-¡Oh! Si que vienes molesto...- le dijo Sugelly apartando la vista del libro que leía al verlo entrar a su habitación.
-No molestes- le gruño él azotando la puerta tras de sí y sentándose violentamente frente a una pequeña mesa.
-No lo haría si no estuvieras en mi recámara.
-¡No molestes!- exigió en un grito enojado.
-¡Y tú no me grites!.
Hans se limitó a refunfuñar. Le gustaba el carácter valeroso de su amiga, pero en momentos como aquellos detestaba el hecho de que no pudiera quedarse callada.
-Todas las mujeres no son más que piedras innecesarias en el camino- murmuró apretando los puños contra la mesa. La pelinegra se apartó el libro del regazo y lo miró fijamente.
-¿Cree que porque es la reina de Arendell puede hacer lo que se le venga en gana?- continuó molesto, cerrando los ojos- Ella no sabe nada. Ella me necesita, yo no la necesito a ella...¡que se vaya al infierno! Que se vaya y no vuelva...¡que se pudra!
-Te traeré un sándwich- sugirió ella poniéndose de pie, buscando cualquier excusa para marcharse y darle paz.
-No, quédate- le pidió el pelirrojo sin mirarla.
-Creo que...- comenzó a excusarse, pero fue interrumpida por la potente voz del hombre.
-Quédate.
En otras ocasiones ella hubiera protestado, pero no en aquella. No cuando su amigo la necesitaba. Se veía realmente ¿afectado? Por lo que sea que hubiera pasado, y no le gustaba verlo así. Respiró y se acercó a él.
-¿Qué pasa?- preguntó suavemente.
-Yo no la amo- confesó Hans en voz baja. Sugelly no tardó en entender que se refería a Elsa. Pero le tomó un poco más de tiempo decidir como proceder. Había pasado tanto tiempo desde la última vez que la reina fue nombrada en alguna de sus conversaciones.
-¿Por qué no?- se animó a preguntar con cautela, aún algo insegura. Pero Hans se relajó un poco. Su voz sonaba tímida y, de alguna manera, tranquilizante ante sus oídos. Sugelly era su más querido y preciado bálsamo.
-Porque no puedo- suspiró y aligero la presión con que se sostenía de la mesa- no puedo darme ese lujo. El que se enamora pierde...
-No siempre.
-¡Aquí sí!- le gritó.
Ella volvió a respirar, conteniendose para no gritarle.
-¿Por qué?
-Porque ella es poderosa- contestó- porque me hará daño si me vuelvo vulnerable.
-Ella no es mala.
-El amor lo es- contraataco- y si yo me permito amarla me irá mal. Yo lo sé...
-Hans- llamó sutilmente, pero él no contestó- Hans- habló de nuevo tomándole la barbilla, para obligarlo a verla- Hans, cariño, no temas. Entiendo tu postura, de verdad que sí ¿cómo no temerle a lo desconocido? Jamás has amado, lo sé, es difícil ahora que está sucediendo. Pero responde ¿realmente crees que la reina se atrevería a usar tu amor por ella en contra tuya?
-Lo hizo hoy- afirmó con amargura- ella está humillandome. Se ve a escondidas con ese rubio maldito.
La azabache se contuvo de sonreír. Sin darse cuenta su amigo estaba mostrandole que celaba a la reina.
-Y eso te molesta ¿por qué?
-¡Porque ella no tiene derecho a burlarse de mí!- respondió apartándose del agarre.
-¿En serio crees que esta engañándote?
-No lo creo, lo hace. Ella miente, estoy seguro de que también tiene un plan- reflexionó el ex-principe en voz alta- y yo debo ser parte de él. No soy más que una pieza de ajedrez en su tablero.
-Eso no parece tener ningún sentido ¿sabes?
-No, pero es verdad.
Ella soltó un poco de aire, intentando decidir que hacer. Era obvio que estaba furioso y dolido, que discutir no era la mejor opción y que tampoco debía dejarlo sólo. Al final, decidió seguir sus instintos y lo abrazó, de una manera un poco extraña y que resultaba dolorosa para ambos.
-Sólo, déjate amarla- dijo cerrando los ojos con fuerza- sin miedos o prejuicios o ideas. Amála como debería ser: sin pensar.
Hans también cerró los ojos y suspiró.
-Pero...
-Y- lo interrumpió- puede que no sea de ayuda, pero si llegas a equivocarte y de verdad sales herido, yo estaré ahí para ti. Yo nunca voy a dejarte, porque te quiero, Hans Westergaard.
Después de unos segundos, el pelirrojo le tomó las manos y plantó pequeños besos en cada una.
-Es más que suficiente- declaró.
Caminaba feliz, extrañamente feliz, por los pasillos del castillo hacia la recámara de la reina.
Había tomado un baño, pero también había jugado como niño con Sugelly. La pobre tuvo que darse una ducha ella también debido a lo mojada que terminó. Él quiso ayudarla. Había ofrecido su ayuda con una sonrisa picara, pero ella se negó rotundamente y se sonrojó muchísimo al entender sus palabras. Así fue como descubrió que su amiga era aún pura y virginal, se había burlado un poco. Pero al final optó por simplemente marcharse y dejarla descansar. Pero ya llevaba una sonrisa en el rostro, pues, la relajación del agua fría contra su piel más la diversión, dieron como resultado un Hans feliz. Ni siquiera el hecho de que se dirigía de nuevo a cumplir con su humillante tarea como sirviente opacaba tanta alegría.
Se detuvo frente a la enorme puerta y dio unos suaves golpecitos, pero no espero permiso para entrar. Abrió lentamente y asomó con precaución el rostro.
-¿Elsa?- ya no le sorprendia no obtener respuesta. Ella leía continuamente y en esos momentos el mundo carecía de importancia. A veces se centraba solamente en el millón de cosas que tenía en la cabeza y se olvidaba de los demás. Así que creyó que aquel día no tendría porque ser distinto. Entró con cuidado y cerró la puerta intentando no hacer ruido.
Paseó la mirada por la habitación oscura, buscando a la reina.
La encontró a los pocos segundos, pero hubiera preferido no hacerlo.
Estaba junto a la ventana, abrazándose a sí misma y llorando desconsoladamente. Tardó unos momentos en pensar en algo, su mente se oscureció al verla. La había visto llorar ya tantas veces, pero cada vez era más extraña que la otra. Cada vez su pecho se oprimía más.
-¿Elsa?- llamó mientras caminaba titubeante a ella- ¿qué ocurre?
Temía que llorará por causa suya ¿tal vez estaba sintiéndose culpable? Después de todo, habían discutido muy gravemente. Y ella había dicho ciertas cosas. Si así eran las cosas, era bueno que estuviera ganando su simpatia. O al menos que con sus impulsivas palabras finales le haya dado remordimiento.
Pero, por alguna razón, no vio como una ventaja esa posibilidad. Al contrario, le molestaba pensar que él podría ser la razón. Pero obviamente eso era poco probable.
Regresó al presente al oir sus leves sollozos.
-Anna...- fue todo lo que obtuvo por respuesta. Una parte suya se alegró, eso significaba que no había algún problema con él. Pero eso también significa depresión, una etapa muy dura para Elsa. Desde que la pelirroja se había ido, constantemente tenía períodos de mucha tristeza. Él siempre estaba a su lado, pero aún así tardaba tiempo en reponerse. Así que seguramente ese era uno de esos momentos.
Cuando estuvo lo suficientemente cerca, se sentó a su lado y la pegó a su pecho. Siempre así eso, pues eso siempre funcionaba. Ella no puso ninguna resistencia y hasta pareció agradecida con el consuelo.
-Shh. Está bien, de verdad. Ella está bien- susurraba mientras acariciaba su cabello.
-No sé nada de mi hermana- sollozó.
-Pero está bien, ya verás. Simplemente ha de haber olvidado escribirte. Sabes lo distraída que es.
-La extraño tanto- confesó antes de abandonarse nuevamente al llanto.
-Lo sé, lo sé.
La sintió temblar violentamente contra él. Sus lágrimas eran tan abundantes que no tardó en sentir que su camisa se mojaba.
-Elsa, vamos- dijo levantando su rostro.
El dolor era inconfundible en sus ojos, eso le dolió. Eso le ayudó a descubrir que no le gustaba verla triste, menos a esas magnitudes.
Por primera vez en su vida se quedó sin palabras. No sabía que decir para consolarla. Porque una parte suya le decía que ninguna palabra ayudaría.
Acarició suavemente sus mejillas y lentamente se inclinó para darle un tierno beso en los labios. Elsa no dejó de llorar, pero su respiración se tranquilizó un poco y respondió al gesto. Hans no quiso hacer del beso algo apasionado, pues estaba fuera de lugar, así que se separó segundos después. Sostuvo el rostro femenino entre sus manos y juntó sus frentes, viéndola a los ojos.
-No sé si te sirve- susurró- pero yo estoy aquí para ti.
Ella asintió y se abrazo fuertemente a él. Frotando su mejilla húmeda en su hombro.
-¿Qué sería de mí sin ti, Hans?- preguntó intentando dejar de sollozar, aunque no lo lograba.
-Eso mismo me preguntó yo, pero contigo- confesó besándole la cabeza.
Permanecieron unos momentos más abrazados, en silencio. Pero a ninguno parecía importarle eso. Ella se levantó después y se pasó una mano por los ojos, para secar su lágrimas. Cuando sus ojos se vieron libres de llanto, se quedó viendo fijamente al joven. Analizando todos sus rasgos, sus ojos, nariz, cabello, boca...y se echó a reir.
-¿Ocurre algo?- preguntó el pelirrojo confundido, pero sonrió también.
-Es sólo que...- Elsa suspiró y luego tomó el rostro de Hans entre sus manos- nunca había notado lo parecidos que son- confesó con diversión.
-¿Cómo?- su cara cambio de divertida a consternada.
-Tú y Anna- aclaró.
-No hablas en serio- resolvió falsamente ofendido, apartándose de su agarre.
-El cabellos rojo, las pecas, la piel blanca. Anna incluso tiene un color de ojos medio verde.
-Mmmm...- él se llevó una mano al mentón, en pose pensativa- sí creo que tienes razón.
-¡Siempre la tengo!- dijo alegremente.
-Bien, sólo contestame algo- pidió acercando su rostro al de ella- cuándo me besas ¿piensas en Anna?
-¿Qué?
-Tal vez te ayude a extrañarla menos si actúo como ella.
-¡Hans! ¡Claro que no!
Un ataque de risa empezó a consumir a la reina. También a Hans, pero estaba intentando contenerse.
-¿Quieres que haga mi voz chillona?
-¡Anna no tiene la voz chillona!
-Tal vez un vestido o las trenzas...
-¡Basta Hans!- pidió poniendo una mano en su boca. El susodicho se permitió reir al fin.
Apartó la mano de Elsa y la tomó en brazos, cargándola en su hombro. Como si se tratará de un simple saco de papas.
La risa femenina resonaba en toda la habitación, y no paro ni cuando él la tumbó en la cama.
Se posicionó encima de ella y empezó a hacerle cosquillas. Ella trataba inútilmente de apartar las manos masculinas de su cuerpo. Hans no tardó en encontrar el punto que más risa le causaba: las costillas.
Así que se enfocó en aquel punto y no se detuvo hasta que ella estaba prácticamente llorando de la risa. Se tumbó a su lado y se rió también. Feliz, extrañamente feliz.
-Gracias por todo- dijo con la voz cansada por reir.
-¿No debería yo darte las gracias? Tú me alegras y haces que deje de llorar. Y, si me permites exagerar, has alegrado mi vida de una manera maravillosa. Éste tiempo sin Anna...- empezó a discutir ella, pero la interrumpió poniendo una mano sus labios.
-No, Elsa. Tú me alegras a mí. Me ayudas a cambiar y, si me permites exagerar, haces que quiera ser mejor- él miró sus ojos ligeramente arrugados por su enorme sonrisa y se puso serio, consciente de lo que diría- deseo tanto merecerte...no entiendo porque estás conmigo cuando tienes a miles hombres a tus pies.
Escupio con pesar y verdaderamente desconcertado. Sin entender que era lo que había llevado a esa mujer a fijarse en la poca cosa miserable que era él.
La sonrisa que la reina le dirigía era dulce y maternal. Le hizo sentir una calidez muy grande en el corazón.
-Por eso estoy contigo, Hans- respondió- porque sé que no estás a mis pies. Porque sé que debo hacer hasta lo imposible para no perdete. Que no te gobierno, aunque quieras hacerme creer lo contrario. Tú aún puedes lastimarme...y soy fan de los riesgos.
-Las metáforas se te dan de maravilla.- respondió divertido.
-A mí todo se me da de maravilla, Hans- contraatacó alzando una ceja la reina.
¡Hey! ¡Volví!
Ya sé que dije que antes del corto de Olaf el fic estaría terminado... Y pues no se pudo por diversas razones. De hecho tenía el borrador de éste capítulo desde hace mucho tiempo. Pero no lo había terminado ni revisado ni nada.
Bien, pues me llegó la inspiración al leer un fic en el que no me gusta nada como manejan las personalidades de los personajes y fue como "Oh, no. Ésto no se puede quedar así" y pues decidí escribir.
Gracias a quienes leen y siguen ésto. Sepan que no planeó abandonarlo. Y pronto sabremos lo que pasó con Anna.
¡Hasta pronto!
