Buenas tardes, lectoras. Hoy sí, por fin, os dejo el último. Recordad que hay un epílogo, pero no sé cuándo... creo que antes de un mes.

He contestado todas las últimas reviews por privado, menos las vuestras, Yoli Cullen y Rocha, : gracias por acompañarme desde el principio, a vosotras y a todas las lectoras que han llegado hasta aquí y me han hecho saber un poco de ellas. Sé que muchas no sabéis o no podéis dejar review, pero si de veras os gusta la historia intentadlo. Muchas veces las autoras estamos poco inspiradas o sencillamente cansadas y el hecho de ver que hay gente por ahí que nos sigue leyendo y nos lo hace saber es muy importante.

De nuevo gracias a Bleriana, del blog The Cold Shower, quien me dio el punto de partida a partir de la cual he construido toda la historia. Gracias a Maria josé, Pegn, Anaidam, y Nurymisu por ayudarme desde el principio. Por cierto, Pegn ha publicado un fic aquí, Cuando tú me lo pidas... os lo recomiendo ;). Está en mis favoritos.

Os dejo con el capítulo. En la última parte hay un pequeño homenaje al fic The Office, de tby789. Las que lo habéis leido lo notaréis. Y en mi perfil un enlace con la lencería de Bella.

Un beso a cada una de vosotras.


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Capítulo 19

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Bella le tomó la mano y la apretó suavemente. Se dijo a sí misma que las personas éramos curiosas en nuestras reacciones: Edward había tenido mucho valor a la hora de enfrentarse a su padre, pero se había puesto del color de la ceniza en cuanto había visto a Jessica. ¿Qué extraño poder tenía esa bruja sobre él?

—En cuanto nos traigan la cuenta, amor.—Asintió. Le besó la palma de la mano sin dejar de mirarle a los ojos intensamente, como si quisiera hipnotizarle.— No la mires. Ignórala. Escucha... he de ir al baño.—Sí, tenía ganas de ir, y esa... guarra no se lo iba a impedir.

Él la miró y de pronto pareció un niño abandonado. Dios, no sabía si darle un cachete suave en la mejilla para que espabilara o meterle la lengua hasta la campanilla para cambiar esa expresión. Eligió lo segundo.

—Vengo en seguida, Edward.— Se inclinó sobre la mesa y le dio un beso dulce y un poco más prolongado de lo que se podría haber considerado como discreto para un sitio público.

Algunos comensales del restaurante los miraron, cuchicheando entre ellos. Cuando se separó de él ambos tenían el aliento entrecortado, pero la expresión del cobrizo había vuelto a ser la de antes. Bella sonrió satisfecha mientras se dirigía al aseo de mujeres

Edward vio como, a los pocos segundos de que Bella hubiera cruzado la puerta del baño de mujeres, Jessica se levantaba de su asiento sin dirigirle una sola mirada. Sintió una repentina angustia cuando vio que se dirigía al mismo sitio. No era de recibo levantarse y meterse allí con ellas, pero...¿y si Jessica molestaba a Bella de alguna forma? Preocupado, no paraba de echar miradas hacia aquella puerta mientras se terminaba el vino. Pagó la cuenta y decidió que esperaría fuera con el oído atento. A la mínima duda entraría. Vaya que sí.

Cuando Bella terminó y abrió la puerta del wc se llevó una desagradable sorpresa al encontrarse enfrente del amplio espejo del aseo femenino a la ex de su chico en plena operación de pulido y encerado de su desagradable cara.

Se estudió a sí misma y su estado anímico. Había pensado retocarse un poco el escaso maquillaje que llevaba, pero ahora se lo estaba replanteando.

Qué cojones... voy a hacerlo. Y le diré algo. Nunca se había considerado una persona especialmente valiente pero tenía delante a una persona que había hecho daño al chico que amaba.

Sí. Decidió que podía hacerlo. Siguió rebuscando en su gran bolso, interiormente maldiciendo la idea de haber comprado una especie de saco donde todo se perdía, pero aparentando serenidad. O eso esperaba. Por fin encontró su polvera y el pintalabios. Se inclinó hacia el espejo y empezó a empolvarse la nariz con toques suaves, satisfecha de que no le temblara la mano.

¿Qué puedo decirle? ¿Gracias, porque me has hecho el favor de mi vida? ¿Algo más suave... o más fuerte? Podría añadir un "guarra" al "gracias". Al final se decidió por un simple gracias. Cuando iba a abrir la boca escuchó aquella voz nasal.

—¿Sales con Edward Cullen?

Dios mío, no me extraña que Edward tenga pesadillas, podría grabar esa voz y usarla como laxante. Ay, Bella, céntrate. Mírala.

Y así lo hizo. Con lentitud deliberada clavó sus ojos oscuros en los de la chica que había a su lado. Lo cierto es que de cerca Jessica era una chica muy guapa, rubia, con ojos azules, piel perfecta... sí, sería atractiva si no fuera por ese rictus amargo de sus labios, su nariz con tendencia a arrugarse como un acordeón como si oliera mal, y esa terrible voz que de escucharla muchas veces seguidas estaba segura de que le podía lesionar a una el nervio auditivo.

—Sí, hace pocos días. ¿Por?—siguió empolvándose el rostro lentamente. Seguramente tendría que usar todo el bote de desmaquillador para quitarse eso, pero pensaba hacer que valiera la pena.

Estaba claro que Jessica no la recordaba del Campus, ni sabía que ella era amiga de Edward desde hacía meses. Era de esas chicas que no se fijaban en otras que no tenían nada que envidiar. Envidia. Bingo.

—Porque creo que cuando os toque pasar a mayores— Jessica abrió mucho el ojo mientras se embadurnaba de rimmel las pestañas— vas a tener una decepción. Por experiencia sé que todo lo que tiene de guapo lo tiene de torpe en la cama. Y ahora ya ni siquiera se le levanta, me parece— la voz había bajado el tono, como si fuera una confesión entre amigas, sinuosa y resbaladiza. Repugnante.

Ah, no. Aquello era demasiado. Esa bruja acababa de quitarle la espoleta a la granada de mano. Bella guardó la polvera, y se esforzó por pausar su respiración y controlar sus reacciones. Se pintó los labios y la miró a través del espejo. La rubia pasó a untar de rimmel las pestañas del otro ojo.

—Oh, debía ser problema tuyo. Puedo decirte que yo nunca he tenido nada igual entre mis piernas—la voz era dulce e inocente y tuvo que aguantar la risa cuando la chica se manchó el párpado por el sobresalto que había tenido al oírla.

Ambas se giraron y quedaron mirándose cara a cara. Jessica preguntándose si había oído bien. Bella conteniéndose para no soltarle lo que pensaba de ella. Aún.

—No soy la única que dice eso, ¿sabes? Se rumorea por todo el campus que es gay. No debes tener mucha experiencia para juzgar las capacidades de un tío—repuso la rubia, tensa como un arco, mirándola de arriba abajo con desprecio.

—Tampoco he ido nunca a Florencia y sé que me gustará cuando la vea—la castaña curvó los labios, y decidió jugar con el elemento del ataque sorpresa.— Él te oyó, ¿sabes? Cuando hablabas con tu amiga de él, diciendo algo como eso que acabas de decirme. Por eso te dejó.

—¿Qué?—los ojos se abrieron como platos, mientras se hacía la luz en su cerebro.—¿Fue por eso? ¡No... no hablaba de él!—De pronto se mordió el labio. Eso no la dejaba en buena posición.

¡Lo sabía! La castaña arqueó las cejas al máximo y abrió mucho los ojos, componiendo un teatral gesto de sorpresa. En aquel momento una mujer abrió la puerta del aseo de mujeres, se quedó mirando a las dos chicas un momento y se metió en uno de los wc.

—Oh... vaya— Bella bajó la voz, en un murmullo dulce.—¿Tenías a un león en tu cama y te dedicabas a jugar con gatitos? –La miró como si fuera un espécimen extraño, e incluso con algo de compasión.— Niña, tú tienes un problema. Y gordo.

La mandíbula de Jessica cayó hasta el suelo y Bella creyó escuchar una risita proveniente del wc. Vaya, después de todo no había hablado tan flojo. Se giró y salió por la puerta para casi chocar contra el pecho de Edward, que la miraba ansioso.

—Dios, ¿por qué has tardado tanto?—la riñó.—Estaba muy preocupado.—Hizo un gesto hacia la puerta del baño.

Bella le sonrió enigmáticamente.

—Ya podemos irnos. Ahora sí.


Edward estaba profundamente callado mientras aparcaba el coche en el parking de su edificio. Bella empezaba a arrepentirse de habérselo explicado todo. Había dudado en contarle que su ex le ponía los cuernos con vete a saber quién, pero pensó que era mejor que supiera de una vez por todas que no hablaban de él. Que el problema no era suyo, ni tenía nada que ver con él.

Y desde que hacía escasos minutos había terminado su explicación, Edward no había vuelto a abrir la boca.

A lo mejor la he cagado.

Le echó un rápido vistazo al hermoso perfil griego y se mordió el labio. Su cara era inexpresiva. Oh, mierda, ¿y si ahora se está calentando la cabeza con otras cosas? ¿Y si ahora se está echando la culpa de que ella le pusiera los cuernos o alguna mierda así?

Sin apenas darse cuenta, ya habían aparcado y Edward estaba rodeando el coche para abrirle la puerta. Salió del coche y lo miró. Tenía una expresión tensa, la mandíbula apretada, y era evidente que evitaba sus ojos. Por lo menos le tendió la mano y abrazó sus dedos con suavidad.

El calor de la piel de él penetrando a través de la suya la hizo sentirse mejor, pero ya no aguantaba el silencio.

—Edward, lo siento, yo... no quería disgustarte.

—No me has disgustado—sonó tenso.—En absoluto. Todo lo contrario—Tiró de ella apresuradamente hacia el ascensor del edificio y Bella tuvo que acelerar el paso a pesar de sus zapatos de tacón. Se los había puesto aunque sabía que era un claro desafío a la ley de la gravedad.

Si Newton hubiera sido torpe como yo, no habría necesitado una manzana para descubrir la jodida ley. Vale, no está enfadado. ¿Y qué cojones le pasa?

—¿Se puede saber qué cojones te pasa, Edward?—El enfado tiñó sus palabras mientras entraban en el ascensor. No entendía nada.

Sintió que él apretaba más su mano y vio que miraba los botones del ascensor.

—Mierda. Va a subir alguien en la planta baja—su voz sonaba extraña... ¿estaba disgustado? ¿Era bipolar o qué?—No me pasa nada malo, te lo puedo asegurar. Más bien al contrario—aseguró.

La puerta de abrió y entró una señora de mediana edad que sonrió amablemente al chico primero y luego a Bella.

—Buenas noches.

—Buenas noches, señora Cope.

Joder, ¿por qué los Cullen viven en el último piso? Era evidente que su chico no le iba a decir nada hasta que estuvieran solos. Pero no estaba enfadado. Bien.

Sintiendo la tensión emanando del cuerpo del joven, Bella se contagió. Estaba segura de que hasta la señora Cope estaba a punto de empezar a pegar botes contra el techo del ascensor. Los pisos pasaban lentamente, cada vez más lentos, y en una especie de paradoja matemática parecía que en vez de acercarse se alejaban de su objetivo.

Y por fin, llegaron al piso de la señora Cope, el penúltimo.

Y por fin, se quedaron solos en el ascensor.

Y por fin, Edward la abrazó, pero no hizo lo que ella pensaba que haría. La levantó y se la cargó al hombro como si fuera un saco de patatas, ignorando sus protestas y maldiciones.

—En serio, Bella. Si Charlie te oyera hablar así te castigaría sin salir una semana, y eso no nos conviene—se rió mientras acariciaba el trasero de la chica con su mano libre.—Mira, vas demasiado lenta con esos zapatos. Y yo tengo mucha prisa por llegar a casa.—Las últimas palabras fueron pronunciadas con un tono tan sensual como lleno de promesas y Bella silenció sus quejas mientras salían del ascensor.

—Entonces... ¿no...no estás enfadado por lo que te he dicho?—farfulló, en parte por la postura en que estaba, en parte por la revelación.

—¡Cielos, no, ya te lo he dicho! Te habría follado en el coche pero no era buena idea ¿no?... demasiado público —ronroneó el cobrizo, y Bella sintió la traicionera humedad mojar su ropa interior. –He tenido que usar toda mi energía en tener suficiente voluntad para contenerme.

El corazón de Bella se aceleró y sintió que su cuerpo temblaba. Era un subidón de adrenalina, pura anticipación, y también puro alivio por ver cuán equivocados eran sus pensamientos. Se concentró profundamente en controlar su tendencia a hiperventilar al tiempo que Edward y ella traspasaban el umbral del ático de los Cullen de aquella guisa tan curiosa.

Cuando ella pensaba que la iba a llevar hasta el dormitorio, él la depositó en el suelo, y cerró la puerta con el pie. Abrió la tenue luz del recibidor sin quitarle los ojos de encima y Bella agradeció que la hubiera apoyado contra la pared. Dios... aquella abrasadora mirada le robó todo el aire de los pulmones y la hizo dudar de la capacidad de sus piernas para soportar su peso un minuto más.

—Tengo un problema de impaciencia cuando estoy contigo. No puedo esperar a llegar a ninguna habitación. Ni siquiera al sofá. Te quiero aquí, y ahora—la voz profunda, la tonalidad grave y sensual, hicieron vibrar su cuerpo como si fuera un instrumento musical tocado por sus manos.

Bella parpadeó apoyada contra la pared, su pecho subiendo y bajando demasiado deprisa. Él apoyó las manos en la pared a cada lado de su cara y se inclinó sobre ella, posando sus labios en aquel punto bajo el lóbulo de la oreja. Aquél que la encendía. Mierda, más calor todavía. Tragó saliva con dificultad, inclinó el cuello para recibir más caricias de aquellos labios hambrientos y sus manos volaron de forma automática a la cabeza del chico, hundiéndose en su cabello suave. Su cuerpo se iba transformando en pura gelatina bajo aquella boca experta que trazaba cálidos caminos por su piel. Se dio cuenta de cuánto lo había echado de menos... y sólo hacía unas horas que no estaban juntos. Estaba enganchada a él, una completa adicta.

—Estás preciosa esta noche... no te imaginas lo que me ha costado esperar al final de la cena—aprisionándola contra su cuerpo, recorrió su mandíbula y llegó hasta la boca entreabierta y jadeante de la joven.—Pero ha valido la pena—sonrió contra la sedosa piel de los labios de Bella, y luego tentó la entrada con la punta de su lengua, y gimió. Ella era deliciosa, y todavía tenía el aroma del chocolate del postre.

La boca de Bella recibió aquella lengua tentadora con placer, cediendo el paso a la tierna invasión, saboreando aquella carne. Agarrándole el cabello de la nuca lo acercó más a ella invitándole a profundizar el beso.

Sin dejar de besarla, él apartó una mano de la pared y la posó en la cadera femenina. La otra mano se introdujo bajo el dobladillo del vestido y subió por el suave muslo, deslizándose por detrás hasta la nalga.

—Dios, Bella... ¿qué llevas puesto?—gruñó contra su boca, aprisionándola más y acariciando la ligera tela con dedos voraces.

El cuerpo de la castaña se arqueó contra el del joven, aumentando aún más la superficie de contacto entre ellos, llamándole hacia ella. Pudo sentir su dura erección contra el abdomen y gimió. La mano que él tenía sobre su cadera se desplazó recorriendo el camino hasta la espalda, encontrando lo que buscaba. La cremallera fue bajada en un instante y los largos dedos de Edward abarcaron insaciables toda la espalda de la castaña como si quisieran memorizarla centímetro a centímetro, encendiendo la piel a su paso.

—Oh, cariño... eres tan suave... me encanta tocarte—suspiró contra su boca, los párpados cerrados, como en una oración.—Me muero por ver qué llevas puesto—murmuró.

Abrió los ojos y se separó un poco de ella, lo suficiente para dejarle la mínima libertad de movimientos como para que se deshiciera del bonito vestido que llevaba puesto y poder contemplarla.

El vestido era bonito, pero no podía superar la visión que estaba teniendo en ese momento, ni en un millón de años. Bella lo miraba, su expresión una explosiva mezcla de pasión, dulzura y timidez, sus ojos puro chocolate fundido, mientras se bajaba los tirantes del vestido y se iba desprendiendo de él lentamente. Edward apoyó las manos de nuevo a cada lado de ella, pues sabía que si las dejaba libres no resistiría la tentación de apresurarla, y de veras estaba disfrutando de ese espectáculo. El lento roce de la tela retirada del cuerpo de Bella iba dejando más y más piel desnuda, y él sintió cómo su deseo alcanzaba proporciones explosivas. Podría correrme sólo viéndola hacer eso. Desde luego, lo que aquella mujer le hacía sentir era increíble. Sentía cómo su erección pugnaba por ser liberada, dura, cálida y palpitante. Jódete, ahora toca mirarla. No tengas tanta prisa.

Jadeaba, sin poder decir nada, todo su cuerpo anhelando el momento de estar dentro de ella, pero al mismo tiempo disfrutando de la placentera agonía de prolongar la espera.

Bella lo miraba, subyugada por la forma en que él recorría cada centímetro de su piel dándole un calor que, sumado al suyo propio, la hacía sentir al límite. Con un último y fluido movimiento, maravillándose de sí misma y de que su habitual torpeza hubiera pasado a un segundo plano, Bella dejó caer su vestido al suelo y lo apartó con la punta del zapato.

Edward no estaba preparado para aquella visión. De ninguna jodida manera. Bella era preciosa desnuda, pero aquello... ¿cómo podía ser que le gustara tanto que lo llevara puesto y al mismo tiempo ansiara quitárselo?

Arráncaselo. Él mismo se sorprendió al ser consciente de ese pensamiento. La idea de romper algo tan precioso luchaba en su mente con el instinto de desgarrar aquella prenda y hundirse profundamente en la preciosa mujer que lo miraba, anhelante y sensual.

Edward seguía paralizado por aquella visión, momento que Bella aprovechó para desabotonarle y quitarle la camisa que llevaba, arrojándola a un lado junto con su vestido. Él separó los brazos del cuerpo de forma automática, sin dejar de devorarla con los ojos. Ella se sintió arder bajo aquella mirada, fuego verde que hacía hervir la sangre en sus venas, palpitar su sexo y mojarse su ropa interior hasta sentir que sus fluidos la traspasaban.

Se miraron de arriba abajo durante un breve instante, bebiéndose el uno al otro. La mirada marrón se desprendió con dificultad de la verde y se perdió por los anchos hombros, el pecho y el suavemente musculado abdomen del chico, deteniéndose en la cintura y después en la abultada bragueta.

—Creo que necesitas ayuda ahí abajo.—Mientras le agarraba de la cinturilla del pantalón y lentamente desabotonaba la bragueta, los iris sensuales y oscuros subieron un momento hacia la cara del joven y se mordió el labio un segundo antes de arrodillarse ante él.

—Oh...joder, Bella... qué...—las palabras salían estranguladas por la falta de aire.—Yo...¡ah!—Gritó.

Después de eso un gemido y un siseo prolongado fueron lo único que pudo salir de su garganta, sus cuerdas vocales paralizadas, todo su cuerpo indefenso y sometido a la cálida y húmeda boca de la mujer. Sus temblorosas manos se posaron sobre la cabeza de la castaña, y acariciándola deshizo su recogido, hundiendo sus dedos en los sedosos mechones.

Edward ya no podía pensar. No había nada más en el mundo que aquella boca, sus labios y su lengua dándole placer. Miró hacia abajo, a la imagen de aquella preciosa chica que le había descubierto un mundo de sentimientos, a la mujer de la que estaba enamorado, y un latigazo de placer le recorrió de abajo arriba la columna, quemando todo a su paso como si fuera un reguero de gasolina y la boca de Bella fuera la cerilla que la había prendido. Estaba a punto de correrse viendo cómo su pene entraba y salía de aquellos sensuales labios, escuchando los ruiditos de placer que ella emitía, sus párpados cerrados y concentrados en lo que hacía.

Pero no era eso lo que tenía en mente cuando había entrado por aquella puerta. Eso podía esperar... un poco. La noche era joven.

—Bella... espera un momento...—jadeó, sus manos temblorosas intentando sujetar la cabeza de la chica—Ah...joder...—siseó intentando mantener el equilibrio mientras ella le estaba literalmente follando con su boca.— Un momento...

—¿No te gusta?—la belleza castaña separó su boca del pene del chico y...oh, dios... se lamió los labios.

—¿Tengo cara de que no me guste?—frunció el ceño.— Cariño, ayúdame a quitarme el pantalón. Quiero follarte, ya, contra esta pared—jadeó mientras una de sus manos se introducía en el bolsillo del pantalón y sacaba un preservativo.

Sin mover su posición, Bella hizo lo que él le pedía, y Edward sintió de nuevo cómo una brutal oleada de deseo lo recorría al verla en aquella postura, haciendo lo que él le había pedido sin dejar de mirar su erguido pene, volviendo a relamerse los labios.

—Deja que te lo ponga yo...—susurró. O eso le pareció escuchar a él, porque el latido de su propio corazón retumbaba tanto en su cabeza como en su miembro.

Asintió y le tendió el condón. Ella le quitó el envoltorio de aluminio con rapidez. Y de nuevo demostró su capacidad de sorprenderle. Cuando él esperaba que usara sus manos, Bella se puso el preservativo en la boca y, volviendo a rodear su pene por completo con sus labios, se lo colocó con una destreza impensable.

Edward no sabía qué estaba más, si excitado o sorprendido. La castaña lo miró desde el suelo, apretando los labios sofocando una sonrisa provocada por la expresión de él.

Rápidamente se deshizo del resto de su ropa. Quería tenerla, la necesitaba. Sin esperas. Quería ver su cara de placer mientras la follaba, y su expresión de éxtasis mientras se corría.

Bella se vio alzada por las manos de Edward y de nuevo agradeció tener no sólo ese apoyo sino la pared detrás. Estaba tan excitada que sentía los huesos de sus piernas como de goma. Entonces él presionó su pelvis contra ella y Bella lo tomó de las nalgas, gimiendo, deseando, esperando. Las manos de él recorrieron su torso, acariciadoras y firmes, hasta llegar al sujetador.

—Eres la mujer más sexy que podría desear. Y esto... es precioso—se agachó y succionó un pezón a través del delgado material.

Un agudo placer se clavó desde esa zona castigada por su diestra boca hacia su clítoris, haciéndolo palpitar dolorosamente, tan hinchado y sensible que el leve roce contra la tela era una maravillosa tortura. Se arqueó contra él, apoyando la cabeza en la pared, los párpados cerrados, disfrutando de las caricias de la ardiente boca. No podía aguantar mucho más.

—Quiero sentirte entera—las palabras de él vibraron en la sensible piel de su pecho.

Le quitó el sujetador y volvió a abalanzarse sobre sus pechos, lamiendo y mordisqueando ambos pezones, sus manos recorriendo sabias y tenaces su piel hasta la parte que cubrían las braguitas.

—Edward... ya... por favor—su gemido era casi de dolor.

—Ya...te lo prometo—murmuró, ronco, sensual.

Las manos masculinas acariciaron la ropa interior y los largos dedos se cerraron sobre el tenue tejido.

—Joder...Bella, esto...—las manos se cerraron en un puño, aprisionando aquella delicada y suave tela.—Espero que no te enfades... pero necesito hacerlo.

—¿El qué?—La chica sentía con más fuerza el roce de la tela en su hinchado sexo, y rodeó la nuca de Edward con sus brazos apretados.

Las respiraciones jadeantes y los suaves gemidos era lo único que podía escucharse en la tranquila habitación hasta que se añadió un sonido súbito. El desgarro de la tela fue rápido. Bella se lo quedó mirando boquiabierta, y tragó en seco cuando él también la miró: su rostro era lujuria animal en estado puro.

—Yo no sé si debería enfadarme—balbuceó entrecortada con el escaso aire que podía llegar a inhalar,—pero eso que acabas de hacer ha sido... jodidamente sexy, lo juro—pronunció, su propia voz irreconocible para ella.

Sus labios se abalanzaron sobre la boca de él, mordiendo su labio inferior, su lengua entrelazándose con la de Edward en un beso violento, voraz. Él gimió en su boca, sus manos desplazándose por las caderas, las nalgas, la parte posterior de los muslos de la joven. Entonces se agachó un poco, la alzó hasta colocar sus piernas alrededor de sus caderas y con un último movimiento se hundió profundamente dentro de ella, de una sola vez.

Ambos gritaron a la vez, él sintiendo la estrechez y el calor del cuerpo femenino, ella sintiéndose llena por completo, sus paredes placenteramente dilatadas por la gruesa erección del chico.

—¡Joder!—gritó la castaña al tiempo que él gruñía profundamente y comenzaba a moverse dentro de ella.—Sí, sí, Edward... Oh, cariño, cómo te siento— gimió, abrazándose más fuerte a él, apoyando la cabeza en su hombro, besando, chupando y mordiendo la piel a su alcance.

—Dímelo... dime cómo me sientes— susurró. Ella dejó de morderle el cuello para enfocar con dificultad los ojos de Edward, oscuros como el jade con aquella tenue luz y la violencia de su deseo.

—Duro. Grande. Profundo—casi cantaba aquellas palabras, sometida por el placer que la estaba invadiendo a cada embestida.

—Dime cómo lo quieres—embestía sin piedad, los músculos de su cuello y brazos tensos, provocando que la espalda de ella se desplazara arriba y abajo contra la pared. Aquella expresión de placer en el rostro femenino iba a conseguir que se corriera en unos segundos.

—Más...—jadeó y tomó una bocanada de aire...—duro.

—Oh, joder, Bella, te deseo—gruñó él.—te deseo tanto... estoy tan cerca.

—Yo también, cariño— gimoteó.—¡Oh, dios!—Tuvo que gritar ante la fuerza de las embestidas. Sentía el nudo de placer tensándose en su vientre, potente, intenso, poderoso. Hasta que gritó. Y gritó, mientras su cuerpo se liberaba en un éxtasis convulsivo que la agitó una y otra vez.

—Sí, Bella...sí—Edward murmuró su nombre mientras él mismo se vertía en el interior de la mujer que amaba, la bienvenida invasión de placer anegando y completando hasta el último rincón de su cuerpo.

Lentamente se dejaron caer en el suelo aún abrazados, Edward de rodillas y Bella a horcajadas sobre él, la cabeza recostada sobre el ancho hombro, disfrutando del aroma masculino, sensual, de Edward. Sólo se oían las respiraciones agitadas. Las manos y los brazos temblorosos seguían abrazando, palpando, rozando... los cuerpos se mecían relajados, sintiendo la paz completa de estar uno en los brazos del otro, el placer del calor y el aroma, el roce de un cuerpo acogedor... sintiéndose en un hogar.

—Te amo, Bella. Y no quiero separarme de ti.

—Edward...—se abrazó más a él, el vello del tórax masculino haciendo suaves cosquillas en su pecho. Hundió su nariz en el cuello de él, inhalando con profundidad, guardando su olor en su memoria.

Sabía de qué hablaba Edward. Estaba a punto de terminar su año de interno, y a causa de sus buenas calificaciones le habían ofrecido varias opciones excelentes en otras grandes ciudades del país para hacer la residencia y especializarse en Medicina Interna.

—Voy a quedarme en Seattle—susurró.

Bella cambió la postura de su cabeza para poder mirarle a los ojos. Jamás se habría atrevido a pedirle eso. Él podía ir a ciudades lejanas, a importantes hospitales de renombre internacional que hincharan su curriculum hasta el punto de que nadie pudiera rechazarle una vez hubiera terminado la especialidad.

—No quiero que lo hagas por mí, Edward—murmuró ella clavándole los ojos, estudiando su expresión, y también incapaz de contener la alegría en su precioso rostro.

Él sonrió, aquella sonrisa torcida que hacía que su corazón se saltara varios latidos.

—Lo hago por mí—susurró. Y la besó, una y otra vez.— Porque no puedo estar sin ti. Quiero que estemos juntos.

—Juntos —parpadeó Bella, incapaz de evitar que las lágrimas se escaparan de sus brillantes ojos.


Muchos besos y gracias a todas.

Nota: No me hago responsable del gasto de agua de la ducha ni del aire acondicionado ;).