Buenas tardes de domingo. Aquí os traigo el nuevo capítulo. Muchas gracias a todas las que además de leer os tomáis un tiempo para animarme a seguir con esto. Sinceramente, cuando me planteé esta historia era una especie de comedia erótica, aunque no tan hot *blushes*. Pero bueno, ya os dije que hago lo que esta parejita me pide. Por unanimidad todas habéis votado porque intimen (qué fina soy con los eufemismos, eh?) más. Veremos qué pasa...
El siguiente seguramente tendrá que esperar hasta después de Semana Santa, chicas, la familia me reclama ^^.
Gracias a mis betas-prelectoras, Maria José y Pegn, por su tiempo y sus divertidas e inestimables opiniones. Gracias también a vosotras, queridas lectoras: bellaliz, yoly rocha, v. cullen, Ely Cullen M, tityscaya, ludgardita, Leslycan, Isel, YoliCullen, Ginegine, Alysa Cullen, CindyLis, Esme Mary Cullen, Cristal82, Nurymisu, audreybaldacci y Rocha.
Ah! Este capítulo va con música... la letra de esta canción es bastante oscura (el texto no lo es), pero la encuentro muy sensual y me ha inspirado bastante. Sé que muchas leéis con el móvil y no se puede poner la música, pero las que podáis... os invito a hacerlo ;). El título le va muy bien... Closer (más cerca). Ya sabéis, quitad paréntesis.
www(.)youtube(.)com/watch?v=iRiSfcl2AcQ
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Capítulo 15
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Al cabo de unos minutos de permanecer en la bañera, con los cuerpos pegados bajo la tibia humedad de la ducha, Edward se movió un poco, separándose apenas de Bella, lo justo para que sus caras estuvieran muy cerca pero poder mirarla a los ojos.
No habló, pero su expresión lo decía todo. Era dulce y apasionada al mismo tiempo y en sí misma tenía todo el poder de una caricia.
—Eres increíble, Bella—sonrió hechizado.—Mejor que un millón de horas de terapia.
—Edward... no es... el mérito es tuy...—él le puso dos dedos sobre los labios, silenciándola.
—Mi único mérito es estar enamorado de ti, Bella Swan. Tú eres todo lo que necesito—afirmó mirándola al fondo de los ojos oscuros. Alcanzó el mando de la ducha y la cerró. Luego los largos dedos apartaron el húmedo cabello de la cara de Bella. — ¿Dónde te habías escondido? Cuánto tiempo he perdido hasta que por fin te encontré.
Enamorado de mí. Los ojos de Bella parecieron fundirse. La calidez de su voz, de sus ojos, sus palabras y su tacto la llenaban de una emoción extraña e intensa. Sus ojos se humedecieron de nuevo y ella misma se extrañó. ¿Por qué tengo ganas de llorar?
La mirada verde se volvió tan cálida que era difícil de sostener. El pulgar del chico recorrió su mejilla mientras estudiaba atentamente cada uno de sus cambios de expresión. Se sintió tímida ante la intensidad de su examen y, no sabiendo dónde mirar, tampoco era capaz de apartar los ojos. Edward le estaba haciendo sentir cosas nuevas, emociones que no había experimentado hasta ahora y le calentaban el alma.
Incapaz de responder, le contestó con una amplia sonrisa que iluminó sus ojos. Se sentía subyugada por completo. Si se miraba en ese espejo verde, llegaba a verse incluso hermosa.
Edward se agachó y, tomando el aromático gel de baño que tanto gustaba a su madre, vertió un poco en la palma de su mano.
—¿Puedo enjabonarte?—. La sensual voz suave y masculina era más una invitación que una pregunta. Ella asintió, aún incapaz de hablar. Sin perder de vista los magnéticos ojos, tomó el gel y le imitó.
Las manos del chico se deslizaron fácilmente por la húmeda piel de la castaña, al igual que las de ella masajeaban cada músculo con firmeza, disfrutando del tacto de aquel cuerpo perfecto. La respiración de ambos comenzaba de nuevo a volverse superficial.
—Date la vuelta— la voz de él era un suspiro. Ella lo miró, dubitativa. No le gustaba que la vieran de espaldas. Sobretodo no le gustaba su culo. —¿Por qué, Bella?
Bella parpadeó confusa.
—¿Por qué, qué?
—¿Por qué no te gusta tu cuerpo?
Lo miró como si no comprendiera. El significado de lo que él le estaba preguntando surcó durante unos momentos caminos tortuosos por su cerebro hasta llegar a tocar el resorte adecuado.
—¿Y bien?—alzó una ceja y Bella se fijó bien. Hasta sus cejas eran perfectas. ¿Cómo podía una ceja ser sexy? Aquel chico tenía más atractivo en un pelo de su cabello que ella en todo su cuerpo. ¿Cómo se había fijado en ella?
—¿Bien qué?—repuso, de nuevo distraída del tema por sus díscolos pensamientos. De pronto dio un respingo. La mano de él se había posado en sus nalgas y las acariciaba con suavidad. Se obligó a centrarse en la conversación. ¿De qué hablaban? ¿De la intensa miopía de Edward? ¿Estaría guapo con gafas?
Oh, y tanto, este hombre podía hacer que todo le sentara bien.
El chico suspiró. Bella era muy distraída, lo había comprobado hacía tiempo, pero desde luego se daba cuenta de que cuando el tema no le interesaba la distracción era máxima.
—No es... no me disgusta—pronunció sin convencimiento, y luego se quedó pensativa.—Bueno,—dijo por fin— creo que soy normalita... ya lo sabes. Algunas partes me gustan menos que otras. Y el culo nada.—Lo miró mordiéndose el labio, esperando que él retirara su petición.
Por toda respuesta él se la quedó mirando fijamente y paseó sus voraces ojos de nuevo de deseo por su cara, sus pechos, su cintura, sus caderas y sus muslos. Bella estaba completamente sonrojada... No estaba acostumbrada a que un hombre la mirara así. Se sentía extraña... pero bien. Mejor que bien. Eso sí es darle a una un buen repaso. Aquella mágica mirada era como la varita mágica del Hada Madrina y conforme se paseaba por su cuerpo hacía que cada parte pareciera más hermosa que antes.
—Yo no veo nada normalito por aquí—acentuó la palabra y sonrió torcido. Bella se avergonzó, sintiendo que de nuevo se humedecía y no por el agua de la ducha.— Por favor... déjame enjabonarte la espalda — murmuró la voz suave mientras inclinaba un poco la cabeza.
Y ya estaba otra vez. Edward lo sabía: su gesto y aquella forma de pedir las cosas... eran la combinación exacta de la caja fuerte de su voluntad. No podía negarle nada. Estuvo a punto de decirle que no era justo, pero al final cedió con un breve suspiro.
Más sonrojada todavía, viró sobre sí misma y se dejó hacer. Él volvió a verter un poco de gel en la palma de su mano, y tras un breve momento las firmes manos estaban en su cabello, masajeándolo. Bella se mordió el labio para no gemir.
Dios... esas manos también tendrían que ser Patrimonio de la Humanidad, con esos dedos...
Las manos de él masajeaban sus hombros ahora, y después su cuello, relajándola. Cerró por un momento los párpados, disfrutando de las sensaciones de los mágicos dedos de Edward sobre su piel.
Pero una fría mirada azul fue visible al desaparecer el mundo de su vista. Hizo un gesto de profundo disgusto y agitó la cabeza para librarse de la imagen. Abrió de nuevo los ojos y los enfocó en los azulejos del bonito baño. No quería acordarse del otro, no ahora.
— Preciosa... eres preciosa, Bella. Tanto por fuera como por dentro—la suave voz vino al rescate y como el mejor salvavidas la sacó de sus pensamientos. —¿Estás bien?— había advertido el leve bufido que se le había escapado y el gesto de su cabeza.
—No podía estar mejor...—sonriendo, se arqueó cuando los dedos de él masajearon su zona lumbar a conciencia. Y esta vez ronroneó indecorosamente.— Esas manos tuyas son mágicas, Edward.
Él se rió entre dientes, feliz de comprobar que ella se empezaba a abandonar a lo que sentía y dejaba el pudor de lado. Y aunque le parecía increíble estaba volviendo a tener una erección. Realmente parecía que su cuerpo había decidido dejar de boicotearle y quería recuperar el tiempo perdido. ¿Pero todo ahora? Esperaba no asustar a Bella con su libido, aunque... ¿cómo evitar el deseo? Su piel blanca y suave era toda una tentación, y las curvas de su cuerpo le hacían arder la sangre.
Fue bajando por su espalda hasta llegar a las redondeadas nalgas, y volvió a sentir la excitación hirviendo en su vientre. Deseó hacer algo pero se planteó si a ella le gustaría. Probaría... vería cómo su cuerpo respondía a las caricias, y eso le guiaría.
Bella jadeó cuando sintió las manos del chico bajar hasta colocarse entre sus piernas... Estaba claro que él estaba decidido a enjabonarla por completo. Edward pasó con suavidad entre los labios de la chica, una mano se adelantó acariciando el plano abdomen de la castaña, mientras la otra permaneció entre las piernas de la joven, rozando apenas el sensible e hinchado clítoris. Él se maravilló de la cálida humedad que fluía sin cesar de aquella cavidad que se moría por llenar, empapando su mano, y gimió, un sonido fuerte y vibrante, casi un gruñido. Cuando dirigió la mano más atrás, acariciando al apretado anillo de la chica, sintió que ella se tensaba.
—Shhh... sólo te acaricio—susurró en su oído, acercándola más a él. Ella inhaló de forma abrupta al volver a sentir el pene erecto del chico contra la piel de sus nalgas. —¿Te molesta?—la calidez de su aliento se deslizó contra su oreja.
Su piel estaba sensible y deseosa de más contacto con el cuerpo masculino, y su cabeza negó por voluntad propia.
Pero entonces él la abandonó y se apartó un momento. Ella supo que había abierto de nuevo el grifo cuando de inmediato el agua tibia cayó sobre ella como lluvia, llevándose el jabón de su cabello y su cuerpo. Levantó los brazos para terminar de quitarse la espuma del cabello y luego se volteó, tan sólo para encontrar la escena más erótica que había marcado jamás sus retinas.
El joven se había apartado del chorro de agua y estaba enjabonándose el hermoso cuerpo, de nuevo erecto, tan a conciencia, tan lento y mirándola tan fijamente que ella quedó hipnotizada por el movimiento de aquellas manos sobre la piel mojada. Paralizada por la mirada verde, cautivada por el movimiento de los largos dedos, apenas fue consciente de que él se metía de nuevo bajo el agua hasta que Edward cerró los párpados bajo el chorro de humedad y la liberó de la hipnosis.
Contempló embelesada el trayecto de las múltiples gotas que recorrían aquella piel y deseó lamerlas. Hechizada como estaba, ni siquiera se dio cuenta de la sensual sonrisa torcida que surcó la boca del cobrizo.
—¿Tienes frío?—su voz la hizo volver a la realidad y alzó los ojos. Por un momento se preguntó cuánto tiempo había estado mirando por debajo del nivel de la cintura de Edward, y si él se había dado cuenta.
Claro que se ha dado cuenta, boba. A menos que realmente necesite gafas.
—No...— Mentira. Yo creo que en este momento mi temperatura es igualita que la del núcleo del Sol. Miró sus iris, ardientes, oscurecidos por el deseo, y... quizá por alguna intención oculta.
—¿Nada de nada?—dio un paso adelante, se inclinó para cerrar el grifo y, incorporándose de nuevo cuan largo era, la miró de arriba debajo de una forma que seguramente era ilegal. O debería serlo, porque Bella dejó de respirar y negó con la cabeza, perdida en las aguas de aquel océano verde.—Mejor. ¿Te sentarías ahí?—señaló el amplio borde de la bañera.—Así no tengo que preocuparme de que te caigas cuando lo haga.
—¿Cuándo hagas qué?—se sentó sin tan siquiera pensar en por qué le pedía él eso. Lo dicho, aquella mirada debería estar en la lista de materias peligrosas.
No. Todo él debería estar en esa lista. Porque Bella se sentía insanamente cerca de la combustión. El azulejo estaba frío y húmedo, pero francamente, le importaba un bledo.
—Cuando haga esto—con soltura se arrodilló frente a ella y le puso las manos sobre las rodillas, acariciándolas.—Abre tus piernas para mí, cariño—pidió mirándola fijamente, la voz rasgada y grave por el deseo.
¡Jo-der, joder y mil veces joder!. Sus ojos se abrieron como platos y tragó en seco con dificultad. Había leído esa frase en infinitas historias, pero parecía que la acababa de inventar él. Esas palabras se habían hecho para ser pronunciada por esa boca. Su boca... sus labios, esos que él se relamía en este momento. Oh, dios. ¿Dónde está el Edward tímido, inseguro, apocado? Lo buscó por todas partes en su expresión pero ya no estaba... volatilizado, esfumado, evaporado... en su lugar la expresión de él era la del cazador que al fin tiene a su presa. La miraba como si fuera algo para comer y él estuviera famélico.
—¿Recuerdas la noche que pasaste en mi casa?—las manos recorrían sus muslos por dentro, lentamente, dirigiéndose hacia arriba. Alucinada por lo que él hacía, apenas se dio cuenta de que estaba temblando un poco.—Estuve a punto de ir a tu habitación, y despertarte haciéndote esto... Apóyate sobre tus manos.— Sin que mediara más palabra alzó las piernas de ella, colocó las rodillas sobre sus hombros, e inclinó su cara hacia el vértice de sus piernas, hundiendo la cabeza entre sus muslos.
—¡Ah!— gritó Bella cuando la cálida humedad de la boca de él se mezcló con la de sus fluidos.
Era demasiado. Echó la cabeza hacia atrás, cerró los párpados y se mordió el labio con fuerza para no gritar. Su pecho agitado subía y bajaba mientras la lengua del chico se paseaba entre sus pliegues sin piedad, bebiendo de ella, acariciándola íntimamente.
Edward emitía sonidos de placer mientras la devoraba sin compasión, sus manos aferrando fuertemente los muslos de la chica. Por un momento él separó su boca de ella.
—¿No te gusta, Bella?
Al escuchar eso ella echó el cuello para delante de forma tan brusca que se sintió un poco mareada. Le pitaban un poco los oídos, y supuso que era porque estaba jadeando en vez de respirar.
—¿Qué? –le costó un momento enfocar la cara del chico.—¡Claro que sí!
—Necesito que me lo digas—pidió él lamiéndose el labio.
Oh. Dios. Mío. Tomó aire profundamente. Lo necesitaba.
—No, es que... me da vergüenza gritar... Por los vecinos. –explicó. — Estaba mordiéndome el labio, y creo que hasta me he hecho sangre—murmuró entrecortadamente. Edward rió entre dientes.
—Quiero que grites, cariño. No hay vecinos que te oigan. Sólo yo. Y quiero oírte.—Musitó.
Cerrando los párpados como en éxtasis volvió a acercar su cara al interior de sus muslos y acarició la piel con un roce de sus labios, exhalando a lo largo del camino hasta que volvió al punto de partida. Bella lo contempló hundirse de nuevo en su sexo y sintió una corriente recorrerla con el centro neurálgico en su clítoris. La ardiente lengua de Edward lamía, sus labios chupaban, y ella no pudo dejar de gemir de forma ostensible, ya olvidada la vergüenza por completo, entregada a las íntimas caricias del cobrizo.
—¡Edward!—gritó su nombre cuando él la penetró con su lengua y los espasmos que sentía en su núcleo la poseyeron por completo, haciéndola temblar y devastándola con oleadas y oleadas de un placer exquisito. Se escuchó gritar, gemir, un sonido inconexo que era la más cruda manifestación de su placer. Él sujetó fuerte sus muslos temblorosos mientras ella se dejaba caer hacia atrás, apoyada en sus antebrazos, jadeante, mareada, deshecha.
Edward la atrajo hacia sí, colocando los muslos de la joven alrededor de su cintura y abrazándola fuerte. Sus caras estaban muy cerca y los ojos de uno se hundían en el interior de los del otro. Ella podía percibir el aroma de su sexo en la boca de él, y no le desagradó. Al contrario. Le besó y lamió sus labios varias veces, inhalando su respiración acelerada.
Él separó un instante los labios de su boca y tomó una gran bocanada de aire.
—Quiero estar dentro de ti, Bella—la miró dulce, ardiente, implorante.
Ella lo traspasó con sus iris como el chocolate fundido y sonrió, rendida.
—Ya era hora de que me lo pidieras—murmuró antes de volver a besarle apasionadamente.
El cobrizo le pasó un brazo por la cintura y otro bajo las nalgas y la alzó sin ninguna dificultad.
—¡Eh!—rió Bella, sujetándose fuerte a sus hombros.— ¡Cuidado!
—Te tengo bien sujeta—sonrió él saliendo de la ducha cargándola a peso.
Bella pensaba que la dejaría en el suelo y ambos se secarían con sendas toallas, pero Edward salió por la puerta con ella en brazos y se dirigió hacia la gran cama de sus padres, dejando un reguero de gotas de agua a su paso.
—Edward, lo estamos poniendo todo perdido—miró hacia el suelo y se preocupó, al fin y al cabo no era su casa, ni tan siquiera el dormitorio de Edward.
—Nada que no tenga solución—él la miró serio, intenso, apasionado y ella abrió un momento la boca para volverla a cerrar de inmediato. —No puedo esperar más, Bella.
Ella sintió explotar el calor y el deseo de nuevo dentro de su cuerpo recién satisfecho.
En unas pocas zancadas atravesaron el dormitorio de los Cullen y él se agachó para abrir las sábanas antes de recostarla encima. Se arrodilló al pie de la cama rebuscando en el cajón de la mesita de noche. Bella se quedó sobre la cama, los antebrazos apoyados, jadeando, los ojos muy abiertos mientras lo contemplaba casi sin aliento, completamente fascinada por su belleza... él era como el David de Miguel Ángel tomando vida, las gotas cayendo por su cuerpo, el cabello húmedo y aún así rebelde, con algunos mechones ya revueltos, los ojos verdes brillantes...
No, yo tampoco puedo esperar. Lo contempló coger un preservativo y luego... dejarlo sobre la mesita. Frunció el ceño sin comprender, mientras él subía a la cama y se cernía sobre ella, atrapándola, apoyando un antebrazo a cada lado de su cara.
—Voy a secarte un poco —la voz ronca y sensual la envolvió cálida como el terciopelo, la miró con los párpados entornados, y sin que ella lo esperara se acercó a su cuello y empezó a lamerle las gotas de agua. Su cálida y suave lengua bajó por entre medio de sus pechos absorbiendo el exceso de agua y dejando un reguero de una humedad diferente que parecía arder.—Sabes tan bien... por todas partes.
Cuando sus labios alcanzaron el rosado pezón y se cerraron entorno a él, la lengua rodeándolo una y otra vez, Bella casi rugió. En respuesta él cambió al otro pecho con un gemido profundo. Los dedos de la castaña se aferraron a la cabeza de Edward, hundiéndose entre los mechones, y sintió que no podía más.
Lo quería dentro, ya. O realmente iban a explotar sus ovarios, si es que eso era posible.
Esto es una tortura... ¿Cómo puede aguantar así después de un año sin...? O quizá es ese el problema, aún. El sexo no era algo que se pudiera olvidar fácilmente, y menos aún una persona tan obviamente experimentada como Edward, pero quizá necesitaba el último empujoncito.
—Oh... Edward... antes se me ha olvidado decirte algo—susurró con dificultad. Él levantó la cabeza y la liberó por un momento de la tortura de su boca. Las esmeraldas se clavaron en los ojos oscuros.
—¿Qué?—él estaba alerta, intentando adivinar si ese olvido era algo bueno o malo. ¿Qué se le ha olvidado decirme? ¿Que se tiene que ir ya?
—El capítulo que has leído... lo escribí pensando en ti—la voz era grave, erótica. Jodidamente sensual. Le acarició la nuca y lo miró al fondo de los ojos, vibrando también su piel bajo las manos de él. —En todo lo que quería hacerte, y que me hicieras. Me puse tan... caliente que tuve que ir a la ducha y...
No pudo terminar la frase porque la boca de él se fundió en la suya, su lengua invadiendo, acariciando y poseyendo la húmeda cavidad, demandante y dulce al mismo tiempo. Sus codiciosas manos la tocaban por todo el cuerpo reclamando cada centímetro, y Bella cerró los ojos y le abrazó con fuerza, nunca la suficiente, buscando el máximo contacto, la fusión con su piel, dejándose llevar por un torbellino de emociones que jamás había sentido.
A pesar de estar perdida en el sabor de su boca escuchó un sonido de rasgado y supo que él había abierto el preservativo, aunque no tenía ni idea de cómo, pues le parecía que no había dejado de acariciarla y abrazarla en ningún momento. Sentía el bienvenido peso de su ardiente cuerpo sobre el de ella, la piel de ambos aún húmeda y resbaladiza por la ducha reciente. La desbordaban las ansias de él, de tenerle dentro de ella, tanto que bordeaba la desesperación. Él se colocó el preservativo en un momento.
—Oh, dios—murmuró él besándole poco a poco toda la cara,—te deseo tanto que me da miedo... fallar.
—Olvida eso, amor— contestó sin pensar. Aquella palabra se deslizó de sus labios, espontánea y sedante, y él sintió su efecto de inmediato.—No tienes que demostrarme nada. Sólo déjate llevar.
Por unos segundos el tiempo se suspendió entre ellos mientras se miraban, deteniéndose, un momento para atesorar en el recuerdo de cada uno.
Edward se movió un poco sobre el cuerpo de Bella sin dejar de mirarla a los ojos, ella flexionó y separó los muslos para recibirle. Estaban dejando empapada la cama de los Cullen, pero en aquel momento podía haberse hundido la cama con ellos encima que no habrían cambiado su postura.
Cuando él se deslizó lentamente por el resbaladizo, apretado y abrasador interior de la chica sus caras se transfiguraron por el placer... cerraron los párpados, y a través de los labios entreabiertos y el aliento agitado, se escapó un gemido de sus bocas al mismo tiempo, ambos poseídos por las sensaciones. Ella se aferró a su cuello, acariciando la nuca del chico.
Su cuerpo le pedía a gritos empujar con fuerza dentro de ella, una y otra vez, pero él no quería. Se sentía tan deliciosamente bien apretado por las tensas paredes de Bella que quería estar siempre así, con ella, dentro de ella. Y si empezaba a moverse como su cuerpo le pedía, no iba a durar ni cinco segundos.
Miró su dulce cara mientras se introducía en su interior... no parecía que estuviera molesta, pero era mejor preguntar.
—¿Estás... bien, preciosa?—pronunció con dificultad.
—Joder, ¡sí! ¡SÍ!—echó la cabeza hacia atrás cuando él estuvo por completo dentro de ella.— Edward... cariño, ¡joder! Es...—no podía pronunciar nada más coherente. Sentía la placentera invasión dilatándola, llenándola por completo, la presión aumentando en su vientre como una burbuja de placer a punto de estallar.
Él habría sonreído de verla balbuceando palabrotas si no se hubiera encontrado en una situación similar. Se agachó y acercó sus labios a la boca de ella, mordisqueando la tierna carne, lamiendo el grueso labio inferior e introduciendo su lengua, buscando la de ella. Entonces empezó a moverse. Se mecía adelante y atrás, retirándose apenas para volver a empujar dentro de ella. Era una locura deliciosa pero ya no podía mucho más. Recordó las palabras de Jasper, una de las frases más repetidas por los sexólogos.
"Las mujeres la mayoría de veces no tienen orgasmos sólo con la penetración. Hay que estimular el clítoris".
Sin parar de besarla, una de sus manos se dirigió hacia ese nudo de nervios, pero ella le sujetó de la muñeca cuando percibió sus intenciones. Él se detuvo por un momento, y sintiéndose un poco torpe separó sus labios y la miró. Estaba preciosa, sonrojada y agitada... como él.
Si me estimula un poco más me da va a dar un calambrazo de clítoris.
—Edward...—murmuró, los párpados pesados, la mirada derretida—sólo... fóllame. Más fuerte.
Dioses... fóllame más fuerte. Ha dicho fóllame más fuerte. Las tres palabras encadenadas se repitieron varias veces en la cabeza del chico antes de conseguir su efecto. Se sintió tan duro que ya no pudo más y, tras retirarse por completo se hundió más en ella, esta vez con fuerza, profundamente. Ambos gritaron su placer, y Bella rodeó las caderas de Edward con sus piernas, mientras él tomaba sus manos, entrelazando los dedos de ambos sobre la almohada.
—¿Así de... fuerte?—la besó con hambre mientras se volvía a hundir en ella, una, otra vez, profundo, penetrándola arrollador y voraz.
Por toda respuesta ella gritó de nuevo, un grito de liberación mientras su cuerpo se arqueaba, y se contraía en su interior en ondulantes ondas de éxtasis, que parecían no terminar. Edward contempló embelesado el placer que había proporcionado a su chica, y con un último empujón se abandonó junto a ella, transportado por las intensas contracciones que lo estaban llevando al límite, y por fin se abandonó a su placer por completo, dejándose llevar a lo más alto.
—Bella...—murmuró cuando se dejó caer sobre ella, con cuidado de no aplastarla con su cuerpo.—Mi Bella.
Mmmm... ¿alguna ha pensado en la habitación de los Cullen con agua por los suelos, sobre el colchón, o más bien os habéis dejado llevar? Ya veremos qué piensa Esme de eso. Hombres... ^^.
