Hola, lectoras... Primero, ¡feliz día del libro! Y para las lectoras catalanas, feliz Sant Jordi y que os regalen muchas rosas (a mí me han regalado una rosa, un pequeño rosal y un libro ;)).
Como siempre, gracias a Pegn, a Maria José y en especialmente a Nurymisu. Os quiero.
Aquí tenéis el penúltimo. Hoy voy con prisas y tarde (tenía que haberlo publicado el fin de semana, pero el tiempo y otras cosas no iban a mi favor) así que no me enrollo. Muchas gracias a todas las lectoras por vuestros comentarios, pues como siempre os digo: es lo que anima a seguir. Nos queda un capítulo (con suerte, en una semana o poco más estará listo) y... un epílogo.
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Capítulo 17
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Charlie tenía superpoderes. Y muchos. O si no no se entendía que en un instante la temperatura bajara varios grados, el tiempo se detuviera, y Bella se sintiera paralizada. Sí, Charlie sabía hacer todo eso con una sola mirada y apenas un movimiento de su bigote. A su hija le pareció injusto que él tuviera esas capacidades y ella no pudiera lograr viajar en el tiempo o que Edward y ella misma fueran invisibles.
O por lo menos Edward. Cuando Charlie dirigió su supermirada hacia él Bella sintió su propio cuerpo temblar. Minutos que parecían horas pasaron y al fin el chico se movió y se apartó ligeramente de Bella. Sin dejar de tomarla de la mano, se situó a su lado, tan cerca de ella que sus brazos estaban pegados. La chica respiró con alivio al darse cuenta de que por lo menos él sí mantenía el control de su cuerpo.
El inspector Swan era un hombre alto, más o menos como Edward, y su cuerpo estaba ahora en completa tensión, los nudillos blancos de tanto apretar aquella bolsa con nombre de restaurante indio. Su rostro era todo un poema con aquella mirada de basilisco, que el cobrizo había llegado a vislumbrar alguna vez en su chica... Su piel parecía la de un camaleón en plena exhibición y había pasado en segundos por varias tonalidades de color, del rojo más escarlata al verde... para terminar en un blanco fantasmal.
Charlie Swan clavó su mirada oscura en Edward, haciéndole un repaso exhaustivo de arriba abajo, como si tuviera instalados en sus ojos marrones una versión especial para padres de un detector de aquellos de los aeropuertos. Se preocupó un poco porque el beso con Bella le había dejado una erección bastante evidente y agradeció llevar la camiseta por fuera de los vaqueros. Maldita polla traidora, ahora que deberías estar en reposo no eres capaz de hacer eso. Casi pudo oír una vocecilla contestarle que bastante reposo había hecho en todo un año.
Edward decidió tomar la iniciativa. Nada podía ser más desagradable que ese denso silencio.
—Señor Swan... buenas noches—su voz sonó tensa pero nada temblorosa, y se sintió orgulloso de sí mismo.
—Ah, puedes hablar, pensaba que mi hija te había comido la lengua—la voz salió helada.
Vaya, resultaba que sí, sí que podía estar aún más incómodo.
—¡Papá!—Bella dio un respingo y por fin reaccionó.
Edward se giró para mirarla y se habría puesto a reír si no fuera porque la situación no tenía nada de divertida, o por lo menos no en ese momento. Porque Bella era un espejo de la expresión de su padre. Ceñuda, con aquella mirada airada y los labios apretados, era una versión femenina y, gracias a dios, sin bigote del señor Swan.
Padre e hija se miraron fijamente como si hubieran apostado a ver quién podía conseguir que el otro bajara la vista antes, y Edward quedó admirado al comprobar que era Charlie quien primero cedía y relajaba su postura y su gesto. Ya no parecía un león a punto de saltar sobre su presa. De nuevo clavó su mirada en el cobrizo.
—Será mejor que vayamos adentro—espetó sin dejar claro a quién o quienes se dirigían sus palabras, y sin más se dio la vuelta y se dirigió hacia la entrada del edificio.
—Voy yo. Edward, espérame aquí... por favor—los ojos chocolate eran de nuevo cálidos cuando se posaron en los esmeralda y le apretó la mano con afecto.
—¡No! No me asusta tu padre, Bella, y no voy a dejarte sola con esto—declaró.
—Sé que no le tienes miedo—sonrió.—Hazlo por mí. Así será más fácil.
—No...Bella, ¿qué pensará él de mí? Creerá que soy un cobarde. Voy contigo—protestó el futuro médico.
Ella puso la palma de su mano en la mejilla masculina.
—Definitivamente, no—pronunció, y dándole un beso rápido siguió el camino de su padre.
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—¿Y si no os llego a pillar in fraganti porque se me ha ocurrido salir a buscarme la cena, cuándo pensabas decírmelo?—Charlie no se había sentado en ningún momento, caminando por la habitación como un animal salvaje enjaulado. Por fin se acercó al marco de la ventana, mirando hacia abajo a la figura de Edward, quien estaba apoyado en la puerta de su coche.
—Ahora. Venía a casa para eso. —Bella lo miró con calma tensa. Quería con todo su corazón que Edward y su padre se llevaran bien, pero no iba a permitir que se interpusiera entre el chico del que estaba enamorada y ella.
—¿Ahora?—incrédulo, Charlie se viró para estudiar el rostro de su hija.—Ahora—repitió, detectando que decía la verdad. –Bien, bien... algo es algo.— Murmuró, volviendo a mirar por la ventana.—Hija... no sé. Te vi tan mal cuando viniste de Phoenix que...—se giró para mirarla con preocupación y afecto, al más puro estilo papá Swan—no quiero volver a verte así.
La castaña se acercó a su padre lentamente y le tocó el brazo, apretándolo con suavidad.
—Papá... Mike es pasado. Yo ya lo he olvidado ¿No deberías pasar página tú también? —le sonrió con cariño y el policía se dio cuenta del brillo especial que había en los ojos y en los rasgos de Bella. ¿Cómo he podido ser tan ciego? Está enamorada. Y luego me creo observador.
Por primera vez desde que su hija le había contado su reciente relación con el joven Cullen la postura de Charlie se relajó por completo, y Bella casi podía decir que había un indicio, un leve rastro de sonrisa bajo aquel adusto bigote.
Hubo un momento de silencio. Bella miraba todas las emociones reflejadas en los oscuros ojos de su padre, y cruzaba los dedos.
—Está bien—habló él de repente, volviendo a mirar a la calle.—Mi arma no tiene tan largo alcance. Dile que suba, tendré mejor puntería.
El corazón de la castaña se aceleró sin que lo pudiera evitar, y persistió así aunque su padre se giró con una amplia sonrisa en su boca.
—¡Era broma!—exclamó al notar la palidez de su hija.
—En serio, papá, de veras que tus bromas de poli hay veces que no las pillo—la chica se cruzó de brazos y refunfuñó fulminándolo con la mirada.
—En serio, dile que suba. Quiero echarle un vistazo de cerca. Y prométeme una cosa, Bells —la miró serio.
—¿Qué?— Ella estaba alerta. ¿Qué le iba a pedir ahora? ¿Que mantenga la virginidad hasta el matrimonio? Un poco tarde para eso, papá.
—Hija... –estudió el rostro de la joven, pensativo—Nunca has sabido juzgar bien a la gente. En eso eres como tu madre. Confiada, y mucho. Y yo en mi trabajo tengo que hacerlo constantemente, ya sabes, aparte del instinto está la práctica. Quiero decir que... ¿si te digo que tengas cuidado con él me harás caso? ¿O por lo menos me escucharás?—le clavó los iris color café.
Bella no pudo evitar sentir una contracción en su estómago que nada tenía que ver con las que le provocaba Edward. Jake. Su padre tenía razón. Era demasiado confiada, y le había abierto una puerta a su vida a alguien que, ahora había visto, no era una persona muy equilibrada. Y aunque lo que sentía por Edward jamás lo había sentido por nadie y confiaba en él, decidió que su padre tenía razón. Esperaba que coincidiera con ella y le diera el visto bueno. No, estaba segura de ello. Con Edward no se equivocaba. Miró un segundo dentro de sí misma, sorprendiéndose de su propia seguridad. Sí, sabía que Edward era lo que aparentaba. Una piedra preciosa, como las esmeraldas de sus ojos. Aquellos increíbles ojos... ¡Dios, Bella, céntrate!
Charlie seguía esperando una respuesta de su hija. Veía que su mente divagaba. A veces me gustaría que no fuera tan parecida a su madre en tantas cosas...
—Vale, sí. Te escucharé, como mínimo. Pero...— Ahora o nunca, Bells. Notó como se sonrojaba, pero tenía que soltarlo ya, y si a su padre iba a darle un ataque mejor que Edward no estuviera presente. Sería menos bochornoso.
—¿Pero... qué?—Charlie contempló con inquietud el rostro escarlata de su hija.
—Que me...—las palabras se le atragantaron y la boca se le secó— que me quedo a dormir en casa de Edward— murmuró.
Bella comenzó a preocuparse cuando vio la cara de su padre ponerse otra vez de todos los colores... ¿Habré dicho me quedo a follar en casa de Edward por error? Menos mal que él no está aquí aún. Soy una adulta. Soy una adulta. Soy una adulta. Bella no paraba de repetirse eso mientras la mirada de Charlie la hacía sentir de nuevo una niña pequeña culpable de alguna travesura.
—Isabella...—la voz de Charlie salió serena y contenida a pesar de lo que su hija temía.— ¿Estás... segura?
Bella apartó la vista de aquella mirada y la fijó en sus uñas. Dios, su padre era capaz de leerle los pensamientos. Se imaginaba como un personaje dibujado con un enorme globo de diálogo sobre su cabeza y a su padre leyendo en él "Pero si ya hemos estado follando como locos".
—Sí, lo estoy.—Le echó un rápido vistazo a Charlie y pudo ver que no servía de nada apartar los ojos porque su padre estaba leyendo en ella como en un libro abierto. Joder, lo sabe.
De pronto el policía emitió un sonoro y prolongado suspiro.
—Todo eso es demasiada información para tu viejo, hija. Ya... ya sé que tú... bueno, no quiero pensar en eso que acabas de decirme. Sólo dime que te comportarás como una adulta que sabe cuidar de... sí misma—incómodo, farfulló estas palabras apartando los ojos y mirando de nuevo por la ventana hacia abajo.—Y dile a ese chico que cuide bien de ti o se las verá conmigo.—Inconscientemente se tocó la parte del pecho donde solía llevar el arma.
—Lo haré—dios, me va a dar un algo. Sentía el latido de su corazón transportando la sangre por toda su cara y cuello.
—Vamos, dile que suba. Quiero conocerlo de forma... oficial.
Cuando al cabo de unos instantes Edward traspasó el umbral de la casa de los Swan, Bella le esperaba en el recibidor, tan tensa como la cuerda de un arco. Cerró la puerta y se giró para mirar a su padre. El cuerpo de este, en cambio, parecía relajado, aunque su cara estaba como tallada en piedra.
Durante unos largos segundos ambos hombres se miraron fijamente el uno al otro. A Bella le recordó un duelo de un viejo western. Un gran sentimiento de respeto por su chico la invadió cuando comprobó de nuevo que Edward seguía sin arredrarse ante la mirada de Charlie.
Si era verdad eso de los interrogatorios con poli bueno y poli malo Edward tenía claro cuál era el papel de Charlie Swan. Pero lo comprendía. Él también se sentía protector con Bella, y entendía y compartía la advertencia en la oscura mirada del inspector.
Perfectamente.
Tras unos tensos segundos, Charlie dio un par de pasos acercándose a Edward y le ofreció la mano. Bella tomó una enorme bocanada de aire, por fin.
—Soy Charlie Swan.
—Edward Cullen,—este correspondió con un fuerte apretón.—Encantado de conocerle, señor Swan.
—Inspector Swan para ti, chico—la mirada marrón traspasó a Edward. De pronto una enorme sonrisa surcó la cara del señor Swan.—Era broma, Edward. Llámame Charlie.
—¡Papá!—exclamó indignada.—¡Joooo...pé, tú y tus bromas!
—Esa lengua, hija—bromeó él. Bella puso los ojos en blanco y se acercó a Edward, tomando su mano. Este la miró divertido, alzando una ceja y vocalizando ¿Jopé?
Bella se encogió de hombros y se relajó. Primera prueba superada. Edward había pasado el scanner de Charlie.
—Bueno, papá... voy a coger algunas cosas a mi cuarto y nos vamos ya.—Tiró de la mano del chico.—Acompáñame.
—Hija, no me lo voy a comer.—Volvió a dirigir su penetrante mirada a los ojos verdes.—No de momento. ¿Una cerveza, Edward?
—No gracias, Charlie, tengo que conducir.—La sonrisa de Edward fue deslumbrante y Bella estaba segura que de haber sido Renée en vez de su padre ahora estaría parpadeando con cara de no saber bien qué le estaba pasando. La mirada marrón se volvió más cálida.
—Bien, chico—aprobó.—Yo voy a por una. Siéntate en el sofá, anda.
Bella le dirigió una mirada inquieta a Edward. Este le correspondió con una sonrisa tranquilizadora y un tanto engreída. Hombres... La castaña sofocó un bufido, rodó los ojos y se dirigió a su cuarto. Edward había pasado las pruebas uno y dos: el scanner de ojos y la trampa del alcohol. Para un chico, caerle bien a su padre era algo así como conseguir los siete trabajos de Hércules, pero él iba por buen camino. Esperaba que no se confiara.
Tras recoger una muda de ropa y el neceser, rebuscó en el cajón de su ropa interior en busca de algo bonito que ponerse y sus manos se tropezaron con un conjunto que Alice le había regalado un día sin venir a cuento, en una excursión a un centro comercial. Bella la había reñido por hacerlo, pero Alice insistía en que el conjunto sería algo mágico y que cuando se lo pusiera se sentiría hermosa. Aún estaba sin abrir... Sonrió para sí misma recordando todo lo que él le hacía sentir. Nada ni nadie como Edward la hacían verse tan hermosa, pero pensó que quizá a él le gustaría verla con eso. Sin pensarlo más puso aquella caja dentro de su bolso.
—Ya podemos irnos—se asomó al comedor y contempló la bonita imagen de su padre y Edward departiendo en el sofá de su casa.
Entornó los párpados y miró suspicaz a Charlie. No sabía si lo prefería enfadado o amistoso. Este se giró y Bella le dirigió una mirada que decía "te estoy vigilando". El policía sonrió con falsa falsa inocencia. Edward ya se había levantado y miraba alternativamente a ambos, padre e hija, sabiendo que se estaba perdiendo algo.
—Bien, señor Sw... Charlie, ha sido un placer conocerte—le tendió la mano, rompiendo la comunicación visual entre él y la chica. No veía la hora de volver a estar a solas con Bella, y esperaba que no se notara... demasiado. Los iris oscuros volvieron a taladrar su alma y se sintió culpable sin saber por qué. ¿Este hombre lee la mente o qué?
—Lo mismo digo, Edward—pronunció por fin de forma firme y convincente. Chocaron manos y Bella se despidió de su padre con un beso rápido.
—¿Cuándo volverás?— inquirió el policía en el umbral.
Bella se mordió el labio y miró primero a Edward y luego a su padre. Afortunadamente la expresión de su chico no era visible para Charlie porque la lujuria que destilaba no era apta para padres. Por dios, cómo tarda este ascensor. La castaña sintió una dulce contracción en su bajo vientre, y notando que se sonrojaba agradeció la atenuada luz del rellano.
—Bueno...—dudó.— Mañana podemos comer juntos, ¿vale? Te llamaré por la mañana. Y ya sabes el teléfono de casa de los Cullen.
—Vale, hija. Cuida muy bien de ella, chico.—Enfatizó las dos palabras y el tono sonó algo amenazante.
—Siempre—aseguró el futuro médico, con una última y sincera mirada al padre de su chica, antes de abrir el ascensor.
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—No ha sido tan difícil...—murmuró Edward en cuanto puso el motor en marcha.
—No creas que has superado todas las pruebas. Habrá más—Bella lo miró, fingiendo seriedad.—Más duras. Más difíciles.—Él la miró divertido.
—Pero debo haber hecho algo bien, ¿no? De lo contrario tu padre no te habría dejado salir de casa conmigo.
—¿Perdona? ¡Como si pudiera impedírmelo! —se indignó.
—¿Te habrías arriesgado a la ira de Charlie por mí?—se burló, mirándola con ojos chispeantes.—Eso es amor.
—Idiota— le sacó la lengua y le hizo una mueca. Él siguió riendo.
—Yo también te quiero— curvó los labios de aquella manera que hacía que Bella exhalara todo el aire de sus pulmones y absolutamente todas las sinapsis de su cerebro quedaran bloqueadas. Joooooodeeeer... Y ya estamos otra vez.
—¿Tienes hambre?—la voz masculina sonaba sugerente mientras dirigía el coche fuera del aparcamiento.
—¿De qué?—¿Eso va con segundas? Él la miró un momento antes de volver sus ojos a la carretera.
—No sé... lo que prefieras... italiano, chino, tailandés...
¿Francés? Joder, espero no haberlo dicho en voz alta. Se sonrojó sin poder evitarlo cuando varias imágenes poblaron su mente. ¿Y quién quiere comer? Vayamos a casa, ya.
—No sé...
—¿No tienes hambre? Deberíamos cenar algo. Porque planeo mantenerte despierta durante toda la noche—bromeó. Porque bromea, ¿no? Los ojos verdes seguían clavados en la carretera en actitud relajada, y una de sus manos soltó el volante para coger la de ella.—Vamos al restaurante italiano que hay cerca de mi casa. Si quieres, claro—añadió.
—Bien... me gusta ese restaurante—le apretó la mano. En aquel momento sonó su móvil. Lo tomó e hizo un gesto de profundo disgusto.
—Contesta.—La voz masculina sonó grave. La chica dudó un momento y entonces él la miró.—Si no lo haces tú lo haré yo.
—No necesito que me protejas—protestó.—Ya tengo bastante con Charlie.
—Bella... tienes que terminar esto. No funciona lo que haces, así que tendrás que cambiar de estrategia... Contesta—suavizó el tono.
Bella exhaló y tomó el móvil de nuevo.
—Jake. No me interesa nada de lo que me quieras decir, ya te lo dije. Déjame en paz. Borra mi número de tu móvil—el tono era cansino.
—Bella... Por favor. Quiero conocerte. Si me das esa oportunidad seguro que cambias de idea —suplicó.
—No, Jake. Escucha...—suspiró. Odiaba usar el argumento de que ya no estaba sola, pero sabía que Edward tenía razón y los tipos como Jake no se daban por vencidos mientras vieran la mínima oportunidad.— Estoy con un chico. No me interesa conocerte. Se acabó.
—Oh, vaya...—el tono cambió de forma radical, y un profundo resentimiento tiñó las siguientes palabras.— Qué pronto me has sustituido. Es otro de Internet, ¿no? ¿Coqueteas con varios al mismo tiempo? Porque no creo que una chica como tú pueda ligar con un tío de su entorno. Creo que tienes problemas con eso... ¿Y qué tiene ese para que lo hayas querido conocer?
Bella apretaba el móvil con fuerza. Podía contestar muchas cosas a eso, pero no pudo. La ira hizo un nudo en su garganta. Sin que se diera cuenta, Edward había parado el coche y su móvil había pasado a manos de él.
—Escucha, capullo. Si vuelves a llamar, a mandar un solo puto mensaje o a ponerte en contacto con ella de cualquier forma te denunciaré por acoso, o mejor aún, te partiré la cara. Encontraré a tu mujer y le contaré todo lo que haces, porque no creo que ella lo sepa. Ni siquiera creo que Bella sea la única con la que intentas jugar—habló lento y pausado, frío y amenazador. La chica jamás le había escuchado ese tono de voz. Lo miró parpadeante, aún sin reaccionar cuando le devolvió el móvil.
— ¿Estás bien?—la observó preocupado mientras ella seguía con la pantalla fija en el móvil. Bella asintió, aún sin voz. — Lo siento, no quería hablar por ti, y no es mi estilo hablar así pero... no he podido evitarlo al ver tu cara—dijo con dulzura. — No sé qué te ha dicho él, ni me importa, pero lo que yo he le dicho es cierto. Si vuelve a llamarte no me voy a quedar con los brazos cruzados, Bella. Dime algo, por favor...—los largos dedos recorrieron la mejilla con ternura.
—Gracias...—musitó.—No te disculpes. Es lo que tenía que haber hecho yo hace días, pero no me veía capaz de hablarle así.—Alzó la mirada, sus iris cálidos y sensuales, y dibujó una lenta sonrisa.— Dios, me has puesto caliente— se mordió el labio y el chico se obligó a apartar la vista de ella. Aquél gesto y aquellas palabras juntas pronunciadas en ese tono de voz eran una explosiva combinación que afectaron de forma directa a su entrepierna.
—¿Sabes qué? Ya pediremos algo desde casa—sonrió, maniobrando para meter el coche de nuevo en la densa circulación de Seattle.
¡Muchas gracias por leerme y por comentar! Nos leemos en uan semana si todo va bien ;)
