que lo de Jake fuera nada importante, tan sólo molesto, pero la reacción de su chico la estaba poniendo a mil.

—De momento no le haré caso... yo creo que se cansará pronto—se encogió de hombros. No quería pedirle ayuda a Charlie por esta bobada y ganarse la madre de todos los sermones: "cuándo aprenderás a confiar en los consejos de papá". Y uno de esos consejos era que fuera más desconfiada. Ojalá hubiera heredado el olfato de policía de su padre... Hasta Alice sabía que Jake no era trigo limpio.

—¿Le has dicho que estás conmigo?—No quería sonar posesivo, pero... así había sido. Bella lo miraba de forma extraña, como si no supiera cómo tomarse ese arrebato que le había entrado de repente. –Lo digo porque quizá de esa forma se eche atrás y deje de molestarte. Si no pierde la esperanza tardará más en dejarte tranquila.—Sí, eso sonaba racional y civilizado, aunque lo que pensaba en realidad es que si Jake se acercaba a su chica tendría problemas.

Bella frunció los labios antes de contestar.

—No, eso a él no le importa. No le explicaré más cosas de mi vida privada. No necesito ningún motivo extra para mandarle a la mierda, Edward, con los que tengo me basta y me sobra: dejarme plantada sin explicación, ocultarme cosas o directamente mentirme.—Su gesto era serio.

—Está bien... pero piensa en lo que te he dicho—insistió.

—Lo haré—prometió.


Y hasta aquí el capítulo. Lo de Jake no es imaginación, está basado en alguien real. Bueno, de hecho una mezcla de dos "alguien". Y lo de que Charlie llame a Edward "Edgard" ya sabéis que es tomado directo de Crepúsculo, la novela.

Un beso y hasta prontito.