Helado

El ser manager es un trabajo que requiere de mucho tiempo, pero el ser también chofer, asistente de cocinero, asesor de imagen para los conciertos y videos musicales, tutor y… y… ya no recuerdo que más, es algo que consume toda tu vida. Apenas tengo tiempo para comer y dormir, ni se diga pasar tiempo a solas con mi novia. Lo cual, me deja alrededor de unos quince minutos semanales para dedicármelos a mí mismo. Es aquel momento de la semana, entre el jueves y el viernes, cuando estoy completamente solo. Los chicos de vocaloid están encerrados en sus habitaciones con algún videojuego, en el cine, de fiesta con sus viejos amigos de la escuela, con sus familiares o qué sé yo; Thelma está tomando su baño o hablando por teléfono con su madre; y yo estoy solo, como nunca lo estoy a lo largo de siete interminables días. El tiempo no alcanza para leer un libro, no importa, eso lo hago cuando viajamos en avión; tampoco para ver la televisión, no importa, no suelo encontrar algún programa que me entretenga; escribir esto, no, para eso tengo las noches en que no puedo dormir.

Lo que hago en esos quince minutos es más sencillo. Apenas mi novia se va de la habitación, me escabullo a la cocina, tomo un plato pequeño y me dirijo al congelador. Escondido en un bote blanco con una etiqueta que dice "grasa de pollo", tengo guardada una pequeña dotación de helado. Apenas la suficiente para una persona. No importa el sabor, a veces es de fresa, otras de chocolate o vainilla. La sirvo en el plato, le agregó jarabe de chocolate y nueces molidas; una pequeña delicia como recompensa para una ardua semana de trabajo y corajes. Pierdo un minuto en prepararlo, dejándome otros catorce para comer con tranquilidad mi helado; sin tener que compartir con Thelma, sin esconderme de Kaito, sin temer que los gemelos me hagan tirarlo o me lo embarren en la cara; es todo para mí. Así pasan todos los fines de semana, cuando llega ese momento de la noche en que el jueves llega a su fin y da comienzo el viernes. Pero la última vez fue diferente.

Ya estaba a punto de comer, el departamento estaba vacío y callado; apenas me veo solo, apago el televisor, me gusta el silencio; el único sonido era el de la regadera, apenas notable. Me había sentado en un sillón frente a la puerta de entrada, ya había tomado con la cucharita el primer bocado, cuando un llanto resonó en la sala. Era Gumi.

—¡Es un tonto! —la escuche gritar. No entendí que pasaba; ella acababa de entrar en el departamento, más temprano de lo acostumbrado.

—¿Gumi? —pregunté intrigado, nunca la había visto así.

—¡Master! —corrió a mi lado, lanzándose a mis brazos.

—¿Qué te pasa? —en verdad me preocupé—. ¿No estabas con tu novio?

Ella no dijo nada, solo se quedó ahí, abrazándome. A juzgar por su silencio y constantes lágrimas, no era difícil adivinar qué había pasado.

—Sabes… ese chico nunca me agradó —le dije, acariciando su espalda para consolarle. Y eso era verdad, su novio no me convencía; parecía irresponsable y gustaba de ir a carreras clandestinas. Ya explicare como sé eso, pero no es importante en este relato.

—Debí escucharlo, Master —dijo entre sollozos—. Lo mismo me decían Meiko y Len. ¡Es un tonto!

—Ya, ya. Tu deja salir toda esa frustración —no pensé que pasaría mi noche de calma así. Saqué un pañuelo de mi bolsillo y se lo di—. Anda, platícame lo que pasó.

Gumi me miró a los ojos, que permanecían llorosos y ya estaban ligeramente irritados. Suspiró un par de veces antes de poder hablar. Se levantó solo para sentarse a mi lado, dejando su bolsita en el suelo.

—Me dejó… —dijo entrecortada—. Me dijo que estaba cansado de que yo nunca tuviera tiempo para él.

No era la primera vez que comentaba esto; de todo el grupo, ella era la única que tenía novio y ya en varias ocasiones habían discutido por eso, con las constantes giras, grabaciones, ensayos y sesiones fotográficas, Gumi tenía muy poco tiempo que dedicarle a su relación, dejándole solo una noche de jueves a la semana. Claro que con esto se reconciliaban, apoyándose en varias llamadas al celular y una bandeja de correos electrónicos interminable (eso dice Rin, pues una vez estaba husmeando en la laptop de Gumi). Todo parecía ir bien con ellos dos, a pesar de la distancia; se cómo es eso, así era mi relación con Thelma.

—¿Qué dices? Pero si ustedes dos parecían tan felices, creí que funcionaba lo suyo.

—Yo también —sollozó de nuevo—. Y sé pone peor.

—No me digas que te engañó… —agregué, esperando que no fuera eso.

¿Qué obtuve por respuesta? Solo un llanto desconsolado más fuerte que el anterior. Había dado en el clavo.

—¡¿Pero cómo pudo?!

—¡No sé! —chilló—. Por una de esas ganguro.

Ganguro. De todas las subculturas que existen en Japón, esta es la que menos entiendo. Bronceados exagerados, sombras blancas exageradas en los ojos, labiales claros, ropa de colores fosforescentes. No lo sé, nunca la entendí ni le vi lo bello.

—¿Qué tiene en la cabeza ese chico? —salté indignado. En verdad lo estaba—. ¿A quién se le ocurre dejar a una chica tan bonita como tú por una ganguro? —hice una pausa—. No creo que valga la pena llorar por él Gumi.

—Pero duele…

—¡Yo sé que duele! Ya lo he sentido. No es malo que te desahogues y dejes salir todo lo que sientes, al contrario, debes hacerlo para que no quede absolutamente nada. Así te deshaces de todo cariño, rencor o cualquier emoción que te traiga malos recuerdos de él.

—Acabas de decir que no vale la pena…

—Contradictorio, sí… A lo que me refiero es —intente replantear mis palabras—, más que llorar por una persona que no supo apreciarte y que incluso te pidió dejar de hacer lo que te apasiona, debe de doler el tiempo que pasaste con él y las ilusiones que te hizo creer, por todo lo que le diste y no supo apreciar.

—Nunca estuvo de acuerdo con el grupo —murmuró.

—¿Ves? ¿Quién hace eso? Parece que hasta te tenia envidia —tomé el plato de helado, ya estaba comenzando a derretirse—. Lo que debes hacer ahora es descansar y distraerte un poco para olvidar a ese chico. ¡Ya sé! Deberíamos ir todos mañana a hacer algo, ¿qué tal el parque de diversiones?

—Gracias Master… pero, ¿podría ser el domingo?

—Claro, claro —respondí—. Seguro que primero quieres mandar a Meiko para que lo golpee.

Gumi soltó una risita. En verdad espero que no le diga nada, porque en verdad Meiko es capaz de ir y golpear hasta la inconciencia al chico.

—¿Helado? —le ofrecí mi plato. Sí, ella lo necesitaba más que yo.

—Como en las películas americanas —dijo, tomando el postre.

—Con la diferencia de que no estás sola.

—Gracias Master —me abrazó de nuevo y comenzó a comer con calma.

No pensé que mis quince minutos semanales pasarían así, y menos que tuviera que regalar mi postre a una de los vocaloids, muchos menos estoy seguro si aconseje bien a la joven peliverde o si mis palabras le sirvieron de algo; pero curiosamente, esa noche me sentí más satisfecho que las anteriores.